Holaa como estan? espero que esten muy bien siento mucho no haber podido actualizar pero me despiste con la u y pues bueno no es como que ustedes me hubiesen dejados muchos reviews para animarme asiq nimodo..

Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer

Capítulo 29

-Lo pagarán -afirmó-. Lo juro.

-Sí, lo harán -cuando levantó la cabeza, él vio que el dolor se había transformado en furia-. Sin importar lo que tenga que hacer, voy a encontrarlos -se echó el pelo hacia atrás y se levantó-. Si han pensado que lograrían asustarme con esto, van a quedar desilusionados -hizo a un lado con los pies los restos de su vestido rojo preferido-. Pongámonos a trabajar.

Pasaron horas en la cueva de la casa, comprobando datos, introduciendo más. Casi no hablaron. No era necesario. Quizá, por primera vez, sus objetivos se fundieron y sus diferencias de puntos de vista ya no parecieron importar.

Rosalie había dejado de maldecir cuando se encontraba con un callejón sin salida; entonces retrocedía de forma meticulosa, con una paciencia que no había sabido que poseía. Cuando sonó el teléfono, ni siquiera lo escuchó. Emmett tuvo que pronunciar su nombre dos veces antes de que saliera de su trance concentrado.

-Sí, ¿qué?

-Es para ti -adelantó el auricular-. James Bower.

Con el ceño fruncido por la interrupción, se acercó.

-James.

-Santo cielo, Rosalie, ¿estás bien?

-Sí. ¿Cómo sabías dónde me encontraba?

-Llevo horas intentando localizarte para saber cómo te sentías después de lo sucedido anoche. Al final decidí pasar por tu casa. Me topé con la policía y ese miserable de Wisner. Tu apartamento...

-Lo sé. Yo no estaba presente.

-Gracias a Dios. ¿Qué diablos sucede, Rose? Se supone que en el Ayuntamiento debemos estar al corriente de estas cosas, pero siento como si boxeara en la oscuridad. El alcalde va a estallar cuando se entere. ¿Qué he de decirle?

-Dile que se concentre en los debates de la semana próxima -se frotó la sien-. Yo ya conozco cuál es su postura y él conoce la mía. Solo vas a conseguir enloquecer si quieres hacer de árbitro.

-Mira, trabajo para él, pero tú eres una amiga. Quizá haya algo que yo pueda hacer.

-No lo sé -observó las luces que parpadeaban en el mapa-. Alguien me ha enviado un mensaje, alto y claro, pero aún no he descubierto cómo devolvérselo. Puedes decirle esto al alcalde. Si consigo desentrañar quién anda detrás de todo, va a ganar las elecciones por mayoría.

-Supongo que tienes razón -aceptó James pensativo-. Quizá esa sea la mejor manera de quitártelo de encima. Pero ten cuidado, ¿vale?

-Sí -colgó, luego movió el cuello para quitarse la rigidez.

-No me importaría poner un anuncio de una página en World para hacer público nuestro compromiso -dijo Emmett, mirándola.

Confusa, ella parpadeó. Luego soltó una carcajada.

-¿James? No seas tonto. Solo somos amigos.

-Mmm.

Rosalie sonrió, luego se acercó para rodearle la cintura con los brazos.

-En este momento me vendría bien uno de nuestros besos.

-Supongo que aún me queda uno -bajó la cabeza.

Cuando sus labios se encontraron, ella sintió que la tensión escapaba de su cuerpo. Con un murmullo, le acarició la espalda, relajándole los músculos tal como la boca de él la relajaba a ella.

-Lamento interrumpir -Frank apareció por el túnel con una bandeja en la mano-. Pero como trabajan tanto... -sonrió-. Supuse que lo mejor era que comieran un poco para hacer acopio de fuerzas.

-Gracias -Rosalie se apartó de Emmett y olió-. Santo cielo, ¿qué es?

-Mi chile especial con costillas -le guiñó un ojo-. Créame, la mantendrá despierta.

-Huele que alimenta.

-Adelante. He traído un par de cervezas, un termo con café y unos nachos de queso.

Rosalie acercó una silla.

-Frank, es usted un hombre entre hombres -él se ruborizó. Ella probó la comida, se quemó la lengua, la garganta y el estómago-. Y esto -añadió con verdadero placer- es un chile auténtico.

-Me alegro de que le guste -Frank movió los pies-. He puesto a la señora Greenbaum en la habitación dorada -lo informó a Emmett-. He pensado que le encantaría la cama con dosel y todo eso. Le he llevado un poco de sopa de pollo y la dejé viendo King Kong en el video.

