Capítulo XXVIII:
El caleidoscopio inconstante:
Evadieron en esa excursión el claro de la fuente y se adentraron más en el bosque, siguiendo el curso del río para no perderse. Jane sospechaba que Peter aun la creía traumatizada por lo ocurrido, y no daba todavía con la mejor manera de explicarle que se debía más a que conocía la verdad tras su "ataque" que por seguir asustada.
A decir verdad, no sabía cómo decirle nada de lo que sabía sobre su vida, o si Seka le perdonaría el que lo hiciera. Peter merecía saberlo, eso lo tenía claro. Merecía saber el papel para el que estaba destinado, y todo lo que Kase había hecho por él...
Sentía que, tomara la decisión que tomara, terminaría traicionando a alguien. Los dos confiaban en ella, y de alguna manera, había terminado en una decisión donde mantener la confianza de uno implicaba perder la del otro.
¿Qué haría?
-¿Jane? –salió de su ensimismamiento, algo sobresaltada, y giró la cabeza hacia Peter, que la miraba con el ceño fruncido- Se supone que soy yo el que se distrae con las musarañas de un momento a otro.
Sólo por diversión, trató de recordar alguna de las palabras que había leído en los libros de su tío.
-Encuentro más fascinante la existencia eterna o temporal de determinada especie de crustáceos, en realidad.
-¿Qué? –preguntó Peter, que tal cómo imaginaba, no había entendido una palabra.
-No importa, sólo pensaba.
-Podemos ir al laberinto, si quieres –sugirió, adivinando el camino de sus pensamientos, si bien su suposición era errónea.
-Estoy bien. Ya te dije, sólo pensaba.
Caminaron en silencio un rato más, las hojas removiéndose bajo sus pies cuando las pisaban, el crujido de estas y el trinar de pájaros lejanos los únicos sonidos en el claro.
-Pues, piensa en voz alta –dijo el rubio finalmente- No me gusta caminar en silencio, y sabes que necesito algo que me distraiga del… Otro ruido.
Al girar la cabeza vio que evadía su mirada, visiblemente incómodo.
-Es más molesto de lo que pudiera llegar a imaginarme ¿No es así?
Peter asintió.
-A veces no noto que estás hablándome, o confundo tu voz con otra de las cientos que recuerdo.
-¿Desearías no haber recordado nada?
El muchacho tardó un momento antes de responder, y durante ese tiempo, tomaron un desvió a través de un camino de arbustos, las enredaderas tan bajas que de no ir encorvada su cabello se quedaría atrapado en ellas.
-No es para nada agradable. En algunos momentos se siente como si alguien te tomara por los hombros y comenzara a girarte en círculos hasta que quieres vomitar, y sin embargo sigues dando vueltas y vueltas… Y luego en otros, has dando tantas vueltas que ya olvidas siquiera que estás girando –se agachó para esquivar otra de las enredaderas, y siguieron el curso del río hasta un claro amplio de césped brillante bajo la luz del sol- Sin embargo, no me arrepiento de que volvieran. Prefiero saber quién soy, así no me agrade –rió sin ganas- Y no puede durar para siempre ¿No?
Eso espero.
Peter se detuvo. Frente a ellos había un pequeño estanque justo en el centro, y alrededor de este, espesas plantas que supo que les impedirían llegar hasta allí a pie. Sin embargo, el muchacho no intentó hacerlo. Se sentó en la hierba, a varios metros de las enredaderas, y alzó la cabeza hacia el cielo, contemplando las estrellas y el sol.
-Qué lugar más extraño es Laramet ¿No crees? –comentó, aun observando el cielo sobre sus cabezas- Ni siquiera en Nunca Jamás es de día y de noche al mismo tiempo.
Jane tomó asiento a su lado, siguiendo la dirección de su mirada.
-Y sin embargo, no están tan lejos uno del otro –murmuró, sin pensar. Tan pronto lo hizo, sintió los ojos del chico puestos en ella.
-¿Cómo lo sabes?
Jane tuvo un escalofrío. Era el momento de decir la verdad, y sin embargo…
-Dorian me lo dijo –murmuró, reteniendo su mirada- Ya sabes, cuando…
No tuvo que terminar la frase. Peter asintió, comprendiéndolo al momento.
Se sintió como la peor de las personas.
Él no ha hecho sino confiar en mí, y yo no he dejado de mentirle.
