Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
Como recompensa a su paciencia, aquí está otro capítulo.
A leer.
Música para el capítulo: Various Storms And Saints - Florence And The Machine
El viento estaba lleno de santos y tormentas
que rezaban por las calles
Y estoy agonizando en algún lugar en el vientre de la bestia
Tú te vengaste de mí, así que me entregué a ti
Algunas cosas deben dejarse ir para poder vivir
Y sé que estás sangrando, pero vas a estar bien
Ahí fuera el mundo es un lugar violento
Capítulo 29: La Religión De Los Condenados Pt. I
Narrator's POV.
Cuando Victoria abre los ojos por la mañana, se encuentra con el pelo enmarañado sobre el rostro, lo que le impide ver el sol en un primer momento. Luego, cuando su cabeza comienza a punsar, decide no retirar los rizos de su cara segura de que la luz que entra por la ventana terminará por darle un dolor insoportable. Se queda un momento así, con los ojos cerrados y tratando de acallar los tambores que retumban en las paredes de su cráneo.
Hacía años, desde que se había ido a Ucrania, que no tomaba de la manera en que lo había hecho anoche. Nadie sabía, ni siquiera Edward, que durante treinta y seis meses, exactamente treinta y seis meses y diez días, había sido una alcohólica cuya receta favorita era mezclar las pastillas para dormir con whisky.
Luego de recibir la noticia de que Isabella sería adoptada por la infame familia De Arnau, su mundo se había venido abajo. Ella no mentía al decir que ellos podrían todo lo que tocaban y ahora acabarían con Bella también, la adolescente en cuyos ojos marrones veía a su hija nonata.
Así que había vuelto a las viejas costumbres y había vaciado el minibar de la habitación hasta que cayó inconsciente sobre la colcha.
Con los ojos entrecerrados se pone de pie y baja las cortinas de la ventana, acto seguido se desnuda frente al espejo, no por narcisismo; nada más alejado, si no para contemplar su carne pálida que contrasta con el vello púbico rojizo y sus pezones rosa oscuro y tratar de averiguar si definitivamente los años la han devorado.
Mientras pasa las manos por entre sus senos y sus dedos rozan su clítoris con timidez, piensa que se ve igual que siempre y maldice por ello; le gustaría tener estrías en el vientre y los muslos, le gustaría que sus senos estuvieran caídos. Quiere que su cuerpo comunique que una vez albergó vida en su interior, aunque esta no haya llegado a término.
Hombres con deseo, mujeres con envidia, ambos le han dicho que es hermosa. Cuando era joven lo creía y sonreía por ello; ahora, a pesar de que luce como si los años no hubieran pasado, no puede reconciliar la palabra "hermosa" consigo misma. ¿Cómo puede ser bella una mujer que no tiene alma?
Con un poco más de presión, abre sus labios mayores y ve la piel de su sexo y de su botón de nervios, contraído y oculto, casi inútil. Victoria lo acaricia con su pulgar sin ninguna intención erótica; no ha estado excitadada en años y tal vez no lo vuelva a estar nunca. Cierra las piernas con un suspiro largo y melancólico. Jamás imaginó que se convertiría en este ser miserable y patético.
Se ducha con premura, la esponja y el agua caliente tiñen su cuerpo de rojo y dejan la piel sensible. Luego, con la bata puesta y el cabello enrollado en una toalla en lo alto de su cabeza, llama al servicio a cuarto y pide dos analgésicos, un jugo de naranja y una botella de agua fresca, pues su estómago no soportaría nada más.
Cuando vuelve a despertar, se siente y se mira mucho mejor, aunque no sabe cuándo o cómo es que se quedó dormida de nuevo.
Mira su celular y ve una cantidad alarmante de llamadas perdidas, todas de Edward. No tarda en regresar la llamada con la mano hecha puño sobre su pecho.
—Hola, cariño —su hermano la saluda con un tono tan radiante que, aunque ella no pueda verlo, sabe que él está sonriendo. Eso afloja el nudo en su garganta
«¿Cómo te encuentras? —inquiere—. Estaba preocupado por tí.»
—Tomé una siesta muy larga… y muy profunda al parecer —responde apenada, aunque sabe que Edward no tiene manera de enterarse acerca de su resaca—. No escuché el celular.
—Está bien, está bien. Solo quería decirte que Bella y yo vinimos a Florencia. Lamento no haberte traído con nosotros. Verás, es un viaje rápido…
—No tienes que explicarme nada. Isabella y tú necesitan un tiempo a solas, es perfectamente comprensible. Son una pareja —una muy extraña, piensa. Aún le cuesta verlos juntos, pero trata de disimularlo.
—Gracias por entender, Vicky. Te llamaré más tarde. Te quiero —Edward libera una carcajada que la hace sonreír a ella también—. Bella acaba de ponerse una máscara ridícula, lo siento —se explica. Victoria sonríe al imaginarse la escena.
—Disfrútenlo mucho, Ed. Yo también te quiero. Hasta luego.
Deja que él sea quien termine la llamada antes de dejar el celular sobre la almohada, renuente a volver a dormir, pues el reloj marca las cuatro de la tarde. Ha dormido casi siete horas desde que se tomó las pastillas para el dolor.
Se siente liberada al saber que Edward y Bella están lejos y le darán tiempo para organizar sus sentimientos. Si es sincera, no es tanto por William que no quiere a Isabella cerca de los De Arnau, es porque sabe que tarde o temprano Bella va a encontrarse cara a cara con Emmett, y eso le provoca náuseas. Nadie debería tener permitido acercarse a tan despreciable ser humano.
No sabe cómo es que Edward ha podido permitir ceder la custodia de Isabella, menos cuando era él quien estaba tan empeñado en recuperarla. La hiere el hecho de que haya dejado ir un amor tan puro como el de Isabella.
