Disclaimer: Estos personajes no me pertenecen y por lo tanto no gano dinero haciendo esto, solo la satisfacción de recibir sus comentarios, quejas o sugerencias…

Avisos: Esta historia contiene Slash, yaoi, m/m, está basada en El Lienzo Perdido y en el inframundo de Saint Seiya Saga de Hades. Contiene las parejas Minos/Albafica, Thanatos/Manigoldo, Manigoldo/Albafica. Tendrá escenas de violación, sadomasoquismo y relaciones entre dos hombres.

Resumen: Hades se ha llevado la victoria y es el momento de recompensar a sus leales espectros. Minos y Thanatos desean al guerrero que los humillo como su esclavo y de ahora en adelante, Manigoldo y Albafica atravesaran un calvario que no parece tener fin. Minos/Albafica Thanatos/Manigoldo Manigoldo/Albafica

Inframundo.

Capítulo 29

Lazo negro.

— Veo que tengo razón…

Pronuncio Thanatos, cargando a Manigoldo entre sus brazos, dispuesto a recuperar el tiempo perdido, para colmar a su consorte de caricias, brindarle su amor, para recompensarlo por su larga espera, con la pasión y el afecto que solo él podría brindarle.

— Mi dulce fuego fatuo…

Manigoldo se tenso al sentir los brazos de Thanatos rodearlo, como lo elevaba en el aire sin ninguna clase de esfuerzo, tensándose al principio para después obligarse a relajar sus músculos, tratando de ignorar la mirada de su dios, su sonrisa satisfecha con un dejo de orgullo, como lo cargaba como si no pesara ni siquiera el peso de una pluma.

Preguntándose si estaba dispuesto a entregarse sin pelear, como si Thanatos comprendiera sus dudas, se detuvo por unos instantes para besarlo con mayor fuerza, permitiendo que sus ninfas les observaran celosas, cuchicheando, pero sin poder hacer nada cuando el deseo de su dios era tan palpable como para poder ignorarlo.

El otrora santo de cáncer recibió el beso con un ligero temblor, para después relajarse de nuevo entre sus brazos, llevando sus manos a las mejillas de su dios, respondiendo con delicadeza, casi con timidez.

Esa era sin duda la primera vez que Manigoldo respondía a sus caricias por su propia voluntad, sin haberlo amenazado de ninguna forma o siquiera sugerir que debía corresponder a sus afectos, colmando al dios con un sentimiento que no pudo identificar en un principio.

Parecido al que sentía cuando derrotaba a sus enemigos, cuando se llevaba la vida de los mortales que se atrevían a cruzar su camino, pero, con una diferencia, esta vez era mucho más dulce, casi como su fuego fatuo, algo que nunca había sentido en toda su vida.

Bajaron las escaleras con rapidez, regresando por todo el caminó que Manigoldo había recorrido hasta llegar a ese extraño trono, sintiendo como su corazón se aceleraba y comenzaba a ponerse muy nervioso, seguro de lo que su dios deseaba en ese instante, aunque podría estar equivocado ya que nunca había visto tanta intensidad en los ojos negros, casi muertos de la deidad que le tomó como consorte.

Al ingresar en el tálamo nupcial el santo de cáncer ya no podía sostenerle la mirada, sus mejillas estaban pintadas de rojo y sus ojos casi opacos por él temor que se presentaba en su pecho, entrecortando su respiración, preguntándose de nuevo si su aprensión a ser olvidado, su necesidad por compañía, aunque fuera la del dios de la muerte, era suficiente para entregarse a él.

Thanatos, el dios de la muerte, deposito el cuerpo de su amante en su lecho con demasiado cuidado, como si se tratara de una preciosa carga, cerrando las puertas detrás de sí poco después, respirando hondo, recordándose su promesa.

Se había dicho que de regresar a sus brazos no le obligaría a nada que no quisiera, que le daría el tiempo que necesitara para acostumbrarse a él, desearlo en su cama, pero después de un largo año sin su consorte, se daba cuenta que ya no podía esperar más tiempo sin poseerlo y que Manigoldo no le detendría.

El santo de cáncer retrocedió algunos centímetros en la cama que hasta ese entonces sólo le había cobijado a él, en donde se atrevió a pensar en la compañía de este dios de cabello negro, sonrojándose al mismo tiempo que Thanatos se despojaba de su túnica blanca y después de su armadura.

Dejando un cuerpo perfecto ante sus ojos, el cual gateo en su dirección imitando los movimientos de una pantera, Manigoldo retrocedía con la misma rapidez que usaba su dios para acercársele, deteniéndose contra la cabecera de la cama que le traiciono arrebatándole cualquier forma de fuga, quedando atrapado en un lecho que considero en un principio como ofensivo, que casi triplicaba el tamaño del primero, el que vestía de inmaculado blanco.

— Espera…

Susurro llevando una de sus manos al pecho de Thanatos, deteniéndolo por unos instantes, respirando hondo cuando su dios rodeo su muñeca para besar la palma y después el dorso de la misma, recorriendo su cabello con las puntas de sus dedos, tratando de sonreírle de alguna forma en que su consorte pudiera sentirse seguro en su presencia, encontrando divertida esa extraña timidez en un descarado guerrero que se burlaba de sus enemigos en el campo de batalla, pero que en el tálamo era muy diferente.

— ¿Qué ocurre mi amado consorte?

Manigoldo trato de pensar en alguna razón, comprender el porqué de pronto se sentía demasiado nervioso e inseguro, que hacía que no deseara compartir su cuerpo con su dios en ese instante, por lo que, tratando de pensar en una razón lógica que le ganara algo de tiempo, se vio sin poder pronunciar más que unos sonidos que murieron en sus labios.

— Es que…

Pronuncio apenas dos palabras perdiéndose en la mirada lasciva de su dios, con su voz entrecortada, sabía que su corazón latía a mil por hora, que su respiración lo acompañaba, que sus manos temblaban ligeramente junto a todo su cuerpo, no había forma alguna en que su dios no supiera que estaba asustado por la perspectiva de compartir su lecho, recordando el dolor que le había brindado, el miedo y la incertidumbre de las primeras ocasiones, mas psíquico que físico era cierto, porque hasta ese momento Thanatos no le había hecho él daño que supuso en un principio, sino por el contrario, siempre había sido gentil.

