Disclaimer: Los personajes de Shingeki no Kyojin no me pertenecen. Son propiedad de Hajime Isayama.
— Capítulo 29 —
Alianza
Eren no había podido evitar sorprenderse tras reconocer a Reiner Braun luego que este saliera de entre las sombras y se parara junto a los rebeldes, suponiendo de inmediato que él tenía algo que ver con la emboscada que ellos ejecutaron. Recordó entonces lo sucedido hacía poco más de un año, y la oleada de sentimientos generados en aquel entonces lo asaltó.
—Bajen sus armas —pidió Reiner. Pero nadie quiso ceder, ni siquiera sus propios camaradas.
—Acabemos con ellos ahora —dijo el rebelde que encañonaba a Rivaille—. ¡Son militares! ¡Es el enemigo!
—Aquí nadie va a acabar con nadie —respondió Reiner—. Muchachos, bajen sus armas.
—¡Pero!
—Ahora.
Los seis rebeldes no tuvieron más opción que obedecer a quien parecía ser su líder.
—Nos volvemos a encontrar, sargento —comentó Reiner.
Rivaille, tras bajar su rifle, le respondió con displicencia.
—Lástima que no pueda alegrarme por eso.
—Por favor sargento, está en una evidente desventaja. Al menos muestre un poco más de humildad.
—¿Humildad? —repitió Rivaille—. Es algo que no tengo cuando estoy frente a escorias.
—Ah... —Reiner negó con la cabeza. —Lo olvidaba, está de parte de la corona.
—No estoy del lado de nadie.
—Entonces vienen por el comandante Irvin.
Armin reaccionó ante el nombre de Irvin, sintiendo un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo.
—¿Qué saben del comandante? —preguntó enérgico.
Reiner lo miró.
—Sé que fue detenido por la policía militar esta tarde. Solo eso. Todo Sina lo sabe.
—¡¿Dónde?! —exclamó Armin.
—Yo qué sé —soltó Reiner con apatía—. No me interesa lo que hagan con él.
—Es por ustedes que él está en problemas —señaló Armin—. Por querer apoyar la causa que ustedes iniciaron.
—¿Y?
—Él los liberó —dijo Eren, viéndole con resentimiento—. Pese a todo lo que le hiciste, él te ayudó.
—¿Ah? Él no hizo nada —dijo Reiner—. Solo porque no está de acuerdo con el rey no significa que está de nuestro lado. Siempre será el asesino que masacró a mi pueblo.
Eren intentó responderle, pero Rivaille le interrumpió al creerlo capaz de irse sobre Reiner con Ellery a cuestas.
—Para ser líder te falta una mayor capacidad de visión —dijo Rivaille. Reiner frunció el ceño—. Puedes tener la imagen que quieras de él; no me interesa, y te aseguro que a él tampoco. Pero si pretendes ir por la vida guardándole rencor a la gente por cosas que ya no tienen solución, no llegarás muy lejos. Porque a diferencia tuya, él sigue adelante y encauza sus propias decisiones.
—¿De qué está hablando? Él es un asesino.
—Y fue el que intercedió para que no te ejecutaran —le aclaró Rivaille—. Te puso en esa mugrosa celda y redujo tu condena a solo unos cuantos años. Y fue luego el que sacó tu trasero y el de tus amigos de la prisión. ¿Asesino? Pues si lo es, ya pagó su deuda contigo y con las personas que masacró en tu pueblo.
La expresión perpleja de Reiner fue suficiente para entender que él desconocía la verdad y que, muy por encima de su resentimiento y de lo que había hecho, Irvin le había ayudado.
—Pareces sorprendido —dijo Rivaille—. Ya no te ves tan resuelto a disfrutar del sufrimiento de Irvin luego que te salvó el pellejo en más de una ocasión.
Reiner chasqueó la lengua.
—¿Y qué es lo que hacen aquí? ¿Acaso vinieron a ayudarlo?
—Es lo que haría alguien que está en deuda con él.
—Tienen que ayudarnos —dijo Armin, sorprendiendo a los presentes—. Si unimos nuestras fuerzas podremos salvar al comandante.
—¡Armin! —exclamó Eren—. ¡¿Qué estás...?!
—Eren —Rivaille volvió a interrumpirle. Ante las circunstancias en las que se encontraban, no era prudente que él interviniera en la conversación. —No seas ingenuo —añadió viendo a Armin—. Estos tipos no están interesados en rescatar a la persona que los ayudó. Son demasiado necios y orgullosos como para hacer algo que no les asegure tener alguna clase de beneficio.
—No hable por todos nosotros —dijo Reiner—. Si lo que dijo es cierto, tenemos que hablar al respecto y aclarar las cosas.
—Ahora te interesa saber del hombre que masacró a tu pueblo.
—Lo que a él le pase me tiene sin cuidado. Pero no quiero deberle nada —dijo Reiner.
—¿Entonces nos ayudarán? —insistió Armin.
—Reiner, tratemos de llegar a un entendimiento razonable —propuso Bertholdt, quien se había mantenido al margen de la discusión.
Reiner resopló; parecía haberse quedado sin argumentos ni más alternativa que averiguar sobre Irvin y lo que había sucedido porque, hasta donde sabía, sus propios camaradas lo habían liberado de prisión.
—Este sitio no es muy cómodo ni seguro para hablar —dijo.
—¿Qué sugieres? —soltó Rivaille.
—Si lo que dijo del comandante es cierto. Si él está de nuestra parte y ustedes quieren ayudarlo, significa que estamos en el mismo bando.
—Ya te dije que no estamos de ningún lado.
—Entonces hagamos una tregua y conversemos. Aclaremos las cosas y lleguemos a un acuerdo.
Eren y Armin intercambiaron miradas de expectación a la espera de la respuesta de Rivaille. Sabían que él no respondería sin antes haber pensado en las probabilidades de éxito de la misión, pues aliarse con rebeldes significaba ser como ellos aun cuando se hiciera una tregua por el bien de Irvin.
—¿Y bien? —preguntó Reiner—. ¿Accederán a hablar con nosotros? Les aseguro que esto no es una trampa.
—Y si lo fuera no habría manera de probarlo —dijo Rivaille—. Ambos nos encontramos de maneras inesperadas.
—Exacto, y es bajo esas circunstancias que podemos sacar provecho de la situación y aclarar las cosas.
Finalmente, Rivaille accedió a la propuesta al creer que todos podrían beneficiarse. Sin embargo no estaba dispuesto a bajar la guardia; Reiner no era de fiar, e incluso Eren lo sabía, pues tenía muy presente todo el daño que le había causado a Irvin. Pero aunque el hecho de ceder a su invitación le molestaba, confiaba en la capacidad de razonamiento de Rivaille, y si él cedía, lo apoyaría.
Reiner les propuso ir a la guarida que tenían no muy lejos de Hermiha. El viaje les tomaría cerca de dos horas, debiendo dejar el carruaje y los caballos dada las condiciones del terreno. Una vez listos, salieron del camino y siguieron a Reiner por un sendero que solo él lograba reconocer en medio de la oscuridad. Eren iba junto a Rivaille, y, para alivio de ambos, Ellery dormía profundamente.
Solo las pisadas sobre las ramas secas del suelo rompían el silencio del lugar. Los bosques al norte de Rose poseían un ambiente que contrastaba con los del sur y sus alrededores. Con la luna en cuarto creciente asomada entre las nubes y el ramaje de los árboles, el paisaje lucía lúgubre, como si hubiera espectros vigilando entre las sombras. Los abedules cerraban el cielo y una brisa fresca soplaba entre ellos, enfriando el aire.
—Es aquí —dijo Reiner al cabo de una hora, señalando entre la espesura del bosque, y rodeada por quebradas escarpadas, una fortaleza abandonada que los rebeldes no habían dudado en tomar. La policía militar no había logrado dar con ella por el terreno en el que se alzaba, por lo que resultaba el sitio perfecto para refugiarse.