¿Qué me espera a mí? Se pregunta. Ha visto a su hermano hacer un sinnúmero de actos románticos para con Bella, ¿y ahora? Ellos iban a separarse… iban a poner un océano de por medio entre ellos. Once mil kilómetros de distancia. Si la vida y sus circunstancias podían destruir un amor de semejante magnitud, ¿qué quedaba para ella?
Nada. Se responde. No queda nada.
Sobre el vestido suelto de chiffon rosa pálido, se coloca un cinturón ancho color turquesa que hace juego con sus zapatos altos y resalta lo blanco de su tez.
Aún no sabe a dónde va, tampoco sabe por qué está poniendo más esmero en su maquillaje de lo que acostumbra, pero quiere sentir de nuevo la libertad de caminar por las calles sin rumbo fijo y terminar en cualquier lugar con gente que no conoce y que tampoco la juzga.
El cabello suelto es un espectáculo carmesí que descansa sobre su espalda y se mueve a cada paso que da. Cuando sale del hotel, la mayoría de los transeúntes voltean a verla, atraídos por tan magnífica cabellera. Ella no lo nota, por supuesto, demasiado ocupada viendo hacia en frente en donde la calle sigue y sigue y parece nunca acabar.
—Señorita Cullen —una voz profunda y conocida la sobresalta y la hace detenerse en seco sobre la acera. La voz proviene de un auto negro que avanza a la par de ella.
—¿Bareilles? —está más que desorientada cuando ve salir al hombre del auto, luego agita la cabeza y se relaja—. Ni Isabella ni Edward están conmigo —explica, impaciente por seguir con su paseo.
—Lo sé, —Bareilles rodea el Mercedes y abre la puerta del pasajero—, he venido por usted, señorita.
—¿Disculpe?
Bareilles se nota un tanto harto. Suspira.
—El señor De Arnau quiere verla.
—Pero si yo no tengo nada que hablar con él —responde al mismo tiempo que da otro par de pasos lejos del auto. Se siente amenazada y casi puede oír la voz de Esme cuando ella era pequeña.
Nunca hables con extraños, Victoria.
Bareilles estira un brazo y da una zancada, como si quisiera detenerla.
—Por favor, señorita Cullen, solo estoy recibiendo órdenes.
—Dígale a su jefe que él no tiene nada para decirme que a mí me interese. Ahora, si me permite…
—Insisto en que suba al auto, señorita. Tengo órdenes expresas de no regresar hasta que usted venga conmigo.
Victoria está lista para ignorar al hombre y largarse de ahí, pero luego se lo piensa mejor. ¿Y si se trataba de algo importante? ¿Y si por su renuencia a hablar con William pasaba algo que ella bien pudo haber evitado?
Resopla.
—De acuerdo, pero no será todo el día —se monta en el Mercedes entrando por la puerta que Bareilles sigue sosteniendo para ella.
El hombre no tarda en colocarlos en el tráfico. Cuando llegan a un semáforo, él la mira por el retrovisor.
—¿Alguna música en especial que le gustaría escuchar?
Victoria niega.
—¿A dónde vamos? Este no es el camino al laboratorio —tiene la mirada pegada a la ventana y el corazón en el pecho. Qué idiota había sido. ¿Y si este hombre le hacía daño?
—El señor la verá en un restaurante, señorita.
Ella muerde su labio y está tentada de llamar a Edward, pero no quiere arruinar su escapada con Bella.
Compórtate como una mujer, deja de ser tan cobarde.
Diez minutos más tarde, aparcan frente a un establecimiento cuyo elegante letrero de fondo blanco y letras doradas lee: "Sicilia". Victoria suelta el aire contenido y se apea del auto, impaciente por salir de aquellas cuatro paredes de cuero que la hacen sentir tan claustrofóbica.
Bareilles camina frente a ella y empuja la puerta del restaurante.
—Siga, por favor.
Victoria frunce el ceño ante el peculiar interior del local. No por la decoración, que es bastante convencional; colores ocres y candelabros en los techos, flores y suelo de linóleo, sino porque está completamente vacío. Ni siquiera hay un mesero a la vista.
Tal vez sí van a lastimarme, piensa una vez se ha percatado de que Bareilles no entró con ella al lugar.
Continúa avanzando hasta que llega a una mesa en cuya superficie hay una rosa roja con un listón blanco anudado al tallo.
El recuerdo la estremece.
Los pétalos son tu pelo y el listón es tu piel.
Ella se sostiene del respaldo de la silla y hace ejercicios de respiración.
Inhala.
Hacía más de una década que no veía una rosa igual.
Exhala.
La última vez que había tenido una entre los dedos fue el día que William y Carmen se casaron y ella aún estaba embarazada.
Inhala.
Emmett era quien le regalaba esas rosas y recitaba aquella analogía que comparaba su cabello y su cuerpo con la flor.
Exhala.
—Pensé que nunca volvería a verte, mi hermosa Victoria —la voz está detrás de ella, que se gira tan abruptamente que casi cae sobre los tacones.
Unos brazos fuertes la sostienen y se quedan más tiempo del debido en su cintura. El calor del contacto la hacen agitarse. Hace años que ningún hombre, exceptuando a Edward, la toca.
—Sigues tan preciosa como cuando te conocí —el comentario la trae al presente. Olvida el agarre sobre su silueta en cuanto ve al hombre frente a ella.
Piel besada por el sol, cabello claro y corto, barba incipiente y bien definida, traje de lino beige a la medida.
—Emmett —jadea.
—Hum. Cómo extrañaba mi nombre entre tus labios —. Emmett le acaricia el labio inferior con el pulgar y luego, finalmente, suelta su cintura—. Podría besarte ahora mismo.
Ese comentario hace a Victoria echarse hacia atrás y clavar su espalda baja con la silla.
—¿Qué haces… qué haces aquí? —tartamudea—. William… se supone que lo vería…
—Yo mandé a por ti, Victoria. Mi Victoria.
Inhala, exhala. Corre.
OoO
Bella's POV.
«Todo lo que más amas sin tardanza has de dejar y ésta es la primera flecha que el arco del destino lanza».