Pero se dijo que, también, lo hacía por su propio bien. Ya eran demasiadas las cosas que le rondaban en la cabeza, amenazando con llevarse su cordura, ¿Qué bien le haría añadir más leña al fuego?
-¿Es cerca, entonces? –preguntó Peter.
-¿Nunca Jamás? –adivinó Jane- A unas horas en barco. Creo que una de las puertas del castillo lleva hasta un muelle.
-Ya veo -Algo en su tono de voz llamó su atención, y la chica lo miró con el ceño fruncido.
-¿Por qué la pregunta? -inquirió- No planearás ir... ¿Verdad?
-¿Por qué no? Quizás volver me ayude a aclarar las cosas -dijo él, apoyando los codos en las rodillas y clavando la mirada en el suelo.
-Nunca Jamás no es la misma que cuando te fuiste. Oíste la historia de Campanita, el lugar que recuerdas desapareció.
-Lo sé, pero... Siento que tengo que hacerlo ¿Sabes? Como si no pudiera seguir adelante y los recuerdos fueran a acosarme hasta que lo hiciera.
Sus ojos seguían fijos en el suelo, y parecía casi abatido. Jane apoyó la mano en su hombro, haciendo que levantara la mirada, y sonrió para darle ánimos.
-Vas a lograrlo -dijo, y el muchacho le devolvió la sonrisa.
Permanecieron en silencio largo rato, con los ojos fijos en el lago. Quiso romper el silencio varias veces, por Peter, pero la tranquilidad del lugar la instó a permanecer callada.
Observaba al muchacho de vez en vez, sin embargo, comprobando que seguía con ella. Se dijo que quizá no tenía que contarle la verdad, ya que él parecía estar descubriéndola por su cuenta.
...
Campanita se dio la vuelta, gruñendo al ver que comenzaba a despertarse. Se frotó los ojos, apartando el agotamiento, y se sentó perezosamente, balanceando las piernas en el borde de la mesita. Parpadeó varias veces para acostumbrarse a la iluminación.
Y ya más despierta, se sorprendió al ver que estaba sola. Miró a su alrededor, confirmando lo que ya sabía, y voló lejos de la mesa, hacia el centro de la habitación. Se cruzó de brazos, molesta.
-¿Dónde se habrán metido ahora? -se preguntó- ¿Cómo dos personas tan altas son tan fáciles de perder?
Sus ojos viajaron hacia la pared de cristal, y observando el jardín, Campanita tuvo un presentimiento. Guiada por él salió del dormitorio, volando por los pasillos. Creía haber visto una puerta que daba a los jardines en su recorrido por el castillo. Si tan sólo pudiera recordar dónde era...
¿Por qué ese lugar tenía que ser tan grande? ¿Era tanta la necesidad de los gigantes de sentirse pequeños?
Cruzó otra esquina, perdida en sus pensamientos, y mientras andaba por otro pasillo casi idéntico, se preguntó si Peter se encontraría ya mejor. No se había visto muy bien antes de caer dormido, ¿Y si ese brujo de cabello extraño le había hecho algo peor? Había salvado a Jane, sí, pero eso no quería decir que tuviera la misma actitud hacia su amigo...
Rumiando las posibilidades, no fue hasta diez minutos después que el hada salió de su ensimismamiento, y se sobresaltó al ver que estaba en un área del castillo que no había visto nunca.
Gruñó en frustración. Estaba segura de que había tomado el camino correcto, ¿Cómo había terminado...?
Unos pasos interrumpieron sus protestas, al otro extremo del pasillo. Dos siluetas a lo lejos conversaban, y hasta ella llegaron los murmullos amortiguados de sus palabras.
Incluso desde allí distinguió la cabellera azul de una de las siluetas.
Movida por la curiosidad, subió hasta lo más alto del techo, a varios metros por encima de los gigantes, y siguió adelante en silencio, hasta que escuchó claramente lo que decían. El brujo de cabello escandaloso (creyó escuchar a Jane llamarlo Seka) conversaba con una joven vestida de marrón, de cabello rosa apagado y ojos violetas.
-Sólo va a empeorar, no hay nada que pueda hacer -decía la muchacha.
-¿Lo has intentado todo ya? -replicaba Seka.
-Todo lo que está en mis manos, pero sólo ella pueda romper el hechizo -la mujer, algo abatida, se llevaba un mechón de cabello detrás de la oreja- ¿Va a decírselo, Alteza?
