Disclaimer: Digimon no me pertenece, yo solo escribo por afición y sin ánimo de lucro.
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.~· Si la esperanza desaparece ·~.
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"Solo vale la pena luchar y vivir, por lo que se está dispuesto a morir".
(Manuel Alcántara)
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Capítulo 29
Moribundo, amor
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Divermon se negó a creer que aquello fuera real. Pensó que si no lo aceptaba haría que se revocase aquella acción y su mejor amigo volvería a aparecer entre sus brazos. Creyó que si se aferraba a la idea de que esos datos en los que se había convertido su cuerpo no eran más que una alucinación podría escuchar de nuevo al otro regañándole por ponerse en peligro.
Pero no era así. Nunca es así. Porque él estaba muerto.
Un dolor insoportable se apropió de su corazón al darse cuenta de ello. El llanto no tardó en hacer aparición y casi no sintió cuando el otro pequeño Divermon lo abrazaba. Porque lo único en lo que pensaba era en que todo había sido culpa suya. Si no se hubiera empeñado en tener falsas ilusiones de que el bien podría vencer al mal ahora su amigo estaría bien. Pero no era así, él se había lanzado de cabeza al peligro y eso había llamado a la muerte para que le diera su abrazo mortal al otro. ¿Cómo podía vivir con la carga de esa culpa sobre los hombros? ¿Cómo podía siquiera sostenerse en pie? ¿Cómo aguantaría las ganas de lanzarse de cabeza desde el acantilado para mitigar aquel dolor tan abrasador?
Vio casi a cámara lenta cómo la sombra se acercaba hacia él. No temía morir, ya no. Porque se había dado cuenta de que no había servido para nada, de que Hikari no podría luchar contra tanta maldad, de que había sido todo en vano. Lo único que lamentaba era que su pequeño congénere tuviera que acompañarle en aquel horrible final. Sin embargo, ya no había marcha atrás. No quedaba más que recibir aquello casi con ganas, para que se acabase el sufrimiento que había en su alma.
Al abrir los ojos preguntándose por qué el golpe definitivo tardaba tanto en llegar, se dio cuenta de que el oscuro ser se había perdido entre las tinieblas de la estancia, dejándole con la duda de si seguiría allí o no. Apenas dos minutos después entendió lo que había hecho que se detuviera. Porque el manillar de la puerta giró y una persona que reconoció al instante entró en la estancia.
Hikari. La chica de la Luz. Había conseguido llegar hasta allí. Se había reunido con Takeru.
Observó expectante la escena. La joven se lanzó sobre el chico de la Esperanza y lo llamó entre sollozos, consternada por el aspecto tan deteriorado y perdido de sí mismo que tenía. Las lágrimas surcaban su rostro mientras trataba de hacer reacción a su mejor amigo. Pero no pasaba nada. Él no daba señales de vida.
Divermon sintió que el aire escapaba de sus pulmones con rapidez y que la cabeza le daba vueltas. Había estado convencido de que ella podría traerle de regreso de ese oscuro pozo en el que estaba encerrado. Pero la chica había llegado demasiado tarde. Y se percató de que ella llegaba también a esa conclusión cuando su llanto se volvió desgarrador, mostrando la mayor tristeza que él jamás había presenciado. Se aferraba a ese cuerpo que apenas tenía vida como si la suya dependiera de eso.
Quiso acercarse a ella, ofrecerle algún consuelo, decirle que él lo había entregado todo por ella. No obstante, pensó que tal vez no era lo que quería escuchar. Que saber que había renunciado a sí mismo por salvarla solo haría que fuera más desdichada y se sintiera terriblemente culpable.
Vaciló un momento, pero volvió a caminar hacia el mugriento colchón. Al menos intentaría darle su apoyo, la abrazaría hasta que se quedase sin lágrimas y juntos se lamentaría por la pérdida de la esperanza de sus corazones. Y anhelaba que Hikari le hablase de su vida con Takeru, de los fuertes sentimientos del uno por el otro, de esas emociones tan bellas que se podían experimentar en un lugar lejano del Mar Oscuro.