-Gracias, Frank -Emmett hundió la cuchara en su plato de chile.

-Llamen si necesitan algo.

-¿Has hecho que la trajeran aquí? -preguntó ella después de que Frank se alejara por el túnel.

-No le gustaba el hospital -se encogió de hombros-. Frank habló con el médico. Solo tenía una contusión leve, lo cual era un milagro para alguien de su edad. Tiene el corazón fuerte como el de un elefante. Lo único que necesita es tranquilidad y algunos mimos durante unos días.

-Así que la trajiste aquí.

-No se la podía dejar sola.

-Te quiero mucho -se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

Cuando terminaron y regresaron al trabajo, Rosalie no pudo dejar de pensar en él. Era un hombre tan complicado. Arrogante como el diablo cuando le convenía, rudo cuando le iba bien y tan suave y seductor como un poeta irlandés cuando tenía ganas. Dirigía un negocio multimillonario. Y por la noche recorría las calles para encargarse de ladrones, delincuentes y violadores. Era el amante con el que soñaban todas las mujeres. Romántico, erótico, pero sólido y fiable como el granito. Sin embargo, en su interior llevaba algo intangible que le permitía desvanecerse como el humo y deslizarse como una sombra por la noche.

Movió la cabeza. Aún no estaba preparada para pensar en ese aspecto de él.

Enderezó los hombros y multiplicó la concentración. Si los números comenzaban a tornarse borrosos, bebía más café. Ya había localizado media docena más de nombres que tenía la certeza de que figurarían en certificados de fallecimiento.

Parecía inútil. Pero hasta que no agotara esa vía, no disponía de otra. De pronto se detuvo con la vista clavada en la pantalla. Con cautela, retrocedió dos páginas. Contuvo una sonrisa, temerosa de creer que al fin lo había conseguido. Después de otros cinco minutos de trabajo meticuloso, llamó a Emmett.

-Creo que he encontrado algo.

También él, pero decidió guardarse la información.

-¿Qué?

-Este número -cuando él se inclinó sobre su hombro, Rosalie lo señaló en la pantalla con un dedo-. Está mezclado con el número de la corporación, el de hacienda y los demás números identificativos de la empresa -cuando Emmett le masajeó los hombros, ella se reclino agradecida-. A propósito, al parecer se trata de una empresa en bancarrota. Lleva cerrada dieciocho meses. Ahora mira esto -adelantó una hoja en la pantalla-. Diferente empresa, diferente emplazamiento, diferentes nombres y números. Salvo.. este -acercó un dedo al monitor-. Aquí figura en un lugar distinto, pero el número es el mismo. Y aquí -volvió a mostrárselo una página tras otra-. Es el número de la empresa en uno, el de la rama de la empresa en otro, aquí el de Hacienda, aquí el código de un historial.

-El número de la seguridad social -musitó Emmett.

-¿Qué?

-Nueve dígitos. Diría que se trata de un número de la seguridad social. Uno importante -se dirigió con rapidez al panel de control.

-¿Qué vas a hacer?

-Averiguar a quién pertenece.

-¿Cómo? -la irritó que no pareciera tan entusiasmado acerca de su hallazgo. Estaba a punto de que los ojos se le salieran de las órbitas y ni siquiera le daba una palmadita en la espalda.

-Parece que vale la pena recurrir a la fuente principal -la pantalla comenzó a parpadear.

-¿Y cuál es?

-Hacienda.

-Hacien... -se levantó de un salto-. ¿Quieres decirme que tienes acceso a los ordenadores de Hacienda?

-Eso es -se hallaba concentrado en el panel-. Casi lo tengo.

-Es ilegal. Un delito federal.

-Mmm. ¿Me recomiendas un buen abogado?

-No es una broma -juntó las manos.

-No -pero sonrió al seguir la información en la pantalla-. Muy bien, ya estamos dentro -la miró. En su cara vio con claridad la guerra interna que libraba-. Podrías ir arriba hasta que termine.

-Eso carece de importancia. Sé lo que haces. Me convierte en cómplice -cerró los ojos y vio a Lil Brown tendida sobre su sofá roto-. Adelante -apoyó una mano en el brazo de él-. Estamos juntos en esto -Emmett introdujo los números que Rosalie había encontrado, apretó unas teclas y esperó. Un nombre parpadeó en la pantalla-. Oh, Dios -clavó los dedos en su hombro.

En ese momento él parecía de piedra, sin moverse, casi sin respirar.

-Cayo Fields -murmuró-. Hijo de puta.

Entonces se movió con tanta celeridad que Rosalie trastabilló. Con fuerza nacida de la desesperación, lo sujetó.