— Ha pasado tanto tiempo que no me siento listo para esto…

Thanatos por un momento pensó en castigar esa osadía y ese rechazo, se suponía que después de un año lejos de su amante, este lo extrañaría, querría compartir su lecho con premura, no solo un beso, una pequeña migaja de lo que poseyó con anterioridad.

— No te preocupes Manigoldo.

Podría obligarlo a compartir su lecho, mostrarle con fuerza quien era su dios y porque no debía contradecirle, pero no lo haría, esta vez le demostraría lo precioso que era para él, lo convencería de su importancia, que su destino no era un castigo, sino por el contrario, un premio.

— Seré tan cuidadoso que pensaras que te encuentras en el paraíso.

Respondió besando sus labios con delicadeza, sorprendiendo a Manigoldo, quien esperaba un castigo o una reprimenda, o que se detuviera de una vez, pero él era un dios, debía recordarse que no estaban acostumbrados a obedecer a los mortales y que ellos siempre hacían lo que les complacía.

— Seré lento y gentil…

Susurro en su oído besando su cuello con delicadeza, acercándose los pocos centímetros que faltaban para tenerlo preso contra la cabecera de su cama, sintiendo su fría aura contra su piel a través de su ropa y como sus manos viajaban a sus mejillas, para que lo mirara directamente a los ojos.

— Pero tendrás que disculparme, porque a pesar de que me jure esperar a que tú vinieras a mí, ahora que te tengo en mi cama sé que no soy tan fuerte para perder esta oportunidad de amarte como tú te lo mereces.

Manigoldo asintió antes de recibir otro beso de su dios que le trataba con delicadeza, mucha más que la primera vez, gimiendo al probar su sabor al mismo tiempo que Thanatos ingresaba su lengua en su boca, comandándolo con sutileza.

— No debes temerme, sabes que bajo mi cuidado no sufrirás ningún mal.

Manigoldo estaba un tanto inseguro si debía confiar en el dios de la muerte o sería un engaño más de su lengua afilada, tratando de llevar sus manos a los botones de su camisa, cuyos dedos aun temblaban ligeramente, tratando de abrirla con demasiada torpeza, sintiendo casi como si aquella vez fuera a ser la primera ocasión en la cual compartirían el lecho.

— Déjame ayudarte, parece que mi presencia te pone muy nervioso Manigoldo, es normal cuando hemos pasado tanto tiempo separados mi dulce consorte.

El espectro de cáncer asintió, no sabía que decir cuando el dios había sido en realidad su primer amante, volteando la mirada para permitir que Thanatos lo desvistiera con asombrosa lentitud deteniéndose de vez en cuando para admirar su obra.

— Pero por fin estamos juntos, no es cierto, mi amor.

Pronuncio cuando por fin le quito la última prenda, las que a su parecer no eran merecedoras de su consorte, sus ojos recorriendo cada centímetro de su cuerpo desnudo, deteniéndose en las tres heridas provocadas por esa rosa y su descuidado afecto.

— ¿No curaron tus heridas?

Pregunto llevando su mano a la que estaba por encima del corazón, la que sin duda se lo hubiera arrebatado de permitir que la rosa concluyera esa venganza inventada por su hermano gemelo, la que logro herirlo a él y le causo su castigo, aquella que no pudo atender por su larga ausencia.

— No, cuando tú te fuiste me quede solo, esas mujeres, Verónica, ni siquiera Leuca estaban presentes, fue como si regresara a ese lugar otra vez…

Ese lugar debía ser su aldea, lo que no comprendía era porque abandonaron a su consorte cuando les ordeno a sus ninfas mantenerlo seguro, cómodo y alejado de aquella rosa, preguntándose si era por eso que su amante lo extrañaba, no porque lo necesitara a su lado, una acción que estaba obligado a corregir desde ese momento.

— También… también yo deseaba recordarme el odio de Albafica, como siempre he estado en un error y él nunca me amo, después de eso no creo que lo haga nunca, de hacerlo me habría perdonado por mi debilidad, pero no, él quería matarme, lo sé.

Thanatos guardo silencio, escuchando con atención lo que Manigoldo quería compartir con él, suponiendo que aquello era el principio, un primer paso para ganarse su afecto, probablemente su perdón, diciéndose que había sido una decisión acertada dejar que la rosa lo atacara, aunque hubiera pagado un precio muy alto en su persona.

— Lo que no entiendo… es el porqué, porque deseaba matarme.

Manigoldo sintió entonces que unas cuantas lagrimas comenzaban a brotar de nuevo de sus ojos, llevando sus manos a su rostro, odiaba cuando dejaba escapar sus sentimientos, jamás los podía controlar y eso era la razón por la cual, generalmente los tenía bajo control en una fachada de burla hacia el destino.

— Aun piensas en él.

Aquello no era una pregunta, más bien una declaración, no era justo contarle eso a Thanatos, no cuando se arriesgo como lo hizo para salvar su vida, después de su castigo, el que duro un año y debió ser terrible, pero no tenía nadie más con quien hablar, sólo el dios de la muerte, quien le miraba con una expresión sería, casi molesta, sin cuestionarle su dolor.

— No como antes lo hacía, pero aun así, pase toda mi vida creyendo que había algo especial entre nosotros…

De pronto guardo silencio dándole la espalda, rodeando sus rodillas como por reflejo, Thanatos no deseaba escuchar a su consorte pronunciar ni siquiera el nombre de aquel detestable veneno, pero lo mejor era ser paciente, mostrarle porque era el dios de la muerte no violenta, su protector, su esposo y compañero.

— Probablemente no quieras escuchar esto.

Finalizo Manigoldo, cerrando los ojos, sintiendo como Thanatos lo rodeaba casi con ternura por los hombros, tal vez invitándolo a continuar con su relato, sin tener que pronunciarlo, maldiciéndose de nuevo al no llegar a tiempo a esa aldea, diciéndose que de haberlo hecho no habría lastimado a nadie, que su consorte no habría tenido que pasar por tantas penurias a una edad tan temprana, sino que sería colmado de regalos, cuidados, de amor, aun la aldea que lo vio nacer.