Seka vacilaba un momento, con la mirada baja, antes de levantar los ojos de nuevo y asentir.
-Déjeme hablar con él primero.
La muchacha asentía, y luego hacia un gesto extraño que el hada no compendia: Bajaba la cabeza y doblaba las piernas, inclinándose ligeramente.
-Como desee, Alteza.
Ambas siluetas seguían adelante, pasando de largo a Campanita y dirigiéndose a una de las habitaciones del pasillo siguiente. El hada los siguió, intrigada. ¿Empeorar? ¿Hechizo? ¿De quién estaban hablando?
Se detuvo de golpe, y sintió que su luz pasaba del dorado al blanco. ¿Podría tratarse de Peter? ¿Estaría empeorando después de recordar? ¿Alguien lo había hechizado?
¿Y si era por eso que no se encontraban en la habitación de Jane, y si ahora estaba tras la puerta frente a ella?
A pesar de que la posibilidad la aterraba, tuvo la sensación de que estaba pasando algo por alto. Jane la habría despertado de haber habido un problema. O el movimiento, en cualquier caso.
Sólo hay una manera de averiguarlo, pensó, y asintió con la cabeza para darse ánimos.
Preparada para lo que pudiera encontrar al otro lado, se deslizó bajo el resquicio de la puerta.
…
-¿Dimos por casualidad con este lugar, o ya habías estado aquí antes? -preguntó Jane, rompiendo el silencio.
-¿Qu— Ah, eso -el muchacho frunció el ceño, su mirada perdida en el estanque- Sonará raro, pero un hada me trajo hasta aquí.
-¿Un hada? -Peter asintió- ¿Cómo... Un hada diferente a Campanita?
-Fue la noche del baile. Cuando... -su voz se apagó, y le pareció que sus mejillas adquirían un tono ligeramente rojizo. Seguía sin mirarla- Cuando te fuiste con Dorian, tuve un mal presentimiento.
-Nos seguiste -adivinó, y el chico volvió a asentir.
-Estaba escondido entre los arbustos cuando escuché un ruido. Un punto de luz se alejaba a toda prisa. En un principio creí que se trataba de Campanita, y me sorprendió que hubiera salido, ya que dijo que no quería tener nada que ver con la fiesta. La seguí hasta este claro, pero las enredaderas me impidieron acercarme a la laguna. La llamé, le pedí que me esperara, y ella debió de oírme porque se dio la vuelta- giró la cabeza hacia ella, y distinguió su confusión- Creo que supo quién era.
-¿Habló contigo?
-No, pero me sonrió. Parecía contenta de que pudiera verla.
Jane asintió con la cabeza.
-Por años, las hadas estuvieron buscándote, pero ni ellas podían dar contigo ni tú podías verlas a ellas. Al verte, supongo que supo que habías regresado.
Él desvió la mirada de nuevo, su expresión ausente.
-¿Lo hice? Ya no soy el mismo que ellas recuerdan. Ya no soy Peter Pan -musitó.
-Quizás ya no necesitan al niño Peter, quizás ahora te necesitan a ti -apuntó la chica, tratando de hacerlo sentir mejor.
Tenía la sensación de que era cierto, sin embargo. Los problemas que lo esperaban en la isla y sus alrededores no eran para un niño, por muchos siglos que este pudiera tener.
Y comprendió, también, por qué había acudido tan rápido en su ayuda.
-Gracias por salvarme.
-¿Y por seguirte? -bromeó él. Jane rió.
-Te diste cuenta que algo iba mal antes que yo.
-Para la próxima será mejor que interrumpa un poco antes. Antes de que te lastimen, quiero decir -replicó, y se extrañó un poco de la culpa en su voz.
-Sí, quizás sea buena idea -él la miró, confundido, y Jane negó con la cabeza, riendo por lo bajo.
-Buenas tardes -una nueva voz los sobresaltó, y giraron la cabeza al sitio detrás de ellos de donde provenía.
Una mujer acababa de entrar al claro. Llevaba un radiante vestido de seda rosa, y sus cabellos negro azabache estaban recogidos en un moño a la altura de su nuca, mechones enmarcando su rostro y resaltando sus ojos claros.
-Su Majestad -Ambos se pusieron en pie, dedicando a la reina una reverencia.
