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Disfruten el capítulo.
Capítulo 29: Silenciosa Cassandra.
Lily no habló con nadie sobre su viaje al futuro. Para el resto del mundo, sólo había estado ausente veinte minutos y durante ese tiempo había yacido inconciente en el suelo. Nada en su apariencia física indicaba que hubiera pasado por algo más extraordinario que un golpe en la cabeza.
Y eso era lo que más la desconcertaba. Se veía exactamente igual que cuando había atravesado el velo. Su cabello, que había crecido un poco durante su estadía de seis meses en el futuro, había recuperado su largo habitual y ella había recuperado misteriosamente el peso que había perdido en los últimos meses. Era como si nunca hubiera ido a ninguna parte; como si aquel viaje no hubiera sido más que un extraño y prolongado sueño, pensó. Sin embargo, pronto tuvo de desechar su teoría, puesto que una semana después, el futuro sobre el que había leído, comenzó a manifestarse: un grupo de Mortífagos asesinó a Finnegan Wakefield, un reconocido defensor de los hijos de muggles, exactamente igual a como Severus lo había descrito en su bitácora.
En septiembre, el padre de Lily murió de un ataque al corazón. Ni siquiera pudo llorar por él como habría debido, porque ya había llorado su muerte en el futuro cuando comprendió que no podía cambiar el pasado. Apenas habló con Petunia durante el funeral, pero a juzgar por la forma en que su hermana mayor la miraba, estaba claro que ésta no quería tener nada más que ver con ella, ahora que lo único que mantenía un lazo entre ellas había desaparecido. Más tarde esa misma noche, Lily lloró por ella. Demasiado tarde comprendía lo mucho que necesitaba a su hermana, el único miembro de su familia que le quedaba. Pero Petunia la odiaba, y Lily sabía que tenía todo el derecho de sentirse de esa manera. Habían sido como dos extrañas desde que Lily había ido a Hogwarts y ninguna de las dos había hecho nada para enmendar la relación. Lily deseaba haber podido arreglar las cosas con ella a tiempo.
Lily continuó con su vida, aunque a penas sentía que estaba viviendo. Sentía cada día como un paso más cerca del final de su vida, llenos de actividades que debía llevar a cabo como una máquina. Contemplaba el pasado del futuro convertirse en presente, comportándose exactamente como se suponía que debía hacer.
Intentaba con todas sus fuerzas no pensar en Severus y no pasar horas despierta en la cama, preguntándose dónde estaría y qué estaría haciendo, pero no podía evitarlo. Él ocupaba constantemente sus pensamientos y la destrozaba pensar que estaba vivo, bien y en grandes problemas en aquel tiempo y lugar, y que no podía hacer nada para ayudarlo. El destino de Severus estaba sellado, igual que el suyo. Sabía que no tenía sentido lamentarse por aquello que no podía cambiar, pero no podía evitar torturarse pensando constantemente en todas las cosas que podría haber hecho diferente.
Su corta vida no se había desarrollado como había esperado y no sólo era por el hecho de que moriría tan joven. Cuando en sus gloriosos sueños de adolescente había imaginado cómo sería su vida a los veinte años, se veía como una aspirante a periodista o como una exitosa futura sanadora, o incluso como una estimada profesora, no como una madre desempleada viviendo del dinero de su marido rico. Siempre había soñado con casarse eventualmente y tener una familia, pero jamás había imaginado que sucedería tan rápido. A pesar de que se sentía orgullosa de ser madre (puesto que ya se sentía como una, aun cuando Harry todavía no había nacido), jamás se había imaginado como una de esas chicas que quedaban embarazadas y se casaban ni bien salir de la escuela, antes de poder hacer nada con sus vidas. En su interior, aquello la enfurecía, puesto que no había trabajado tan duro en el colegio sólo para convertirse en una simple ama de casa. ¿Cuándo había su vida tomado aquel giro inesperado, y cómo era posible que no lo hubiera visto venir?
Tanto Lily, James como Sirius habían tomado un año libre luego de salir de la escuela. Había dedicado tanto esfuerzo y tanta energía a sus EXTASIS que decidió de buena gana tomarse un año para descansar antes de elegir una carrera; James y Sirius habían pasado los días divirtiéndose y causando caos como un par de quinceañeros a quienes sus padres han dejado solos en casa por primera vez. Gran parte del tiempo, Lily se sentía como una atareada madre soltera que debía cuidar dos niños incontrolables.
