ATADOS

contigo

Greg observaba con cierta tranquilidad a la gente que pasaba ese extraño día soleado desde un banco de Regent's Park. Mycroft estaba sentado a su lado, algo tenso por lo que estaba pasando en esos momentos.

El policía podía entenderle perfectamente. Últimamente varias cosas se le habían puesto en contra a su marido, y parecía que más de una iba a terminar de una forma que a éste no le iba a gustar. Greg sólo podía estar allí para él, ya que no podía hacer nada en absoluto para cambiar aquello. No tenía el poder suficiente para hacerlo, y tampoco controlaba el tiempo.

Ambos estaban sentados en aquel banco que se había vuelto un poco suyo durante, tal vez, cuatro días contados al año. Tenía que coincidir que hiciera buen tiempo y que ambos tuvieran el día, o parte del día, libre para poder ir allí y pasar varias horas sin hacer nada a parte de charlar, mirarse y disfrutar de la compañía del otro. Pero aquellos eran dos hechos de lo más extraños, más aún juntos.

Aquel parque era el favorito de los dos, pese a que lo era por motivos diferentes. Greg apreciaba su tranquilidad pero el que siempre hubiera gente – y de acuerdo, adoraba el zoológico, le traía buenos recuerdos -, en cambio Mycroft se pasaba el día contemplando la pomposidad del lugar y sus cuidados jardines. A veces Greg se planteaba seriamente cómo habían terminado juntos.

Pero hoy era uno de esos raros días donde en Londres no llovía. Ni siquiera había una nube. Donde reinaba una calma que los dos hombres sentados en aquel banco sabían, mejor que nadie, que sólo era presagio de todo lo malo que iba a llegar.

- ¿Estás bien? – preguntó el mayor. Hacía un buen rato que estaban en completo silencio, y éste notaba cada vez más tensa a su pareja.

Mycroft no dijo nada al principio. Se limitó a mirarle unos instantes con un semblante serio, perdido, para luego sonreírle tristemente y decirle que no, pero que lo estaría.

Greg quiso entonces poder hacer más. No sólo estar allí sentado como un inútil total. Quería poder cantarle las cuarenta a todos aquellos ineptos que tenía Mycroft como jefes o compañeros, por dejarle siempre todo el trabajo a él. Quería ir a ver al Primer Ministro y decirle a la cara que qué coño estaba haciendo. Decirle a la reina que solucionara ella solita sus problemas. Decirle al tiempo que le jodieran, y que dejara en paz y en vida a todas aquellas personas que eran importantes para su marido.

Pero éste sabía demasiado bien que no podía hacer nada de aquello, así que se limitó a deslizar su mano por el banco hasta alcanzar la de su compañero, entrelazar sus dedos y apretar suavemente.


Reto: Doing something sweet

Para mí es super dulce imaginármelos así… Vale, la preocupación y tal tal vez no (pero es necesaria), pero… El resto sí. La imagen. Si yo estuviera paseando por el parque y los viera pensaría "Ains, que monoooooooos". Pues eso.

El próximo… El último.

Prefiero no pensar mucho en ello.

Gracias por leer. En nada… Nos despedimos definitivamente de esta historia.

Riku Lupin