Closer
Closer 29: Expuestos.
Abrir los ojos.
No, no lo deseaba. Todo estaba bien así, ¿realidad o fantasía?, era la manera en que quería engañarme por miedo. Pensar que la fantasía lo había disfrazado todo y por eso su olor estaba tan intenso debajo de mi cuerpo, al igual que el calor suyo impregnado en la sabana. En mi estómago, en mi pecho y en mis ojos, sucedían muchas cosas a la vez cuando sentía esas dos cosas suyas tan cerca de mí, cuando sentía y confirmaba lo real que había sido, que él estuviese aquí, de nuevo en mi apartamento, que me haya quedado dormida de cansancio acurrucada entre sus brazos y que ahora haya amanecido en mi cama envuelta por él. ¿Dónde estaría? ¿Se habría ido? Era eso por lo que no deseaba abrir mis ojos.
Pero tenía que hacerlo, era lunes, lo que significaba contra los deseos propios de mi mente y cuerpo, ambos extasiados de quedarnos en la cama dando vueltas, imposibles. Tenía que ir a trabajar.
Abrí lentamente los ojos, primero uno y luego el otro, mirando alrededor y dándome cuenta que él no se encontraba ahí, ¿decepción? Tal vez un poco, pero había también algo de alivio y tranquilidad allí.
Me levanté igual de lento, dando pasos a conciencia hasta llegar al baño, ¿era yo? No, realmente su olor estaba en todas partes e inclusive impregnado en mi piel, como una segunda capa que no me abandonaba y esperaba que no lo hiciera. Lavé mi rostro y dientes y antes de meterme a la ducha ¡necesitaba café! Así que salí envuelta en una toalla, apenas anudada sobre mi pecho.
-¡Hola pequeño! –no más al salir de mi habitación saludé a Tomás, quien empezó a menear la cola y moverse entre mis piernas. Mantuve la vista agachada jugueteando con Tomás hasta llegar a la cocina; justo allí fui golpeada rudamente por su presencia, haciendo a mis dedos retorcerse nerviosos y mi cabeza levantarse y agacharse en una sucesión algo desesperante.
-Buenos días Isabella –dijo él, sus ojos y voz parecían tranquilos, al igual que él, cuyo cuerpo se apreciaba relajado; vestido y listo para un nuevo día, aunque eso fuese con la misma ropa que había utilizado ayer.
-Buenos días, Señor –respondí, no me sentía bien con mi precario atuendo, me giré para volver a la habitación y así ducharme y cambiarme para reunirme con él de nuevo.
-¿A dónde vas? ¡Ven aquí! –imperativo como siempre, sonreí y giré hacia él, quien entornaba sus ojos hacia mí con recelo y a la vez, ese brillo especial que en ocasiones le notaba, caminé hacia él hasta estar a nada de su persona. Su mano se alzó hacia mi barbilla, levantó mi rostro por completo a la altura de sus ojos– Saluda como es debido –su aliento fresco me golpeo así como las sensaciones de sus palabras.
Obedeciéndole de inmediato y más suave de lo que probablemente él esperaba, uní mis labios a los suyos, probándolo con deleite hasta que él me lo permitiera, con suavidad extrema… exponiendo en un beso lo que significaba un buenos días de una mañana calma y podría decir... feliz. Volcando mi agradecimiento hacia él por estar aquí de nuevo, por permitirme ser de nuevo parte de él. En ningún momento hizo ademan de tomar control, por lo que, algo insegura me separé de sus labios. Sus ojos, verdes y profundos, me miraron con devoción que me resulto abrumadora.
-¿Venías por café? –su voz, ronca pero suave me sedujo, casi provocando a mis ojos cerrarse. Asentí. Él se puso de pie, pasando a mi lado, y como quien es conocedor y dueño del lugar, busco una taza y sirvió café. Mi corazón iba a desbocarse a este paso.
Volvió a su lugar con una taza en cada una de sus manos. Se sentó donde hace minutos había estado.
-Ven –palmeó su regazo–, siéntate -¡Oh! Había muchas formas en que quería reaccionar a su invitación, pero la que mi cuerpo siguió fue la respuesta tímida, acompañada de un leve sonrojo, para sentarme sobre él y casi esconder mi rostro–. No te escondas –dijo adivinando, movió mi cabello con delicadeza hacia un lado, me vi en la necesidad de contener la respiración cuando su nariz y barba empezaron a repasar mi cuello. Un sorbo a mi café era el reto de la mañana.
Él acarició mi espalda con su palma abierta, tal vez para relajarme, tal vez para provocarme. ¿Qué podía pensar? Era él, así que no podía estar segura de nada, finalmente solo me relajé y bebí mi café sobre el regazo de mi Señor. ¿Felicidad? Si, completamente. Pero los deberes interrumpían el placer y nuestro cómodo silencio tenía que interrumpirse por mi culpa.
-Señor, debo ir a bañarme para ir al hospital –dije, medio girando la cabeza para verlo. Él no dejo de pasar su mano arriba y abajo sobre la toalla y en el borde de esta, apenas rozando mi piel con la yema de sus dedos.
-Creí haberte dicho que fueses hoy a media mañana a un lugar –respondió después de unos segundos en un tono completamente casual. Me removí en mi lugar.
-Lo sé, pero… estoy en piso esta semana y, ausentarme… no debería. –estaba incomoda, rechazar su petición por algo propio era algo que iba en contra de mis propios principios, pero, ¡no era algo por mí! Era mi deber, mi trabajo.
-Tu responsabilidad me seduce, me halaga de cierta manera, por eso no me opongo pero ¿si te exijo, si te dijese que no me importa tu trabajo, qué harías? –giró mi barbilla hasta conectar nuestras miradas. Emociones bailando en sus orbes y de seguro muchas más en los míos.
-Lo dejaría, e iría donde usted me dijese –respondí, inevitablemente agachando la cabeza. Acarició mi mejilla.
- Bien, ve a prepararte. Yo debo irme -me empujó de su regazo y sentí mi corazón empezar una corrida sin fin. ¡¿Se iba?! Me quede pasmada, mirando sus movimientos, me hizo a un lado y él siguió su camino-. Hasta pronto Isabella. -sentenció su partida.
-¡Señor! –bramé llamando su atención, se giró hacia mi enarcando una de sus fuertes cejas.
-¿Si? –preguntó.
Que le digo ¿en qué quedamos? ¿Si no lo veo a media mañana, lo veré más tarde? ¿Hasta pronto, cuando es pronto? ¿Por qué se va así? Miles de preguntas estaban atormentándome y mareando mi mente.
-¿Cu-cuándo es pronto? –solté la primera pregunta que mi cerebro envió.
-Pronto pequeña, relájate y ve a trabajar. Y no es una petición, es una orden. –su tono bajo dos octavas mientras sus ojos se congelaban. Acepté confiando en él pero antes de dejar que se fuese, me acerqué tímidamente un par de pasos, sus labios se inclinaron hacia un lado, adivinando quizás mis intenciones, viéndose irresistible en su lugar. Él lo aceptó porque no dijo nada, yo quería hacer muchas cosas para agradecerle todo, para despedirlo o para darle la bienvenida, yo podía venerarlo en cada segundo que quedaba de mi vida. Pero no tenía tiempo y su disposición era lo más importante, así que solo me impulsé en las puntas de mis dedos y besé su mandíbula fuerte y de barba prominente, restregué mi mejilla y labios contra él, intentando imitar lo que él hacía y guardar su recuerdo para el resto de mi día.