— Tienes razón, pero aun así estoy dispuesto a escucharte Manigoldo, me doy cuenta que he sido muy injusto, que no te he demostrado que tan importante eres para mí, pero si me dejas rectificar mis acciones pasare el resto de nuestras vidas demostrándotelo, ahora, si no quieres confiar en mí, te llevare con tu maestro, te dejare libre bajo su cuidado.

Manigoldo permaneció tanto tiempo en silencio, permitiendo que los brazos de Thanatos lo rodearan con cuidado, que sus dedos recorrieran su cabello, que por un momento pensó que le pediría su libertad, pero de pronto, llevando sus manos a sus brazos, recargándose contra su cuerpo suspiro moviendo la cabeza de un lado a otro, negando aquella promesa de libertad que hacía un año le hubiera parecido maravillosa.

— Yo… no recuerdo mucho de mi pasado, olvide hasta mi nombre, los rostros de mis padres, aun la destrucción de mi aldea, lo único que recuerdo eran los edificios derruidos, el humo, el olor a podredumbre de los cuerpos que antes habitaban mi hogar, lo único que estaba presente para mí era la muerte, eras tú…

Thanatos llego demasiado tarde a esa aldea, vio los cadáveres, el fuego y el humo, aun los vestigios de los edificios, pero no a su consorte, quien se había marchado en busca de venganza, siguiendo al patriarca que lo convenció de su lealtad por esa diosa que no movió un dedo por los suyos, maldiciéndose por su falta de visión, él, un dios que poseía el don de la clarividencia no pudo adivinar que su amado estaba vivo, custodiado por la diosa Athena para convertirlo en un arma en su contra, justo lo que le prometió al patriarca que haría de haberse apoderado de su cuerpo.

— No sabes cómo te odiaba por llevarte a mi gente y dejarme a mi solo en esas ruinas, tal vez porque no era más que basura no me brindaste atención, llegue a pensar que me trataba de tu verdugo, tal vez tu mensajero, en ese entonces era demasiado estúpido, un mocoso que se creía importante.

El era mucho más valioso de lo que pensaba se dijo en silencio el dios de la muerte, tratando de que Manigoldo dejara de darle la espalda, llevando su rostro a su pecho, para que pudiera recargarse contra él, abrazándolo con mayor fuerza.

— Al llegar al santuario le odie en un principio, había tantos guerreros, los santos dorados eran tan poderosos que me pregunte, porque no hicieron nada por nosotros, porque dejaron que destruyeran mi aldea, que mataran a mis padres, a todos ellos, porque me dejaron sólo.

Aquellas palabras las dijo cargado de miseria, de odio, no hacia él esta vez, sino contra el santuario de Athena, los santos y aun la diosa que lo sedujo con sus mentiras, por un momento sintió que Manigoldo se tensaba de nuevo en sus brazos, para después llevar una mano a su pecho, recargándose contra él como si quisiera su protección.

— Casi me marcho, pero entonces lo vi, Albafica era lo más hermoso que había visto nunca y cuando supe que estaba condenado a estar solo, como yo lo estuve y a veces me sentía, pensé que éramos iguales, que había una extraña conexión entre ambos.

Thanatos no quería escuchar del deseo de su consorte por Albafica de Piscis ni de su conexión, lo que más deseaba en ese momento era que fuera borrado de su mente o que al menos, dejara de hablar de él con tanto dolor, como si no pudiera comprender sus acciones en lo más mínimo, ignorándolo a él cuando mostraba esa devoción por una sucia gota de veneno, estaban en su tálamo, la primera vez que se veían después de tanto tiempo y seguía pensando en él.

— Lo convertí en mi razón de ser, en la fuerza que me hacia entrenar con tanto esfuerzo, aquello que me llevaba a pensar que al tener una armadura podría ser feliz, sentirme completo, estaba tan obsesionado con esa… ilusión, que no me di cuenta que Albafica no me correspondía, ya ni siquiera sé si él me soportaba, pero seguramente supo desde un principio lo que era yo, lo que ahora comprendo es que sólo se trato de una mentira…

El dios de la muerte en ese momento sonrió, agradeciéndole a la noche, a Hades, a cualquier deidad olímpica, o no, que su fuego fatuo por fin comprendiera lo que llevaba tanto tiempo tratando de mostrarle, ellos no estaban hechos para estar juntos, no podrían amarse, no cuando su fuego fatuo fue forjado para él de las mismas llamas del infierno, un compasivo regalo de hades para aliviar su soledad.

— En este año me di cuenta que mi odio hacia ti era infundado, que todo lo que pensaba era incorrecto y que estoy demasiado cansado de pelear contra ti para recuperar mi libertad, que tal vez nunca la tuve, no cuando siempre he obedecido la voluntad de los dioses.

Esa no era la declaración de amor que hubiera esperado, pero era más de lo que merecía, pensó Thanatos, sintiendo como Manigoldo se alejaba de su cuerpo, no para escapar sino para poder mirarlo de frente, sin ocultar su denudes llevando una de sus manos a su pecho y a otra a su mejilla.

— Yo solo soy un humano, tú eres un dios, no tengo forma de vencerte, lo mejor es que deje que me cuides, que me brindes tu afecto, como siempre debió ser… porque… porque esto es un designio divino.

Finalizo besando de nuevo a Thanatos, quien respondió con gentileza, seguro que su castigo había valido la pena, por fin Manigoldo comprendía que no tenía otro lugar a donde ir, su consorte estaba en sus brazos, en su cama, ya ni siquiera su espíritu podría fugarse en busca de ese veneno, era como un ave en una jaula cuya única llave colgaba de su cuello.

— De alguna forma te extrañe, es absurdo, pero lo hice y no entiendo qué significa eso.

Aunque esa no era la descripción exacta de su fuego fatuo, la de un ave en una jaula, porque Manigoldo era por mucho más fuerte que eso, más bien, se trataba de una criatura del inframundo que sólo él pudo domesticar, no con la fuerza de su látigo, sino con la gentileza que le había mostrado hasta ese momento.

— Significa lo que te dije desde que pude recuperarte Manigoldo.

Susurro para sí mismo más que para Manigoldo, quien aun recordaba las palabras que Thanatos pronunciara antes de lanzarse al abismo, con las que lucho con toda su fuerza, pero que tal vez eran ciertas después de todo, de que otra forma podría extrañarlo como lo había hecho hasta ese momento si no fue creado para él, porque se sentía seguro en compañía de este dios si acaso no lo amaba, porque estaba tan nervioso de compartir su lecho creyendo que esta vez no tendría la fuerza para rechazarlo, porque regreso a él después de su castigo, cuando la belleza de sus ninfas era por mucho mayor que la suya, porque nunca le dejaría marcharse, porque siempre estaría a su lado.