Era un sitio considerablemente más grande que la anterior guarida. Con cinco torres de vigilancia y una muralla de quince metros de altura, el lugar era una verdadera fortaleza.
—Este es un sitio seguro —comentó Reiner luego que bajaron la quebrada—. La policía militar no ha encontrado este sitio porque les da pereza buscarnos sin sus caballos.
Cruzaron el patio de armas bajo la mirada atenta de los centinelas que custodiaban la fortaleza desde las torres y siguieron a Reiner al interior del castillo. El sitio contaba con un amplio y único corredor que conectaba con los salones del primer nivel; al fondo, unas escaleras se alzaban hacia los pisos superiores. Y los candelabros que pendían del techo iluminaban el lugar con flameantes antorchas.
Reiner, escoltado por Bertholdt y dos rebeldes que participaron en la emboscada, ingresó al primer salón del pasillo. Era amplio, adornado con estandartes en las paredes, antorchas, una mesa y varias sillas. Eren supuso que allí los rebeldes se reunían para armar sus planes.
—Aclaremos las cosas —dijo Reiner tras tomar asiento a la cabeza de la mesa—. Serán considerados como mis invitados hasta que yo diga lo contrario. Si intentan salir de aquí por su cuenta, o si están en negociaciones con la policía, no dudaremos en asesinarlos.
—Cuánta insolencia, mocoso —soltó Auruo—. Después que fuiste tratado como parte de nuestra familia en la hacienda...
—Los sentimentalismos no sirven cuando hay una guerra de por medio —aclaró Reiner—. Pero no he olvidado lo que hicieron por nosotros y el trato que nos dieron en la hacienda. Al final, el esmero puesto para lograr nuestro principal objetivo hizo que terminara involucrándome más de lo que quería.
—Reiner... —murmuró Bertholdt, quien se había sentado no muy lejos de él.
—Por alguna razón creo que entiendo lo que estás diciendo —soltó Rivaille, de pie a un costado de la mesa. Su interés no era sentarse para dialogar los términos de la tregua—. Te esmeraste en engañar a Irvin. Y mientras jugaste a ser un funcionario más de su hacienda, olvidaste por un momento tu objetivo.
—No, no lo olvidé —dijo Reiner—. Cada vez que veía al comandante despertaba el deseo de asesinarlo, de hacerle pagar por todo el daño que le causó a mi familia y a mi pueblo. Pero debía apegarme al plan inicial.
—Pero no fue suficiente —le corrigió Rivaille—. Él siempre supo quién eras. —Reiner se mostró sorprendido. —Como sea, no estamos aquí para discutir cosas del pasado.
Reiner se apretó el puente de la nariz y resopló.
—Es cierto... de nada sirve. —Se apartó la mano del rostro y se cruzó de brazos—. Las negociaciones entre el comandante y los demás no me fueron informadas. Solo cuando salí de prisión tomé el control de este grupo del sector norte. Los demás están repartidos en las otras zonas alrededor de Sina, por eso la policía está vuelta loca intentando localizarnos.
—El comandante trató con las personas que te liberaron —dijo Armin. Él había tomado asiento junto con Eren a un costado de la mesa—. Asistí a muchas de esas reuniones, y en todo momento pidió que te liberasen junto con Bertholdt.
—¿Por qué? —dijo Reiner, apoyando ambas manos sobre la mesa—. ¿Por qué se preocupó tanto por nosotros?
—Ya te lo dije —intervino Rivaille—. Se sentía en deuda contigo.
Reiner empuñó las manos, frustrado consigo mismo por las cosas que habían sucedido a su alrededor y que solo hasta ahora sabía.
—Quienes nos liberaron, ninguno de ellos me dijo que el comandante estuvo detrás de todo.
—Irvin no necesita decir lo que hace. No espera reconocimiento por eso —dijo Rivaille—. Hizo lo que creyó correcto.
—Entonces es cierto. Él... nos liberó.
—Y ahora está en manos de la justicia por eso.
—¿Nos ayudarás? —preguntó Armin.
Reiner aguardó en silencio. Parecía meditar la situación.
—Si no piensas ayudarnos da igual, pero no interfieras en nuestros asuntos —dijo Rivaille—. Tu estúpida barricada nos retrasó.
—No era para ustedes, sino para la policía militar —aclaró Reiner—. Esperábamos capturarlos para tener algo de información sobre el movimiento de la primera división.
—¿Primera división? —preguntó Rivaille.
—Hay rumores que la primera división de la policía militar tomó el mando para capturarnos —respondió Bertholdt.
—¿Qué sabes de eso? —preguntó Rivaille a Armin.
—Casi nada —dijo él—. El comandante habló en privado con Hanji-san luego que volvió de su reunión con el rey.
—En cualquier caso —comentó Reiner—, nosotros tenemos grupos desplegados alrededor y hacemos constantes rondas para advertir la presencia de las brigadas.
—Debemos buscar la manera de sacar al comandante del lugar en el que está retenido —dijo Armin.
—Lo más seguro es que esté en la base de la policía militar —señaló Rivaille—. Y es allí adonde iremos.
—Aguarden —intervino Reiner—. ¿Pretenden ir a ese lugar? Si el comandante está ahí será imposible sacarlo.
—Con un buen plan se dará la oportunidad.
—¿Y qué tienen en mente?
—Confirmar la ubicación del comandante y luego infiltrarse en el sitio que lo mantienen cautivo —dijo Armin—. No estoy seguro, pero creo que sería la única forma de lograrlo.
—Intentas ingresar a la base del enemigo... —dijo Reiner—. ¿Qué te hace pensar que saldrás con vida de ahí?
—Contamos con una ventaja, y es que no saben que nosotros pretendemos sacar al comandante, ni mucho menos que estamos aquí —aclaró Armin—. Por un lado, la policía busca a Eren en Trost, y el sargento Rivaille está encabezando un batallón en el exterior. Podemos pillar desprevenida a la policía y sorprenderla con nuestra presencia.
Reiner analizó la situación por unos segundos.
—Podría funcionar.
—¿Nos ayudarán?
—Es arriesgado.
—Pero hay altas posibilidades de lograrlo —insistió Armin.
—Espera un poco, Reiner. —En ese momento, Nack Teaz, quien se encontraba sentado a mitad de la mesa, y siendo uno de los que participó en la emboscada, intervino. Él era uno de los segundos al mando del grupo y quien mayor interés tenía en derrocar al rey luego de ver a su familia diezmada por su tiranía en un pueblo al sur de Yalkell—. ¿Estás pensando en ayudarlos?
—¿Cuál es tu problema si lo hago?
—Pondrás en riesgo nuestros planes por rescatar a un comandante, a un militar.
—Sí, y quien al parecer fue responsable de nuestra liberación.
—¡Aún así no podemos ir por él!
—No puedo deberle nada —aclaró Reiner—. Si ayudo en esto, no le deberé favor alguno.
—¡Pero!
—No pienso involucrarte si eso es lo que te preocupa. Nosotros nos las arreglaremos para ir y encargarnos de todo.
Nack chasqueó la lengua con disgusto. Lo cierto era que agradecía la ayuda de Irvin, pero no podía ir a ayudarlo con el riesgo de volver a caer detenido.
—Si no tienes intenciones de colaborar, sal de aquí —pidió Reiner.
Con un gesto de fastidio, Nack se puso de pie y dejó el salón.
—Muy bien, Armin —dijo Reiner—. Tú ganas. Dinos el plan que ideaste para rescatar al comandante.
—Aguarda —dijo Rivaille. Caminó hasta Reiner y se paró frente a él—. Aceptaré que nos ayudes, pero tengo condiciones.
—¿Condiciones? —preguntó Reiner con desconfianza—. ¿Qué clase de condiciones?