-No. No puedes -vio que sus ojos ardían, tal como los había visto detrás de la máscara. Estaban llenos de furia y de determinación asesina-. Sé lo que quieres -afirmó-. Quieres ir a buscarlo ahora mismo. Quieres despedazarlo con tus propias manos. Pero no puedes. No es el modo.

-Voy a matarlo -expuso con voz helada-. Entiéndelo. Nada va a detenerme.

Rosalie supo que, si se marchaba en ese momento, lo perdería.

-¿Y qué conseguirás? Con eso no recuperarás a Jack. No modificará lo que te pasó a ti. Ni siquiera acabará lo que ambos iniciasteis aquella noche en los muelles. Si matas a Cayo, alguien lo sustituirá, y el negocio continuará. Necesitamos romper la espina dorsal de la organización, Emmett, sacarlo todo a la luz pública para que la gente lo sepa. Si Cayo es responsable...

-¿Sí?

Ella respiró hondo, sin soltarlo.

-Todavía no disponemos de pruebas suficientes. Puedo construir un caso si me das tiempo para capturarlos a todos.

-Dios mío, Rosalie, ¿de verdad crees que lo llevarás ante los tribunales? ¿A un hombre con tanto poder? Se escurrirá entre tus dedos como si fuera arena. En cuanto comiences la investigación, él lo sabrá y se protegerá.

-Entonces serás tú quien realice la investigación y desde mi despacho yo lo distraeré -habló con rapidez, desesperada por convencerlo y salvarlos a los dos-. Haré que crea que sigo una pista equivocada. Emmett, debemos estar seguros. Tienes que comprenderlo. Si vas tras él ahora, todo aquello por lo que has trabajado, todo lo que hemos iniciado juntos, quedará destruido.

-Intentó que te mataran -le tomó la cara entre las manos-. ¿No entiendes que nada, ni siquiera la muerte de Jack, podría haber sellado con más contundencia su sentencia de muerte?

-Estoy aquí, contigo -le aferró las muñecas-. Eso es lo importante. Tenemos más trabajo que hacer para demostrar que Cayo está involucrado, para averiguar hasta dónde llega la línea de corrupción. Recibirás justicia, Emmett, te lo prometo.

Despacio, él se relajó. Rosalie tenía razón... al menos en algunos aspectos. Matar a Cayo con sus propias manos habría sido satisfactorio, pero no cerraría el trabajo que había comenzado. Podía esperar. Había que desenterrar otra piedra, y solo disponía de una semana para lograrlo.

-De acuerdo -vio cómo ella recuperaba el color-. No quería asustarte.

-Espero que nunca lo pretendas, porque me has dado un susto de muerte -logró esbozar una sonrisa trémula-. Como ya hemos quebrantado una ley federal, ¿por qué no damos un paso más y estudiamos las declaraciones de la renta del alcalde de estos últimos años? -a los pocos minutos se hallaba sentada junto a Emmett ante la consola-. Quinientos sesenta y dos mil dólares -murmuró al leer los ingresos declarados de Cayo del último año-. Supera un poco el sueldo habitual del alcalde de Urbana.

-Cuesta creer que sea tan estúpido para declararlo -Emmett retrocedió un año-. Imagino que tendrá el doble en alguna cuenta de Suiza.

-Personalmente, jamás me cayó bien -comentó Rosalie-. Pero siempre lo respeté -se puso de pie para caminar-. Cuando pienso en el cargo que ha ostentado, en línea directa con la policía, con la oficina del fiscal, con empresarios. Nada pasa en Urbana sin que él lo sepa. ¿Cuántos funcionarios estarán en su nómina, cuántos policías, jueces?

-Cree que lo tiene todo controlado -se apartó de la consola-. ¿Qué me dices de James?

-¿James? -suspiró y se frotó el cuello tenso-. Leal hasta la médula, y con aspiraciones políticas propias. Puede pasar por alto algunas maquinaciones, pero nada tan grande como esto. Cayo fue lo bastante inteligente como para elegir a alguien joven y ambicioso, con un buen historial y una reputación sin tacha -movió la cabeza-. Me sienta mal no poder ponerlo al tanto de lo que ocurre.

-¿Mitchell?

-No, apostaría mi vida por Mitch. Lleva mucho tiempo en la fiscalía. Jamás ha sido un admirador de Cayo, pero respeta el cargo. Sigue las reglas porque cree en ellas. Incluso paga las multas de aparcamiento. ¿Qué haces?

-No nos hará daño investigar.

Para consternación de Rosalie, sacó las declaraciones de James y luego las de Mitchell. Al no encontrar nada anormal, se dirigió a otra consola.