Había soñado con solicitar un lugar en San Mungo como aprendiz o un trabajo en el Diario El Profeta. También había considerado la enseñanza o una carrera en el Departamento de Justicia en el Ministerio de la Magia. Estaba determinada a hacer algo útil; ser capaz de ayudar e influenciar a las personas, hacer el bien. Luchar contra la injusticia social, había pensado con inocente, fervorosa e infantil pasión. Sus notas eran excelentes y confiaba en que podía aprobar cualquier examen. Más allá de la guerra, su futuro parecía brillante y prometedor. Aun así, había decidido posponer sus ambiciones por un año, puesto que había pensado que tenía toda la vida para alcanzarlas.
Había conseguido un trabajo como cajera en Flourish y Botts, a pesar de mudarse rápidamente con James, quien había heredado tanto dinero de sus padres que ambos podrían haber vivido cómodamente por años sin tener que trabajar un sólo día. No había querido admitirlo en ese momento, pero le producía un gran placer el hecho de que, por primera vez en su vida, no tenía que estar preocupándose por el dinero todo el tiempo. Al contrario de James, Lily no se había criado en una familia adinerada. Su familia podía afrontar sólo las necesidades básicas, por lo que el dinero siempre había sido motivo de preocupación. Con James, el dinero nunca había sido un problema. Lily podía disfrutar de la vida sin tener que pensar si podría poner un plato de comida en la mesa o si sería capaz de pagar la renta. La vida había sido como unas largas vacaciones.
Ahora, Lily se preguntaba si la vida con James le hubiera parecido igual de divertida en caso de ser pobres. Estaba claro que lo que buscaba no era el dinero de James, pero gran parte de su atractivo radicaba en el hecho de que todo resultaba tan sencillo con él. James podía darle todo lo que necesitaba. La cubría de regalos y atenciones, y no tenía ninguno de los problemas que había llenado su amistad con Severus. Por todo eso, James era el hombre ideal en todo aspecto, excepto en el único que importaba. Lily temía que desde el principio había estado terriblemente equivocada con respecto a lo que sentía por James; había confundido comodidad con verdadero afecto.
Sirius se había mudado con ellos y por meses los tres habían vivido una vida tranquila y despreocupada, llena de risas, fiestas y demás distracciones, ignorando cómodamente la guerra que cada día se volvía más y más sangrienta. Había despertado a la realidad de la guerra cuando un amigo que tenían en común, un compañero Gryffindor, hijo de muggles, había sido brutalmente asesinado por los Mortífagos. Juntos había decidido unirse al secreto movimiento contra Voldemort del que todos había oídos rumores. Sirius había conseguido un trabajo en Gringotts, pero James permaneció desempleado para poder dedicar toda su energía a la Orden del Fénix. Lily también había decidido posponer sus vagos sueños de formar una carrera. En ese momento, luchar en la guerra parecía más importante que conseguir una educación. Puedo hacer todo eso más adelante, había pensado, y se concentró en ser una orgullosa y entusiasta miembro de la Orden del Fénix.
Ahora, mirando hacia atrás, resopló irónicamente ante su ingenua confianza en el mañana. Jamás sería sanadora, ni jueza, ni periodista, ni profesora. Ni siquiera duraría mucho tiempo como una libre y mediocre luchadora. En menos de dos años, se convertiría en madre y luego moriría por su hijo. Al final, nada de lo que había aprendido en la vida tenía ningún sentido. Al final, todo se reducía a morir en el momento adecuado.
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—¿Lils?
Lily se sobresaltó con la voz de James e inmediatamente se hundió en el agua espumosa de la bañera.
—¡James, por favor! ¡Golpea la puerta antes de entrar! —espetó Lily—. Así suele ser con los baños. La mayoría de la gente cuerda y civilizada prefiere estar a solas cuando está desnuda. Me gustaría aferrarme a ese principio, aunque esté viviendo en este zoológico con ustedes dos, babuinos.
James se encogió de hombros con indiferencia, caminó hacia el cesto de la ropa sucia, sacó un par de medias y las olió antes de ponérselas.
—Entonces ponle el cerrojo a la puerta, melindrosa. ¿Por qué te molesta tanto que te vea desnuda? No veré nada que no haya visto ya, amor.