Pero de pronto se vio detenido. Quiso avanzar otro paso más pero se encontró con un muro invisible, que solo se detectaba ligeramente al tocarlo. Por mucho que se debatió no pudo cruzarlo y por más que gritó no consiguió que ella lo escuchara. Miró de nuevo hacia la puerta y vio a los digimons que acompañaban a Hikari haciendo lo mismo que él, estaba claro que aquello no pintaba bien. Estaban, de alguna manera, encerrados en jaulas. Y no podían ayudar a los jóvenes.
El Divermon pequeño se dio cuenta de ello en el momento en el que veía a la sombra volver a surgir en la celda. Ahogó un grito cuando vio que se aproximaba a la chica de la Luz pero ella ni siquiera se había dado cuenta.
-¡Tenemos que hacer algo! -gritó a su congénere.
-Me temo que todo está perdido...
-¡No! ¡Nada está perdido mientras sigamos dispuestos a pelear! -replicó con fuerza.
Y el otro lo miró con un tinte extraño en los ojos. Le pareció distinguir brevemente la curiosidad latente en esa mirada verdosa, justo antes de que el Divermon mayor volviera a poner empeño en romper ese muro invisible. Y el más joven se unió a él en esa batalla que no parecía servir para nada. Pero no se quedarían mirando.
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Masami volvió al salón con más té y café recién hecho, con la ayuda de Susumu y Hiroaki que llevaron las tazas y algunas pastas. Las mujeres seguían sentadas en sofá, juntas, con una unidad que no habían tenido nunca. Y, aunque es una pena, siempre sucede así. Muchas veces solo nos juntamos en las peores situaciones. Pero también es algo bonito, porque quien te acompaña en la adversidad será un gran amigo.
-... y Kari gritó llamando a su hermano, tendríais que haber visto lo rápido que vino porque se creía que le había pasado algo a la pequeña -contaba Yuuko entre llorosas risas-. Cuando le enseñó el gato se entusiasmó tanto como ella, aunque el prefería un perro, la verdad es que Tai siempre ha sido un gran hermano mayor.
-Matt también, creo que las únicas veces que le he visto poner gesto tierno ha sido mirando a su hermano -dijo Natsuko con nostalgia-. Aunque ahora que se ha hecho más mayor trata de controlarse. Creo que se parece demasiado a mí en ese aspecto...
Bajó la cabeza algo apesadumbrada. No tenía tanta confianza con las mujeres como para contarles lo poco que sabía ella acerca de explicar sus sentimientos, pero parecieron comprenderla.
-Izzy siempre ha sido muy correcto, extremadamente educado, a veces me hubiera gustado haberle podido dar un hermano para que discutieran y sacara un poco lo que tiene en esa cabeza pelirroja -confesó Yoshie riendo-. Pero la verdad es que es una gran persona, igual que Matt, así que no importa lo expresivos que sean.
-Ya se le podía pegar algo a Tai, él lo es demasiado -dijo Susumu mientras entraban en el salón.
Algunas risas acompañaron a ese comentario. Era algo loco que pudieran estar pasando el rato de forma casi agradable, pero la verdad es que necesitaban distraerse. Una parte de sus cabezas seguían pendientes de cualquier ruido que proviniera de la habitación de Izzy, advirtiendo que sus hijos habían vuelto. Otra parte seguían rezando por que Kari y T.K estuvieran bien, que pudieran vencer a lo que fuera que los había puesto en peligro, y lloraba por su desaparición.
-T.K también suele mostrar lo que siente, es entusiasta y expresivo -dijo Hiroaki para sorpresa de los demás-. ¿Qué? Soy más observador de lo que pensáis -añadió algo ofendido por los gestos de asombro.
-Aún así siempre he creído que esconde cosas, que tiene grandes preocupaciones que no comparte, que ha sufrido mucho desde pequeño -susurró Natsuko algo deprimida de nuevo-. Y sé que la mayor parte de eso es culpa mía.
