NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE NICK, UNICAMENTE ME DIVIERTO ESCRIBIENDO ESTAS HISTORIAS BASADAS EN EL MUNDO QUE HAN AYUDADO A CREAR.

Ya volví, al fin, con otro capítulo para esta historia. He estado leyendo más fics de animes, cartoons y libros, así que decidí cambiar un poquito las notas del autor. Como estoy agradecida de que lean y comenten mi historia, he decidido devolverles el favor interactuando más con ustedes, por ello, agregaré una sección "Revisión de Comentarios" o "Revisión de Reviews" en relación a lo que me escriben. Esto se agregará en todos mis fics. Comenten si es que les agrada.

Lizmi: De hecho, el capítulo anterior fue algo corto en comparación con otros que he escrito. En este se detalla más la pelea, así que tiene algo de acción. Las cosas se pondrán tensas y habrá mas acción a partir de este capítulo.

Powed: Si, el que Toph se enamorara fue una idea que siempre me tentó, pero que por su edad en la serie simplemente no se prestó. La usaron más como un personaje de comedia y firme carácter; salvo algunos capítulos en los que se ruboriza por comentarios hacia Sokka, no se ve más de sus sentimientos. Por eso en este fic quise ponerla más femenina, acorde a su edad. Y coincido completamente contigo sobre el final de la serie ¿Un beso nada más? Ciertamente había mucho mucho qué hacer y en qué pensar.

NisseBlack: Me alegra que pudieras comentar el capitulo anterior; esa idea de visitar a los padres de Mamuro me pareció importante, para marcar la seriedad de la relación. Y me alegra que te gustara.

Por el momento solo dejaré estas respuestas, en capítulos venideros dejaré más.


Capitulo 28.

Ataque y Pérdida, Parte 2.

Katara estaba corriendo por el enorme pasillo que llevaba hacia el patio. Quince espadachines y maestros fuego la perseguían. Con sus poderes sostenía en su mano derecha la pequeña cantidad de agua que cogió de un vaso antes de salir huyendo. El fuego que le mandaban los maestros era cada vez más difícil de esquivar. Los espadachines le lanzaban grandes cantidades de cuchillas.

Saltaba, se volteaba, gritaba, esquivaba ¡Hacia todo por sobrevivir! Pero sabía que si agua no le quedaba mucho tiempo. Corrió aún más rápido, sus piedras empezaban a dolerle reclamando descanso ¡Pero no era momento de detenerse! Debía correr.

Si quería vivir tenía que correr. Así de simple, así de sencillo.

No supo cómo ni con qué se tropezó. La gravedad la atrajo al piso pero ella puso sus manos firmes en el suelo, usando la fuerza en sus brazos rebotó y pudo impulsarse para hacer una marometa en el aire antes de caer nuevamente el piso, de cuclillas. En esa posición duró pocos segundos, los justos para que una enorme bola de fuego cayera al lado suyo; la onda de calor que expandió la misma le quemó ligeramente el codo derecho. Ella emitió un pequeño grito de dolor, al tiempo en que se paraba y corría.

Finalmente la gran puerta de caoba abierta al final de pasillo fue perceptible. Sonrió con ganas mientras sentía el viento suave golpear su cara cuando estuvo al Aire libre. Dio una brusca vuelta a la derecha, ángulo en el que una navaja rozó su brazo. Katara chilló de dolor pero no se detuvo.

Al contrario, al sentir la sangre deslizarse por su brazo, manchando su ropa, un coraje recién renovado aumentó sus fuerzas y aquello le dio la energía para llegar al lago. Se hundió en el agua y sintió su gran poder.

Se alzó en un torbellino de agua enorme con el cual repelió los primeros ataques de los espadachines y maestros. Cinco látigos de agua, bajo su control, apresaron a diez hombres lanzándolos al aire y congelando a otros. Quedaron ocho hombres que ella inmediatamente atacó. Uno le lanzó un enorme cuchillo que quedó clavado en la barrera de hielo que Katara creó.

No se dio cuenta la morena que, mientras rechazaba ese ataque, un maestro fuego se posaba tras de ella. Katara luchó contra el tiempo en un intento de parar con agua el látigo de fuego que le mandó y al mismo tiempo, la cuchilla que amenazaba con clavarse en su pecho. Su destreza emergió nuevamente y pudo derrotar a los ocho contrincantes en pocos minutos más.

Suspiró aliviada, mientras pensaba ¿De dónde salieron esos hombres? ¿Porqué los atacaban? En medio de aquellos pensamientos pudo recordar a sus amigos, a su hermano ¡Todos! ¡Todos fueron atacados!