—Lo dudo —gruñó Lily entre dientes.
—¿Qué?
—Nada —suspiró—. Y no es mi culpa que este lugar se esté cayendo a pedazos. Te he dicho unas cien veces que habría que renovar este sitio antes de que se pudra. Además, fue Sirius quien rompió la puerta. No voy a estar limpiando como una sirvienta cada vez que destrozan algo.
—Sí, sí. Consigamos un elfo doméstico —dijo James, distraído. Luego le dirigió una mirada y elevó una ceja con suspicacia—. ¿No te habías bañado en la mañana?
—Sí. Eso fue hace horas.
Él negó con la cabeza.
—No entiendo tu obsesión con la limpieza.
Lily apartó la mirada de él, al tiempo que sus pensamientos volvían a transportarla hacia un lejano lugar. Había adoptado el hábito de bañarse todo el tiempo mientras vivía bajo el techo de Severus. Cada vez que se sumergía en el agua caliente y relajante podía despejar su mente y rememorar aquellos días que ahora parecían tan lejanos, aquellos días en los que pensaba que tenía el poder de cambiar el mundo y en los que había comenzado a enamorarse de Severus…
—¿Lily? —dijo James con cautela, y Lily volvió repentinamente a la realidad.
Había comenzado a divagar de nuevo y James lo había notado. Parpadeó rápidamente. Se veía tan nerviosa que resultaba evidente que estaba ocultando algo.
—Bueno, sí, tú no querrías bañarte, ¿o sí? —dijo, intentando distraerlo hablando con ligereza—. Estás usando medias sucias que acabas de sacar del cesto. ¿En verdad todavía te confunde la función de un cesto de ropa sucia o es que tienes un problema ideológico al respecto?
Normalmente, James hubiera respondido con alguna broma maliciosa, siguiendo las reglas implícitas del pequeño juego que siempre jugaban. Pero aquella vez, no lo hizo. La miró avergonzado y abandonó la habitación, claramente temiendo que le dijera por qué a menudo se veía tan triste y desesperada. Quizás había comenzado a sospechar que estaba a punto de dejarlo… Algo que no iba a hacer, por supuesto, pero Merlín, sí estaba tentada.
Si James presentía que algo le había ocurrido en el Departamento de Misterios, no había dicho nada. Ella suponía que el hecho de que hubiera caído repentinamente en la depresión, podía ser explicado por la muerte de su padre; lo que por supuesto era en parte verdad, pero sólo en parte. Su padre era sólo una de las personas a las que lloraba. Intentaba actuar como si nada estuviera mal, pero toda aquella simulación comenzaba a volverla loca, siendo que tenía que pasar los días con personas que eran felizmente inconscientes del hecho de que morirían mucho antes de lo que esperaban.
Vivir con James era lo más duro de todo. Ahora no sólo tenía que mirarlo a los ojos sabiendo que él también moriría siendo tan joven, sino que también debía fingir que nada había cambiado entre ellos. Intentaba sonreírle, besarlo y reír con él como solía hacer, como si nada hubiera cambiado, pero no era más que una actuación. No era la misma Lily que había caído por el velo, como tampoco eran los mismos sus sentimientos por James.
No, eso no era verdad. Sus sentimientos por James eran básicamente los mismos. Aún sentía cariño por él y suponía que podría haber seguido estando entretenidacon él, si el conocimiento de su mutuo destino no la tuviera constantemente abatida. El problema era que lo que había sentido por Severus hacía que todo lo que alguna vez había sentido por James pareciera insignificante y superficial en comparación. La ilusión de sentir verdadero afecto por él había sido destruida y ahora todo lo que tenía era la verdad, sombría y deprimente, acerca de la historia de Lily y James.
Luego de la desagradable pelea que había tenido con Severus, James resultó ser como unas necesarias vacaciones. Había estado con James por holgazanería y auto indulgencia; porque había sido sencillo y cómodo, porque nunca tenía que hacer nada para que él siguiera interesado en ella, porque se había sentido halagada por su interés desvergonzado y persistente. Todo ello al precio de olvidar convenientemente todas las cosas desagradables que James había hecho.