—Uno de los cantos de Paraíso —murmura Edward, antes de tomar un trago de su té negro—. Dante Alighieri tuvo que dejar atrás muchas cosas cuando lo exiliaron.
Releo la placa dorada que hay en el fondo de la fuente y tuerzo los labios. No sé mucho sobre El Infierno de Dante, pero sin dudas es una frase devastadora.
«Todo lo que amas sin tardanza has de dejar» Qué cierto me parece ahora en este viaje de despedida.
—¿Se fue de Florencia para separarlo de la mujer que amaba? —inquiero con la voz rota.
Él sonríe y agita la cabeza.
—No exactamente, aura. Verás…, —se inclina hacia mí como si estuviera a punto de contarme un gran secreto, las ondas del agua reflejando curvas blanquecinas sobre su perfil—, en 1215 hubo un joven rico llamado Buondelmonte que rehusó el matrimonio con la mujer que habían elegido para él y en cambio se casó con el amor de su vida, pero luego fue asesinado por la familia de la mujer que despreció, los Amidei. Ese hecho inició la guerra entre las dos facciones políticas más sobresalientes de Europa: los güelfos y los gibelinos. Cuando Dante, que pertenecía al ejército de los güelfos, se negó a enviar cien hombres para que lucharan en Maremma, fue exiliado y nunca pudo volver a Florencia.
—Siempre hay una historia de amor detrás de todas las guerras, como si no pudiera existir una sin la otra —digo distraídamente—. Dicen que amar en tiempos de guerra es la peor de las tragedias.
—Una reflexión muy inteligente aura, pero demasiado triste para nuestro bien —me toma la mano y bajamos los escalones de la fuente. Él mira hacia delante y luego a la izquierda—. Allá está nuestro destino.
—¿El paraíso, baby? —bromeo.
—Antes de que Dante llegara al Paraíso, atravesó por el Infierno, luego por el Purgatorio. —Toma las puntas de mis dedos y me gira sobre mi lugar.
—¿En dónde estamos nosotros? —inquiero con temor—. No puede ser el Infierno… ¿o sí?
Agita la cabeza —No, aura. Ahí se pagan los pecados y nosotros ya lo hicimos.
—El Purgatorio, entonces —reflexiono, mordiéndome los labios—. ¿Qué pasa ahí?
—Allí tenemos esperanza. Allí se nos perdona por lo que hemos hecho… y entonces podremos seguir adelante.
Caminamos por las calles angostas a un paso cadencioso. Hay tantos turistas que una mayor velocidad es casi imposible. Admiro las construcciones, en especial aquellas que se elevan por sobre los tejados de las casas, y aprecio su majestuosidad.
Reparo en una gran bóveda roja que hace palidecer al resto de edificaciones. Es majestuosa; enorme.
—Ah, la Catedral de Santa María del Fiore —Edward se detiene sin soltar mi mano en el medio de la vía—. Los Médici, la familia más poderosa de Italia, realizaron un concurso para elegir a quién erigiría la cúpula. Al final, Filippo Brunelleschi ganó… e hizo un gran berrinche para ello. En su época, fue la catedral más grande de toda Europa —finalmente aparta la vista del domo rojo y me atrapa mirándolo embelesada. Se sonroja y presiona aún más mi mano. —¿Qué sucede?
—Lo lamento, baby, es que… Dios, sabes tantas cosas. Tú podrías conquistar a una chica sólo con tu inteligencia.
Edward pasa la lengua por sus dientes y suelta una risa sonora y jovial.
—Aura, yo estoy encantado solo porque tú me admiras, no me interesa conquistar a nadie más. Pongo todas mis habilidades a tú disposición para que nunca te canses de mí —hace una pequeña reverencia llevando su pie hacia atrás y besando mi mano.
—No puedo evitar pensar que es nuestra luna de miel. Soy tan feliz ahora, Edward. Hoy, hoy te tengo para mí.
—Deja de decir cosas como esa —dice con la mirada perdida—. No hoy, cuando todo lo que quiero hacer es tomarte y desaparecer.
OoO
Narrator's POV.
—No me toques —Victoria se aleja de Emmett cuando él pretende besarla y consigue salir de la prisión que él ha formado entre su cuerpo y la mesa.
Ella no se aleja demasiado cuando siente otro toque en su brazo, solo que este es mucho más suave, ligero. Mira sobre su hombro y descubre que Emmett la acaricia con la rosa desde su muñeca hasta el hombro.
—Me pone duro el solo pensar cuán iguales son esta flor y tú. Tu cabello es suave entre mis dedos cuando te penetro y tu piel como la crema, dócil y fresca cuando te envuelves en mí.
Victoria consigue reprimir un jadeo y se traga la bilis de su boca. Sin decir palabra avanza hasta la salida, pero la puerta está trabada. Se gira y habla con desesperación, el latido de su corazón en sus oídos.
—Déjame salir. Dile a Bareilles que abra la puerta —exclama aun con la mano jalando el picaporte.
Emmet separa una silla y le hace un ademán.
—¿Por qué no vienes a sentarte y tener una exquisita cena? Mandé preparar tus platillos favoritos y supervisé cada detalle, te aseguro que vas a disfrutarlo.
Ella sabe que está al borde del colapso. El nudo en su garganta no cede cuando controla su respiración y está temblando. Va a caer nada más y nada menos que frente a su verdugo y no puede hacer nada para evitarlo.
Verlo de nuevo trae ese tren de pensamientos y memorias que creyó haber enterrado. El recuerdo más desagradable que llena su cabeza es ella tumbada sobre el suelo con las piernas abiertas y un río de sangre entre ellas. Gime.
—Por favor… abre la puerta… déjame salir.
Emmett chasquea la lengua y la alcanza cuando ella esta a punto de caer al suelo. Sus manos grandes e inmaculadas la afianzan por la cintura y la cadera.
—Estás muy pálida, querida. Ven, te daré agua.