— Tú eres mío y siempre lo serás.

Declaró con la certeza de quien sabe que ha obtenido lo que deseaba, Manigoldo por un momento no supo cómo reaccionar al hecho de pertenecerle a un dios, al de la muerte, pero cualquier pensamiento sensato se esfumo de su mente cuando Thanatos volvió a besarlo, esta vez recostándolo para limpiar con la punta de su lengua el camino salado que las lagrimas, las ultimas que alguna vez derramaría, recorrieron su rostro.

— Eso nadie podrá modificarlo nunca Manigoldo, ni aunque el mismo Zeus bajara al inframundo con su centella relampagueante para soparnos, lo lograría.

Alejándose para pronunciar colocando su mano derecha sobre su corazón, de la cual mano su cosmos uniéndose con el de Manigoldo, un acto que aun los mismos dioses del Olimpo habían olvidado, al mismo tiempo que una estrella negra como la que adornaba su propio rostro se marcaba en su frente, brillando por un momento, antes de desvanecerse de nuevo.

— Juro en nombre de todo lo eterno que yo soy tu dios y que conforme al derecho divino que se me otorga desde este día hasta el fin de los tiempos, prometo cuidarte de cualquier mal, amarte y respetarte como mi más amado tesoro, protegerte de tus enemigos, abandonar el deseo carnal por cualquier otro que no seas tú, ser tu soporte en la paz o en la guerra, en la salud o en la enfermedad y de llegar el momento en que alguna entidad, ya sea humana o divina, intente arrebatarte de mi lado, yo me vengare porque tú eres mío y yo soy tuyo.

En ese momento Thanatos sostuvo su mano derecha y de nuevo su cosmos mano desde su cuerpo como si fueran hilos negros que se entrelazaban con su propio cosmos, uniéndose al suyo, al mismo tiempo que unas plumas tan negras como el abismo, como las alas de unos cuervos eran dibujadas con energía oscura alrededor de su muñeca, rodeándola con lentitud, como si se tratase de un brazalete o un anillo.

— Ahora tu Manigoldo, jura que abandonaras tu fe por cualquier otro dios convirtiéndome a mí en la única deidad cuyos designios obedecerás, jurándome que desde este día me entregas por tu propia voluntad, tu alma, tu cuerpo y tú misma existencia, en esta y cada una de tus vidas, porque yo soy el señor que reina sobre ti, al que te consagraras desde este día hasta el fin de los tiempos como su amado consorte, su fiero soldado y su devoto creyente, aceptando mi comando, mi amor y mi dominio sobre ti, siéndome fiel, en tiempos de paz o de guerra, en la salud o en la enfermedad, de esa forma amarme, respetarme y adorarme hasta el último de tus alientos, porque tu serás la llama que calentara mi lecho, la columna que sostendrá mi templo y la espada que castigara a mis enemigos.

Aquellas palabras para Manigoldo sonaron como los votos de un matrimonio y dudo por un instante si acaso debía realizar ese juramento, entregarse a este dios por cada una de sus vidas, en la paz o en la guerra, pero debía recordarse que en realidad no existía ninguna respuesta más que aceptar ese juramento, porque al comer la granada se había transformado en un espectro, aun su armadura era tan negra como la del dios que yacía desnudo, recostado sobre su cuerpo, mirándole fijamente como esperando a que tomara una decisión, no existía forma alguna de escapar del destino, ni de los designios de los dioses que ya se lo habían entregado, por lo cual, tragando un poco de saliva tomo la decisión de besarlo antes de darle su respuesta tratando de acostumbrarse al sabor de su amante, el que le recordaba al mismo Yomotsu.

— Lo juro.

Respondió con firmeza sintiendo como las plumas que rodearon su muñeca se plasmaban en su piel, dejando un tatuaje negro que por un momento le quemo como el hielo, una sensación momentánea que se desvaneció en unos instantes, pero que aun así logro que un gemido escapara de sus labios, apretando la mano de su dios que lo sujetaba con fuerza.

— ¿Me amas?

Thanatos no deseaba realizar esa pregunta pero perdería la razón si no escuchaba la respuesta de los labios de su consorte, quien seguía debajo de su cuerpo, sus ojos fijos en los suyos, recuperando el aliento después de haberse entregado como se lo solicito, de la misma forma que Persephone lo hizo, pues fue ella quien le recordó aquel juramento, uno que ni siquiera el mismo Hades podría romper, mucho menos la diosa de la sabiduría.

— Aun no estoy seguro, pero...

Fue su respuesta sincera, la que fue precedida por los dedos de Manigoldo recorriendo sus facciones con demasiada lentitud, esta vez era él quien lo tocaba y Thanatos no quería interrumpir sus pensamientos, temiendo que si rompía esa momentánea tregua su consorte volvería a rechazarlo, alejándolo de él hasta que perdiera su último aliento, seguro de que cuando eso pasara, su fuego fatuo sería libre sin importar cuánto se esforzara por recuperarlo después.

— Intentare hacerlo.

Susurro entonces notando por primera vez la belleza del dios de la muerte, tratando de calcular su edad, aunque por supuesto eso era absurdo, era una criatura milenaria, haciendo que se preguntara si ese cuerpo era el real, pero juzgando por su tamaño creía que este debía serlo, la única forma de saberlo sería tratar de separar su alma del receptáculo de semejante poder, quien asintió, sonriéndole mostrándole demasiada paciencia, puesto que le estaba diciendo que no lo amaba pero aun así estaba tranquilo, como si aquella respuesta fuera suficiente para Thanatos.

— Estoy seguro que me amaras mi dulce fuego fatuo.

Respondió besando sus labios con delicadeza, silenciándolo con ese repentino movimiento que fue acompañado de las manos de Thanatos recorriendo sus costados, sintiendo como Manigoldo se recargaba en sus hombros en busca de apoyo, riéndose entre dientes cuando por su propia voluntad rodeo su cuerpo con una de sus piernas, restregándola contra él casi como por reflejo.