—Esta alianza se realizará siempre y cuando respetes nuestros términos, así como nosotros respetaremos los tuyos.
—Espera que confíe en un militar.
—Nadie habla de confianza —aclaró Rivaille—; esto es una asociación de la cual todos podemos salir beneficiados. Aceptar o no es tu elección, pero piensa qué tipo de persona eres y cuáles son tus objetivos en estos momentos. Por mi parte ya tengo claro los míos y lo que quiero conseguir. ¿Qué harás tú?
Reiner vio a Bertholdt, quien aguardaba en silencio por su respuesta. Sabía que debía ser precavido o terminaría en prisión como la última vez, pero ahora las cosas parecían estar a su favor, porque aunque Rivaille pertenecía a la legión de reconocimiento era un hombre de palabra. Y así como él, no dudaría en sacar provecho de la situación.
Se puso de pie y encaró a Rivaille.
—Está bien —dijo—. Aclaremos nuestros términos.
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Poco después de las dos de la mañana, y luego de planificar el rescate de Irvin y dejar en claro las condiciones de ambos grupos, Eren y los demás fueron ubicados en sus respectivos dormitorios. La operación en Sina se realizaría al día siguiente, durante la noche, por lo que ahora solo debían aprovechar de comer y dormir para llevar a cabo la misión con éxito.
Con Ellery alimentándose de su pecho, Eren contempló su nueva habitación. Era un cuarto espacioso, ubicado en el segundo piso del castillo que contaba con una chimenea y una cama con cobertores de piel. La única ventana daba hacia la parte el patio posterior del castillo, y el candelabro que pendía del techo sostenía seis velas a medio consumir, generando un ambiente tenue y acogedor.
En medio del silencio, Eren repasó su plática con Reiner luego de dejar el salón. Él había pasado por alto la presencia de Ellery hasta que Eren lo sacó del portabebés para mecerlo un poco.
Su sorpresa fue inmediata.
—Así que los rumores eran ciertos —dijo acercándose.
Eren entornó la mirada con recelo y cubrió a Ellery con su manta.
—¿De qué hablas? —preguntó.
—Te embarazaste de otro hombre y por eso te encerraron. —Se cruzó de brazos y esgrimió una sonrisa burlona. —Sí que fastidiaste a esos viejos bastardos de la iglesia. ¿Ese niño es del sargento?
—¡Eso no te incumbe! —Eren alzó la voz sin importar llamar la atención de quienes se encontraban alrededor.
—Descuida, en realidad no me interesa. Lo que hagas con tu vida no es mi asunto. Pero deberías ser más consciente de lo que haces: trajiste a un bebé a la guerra.
—Yo sabré cómo cuidar a mi hijo. ¡No te metas!
Reiner resopló contrariado y siguió su camino.
—Allá tú —le dijo antes de alejarse y perderse por el pasillo.
—Ese infame... —masculló Eren al recordar su sonrisa burlona y sus ojos fijos en Ellery. Ahora que se encontraba en el dormitorio, pensar en esa conversación le molestaba. No necesitaba que le recordaran su imprudencia, mucho menos alguien como Reiner, pues era plenamente consciente del riesgo que corría Ellery al exponerlo.
Observó a Ellery y concentró su atención en él.
—Te protegeré sin importar lo que pase —le susurró, acariciándole el rostro.
Rivaille ingresó al dormitorio con una bandeja en las manos. Después de dejar a Eren en el cuarto, había bajado por algo de comer. Se sentó a su lado y depositó la bandeja en la cama.
—Frijoles —dijo Eren al ver su plato con algo de desagrado. Lo cierto era que no tenía apetito.
—Necesitas nutriste o solo te convertirás en una carga.
—Lo sé, no necesitas decir las cosas de esa forma —se quejó Eren, notando que Ellery se había quedado dormido. Tras una pausa preguntó—: ¿Crees que estaremos seguros aquí; que nos ayudarán a rescatar al comandante?
—Si intentan hacer algo estúpido saldrán lastimados.
—Tú los lastimarás, supongo —comentó Eren, restándole importancia al asunto mientras acomodaba a Ellery contra su hombro para palmearle la espalda con suavidad.
—Come y luego descansa —dijo Rivaille, levantándose para dejar la habitación.
—Espera —le atajó Eren—. Creí que te quedarías.
—Solo come y descansa.
—¿Adónde vas?
—Necesito inspeccionar el sitio en el que pasaremos la noche.
Eren suspiró resignado luego que Rivaille se marchó. Lo que menos deseaba era estar solo en ese lugar que le generaba desconfianza, pero Rivaille estaba priorizando la seguridad de los tres, y eso le alegraba. Aliviado, acomodó a Ellery en la cama y tomó de mala gana su cena. Revolvió el plato sin mucho interés y se echó la primera cucharada a la boca. El sabor distaba mucho con los frijoles que preparaba Hannes; estos eran desabridos y duros, sin una consistencia agradable al paladar. Incluso en la prisión servían platos más elaborados, pero entendía que no podía ni tenía el derecho de quejarse: era un "invitado", y el reino se aprontaba a una guerra inminente.
Cuando estaba por echarse una segunda cucharada a la boca, la puerta del dormitorio fue golpeada.
—¿Puedo pasar? —preguntó Armin tras asomarse por un resquicio de la puerta.
—Claro, pasa —dijo Eren.
Armin ingresó y se sentó a su lado, sosteniendo un humeante plato de frijoles.
—¿Está todo bien? —preguntó mientras Eren revolvía sin ánimos su cena.
—Sí, descuida.
Armin vio a Ellery que dormía profundamente bajo su manta y sonrió.
—Veo que ya te manejas muy bien con él.
—Sí... —Eren observó a Ellery y alcanzó su mano izquierda para sostenerla suavemente. —Se porta muy bien. Es como si supiera todo lo que está sucediendo.
—Me imagino que te apena tener que exponerlo a tanto siendo aún tan pequeño.
—Todo esto está pasando por mi culpa —dijo Eren, bajando el rostro con pesar.
—No es tu culpa que el rey haya perdido la cabeza —le aclaró Armin, volteando su rostro hacia Eren para verle a los ojos, aun cuando este mantuviera la cabeza inclinada.
—Lo sé, pero...
—¿O acaso preferirías no tener a Ellery?
—¿Qué? ¡No! Es cierto que nunca estuvo en mis planes tener un hijo, pero ahora que Ellery está aquí... daría mi vida por él.
Armin regresó su atención a Ellery y una sonrisa sincera apareció en sus labios. Se había hecho la idea de no volverlo a ver, pero ahora que lo tenía tan cerca la emoción lo embargaba. Y es que verlo nacer había sido muy significativo, pues sentía que había generado un vínculo especial con él, y más aún con Eren.
—¿Estás bien? —preguntó él de pronto, trayendo a Armin de vuelta a sus sentidos.
—¿Eh? ¿Qué? Lo siento, estaba divagando un poco.
Eren lo escrutó un momento, notando algo diferente.
—¿Qué sucede? —preguntó Armin con algo de nerviosismo.
—No lo sé, hay algo diferente en tu mirada —dijo Eren, en un intento por descubrir ese algo que lo intrigaba.
—¿Mi mirada?
—¿Qué pasó antes de dejar Sina? Hay algo que no me has contado.
—¡¿Qué?! ¡No, claro que no! ¡No pasa nada! —dijo Armin, bajando la cabeza para ver al suelo. No se sentía capaz de decirle a Eren que sus sentimientos por Irvin iban más allá de un simple sirviente, ni que había confesado sus sentimientos. Quizá lo haría más adelante, pero por el momento mantendría en secreto aquello por lo que había resuelto desobedecer a Irvin y arriesgar su propia vida.
—El comandante... —murmuró Eren—. Él a pesar de todo el daño que le causé me ayudó.