Él la sienta a la mesa frente a una copa de vino y la lleva a sus labios, pero ella vira el rostro.
—No. No quiero.
Emmett acepta y entonces desaparece por un momento. Victoria presume que él fue por la comida.
Es mi oportunidad.
Se levanta y va a por la puerta, empuja con fuerza repetidas veces pero obtiene el mismo resultado; cerrada. Observa a su alrededor, tiene que haber una salida alterna. En una ocurrencia pueril se debate entre esconderse en el baño o debajo de una de las mesas. Se pregunta qué tan efectivo sería romper uno de los cristales con una silla y salir por allí. ¿Él iría tras ella? No sabe siquiera por qué está aqui, ¿acaso a él se le antojaba atormentarla otro poco?
No tiene tiempo de ir a la cocina y probar suerte con la puerta de servicio, porque Emmett regresa con un carro de metal repleto de alimentos humeantes. Él levanta la vista y parece decepcionarse de volver a encontrarla tratando de escapar.
—¿Qué quieres de mí? —inquiere ella con la espalda pegada al vidrio tintado de la salida.
Emmett se muerde el labio y camina lentamente con una mano dentro del bolsillo de su pantalón.
—¿Ahora mismo? Cogerte. No sabes cuánto deseo volver a tener tus gemidos en mi oído.
Victoria nunca se ha sentido más desnuda y vulnerable. En otros tiempos, antes de que le sucedieran tantas tragedias, se habría sonrojado y habría caído ante los pies de Emmett. Una vez había anhelado sus palabras sugerentes y crudas, pero ya no más. Ahora solo se le revolvía el estómago.
Santo Cielo, reza. Sácame de aquí.
—No te acerques —advierte al mismo tiempo que coloca sus palmas frente a ella, deseando con vehemencia poder formar un escudo a su alrededor. Siente una energía dentro de ella que no puede controlar, una desesperación que le nace del pecho y hormiguea hasta sus piernas. Todo le da vueltas y su cerebro no para de proyectar recuerdos terribles de ella llorando sobre un ataúd pequeño y vacío.
Victoria diagnostica que está teniendo un ataque de pánico.
No puedes desmoronarte ahora.
«Voy a llamar a la policía —amenaza—. Si no abres la maldita puerta ahora voy a hacerlo.»
—Pero querida, no hay necesidad. Solo quiero charlar contigo y hacerte unas cuantas preguntas, es todo —él se acerca con resolución y la toma por el brazo sin mucha delicadeza, dejándola de nuevo sobre la silla.
Victoria observa en silencio mientras él sirve el foie gras en salsa de naranja sobre los platos y vierte más vino en las copas. Puede descifrar que él está en el borde de los buenos modales por sus nudillos blancos, signo de que está aplicando una mayor fuerza de la pertinente, y por el sutil resoplido que hace subir y bajar su pecho y que tensa la tela del saco como si en algún momento los botones fueran a salir disparados.
Tiene que ser inteligente. Un paso en falso y esto será un problema.
Emmett coloca la comida en sus lugares y se quita la americana antes de sentarse, quedándose en una camisa azul celeste sin corbata que se aprieta en sus bíceps y su tronco.
Los años tampoco han pasado para él, piensa. Quizás somos víctimas de una maldición. Se detuvo el tiempo para nosotros. Sabe que está siendo irracional, es la manera que tiene su cerebro de evitar sumirse por completo en el pánico.
Ella corta un trozo de pato y se lo lleva a la boca. Lo mastica varias veces antes de tragarlo, evitando beber vino. No quiere añadir más alcohol a su todavía dolorosa resaca.
Emmett la consume con la mirada. No puede apartar sus ojos de ella. En estos diecisiete años su insistencia por hallarla ha mutado en una malsana obsesión que apenas puede mantener a raya.
Mientras él aprecia cómo ella envuelve los labios en el tenedor y el posterior movimiento de su garganta al tragar, la imagina tumbada sobre la mesa con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados y la boca abierta en un grito ronco de placer. Carraspea y se limpia con la servilleta.
Hoy. Hoy la tomaré. Solo para mí.
—¿En dónde estuviste todo este tiempo? —pregunta flemático, aunque por dentro quiera envolver sus dedos en el delicado cuello blanco y obtener todas las respuestas de una vez.
Victoria desvía la mirada, dudando si debería decirle.
¿Qué importa ya? Nunca volveré allí.
—Me fui a Ucrania —responde y corta otro pedazo de carne.
—¿Un lugar tan frío para tí? Imaginé que estarías en alguna isla de Caribe o de Tailandia. Algo más soleado.
Ella aprieta su puño entorno al reposabrazos de la silla.
—No eran unas malditas vacaciones. Estaba destrozada y necesitaba esconderme en un lugar sombrío y en el que nadie me buscara —la hostilidad en su voz solo lo intriga más.
—Desapareciste en el hospital. No me permitieron verte porque dijeron que estabas muy delicada y cuando por fin conseguí entrar… te habías ido.
La verdad era que Victoria había prohibido al personal médico dejar que él la visitara, luego su padre había arreglado que la dieran de alta dos días antes de lo que a Emmett le habían informado.
—No estaba interesada en volverte a ver. Sigo sin estarlo. Si vine es porque crei que Bareilles hablaba de tu hermano cuando dijo que "El señor De Arnau quería verme". Pero claro, eso fue parte del truco. Sabías que yo no vendría si de antemano me enteraba que esto se trataba de tí.
—Así que huiste. Huiste de mí —apunta con los dedos sobre los labios, ignorando el anterior reclamo de Victoria.
—No solo de tí, sino de todos. Todos tenían algo que me recordaba que casi fui madre, que casi me casé contigo. Tenía vergüenza y no podía soportar quedarme entre gente que solo sentía lástima. "La pobre princesa Cullen engañada por su prometido"; eso era de lo que todos hablaban —ella sede ante la tentación y toma el vino para quitar el sabor a hiel de su boca.