Al separarse un pequeño hilo de saliva unió sus bocas por unos instantes, sus labios estaban rojos por la pasión de aquel beso que sellaba como si fuese un broche de oro su juramento de entregarse a él, de adorarlo como su único dios, rechazando a los demás porque ningún otro podría poseerlo.

Thanatos lamio su cuello, depositando poco después una serie de besos delicados en su hombro, siguiendo un sinuoso camino en dirección de su pecho, deteniéndose en uno de sus pezones, al mismo tiempo que su hermano sufría los ataques de dos inmisericordes dedos que recibían los gemidos del espectro de cáncer como pago a sus esfuerzos, quien aun mantenía sus manos posadas en sus hombros, encajando con fuerza las puntas de sus dedos, dejando marcas rojizas en la piel blanca e inmaculada del dios de la muerte.

Quien antes de verse prendado de este mortal hubiera considerado aquellas marcas como una ofensa digna de castigo, pero ahora, sujetó a la pasión de su amante, quien gemía con los labios entreabiertos, sus ojos fuertemente cerrados y su cabeza ladeada, no podía más que sentirse satisfecho, mordisqueando la tetilla de su pecho, retorciendo a su hermana, recibiendo más gloriosos gemidos de placer, los que le demostraban lo mucho que disfrutaba de sus caricias, ahora que por fin se le había rendido, como siempre debió ser.

El dios de la muerte siguió su conquista del cuerpo de su consorte, deteniéndose repentinamente en su ombligo, el cual beso para después lamer con gusto, ingresando su lengua obsesamente en su interior como una imitación de lo que planeaba hacer con su querido cangrejo, al que hallaba mucho más hermoso que a cualquiera, al menos eso era ante sus ojos.

Manigoldo le hizo espacio entre sus piernas, aferrándose a los barrotes de la cama de momento, escuchando un ligero gruñido, señal de que su dios no apreciaba el que sus manos hubieran dejado de adorar su espalda, por lo cual, abriendo los ojos perdiéndose en el color prístino del dosel de su cama, sintiendo como la lengua de su dios seguía recorriendo su cuerpo, deteniéndose de momento en su ingle, abriendo aun más sus piernas al mismo tiempo que una de sus manos rozaba su entrepierna, un sentimiento delicado, casi etéreo que recibió un gemido mucho más fuerte de sus labios, sorprendiéndolos a ambos.

Pequeñas gotas de sudor recorrieron lentamente la piel de Manigoldo, deslizándose por cada uno de sus músculos, los que se tensaban de momento cuando la presión de las manos de su dios aumentaba, así como los besos que depositaba en su vientre, para después rodearlo con su boca húmeda, intercambiando sus dedos por su lengua, los que fueron a parar en sus nalgas, masajeándolas con más fuerza de lo habitual.

Manigoldo enredo entonces sus dedos en el cabello sedoso del dios de la muerte, arqueando su espalda cuando su orgasmo, tal vez provocado por el tiempo sin esta deidad en su cama, llego mucho más rápido de lo habitual, logrando que un pequeño gritito de placer se le escapara de los labios, así como aumento la fuerza con que se sostenía de su dios, respirando agitado poco después, cuando Thanatos recorrió su hombría con las puntas de sus dedos, llevando el liquido blancuzco a la boca de su consorte, quien le observo medio obnubilado, al principio rechazando su ofrecimiento pero después limpiando sus dedos con la punta de su lengua, sonrojándose aun más, desviando la mirada.

Thanatos se rió entre dientes al ver su vergüenza, lamiendo una gotita de sudor que resbalaba por una de sus cicatrices, deteniéndose de pronto cuando presintió que la mirada de su consorte estaba fija en sus acciones, como preocupado de que no encontrara agradable aquellas marcas de su cuerpo, pero para demostrarle lo contrario adoro cada una de ellas con su lengua, labios y dientes, separándose poco después para que pudiera ver la sinceridad de sus palabras.

— No temas, me gusta todo de ti, en realidad podrías tener una docena más de estas diseminadas por todo tu cuerpo, aun en tu rostro y yo seguiría deseándote.

El dios de la muerte volvió a besar sus labios llevando sus manos a la altura de su cabeza, reacomodándose sobre su cuerpo para comenzar a frotarse contra su entrepierna, deseoso de que sintiera su entusiasmo, recibiendo un ligero estremecimiento de su amante, así como un ligero gemido cuando volvió a pellizcar uno de sus pezones al mismo tiempo que mordía su cuello dejando una marca rojiza en la piel pálida de su cangrejo.

— Todo tú me encantas.

Susurro con su voz cargada de deseo, aumentando la fuerza de sus movimientos para de pronto detenerse en un instante, soltando sus manos para girarlo en la cama utilizando la sorpresa de aquel movimiento, elevando sus caderas al mismo tiempo que Manigoldo buscaba un punto de apoyo en las cobijas.

— Veo que me extrañaste Manigoldo…

Thanatos estaba seguro de ello, de que otra forma su consorte cooperaria como lo hacía en ese momento si no extrañara sus caricias, el espectro de cáncer apenas pudo aferrarse a las sabanas de la cama antes de sentir como la lengua de su dios se abría paso en su cuerpo, ayudada por un par de manos que lo habrían casi de de par en par.

— Se que has pensado en mí cuando estabas solo en este cuarto pero me pregunto si llegaste a complacerte imaginándote que era yo quien te brindaba placer con mis caricias.

Manigoldo abrió los ojos casi desorbitadamente al sentir como dos dedos se hacían paso donde antes la lengua de Thanatos había conquistado su cuerpo, escuchando las palabras del dios que suponía lo había extrañado, que no sólo eso, sino que también se había estimulado pensando en él.

— Pero no lo hiciste, no es verdad mi amado fuego fatuo.

Thanatos no le dejo responder a su declaración ingresando otro dedo, buscando su próstata, notando como su sexo iba despertando lentamente, el cuerpo de su cangrejo se pintaba de rojo así como una serie de gotitas de sudor le recorrían traviesas llamándolo a probarlas y lo hizo, lamiendo la espalda de su consorte, quien gimió con fuerza, esta vez mordiéndose los labios para ocultarle su placer.

— Esto solamente yo puedo dártelo, sólo yo sé cuánto te gusta que admiren tu cuerpo y donde tocarte para que te sientas en el paraíso.