Hubo un tenso silencio después de eso, porque nadie podía negarlo. Al fin y al cabo no era un secreto lo mucho que había sufrido el rubio por la separación de sus padres y tener que vivir lejos de allí. El señor Ishida se acercó a su ex mujer y cogió su mano entre las suyas sin decir nada, porque no se le ocurría el qué.
-Así te pareces a Kari -opinó Susumu.
-¿Por qué?
-Es que ella siempre se preocupa por todo el mundo y suele echarse la culpa cuando ni siquiera la tiene -dijo Yuuko-. Estoy segura de que se sentía fatal por que T.K estuviera desamparado en ese mundo y se hacía a sí misma responsable, aunque ella no tiene culpa de que esa oscuridad quiera su don especial...
Volvieron a quedarse callados. Les costaba crear una conversación que no derivase en ningún tema doloroso, pero es que no podían evitar hablar de sus hijos. Lo necesitaban aunque les resultase duro, porque no podían continuar tranquilamente con su día a día mientras ellos estaban fuera de su alcance.
-Bueno, ella ha ido a salvarle. Y, si tiene un poco de la terquedad de Tai, lo digo sin querer ofender -explicó Masami con algo de nerviosismo-, lo conseguirá.
-Sí, claro que sí -afirmó su mujer.
Entonces, escucharon ligeros pasos en la habitación de Izzy. En seguida fueron acompañados por voces que reconocieron a la perfección. Se quedaron estáticos en las posiciones en las que estaban, mirándose los unos a los otros asustados, sin saber lo que podía aguardarles. O bien traían buenas noticias, o bien aquello no tendría remedio alguno. Imploraron en su fuero interno que se tratara de lo primero aunque no tenían demasiadas esperanzas al respecto.
La puerta se abrió y salieron Davis, Yolei y Ken con gestos apesadumbrados. Los adultos tragaron saliva mientras esperaban a la llegada de sus hijos. Cody y Joe fueron los siguientes en aparecer, hablando algo en voz baja, y se quedaron mirando a la comitiva que los aguardaba en el salón. Después Tai cruzó el umbral con Sora acariciándole el brazo, aunque parecía que la chica no sabía qué decir.
El corazón de los Yagami dio un vuelco y observaron atentamente el rostro de su hijo. Parecía completa y absolutamente derrotado. Como si acabara de perder la peor batalla de su vida sin que siquiera se le hubiera dado la oportunidad de luchar.
En cuanto el chico levantó la cabeza y vio a sus padres corrió a abrazarse a Yuuko, casi sin sorprenderse de encontrarlos allí. Y la mujer sintió que se derrumbaba al notar las lágrimas de su hijo empapándole el hombro. Hacía ya mucho tiempo que Tai no hacía algo así, era fuerte y ahora que había crecido no lloraba sin una buena razón. Lo estrechó contra ella con asniedad mientras Susumu los rodeaba a ambos con un abrazo.
Ahora lo sabían, todo estaba perdido. Su familia había quedado rota para siempre.
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Kari siguió sollozando con fuerza contra el pecho de T.K mientras le suplicaba entre susurros que despertara, que volviera a su lado, que se recuperara a sí mismo. No creía poder soportar mirar su rostro ceniciento o ver sus ojos opacados por las sombras de su corazón. Así que allí siguió, con los ojos fuertemente cerrados y apoyada en el cuerpo casi inerte de su mejor amigo. Buscando con desespero los débiles latidos que todavía emitía su corazón.
Gatomon y Patamon quisieron seguirla en cuanto entró en la celda, pero no pudieron más que dar un par de pasos porque un muro invisible se lo impidió. Como si se tratase de una fuerza sobre natural, de un escudo de energía, que hacía que estuvieran aislados. Dieron golpes de manera inútil y vieron que en frente de ellos dos Divermons hacían lo mismo. ¿Quién era el artífice de aquello? No tuvieron que esperar mucho para conocer la respuesta.
