Capítulo XXIX

El pozo del tiempo

Naraku desató a Kagome y la tomó por el brazo, comenzó a arrastrarla con tanta fuerza que ella no lograba mantenerse en pie, sentía el dolor en las rodillas al golpear contra el suelo, el tirón en el brazo al ser elevada como una carga. El alimento que le había proporcionado el árbol en un intento de la naturaleza por ayudarla, no era suficiente para darle fuerzas, apenas era un sustento para mantenerla consciente.

- ¡Vamos levanten el campamento! – gritó Naraku

Y todos los hombres comenzaron a recoger sus escasas pertenencias, amarrando mantas, metiendo dentro de sacos algunos utensilios para cocinar. Alguno apagaba medianamente una hoguera. Todos se movieron con absoluta rapidez.

- Tsubaki, la sacerdotisa – ordenó y la hechicera fue hasta Hitomiko, que permanecía sentada sin moverse, a pesar del revuelo que había en el campamento.

La tomó del brazo y caminó con ella. La sacerdotisa obedecía las indicaciones de forma mecánica. Kagome la moró y a pesar de lo débil que se sentía, pudo percibir su esencia y se le encogió el corazón, ante lo que lograba ver. Aquella mujer emanaba el aura de la muerte. Su cuerpo aún respondía guiado por la magia que Tsubaki había puesto en él, pero la vida se extinguía.

Bajo la miras y se enfocó en la distancia, en la luz, sabía que significaba que la perla se había manifestado. Estaba abrumada, tenía que proteger la vida que estaba dentro de ella, pero debía proteger igualmente el mundo que conocía, del mal que se cernía alrededor de la joya.

Le ardían las heridas en los pies, los músculos sostenían precariamente su cuerpo y la presión que ejercía la energía del lugar sobre ella, la sobrecogía. Intentó mirar en su entorno y aquel poder no parecía afectar a nadie más, a excepción de Tsubaki, que avanzaba con reticencia. Ella conocía la fuerza de la perla.

El pilar de luz que había brotado como una explosión, se había reducido y ahora seguían el resplandor que se abría paso en medio del bosque. Kagome intentó concentrarse en los conocimientos recibidos en el templo, pero sabía que necesitaba mucha fuerza espiritual para poder comunicarse con la naturaleza o repeler a una hechicera como Tsubaki. Le habían hablado del poder que poseía la perla y de la influencia que se apoderaba de ella dependiendo de las manos en las que caía, básicamente su energía era neutra, servía a los fines de quién la poseyera.

Volvió a recordar las palabras de un maestro en una de sus vidas, en otro momento en el que la oscuridad amenazó con obtener el poder de la perla.

"Jamás debes intentar salvar a un alma condenada... con ello sólo tomaras su lugar, pero no irás al paraíso o al infierno, vagarás errante en una dimensión intermedia. Eternamente, teniendo conciencia de cada minuto transcurrido"

- Ahí está la luz – escuchó la voz de Naraku, y sintió el temor recorrerle el cuerpo.


InuYasha llegó hasta donde se encontraba la luz que había estallado en medio del bosque. El lugar estaba solitario, presentía que la perla debía encontrarse en aquel lugar. La luz continuaba emanando, aunque ahora se había convertido en una cúpula que cubría las ruinas de lo que parecía haber sido un pozo.

El viejo pozo, pensó

Se acercó lo suficiente, como para tener aquella luz de reflejos rosa, al alcance la de mano. La extendió y pudo sentir el cosquilleo eléctrico en las puntas e sus dedos cuando la rozó. Pensó que si la perla se hallaba ahí dentro, quizás él podía tomarla y de ese modo ya no necesitarían a Kagome, de ese modo se aseguraría que ella estuviera a salvo.

- Kagome… te salvaré con mi vida si es necesario – dijo en un susurro, en medio de la soledad del bosque.

Así lo decidió.

Avanzó un paso intentando penetrar dentro de la cúpula, pero en cuanto su cuerpo atravesó medianamente la luz, sintió como los músculos se le ponían rígidos, las venas de su cuello y sus brazos se marcaron violentamente, amenazando con estallar, y la herida que aún llevaba en el pecho se abrió por la presión que se acumulaba dentro de aquella barrera. Dio un paso atrás, teniendo que luchar con todas sus fuerzas, para poder liberarse de aquella prisión.