Ahora Lily estaba segura de la única cosa sobre la que había tenido alguna ligera dura; nunca había estado enamorada de James y no podía imaginar ser verdaderamente feliz con él. Se preguntaba cómo había logrado convencerse de que había algo real allí que no tuviera que ver con la vanidad o la confusión. Pero el daño ya estaba hecho y ahora estaba condenada a vivir con las consecuencias.
El sexo con James resultaba incómodo y triste, pero era necesario. Harry debía ser concebido, después de todo, pero le resultaba imposible relajarse y disfrutar con tantas verdades ocultas presionando en su interior. A veces pasaba el tiempo enumerándolas mientras se movía debajo del cuerpo sudoroso de James, fingiendo gemidos de placer para dejarle creer que todo estaba bien; que lo amaba, que no amaba a Severus, que no había visto el mañana, que aquellas no eran sus últimas horas. Una, dos, tres, cuatro; cuatro pequeñas y encantadoras mentiras, todas ellas deslizándose alegremente dentro de su boca como gusanos, haciendo que todo lo que probaba supiera asqueroso.
A veces pensaba en Severus mientras hacían el amor, y se sentía terrible. A veces se motivaba pensando en sus besos cuando besaba a James, utilizando el borroso recuerdo del breve momento en que habían estado juntos para alcanzar la libertad que necesitaba para poder mantenerse cuerda. Se distraía con orgasmos para olvidarse momentáneamente sobre la muerte, sintiendo que estaba traicionando a Severus, a James y a sí misma después.
Aquello no le impidió quedar embarazada, de todas formas.
—Ajá —se dijo cínicamente una mañana de enero en que se encontró nuevamente inclinada sobre el inodoro del baño, vaciando violentamente el contenido de su estómago—. La cigüeña llegará pronto.
A pesar de todo (e incluidas las nauseas matinales), Lily estaba extrañamente tranquila ante el hecho de estar embarazada. Tenía tan pocas razones en su vida para estar feliz y sentir esperanza que debía invertir todos sus pensamientos positivos en el hecho de que, al menos, su hijo sobreviviría. Cada vez que se sentía triste y sola y pensaba que ya no podía soportarlo más, pensaba en el niño que tenía en su interior e intentaba convencerse que era mejor así. La guerra reclamaría muchas, muchas vidas, pero al final Harry detendría a Voldemort y todo estaría bien.
Pero aún le resultaba tan equivocado y tan poco razonable.
Sabía que eventualmente debería contarle a James acerca del bebé, pero se encontró posponiendo el anuncio semana tras semana. Para ser honestos, pensar en decirle que iba a ser padre la hacía sentir más enferma que el mismo embarazo, porque podía imaginar cómo resultaría.
James se podría rebosante de alegría. Aturdido, quizás, pero inmensamente feliz de todas formas. Le preguntaría si estaba segura y ella diría que sí, y luego él preguntaría cómo era posible y entonces ella señalaría la relación que existía entre el sexo sin protección y los embarazos, luego él se tomaría un minuto para procesarlo antes de tomar a Lily en sus brazos y decirle lo emocionado que estaba, antes de finalmente pedirle que fuera su esposa. Le contaría a Sirius, a Remus y a Peter y probablemente daría una pequeña fiesta llena de champán y fuegos artificiales en honor a su futuro glorioso y se quedaría dormido esa noche embriagado de vino y felicidad, soñando con el día en que enseñaría a su hijo (porque naturalmente esperaría un niño) a caminar, a hablar y a volar en escoba, y como un día él y Lily deberían despedirse de él mientras lo veían subir al Expreso de Hogwarts por primera vez.
Y Lily se encogería ante su felicidad y debería luchar contra las lágrimas de dolor, compasión y furia, sabiendo que James nunca acompañaría a Harry al Expreso de Hogwarts porque para entonces estaría muerto hace mucho tiempo, al igual que Lily. Ninguno de los dos vería crecer a su hijo, porque tendrían poco más de un año para estar juntos como familia. Harry crecería sin padre y sin madre, y estaría obligado a comenzar a luchar en la guerra demasiado pronto. ¿Cómo podía Lily contarle a James y contemplar su reacción sin ponerse a gritar, sabiendo que el nacimiento de Harry significaba la muerte para ellos dos?