Una extraña silueta se despegó poco a poco de la pared oscura del fondo de la estancia. Levitó hasta colocarse en el centro y su risa malévola erizó el vello a todos los presentes. Incluso el llanto de Kari se detuvo. La chica levantó la cabeza con lentitud y apretó los labios con disgusto al ver a esa sombra cerca de ellos.
Rápidamente se levantó y se colocó delante de T.K, mientras miraba desafiante al recién llegado.
-¿Quién eres tú?
-Las preguntas las debería hacer yo, aunque ya sé mucho de ti, Hikari -susurró el oscuro ser-. He estado esperando este momento durante un largo tiempo.
Mientras hacía que la sombra hablase, la joven echó un rápido vistazo a su alrededor. Se dio cuenta de que pasaba algo extraño al ver a los cuatro digimons haciendo gestos bruscos y pareciendo chocar contra algo que les impedía darle alcance. Seguro que era por esa figura siniestra, estaba convencida de que estaba detrás de todo lo que había pasado. Por fin se encontraba ante la verdadera amenaza.
-¿Esperando? -preguntó confusa.
-Yo fui quien te ayudó a que encontrases las sombras de tu corazón, quien acudió a tu llamado a la oscuridad, quien propició tu lucha contra Dragomon. Todo para que te volvieras tan fuerte como eres ahora mismo. Me debes mucho.
-¿Deberte yo a ti? No lo creo.
-Bueno, desde luego no lo he hecho más que en beneficio propio, pero eso no importa ahora -replicó el ser con sorna-. También he estado velando por tu querido amigo.
Ante la mención de T.K, la chica se puso tensa y apretó los puños. Lanzó una mirada sobre su hombro en dirección al joven pero se arrepintió de ello al verle con esos ojos perdidos que parecían haber perdido todo el brillo. Volvió a prestar atención a la sombra y casi pudo palpar el regocijo que sentía por verla tan confundida.
-Te gustaría ver cómo se encuentra realmente, ¿verdad? Yo puedo enseñarte el alma de Takeru.
-Sé cómo es -repuso Kari con firmeza.
-Cómo era -corrigió el otro-. Porque ahora mismo no es más que un vestigio de la que tú conoces, nuevos elementos han aparecido para formar un conjunto bien distinto. ¿Te gustaría verlo?
Ella no atinó a decir nada, mientras sentía que le temblaba ligeramente el labio inferior. Vio de reojo a Gatomon y Patamon haciendo gestos, parecía que estaban gritando aunque no podía escucharles, y se sintió terriblemente sola. El ser pareció interpretar aquello como una afirmación, pues se escuchó una escalofriante risotada, que fue seguida al instante por gritos de agonía.
Kari se dio la vuelta a toda velocidad y descubrió con horror que su mejor amigo estaba siendo rodeado por sombras sinuosas que parecían surgir de su propio corazón. El chico no movía el cuerpo, solo sus ojos se abrieron más por el horror y su boca compuso una mueca por la que escapaban aquellos alaridos torturadores.
-¡No! ¡Déjale en paz! -gritó la joven mientras se lanzaba sobre T.K.
-Yo no estoy haciendo nada, solo te muestro lo que hay dentro de él -replicó con macabro regocijo la silueta oscura.
En cuanto la mano de la pequeña de los Yagami rozó la primera sombra, notó como si algo hiciera profundos cortes en su piel. Por instinto retrocedió un paso sujetándose el brazo herido, observando con incredulidad aquello. Era como si invisibles cristales o dagas rodeasen a su amigo. Pero no tardó más de otro segundo en reaccionar, mientras los gritos todavía le perforaban los oídos.
Sin importar el daño que pudiera recibir, se metió de lleno en aquella esencia maligna y abrazó con fuerza a T.K mientras notaba las heridas que se iban produciendo por todo tu cuerpo. Lo incorporó y estrechó contra ella al tiempo que las lágrimas volvían a sus ojos. Trató de aliviar el dolor del chico llevándose todo el que podía, intentó rodearle para que los invisibles filos solo cortasen su cuerpo. Notaba cada uno de ellos, la carne desgarrándose y la sangre goteando lentamente.