Cayó sobre de rodillas sobre la hierba, apoyando las manos también para poder sostenerse, tenía el cuerpo cubierto de sudor, él pelo se le había humedecido también y las gotas transparentes, caían sobre el piso, junto con las rojas de su sangre.

- Maldición- exclamó entre dientes

Se sentí tan Inútil, no sabía de qué manera podría ayudar a Kagome, ni siquiera su fuerza de Hanyou era suficiente para cruzar aquella barrera. No había podido defenderla de aquel grupo de híbridos que la habían apresado. Se sentó intentando recuperar fuerzas, debía tener fe. En su mente se conjugaban los recuerdos, los momentos vívidos con ella en otras vidas. De pronto un recuerdo vino a su mente, uno muy antiguo que lo hizo abrir los ojos enormemente.

Había comprendido en solo un instante, que la esperanza en el amor que los unía, era lo único que los ayudaría.

- Debo confiar en tu corazón.

Miró alrededor y vio sobresaliendo de los demás árboles, la copa del árbol sagrado, avanzó hasta la espesura del bosque, buscando aquel sitio para esperar, un sitio desde el que vigilar sin ser visto, aún.

Cuando Kagome estuvo frente a la luz, la energía de la perla la abrumó. Pudo ver la cúpula que se extendía sobre un viejo pozo que reconoció de inmediato. Miró a su alrededor y a lo lejos vislumbró la copa alta del árbol del tiempo y los ojos se le llenaron de lagrimas al reconocer aquellos pequeños grandes detalles que componían siglos de su vida espiritual.

- La perla – escuchó la voz de Naraku, que apretó inconscientemente más su brazo, miró sus ojos y vislumbro la codicia en ellos. Solo después que el cuerpo de Naraku, se embargó de aquella sensación de poder, la miró – ahora harás tu trabajo, irás por la perla.

Kagome lo miró extrañamente, ya sabía dónde estaba la perla, por qué la quería a ella. Busco las fuerzas que necesitaba para hablar.

- Ya sabes dónde está – le dijo.

Naraku la miro y los ojos rojizos relampaguearon. Kagome intentaba mantenerse en pie con cierto desafió, aunque sabía que debía dar una imagen tan lamentable como la de Hitomiko.

- Tú me la traerás – aclaró – yo no tomaré la joya purificada como está ahora.

Entonces Kagome comprendió que Naraku temía que la joya purificara su alma, miró tras ella a Tsubaki, ni siquiera la hechicera lo haría, nadie a su alrededor. Pero ella era una sacerdotisa, ¿qué cambiaría al pasarle la perla a él?, ¿acaso Naraku pretendía que ella pidiera un deseo por él?, en algún momento debería tocarla y se purificaría igualmente.

- Ya está aquí – escuchó la voz de Tsubaki susurrarle muy cerca del oído a Naraku.

- Bien – dijo él sonriendo maliciosamente.

Kagome los miró a ambos sin comprender.

- Creo que tu hanyou finalmente vivió – le aclaró.

Kagome sintió un enorme alivio, que le recorrió el cuerpo entibiándola, como si pudiera curarla el solo hecho de saber a InuYasha con vida. Miró a su alrededor ansiosa.

- Sabía que Hitomiko no lo mataría – agregó Naraku. Kagome se giró para enfocarse en los ojos perdidos de la sacerdotisa, que por primera vez pareció mirarla. Ella fue consciente del sentimiento que había en aquella sola mirada, el modo en que la sacerdotisa le suplicaba por que detuviera la locura que se estaba gestando – comencemos – dijo finalmente Naraku, he hizo un gesto a los demás bandidos que formaron un círculo alrededor de ellos y de la luz que cubría el pozo.

- Sí – obedeció Tsubaki

Kagome vio, como la hechicera, avanzaba con Hitomiko hasta la luz y miró a Kagome con una sonrisa dolorosamente cruel, como si esperara que ella no se perdiera detalle de lo que estaba haciendo.

