29 Presentaciones
Kagome quería preguntar qué había sido de Koga, comenzaba a sentirse verdaderamente sola. Había decidido quedarse en la cocina, le parecía más llena de vida, al menos hasta cierto punto.
Esa casa parecía carecer de algo, esencial y primario. Su dueño... su dueño...
Se asomó para ver qué estaba haciendo, sin deseos de interrumpir. Pero Sesshomaru ya había percibido su curiosidad previamente y mirándola por arriba de su libro, decidió jugar al amable.
—¿Tu nombre? —preguntó más por cortesía que por interés.
—Kagome.
Salió completamente de su escondite y allí se quedó, esperando que la conversación continuara. Sin embargo, aquellos ojos insistían en escrutarla, completamente en silencio.
Entonces el anfitrión decidió hacer algo.
Cerró el libro y le señaló el sillón frente a él. Ella no lo hizo esperar.
Sesshomaru, dispuesto para su total análisis, se lo veía indolente. Kagome vio algo familiar en él pero no supo terminar la idea.
—¿Habrá alguna posibilidad de que pueda recuperar mi ropa?
Sesshomaru asintió, pero no dio una respuesta concreta. La estaba analizando. Casi con descaro.
—¿Qué otras historias te compartió tu abuela?
Desprevenida, no supo por dónde empezar.
—Muchas, a decir verdad.
—¿Alguna relacionada con la perla de Shikon?
Kagome abrió los ojos, dejando su sorpresa en evidencia.
—Sí, de hecho.
—Mm —murmuró, satisfecho.
Lo vio desviar la mirada hacia la puerta y a los segundos ésta se abrió.
Un rostro nuevo hizo aparición, uno jovial, con una sonrisa curvando la comisura de sus labios. Traía una mochila colgando de un hombro, de un color sospechosamente familiar.
—Señorita Kagome, es un honor conocerla finalmente —el hombre se acercó y con una respetuosa reverencia la saludó, pero ella todavía hilaba los acontecimientos—. Disculpe mis modales. Mi nombre es Miroku.
—Buenas noches —habló finalmente.
Miró la mochila otra vez, tenía fuertes sospechas de lo que eso significaba pero se negaba a aceptarlo.
Primero muerta.
—Ah, sí. Esto es suyo. Me tomé la libertad de traerle ropa y otros menesteres que su madre muy amablemente me facilitó.
—¿Estuviste en mi casa?
—Así es.
—¿Y hablaste con mi madre?
—Desde luego.
—¿Cuántos días se supone que deberé quedarme aquí?
Sesshomaru sentía los relámpagos cruzar su sala.
—Señorita Kagome, por favor no desespere.
—Mi situación no amerita otra cosa.
Relámpagos, truenos, lluvia, viento.
Esta mujer…
Miroku sonrió conciliador, siempre ideal para tratos humanos.
—Puede confiar en nosotros. Sesshomaru será su protector y yo, si me permite el privilegio, seré su guía.
—¿Guía?
—Soy monje —informó con alegría.
NA: Sólo quiero agradecer sus comentarios que me hacen reír y hacen que quiera escribir para siempre :) Son mi combustible.
Alguien preguntó a qué me refería con "perfume metálico"... es mi forma poética para hablar de "sangre". Me gusta la idea de lo olfativo, especialmente tratándose de Sesshomaru, con sus súper sentidos y todo eso.
Sin más, hasta la próxima.
J.