-Podemos revisar las cuentas bancarias. Necesitamos una lista de la gente que trabaja en el ayuntamiento, en la policía, en la fiscalía -la miró-. Te duele la cabeza.

-Un poco -se frotó la sien.

-Has trabajado mucho -apagó los ordenadores.

-Me encuentro bien. Tenemos mucho que hacer.

-Ya hemos hecho mucho -se maldijo por presionarla tanto-. Un par de horas de descanso no alterará nada -le rodeó la cintura con el brazo-. ¿Qué te parece un baño caliente y una siesta?

-Mmm -apoyó la cabeza en su hombro y se pusieron a marchar por el túnel-. Suena estupendo.

-Y un masaje de espalda.

-Sí. Oh, sí.

-Y ese masaje en los pies que te debo desde hace tiempo.

-¿Por qué no? -sonrió.

Rosalie estaba medio dormida cuando atravesaron el panel del dormitorio de Emmett. Contuvo un bostezo y observó las cajas que atestaban la cama.

-Qué es todo eso?

-En este momento, solo tienes mi camisa. Y aunque me gusta... -bajó un dedo por los botones-... y mucho, pensé que te gustaría disponer de algo más. Le di una lista a Frank. Es muy emprendedor.

-¿Frank? Pero es domingo. La mitad de las tiendas están cerradas -se llevó una mano al estómago-. Dios mío, no las habrá robado, ¿verdad?

-No lo creo -rio y la tomó en brazos-. ¿Cómo voy a vivir con una mujer de una honestidad tan escrupulosa? No, están pagadas, lo prometo. Es tan fácil como hacer unas pocas llamadas. Verás que las cajas son de Athena.

Ella asintió. Era uno de los grandes almacenes más exclusivos de la ciudad. Entonces lo comprendió.

-Eres el propietario.

-Culpable -la besó-. Lo que no te guste, lo puedes devolver. Pero creo que conozco tu estilo y tu talla.

-No tenías por qué hacerlo.

-No ha sido un intento de usurpar tu independencia, abogada.

-No -repuso poco agradecida-. Pero...

-Sé práctica. ¿Qué impresión daría que mañana aparecieras en tu despacho con pantalones míos? -le aflojó el cinturón y los vaqueros se deslizaron al suelo.

-Escandaloso -convino con una sonrisa cuando él la alzó en brazos y la depositó junto a los vaqueros.

-Y con mi camisa -comenzó a desabrocharla.

-Ridículo. Tienes razón, has sido muy práctico -le inmovilizó las manos antes de que pudiera distraerla-. Y te lo agradezco. Pero no me parece bien que me compres ropa.

-Puedes pagármela. A lo largo de los próximos setenta años -le alzó la barbilla antes de que pudiera protestar-. Rosalie, tengo más dinero del que puede necesitar un hombre. Tú estás dispuesta a compartir mis problemas, entonces es lógico que compartas mi fortuna.

-No quiero que pienses que el dinero me importa, que marca alguna diferencia sobre los sentimientos que me inspiras.

-¿Sabes? -la estudió pensativo-, no pensé que se te pudiera ocurrir algo tan estúpido -cuando le sonrió, ella suspiró.

-Es estúpido. Te amo a pesar de que eres dueño de hoteles, de edificios y de grandes almacenes. Y si no abro una de estas cajas, me voy a volver loca.

-Pues entonces mantén tu cordura mientras yo voy a preparar el baño.

Ella eligió una al azar y le quitó la tapa. Bajo el envoltorio, encontró un camisón largo y tenue de seda azul.

-Vaya -lo levantó y notó que la espalda llegaba por debajo de la cintura-. Frank tiene ojo para la lencería. Me pregunto qué dirán en la oficina si aparezco vestida así.

Incapaz de resistirse, se quitó la camisa y dejó que la seda fresca se deslizara por su cabeza y sus hombros. Pasó las manos por las caderas y comprobó que le quedaba perfecto. Encantada, se volvió hacia el espejo en el momento en que Emmett regresaba.

Él no fue capaz de hablar, no más que de quitarle la vista de encima. Los ojos de Rosalie eran azules como la medianoche y brillaban con un secreto placer femenino.

Sonrió despacio. ¿Había alguna mujer viva que no soñara con que el hombre al que amaba la mirara con un ansia tan manifiesta? Adrede, ladeó la cabeza y pasó los dedos por el centro del camisón, observando cómo Emmett seguía sus movimientos.

-¿Qué te parece?

-Creo que Frank merece que le suba el sueldo.

Mientras Rosalie reía, Emmett se acercó a ella.


quieren saber mas?

espero q sii jeje