Lily acarició su abultado vientre, que había ocultado cuidadosamente bajo la capa de burbujas cuando James había entrado al cuarto de baño. Pronto su embarazo resultaría evidente para cualquiera que la mirara y entonces debería contarle a James. Hasta el momento, había sido capaz de ocultar la verdad evitando desvestirse frente a él y usando ropas pesadas y cinturones sobre su vientre, de modo que él no pudiera notar la diferencia al abrazarla.
No tiene sentido, en verdad, pensó. De cualquier forma va a enterarse. Debería acabar con esto de una vez por todas.
Pero no lo hizo. Cuando se hartó de estar en la bañera, se puso la túnica más gruesa que tenía y fue directamente al dormitorio, se puso su pijama y se deslizó rápidamente dentro de las sábanas.
James apareció en la puerta del dormitorio y frunció el ceño al verla. Tenía puesto una de sus mejores y más finas túnicas, y Lily pudo oler su colonia desde donde estaba.
—¿Te vas a la cama? ¿Tan temprano?
—Lo siento. Estoy muy cansada —dijo. Y no estaba mintiendo. Aquellos días se sentía exhausta todo el tiempo, aun cuando no había hecho nada especial en todo el día—. No me siento muy bien.
—Se suponía que esta noche iríamos a la fiesta en el Ministerio de la Magia —replicó desdeñosamente—. ¿Recuerdas? ¿El baile de San Valentín al que nos invitaron?
—¡Mierda! –maldijo Lily, golpeándose la frente—. Lo olvidé por completo.
—Los chicos también irán —dijo James—. Probablemente Remus y Peter ya estén allí.
—¿No puedes ir con ellos? —preguntó Lily con ansiedad. No estaba de humor para asistir a ninguna fiesta—. De todas formas, me dejarás junto a la mesa de ponche y pasarás toda la noche haciendo payasadas con Sirius. ¿De verdad importa si voy o no?
—No, probablemente no —gruñó James—. Que te diviertas roncando. Sirius y yo nos vamos.
Con eso, cerró dando un portazo y dejó a Lily sola. Lily bufó frustrada y apagó las luces, negándose a sentirse culpable por lastimar los sentimientos de James. Él no tenía idea lo que era estar en su situación. ¿Cómo podía disfrutar de una fiesta en la que estaría rodeada de personas que iban a morir en menos de dos años? No hubiera sido una fiesta para ella, hubiera sido un funeral. Era como una silenciosa Cassandra, que veía toda la destrucción que se extendía frente a ella, sin ser capaz de advertirle a los demás.
Muerte, muerte, muerte. Era todo cuanto la rodeaba. Gente muerta le hablaba y le sonreía cada día, y ella debía continuar sonriéndoles también. Tenía que hacerlo; el destino se lo ordenaba.
No estaba segura cuánto tiempo había dormido cuando fue despertada repentinamente por un golpe en la puerta del dormitorio. Supo instantáneamente que no se traba de James ni de Sirius, porque ninguno de ellos entendía el concepto de golpear la puerta.
—¿Quién es? —preguntó con cautela, sin siquiera estar segura por qué se sentía algo asustada. Después de todo, nada malo podía pasarle, puesto que estaría viva y bien el día de su muerte.
—Soy Peter —le llegó una voz asustada y temblorosa.
—¿Peter? —dijo para sí, confusa, mirando el reloj (eran las dos de la mañana), y preguntándose qué estaba haciendo en su casa a mitad de la noche y cómo había entrado.
Se puso la túnica y entreabrió la puerta cuidadosamente; le resultaba difícil hablar con Peter, sabiendo que en el futuro iba a ser el responsable de su muerte y la de James. Soltó un grito ahogado al ver el estado en que se encontraba: cada parte de su cuerpo estaba cubierto de una mescla de polvo y sangre, y tenía una gran venda sobre su oreja izquierda.
—¿Qué te pasó? —preguntó horrorizada, aunque él parecía mil veces más horrorizado que ella.
—Me-me-me mandaron aquí a buscarte —tartamudeó, su voz sonaba ronca por el miedo y el llanto.
Lily sintió que el pelo de su nuca se ponía de punta.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
No podía ver su rostro gracias a la capa de suciedad y sangre que lo cubría, pero de alguna manera estaba segura que su piel estaba tan blanca como el papel cuando respondió:
—Ha habido un terrible accidente.
05/03/2013 8:30 p.m.