—Lo hizo por el bien de Ellery principalmente —dijo Armin—. No le parecía correcto que creciera sin sus verdaderos padres.
—Supongo que siempre estará el resentimiento por lo que le hice al comandante. Me lo advertiste tantas veces.
—No sirve lamentarse por algo que ya pasó —dijo Armin—. Lo hecho, hecho está.
—Espero que el comandante sea muy feliz. Es por eso que haré todo lo posible por ayudarlo.
Armin sabía que Eren no tenía dudas en colaborar y rescatar a Irvin. Pero le preocupaba los riesgos que implicaría tal misión. Y pensó en lo que su desesperación había hecho al pasar por alto los deseos de Irvin, los cuales eran ayudar a Eren y verlo sano y salvo.
Armin solo esperaba haber hecho lo correcto.
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Con el correr de las horas, las cosas entre los rebeldes y Rivaille se habían simplificado a pequeños encuentros para coordinar los últimos detalles de la visita al cuartel general de la policía militar. Sin embargo, la tensión generada entre algunos rebeldes por la decisión de Reiner de ir en rescate de Irvin había desatado divisiones y posturas opuestas por quienes no estaban dispuestos a arriesgar sus vidas por un militar, aun cuando este haya sido uno de los responsables de la fuga de la prisión.
Cerca del atardecer pusieron en marcha el plan de rescate. Rivaille encabezaría el grupo; Reiner, Bertholdt y tres rebeldes dispuestos a colaborar le seguirían en los flancos; Erd y Auruo en cambio serían la retaguardia. Armin también les acompañaría, aunque su intervención tendría otros propósitos según el plan que había creado.
—Tengan cuidado —dijo Eren desde la entrada del castillo. Había sugerido participar en la misión, pero el terminante "no" de Rivaille fue más que suficiente para no insistir. "Serás de mayor utilidad quedándote a cuidar a Ellery", fue la respuesta que tuvo a su ofrecimiento. Y aunque sabía que debía quedarse y cuidar a Ellery, sus deseos de participar y ayudar a Irvin parecían imperar sobre su rol de padre.
—No se fíen de ellos —dijo Gunter a Auruo y Erd. Se quedaría para cuidar a Eren a petición de Rivaille, pues él aún no confiaba del todo en los rebeldes, y no quería arriesgar a Eren, exponiéndolo a personas que no conocía.
—No te preocupes —dijo Erd, viendo con desconfianza a Reiner y Bertholdt, quienes se encontraban conversando con los otros tres rebeldes que decidieron acompañarles.
—Les rebanaré el cuello si se vuelven contra nosotros o interfieren en nuestro plan de rescate —añadió Auruo con arrogancia.
—Andando —dijo Rivaille, dedicándole una última mirada a Eren antes de partir.
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La guardia de Hermiha era compuesta por policías que realizaban cuatro turnos en ambas puertas del distrito. Durante la noche la vigilancia se doblaba con mayor personal, y ahora, debido a la fuga de los rebeldes, los miembros de mayor rango se concentraron en la puerta sur, realizando un exhaustivo control de todo aquel quisiera entrar o salir del distrito. Debido a eso, muchas de las transacciones comerciales se vieron interrumpidas ante la prioridad que el estado le dio a los mercantes más importantes.
Poco después de las nueve de la noche, Armin llegó a la puerta sur de Hermiha sobre una carreta con heno apilado en la parte posterior. Su vestimenta sencilla lo señalaba como un comerciante que vivía de lo que lograba conseguir con la venta de forraje para animales.
Tres de los cinco guardias que en esos momentos custodiaban la entrada advirtieron su llegada y lo detuvieron.
—Buenas noches —saludó Armin con un gesto humilde y sereno.
—Tu identificación —pidió uno de los guardias luego de acercársele, mientras los otros dos registraban la parte posterior de la carreta.
Armin accedió. El policía leyó el registro y se lo devolvió.
—¿Qué haces a esta hora?
—Vengo a vender heno para los animales del estado.
—Lo siento, ya no aceptamos el ingreso de comerciantes que no estén en el registro del estado.
—Además —comentó otro de los policías— vienes muy tarde.
—Oh, es que soy nuevo en esto —explicó Armin—. Mi familia ha montado un negocio y esperamos que nos acepten la mercancía. He estado recorriendo varios pueblos.
—No estamos interesados en recibir...
—¡Pero es heno fresco y bueno! —exclamó Armin—. ¡Por favor, acepten nuestra mercancía!
—Ya te dije que no. Regresa a tu casa y dile a tu familia que se dedique a otra cosa.
—¡No tenemos qué comer! ¡Por favor, necesitamos el dinero! ¡Mis hermanos están enfermos y...!
—Si no tienen qué comer, pues coman heno —dijo el otro policía, soltando una carcajada a la cual le siguió su compañero.
Armin de pronto comenzó a jadear y se aferró el pecho.
—Oye, ¿qué te pasa? —preguntó el policía que le había solicitado su identificación—. ¡Hey!
Pero Armin no respondió, solo comenzó a retorcerse y a jadear en busca de aire, alertando incluso a los policías que se encontraban en la parte alta del muro. Ellos bajaron y vieron lo que estaba sucediendo.
—¿Qué sucede?
—¡No lo sé! —exclamó el policía que se burló de Armin—. Parece que está sufriendo un ataque o algo.
—Llama a un doctor.
—No hay doctores en el distrito que se presten para atender a los de clase baja.
El mayor de los policías se acercó a Armin, quien para ese entonces había sido atendido en el suelo, a un costado de la carreta.
—Oye, mocoso —dijo, palmeándole la mejilla—. ¿Qué tienes? Habla.
Entre jadeos, Armin lo observó por unos momentos, hasta que sacudió levemente la cabeza y su respiración se regularizó gradualmente.
—Es... asma —dijo—. Soy asmático.
Los policías intercambiaron miradas de preocupación y otros de molestia.
—Necesitamos dinero para que un doctor me atienda, y a mis hermanos, que están muy enfermos en casa —dijo Armin entre jadeos.
—¿Por eso venden el heno? —preguntó el policía que se había burlado de él.
Armin asintió y los policías parecieron compadecerse de él.
—Está bien —dijo el que le había pedido el registro—. Puedes pasar. Pero a ver si alguien a esta hora te compra algo.
—Quizá el cantinero —comentó el otro policía que custodiaba la puerta—. Él tiene caballos que alimentar en su establo.
—Gra...cias... —dijo Armin, incorporándose del suelo con un poco de ayuda. Subió a la carreta y tomó las riendas del caballo que tiraba del vehículo.
—¿Ya te sientes mejor? —preguntó el policía mientras los que custodiaban la parte superior de los muros, regresaban a sus puestos de vigilancia.
—Sí, mejor. Los ataques son pasajeros —explicó—. Muchas gracias por permitirme entrar —dijo con un gesto amable que acompañó con una sonrisa.
—Sí, sí, pero pasa rápido.
Armin agitó las riendas y el caballo arrancó para cruzar las puertas del distrito con prontitud. Enfiló por el camino principal hasta doblar en la primera arista hacia la derecha luego que perdió de vista a los policías. Detuvo la carreta y vio hacia el tejado del edificio que se alzaba a diez metros de altura. De él brincaron sigilosamente Rivaille y los demás.
—Muy buena actuación —dijo Reiner—. No le tenía fe a tu plan, pero resultó bastante conveniente para cruzar el muro sin ser detectado por los guardias de la parte alta.
—Te esmeraste, muchacho —acotó Auruo—. Aunque yo pude haberlo hecho mejor.
Armin rascó su cabeza un tanto apenado.
—Sabía que si llamaba la atención en la entrada captaría el interés de los demás policías.
—Basta de adulaciones y sigamos —dijo Rivaille.