Con sus poderes sostuvo en sus manos una gran cantidad de agua, corrió hacia la cocina bendiciendo no encontrar ningún enemigo y agarró cinco cantimploras, donde puso el agua. Se las colgó del hombre y se fue corriendo en busca de sus amigos ¡Ella los debía ayudar!

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Sokka desenvainó su espada. Miró de reojo la puerta detrás de él; sonrió al verla completamente cerrada, ahí estaba Suki cuidando de Hanh. Les dirigió a los espadachines frente a él una mirada furiosa, gélida.

Ellos no le prestaron atención a la fiereza de sus ojos y se le abalanzaron ondeando las brillantes espadas. Cinco contra uno. Y la pelea aún así era justa.

La negra espada de Sokka (que empeñó el chico en recuperar tan pronto terminó la guerra) se movió en sus manos como si fuera una pluma. Ligera, flexible, ondeante. Fiel a su amo, la espada parecía moverse sola con el único fin de protegerlo. Se interpuso entre todas las estocadas que aquellos cinco guerreros quisieron hacerle. Pero cada una fue detenida y desviada.

Los pies de Sokka se movían ágilmente, el equilibrio era esencial en el manejo de la espada. Sus músculos, formados, emplearon toda la fuerza que poseían; los ojos de Sokka adquirieron durante el enfrentamiento una mirada mucho más aguda de lo usual y su mente viajó notando pequeños errores en el empleo de la espada por parte de sus atacantes. Tenía claramente la ventaja.

A dos les quitó la espada, lanzándoselas lejos. A los tres que quedaron, les dio una estocada profunda en el pecho o costado, dejándolos adoloridos e incapaces de luchar contra alguien.

Con una sonrisa en el rostro, producida por la satisfacción de verse tan buen maestro en el arte de la espada, salió corriendo con el fin de eliminar a más guerreros encapuchados.

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Mai no era débil. Ser la Señora de Fuego, gobernante, futura madre, no la hicieron débil. Bajo sus bellas túnicas de Reina guardaba aún aquellos filos que en sus manos se tornaban increíblemente peligrosos. Su mirada fría volvió y sus gélidos ojos posaron su vista en aquellos enemigos, parados frente a ella, amenazándola con espadas en sus manos.

El ceño se le frunció detonando furia y alertando el peligro hacia los demás. Ellos únicamente sonrieron con malicia. Dos de ellos lanzaron sus espadas que volaron por el aire. Mai esquivó aquellas espadas con facilidad y luego las agarró para lanzárselas con una precisión aún mayor. Sonrió cuando vio que una de ellas se encajaba exitosamente en el brazo de un oponente, que chilló antes de caer al suelo adolorido y con sangre emanando de él.

Lanzó cinco cuchillas de su brazo izquierdo que no pudieron ser esquivadas y clavaron en la pared a otro adversario. Quedaban solo cuatro. De esos cuatro dos le lanzaron sus espadas y ésta vez le cortaron un mechón de cabello. Molesta e indignada, ella agarró ambas espadas lanzándoselas y al mismo tiempo les lanzó diez cuchillas de sus mangas. Todas dieron en el blanco. Las dos espadas se les encajaron a los dos enemigos y las cuchillas clavaron en la pared al otro.

Ahora solo había uno.

Miró intensamente a ese oponente suyo. Había algo en él que no le despertaba la más mínima confianza. Aún cuando ella empleaba ese porte de dignidad amenazadora ante ese maleante, muy dentro de ella sabía que estaba en desventaja. Su vientre, en donde estaba formándose una vida, comenzaba a dolerle. Su rostro ni sus movimientos demostraban en lo más mínimo aquel dolor, Mai sabía que si le daba alguna pista a ese espadachín de su debilidad la aprovecharía y moriría sin remedio.

Morir no era una opción. Pero el dolor seguía ahí. Cada segundo equivalía a una punzada, cada vez de mayor dolor. Sentía una inmensa preocupación ¿Qué le pasaba? ¿Acaso estaba mal su hijo? Luchó por mantener una mirada fiera a so oponente. Lo consiguió, sus ojos no eran menos fríos que antes. Y sin embargo, ahí estaba ese dolor tan horripilante.

Su enemigo dio un paso hacia delante mientras sacaba una pequeña cuchilla de su pantalón. Ella inmediatamente puso frente a su ella sus manos en la posición idónea para lanzar una navaja más grande y filosa de su comportamiento. Su aguada mirada adivinó la trayectoria que aquel hombre quería ejercer en la cuchilla y dio un precipitado movimiento a la derecha: su error fatal.