-Así es mejor –su voz ronca, sus manos desataron el nudo de mi toalla dejándola caer al suelo mientras una oleada de calor me hacía estremecer–. Es como debes estar para mí –dijo alejándome un poco–. Así te guardaré en mi pupila, hasta que sea pronto. Compórtate. –y se fue.
.
…
.
Puedo asegurar que pasé el resto del día mareada, o eso parecía, tal vez solo se debía a mis pensamientos constantes. Al hecho de no poder dejar de ver mi celular cada tantos minutos, esperando que "pronto" fuese ahora, pero el día seguía su curso y "pronto" nunca llegaba.
Pasé la mañana en piso, yendo de una habitación a otra en rondas sucesivas de cada dos horas. Trataba en todo momento de mantener mis pensamientos a raya y así poder ser lo más profesional posible, pero habían momentos en que definitivamente me ganaba y tenía que poner un poco más de empeño. Esto me molestaba, aunque podría decir que ciertamente era su propósito.
Pero había algo que tenía que aprender, y tenía un poco que ver con todas aquellas cosas que él me había dicho hace menos de veinticuatro horas.
.
…
.
¿Por qué pensar que todo estaba en calma?
¿En qué momento se te puede ocurrir que todo está tranquilo?
¿En qué momento tu mente se deja llevar y crees en la sutil calma cuando sabes que todo lo que él ofrece es un huracán?
Llega cuando menos te lo esperas, arrasa con todo sin contemplaciones, te hace tiritar de miedo, de angustia, de deseo. Te deja, arrastrándote, clamando, sollozando.
¡Oh sí!
Él lo hizo, él lo planeo todo. Porque verla con su piel de porcelana apenas alumbrada por la tenue luz de la noche lo hacía desear demasiadas cosas, cosas malas, cosas perversas, cosas que daban placer a través del dolor, dolor de ella, placer de ambos.
No podía ser tan fácil, ella tendría que desearlo como él lo había hecho durante noches eternas. Ella tendría que suplicar, hasta que su garganta doliera, para que él tomara acciones con ella. Porque él quería verla con su piel roja, sus labios hinchados, su sexo mojado… todo aquello, por él, para él. Siempre.
La quería suplicando y clamando. Su mente loca, deseándolo. Hasta que no lo soportara y se desvaneciera en sus brazos.
Y él lo haría, porque no había cosa que se le negara y menos cuando se trataba de ella. ¿Trabajar? No, él no pudo ir al hospital esa mañana de lunes, porque sus necesidades eran más fuertes que nada. Aunque siempre había algo en su contra cuando se trataba de ella, y eso era su propio deseo.
Las llamadas en su celular eran incesantes, del hospital, de Victoria, Emmet, Rosalie, de su mamá; pero ninguna fue atendida. ¿Cómo hacerles ver que él no tenía tiempo para nada más? ¿Qué su adicción y su obsesión lo empujaban a preparar todo para ella porque solo ella sobrelleva todo de él?
Sus ayudantes de primera mano, como habrían dicho muchos, Carmen y Michael, lo recibieron en casa como era habitual. Haciendo una reverencia al Señor que llegaba a casa, pero él paso de ellos, subiendo las escaleras como demente en pleno desenfreno, sacando su ropa por el sofoque que su mente generaba. Cuando hubo calmado al menos la impaciencia de sus músculos, se puso en marcha. Preparando una nueva habitación especial para ella. Una habitación donde la vería padecer hora tras hora. ¡Oh sí! De solo pensarlo todo su cuerpo reaccionaba, clamando por ello.
Buscó las cosas que había comprado, todo nuevo, ella merecía cada cosa nueva. Se había dado cuenta, que su piel, tan perfecta, estaba hecha para ser apreciada por ojos, manos e instrumentos únicos. Nada que haya sido tocado por otras antes. Porque su pequeña mascota era completamente única y especial.
Cadenas, esposas, látigos, dildos de todos los tamaños, vibradores, pinzas, mordazas, correas y cosas con las que probablemente ella no contaba. Él solo tenía en su mente su cuerpo siendo llevado al límite una y otra vez, y mientras preparaba la última habitación de su casa. Fría e impersonal, preciosamente perfecta para ella, ella le daría vida con su sola presencia.
Todo estaba listo para ella. Solo esperando, que pasaran los segundos, que fuese ella quien acudiera. ¡Ese era su deseo! Ella, que tanto le costaba comunicarse, que temía cada vez que deseaba transmitir sus deseos. Él quería empujarla para que se soltara y pidiera lo que deseaba, que a fin de cuentas era lo mismo que él. Y ella no debía tener miedo de decírselo pues él se había encargado de dejarle sus deseos muy claros el día anterior. Ahora solo quedaba esperar. Y mientras tarareaba cómodamente una melodía, fue en búsqueda de su violín para así después de muchos días, desarrollar una de esas relajantes e intrépidas melodías que embargaban su alma. Y quienes habitaban en su casa supieron, que sea cual sea las razones, el Señor estaba feliz. Solo ella faltaba por confirmarlo.
Pero no pasó demasiado tiempo, ¡palabra fatídica! ¡Tiempo!, para que ella fuese superada por su desesperación y su deseo. Mirando su teléfono una y otra vez, esperando a que él pidiese por su presencia, pero las horas seguían pasando y eso nunca ocurría. ¡Maldito teléfono!
Había discutido con Ángela, había regañado a un paciente por no cumplir con sus terapias, inclusive le había respondido con un tono más elevado que el de costumbre a Benjamín, ¿y todo por qué? Por su frustración innegable, por la ausencia de él. Y es que ella moría por su atención.
Cuando su turno del día terminó, supo que no podía aguantar más, y ahora su debate se daba entre un mensaje de texto o una llamada. Un mensaje sería lo más fácil para ella pero ¿él le respondería? Y una llamada sería difícil, porque los miedos la invadirían junto al nerviosismo y entonces no sabría que decirle, pero debía hacerlo, porque no sabía si debía ir a su casa o a otro lugar, aunque si él no llamaba probablemente era a su casa donde debía ir. Pero, ¿era eso lo que ella deseaba? Por supuesto que no, y por pensar en ella, en sus deseos, fue que finalmente se decidió a llamarlo, tecleando el número que se sabía de memoria y que había borrado hace más de un mes de su celular.
Tres tonos y la voz de él resonó firme y dura al otro lado de la línea. Su cuerpo, medio muerto, recobró vida con el solo sonido de su voz.
-Señor… –dijo ella, con miedo, con nervios pero con determinación.
-Sí, Isabella ¿qué deseas? –respondió él, sonriendo desde el otro lado de la línea, porque podía escucharla, podía casi verla y olerla, su desesperación era demasiado tangible, palpable.
-No sé dónde debo ir Señor, ¿regreso a mi casa? O… -ella dejó la oración a medias, mordiéndose la lengua para no terminar, para que fuese él quien dijese lo que a ella le costaba tanto, pero no sería tan fácil.
-¿O…? ¿Qué deseas pequeña? –se divertía, y ella lo sabía.
-Yo, no sé qué hacer –respondió ella, insegura, siempre insegura.