La tensión en el ambiente era perceptible de los dos lados. La pelirroja no podía evitar sentir algo de aprensión al verla, luego de todo lo que sabía había causado, pero tratándose de alguien tan importante –y que probablemente podía mandarlos a la guillotina si así le parecía, o a lo que sea que utilizaran para ejecutar a los prisioneros- se esforzó por ocultar su disgusto.
La mujer les dedicó una amplia sonrisa.
-¡Peter, Jane! ¡Cuánto me alegra ver que ya se encuentran mejor! –dijo, y tuvo que reconocer que era buena fingiendo. En ese momento, fue la imagen de la dulzura- Me complace también que disfruten las instalaciones de nuestro castillo. Ponemos mucho empeño en el mantenimiento de estos jardines, así como del laberinto ¿Lo han conocido ya?
-Ya hemos tenido el placer –respondió la muchacha, reprimiendo la ironía que le picó la garganta. También me he familiarizado con su fuente, donde sus caballeros utilizan jóvenes incautas para revivir a sus novias.
Asintiendo, la reina Lya miró a su compañero, enarcando una ceja ligeramente divertida.
-Escuché que has comenzado a recordar, Peter, querido ¿es cierto?
-Así es, Alteza –Vio que no engañaba a su amigo tampoco. El tono del chico no dejaba de ser aquel que se esperaba dirigiera a la monarca, pero había cierta restricción en él que le dijo que, como el suyo, escondía desconfianza.
-Es bueno saber que pronto tendremos a nuestro niño eterno de vuelta –sonrió de nuevo, radiante como el sol de mediodía, y sus ojos azul cielo pasaron del muchacho a ella.
Le pareció que su sonrisa vacilaba un poco: Un temblor casi imperceptible en las comisuras de su boca.
-Jane, me gustaría hablar contigo un momento, si te parece bien.
Consciente de que pocas personas podían darse el privilegio de negarse a las propuestas de un miembro de la realeza (y del destino que habían tenido los que se habían opuesto), a la chica no le quedó más opción que asentir con la cabeza.
-Por supuesto.
-Perfecto -La monarca asintió, dirigió una significativa mirada a Peter, y frunció el ceño cuando el chico no se movió en lo absoluto.
Parecía casi desafiarla con la mirada.
-Peter… -musitó Jane, bajito- Creo que se refiere a hablar conmigo a solas.
-¡Oh! Por supuesto –notó lo fingido de su sorpresa, y él muchacho asintió, haciendo una reverencia a la reina antes de darse la vuelta hacia Jane- Te esperaré en la entrada
Sospechó que eso no era del todo cierto, pero no lo cuestionó para no alertar a la reina. Esta esperó a que el muchacho se alejara del claro para comenzar a hablar. Sonrió a Jane nuevamente, señalando los jardines con una delicada floritura de su mano.
-Demos un paseo, ¿Te parece?
…
Peter se aseguró que sus zapatos crujieran más de lo normal al pasar sobre las hojas en el suelo. Dio varios pasos, alejándose del claro hasta estar seguro que había pasado desapercibido.
Luego, se quitó los zapatos y regresó.
Se agachó frente a uno de los arbustos, escondiéndose tras la maleza para observar. Frunció el ceño al ver que se alejaban, tomando uno de los caminos hacia la izquierda, siguiendo el curso del río.
¿Estaría tramando algo la reina? Lo cierto era que no confiaba en ella, menos después de lo que había ocurrido.
Quizá abandonar a Jane había sido mala idea…
Las siguió en silencio, encorvado tras las gruesas plantas y preparado para salir ante la menor señal de peligro. Ya la había dejado sola una vez, no podía hacerlo de nuevo.
…
El río las llevó a un camino delimitado por arbustos con las rosas más rojas que Jane hubiera visto nunca. Flores blancas en forma de campana colgaban de las enredaderas sobre su cabeza hasta casi tocarlos, y desprendían una fragancia parecida al rocío, mas ligeramente dulzona. Incluso estaban cubiertas de pequeñas gotas de agua que caían sobre las hojas en forma de corazón de los arbustos.
En el camino a sus pies, los pétalos se mezclaban con las hojas, formando una alfombra verde, roja y blanca. El aire era dulce y algo pesado... Aunque lo último se debiera quizás a la tensión entre ambas.
Jane caminó en silencio, esperando a que la reina hablara. Fue paseando la mirada de un lugar a otro, apreciando cada detalle y preguntándose, aunque sin mucho empeño, cuál podría ser el motivo de su convocatoria.