Aquel hombre sonrió cuando se percató de que funcionó su finta. Cuando ella se movió a la derecha, pretendiendo esquivar la cuchilla que adivinó lanzaría a la izquierda, cayó en su trampa. Le lanzó a cuchilla a la derecha. Mai mostró sorpresa por ello, y lanzó también su navaja. Los filos se movían rápidamente por el aire y esquivarlos era difícil, porque el solo hecho de verlos representaba un reto. Ella, por instinto, se llevó sus manos al vientre e intentó agacharse, cerrando los ojos.

Cuando llegaron los guardias, armados, encontraron a ese adversario tirado en el suelo, empapado de sangre y con la navaja de Mai incrustada en su pecho, justo en el corazón. Y también, a su Señora de Fuego, tumbada y desmayada, con la cuchilla ligeramente enterrada en su abdomen.

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Momoko lanzó una enorme piedra hacia uno de los enemigos, lanzándolo lejos y haciendo que se le cayera la espada de sus manos. Corrió y agarró la espada, arrojándola con coraje hacia otro espadachín que se le acercaba amenazadoramente. El espadachín se quitó con facilidad la espada que iba directo hacia él; pero eso le distrajo lo suficiente como para que una llamarada le cayera enfrente, asustándolo y dejando a Momoko atraparlo entre filosas piedras.

Sango creó un enorme pulpo de agua con el cual luchó hasta el cansancio con siete enemigos que fueron, unos congelados, y otros quedaron completamente inconscientes por los horribles golpes que Sango les dio usando látigos de agua.

Y Naoko también participó mucho. Sus látigos de fuego fueron suficientemente calientes y rápidos como para detener toda espada o navaja que se le quisiera anteponer y además, dejó heridos de gravedad a los espadachines, venciéndolos.

Momoko sacó toda su ira con esas peleas tan intensas. Pero no era una ira buena. Estaba siendo demasiado ruda, casi sanguinaria. Sango y Naoko vieron con horror cuando, tras tumbar a un espadachín, controló una piedra afilada y con ella comenzó a pegarle tantas veces que le desfiguró la cara.

-¡Momoko, basta!—gritó Sango, empujándola.

Momoko recuperó la razón y dejó caer la piedra.

-Yo… lo siento. No sé que me pasó.

-Ya nos dimos cuenta—replicó Naoko, viendo con lástima al chico ahora sin rostro.

-Se trata de defendernos, Momoko, no de destruirlos.

-No me vengas con esos discursos. Mejor vayámonos a ayudar a los demás.

Momoko se paró y comenzó a correr con gran velocidad hacia el otro patio, donde sabía que estaban los demás. Naoko y Sango se miraron fijamente.

-Momoko ya me está preocupando—dijo la maestra fuego.

-A mí más ¿No deberíamos hablar de esto con el Maestro Aang?

-Para mí que ya nos tardamos.

Ambas chicas asintieron.

-¿Después de que termine la batalla?

-Después—afirmó Naoko.

Tras ese acuerdo, se echaron a correr también. Tenían una gran condición física y por ello, sus piernas se movían con fluidez, rapidez; no tardaron más de cinco minutos en cruzar los pasillos del Palacio y llegar al otro patio.

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Toph finalmente llegó al Palacio. En el umbral había varios encapuchados luchando contra los soldados. Hundió a todos los encapuchados en la tierra, dejándoles solo la cabeza al aire. Entró al Palacio y se percató, gracias a sus pies, que la más intensa de todas las peleas se estaba llevando en el patio oeste.

En el patio oeste había cincuenta enemigos, parados todos contra Katara, Zuko, Sokka y Aang. Toph se les unió a sus amigos y comenzaron la pelea contra aquellos encapuchados.

Katara peleaba fieramente con ayuda de látigos enormes de agua. Zuko hacia gala de sus habilidades como Maestro Fuego mejorado; Sokka, tras la angustia, estaba feliz ¡Finalmente podía luchar con la espada como era debido! Y Aang con solo usar el poder del aire, llevaba una gran ventaja.

Toph se les unió y a los pocos segundos llegaron Momoko, Naoko y Sango. Claramente los cincuenta encapuchados estaban en completa desventaja y aquello fue su perdición.