- Eso no fue lo que te pregunté, dime tú. ¿Qué deseas? -¿por qué la atormentaba preguntándole lo que ella no deseaba responder?
- Yo… Yo deseo verlo Señor – dijo, con voz contenida, casi mordiéndose para no decirlo, pero soltándolo al fin de cuentas porque él quería saberlo.
La sonrisa de él, al otro lado de la línea, era radiante. Ojala y ella pudiese verla para saber cuan feliz era él con ese pequeño gesto de ella.
-Ven a verme entonces. –respondió él, sugiriendo lo que sin duda alguna ambos querían. Pero paradójicamente, teniendo en cuenta lo que él tenía en mente y que lo estaba consumiendo, ella era una presa yendo directamente a su cazador.
Ella sintió miles de cosas, la más predominante por supuesto, felicidad ¡Su Señor quería verla! Algo de cierto, algo de trampa, de todo un poco en esas emociones que recorrían a ambos.
La línea fue cortada, pues solo podía oírse el recuerdo de una invitación realizada y un par de respiraciones que intentaban acompasarse debido a las emociones que recorrían ambos cuerpos.
Y aquí venía toda una ronda nueva de preguntas a la mente de Isabella. Mientras hacia el viaje a su apartamento no paraba de pensar en sí, lo que pensaba hacer, era al menos correcto. Correcto para con ella, para su integridad emocional, para todo lo que conllevaba estar tan cerca de él una vez más.
Parecía un robot mientras se bajaba de su auto, dispuesto de tal manera que era evidente no llegaba a pasar la noche en su apartamento, busco a Ben y a Tomás, acariciando sus orejas y aceptando sus lametones juguetones.
-Hey pequeño, a veces creo que realmente te dejo demasiado tiempo solo. No soy una buena compañía para ti… –le susurraba a su perro mientras se elevaban en el ascensor. Tomás contrario a las palabras de Isabella, seguía lamiéndola y con todas las intenciones de jugar.
-¿No crees que soy mala para ti? No puedo cuidarte bien, a duras penas cuido solo de mí. Y mírame, ¿sabes lo que voy a hacer? ¿O lo que estoy buscando? –seguía susurrándole y mirando hacia la nada– No pareces reprocharme, tus ojos son unos pozos brillantes, vivos y alegres. Es difícil, pero no puedo negarme lo que quiero ¿o tú te niegas jugar? ¿Te niegas comer? No verdad, entonces, entiendes que es una necesidad, ¿cierto? –suspiró– Creo que estoy enloqueciendo por no tener con quien hablar de esto –Tomás ladró–. Sí, cierto, estás tú. Pero esto no es convencional. –dijo ella, riendo nerviosamente. Ironizando todo en su cabeza pero ¿Qué iba a hacer? ¿Quién podía juzgarla?
Entró a su apartamento soltando a Tomás y yendo directo a su habitación a soltar el bolso. Aun todo olía él y permanecía tan intacto como había quedado esta mañana. Él se había encargado de hacerle llegar su auto. Él siempre se encargaba de todo, como si fuese tan fácil, y es que así parecía ser. Buscó la comida de Tomás y rellenó su pequeño tazón, viendo a este juguetear con los pequeños trozos de su extraña y mal oliente comida.
-¿Qué hago contigo? –preguntó mirando a Tomás desde su posición. Aun no se había bañado, aun no sabía que iba ponerse y su mente, presa de miedos, aun batallaba en si debía o no asistir. Aunque ella había pedido verlo, sabía que era el paso final y no había un más allá.
Y por esa misma razón, por esa en la que su cuerpo gritaba que fuese, su alma y su corazón. Dejó a Tomás comer en paz mientras ella se bañaba y dejaba a todas las terminaciones de su cuerpo relajarse en el agua tibia. El calor la inundo y por un momento pareció que todo podría ir bien.
.
…
.
Fue recibida por una casa que se le antojaba de todas formas menos extraña, aunque si se sentía de cierto modo ajena. Demasiado extraño volver a aquel lugar, demasiado excitante lo que pudiese esperarle. Fue recibida además por una sorprendida Carmen y un siempre silencioso Michael, quienes a su llegada, saludaron y se despidieron. Las órdenes eran claras, era el momento de su retirada.
Y ahí estaba ella, con su espalda recostada a una fría puerta, oliendo, viendo, palpando todo sobre unas paredes que hasta hace no mucho habían sido su hogar, él hogar de él, de su Señor, una parte suya que le identificaba y representaba y de la que sin ninguna duda ella había sido parte. No hubieron preguntas, lo que hizo a su ansiedad mantenerse en el mismo nivel, sin embargo era evidente el tic de nerviosismo en su pierna. ¿Dónde estaba él?
A pesar de los nervios, sabía que debía ir hacia arriba, no iba a echarse atrás habiendo llegado ya hasta tal punto. Tomó aire en una sucesión de respiraciones profundas y empezó a ascender.
A medida que iba subiendo los recuerdos de aquellos lugares conocidos le golpeaban, pero no dejaría que ninguno de ellos la detuvieran. Solo siguió, tenía que encontrarlo. El pasillo fue lo siguiente, todo olía como él, se sentía como él. Su presencia, su aura, sus ojos, su olor, estaba en todas partes, como si estuviese aquí y allá al mismo tiempo. Sus piernas temblaron, su cuerpo entero tembló. Estaba en casa.
No lo sintió, no lo vio, solo supo que estaba a su espalda ¿de dónde había salido? No lo sabía, pero su corazón se había disparado en una carrera enfermiza, que cualquier médico en el área cardiovascular habría considerado como patología cardiaca.
-Sigue caminando pero no gires –dijo su voz, sonando en tono seductor y a la vez perezoso. Caminó guiada por el calor de él a su espalda. Ella iba vestida con un sencillo vestido color aceituna, como de costumbre, ocupando cada curva de su cuerpo perfectamente, resaltando su pálida piel, como si fuese necesario. Como si para él, Edward, no fuese ya suficiente esa traslucida y suave capa que cubría su cuerpo. Su olor lo hacía sentirse como drogadicto. La tensión del cuerpo de ella lo hacía temblar de deseo, pero quería solo aguantarlo un poco más, disfrutarlo un poco más.
Llegaron caminando al salón que ambos conocían muy bien, no más al entrar ella se quedó de pie, estática, mirando hacia la nada, esperando nuevas órdenes y recordando las que fueron recibidas, en otros tiempos, en ese mismo lugar.
-¿Desea beber algo, Señor? –dijo ella, ¡oh pequeña! Tan servicial y dócil. Él finalmente paso a su lado, sentándose como el dueño del lugar en el ancho mueble, extendiendo sus brazos y cruzando una pierna sobre la otra en su imponente traje negro que hacia contraste con la pulcra camisa blanca que llevaba debajo.
Isabella se quedó prendada de sus ojos verdes… con los bordes grisáceos, se veían apagados y vahídos, pero era solo una apariencia exterior, podía verse su gesto relajado y hasta perezoso, ocultando la voracidad en sus pupilas.
-Eres mi invitada, ¿no debería yo ofrecerte algo? –preguntó él, su barba de días estaba allí, llenando su rostro con un gesto duro.
-N-no deseo nada. –respondió ella titubeando, se sentía cómoda ofreciéndole cosas de manera que pudiera no solo llenar sus silencios sino que, en medio de todo, estuviese ocupada en algo hasta que él demostrara las intenciones de su visita.