Armin asintió y se colocó rápidamente su equipo de maniobras, el cual instaló cuidadosamente en la parte inferior de la carreta para que no fuese detectado al momento de ingresar al distrito. Tomó uno de repuesto para Irvin y reanudaron el paso. Si creían que Irvin se encontraba confinado en la sede de la primera división central de la policía, debían hallarla primero. Y para hacerlo, necesitaban preguntarle a quien podría decirles dónde buscar.
Ingresaron al primer callejón y siguieron una ruta alejada de la calle principal hasta el cuartel de abastecimiento de la policía militar, ubicada en pleno corazón de Hermiha. El conocimiento de Armin durante los cinco meses que estuvo en Sina hizo posible desarrollar un plan con el menor rango de fallo posible. Su mente contenía toda la información confidencial recopilada de las reuniones que Irvin sostuvo con los altos mandos de la corona, y que él personalmente se encargó de transmitirle. La formación de la guardia a lo largo del estado, sus horarios de descanso y vigilancia, la ubicación de los puestos de abastecimiento, el horario de las transacciones comerciales y las estrategias de rastreo empleada por policía militar en los distritos de Sina y sus alrededores. Irvin había sido muy astuto al tener a Armin como respaldo de información en caso de que algo malo sucediera.
Tras una caminata que no tomó más de diez minutos, subieron al tejado del edificio frente al cuartel y tomaron posición para observar el ir y venir de los policías que circulaban alrededor. Esperaban a alguien, y cuando Rivaille lo identificó, bajó rápidamente para interceptarlo.
—¿Cómo puede confiar en ese sujeto? —masculló Reiner, que observaba fijamente la situación—. Es un asqueroso policía. No dirá nada.
—Te equivocas —dijo Armin, situado a su lado—. Él colaboró en la fuga de la prisión. Durante las conversaciones que el rey sostuvo con el comandante, se llevaron a cabo muchas reuniones secretas, donde el comandante logró reclutar muchos miembros de la policía que le juraron lealtad. Marlo Sand es uno de ellos. Él busca acabar con la tiranía y la corrupción. Es un hombre justo y noble. Es de confianza.
Reiner continuó observando desde su posición sin creer en la lealtad de Marlo. Era un policía, y no podía fiarse de su palabra. Pero si Armin, Irvin y Rivaille confiaban en él, no tenía más opción que seguir y esperar.
Rivaille regresó minutos después tras sostener la breve y sigilosa plática con Marlo. Él estaba al tanto de su lealtad gracias a la carta que Irvin le envió antes de liberar a Eren. En ella salía la explicación detallada del plan para la fuga de los rebeldes y de quienes participarían en ella.
Tras reunirse con el grupo confirmó la ubicación de Irvin.
—Se encuentra en la base de la división central de la policía militar. En Mitras.
—La división central —repitió Armin tras recordar las palabras de Irvin la noche anterior a su salida de Sina—. El comandante lucía preocupado.
—Esos bastardos —masculló Reiner—. Solo saben causar destrucción. Cuando los sueltan solo generan muertes de personas inocentes. Hay que acabar con todos ellos.
—Por el momento nuestra prioridad es Irvin —aclaró Rivaille. Extrajo un papel del bolsillo de su pantalón y lo enseñó—. Esto es lo que está circulando en todo el estado. Pronto llegará a los demás.
—Malditos... nos quieren cazar —dijo Reiner tras leer el documento—. Y no descansarán hasta lograrlo.
Rivaille sostenía una copia del acta con la oferta del rey en la que recompensaba a todo aquel que capturara o diera aviso de uno o más rebeldes infiltrados en el estado. Además, cualquiera que estuviera en contra de la corona sería considerado un insurrecto, y apresado de inmediato.
—El comandante debió ser capturado y acusado de traición a la corona —dijo Erd con preocupación.
—Si descubren que nosotros intentamos ayudarlos, seremos acusados también —añadió Auruo.
—Luego veremos qué hacer con eso —dijo Rivaille—. Andando.
Gracias a Marlo, la ubicación de la base fue confirmada a media hora de Hermiha; al oeste del distrito Mitras, el más grande e importante del reino y donde se concentraba la clase noble y la familia real. Marlo aseguró que no tendrían problemas en cruzar al distrito pues en la puerta norte de Hermiha se encontraba Boris como jefe del escuadrón de vigilancia.
"Háganlo de prisa y sin llamar la atención", le dijo a Rivaille; lo demás corría por su cuenta.
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Luego que Rivaille y los demás se marcharon, Eren regresó al dormitorio para alimentar a Ellery y cambiarle el pañal. Media hora más tarde, Gunter le llevó la cena. Eren agradeció su gesto al ser consciente de la petición de Rivaille. Y aunque la cena se veía mucho más apetitosa que la de anoche, su estómago se negó a aceptar bocado alguno. Estaba cerrado por la tensión y la preocupación de lo que fuera a suceder con Rivaille e Irvin. Y al ver que sus intentos por probar un bocado fueron en vano, decidió salir del dormitorio con Ellery y pasear por el castillo, descubriendo que en realidad era mucho más grande de lo que se veía por fuera, siendo lo suficientemente práctico como para camuflarse entre la espesura del bosque, lejos del alcance de la policía militar.
El paseo se dio principalmente por los corredores y salones de los diferentes pisos. La mayoría se encontraban vacíos, pues los rebeldes se concentraban en el primer nivel y el subterráneo. Eren aún no confiaba en ellos, pero a medida que recorría la fortaleza, veía que los rebeldes no eran los bárbaros que la corona creía y decía. Pese a la situación por la que atravesaban, buscaban un momento de distracción con juegos y bebida en uno de los salones de la primera planta. Y si bien el ambiente era de relajo entre risas y cantos, algunos no estaban de acuerdo con la presencia de Eren, quien prefirió alejarse del alcance visual de ellos y seguir su camino hasta la torre más alta del castillo. Cuando llegó a ella, la brisa fresca de la noche le acarició el rostro. La torre contaba con una vista panorámica de todo el valle donde se alzaba la fortaleza. Incluso podía apreciarse en el horizonte la muralla Sina bajo el manto de estrellas.
Eren respiró con profundidad y acomodó contra su hombro izquierdo a Ellery, quien había despertado durante el paseo.
—¿Te gusta aquí? —le preguntó mientras acariciaba su espalda con suavidad. Se acercó al borde de la torre y aguardó unos momentos ante la necesidad de calmarse y pensar en el retorno de Rivaille e Irvin.
Ellery lo veía fijamente mientras sus brazos se agitaban con suavidad. Aún no tenía control de ellos, por lo que sus movimientos eran involuntarios. Gimoteó un poco y Eren lo acomodó entre los brazos, cobijándolo contra su pecho. Un suave arrullo escapó de sus labios a medida que lo mecía para mantenerlo a gusto y tranquilo.
—Tu padre regresará pronto. Volverá por nosotros y podremos irnos lejos para vivir los tres juntos. —Acarició su pequeño rostro y le sonrió—. ¿Dónde te gustaría vivir? A mí me encantaría que fuera cerca del mar. ¿Te gustaría conocerlo? Apuesto que sí. —Besó su frente y continuó meciéndolo suavemente.
La brisa aún era fresca, por lo que Eren decidió regresar al dormitorio para que Ellery no se enfriara. Y al momento de volverse, vio a Bertholdt en la entrada.
Sus miradas se cruzaron, y Eren no dudó en demostrarle su desprecio y resentimiento.
—No sabía que estabas aquí —dijo Bertholdt de manera casual.
Eren trató de ignorarle, retomando el paso para dejar la torre, pero Bertholdt le atajó.
—¿Sigues enfadado por lo que pasó?
Eren se detuvo bajo el marco de la puerta que conectaba la torre con el interior del castillo y clavó su mirada fría en él.
—¿Quemar la fuente de trabajo de varias personas e intentar asesinar al comandante te parece poco? —preguntó—. Tú y Reiner son unos enfermos.