Indicó a la sacerdotisa, que aún se mantenía obediente debido a la magia oscura de Tsubaki, que avanzara. La luz alrededor del pozo hizo un leve movimiento, casi imperceptible para cualquier ser que no tuviera un entrenamiento espiritual. Kagome lo vio y se estremeció ante la comprensión.

- ¡No!- exclamó con toda la fuerza que su voz le permitía.

Naraku que aún la mantenía tomada por el brazo, rió sin mirarla.

La sacerdotisa Hitomiko, comenzó a atravesar aquella luz y su cuerpo completo se endureció. Su rostro pasó de la imparcialidad total, a la angustia y luego al martirio extremo. Las lágrimas brotaron de sus ojos que iban enrojeciendo poco a poco, su boca no emitía ni un solo sonido. Kagome sentía como la desesperación iba ganando fuerza en su interior, veía el dolor en el rostro de Hitomiko y notó como su cuerpo se condensaba por la presión de la energía de la perla, concentrada en aquella barrera. Los ojos de la sacerdotisa se fijaron nuevamente en ella, ahora ya inyectados en sangre, a punto de explotar en sus cuencas. Kagome fue consciente de su suplica y cayó de rodillas, cerrando los ojos, antes que todo para Hitomiko terminara.

Pudo escuchar el sonido sordo de una explosión y se tapó los oídos.

InuYasha observó el macabro espectáculo desde la rama de uno de los árboles que rodeaban el pozo, la mujer aquella, había explotado dentro de aquella luz y luego las partículas de su propia carne se habían quedado suspendidas y se habían desintegrado finalmente.

¿Qué era todo esto?, se preguntó.

Pudo ver a Kagome caer arrodillada ante la visión tan horrible de aquello y el corazón se le paralizó por un instante al ver su sufrimiento. Cuando la había visto aparecer entre los árboles junto a los híbridos y a aquellas mujeres, pudo sentir por un instante el alivio, pero este se esfumó de inmediato, al observar el precario estado en el que venía. Apenas podía sostenerse en pie, la piel de sus piernas, sus brazos, estaba enrojecida por las caídas y la forma en que seguramente la arrastraban. Traía las manos atadas y la cuerda había dejado surcos en sus muñecas que debían dolerle muchísimo.

Ahora que veía que no les bastaba con el sufrimiento físico al que la habían expuesto, sino que además la estaban obligando a padecer sicológicamente también, no pudo soportarlo más.

Bramó fieramente en el momento en que se dejó caer sobre algunos de los bandidos, sus garras afiladas, se hundieron en el cuello de varios de ellos, sentía los golpes de las armas de aquellos hombres, pero no se detuvo ante el ardor, y el contraste del frío hierro contra la carne abierta de su espalda, de sus brazos e incluso el corte que uno pudo hacerle en una mejilla. Su único objetivo era Kagome. Llegar hasta ella y liberarla de aquellos seres oscurecidos por la sed de poder.

- ¡Detente! – escuchó la voz imponente del hombre que mantenía a Kagome asida por un brazo.

Lo miró girando en redondo, mientras se llevaba por delante a dos hombres más. Cuando vio que Kagome se encontraba a escasos centímetros de aquella luz que él había intentado cruzar y que casi lo había aniquilado. Se quedó inmóvil. Un fuerte golpe en la espalda lo desequilibró y cayó arrodillado.

Los ojos de Kagome estaban enrojecidos por las lágrimas y lo miraban fijamente, en una súplica.

"No hagas nada", le pedían

Pero él quería salvarla, alejarla del mal.

Sintió la punta afilada de una daga, posarse sobre su cuello y Kagome respiro asustada. Vio como el hombre que la apresaba hasta solo un momento antes, la liberaba y cortaba la cuerda que ataba sus manos.

- Kagome…- susurró InuYasha, sintiendo el dolor que le causaba la punta afilada del arma romperle finamente la piel. Un hilo de sangre comenzó a manar como si se tratara de una lágrima.