Ella estaba golpeada por su presencia y el lugar en que se encontraban, desde luego no era fácil volver así como así y aunque tal vez se estuviera comportando de forma tonta, prefería verse así y hacer algo, que quedarse quieta y tener un ataque de ansiedad.
-Nada que pudiese beber me daría satisfacción – aclaro él entornando sus ojos, inclinando su cabeza a un lado, parpadeando levemente bajo esas pestañas largas–. Y aquí tengo agua. –señaló hacia la mesa donde había una de las típicas botellas que siempre llevaba consigo.
Se quedó parpadeando viéndole. Y preguntándose a sí misma, después de tanto querer ir hasta él ¿ahora qué? ¿Qué hacía? ¿Qué pretendía él que hiciera? ¿Qué pretendía ella hacer?
Él la miraba y la escrutaba, la media y analizaba, sabiendo cada cosa que pasaba por su mente como si tuviese la capacidad de leerla, y es que ella era demasiado transparente para él. Después de tres meses de profundos silencios, él había aprendido a leer su lenguaje corporal, su tensión, y sobre todo su mirada, esos ojos marrones suaves que tanto transmitían y que justo en este momento se notaban confundidos y alterados.
-Siéntate aquí. –señaló a su lado, no justo a su lado solo un poco más allá, una distancia prudente para ambos.
-¿Algo de alcohol tal vez? – sentía necesario seguir ofreciéndole algo que sin duda alguna a él no le apetecía.
-No tomo nada que pueda alterar mis sentidos Isabella, deberías saberlo –estiró su mano hacia ella, buscando la suya, sosteniéndola a la altura de sus ojos mientras le daba vueltas en su propia mano–. Tan suave. –dijo.
-¿Por qué nunca toma nada de alcohol? Siempre es agua. –resaltó un hecho notorio.
- Nunca es una palabra que expresa un límite difícil de considerar –dijo mientras seguía viendo su mano, sus uñas cortas y perfectamente arregladas–. Pero en momentos como este quiero tener todos mis sentidos en consonancia, quiero estar en todas mis capacidades mentales –dijo él, tirando de ella, acercándola más. Acercó su brazo a su nariz y empezó a repasarlo, oliéndola, deleitándose con la suavidad de su piel–, para qué alterar mis sentidos con una bebida cuando te tengo a ti. –siguió repasando su nariz y sus labios en una caricia tentadora y suave por su brazo, el pulso de Isabella iba sobrevolando.
-Yo… -ella empezó a pronunciar ante la necesidad de hablar.
-Shhh… No tienes que decir nada –él alzó los ojos embriagado de deseo hacia ella, mirando directo a ese par de orbes marrones–. Tu presencia, tu actitud, tu entrega, es suficiente para mí. No tienes que decir nada para llenar un silencio, no tienes que actuar para complacerme o rebuscar acciones. Es natural en ti, has sido diseñada para complacerme, desde el más ínfimo capricho hasta el más carnal de los placeres. Acércate aquí –dijo–, ven. –la jaló hacia su regazo, descruzando sus piernas para que ella pudiera estar sobre él.
-Podría pasarme horas así. Embriagas mis sentidos, y apostaría que mucho más de lo que lo haría cualquier bebida con un porcentaje de alcohol considerable, eres potente, alucinógena. Y no tienes idea de esa capacidad. No sabes todo lo que he planeado y deseado para esta noche, pero ¿crees que puedo? –dijo, levantando el mentón de ella, conectando una vez más sus miradas. Ella no decía nada, solo respiraba acelerada, con sus ojos desbordados en emociones. ¿Qué iba a decir?
Se sentía completa, con todo lo que deseaba al alcance de su mano.
Su Señor la deseaba con una intensidad que resultaba perturbadora. Le aceleraba el corazón, le disipaba las emociones en lo largo y ancho de su cuerpo, le golpeaban la mente y le inundaban de sentimientos. Él, tan exacto en su lugar, tan dominante y voraz, parecía consumido por ella, algo que solo ella había visto en reciproco. ¿Era real lo que estaba viviendo?
Las cosas buenas pasan en la vida real. Las cosas extremadamente buenas solo ocurren en los sueños. ¿Estaría soñando? Sus manos estaban estáticas, permanecía sobre su regazo mientras él seguía oliéndola, como inhalar droga, como absorber la más alucinante sustancia que existiese sobre la faz de la tierra.
-Tócame. –dijo él, mirándola, destrabando los cerrojos de la confusión instalados en sus ojos. Disuadiéndola de lo irreal para mostrarle lo real que era aquello que ambos estaban compartiendo. Ella muy pocas veces había tenido la autorización de tocarlo, podría contar con una mano y sin duda le sobrarían elementos. Pero ahí estaba él, invitándola a hacer algo que deseaba, algo que confirmaba una vez más lo irreal de aquel momento, cosas que solo ocurrían en sus sueños, en las alucinaciones perversas de su mente.
-Tócame Isabella. – él enmarcó el rostro de ella en sus manos, repasando sus pulgares en sus sienes, devolviendo sus ojos a él, alejándolos de la turbulenta nube de ensueño en la que ella estaba atrapada. Lentamente y en trance ella alzó las manos hacia él, hacia los anchos hombros cubiertos de aquel fino traje.
-Tienes esta oportunidad –dijo él, llevando su rostro al cuello de ella, donde la suavidad conjugada con su olor eran un aliciente trastornador–. Antes de que no pueda controlarlo, antes de que sea más fuerte que yo. Hazlo ahora, tócame y disfruta del momento. Pronto tus manos solo serán partes de tu cuerpo, y no van a funcionar para lo que fueron diseñadas –la miro antes de volver sus labios a la piel–. Aprovecha mi debilidad. –dijo, sus ojos nublados al igual que los de ella, sellando sin palabras un acto crucial.
Ella rascó su barba mientras él inhalaba de ella y se inclinaba a su toque, ahogando jadeos contra su piel. ¿Cómo se pueden explicar tantas sensaciones? ¿Cómo una persona tiene tanto poder sobre otra, ejercido tan solo a través de un roce?
Sus dedos siguieron inquietos a través de sus mejillas hacia su cabello, enroscando sus dedos en las hebras doradas y sedosas, acariciándolo con deleite. Volcando sentimientos en caricias, caricias que hablaban por ambos y decían cosas que ninguno se atrevía a formular en palabras.
Él detuvo sus manos por un momento, dudoso de darle tanto, de dejarla hacer tanto, dejarla entrar tanto. ¿Si había un límite? ¿O lo tenía todo? ¿Lo había perdido todo? Se miraron a los ojos, el verde de él refulgiendo en llamaradas de poder, deseo, dominación; el marrón de ella lleno de sentimientos dóciles, suaves, amenos.
Su agarré en sus muñecas fue aflojando. Su propia reticencia no encontró aliciente, solo lucha, no podía detenerla. Ella se soltó, ella lo tocó. Él volvió su nariz a ella, oliéndola, repasándola, grabando a fuego su esencia en él. Aunque ya lo estaba, desde hace rato, sin que pudiese ser negado.
Él murmuro algo sobre su la piel de su pecho, sus labios reposaban justo encima donde su pulso, su corazón, representaba un aleteo alocado, desenfrenado. Ella no lo entendió y con un poco de audacia lo alejó. Vio, por segunda vez en su corta vida, agonía en los ojos de su Señor.