—Teníamos una misión que cumplir —dijo Bertholdt.
—Pero lo hicieron a costa de hacer sufrir a personas inocentes. Asesinaron guardias en la hacienda del comandante. Eran personas inocentes. ¡No me digas que tenían la misión de asesinarlos! ¡No digas estupideces!
Eren intentó retomar el paso, pero Bertholdt volvió a atajarle.
—¿Acaso no habrías hecho lo mismo? —Eren se detuvo y lo vio fijamente. —¿No habrías hecho todo por vengar a tu familia? Nosotros vimos morir a nuestros padres, a nuestros hermanos y amigos. La guerra nos arrebató todo cuanto queríamos.
Eren no supo qué contestar.
—A veces —continuó Bertholdt—, tomar medidas drásticas es un precio que debemos pagar para lograr ser escuchados.
—Matar al asesino de tu familia no te la devolverá —le corrigió Eren—. Ese precio que pagan no es suficiente para revivirlos.
—Pero nos permite seguir adelante sabiendo que hicimos todo por vengar su injusta partida.
Eren podía entender las palabras de Bertholdt. Sabía que si estuviera en su posición habría hecho exactamente lo mismo por su familia. Volcar su ira en el o los culpables sería su único propósito en su vida si algo así sucediera. Sin embargo, las cosas no eran como Reiner y Bertholdt creían, y Eren estaba viendo el otro lado del espejo, donde Irvin era la víctima.
—Me alegro que todo haya salido bien —dijo Bertholdt al percatarse de Ellery.
Eren frunció el ceño y lo cubrió con la manta que Hanji le había obsequiado, protegiéndolo así del alcance visual de Bertholdt. Lo que menos quería era que ellos posaran sus ojos en él y se creyeran con el derecho de opinar algo.
Gunter apareció en ese momento; había perdido de vista a Eren luego que le dejó la cena. Y ahora al verlo con Bertholdt no dudó en acercársele.
—¿Hay algún problema? —preguntó, viendo a Bertholdt con severidad.
—No —dijo Bertholdt, caminando hacia la salida—. Ya me iba.
Pasó junto a Eren y dejó el lugar en silencio. Una vez a solas, Gunter se dirigió a Eren.
—No es prudente que andes solo por este lugar. No es seguro —explicó preocupado. Sabía que Rivaille no le perdonaría su descuido.
—Sí, lo siento —dijo Eren—. Regresaré al dormitorio.
—Te acompañaré.
Eren agradeció las buenas intenciones de Gunter y abandonaron la torre.
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Encontrar la base de la policía central fue más fácil de lo que Rivaille imaginó. Luego de dejar Hermiha e ingresar a Mitras, el camino se les había hecho más fácil debido a los terrenos amplios que pertenecían a los nobles de clase alta del reino. Solo castillos y mansiones con bastos terrenos planos al interior del distrito saltaban a la vista. Al final de un camino angosto y pedregoso, rodeado principalmente por arbustos y césped sin cortar en medio de una vasta campiña, se alzaba la base de la primera división de la policía militar.
—Todo está muy silencioso —dijo Reiner—. No me gusta.
Ocultos entre la hierba, se mantuvieron a una distancia prudente de la casa para observar el movimiento de la policía. No había guardias en la entrada y, ante la ausencia de luz proveniente de las ventanas, la casa parecía en completo abandono.
—Deben estar confiados de la seguridad que proporciona la entrada de Mitas —comentó Dieter, uno de los rebeldes que decidió acompañar a Reiner.
—Si están confiados o no, no bajen la guardia —ordenó Rivaille—. La policía central opera distinto a la común. Esto incluso puede ser una trampa.
—¿Entonces qué haremos? —preguntó Erd.
—Apegarnos al plan —dijo Rivaille—. Incluso si esto se trata de una trampa, estaremos preparados para enfrentarlos. Andando.
Armados con rifles y los equipos de maniobras, los ocho se acercaron a la propiedad de tres pisos. La rodearon cautelosamente hasta hallar una puerta. Rivaille la abrió y vio por un resquicio de ella, descubriendo el cuarto de la cocina. Hizo una seña con la mano izquierda e ingresaron a la mansión.
—No veo nada —se quejó Auruo a medida que avanzaban por un pasillo hasta el salón principal.
El interior era espacioso. Con dos escaleras hacia los pisos superiores, las habitaciones del primer nivel se repartían a lo largo del corredor central. La decoración constaba solo con mesas y sillas repartidas en cada salón y del techo pendían llamativos candelabros sin encender. Rivaille volvió a hacer una seña con la mano y avanzaron por el pasillo hasta la última puerta; detrás de ella había una serie de escalones que conectaban con un subterráneo.
—Esa debe ser la entrada al calabozo —señaló Armin.
Bajaron y siguieron por un pasillo estrecho. Las antorchas colgadas en las paredes apenas e iluminaban el lugar. A mitad de camino se toparon con una puerta con armazón de hierro.
—¿Y ahora qué? —dijo Auruo al ver que se encontraba cerrada.
Reiner vio a Jurgen —otro de los rebeldes que le acompañó—, quien pasó al frente.
—Estas cerraduras tienen un mecanismo que si se les conoce bien, es fácil de burlar —dijo tras revisar la puerta.
—Jurgen es hijo de un herrero —comentó Reiner—. Conoce a la perfección la hechura de todo tipo de cerrojos y la manipulación del metal.
Jurgen sacó de su morral un par de ganzúas que introdujo en el pasador.
—Este tipo de cerradura es nueva. Los contrapernos, la línea de corte y los resortes tienen un diseño único que solo se fabrican al interior de Sina —explicó mientras trabajaba en el interior del cerrojo—. Pero si se aplica el movimiento preciso y las herramientas adecuadas... —Con un giro preciso de las ganzúas, la puerta finalmente se abrió.
—Bien hecho —dijo Reiner.
—Ustedes —dijo Rivaille, dirigiéndose a Dieter e Iván, el tercer rebelde que acompañaba a Reiner—. Vigilen aquí.
Ambos asintieron con un "sí, señor" aun cuando les incomodara seguir las órdenes de un militar.
Reanudaron el paso, advirtiendo una serie de celdas y puertas a lo largo del pasillo. Doblaron un recodo, y, en el último calabozo, Armin reconoció a Irvin.
—¡Comandante! —exclamó, corriendo hacia él.
Atado de pies y manos, Irvin dormitaba sentado en una silla. Ante el llamado de Armin abrió los ojos, sorprendiéndose al verlo de pie al otro lado de la reja. Pero lo que capturó su total atención fue ver a Rivaille.
—¿Qué... hacen aquí? —logró articular—. ¿Qué haces aquí?
—Ya habrá tiempo para las explicaciones —dijo Rivaille mientras Jurgen se encargaba de abrir la celda. Una vez que lo logró, Armin ingresó a ella rápidamente, reparando en los cortes y la sangre seca que Irvin presentaba en su rostro. Todo indicaba que había sido víctima de una severa golpiza.
Jurgen le siguió y se acercó para abrir los grilletes que apresaban las muñecas de Irvin por detrás de la silla.
—Debemos sacarlo de aquí —dijo Armin sin molestarse en ocultar la preocupación de verlo lastimado—. Está mal herido...
—Estoy bien. Lo que no entiendo es qué están haciendo aquí —insistió viendo a Reiner.
—No quiero deberle nada —dijo él—. Si usted nos liberó de la prisión, no quiero debérselo.
Irvin permaneció en silencio. No esperaba la colaboración de Reiner; mucho menos la de Rivaille, porque no hacía las cosas a la espera del reconocimiento o gratitud. Sus decisiones se basaban en lo que creía justo y correcto para el bien de una o más personas.
—Lo que están haciendo es muy arriesgado —dijo al fin.