Susurro en su oído, mordisqueando poco después su oreja, escuchando más de sus canciones encontrando el punto indicado que tanto placer le brindaba, maravillándose con su estreches, riéndose de su absurdo, claro que no sería de otra forma, el había sido su primer amante y nadie más que el podía llegar a su cangrejo, a su impúdico fuego demoniaco, de eso se encargo Persephone, pero que Manigoldo hubiera rechazado el complacerse a sí mismo, aquello si era una sorpresa, una muy grata.

— ¡Tienes que hablar tanto!

Manigoldo apenas podía sostenerse con sus piernas abiertas, su cadera levantada y cuatro dedos de su dios en su interior, tocando su próstata con insistencia, al mismo tiempo que con su otra mano atendía su erección, logrando que sus gemidos no pudieran ser acallados, aunque lo intentara por unos instantes, hasta que Thanatos volvió a morderlo, esta vez su hombro, encajando sus dientes con tanta fuerza que broto un hilito de sangre.

— ¡Maldito bastardo!

Lo insulto con esa deliciosa insolencia, logrando que riera al escucharle, separando sus dedos de su cuerpo para penetrarlo de un solo movimiento, Manigoldo al sentirlo casi grito buscando una forma de apoyarse para resistir sus poderosos embistes, seguro que Thanatos estaba dispuesto a partirlo en dos.

— ¡Basta!

Pronuncio de pronto, no estaba listo para eso y se lo hizo saber, pero Thanatos no le escucho siguiendo con el movimiento de su cadera, sosteniéndolo con fuerza, casi encajando las uñas de sus dedos en su piel delicada, escuchando que los quejidos de su amante aumentaban el ritmo y la fuerza con los que eran pronunciados.

— ¡Por favor!

Thanatos al escucharlo se alejo de su cuerpo cambiando su postura, recostándolo esta vez en la cama, maldiciendo su premura pero no podía controlarse por más tiempo, Manigoldo debía comprender que un año sin tenerlo entre sus brazos era demasiado para él, aun así, besando sus labios de nuevo, tratando de que su joven amante se relajara un poco volvió a penetrarlo, pero esta vez con mayor suavidad, deteniéndose cuando sintió que los dedos de su consorte se encajaban en sus muñecas y dibujaba una erótica mueca en sus facciones.

— Si pudieras verte en este instante Manigoldo, sabrías porque me es tan difícil controlarme.

Pero ya se había visto, se recordó aquella ocasión en su propio templo, escuchando en ese momento el sonido de alguien moviéndose a las afueras de su cuarto, notando de pronto que los estaban viendo, varias de sus ninfas tal vez al escuchar los sonidos pronunciados por ambos quisieron ver que ocurría, ellas estaban ocultas detrás de una de las puertas, actuando como unas mironas, deseándolo y odiándole.

— Eres tan sensual cuando te entregas a mí de esta forma, tan apretado, tan delicioso…

Manigoldo abrió los ojos acostumbrándose lentamente a la sensación de la hombría de Thanatos en su cuerpo, no la recordaba de aquella forma, tal vez porque esta era la primera vez que lo dejaba tenerlo sin oponer resistencia, odiándose repentinamente por ello, rodeando las muñecas de su dios con sus propias manos, las que estaban fijas en su cadera.

— ¿Qué… que estás haciendo?

Pregunto, jadeando cuando Thanatos se movió solo un poco, relamiéndose los labios después al darse cuenta que Manigoldo comenzaba a acostumbrarse a esa sensación, aferrándose a sus muñecas, completamente avergonzado por su actitud hasta ese momento, despertando del extraño transe en el que había estado sumido, tal vez debido a la soledad o al ritual que había pronunciado.

— Permitiendo que te acostumbres a mí.

Respondió con facilidad, empujando su hombría más adentro, buscando la próstata de su amante, quien al sentir como era acometida por su sexo gimió, apretando sus muñecas con mayor fuerza, rodeándolo con sus piernas permitiendo que entrara más profundo, jadeando cuando su consorte aplico algo de fuerza, un sentimiento que a los dos les brindo placer.

— Pero ya lo hiciste Manigoldo y ahora, necesitas más de esto…

Thanatos entonces dio un fuerte embiste que fue recibido por un jadeo de Manigoldo, quien seguía sosteniéndose de su cuerpo, cambiando sus muñecas por su espalda, comenzando a dejar un pequeño mapa en ella, sin poder controlar su cuerpo, sólo perdiéndose en el placer que este dios le brindaba, encontrando mucho más fácil rendirse ante sus caricias que seguir enfrentándosele.

— Mucho más, no es así…

Los embistes de Thanatos cada vez eran más fuertes y más seguidos, hasta que de pronto, Manigoldo se vio inmerso en un vaivén que parecía no terminar, acompañado de su sexo, el que fue reclamado por una de las manos de su dios, quien no dejaba de mirarlo, besando sus labios, lamiendo cada centímetro de piel a su alcance, acompañando con sus jadeos la música que él producía con sus labios, vaciándose en su cuerpo después de algunos momentos que le parecieron durar demasiado poco esta vez.

— Aun para ti no es suficiente…

Pronuncio el dios de la muerte con su voz turbada de deseo, cuando él se recostó boca abajo recargándose en sus codos tratando de recuperarse de los placeres que su amante le había brindado, sintiendo como Thanatos recuperándose demasiado rápido del orgasmo se recostaba sobre su cuerpo, apresando su hombría contra el colchón, la que estaba a punto de manchar la sabanas.

— ¿Qué diablos haces?

Manigoldo apenas pudo moverse antes de que Thanatos volviera a poseerlo, penetrándolo esta vez con mayor facilidad, brindándole caricias con las manos que sólo habían brindado muerte, rodeando su sexo con su mano para evitar que se vaciara hasta que el tuviera suficiente de su cuerpo, o al menos, hasta que pudiera tenerlo una vez más.

— Ya te lo dije, parece que nunca tengo suficiente de ti…

Dándose cuenta que nunca lo era, al menos no para él, embistiendo a su amante que resistió sus caricias hasta el final, vertiéndose en su mano al mismo tiempo que él se vaciaba en su cuerpo, llenándolo con su semilla, jadeando en su oído, dejándolo ir para ver como su semilla brotaba de entre las piernas de su fuego fatuo.