-¿Qué ocurre? ¿Qué dijo? –dijo ella, preguntando, angustiada por lo que veía y no comprendía. ¿Era ella? ¿Estaba haciendo algo mal? Tragó grueso, sin saber que ocurría con él, porque sus ojos lucían de esa manera. Sus dedos suaves fueron a las líneas incipientes de la frente de su Señor, intentando alisarlas, desaparecerlas.
- Duele –dijo él. ¿Qué duele?-. ¿Cómo estás tú? –preguntó. Como si no estuvieran los dos allí mismo, como si cada uno fuese un ente separado cuando en realidad eran una unión intachable.
-Estoy pérdida aquí mismo. –dijo ella. Toco su barba nuevamente, tratando de tranquilizarlo con movimientos ascendentes y descendentes, el deleite de tocarlo era algo que no podía desperdiciar, y a pesar de su calor, de su deseo, tocarlo era todo en este momento, las demás cosas podían esperar pero lo único que podía y la estaba deteniendo era él. ¿Qué dolía?
-Dame tus manos. –le ordenó él, aún con el gesto suave, la mirada embriagada, las facciones perezosas. Ella se las dio, con reticencia pero lo hizo. ¿Se acabó su oportunidad de tocarlo?
Él las sostuvo entre las suyas, apropiándose de ellas con una sola mano detrás de su espalda para luego tirar de su cuerpo hacia sí.
Miró sus labios entreabiertos, reparó su halito fresco y embriagante. ¡Toda ella lo era! Ella era tan frágil, tan vulnerable en sus manos. ¡Pero era tan ignorante de él! Lo podía ver en sus ojos, y le gustaba y repudiaba de igual manera. Le ayudaba a mantener el control el hecho de que ella no supiese cuanto poder tenia, y por otra parte quería que ella lo conociera tanto para identificar los sentimientos de sus miradas. Por lo pronto solo se dejó impulsar por la impaciencia de su mirada, el llamado de sus labios.
Abrió su boca y dejó que sus dientes tomaran el labio inferior de ella entre estos, mirándola siempre a los ojos. Viendo la confusión pasar al dolor… y del dolor, de ese dolor que solo él podía provocarle, pasar al febril deseo.
Arrodillarte y acostarte a sus pies.
Resonó en la mente de ella palabras que alguna vez habían sido dichas a su oído; en su momento solo fueron la iniciación de algo que era prueba, de algo que no tenía importancia, de un experimentó. Ahora era real, viendo sus ojos, sintiendo sus dientes causarle dolor. Podía comprenderlo.
Vestirlo y darle de comer.
Las necesidades de él, eran sus necesidades, la entrega misma lo decía, las razones por las que ella estaba allí. ¿Por qué ella no había ido en un primer instante? ¿Por qué quería que él se lo dijera? La respuesta era tan evidente como que, si él deseaba verla, ella lo complacería en todo. Si él no deseaba verla, su deseo por él sería ignorado. Porque primero era él.
Masajearás su cuerpo, lamerás cada parte, limpiaras y veneraras.
Cerró los ojos cuando el tomo sus labios, demandó su lengua, aprisionó su deseo con el puro instinto de macho dominante. Él aplacaba su ser, la reducía y la simplificaba, para realzarla en su mano como la más grande belleza. Cuando él la miraba de la manera en que llevaba viéndola toda la noche, ella era lo más preciado, el objeto más valorado, el tesoro más grande. Por eso era él.
Te vistes para él, caminas para él. Vives para él, aunque no lo sepas, aunque no lo pienses. Es lo que interiorizas, porque él se vuelve el centro y tú solo orbitas.
Devolvió aquel beso con timidez, solo hasta donde él lo permitía. Dando pasos tímidos de su lengua sobre la suya, probándolo tan lento que resultaba doloroso, agónico, quería llorar y gritar a la vez. Se sentía feliz y a la vez desesperada por expresar esas emociones que tanto la embargaban.
Tus prioridades cambian, tus emociones cambian. Si él es bueno, si él sabe hacerlo. Él lo será todo.
Él fue soltando sus manos, volviendo las suyas al frente para sostenerla contra sus labios aun cuando la necesidad de aire empezaba a reclamarle a ambos. Pero no podían detenerlo por más que el cuerpo pidiera oxígeno. ¡Vital elemento! ¡Inoportuno, impreciso, inútil, necesario y desesperante!
Y aunque no lo veas, aunque no lo creas, aunque te parezca imposible. Tú lo serás todo para él.
Respiraciones entrecortadas, jadeos audibles. Pechos que suben y bajan desesperados.
Tú serás su prioridad, él haría cualquier cosa por ti. Eres suya, su mascota, su sumisa, su mujer, su propiedad… y él cuidara lo suyo.
Las emociones revoloteaban de un lado a otro, aun viéndose, aun sintiéndose. ¿Podían hablar las miradas? De seguro que sí.
Te cuidará, te orientará, te valorará. Te conviertes en lo más preciado. Y juntos crearán una cadena inmaculada a su alrededor. Más que una unión divina. Es la entrega y la aceptación lo que los lleva a ser más fuertes que nada.
-Tengo miedo. –dijo ella, temblando de repente. ¡Incertidumbre! ¿Sabría ella que él podía sentirlo?
No temas cuando él te azote, él solo quiere enseñarte a ser buena, para él, para ambos. Aun cuando sea rudo, aun cuando pierda el control, respira, se paciente y guíalo ¡Tú puedes!
-No lo tengas. –acarició sus mejillas sonrojadas, delineó sus labios hinchados. Ambos se miraban como dos desconocidos que en realidad se conocían demasiado.
Y cuando te bese y lo beses, cierra los ojos y siéntelo. Porque solo en un beso, él te lo dirá todo. Sin palabras, porque es más fácil.
-Un hombre en su vida puede conocer el cielo y el infierno, la calma y la tormenta. No todo será calma, pero tampoco todo será tormenta. Yo tomo de ti lo que quieras darme, tratando de exigir un poco más cada día. Si te busco es porque te necesito, si te reprendo es porque lo necesitas, cada cosa que haga será para un bien en ambos… Y si me equivoco, siempre estás tú para hacerlo ver. Porque nunca he pretendido que calles y me veas pasear, habla, comunica, dime lo que sientes y disfrutas, lo que te limita y te atormenta. Si tienes miedo, háblame –siguió acariciando sus labios, sintiendo su aliento–. Eres tímida pero tienes esa audacia que solo muestras en ocasiones, eres intrépida también, con algo de calmada, pero entregada y apasionada. Lo veo en tus ojos y en tus movimientos. No te ocultes nunca, no temas mostrarte a mí como eres. Nunca te cambiaria, solo corregiría y hablaría cuando note algo incorrecto.
Se calló. Mientras ella lo veía esperando, la mirada de él se agachó como pocas veces lo había visto hacer. Ella tocó su mejilla, alzándolo, trayéndolo de vuelta.