Ella miró la luz a su lado. Naraku le había dicho que debía ir por la perla, de lo contrario harían con InuYasha lo mismo que con Hitomiko. Ante la sola expectativa de ver a InuYasha sufrir de ese modo, Kagome no pudo negarse más. No sabía lo que era correcto, ella debía salvar la perla, pero a costa de qué.

- Kagome… - volvió a escuchar la voz de InuYasha, en una súplica. Lo miró en el momento en que hacía un gesto de dolor cuando la daga se clavó más profundo en su cuello. Si se movía más, le cortaría la aorta.

Kagome alzo los dedos hacía la luz, sin dejar de mirarlo, sentía el hormigueo de la energía, pero no le hacía daño. InuYasha abrió los ojos con asombro. Naraku la miró con envanecimiento.

- Te amo – le susurró a InuYasha, casi sin hablar, esperando que él leyera sus labios.

El asintió levemente.

Antes de entrar a la luz Kagome miró a Naraku con determinación.

- Si algo le sucede, la perla será mía y no habrá un sitio en ningún mundo en el que puedas esconderte de mí – le dijo con tanto valor, marcando cada palabra, que Naraku tuvo la certeza inamovible que así sería. Sólo pudo apretar la mandíbula y callar.

Kagome se adentro en aquella luz, sintiendo la presión de la energía, pero contrarrestándola con la propia. No estaba segura de la razón por la que ella sí podía cruzar aquella barrera, pero era así.

Se asomó a la entrada del pozo y miró en su interior. Una diminuta bola de color rosa brillaba en el fondo, como si estuviera esperándola. Kagome se sentó en el borde de madera que crujió por la antigüedad de su madera y se movió de modo que sus dos piernas se quedaron colgando hacia adentro. Se dejó caer y antes de tocar el piso, la misma luz que rodeaba todo el pozo la mantuvo en el aire, la elevó algunos metros fuera del pozo. Pudo ver a InuYasha aún arrodillado en aquel mismo lugar y luego todo desapareció. No sin antes oír a InuYasha gritar su nombre.

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Kagome comenzó a despertar, sintiendo en su espalda y en los costados de su cuerpo, la hierba acariciarle la piel. El sonido de los pájaros alegraba el ambiente y se atrevió a abrir los ojos que adivinaban la claridad de un día despejado. Se sintió algo mareada y de pronto recordó a Naraku, a los bandidos y a InuYasha. Se puso en pie de inmediato mirando a su alrededor, pero todo lo que vio fue el bosque debajo de la colina en la que se encontraba. Notó que sus muñecas no estaban marcadas, ni le dolía el cuerpo, no sentía hambre y no había rastros de todo lo que había vivido los dos últimos días. Intentó pensar si había soñado todo eso, o si estaría soñando ahora, pero no lograba aclararse. El sonido del agua le llamó la atención, era el único sonido que percibía, además de los pájaros. Por un momento se sintió habitando una especie de Edén.

Camino, notando la frescura de la hierba bajo los pies, fue daño pasos cada vez más lentos, tranquilos, llenando sus pulmones del aire y su mente de la calma de ese lugar. Le resultaba tan familiar.

Cuando le faltaba muy poco para llegar a la cima de aquella colina, por un costado se adivinaba el gran lago que se dejaría ver al llegar arriba. Pero anda la preparó para lo que finalmente encontró. A metros de ella se encontraba un árbol, y bajo él estaba InuYasha, sentado sobre la hierba y con los ojos cerrados. La brisa cálida jugo con su cabello y Kagome tuvo que sostenerlo para que no le cubriera el rostro. Entonces su aroma llegó hasta él y abrió los ojos con premura, clavándolo en ella.

- Kagome…- le dijo y los ojos se le llenaron de lagrimas. Seguía ahí sentado como si estuviera teniendo una especie de visión.

Kagome lo observo con atención, mientras avanzaba hacia él lentamente. Sus ropas eran extrañas. Vestía un haori de color rojo y mantenía una vieja espada apoyada contra su hombro. El viento mecía su largo cabello plateado.

Entonces ella lo comprendió, era InuYasha, claro que lo era, pero era el InuYasha de su primera y segunda vida. El hanyou que ella había sellado al árbol del tiempo y luego había liberado. Se arrodilló frente a él y le tomó el rostro entre las manos. Cuando él sintió su tacto, abrió los ojos con sorpresa.