Se le ocurrían varios, en realidad, aunque ninguno del que la soberana estuviera al tanto.
-Siempre me gustó este sendero -comenzó- Las flores son tan hermosas...
Así que los humanos no eran los únicos en irse por las ramas.
-Lo son, Su Alteza.
-Pido a los jardineros que tengan especial cuidado con ellas. Sería una pena que se estropearan.
-Verdaderamente, Alteza.
Luego de aquella pequeña conversación, caminaron en silencio unos metros más. Si bien una parte de ella comenzaba ya a cuestionarse el si sólo la había buscado para hablar de las maravillas de su jardín, algo le decía que el tema era mucho más importante.
No se equivocaba.
-Jane, Seka me dijo lo que sir Dorian te hizo –comenzó, su voz adquiriendo un aire afectado- Quería disculparme personalmente por las atrocidades que cometió, y asegurarte que recibirá los castigos pertinentes por sus acciones.
-Entiendo -Era de esperarse, notó después. Aun no había tenido tiempo de interpretar su papel de inocente.
-Y sé, también, que mi hijo te explicó el trasfondo de lo ocurrido esa noche –continuó. Jane apartó la cabeza del camino floreado, sorprendida.
-¿Seka le ha dicho eso?
La soberana negó con la cabeza, riendo.
-No, claro que no. Pero intuí que lo haría, él… -hizo una pausa, esbozando otra sonrisa- Él se preocupa mucho por ti. Sabía que no te dejaría en las sombras por mucho tiempo.
-¿Le molesta el que lo haya hecho, Alteza? –inquirió la pelirroja, con una idea de a dónde se dirigía la discusión.
El rocío se desprendía de las flores en esa región, flotando alrededor de ambas como luciérnagas cristalinas. El aire se hacía menos almizclado, y adquiría un ligero olor salino. Supo que se acercaban al mar.
-Confío en las razones que mi hijo encontró justificaban tomar esa medida –dijo la reina, tras una larga pausa- Y confío también en su juicio con respecto a ti. Si él cree que eres de fiar, yo también he de creerlo –giró la cabeza, clavando sus ojos en ella- Pero conozco a mis hijos, Jane, comprenderás que aunque confío plenamente en el juicio de Seka, soy consciente también de que este tema en particular nubla un poco su objetividad.
-Porque se trata de su hermana –dijo, y sonó más seco de lo que pretendía. Se estaba cansando de la exagerada formalidad con la que trataban el tema, como si fuera más una cuestión diplomática.
La reina asintió.
-Su gemela. Nacieron juntos, y juntos debieron estar hasta el final, pero el destino a veces juega con nosotros de la manera más cruel. El afecto que siente hacia ella puede haber causado que haya… Magnificado su vida, volviéndola la heroica mártir que quiere convencerse que es.
Se le formó un nudo en la garganta, y experimentó la misma ansiedad que al haberse enterado de la maldición que había acabado con su madre y su tío.
-¿Está llamando a Seka mentiroso? –musitó, la mitad de su voz perdida bajo el nudo.
-Por supuesto que no. Al menos que consideres embellecer los hechos decir una mentira.
Llegaron al final del camino, que terminaba en un patio despejado y bajaba en una colina. A su derecha, una única hilera de árboles, perfectamente alineados, bajaba la planicie, siguiendo el curso del río. El césped daba paso a un camino de grava y rocas, que terminaba en…
-El mar –dijo Jane en voz alta, incrédula.
-Hay muchas maneras de llegar hasta él desde el castillo –explicó la reina- La que mi hija tomó está en el hala sur, que es donde se encuentra el muelle. También puedes llegar desde aquí si caminas lo suficiente, claro.
Frente a ella, lo suficientemente cerca para que la brisa salada le golpeara el rostro y le revolviera el cabello, sus olas sacudiéndose y cubriendo la orilla de espuma, estaba el mismo mar que había recorrido Kase en su huida. Desde sus aguas había visto su hogar por última vez, mientras este se alejaba más y más y se perdía en el lejano horizonte.
Y a sólo unas horas, estaba Nunca Jamás.
…
Incapaz de dejar la protección de los arbustos sin ser descubierto, Peter observó como ambas se alejaban, deteniéndose a varios metros de él, justo al límite entre el césped y la grava. La conversación entre las dos no tenía ningún sentido para él, pero por la expresión de Jane, supo que para ella sí lo tenía. Se preguntó qué tanto podría haberle contado el dichoso Seka que le hiciera hablar tan tranquilamente del ataque que días atrás la había aterrado tanto…
Y no pudo evitar sentirse herido al ver que le había estado ocultando cosas.