-Tenerte aquí es volver a tocar el cielo, lo haces más fácil. No tenerte era intentar vagar en vano. Lejos de lo carnal, del placer, de las cosa superficiales y vanas que puedes tener en cualquiera. Está esto que se produce cuando te toco. En ti y en mi –la apretó contra él-. ¿Qué te deseo? Nadie lo duda, pero también te necesito. Como una droga poderosa –la olio, restregó su cabello contra su nariz–, como algo adictivo, me hice adicto de tu presencia en tu ausencia. –sus ojos llameaban, ardiendo vivos.
Ella se inclinó un poco, solo un poco hacia adelante, hacia sus labios que la llamaban, miró sus ojos y lo besó suave, calmando la ansiedad que venía creciendo en su interior. Solo un roce leve, una caricia de labios, superficial pero candente.
-He hecho cosas mal, me he equivocado y he intentado reconocerlo. No te he cuidado en ocasiones como se supone que debo, pero soy lo que vez, un hombre con gustos diferentes, que vive una vida diferente, con creencias diferentes, que encontró en ti lo que más necesitaba. Ahora solo es tu elección, siempre ha sido tu elección. –declaró.
¿Y no era irónico todo aquello?
Siempre se trata de él dominando, de él siendo el Señor, el que ordena, señala y decreta, bajo de quien están los que obedecen, los que agachan la cabeza y aceptan sus mandatos. Pero aquí estaban, ella sobre él, ella siendo puesta por él sobre él. Escuchando lo que ella significaba para él. Sintiéndose con un poder que no le agradaba. No le gustaba verlo inseguro y expresándose con dificultad, no le gustaba ver su ceño fruncido y sus ojos confusos.
Entonces una última frase dicha por alguien alguna vez vino a su mente.
Tú tendrás todo el poder, pero siempre se lo dejaras a él. Porque es lo que necesitas para seguir. Y cuando lo veas dudar, tú le demostraras que lo hace bien, cuando él tenga miedo, tú lo vas a reconfortar. Tú serás su ancla, su flote, su toma segura. Él será la prioridad, el punto seguro, lo más importante. Y cuando te des cuenta que todo eso sucede, sabrás que es solo una razón. La que te niegas y nos negamos, una naturaleza de la cual no podemos escapar, la necesidad insana de buscar compañía, ¿Por qué tanta entrega? ¿Por qué dejarse tanto? ¿No lo ves? Cuando dejas que él sea todo, solo significa una cosa, él te ha dejado ser todo. Lo amas. Tu corazón ha dejado de ser tuyo, no tienes nada propio, porque lo tuyo es él, y tú has sido despojada para ser suya.
-Aún cuando estaba lejos –su voz suave resonó en el pequeño salón y él se mantuvo atento a sus palabras–, siempre estaba cerca, pensando en lo que podía ser cada día, si alguno aparecía en la vida del otro nuevamente. Aún cuando estaba lejos, compartí el infierno. Días eternos, noches eternas, nadie que comprendiera, nada que me atara. ¿Qué busca quién? Solo busqué seguridad, lealtad, bienestar, estabilidad. Lo demás son complementos, y usted lo dio todo. ¿Qué soy yo? Una simple mujer, con gustos diferentes, tachada por lo normal, lo común, buscando hacerse un hoyo en medio de todo, buscando conocer quien la comprenda. Cometiendo errores día tras día, temiendo equivocarse por sus inquietudes tontas, intentando ser mejor para quien lo significa todo –le miró, clavando en él sus palabras temerosas–. Ser mejor para quien lo entrega todo por ella, aunque él no lo diga. Entregarle todo, lo poco que tiene, sin guardarse nada, el cuerpo… lo primero, el alma… lo segundo ¿y qué queda? Lo que más duele, lo que se lastima y ya no queda nada. Los sentimientos no se entregan a consciencia y yo lo he dado todo. Si usted teme mi rechazo, yo temo el doble el suyo. ¿Qué puedo ofrecerle que ya no tenga? Puede tirarlo todo al segundo siguiente. Pero aquí estamos, y estoy divagando, delirando en palabras que me ahogan.
Por solo decirle Señor, que no debe temer, que yo… solo puedo ser suya, que no pertenezco a otro lugar que a este. Que mis días transcurren mejor si al despertar lo esperare arrodillada a los pies de la cama, si antes de dormir puedo verlo una vez más. Su presencia, su voz, su olor, su roce –una lágrima cayó por su mejilla–. Puede hacer lo que usted desea ahora, porque yo me he olvidado de quien era, yo solo sé quién soy ahora, que quiero ahora –tocó su cabello y bajó lentamente las manos para sacar su saco–. Y eso es usted. –finalizó.
Emociones que embriagan.
Palabras que alucinan.
Gestos que marcan.
Él enroscó los dedos en el largo cabello de ella. Meciéndola sobre él, concentrándose en los latidos del corazón de su sumisa. Suya, única y exclusivamente. No la quería de otra manera, en otro lugar o en otro momento. No se construye lo perfecto, lo perfecto surge del momento y de las personas. Y ese momento era uno de esos, esos días que recuerdas por siempre, en la vejez tal vez, recostado en tu cama y sosteniendo su mano. Ella desabrochó suavemente los botones de su pulcra camisa blanca, tocando con la suavidad que le caracterizaba su pecho duro, su abdomen marcado, entibiando su carne con su propio calor.
No era la búsqueda del placer sexual, era la compañía, el anhelo y la pertenencia. La necesidad del calor mutuo.
Él acariciaba su cabello y la estrechaba en sus brazos, como una niña pequeña que necesitaba ser reconfortada y cuidada, pero no era solo lo que ella necesitaba, también era para él, tenerla cerca, sentir su calor y los latidos de su corazón, su piel suave.
Los latidos de ambos se escuchaban como ecos sonoros.
Él alzo la vista, sintiendo todo lo que ella provocaba en su persona. Ella vio sus ojos y supo que estaba perdida. En ese lugar que tantas veces la había visto gozar y padecer.
La giró en un movimiento brusco para dejarla recostada sobre el amplio mueble.
-Levanta las manos. –demandó, su pecho descubierto brillaba. El calor del momento inundaba a ambos.
Su Señor se cernió sobre su cuerpo, presionando, haciéndola jadear. La vio a través de sus pestañas, haciendo una mueca de goce por el roce que estaba provocando entre sus cuerpos. Tenía las manos extendidas sobre su cabeza y su respiración hacia que su pecho se elevara y descendiera de manera hipnótica.
Las ideas pasaban por sus ojos como una sucesión de imágenes televisivas. Era atrayente para ella ver aquello. Él se inclinó y mordió su mandíbula haciendo que abriera la boca en un grito mudo. Sintió todo su cuerpo estremecerse, ¡Deseo! Quiso mover sus manos.
-Abre las piernas. –demando él. En una petición cruda, carnal. Ella lo hizo, dándole espacio entre sus piernas. Ambos se vieron con las flamas incendiando sus ojos. Su señor se sentó sobre sus rodillas, en medio de sus piernas. Vio lentamente como este llevaba las manos hacia su cinturón y lo desabrochaba. Su interior se apretó, comprimiendo lo que no existía, gritando por algo que solo él podía darle. Tomó el cinturón entre sus manos, enrollándola en una y sujetando la punta en forma de triángulo en la otra, el cuero negro parecía brillar en aquella estancia.
-Abre la boca –dijo, en medio del trance hipnótico en que estaban atrapados. Ella lo hizo, abriendo para él quien llevo la punta del cinturón a su boca. Las respiraciones se hacían en cada movimiento más pesadas. El repasó la punta encuerada en su lengua, humedeciéndola y conteniéndose para no azotar su boca. Se removió entre sus piernas.