- ¿Eres tú realmente?... – le preguntó con un deje de incredulidad. Una de sus manos se había alzado para posarse sobre una de las de ella.

- Sí, estoy aquí… - le aseguró, con la voz más dulce que era capaz de emitir.

El cerró los ojos y se regocijó en el tacto de sus manos. Entonces Kagome miró a un costado, junto al árbol se alzaba una roca, cubierta con algo de moho, por la humedad y el tiempo y en ella estaba pintado su nombre

"Kagome"

Ahí lo comprendió. Se arrojó para abrazarlo e InuYasha la estrechó con fuerza, él era el mismo InuYasha, un hanyou joven y hermoso, pero ella, en esta vida, ya había muerto.

- Lo siento tanto – le dijo entre lagrimas – no quería dejarte solo… me duele tanto tu pena.

InuYasha la estrechó un poco más y la acomodo entre sus brazos, como si la estuviera acunando.

- He soñado tantas veces contigo – le dijo sonriendo, mientras se secaba con el haori las lágrimas – pero ahora eres más real que nunca.

Kagome no supo explicarle, quizás debía dejar que él creyera que era un sueño.

- Solo puedo decirte una cosa, mi amado… - se atrevió a decir, buscando dejar una esperanza que consolara el alma de su hanyou – siempre estaremos juntos, eternamente unidos – las lagrimas brotaban de sus ojos sin que Kagome fuera, en realidad, consciente de ello – en cada nueva vida, tus ojos hermosos ojos me miraran como ahora.

El sonrió y le acarició el cabello.

- Con amor… - afirmó.

- Sí… - respondió ella entre sollozos - … siempre en amor…

InuYasha se inclinó sobre ella y rozó sus labios con delicadeza, sus propios labios temblaban ante la caricia, tan anhelada y dolorosa. Kagome respondió a su beso con la misma suavidad. Aquella era una caricia sutil, casi alada, que convertía aquel momento en algo sublime. Las lágrimas de ambos se confundieron y sus almas se arremolinaron en una sola.

El amor, siempre había sido el amor el que los había rescatado.

- Confío en tu corazón… - le dijo InuYasha.

Kagome cerró los ojos y se sintió flotando. Abrió los ojos y todo estaba ahí nuevamente. Naraku Tsubaki, InuYasha a excepción de la perla, que ahora estaba en su mano y la aprisionaba contra el pecho.

- ¡Kagome!...- escuchó el mismo grito que cuando se había desvanecido y comprendió que estaba en el mismo instante en que había viajado al pasado.

InuYasha corría hacía ella y cruzaba la barrera de luz que rodeaba el pozo, queriendo salvarla. Kagome lo observó angustiada. Él no podría soportar la energía de la perla, lo sabía bien.

Apretó la joya contra su pecho, cuando vio el dolor en el rostro de InuYasha, mientras extendía su mano hacia ella. Kagome la apretó con fuerza.

"Jamás debes intentar salvar a un alma condenada…"

Lo sabía, pero no le importó.

"…Pero este amor, amor, no ha terminado,
y así como no tuvo nacimiento
no tiene muerte, es como un largo río,
sólo cambia de tierras y de labios."

Continuará…

Ainsss… se me han caído las lagrimitas escribiendo este encuentro entre el Inu del pasado y la Kagome del presente. Tengo una imagen desde la que me inspiré para este encuentro, me parece algo tan triste que Inu se quede solito… en fin…

Espero que hayan comprendido todo bien y que el capi les haya gustado. El siguiente ya será el último, así que lo escribiré prontito para no perder el hilo. Muchas gracias por seguir esta historia que es una de las más hermosas que siento, que he hecho de nuestra parejita, porque es un universo alterno, pero además está ligada a la historia original.

Ainsss… me quedé con penita…

El trocito de soneto, es de Pablo Neruda, un soneto que me gusta muchísimo, siempre me ha dado pena pensar en la mitad que se queda cuando uno muere… u.u

Siempre en amor.

Anyara