Emmett se remueve en su asiento y su respiración se acelera. Se recompone.
—Esa mujer… fue un terrible error —se excusa
—¡Desde luego que sí! —planta las manos sobre la mesa, haciendo resonar los cubiertos—. Iba a ser tu esposa, Emmett, e ibas a tener una hija conmigo. Cambiaste todo eso por un momento de lujuria vana. ¿A qué se supone que debía quedarme? No hay explicación ni acto suficiente para perdonar lo que hiciste.
—Sé que lo jodí todo, Victoria, pero eso no impide que vuelvas a ser mía. Mí mujer. Por eso estás aquí.
Ella siente sus pies inestables y los brazos débiles. Las palabras de Emmett encienden todas las alarmas en su cabeza.
—Se acabó. Debo irme. Abre la puerta —se levanta y toma su bolso.
Él también lo hace, luego saca una llave de su pantalón y la gira frente a los ojos de Victoria.
—Ven por ella —la provoca.
Ella da una zancada con gesto feroz, luego otra y está a centímetros de él. Para entonces su boca está seca y no puede enfocar la mirada en ninguna cosa. Lleva las manos al pecho de él, pretendiendo empujarlo, pero todo lo que logra es que sus manos débiles reposen sobre sus pectorales. Con terror, ella alza la mirada.
Esto no es consecuencia de un ataque de pánico… esto es otra cosa.
—¿Qué me… hiciste? ¿Qué pusiste en la comida? —da un paso torpe hacia atrás, pero no logra separar el pie del suelo y trastabilla. Una vez más, Emmett está ahí para sostenerla.
—No te preocupes —le sonríe malévolamente—. No vas a desmayarte, solo estarás más relajada que de costumbre.
—Emmett, Emmett, no… —las lágrimas empiezan a salir sin control. Hacía tiempo no se sentía tan atrapada.
—Sht, cariño. Te tengo.
Ella no puede hacer más que dejar caer su cabeza. Ha perdido el control de sus movimientos.
Emmett abre la puerta del restaurante y Bareilles ya tiene el auto encendido. Victoria quiere gritar por ayuda, pero la calle está desierta. Se da cuenta, con desesperanza, que este era el plan desde el principio.
Emmett la recuesta en el asiento del Mercedes y aprieta un botón a su costado. Un vidrio polarizado asciende con un zumbido y separa la zona del conductor de la de los pasajeros.
—Conduce hasta que te indique que pares y colócate los auriculares —ordena Emmett a Bareilles.
Un escalofrío recorre el cuerpo de Victoria y grita.
Dios. Sálvame. No dejes que me to…
La súplica es inútil, pues el aire acondicionado enfría sus muslos cuando Emmett sube el vestido hasta su vientre.
OoO
Bella's POV.
—La iglesia que dijiste… ¿en dónde está?
—La visitaremos mañana, será nuestra última parada —no me ve a los ojos, yo entrecierro los míos.
—¿Por qué dijiste que era para los amantes como nosotros?
—Porque lo es —se encoje de hombros.
Trato de hacer mi paso más lento, pero él tiene prisa de llegar a algún lugar… no sé a cuál.
—¿Por qué no quieres decirme? —levanto una ceja.
—Porque quiero que lo descubras por ti misma. Ahora, mira hacia arriba —él alarga el brazo y me coloca los dedos bajo el mentón.
Se me escapa un grito agudo, pero este es deformado por la enorme sonrisa en mi rostro. Estamos justo frente a la cúpula de la que Edward me habló hace un momento. Y sí de lejos se miraba enorme, ahora, a menos de cien metros de ella, ocupa por completo todo mi campo visual.
—Dios mío, —exhalo—, es preciosa.
—Deberías verla por dentro —me jala con más insistencia y esta vez no me rehúso, impaciente por entrar.
—¿Cuántas veces has estado aquí? —Una parte de mí resiente que esta no sea la primera vez de Edward en Florencia, que él no lo vea todo con la misma novedad con la que yo lo hago.
—¿Por qué? ¿Qué sucede? —pregunta de vuelta.
—Bueno… solo pensaba en lo diferente que sería si esta también fuera tu primera vez.
—Pero lo es. Es la primera vez que vengo a este lugar de la mano del amor de mi vida. Es una experiencia totalmente alucinante ¿verdad? —me guiña un ojo.
No tengo tiempo para besarlo o para sonrojarme por su dulce, dulce respuesta, pues él pasa el brazo por debajo de mis rodillas y me lleva hasta la entrada de la catedral, sin importarle que haya más de cincuenta personas a nuestro alrededor tratando de obtener una buena foto de la fachada color gris verdoso y blanco, del fresco de Jesús y los apóstoles sobre la puerta y el rosetón de dieciocho puntas más arriba de este.
Afortunadamente, me suelta en cuanto cruzamos el umbral y otro jadeo se me escapa en cuanto admiro la altura del techo.
A este paso, quizás tenga un ataque de asma.
Edward me deja unos momentos a solas con mis pensamientos, para que pueda embeberme de toda la belleza que me rodea, antes de inclinarse por detrás de mí hasta la altura de mi oído y señalar hacia mi derecha con su dedo índice.
—Dante —indica al tiempo que me lleva hasta la pintura empotrada en un marco—. El cuadro se llama "La Comedia Iluminando a Florencia".
Me coloco en puntillas y me acerco lo más que puedo sin tocar la pared, pues la pintura está por encima de mi cabeza. A simple vista, es un trabajo simple, de dimensiones más bien pequeñas comparadas a los otros frescos que adornan la catedral y su cúpula, pero luego, mientras más me enfoco en los detalles, más llamativo lo encuentro.
Dante está vestido en una túnica y gorro rojo, sosteniendo un ejemplar de la Divina Comedia y señala con abatimiento los nueve círculos del infierno detrás de él; a su izquierda la catedral de Santa María y a su otro flanco tres demonios que parecen estar castigando a aquellos que bajan de una colina. Escondido entre los colores más oscuros de la pintura, hay un demonio negro, el más grande de todos, que parece solo observar la tempestad.