-Estoy aquí, contigo -dijo entre fuertes inspiraciones-. No me marcharé. Saldremos de esta.
Un pequeño y tenue resplandor se entrevió en donde sus cuerpos hacían contacto. Al instante, los alaridos se silenciaron aunque su eco siguió resonando en los oídos de los presentes.
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Los diez jóvenes volvieron a la pantalla por la que habían entrado al mundo digital. En todos se veía el peso de la desdicha y la impotencia. ¿Desde cuándo los niños elegidos no encontraban la solución a los problemas? ¿Por que no podían hacer nada? Se sentían unos inútiles. Tantos años de lucha para acabar así.
Izzy se dirigió el último hacia allí, aunque antes hizo un gesto con la cabeza en dirección a Gennai, a modo de despedida. No estaba con muchos ánimos como para charlar. Sin embargo, la mano del hombre sujetándole el brazo lo retuvo.
-Espera un momento, hay algo que no os he dicho.
-¿Qué más te guardas? -preguntó el pelirrojo sin poder evitar que su voz tomara algo de tono de reproche.
-Azulongmon dice que Kari ha vencido a Dragomon, es una gran noticia pero...
-¿Pero? -instó el joven a que continuara, sin atreverse todavía a entusiasmarse por la buena nueva.
-Hay otra amenaza, la verdadera. Otro enemigo es quien ha estado detrás de todo, es quien controla la energía oscura y quien retiene allí a los Elegidos de la Luz y la Esperanza.
Ante esa declaración, el chico no pudo más que tragar salida. Desde luego aquello pintaba mal. ¿Podría haber un peligro mayor que el amo del Mar Oscuro? Al parecer, sí. Y con esa certeza se esfumaban del todo sus ilusiones por que sus amigos salieran con vida de aquello.
-¿Por qué me lo dices solo a mí?
-No creo que los demás aguantasen la noticia justamente ahora -explicó Gennai-. Díselo cuando consideres que ya están algo más tranquilos. Creemos que puede ser alguien conocido, alguien contra quien ya habéis luchado, aunque por supuesto no dejan de ser suposiciones.
-Gracias por la información, ya te contaré cómo se lo toman los demás -se despidió Izzy.
Viajó hasta su mundo en lo que dura un parpadeo y vio que en la habitación solo quedaban Matt y Mimi, que ya se disponían a salir. Le lanzaron una mirada interrogante al ver que había tardado tanto pero él se limitó a ignorar aquello. Aunque supo que no había engañado a la chica. Sentía una gran carga sobre los hombros, no le gustaba tener la responsabilidad de dar malas noticias. Debería dejar eso a Joe, al fin y al cabo algún día sería médico y tendría que lidiar con situaciones así.
Salió de su habitación detrás de Mimi y vio cómo Tai lloraba abrazado a los señores Yagami. Un nudo se formó en su garganta ante la escena, en especial cuando Matt se acercó a sus padres e hizo un pequeño gesto de negación con la cabeza. Natsuko rompió a llorar y se abrazó a su hijo, que se limitó a tratar de contener las lágrimas.
Izzy miró a su madre buscando consuelo y consejo. Ella pareció captar su mirada, porque se acercó a él y le dio unas palmaditas en el hombro. Masami no tardó en reunirse con ellos y sonreír al pelirrojo. Mientras tanto, el chico todavía le daba vueltas a lo que le había contado Gennai. ¿Cómo iba a dar otra mala noticia a esas personas que ya estaban tan destrozadas? ¿Podría su cordura soportar las duras palabras que se guardaba? ¿Aguantarían saber el terrible peligro que acechaba en el Mar Oscuro?
Suspiró, provocando que Mimi y Joe le dirigieran una mirada. Volvió a fingir no enterarse de nada. Odiaba hacer eso, parecía una especie de mentira esconderse de ellos. En realidad él solía meterse en su mundo a menudo pero entonces no parecía tan malo ignorarles. Era sin querer. Sin embargo, ahora era con intención.