Descendió la punta húmeda por un lado de su rostro, dejando un rastro por donde recorría, más que húmedo, ardía en su piel. Bajó por su cuello, lento… seductor, deteniéndose en su pecho, viendo como subía y bajaba en una carrera acelerada. Lo pasó por encima de su vestido, descendiendo por sobre la tela, haciendo temblar su cuerpo. Una caricia tentadora que serpenteó sobre sus pechos cubiertos, golpeando cada cima erecta apreciable a través del vestido. Bajó… bajó por su abdomen, moviendo el cuero de un lado a otro, llevando su mirada de su trabajo hacia sus ojos entornados.
-Levanta las piernas. –indicó, como autómata Isabella obedeció, alzando y separando las piernas para su Señor, su rostro… no se sabía a estas alturas, si estaba sonrojado de vergüenza o excitación.
El subió su vestido con la mano libre, en este ámbito no existía pudor ni recatos. Ella era suya y él la tomaría como quisiese. Contrario a los anhelos propios de ella él se quedó simplemente viéndola. Volvió a tomar la punta del cinturón ante la atenta mirada de su Sumisa, lo acercó sobre sus bragas, un leve roce del cuero que la hizo dar un brinco en su lugar. Y continuó haciendo lo mismo, repasando la punta del cinto por aquella zona sensible, sin profundizar, ni darle ningún tipo de alivio. Cuando ella empezó a moverse para buscar un contacto más profundo, tomo un pequeño impulso y azotó aquella zona de su cuerpo, provocando un jadeo lastimero de la boca de la pequeña sumisa.
Volvió su atención de nuevo hacia arriba, volviendo a cernir su cuerpo sobre ella. Sintiendo el calor y la transpiración de su piel. Sus manos subieron para sostener las de ella, juntándolas ambas y creando un roce incesante entre sus cuerpos, empujando duro.
Porque dolía.
Porque era buena.
Porque eran ellos.
Ella estaba tan absorbida en las sensaciones, en la intensidad de aquel momento que no notó cuando sus manos fueron atadas con aquel cinturón. Las manos de su Señor volvieron a descender por su cuerpo en un viaje acompañado por todo su cuerpo que fue separándose del suyo, hasta verse completamente de pie a su lado.
Una imagen digna de ser retratada. Él… gloriosamente intacto, de pie y a su lado, imponente y seguro de los pasos que daba. Ella… atada, entregada, despojada de voluntad tendida a su lado.
Era la imagen perfecta.
-Quédate quieta –ordenó mirándola–. Enseguida regresó. –y marchó del salón dejándola sola.
Su respiración era un trabajo difícil de llevar. Su cuerpo reclamaba el de él o… algo. Quería tocarse, necesitaba hacerlo, su sexo dolía completamente, cerrándose continuamente, el calor que exudaba la hacía sentir enferma, enferma de deseo por su Señor. Sus pechos se sentían pesados y tensos, como todo su cuerpo. Alerta y expectante de cualquier sensación que pudiese darle él. No se preguntaba a donde había ido o porque lo había hecho. Su única pregunta era si volvería pronto, si la tomaría pronto, si le permitiría aliviarse.
¡Oh Dios!
Era todo lo que podía repetir su mente.
Dios y el infierno. Que cerca estaba de ambas cosas.
Él volvió, por supuesto que lo hizo, pronto para suerte de ambos. Sus manos no venían libres como era de suponerse.
Todo fue lento y rápido a la vez. El cuerpo de ella empezó a ser un instrumento, para ser tocado y transformado en una melodía perfecta por su Señor. Él volvió a su lugar, esta vez cerrando sus piernas y sentándose sobre ellas. Ella podía sentir cuanto él estaba interesado en lo que hacían. Sentir aquello la hacía desear tocarlo y tirar de sus sujeciones. Él estaba mirándola desde arriba, apreciando su piel sudorosa. Se inclinó sobre su torso, volviendo a repasar su nariz por la mejilla húmeda de ella, húmeda de transpiración.
-Ya te he dicho lo que me hace tu olor. Pero justo ahora no hay cosa que te supere. Hueles terriblemente bien, malditamente adictiva en cada poro de tu cuerpo. -ella se perdió en sus palabras, más que en las sensaciones físicas. Le gustaba sentirse tan segura de sí a su lado y todo gracias a él. Pero rápidamente todo volvió a ser físico, carnal, terriblemente pasional y desenfrenado.
Las manos de su Señor se metieron por debajo de su vestido, tocando su piel caliente, ascendiendo por sus caderas y su abdomen. Hasta llegar a sus pechos, pesados y despiertos. Los apretó entre sus manos y ambos emitieron un alarido de gloria y placer. ¡Tanto tiempo! Se dijeron en sus mentes.
Ambos de sus pulgares e índices se colocaron sobre sus pezones, dando un apretón que llevo una corriente por todo su cuerpo. Abrió los ojos con fuerza, demasiado.
- Señor… –él se tensó al oírla, sintiendo el deseo apoderarse de su cuerpo, tirar de su control.
- No hables. –gruño él. Perdido en el toque de sus dedos sobre aquella superficie rugosa y dura. Volvió a tirar de ellos fuertemente, ¡Oh que perdida se veía! Y que cerca estaba él de perderse. Tan cerca de ello.
Retiró las manos de ella para buscar las pinzas metálicas que había traído consigo. Volvió al lugar donde se encontraba y miro su rostro, ella tenía los ojos entornados, las aletas de su nariz dilatadas, su cabello revuelto y sus puños tensos.
No podía retrasarlo demasiado, su entrepierna dolía. El control se estaba deslizando de sus manos, de su mente. Todo por ella.
-Baja las manos –dijo entre dientes, apretando su mandíbula. Ella abrió la boca sorprendida, pero solo pudo obedecer pasando las manos aun atadas por sobre su cabeza para bajarlas–. Desabrocha mi pantalón –se humedeció enseguida tras aquella orden. Sus dedos picarón y trató de estirarse para llegar a él, solo fue rozar su pantalón para sentir la protuberante erección de su Señor. Un respingo dio su cuerpo, seguido de un suspiro. Lo vio apretar los dientes y le gustó un poco aquel momento de poder, solo un poco y no lo suficiente para pretender cambiar los papeles. Sus uñas tocaron la piel sensible de su abdomen bajo, haciéndolo sisear de dolor hasta que libero su erección, sin sostenerla entre sus manos, solo sacándola de aquella prisión que era su ropa. Ella trató de no mirarlo–. Corre tus bragas hacia un lado –dijo, sin rastro de humor o travesura. Estaba tenso, las venas de su cuello y frente resaltaban. Ella lo hizo, siseando por su propia sensibilidad–. Vuelve las manos arriba. –y enseguida lo hizo.
Ya no había más espera. Estaba completamente lista y ambos lo sabían.
Fue todo en conjunto y demasiado rápido.
Fue fuerte, rudo y altamente explosivo.
El abrió las pinzas con sus dedos mientras acomodaba su erección sobre la entrada cálida y húmeda de su vagina. Fue un solo movimiento o dos tal vez, impulsados por un solo deseo.
Empujar y soltar.
Un grito fuerte irrumpió en lo largo y ancho de aquella casa.