Tras vencerlos a todos, cayeron en la cuenta de que realmente no eran tan poderosos. Durante la guerra, las peleas eran intensas, acaloradas, desesperadas; nunca se sabía, al iniciar una batalla, si saldrían de ella con vida. Los soldados estaban siempre bien entrenados y equipados con horribles armas, pero eso no era lo peor: su entrenamiento les indicaba nunca darse por vencidos, peleaban siempre hasta el final.

En cambio, estos intrusos usaron el factor sorpresa para atacarlos. Eran espadachines buenos, pero aún así Sokka les ganaba ¿Y Cuándo, un simple espadachín podría enfrentarse a los mejores maestros del mundo?

-No eran muy fuertes—dijo Toph—No fue muy emocionante.

-No—contestó Aang, pensativo.

-¿No deberíamos encerrarlos?—Pregunto Katara, señalando a un espadachín que parecía recuperar la conciencia.

-Si—contestó Zuko.

Como Señor de Fuego, Zuko comenzó la ardua labor de devolver el orden al Palacio. Los doctores y las enfermeras llegaron pronto para atender las heridas, primero de los soldados del Palacio, después de los heridos enemigos.

Mandó a los soldados llevar todo herido a la enfermería y de ahí, a prisión. Fue mientras recorrían al palacio que supieron acerca de Mai y Ursa.

La primera estaba herida de gravedad. Zuko se sintió el peor marido del mundo al no poder proteger a su esposa de aquella invasión. La cuchilla se le había clavado en el abdomen con un ángulo brusco que hacía muy difícil sacársela.

Ursa, en cambio, estaba completamente desaparecida. No la encontraban en su habitación. Buscaban por todo el palacio, pero simplemente no aparecía. Era como si hubiera sido borrada de la faz de la tierra. Temieron en un principio que la hubieran secuestrado.

Pero aquella posibilidad fue descartada cuando se mandaron tropas a la ciudad. Descubrieron que solamente atacaron al palacio, a nada ni nadie más. Y las personas jamás vieron a ningún solo guerrero encapuchado salir del palacio. Entraron y ahí se quedaron. Era entonces imposible que se hubieran llevado a Ursa. Entonces ¿Dónde estaba?

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Cinco siluetas encapuchadas estaban paradas sobre dos hombres, enmascarados.

-¿Lo harán?—inquirió un encapuchado.

-Cuando lo mande—contestó un enmascarado.

-Bueno, les mandamos que lo hagan ahora mismo.

-como mande.

Los dos enmascarados hicieron una reverencia y se fueron.

Los cinco encapuchados hablaron entre ellos.

-¿Funcionó?

-Si y no.

-Si porque están más asustados.

-No porque la Osa escapó.

-Eso podemos arreglarlo.

-Sigamos con el plan.

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El pasillo enfrente de la enfermería tenía a Katara, Sokka, Suki, Aang y Toph esperando. Ninguno de ellos estaba tranquilo. Habían atacado al Palacio ¡El Palacio con miles de guardias y medidas de seguridad! ¿Cómo fue eso posible? El enemigo era demasiado fuerte, muy influyente. La angustia era horrible, sabían que ahí ya no estaban seguros.

La puerta de la enfermería se abrió y un Zuko a simple vista deprimido salió de ella. Miró a sus amigos con un dolor tan intenso en sus ojos, que ellos se llenaron de miedo y les fue transmitido el dolor.

-¿Murió?—pregunto Toph.

-No—contestó Zuko.

-¿Entonces…?

Zuko suspiró, antes de mirarlos nuevamente.

-Mai perdió al bebé.


Mátenme si quieren por dejar el capítulo de esta forma, pero es simplemente necesario para dejar la trama abierta en el próximo episodio. Siento que me faltó algo... un no se qué al momento de describir las peleas. Critiquen, por favor, y así mejorar la redacción.

Adelanto:

-¿O fue una distracción?—susurró Katara.

Aang la miró.

-¿Qué dijiste?

-Piénsalo. Ellos secuestran, sin pedir recompensa alguna, prácticamente nos dejaron encontrar a Hanh. Y ellos atacaron, sin robar nada, sin atacar a nadie con intenciones asesinas, casi se dejaron vencer; solo Ursa desapareció ¡Pero no falta ni un soldado! ¿No será que ella escapó? Y si escapó ¿De qué lo hizo? ¿Para qué? Ellos, no sé quienes, están acomodando sus piezas.

-Como un tablero de Pai Sho—agregó Aang.

-Peor, de Ajedrez. Alguien perderá… quieren destronar a un rey… en este caso, a un Avatar.

En el próximo capítulo el enemigo dará su rostro. ¡Dejen sus comentarios, por favor, animan bastante!

chao!