Miró a Tai, el fuerte líder que los había conducido por las aventuras que avecinaban el más trágico desenlace, totalmente derrumbado. Vio cómo Matt, el rebelde del grupo que siempre estuvo ahí cuando se le necesitaba. se dejaba caer en el sofá y se llevaba las manos al rostro. Sus amigos habían caído, habían sido arrastrados por la cruel realidad de que no podían hacer nada por sus hermanos pequeños. Así que, ¿qué sentido tenía seguir en pie? ¿Qué ganaban con hacerse ilusiones? ¿Para qué servía sino para llevarse luego decepciones?
Eso se decía, sí, pero en el fondo no podía perder la fe. Porque no sería la primera vez que algo extrañamente mágico pasaba cuando T.K y Kari estaban de por medio. Su lógica le gritaba que volviera a ser racional, pero su corazón le susurraba, acallando incluso los gritos de su cabeza, que debía conservar la esperanza. Porque todo aquello había empezado cuando ese sentimiento había desaparecido poco a poco. No debían dejar que se extinguiera por completo. Sería entonces cuando todo estaría perdido.
Y, por raro que resultase, Izzy se vio a sí mismo tomando las riendas de la situación. Empezó a conseguir sillas para que todos se sentaran, ayudó a su madre a preparar más bebidos y algo de picar, ya que había llegado la hora del almuerzo aunque nadie pareciera tener hambre, y encontró en algún lugar de su mente palabras vacías de consuelo que dedicar a las familias entristecidas.
No creía en lo que decía, pero sabía que tenía que hacerlo. Por eso repitió una y otra vez que todo saldría bien. Porque a veces tenemos la necesidad de escuchar mentiras hasta que podamos creerlas. Porque, tal vez, si todos estaban convencidos de ello podría ocurrir el milagro. No perdían nada por intentar creer en ello.
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Después de ese pequeño fogonazo, Kari se separó un poco de T.K. De algunos de los pequeños cortes del cuerpo del chico manaban hilos de sangre que se perdían entre su ropa. No quería ni imaginar el aspecto que tenía ella. Y casi sintió ganas de reír, con ligeras carcajadas histéricas, al ver que aquella masa de energía dañina había vuelto a ser contenida.
-Antes del mundo, zona de caos era... -comenzó a susurrar T.K de pronto, con una voz áspera que helaba la sangre-. La luz para todo iluminar, rápidamente la inmensidad llenó...
La joven no pudo más que sonreír entre lágrimas al escuchar aquello. Puede que siguiera en ese extraño trance, pero estaba susurrándole la parte esperanzadora del acróstico, le recitaba los versos que debía tener presentes. Como si en el fondo él siguiera ahí. Apoyándola. Dándole el último empujón para que no se rindiera.
-Vida surgió de su poder... Zafándose del mundo, un solo moribundo. La más blanca flor...
Tan repentinamente como había aparecido, el murmullo del chico se fue apagando poco a poco sin dejarle terminar la última frase. Kari acarició su rostro, observando con detenimiento sus ojos sin vida, y finalizó la profecía, comprendiendo de pronto la última parte.
-... ansía encontrar, la razón de su amor.
Quiso sorprenderse ante la certeza que había llegado a su mente pero no pudo. Era como si aquello hubiera estado ante sus ojos todo ese tiempo y no hubiera querido verlo. Como si hubiera vuelto la cara en otra dirección y caminado a tientas por aquel sendero que había seguido en su peligroso viaje para reunirse con su mejor amigo. Dos palabras retumbaron una y otra vez en sus pensamientos formando la conexión inevitable.
Moribundo, amor. Moribundo, amor. Moribundo, amor.
Estaba tan claro que quiso abofetearse a sí misma. Dejó a T.K sobre el colchón de nuevo y depositó un suave beso en su frente perlada de sudor. Lanzó una mirada de casi disculpa hacia los digimons antes de dirigir una sonrisa, que más que un gesto de alegría era de decisión, hacia su enemigo. La sombra emanaba un halo de regocijo ante la situación que le repugnó. Ese ser lo sabía todo mucho antes que ella. Había conocido la resolución de su historia antes que nadie, había dado las pautas para que se pudiera conseguir y ahora iba a disfrutar de su trofeo.