—Qué horrible —susurro—. ¿Por qué ellos están cargando piedras y… por qué ellos tienen la cabeza hacia atrás? —me encojo en mi lugar, colocando las plantas de mis pies de nuevo contra el mármol y cerrando las manos en puños.
—Son los castigos, aura —me sostiene por los hombros—. Los que cargan piedras son los avaros, los que miran hacia atrás son los falsos videntes. Dante reservó los peores círculos para los traidores y los mentirosos.
—¿Y él cometió alguno?
—Claro qure sí. Al final, él era solo un ser humano, pero consiguió la absolución y por fin pudo reunirse con Beatriz en el paraíso.
—¿Beatriz de Portinari? —me siento orgullosa de reconocer un nombre entre toda esta historia.
—Hum —sonríe y levanta una ceja—. ¿La reconoces?
—Sssí —titubeo—. Recuerdo que una vez me comparaste con ella. Dijiste que tenía el mismo cabello y tono de piel.
Ante mi respuesta el toca mi pómulo y el fleco sobre mi frente para colocarlo tras mi oreja, vuelve a cubrir mi mano con la suya y nos guía hacia adelante, en donde la mayoría de los demás turistas están concentrados con bocas abiertas mirando al techo.
—Allá está la cúpula, ¿verdad? Sus caras de asombro me dicen todo —en efecto, este espacio de la catedral parece recibir mucha más luz que el resto de la construcción, que es más bien oscura sino fuera por el color beige de los techos, y eso le da mucha más vitalidad al punto.
Tengo los ojos mirando hacia arriba incluso antes de llegar finalmente a la cúpula; el cambio de escenario es precioso.
—No puedo ver en dónde empiezan las ropas de unos y empiezan las de otros —digo ante el enorme fresco que ocupa todo el domo. Puedo discernir a algunos apóstoles, ángeles también, entre otros seres divinos, todos agrupados en distintos niveles sobre las nubes.
—¿Puedes ver cómo los colores se van haciendo más oscuros conforme más alto es el techo? —Edward dibuja un círculo en el aire—. Es para que los rayos del Sol destaquen a las pinturas de la base, irónicamente, los que reciben más luz son aquellos que han sido mandados bajo tierra.
Veo entonces que el primer nivel está lleno de demonios que devoran, golpean y despedazan humanos. Es fácil ignorar tan horribles ilustraciones cuando todos los demás personajes, aquellos que habitan en el cielo, tienen una expresión serena en el rostro.
—¿Cuántas personas hicieron todo esto? —pregunto, no pudiendo quitar la mirada de una criatura en especial, que tiene serpientes en lugar de cabeza, oculta detrás de una pila de humanos que parecen querer ascender al cielo.
—Yo tampoco dudo que haya tenido un poco de ayuda, pero la historia dicta que Giorgio Vasari tuvo en sus manos el pincel que creó esta obra —contesta, siguiendo mi mirada y encontrando a la criatura viperina.— Me recuerda a Medusa. Tal vez sí sea ella; tiene un mar en el fondo. ¿Lo ves?
Asiento.
Nos alejamos entonces de la bóveda y recorremos los otros rincones del baptisterio, pero al final, gracias a mi insistencia, regresamos una última vez a la pintura del domo antes de salir de la catedral.
Fuera, el sol no ha disminuido su fuerza ni hay una nube cerca que amenace con taparlo. Seguimos la calle frente a nosotros, que es tan angosta que apenas hay espacio para caminar sin correr el riesgo de ser atropellados por un auto.
No mucho después, las calles angostas se terminan para dar paso a una gran plancha de pavimento.
—Il Palazzo Vecchio —Edward se planta frente a la construcción de ladrillo color oro cuya torre de reloj se eleva varios metros sobre el suelo—. El palacio antiguo, nuestra siguiente parada.
Si alguien me pidiera que imaginara un castillo, probablemente se parecería a esto. Las torres con acabados cuadrados son como en las películas, así como su fachada rústica y entrada flanqueada por estatuas.
Miro detrás de mí, imaginándome cómo debió lucir esto hace siete siglos, y sonrío al encontrar una tienda Chanel al otro lado.
—Quién diría que terminaría frente a un escaparate de modas —digo para mí misma.
Vuelvo la mirada a Edward, que continúa observando la torre con el reloj.
—¿Qué hay dentro?
—Las aburridas oficinas de gobierno…. Y un museo con varias pinturas de Vasari, que me atrevería a decir es tu nuevo pintor favorito.
—Bueno, —entrelazo mi brazo con el suyo—, ¿entramos?
OoO
Narrator's POV
Con el codo apoyado sobre el marco de la puerta y los dedos contra los labios, Emmett contempla a Victoria tumbada frente a él sobre el suelo del Mercedes.
Ella comienza a estirar sus extremidades y a presionar las palmas contra su cabeza, aún sin abrir los ojos. Con una mano, ella baja el vestido hasta que este cubre sus piernas y reacomoda los tirantes de su sujetador.
Emmett la observa en silencio, sin impacientarse porque ella no lo mire, y saca un cigarrillo de debajo de su solapa. Lo enciende inhalando largamente el sabor de pimienta y clavo antes de sacarlo por la nariz.
Victoria desearía no tener que abrir los ojos, desearía regresar a ese lugar en donde la inconsciencia la salva y la vuelve ignorante. Pero no puede permanecer así; necesita estar alerta, necesita saber a dónde la están llevando, pues debajo de ella puede sentir el ronroneo del motor encendido.
Tiene miedo de que Emmett la lleve tan lejos que ella no sepa cómo escapar. Así que abre los ojos, los fosfenos oscurecen su vista; intenta levantarse, pero una voz la paraliza casi como una fuerza física que la empuja hacia abajo. Su cabeza vuelve a reposar en el suelo, pero esta vez cae sobre su costado y frente a ella puede ver zapatos pulcros de gamuza café.