Quizás no estuviera lista para hablar al respecto. Conociéndola, era perfectamente capaz de fingir que se encontraba bien cuando no era así. Quizás fingía que la situación ya no la afectaba cuando era todo lo contrario…
O quizás simplemente estaba mintiendo.
-¿Pan? –dio un brinco, sacudiendo los arbustos en el proceso, que derramaron hojas sobre sus pies descalzos. Se incorporó en el mismo movimiento, dándose la vuelta rápidamente hacia el recién llegado.
Hablando de Roma…
Seka lo miraba con el ceño fruncido, ligeramente divertido. A su lado, Campanita parecía confundida.
-Podrías preguntarle ¿Sabes? –alegó él.
-¿De qué hablas? –preguntó, mas Seka negó con la cabeza.
-No importa.
-¡Tenemos que buscar a Jane! –dijo el hada con urgencia, y por primera vez se dio cuenta del aspecto que tenía. Su luz era casi blanca por el susto, y sintió que palidecía casi de igual manera.
-¿Qué ocurre?
-Es…
-Es algo bastante grave, pero es mejor si buscamos a Jane primero –replicó el príncipe- Toma, supongo que necesitarás esto.
Extendió el brazo hacia el chico, y sólo entonces, al bajar la mirada, vio que le estaba devolviendo sus zapatos.
-Ya poco importa que te escuchen –bromeó Seka.
Sin responder, y bastante molesto, le quitó sus zapatos de un manotazo.
Cada día detestaba más a ese muchacho.
…
Se forzó a apartar la mirada de las aguas, hacia su interlocutora. Se sorprendió al ver la tristeza en su rostro y la lejanía de su mirada, perdida en los recuerdos. El mar se reflejaba en sus ojos, y por ese instante, antes de recuperar la compostura, supo que la mujer a su lado no era ya más que un espejo.
Quizá todos en el castillo lo eran. Con sus ojos centelleantes y sus sonrisas, con sus cabellos brillantes y vestidos de colores. Fantasmas que deambulaban por pasillos ricamente decorados, entre cuadros de antiguas glorias e imágenes de guerreros fallecidos, lamentando el pasado e incapaces de ver el presente.
-Los piratas enviaron su cuerpo en una barca –explicó-. Supongo que no querían tener nada que ver con una bruja. Las hadas debieron de intervenir de alguna manera, sin embargo, porque estaba cubierta de flores, con el cabello peinado y la ropa sin rastros de sangre –sonrió- Parecía verdaderamente una heroína.
-¿Supo cómo murió? –preguntó Jane. La reina apartó la mirada del pasado, hacia ella.
-Por supuesto –dijo, y enarcó las cejas, confundida por la pregunta- Sus recuerdos no tardaron en llegar.
-¿En llegar?
-Cuando un hechicero muere, sus recuerdos más importantes son transmitidos a sus seres queridos. Es la forma en que nuestra raza honra a los fallecidos, recordando sus vidas por ellos.
-Sabe entonces que los piratas… Que Garfio…
-Sé lo que le hizo a Kase, y sé lo que ella hizo en respuesta –replicó la mujer rápidamente-. Ningún castigo que pudiera crear sería peor que el destino que ya le aguarda.
Se dio cuenta que tenía razón. El hechizo de Kase condenaba a Garfio a la oscuridad, y a su tripulación a la esclavitud.
Pero, Seka…
-Jane –la voz de la reina la sacó de su ensimismamiento. Su rostro era ahora severo- Es mucho lo que sabes sobre nosotros, pero hay algo que todavía desconoces.
Su urgencia la confundió, y no supo si confiar en ella. ¿Era verdadera su preocupación, o sólo otra pantomima?
-¿De qué ha—
¡Jane!
Calló de golpe, congelada, y un sudor frío le corrió por la espalda.
¡Jane, ayúdanos! ¡Nos matará!
-¿Oye eso? –musitó, girando la cabeza en todas direcciones. Ahora era la reina la confundida.
-¿Escuchar qué?
¡Ven pronto o nos matará!
¿Christine? Reconocía la voz, pertenecía a su amiga, pero… ¿Dónde estaba? ¿Y por qué estaba tan asustada?