—Ahórrate tus preocupaciones; ya estamos aquí —respondió Rivaille.
Jurgen en ese momento terminó de abrir los grilletes y Armin ayudó a Irvin a levantarse y a colocarse el equipo de maniobras que había conseguido para él. Una vez listos, dejaron la celda para regresar rápidamente al piso superior.
Todo estaba saliendo según el plan, y aunque era lo esperado, Rivaille seguía intranquilo ante la ausencia de policías al interior de la casa.
—Rivaille. —Irvin lo llamó luego que dejaron el pasillo para subir las escaleras que conectaban el sótano con el primer piso—. Hay algo que debes saber.
En ese momento, Iván, el tercer rebelde que acompañaba a Reiner, subió al primer nivel, y lo siguiente que todos vieron fue cómo un proyectil impactaba en su cabeza, volándola en pedazos.
—¡Iván! —exclamaron al unísono Jurgen y Dieter al ver caer el cuerpo de su amigo.
De inmediato, una sucesión de disparos comenzó a caer sobre Rivaille y los demás.
—¡Cúbranse! —gritó Irvin al percatarse que los disparos provenían del segundo piso, y que la fuerza de los proyectiles era capaz de perforar un cráneo.
Tomó posición tras la muralla en la entrada al sótano junto con Armin y Rivaille; Auruo y Erd se ubicaron al otro lado, bajo las escaleras; Reiner, Dieter y Jurgen en el salón contiguo.
—¡¿Qué es toda esta basura?! —exclamó Rivaille al percatarse del poder de los disparos, que ensordecían el lugar—. ¡No parecen de rifles comunes!
—¡Es de lo que te quería hablar! —respondió Irvin—. ¡La primera división cuenta con armamento de tecnología avanzada!
—¡¿Ah?! —Rivaille no estaba a gusto con la situación. Todo lo que veía era cómo los disparos destruían todo.
—¡Pero tarde o temprano se tendrán que detener! —dijo Armin cubriéndose los oídos—. ¡Las municiones se terminarán!
—¡Debemos salir de aquí! —exclamó Reiner, haciendo una seña a Irvin y Rivaille. Dieter y Jurgen abrieron fuego para cubrir a los demás y dejar el refugio para avanzar. Pero era imposible; eran muchos policías contra ellos.
Aguardaron solo unos cuantos segundos más, hasta que los disparos se detuvieron, quedando todo cubierto bajo una polvareda espesa y escombros.
—Ahora —dijo Erd al ver el pasillo libre, pero se detuvo y permaneció en su sitio al escuchar pasos provenientes de las escaleras.
Los policías estaban bajando.
—Así que las ratas llegaron a la guarida del gato —dijo una voz que para Rivaille fue familiar—. Quién hubiera imaginado que caerían en nuestra trampa tan fácil.
Armin se mordió el labio al ver que había hecho caer en una trampa a Rivaille y los demás. No había pensado en la inteligencia de la policía. Los había subestimado al creer que ignoraban la presencia de Rivaille al interior de los muros, pero debía haber previsto que si Irvin estaba moviendo los hilos contra la corona, sus aliados tomarían el control para recuperarlo una vez que fuera capturado.
—Salgan de sus escondites. No les meteremos una bala en el cráneo como a ese amigo suyo.
Dieter y Jurgen empuñaron sus manos con ira ante la frialdad con la que hablaron de su amigo Iván.
—¡Salgan!
Irvin y Rivaille intercambiaron miradas y vieron que la única alternativa que les quedaba era mostrarse ante la policía. Todos estuvieron de acuerdo, por lo que dejaron sus escondites y se enfrentaron al grupo de policías militares que los encañonaban con armas que no pasaron por alto para nadie.
En ese momento, Rivaille reconoció a Kaney, y no pudo ocultar su expresión de sorpresa.
—¿Sorprendido, Rivaille? —preguntó Kaney mientras se le acercaba.
—Te hacía como comida para los gusanos —respondió Rivaille sin variar su tono displicente.
—Pero ya ves que las cosas no sales como se planean —respondió Kaney—. Volví del infierno para llevarte conmigo y de paso pisar a las ratas que te siguen.
—¿Y por eso te uniste a la policía militar? ¿Después que masacraste a tantos policías, te unes a ellos?
—Todos tenemos un precio —respondió Kaney mientras sus subordinados desarmaban a Rivaille y los demás—. Tú por ejemplo: un soldado digno de admirar; ¡el más fuerte de la humanidad!, y que ha tomado las vidas de personas que ni siquiera conocías fuera de los muros, ¿y por qué? ¿Por un bien mayor? ¿Porqué alguien te lo ordenó? Nuestras acciones siempre tienen un porqué, y el mío es claro. Este mundo es demasiado grande para pasar la vida tras estas paredes y seguir la corriente como si nos faltara voluntad y conciencia. Incluso tú matas por tu propio bien.
—Sí... es cierto —respondió Rivaille, viéndole fijamente—. Y así como una vez acabé contigo, hoy podría volver a hacerlo.
En cuestión de segundos, Armin le facilitó el revólver que portaba secretamente en la parte posterior de su cinturón y disparó hacia el candelabro que pendía del techo. La estructura cedió y cayó precipitadamente sobre Kaney y los demás policías, generando un gran estruendo y una nube de polvo que le permitió a Rivaille y los demás aprovechar la oportunidad de escapar por la
puerta principal.
—¡De prisa! —gritó Reiner mientras dejaban la propiedad y corrían a campo abierto.
Los disparos comenzaron a sonar en medio de la oscuridad.
—¡Hay policías en el techo! —gritó Erd tras percatarse de la procedencia de las detonaciones.
Dieter, Jurgen, Erd y Auruo cubrieron a Rivaille y los demás pues habían logrado recuperar sus rifles al momento de dejar la base.
—¡Qué son esos equipos de maniobras! —exclamó Reiner luego que se adentraron en la hierba al otro lado del camino.
—Les incorporaron armas de fuego —señaló Armin, quien corría a su lado—. Pareciera que fueron diseñados para suplir las deficiencias de los equipos convencionales. Son más efectivos y letales.
—¡¿Y cómo los detendremos?! —preguntó Auruo—. ¡Esas armas nos volarán en pedazos como a ese rebelde!
—Por el momento debemos mantenerlos alejados de ellos —dijo Irvin—. La policía regular me detuvo en el cuartel general de Stohess, pero repentinamente Kaney tomó el control de la situación y me trasladó a su base. Claramente esperan algo de todo eso.
Rivaille vio hacia atrás, preguntándose por qué Kaney estaba vivo y bajo qué propósitos el rey le había otorgado el mando de la primera división de la policía. Todo parecía parte de un sórdido y peligroso plan para anular a los rebeldes, pero él solo pensaba en el riesgo que corrían Eren y Ellery si Kaney descubría el vínculo que compartía con ellos.
Al interior de la base militar, Kaney y los policías se recuperaban luego que les cayera el candelabro encima. Algunos miembros resultaron heridos; otros —incluido Kaney— tuvieron la suerte de esquivarlo a tiempo.
—Capitán, escaparon —dijo uno de los policías que abrió fuego contra Rivaille y los demás desde la parte alta de la casa—. Parece que el comandante Irvin y el sargento Rivaille son más fuertes de lo que creímos.
—Esas ratas tuvieron suerte. Eso es todo —dijo Kaney, levantándose y sacudiéndose el polvo.
—Si no nos damos prisa los perderemos.
—No te preocupes. Con estos equipos no hace falta apresurarse. Caerán como moscas; una por una.
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Cerca de la puerta que conectaba Mitras con Hermiha, Rivaille dio la orden para desplegar los equipos de maniobras y brincar la muralla aun cuando hubiera guardias en la parte superior. No tenían tiempo para cruzar en silencio, y la idea de llamar la atención era la única ventaja con la que podían contar para retrasar a la primera brigada, pues los equipos modificados parecían ser un secreto del gobierno.