— Ni de tus gemidos…

Permitiendo esta vez que Manigoldo se derrumbara en su cama, respirando de forma pausada, sus ojos ligeramente nublados, cubierto de semen y sudor, así como de todas las marcas de la pasión del dios de la muerte, que a su vez estaba en las mismas condiciones que su amante, por primera vez saciado al yacer con uno de sus elegidos, los que nunca antes habían sido humanos, pero no era de extrañarse, puesto que este se trataba de su consorte, aquel ser creado exclusivamente para él.

— Ni de tu calor…

Pronuncio Thanatos para Manigoldo, quien parecía exhausto con apenas ese asomo de pasión que le había mostrado, quien se retorció cuando sintió que recorría una de las marcas de su cadera, la que se veía demasiado dolorosa, admirando su obra como quien está orgulloso de ella, lamentando que todas las marcas en el cuerpo de su amante, las que eran una prueba fehaciente de semejante pasión se borrarían cuando lo curara, porque no necesitaba de Leuca para atender a su consorte, aunque pensándolo con detenimiento no le veía ningún sentido a borrarlas, al menos aun no se dijo en silencio, besando su hombro y después su espalda.

— ¿Qué más vas a hacer conmigo?

Thanatos al escuchar esa pregunta llevo una de sus manos a la altura de sus caderas, riéndose cuando Manigoldo no se hizo a un lado pero pareció quejarse, al mismo tiempo que besaba su mejilla, para finalizar por sus labios escuchando un ligero quejido de su consorte, sin responder aquella pregunta puesto que sería demasiado larga y en vez de tranquilizarlo probablemente lo asustaría.

— Tengo muchas ideas en mente, pero primero debes descansar Manigoldo, eso sería lo mejor.

Respondió besando su sien, recostándose a su lado para poder acurrucarse a su lado, rodeando su cuerpo con sus brazos primero por la espalda, sintiendo que Manigoldo se volteaba, recargando su rostro contra su pecho como si quisiera usarle como una almohada, cerrando los ojos para tratar de dormir un poco, a pesar de saberse en los brazos de la muerte, una que nunca tenía suficiente de su cuerpo y a la cual ya se había entregado.

— Como si pudiera dormir en tus brazos…

Se quejo con cierto sarcasmo, sintiendo como Thanatos los limpiaba a ambos para después cubrirlos con una de las sabanas, ignorando sus palabras de momento ya que había demostrado pasión por sus caricias, que más daba que sus labios quisieran seguir mintiéndole, porque tenía razón en una cosa, el no podría dormir con su preciado consorte entre sus brazos, además, de que le servían sus palabras cuando quien se había rendido era él.

— Podríamos continuar con nuestros placeres, pero no creo que tu cuerpo lo soporte…

Aquella declaración recibió la respuesta esperada, porque Manigoldo se sonrojo inmediatamente y trato de separarse de su cuerpo, siendo imposible para él, Thanatos lo abrazaba con fuerza, recorriendo su cabello con las puntas de sus dedos, con la misma gentileza que le daba escalofríos.

— Bastardo…

Susurro entonces, olvidándose de sus intentos por escapar de sus brazos, cerrando los ojos para recuperarse de su esperado regreso, sintiendo en todo ese momento como Thanatos no dejaba de tocarlo, sus ojos fijos en su figura medio dormida.

— Esa dulzura Manigoldo…

Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo

Hypnos al sentir el cosmos de su hermano decidió visitarlo con premura, olvidando que su consorte estaba en su templo, seguro de cualquiera de sus intentos por eliminarlo, encontrando a varias ninfas que custodiaban al dios de la muerte, las que susurraban algo sobre un demonio escapado de los más profundos abismos del infierno.

Esa descripción le quedaba pensó el dios del sueño abriéndose paso, escuchando como trataban de advertirle que no le gustaría lo que su hermano estaba realizando a sus espaldas, pero no era a sus espaldas que lo hacía, sino sin importarle sus deseos o su afecto, Thanatos en ocasiones era demasiado cruel.

Al ingresar en la habitación lo que vio fue a Thanatos desnudo estirando sus músculos, quien al verlo no hizo nada para disimular su desnudes, ni las marcas que manchaban su prístina piel de porcelana.

— ¿Nunca has aprendido a tocar Hypnos?

El dios del sueño pudo ver con facilidad como aquellas marcas, las que laceraban su espalda eran uñas, claras señales de un encuentro de pasión, las que de momento pudo recorrer, tal vez porque su hermano quería que las viera, mostrarle su deseo por ese humano.

— Antes no lo necesitaba.

Respondió observando de reojo el lecho en donde el mortal yacía desnudo, completamente dormido sobre varios almohadones, con una sabana apenas cubriendo su sexo, llamando la atención a su piel cubierta de moretones, algunas mordidas y otras marcas resultado de la pasión de su hermano por un mortal, un mero humano que aun no podía destruir.

— Es cierto, pero ahora no creo que Manigoldo se sienta seguro en tu presencia.

Aquella respuesta fue demasiado cruel para Hypnos, quien vio como su hermano se cubría con su túnica, con tanta gracia como era su costumbre, pero evitándole disfrutar de su cuerpo celestial, parecía que lo que decían las ninfas era cierto, Thanatos había perdido la razón.

— No curaras tus heridas.

Pronuncio entonces, notando como Thanatos seguía admirándolas en un espejo, riéndose por su preocupación, notando que Manigoldo se retorcía en sueños perdiendo el último tramo de la sabana, buscando su cuerpo al otro lado del colchón.

— No, me gustan, eso demuestra la pasión de mi consorte divino, querido hermano.

Hypnos entonces lo noto, en la muñeca del humano había un tatuaje plateado, casi transparente de unas alas de cuervo, las que correspondían con la forma de su hermano, con la armadura y las alas que en ocasiones portaba en los campos elíseos.

— ¿Uniste tu divinidad a esa miserable criatura? ¿Acaso has perdido la razón?

Thanatos de pronto se puso muy serio avanzando en dirección de Hypnos, sujetándolo de la barbilla como si fuera a besarlo, pero en vez de eso llevo sus labios al oído del dios de cabellera dorada, dejando unos cuantos centímetros de distancia para que pudiera sentir su frío aliento.