Tienes que ayudarnos, insistía Christine, su voz rompiéndose en sollozos, y Jane sintió que estaba a punto de llorar también. ¿Sería un truco de la reina?
Algo le decía que no. Que la amenaza era real, y no venía de Laramet…
Venía de Nunca Jamás.
La costa desapareció, así como la reina Lya, los jardines de los que había partido y el cielo repleto de estrellas. Volvía a estar en la isla, con el cielo gris sobre su cabeza y el panorama gris a su alrededor. La brisa marina, fresca y llena de vida, había sido reemplazada por un viento húmedo y estático, muerto.
Frente a ella estaba Christine, pálida, ojerosa, despeinada. Lágrimas surcaban sus mejillas.
-¡Ayúdanos, Jane, por favor! ¡Sólo tú puedes salvarnos!
-¿Salvarlos de quién? –preguntaba ella en respuesta, casi tan aterrada como su amiga.
Otra voz, femenina, suave como el terciopelo y amenazante como el siseo de una serpiente. Una voz que le puso la carne de gallina, y que se le hizo ligeramente conocida:
Tus amigos te aguardan, Jane. Sólo faltan ustedes dos para que comience la celebración…
Christine, temblorosa, señalaba un punto más allá de ella con el dedo. Al darse la vuelta, no estaba más tierra firme, sino en la cubierta del barco de Garfio…
Abrió los ojos de golpe, jadeando, y la alarma le aceleró el corazón al ser consciente de lo que había ocurrido.
El enviar a Seka a buscarlos no había sido sino una excusa para mantenerlo alejado. El verdadero plan era mucho más temible que eso: Los piratas tenían a sus amigos, y los matarían si Peter y Jane no regresaban.
-¿Jane? –se sobresaltó al oír la voz de la reina, que la observaba con expresión indescifrable.
-Tengo que irme –fue todo lo que consiguió decir antes de echar a correr, dejando a la pasmada monarca detrás- Lo siento mucho, Alteza.
Estaba a punto de alcanzar el sendero por el que habían venido cuando tres personas salieron de él— Más específicamente un humano, un hechicero y un hada. Se detuvo, aun con la respiración entrecortada, y el pánico hizo que dejara de lado su sorpresa al verlos allí.
Corrió hacia el rubio, su voz rápida y alterada.
-¡Peter! ¡Tenemos que irnos! ¡Garfio, él… Él va… ¡Tengo que…
-Cálmate, Jane –el muchacho apoyó las manos en sus hombros, preocupado- Vas a tener un ataque de pánico si no te tranquilizas.
-¿Qué ocurre? –Seka se acercó hasta ellos, y le pareció que dirigía una mirada de odio a su madre, creyéndola causante de lo que había ocurrido. Se forzó a respirar con normalidad, y a retener el llanto que ya comenzaba a quemarle la garganta y hacerle arder los ojos.
-Garfio tiene a Christine, y sospecho que a varias otras personas que trabajaban conmigo –consiguió decir, y miró al rubio, desesperada- Van a matarlos si no vamos, Peter. Tengo que salvarlos…
El chico pareció entre sorprendido y asustado, pero su voz no cambió en lo absoluto.
-¿Cómo lo sabes? –preguntó, con el mismo tono tranquilizador.
-Yo… Tuve una especie de visión o algo así –musitó ella, consciente de lo disparatado que sonaba- Christine gritaba, y una voz de mujer…
-Odette –fue Seka quien habló, y tanto Jane como Peter giraron la cabeza hacia él- Debe de estar trabajando con Garfio.
-¿La misma Odette de la historia? –preguntó Peter, algo sorprendido.
-Y supongo que quiere vengarse tras lo ocurrido.
-Tengo que ir –Peter volvió a mirarla, oyendo la súplica en su voz- No puedo dejar que mueran, no...
-Jane... –la interrumpió Seka- Hay algo que tienen que saber antes. Es bastante importante.
La expresión del peliazul se tornó sombría, y al girar la cabeza hacia Peter, vio que estaba tan confundido como ella.
El hada, sin embargo, parecía preocupada– Hecho que se reflejaba en su antinatural quietud. Como había dicho a Peter una vez, el problema solía ser hacerla callar, no al revés.
-¿Qué ocurre? –preguntó, preparándose para lo peor.
Pero ni siquiera el horror que acababa de ver la preparó para lo que siguió.
-Es tu tío. Está muy enfermo.