—Pensé que estarías dormida el resto del viaje —dice Emmett. Ella se hace un ovillo en su lugar.— No te preocupes, dejarás de marearte en cuanto bebas un poco de agua.
Victoria no contesta. No es capaz de encontrar su voz, tampoco puede recordar ninguna palabra. Sabe que se desmayó cuando él le levantó el vestido y besó su rodilla, pero no sabe si él siguió con su cruel tortura, si continuó tocándola o en cambio había decido esperar a que ella estuviera despierta y receptiva a sus vomitivas caricias.
Casi desea que él la haya tomado mientras estaba inconsciente, así al menos no recordaría su cuerpo sobre el de ella, ni sus acometidas dolorosas o sus gemidos guturales.
Tentativamente, baja la mano por su vientre hasta colocarse en su pubis. Comprueba que tiene las bragas puestas y que no hay ningún dolor interno… Piensa que, si él la hubiera tomado, sentiría al menos ardor. No es como si fuera virgen, pero luego de casi diecisiete años sin estar con nadie, técnicamente volvía a serlo.
—No te toqué, Victoria —su voz suena ronca y ella detecta en el ambiente un aroma suave a tabaco y especias—. Te prefiero mirándome mientras te penetro.
Ella no sabe si sentir alivio, tampco recuerda si él siempre fue tan crudamente sexual para con ella. Siente una contracción en su estómago que estruja todos sus intestinos hacia arriba y luego un ardor en su garganta. Se lleva una mano a la boca.
Emmett presiona otro botón empotrado en la puerta.
—Detén el auto —ordena. El Mercedes se detiene pocos segundos después.
Él abre la puerta y la toma de modo que ella solo saque su cabeza mientras él sostiene su pelo.
Victoria depone todo lo poco que ha comido hoy, en su mayoría es bilis y jugo de naranja. Las arcadas llegan una tras otra, sin detenerse un instante.
Cuando su estómago no tiene más para dar, Victoria se incorpora y tiene la oportunidad de ver en dónde se encuentra.
Son kilómetros y kilómetros de valles verdes y sembradíos, ninguna casa a la vista, mucho menos un auto. La carretera sobre la que avanzan está desierta. Victoria se pregunta hasta dónde podría correr antes de que él la atrapara, si podría conseguir ayuda antes de que él volviera a tocarla.
Como si leyera sus pensamientos, el brazo que Emmett tiene atravesado sobre su pecho se cierra, haciendo que un jadeo se le escape ante la fuerza. Él la lleva hacia atrás y cierra la puerta.
—Avanza —vuelve a ordenar presionando el botón.
Victoria aterriza de nuevo en la alfombra del auto, pero esta vez no puede apartar la mirada de él; sentado como un rey, con las piernas abiertas y los brazos extendidos a sus costados, sin ninguna preocupación o molestia. Emmett también la ve antes de hacer un ademán con su dedo índice para que se acerque.
Ella sabe mejor que negarse, no quiere correr el riesgo de hacerlo enfadar y que le haga una cosa peor. Avanza a gatas hasta situarse entre sus piernas y se incorpora en sus rodillas.
Él abre entonces una botella de agua Evian y se la ofrece. Ella levanta la mano para tomarla, pero él chasquea la lengua. Victoria entiende y espera a que él coloque la boca de la botella sobre sus labios antes de inclinar la cabeza hacia atrás. Cuatro tragos después, él retira la botella.
—¿Suficiente? —pregunta. Victoria asiente.
Él deja el agua a un lado y toma sus manos para colocarlas sobre sus muslos. Victoria siente los músculos de sus piernas contraerse bajo sus palmas. Rehuye la urgencia de soltarlo y yergue la espalda.
—Bésame —aunque él lo está ordenando, su timbre es mucho más suave.
Victoria cierra los ojos y se proyecta hacia adelante. No te desmayes, no te desmayes.
Emmet le acuna el rostro y se acerca hasta que ella puede sentir el calor de su aliento sobre su boca; el olor del cigarrillo la marea levemente.
—Mírame —el habla. Victoria teme verlo tan cerca, dejar que él adivine a través de sus ojos lo vulnerable que es, así que no obedece.— Quiero que tengas los ojos abiertos para que no te imagines a nadie más.
Victoria se ríe amargamente para sus adentros. ¿A quién más podría imaginar? Su mente está demasiado aturdida para concentrarse en recuerdos.
—Bésame, Víctoria —repite.
Ella entierra las uñas en los muslos de él. No puedo, no puedo hacerlo.
—No puedo —acepta rindiéndose. Si él quiere besarla, tendrá que ser por la fuerza. No puede sólo olvidar que él es el hombre que la destruyó, que la obligó a aislarse del mundo y a evitar cualquier contacto físico.
Escucha cuando la puerta se abre y el viento hace que su vestido se le pegue al cuerpo, solo entonces abre los ojos y se encuentra con Bareilles escoltando la salida. Emmett baja del auto y le ofrece una mano, ella se apea también pero con la cabeza gacha. Tiene vergüenza de que Bareilles haya podido escuchar la sórdida manera en que Emmett la lastimaba.
Victoria gira su cabeza de lado a lado, encontrándose con más terreno irregular y verde. La diferencia es que ahora hay una casa de dos plantas frente a ella en color durazno y ocre, con dos nichos con estatuas flanqueando la puerta.
Bareilles abre la verja y Emmett la introduce a la propiedad. Victoria sabe que no tiene oportunidad de saltar el enrejado, pues éste se eleva varios metros sobre el suelo además de estar cubierto en enredaderas que se han encargado de cubrir cualquier espacio posible entre las barras de metal. Como nunca ha sido muy hábil para las acrobacias, sabe que aún si consigue atravesar la barrera no lo hará sin fracturarse un tobillo.
Mientras Bareilles estaciona el auto ella entra a la casa con Emmett pisándole los talones. Observa a su alrededor, reparando en cada florero de cristal.