— No, por el contrario, nunca he sido más sensato Hypnos, tú eres mi hermano y te quiero, pero no como lo hago con Manigoldo, él despierta algo de lo que yo pensé carecía, lujuria, deseo, amor, todos los sentimientos que hasta este momento yo despreciaba, así que haznos un favor si quieres conservar lo poco que tienes de mi, deja en paz a mi consorte.

Hypnos ya no dijo nada, porque no era necesario, su hermano comprendía perfectamente que no lo haría, así que si deseaba que esa despreciable criatura siguiera con vida, no podría dejarlo solo jamás, porque en ese momento, él lo liberaría de su cadena.

Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo

Manigoldo despertó aun desnudo, cubierto con la sabana y percibiendo un aroma delicioso, el cual provenía de los manjares que Thanatos había hecho traer para su consorte a las mimas ninfas que se atrevieron a espiarlos, quienes no parecían demasiado arrepentidas pero aun no entendían el porqué de su deseo por su consorte.

— Ya despertaste.

Le informo Thanatos sentándose a su lado, tomando una de sus manos para besarla con delicadeza, al mismo tiempo que tres ninfas servían su alimento, algo de vino y traían algo que parecía ropajes de color blanco.

— ¿En serio crees eso?

Thanatos no espero a que sus ninfas terminaran de arreglar la túnica blanca que había creado para su amante, ellas no estaban para juzgarlos y tomando una tostada con algo de mermelada de color naranja brillante, la llevo a la boca de Manigoldo, para que comiera de ella.

— Eso creo, aunque podría darte un beso de buenos días, así me aseguraría que realmente estamos despiertos y no es una ilusión, porque no soportaría que tu entusiasmo fuera solo un dulce sueño.

Las mejillas de Manigoldo se pintaron de rojo brillante, primero cuando el dios llevo la tostada a su boca y después al recordar todo lo que había hecho, en especial como le había respondido, preguntándose que ocurrió con él para consentir actuar los depravados actos del dios de la muerte.

— Así estoy bien, gracias.

Respondió segundos antes de que Thanatos le robara un beso, levantándose poco después en busca de la túnica que había decidido su amante vestiría de ahora en adelante, un ropaje exquisito, mucho más acorde a los campos elíseos y la masculina belleza que poseía su consorte.

— No, no es un sueño.

Manigoldo se levanto abandonando el desayuno que Thanatos había dejado en su cama, buscando su ropa de inmediato, no le gustaba permanecer desnudo mucho tiempo, notando que no estaba por ninguna parte, sólo los lienzos blancos que su dios admiraba con detenimiento, preguntándose qué era eso y si se suponía que debía vestirse con ello.

— ¿Qué diablos es eso?

Aquella pregunta llamó la atención de Thanatos, quien se lo mostro con orgullo, durante toda la noche sus ninfas lo habían creado para él, creyendo que sería él quien lo portaría, claro que su receptáculo humano, aquella que no estaba dispuesto a portar por más tiempo.

— Esto es tu nueva ropa, es mucho más acorde para el consorte del dios de la muerte y para la belleza de los campos elíseos, no lo crees así.

La tela era preciosa, tan blanca como las sabanas de su lecho y la túnica que cubría la armadura negra de su dios, no había ningún detalle que pudiera considerarse femenino, en realidad, era como sacado de uno de los libros de historia de su maestro, aun el cinturón con estampado plateado que parecía un lienzo de seda.

— No me pondré eso.

Pronuncio notando que la túnica dejaba sus hombros descubiertos, así como parte de su pecho, no demasiado, apenas podrían verse las clavículas y el hueco que se formaba entre ambas, aquel que Thanatos parecía encontrar especialmente erótico si el moretón que tenía sobre este era una muestra de ello.

— Por mi puedes andar desnudo, no me molestaría, aunque mis ninfas creerán que eres un demonio sacado del más profundo de los círculos del inframundo…

Aquello lo dijo riéndose al ver su molestia y como se lo ponía a regañadientes, notando después de amarrar el lienzo plateado alrededor de su cintura, que este colgaba, escondiendo una abertura del lado derecho que llegaba hasta su cadera, al menos, eso trato de hacer, porque al caminar estaba seguro que sus piernas podían verse, junto a las inequívocas huellas de los dedos que Thanatos había dejado marcados en su piel.

— ¿Qué se supone que es esto?

Susurro dando un brinco involuntario, más debido a la sorpresa que a sentir desagrado por la frialdad de la piel de su dios, cuando sintió la mano de Thanatos recorrer su muslo, introduciéndose por debajo del lienzo plateado, alejándose lo suficiente para apartarse del dios de la muerte, quien se limito a sonreír con esa egocéntrica expresión suya.

— Ropa de épocas lejanas, Manigoldo, pronto te acostumbraras a ella.

Era diferente al que le hizo portar los primeros días de su encierro, al menos esta llegaba hasta su pantorrilla, pero de todas formas le hacía comprender que no había forma de marcharse, que su decisión estaba tomada y que esta era ser el consorte de la muerte.

— Ven, siéntate junto a mí, se que tienes hambre.

Le insto a sentarse junto a él, ofreciéndole otra tostada de una fruta que jamás había probado, la que crecía en tierras cálidas, donde siempre brillaba el sol, la clase de manjar que un santo dorado no puede permitirse.

— Y que esto te gustara.

Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo-Inframundo- Inframundo

Hola de nuevo, lamento la enorme tardanza, casi dos semanas, pero es que mi trabajo me tenía con un grillete en el tobillo, lo juro, pero aquí está un nuevo capítulo de inframundo, espero les guste.

Poco a poco los santos dorados comienzan a caer en la trampa del dios Thanatos y del juez Minos, sin embargo, aun existe la posibilidad de que recuperen su libertad, por lo que seguimos con la misma pregunta de siempre.

¿A quién le gustaría que los espectros terminen seduciendo a sus premios, por lo tanto, que se ganen el perdón de sus amantes?

Más otras dos diferentes…

¿Minos escuchara las palabras de Radamanthys?

¿Qué creen que pase con la odiada flecha de Cupido?

Si tienen alguna duda o sugerencia por favor déjenmela saber y tratare de responderla en el siguiente capítulo, por pequeña que sea, siempre me da ánimos saber de ustedes.

Por el momento me despido, muchas, muchas, gracias.

Bye.

Seiken.