Seguido de un gruñido animal por parte de él al sentir como ella lo apretaba sin poder controlarlo. Su cuerpo temblaba en convulsiones delirantes. Las sensaciones habían sido más de lo que podía soportar.
Su piel ardía, cuando volvió a abrir los ojos, el calor no se había marchado de su cuerpo y sus pezones seguían prietos bajo el efecto de las pinzas, enviando corrientes eléctricas a su entrepierna que se encontraba llena por él. Entonces lo miro, tenso entre sus piernas. Apretando su mandíbula, con los tendones de su cuello terriblemente marcados.
-¡Por favor! –le pidió aunque se sintiese terriblemente sensible.
Y él se movió ¡Sí que lo hizo!
Un empujón de sus caderas la hizo revolver. Las manos de él salieron de su vestido y fueron a tomar su rostro, manteniendo el contacto visual.
Los ojos de su Señor tenían un debate entre sus pechos cubiertos por tela, que permitían apreciar de manera retorcida las pinzas debajo. Y su rostro, su boca entreabierta. Llevó sus dedos a esta, abriéndola más, tocándola de maneras que ambos no conocían mientras sus caderas empujaban rudamente.
Nadie que no viva el momento podría entender la rudeza con sentido que tenía aquello. Era más que volverse a sentir el uno al otro. Era exponer con sus cuerpos, lo perverso y carnal que eran sus deseos, combinarlo con aquellas sensaciones que ambos poseían y hacerlos explotar.
Ella besó sus dedos mientras cerraba sus ojos para contener otra liberación de su cuerpo. Estaba al borde y lo sabía, podía sentirlo, el placer acercándose… el calor creciendo junto con aquella luz al final del túnel. Era ese preciso momento delirante en el que sientes que si se detiene muere, solo quieres que siga, pero también quieres que la sensación dure, porque el placer que produce la fricción te hace alucinar, pero sabes que tiene que acabar, y es que la sensación al acabar tampoco tiene combinación. Y todo en conjunto es un vicio difícil de alejar.
Él no puede evitar mostrar debilidad ante su cuerpo, su figura debajo es su completa perdición. Observar la unión de sus cuerpos. Las pinzas en sus pezones, su boca entreabierta y sus dedos sobre su rostro. Siente la tensión de sus músculos. El saber que está perdiéndolo por sentirla. Oh aquello es tan bueno y tan malo.
Pero todos saben que no puede controlarlo.
Gruñe y quiere gritar porque no puede controlarlo. Tira de ella y su cabello por ser tan malditamente buena para él. Presiona sus pechos y tira de las pinzas en sus pezones porque causarle dolor hace que la fricción sea más buena. La mira profundamente porque sabe que ella lo es todo.
Y en un jadeo silencioso que no tiene nada de la locura carnal, se deja llevar en espasmos poderosos de su pene, escucha gritos a lo lejos y cae en la propia nebulosa de su placer.
.
…
.
Edward POV
Me sentía colapsado aunque mi cuerpo estaba completamente relajado. ¿Dónde estaba? Mi mente era una maraña perdida que parecía empezar a responder a mis órdenes. Me levanto un poco de la superficie en la que me encuentro y entonces la veo a ella. Tendida, con su ropa maltrecha sobre el mueble y yo sobre ella. Mi mente se aclara por completo y entiendo que el cansancio debió ganarme la partida. No me moleste en pensar al respecto.
Vi sus ojos cerrados y su respiración tranquila. Nada que ver con la desesperación de hace un momento. Mi intención debería ser despertarla para que se marche a su apartamento, es lo que debería hacer y lo es completamente, pero me niego a ello. Se ve agotada y sé que no es solo físicamente. Me levanto de su cuerpo y arreglo mi propia ropa. Tiro la camisa a un lado y vuelvo mi atención a ella.
Voy hacia su cabeza y suelto lentamente el cinturón comprobando no haber dejado marcas en sus muñecas, acaricio su piel y llevo sus brazos hacia abajo en su cuerpo. Ella se remueve en su lugar más sus ojos no se abren. Me agacho a un lado de su cabeza, mis ojos vagan por toda la extensión de su persona. Acariciando con mis ojos y controlando mis manos. Solo las uso para, con extremo cuidado, alzarla en mis brazos.
En ese momento me detengo ¿hacia dónde voy?
Todos mis planes se han visto frustrados por mi propio deseo de tenerla. Por el pensamiento de ser cuidadoso. Y ahora no se hacia dónde debo ir.
Cierro los ojos y camino, dejándome guiar por algo a lo que no le doy nombre. Abro la puerta y la tiendo sobre las sabanas, ella se remueve y se acomoda suspirando, no hay rastros de parecer estar despertando. Me inclino a su lado intentando buscar el cierre de su vestido, cuando lo consigo lo deslizo lentamente y trato de hacer lo mismo con su vestido, me frustra la suavidad con que debo hacerlo para no despertarla, pero cuando lo consigo me siento bien conmigo mismo.
Saco sus sandalias y las tiro a un lado de la cama, saco las pinzas de sus pezones. Se remueve un poco más y de verdad pienso que va a despertar pero no lo hace, solo cambia de posición. Verla tan desnuda me abruma por un momento, tan dormida y vulnerable. Tan confiada en mí. Un hombre se siente orgulloso de eso. Yo… como su Dominante, me sentía en la gloria de mi propósito. Saqué sus bragas y empecé a recoger todo en un montón y colocarlo en una silla a un lado de la cama.
Busqué un par de toallas húmedas y regresé a su lado. Limpiándola con extremo cuidado, mis pasos eran demasiado medidos para mi gusto. Pero cada nada intercalaba miradas a su rostro para comprobar que lo estaba haciendo bien.
Deseché todo y arropé su cuerpo con las sabanas. Ahora era mi turno, me duché sintiéndome completo por primera vez en semanas. Semanas que fueron eternas, eternidad que acababa de tener fin.
Si es bueno pensar que todo tiene un principio y un final. Al menos es bueno pensar que ese principio viene lleno de cosas buenas y que en el proceso de todo construyes algo, para que el final sea una celebración y no una tragedia. Yo no planeaba agonizar en el proceso, yo estaba encontrando las cosas buenas para construir un buen final. Y al volver con una toalla envuelta en mi cintura y mirar hacia la cama. Supe que lo estaba haciendo bien.
No iba a escatimar en las acciones que estaba llevando a cabo. Solté la toalla y me metí entre las sabanas. Ajuste mi cuerpo al suyo dejando un beso sobre su hombro. Ella dio un respingo, pero luego se acurrucó y siguió en el trance de sus sueños.
Habían muchas cosas por preguntar, puntos por aclarar, un sinfín de palabras por decir pero justo ahora, todo podía esperar. Podía disfrutarse el uno del otro sin complicaciones, tal y como lo deseaban ambos.
Porque ambos sabían lo que eran y de la misma manera sabían lo que querían el uno del otro.
Y es que las cosas eran tal y como estaban hace un mes, solo que ahora habían más cosas.
Necesidad.
Entrega mutua.
¿Amor?
¿Podía?
Sus ojos se cerraron con tranquilidad, abrazando con posesividad propia del dueño de todo aquel cuerpo menudo.
Y sonriéndole a la noche que llenaba sus vidas de una nueva perspectiva.
¡Feliz navidad!