Tal vez si soy lo suficientemente rápida pueda tomar uno y golpearlos a ambos.
Pero sabe que no debe arriesgarse; todavía se siente débil y mareada, sus reflejos probablemente serán pobres y lo único que ocasionará será hacer que Emmett se enfade. Su única esperanza es aguardar a que él se distraiga un momento y pueda llamar a la policía. Se da cuenta entonces que no tiene su bolso con ella, por tanto tampoco su celular.
Debió quedarse en el auto.
Maldice para sus adentros. Eso lo complicaba todo.
Emmett la mira y trata de mantener un suave agarre sobre ella mientras la guía escaleras arriba. Está molesto consigo mismo por no haber calculado de forma correcta la dosis de tranquilizante que debió administrarle. Sólo la quería más dócil, no esperaba que ella se desmayara y mucho menos que vomitara. Como estaba decidido a redimir su error, no la había forzado a besarlo como él hubiera querido.
Victoria se encuentra dentro de una habitación amplia y muy bien iluminada. Está abrazándose a sí misma para conservar el calor, aunque sabe que el clima no podría ser más cálido. Está haciendo los ejercicios de respiración que había aprendido para relajarse y así evitar entrar en shock.
—¿Te gusta? —Emmett de nuevo está tras ella.
—Sí —contesta con una débil voz. Sabe que la recámara es preciosa con sus paredes blanco hueso, los muebles estilo Luis XV y la enorme cama con dosel de telas livianas, pero no puede concentrarse en ello, no cuando lo único que tiene en mente es una sola cosa.— ¿Cuánto tiempo vas a tenerme aquí?
—Me temo que no te entiendo, querida —él se aleja para cerrar la puerta y después desaparecer en el cuarto de baño. Victoria escucha un chorro de agua.
Ella se percata de que el ventanal de la alcoba en realidad es un mirador y va hacia este. Confirma sus sospechas al ver cómo el campo se extiende en todas direcciones hasta el horizonte donde se junta con el celeste del cielo; está completamente apartada de toda población.
¡¿En dónde estoy?!
Se pregunta si Edward estará buscándola, pero sabe que es poco probable pues no hace mucho habló con él. El Sol le indica que faltan un par de horas para el atardecer y, haciendo cuentas rápidas, realiza que Bareilles no debió haber conducido por un gran lapso.
No debo estar muy lejos.
Escucha a Emmett llamarla y regresa con la mirada gacha a su encuentro.
—Ah, me alegro que ya hayas visto el jardín. Luego de que tomemos un baño tal vez podamos nadar —dice con soltura mientras lleva sus dedos al cinturón de ella y comienza a desabrocharlo.
Victoria ni siquiera había advertido la piscina, más preocupada por encontrar una manera de escapar, pero esto no es lo que la tiene nerviosa. Son las manos de Emmett intentando desvestirla lo que la hacen temblar.
«Levanta los brazos —ordena».
Ella agita la cabeza negativamente, sabe que si le permite desnudarla todo estará perdido, lo poco que queda de su alma lo estará; en un acto de suma valentía o de infinita estupidez, ella corre hacia la puerta y tiene una sensación déjà vu cuando, al igual que en el restaurante, esta cerradura también tiene llave.
Se da la vuelta, preparada para que Emmett de rienda suelta a su ira, pero lo encuentra en el mismo lugar con la misma expresión relajada.
Sabe que no tengo a dónde ir.
—Victoria…, —él avanza y deja espacio de un segundo entre paso y paso—, cariño, ven aquí —abre sus brazos como si fuera a sostenerla.
Ella decide que lo único que queda es apelar a la misericordia y rogar porque él la deje ir.
—Cuando perdí al bebé yo… no pude soportar que me tocaran de nuevo. No puedo tolerar que nadie se me acerque.
Ella lo observa y aguarda por su reacción; en efecto, él abre los ojos con sorpresa, luego sus labios fabrican una cálida sonrisa.
—Me alegro. No puedo sobrellevar pensar en ti con alguien más.
Su esperanza se apaga con la misma facilidad con la que alguien sopla una vela.
—No… por favor… no te acerques… —solloza.
Emmett la encuentra a medio camino y hunde la cabeza de ella en su pecho.
—Sht, sht. Tranquilízate, no queremos que vuelvas a desmayarte o algo peor —la mece entre sus brazos como si ella fuera una niña pequeña. — No pudiste dejar que nadie te tocara porque ninguno de ellos era yo, Victoria.
Ella reza a todos los santos y Dioses que conoce porque la ayuden, suplica que Edward aparezca por la puerta y le quite a Emmett de encima, pero los minutos pasan y pasan y nadie responde a su llamado.
Nunca podrá ganarle. Él tiene mucha más fuerza física que ella y aún si lo logra, tendría que lidiar con Bareilles, cuya contextura física es igual de robusta que la del hombre que ahora la tiene encarcelada con su agarre.
Victoria relaja su cuerpo, sus brazos caen laxos a sus costados y se hunde aún más en la manera en que Emmett la ciñe por la cintura. Él malinterpreta el gesto con aceptación y la toma por la nuca antes de inclinarse y besar su cuello.
Victoria vuelve a temblar como una hoja, pero ha estado tan tensa todo el día que su cerebro ya no es capaz de mucho más estrés. El instinto de supervivencia dormido en su sistema.
—Te daré una ducha, luego te traeré a la cama y te haré el amor —anuncia, mordisqueando su garganta.
Ella se deja caer, su peso soportado únicamente por los brazos de Emmett, y hace su mayor esfuerzo por sumirse en la inconsciencia, incluso respira rápido para llenar a sus pulmones y su sangre de más oxígeno del que necesitan y así colapsar por hiperventilación.
Emmett encuentra el dobladillo del vestido.
—Levanta los brazos.
OoO
Oh, Victoria...
Espero que les haya gustado el capítulo, que por cierto es el más largo que he escrito hasta ahora.
Dejen sus reviews.
Amy W.