Y lo peor de todo era que ella iba a entregárselo sin resistencia.
-¿Ya te has dado cuenta? ¿Ya sabes cuál es la única manera de salvarlo? -preguntó la silueta.
-Sí. Ahora lo sé. Solo hay algo que querría la oscuridad más que el poder de controlar el corazón de T.K. Solo hay una cosa por la que renunciaría a intentar destrozar su alma. Es lo único que ha anhelado siempre.
-¿El qué es?
-A mí -respondió sin miedo.
Ya no lo tenía. ¿De qué le serviría? Ningún remordimiento o sentimiento de culpa llegó a su corazón, porque sabía que iba a hacer lo correcto. Poder por poder. Alma por alma. Ese era el pago, el intercambio. La única manera de liberar a su amigo.
-Sabes que la deuda solo se saldará con tu vida, ¿verdad? -dijo el ser con falsa preocupación, casi como si quisiera hacer flaquear su determinación-. Para que su alma se purifique deberás darlo todo.
-Lo sé. Creo que en el fondo siempre lo he sabido. Sabía que venía a este mundo para entregar hasta el último aliento que me quedase. Y estoy dispuesta a ello.
Los cuatro digimons que se encontraban en la estancia dieron furiosos golpes a la barrera, pues de pronto renovada desesperación les impulsó a querer llegar hasta Kari. ¡No podían permitir que hiciera eso! ¡No podía entregarlo todo! ¡No podía morir! No obstante, no había nada que hacer. Ella no podía escucharles y aunque lo hiciera tampoco podrían persuadirla.
La decisión estaba tomada desde antes de que conociera la posibilidad. Desde antes mismo de que la oscuridad decidiera llevarse a T.K. Porque en el momento en el que el vínculo entre ellos surgió, sus vidas quedaron ligadas y la de uno sería el cobro del otro.
Él se había entregado a sí mismo, había perdido su esencia, por mantenerla a salvo. Y ahora ella daría su vida por purificar el corazón del chico. Era como tenía que ser.
Ella era la flor moribunda que se había desprendido de su mundo porque quería encontrarlo a él, la razón de su amor. Ese sentimiento que la había sentenciado. Y por ello se entregaba sin miedo, sin remordimiento, sin otro sentimiento que decisión.
Así que la sombra se aproximó a Kari y ella no hizo nada para alejarse. Cuando el ser emanó una masa de oscura neblina que la rodeó se limitó a aguardar a la muerte con alegría, porque ello llevaría a que T.K se reencontrase consigo mismo. Un extraño brillo acompañó a todo el proceso, mientras la joven sentía que una invisible energía era desprendida de su cuerpo y se mezclaba con los remolinos de maldad que la rodeaban. Arrancando de sí misma todo lo que tenía, todo lo que era, todo lo que podría haber llegado a ser.
Miró por última vez a su mejor amigo antes de que sus ojos se cerrasen, pues las fuerzas escapaban de su cuerpo.
Cayó al suelo y la energía oscura desapareció.
Un terrible silencio se hizo en la celda mientras los digimons no daban crédito a lo que había sucedido. Hasta que una horripilante risa escapó de la sombra mientras observaba los cuerpos inertes de los portadores de la Esperanza y la Luz.
Por fin había conseguido lo que quería.
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Muchas gracias a conchita, Takari D y Amber por vuestros comentarios, me alegro mucho de que os guste la historia y me temo que este capítulo es igual de triste que el anterior.
Tenía preparada esta frase desde que escribí el primer capítulo de este fic, ahora ya hace tres meses de eso pero me parece más la verdad, para que veáis todo lo que se ha alargado la historia hasta llegar a este momento.
Espero que hayáis disfrutado de la lectura y os quedéis con muchas ganas de saber qué más va a pasar :)