"Esos equipos de maniobras parecen ser exclusivos de la policía militar central. No les convendrá llamar la atención con ellos. Pero es una apuesta cincuenta y cincuenta", dijo Armin cuando vio que se acercaban a la muralla.
Preparados para entrar a Hermiha, desplegaron los equipos de maniobras, sorprendiendo a los seis policías que custodiaban el borde de la muralla.
Rivaille fue el primero en derribar a tres de ellos.
—¡Crucen ya! —gritó en el momento que Irvin y Armin llegaron junto a él y trataron de evadir a los guardias que, alertados por la irrupción, dieron la alarma.
En cuestión de segundos fueron rodeados por un grupo significativo de policías que no dudaron en encañonarlos con sus rifles.
—Tranquilos —pidió Irvin de manera conciliadora. Pero ante los ojos de los policías él era un traidor.
—¡Bajen sus armas! —ordenó el capitán de la brigada—. ¡Bájenlas o abriremos fuego contra ustedes!
—No podemos hacer eso —dijo Irvin.
—¡Obedezcan!
—¡Más respeto con el comandante de la legión de reconocimiento! —gritó Auruo.
—¡Él es un traidor, un desertor! —exclamó el policía—. ¡Ya no es más el comandante de la legión! ¡Ahora bajen sus armas!
Nadie quiso ceder, y el seguro de los rifles contra ellos fueron liberados.
—¡Bájenlas!
—¡Alto! —se escuchó de pronto. Nile Dawk, comandante de la policía militar, llegó junto a otros seis policías que se encontraban en la puerta del distrito—. ¡Irvin, ¿qué haces aquí?!
—Nile, organiza a tus hombres —dijo Irvin—, tenemos que hacerle frente a la primera división que se encuentra al interior de Mitras.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué tienes que ver con la policía central? Se supone que deberías estar en la prisión a la espera de tu interrogatorio por conspirar contra la corona.
Irvin no quiso dar mayores explicaciones pues no contaban con el tiempo suficiente, pero Nile lo detuvo amenazándolo con su rifle.
—¡¿Qué pretendes con todo esto?! ¡Te uniste a los rebeldes y conspiras contra el rey! ¡Te ejecutaré en este instante!
—El rey está planeando algo, y es nuestro deber impedirle llevarlo a cabo —explicó Irvin—. Nosotros somos leales a las personas; damos nuestras vidas por ellas. No me importa morir, pero no puedo hacerlo hasta que mi misión esté completa. Si decides terminar con mi vida, deberás encargarte de seguir con nuestros planes y detener al rey.
—¿De qué estás hablando? ¿Qué está pasando?
En ese momento, varios disparos provenientes de Mitras rompieron el silencio. Rivaille y los demás aprovecharon de escapar frente al descuido de la guardia sobre la muralla y del propio Nile, quien se vio sorprendido cuando la policía central hizo su aparición.
—¡Recuerda por quiénes luchamos! —dijo Irvin antes desplegar su equipo de maniobras.
Los guardias quisieron abrir fuego contra ellos, pero se detuvieron cuando vieron cruzar a los otros miembros de la policía militar central con los equipos de maniobras modificados.
—¿Qué está pasando? —se preguntó Nile al ver a la policía central con tales armas.
La persecución al interior de Hermiha no tardó en llamar la atención de los habitantes del distrito. El tronar de los disparos desató el pánico, y las campanas de alerta por el acceso de rebeldes al distrito llamaron al despliegue de la brigada regular de la policía a cargo del lugar. Rivaille no había tenido otra alternativa que ingresar de esa manera. Había apostado a la teoría de Armin, y no se había equivocado del todo al creer que la primera división no se molestaría en seguir ocultando los equipos de maniobras modificados, porque los siguieron con la misma insistencia desde que dejaron la base en Mitras.
Al cabo de unos minutos y, luego de dispersarse, el primero en caer fue Jurgen. Su cuerpo terminó derrapando en un tejado tras recibir dos disparos que destrozó su cabeza y parte de su torso.
—¡No podemos seguir escapando! —exclamó Rivaille. Junto a Irvin y Armin, eludían los proyectiles zigzagueando entre los callejones más apartados del centro del distrito.
—¡Estamos en desventaja al no poder usar armas de fuego mientras nos desplazamos! —dijo Armin.
—Rivaille, ¿crees que puedas derribarlos? Tengo una idea —dijo Irvin. Sus estrategias ofensivas no se diferenciaban de las que ejecutaba para los enfrentamientos fuera de los muros, cuando debían combatir contra soldados de otras naciones y con otro tipo de armamentos. Y sabía de lo que Rivaille era capaz y de las posibilidades que tenía de vencer al menos a la mitad de los policías si desarrollaban un contraataque sorpresivo.
Rivaille escuchó el plan y cambió de trayectoria hacia el este, ocultándose del rango visual de sus persecutores. Dio media vuelta por detrás de la torre de la iglesia y sorprendió al primer policía que tenía en frente. Con un súbito movimiento le pateó rostro duramente contra un muro de piedra, logrando que la fuerza de su golpe lo matase al instante. Los otros dos policía que lo tenían en la mira comenzaron a dispararle; él desenvainó dos navajas y, deteniendo los proyectiles con ellas, llegó a ellos y rebanó sus cuellos. Sus cuerpos cayeron inertes sobre los tejados.
Ya solo quedaban cinco por derribar.
Otros dos policías siguieron a Irvin y Armin, disparando sin vacilación contra ellos hasta que lograron apartarlos de Rivaille y llevarlos al oeste de Hermiha. Ambos apuntaron sus armas contra Armin luego de perder de vista a Irvin y jalaron de los gatillos, sin embargo Armin consiguió esquivarlos al desviar sorpresivamente hacia un callejón, adentrándose en él. Los policías no tardaron en seguirle al ver que finalmente lo habían acorralado. Inesperadamente, en medio de la trayectoria, un cable tensado derribó al primer policía luego que su cuerpo chocara contra él; el segundo policía alcanzó a evadir la trampa, percatándose demasiado tarde que de pie en medio del callejón se encontraba Irvin con un rifle en la mano. Antes de poder hacer algo, recibió un disparo en el pecho, cayendo sin vida al suelo.
Armin, quien se había encargado de colocar el cable de su equipo de maniobras en medio del camino, bajó y se acercó a Irvin, secándose el sudor del rostro.
—¿Estás bien? —le preguntó Irvin al percatarse de su agitación. Colocarlo como carnada para derribar a los policías había sido muy arriesgado. Pero Armin lo sabía, y había estado dispuesto a ejecutar el plan sin importar las consecuencias.
—Sí —respondió tras recuperar el aliento—, no se preocupe.
—Sigamos. Debemos reunirnos con el resto en la puerta sur.
Desplegaron los ganchos de sus equipos y dejaron el callejón.
En el centro del distrito, Reiner defendía su escape en compañía de Auruo y Erd. Dieter había caído herido instantes atrás luego de recibir un disparo por la espalda.
—¡Debo ir por Dieter! —exclamó Reiner luego que se resguardaron tras el muro de una casa de tres pisos.
—¿Estás loco? Olvídalo —respondió Auruo—. Mira, la policía está sobre él, no vale la pena.
—Auruo tiene razón —dijo Erd—. Si vas serás asesinado.
—No puedo dejarlo —declaró Reiner—. Ustedes harían lo mismo por sus compañeros. No se abandonarían si existiera una oportunidad de salvación.
Auruo y Erd intercambiaron miradas de preocupación. Estaban acorralados y sin posibilidades de escapar con vida, pero Reiner tenía razón: un compañero no se abandonaba. Dos policías rondaban el lugar a la espera de disparar en cuanto los divisaran. Era un riesgo salir y enfrentarlos, pero tenían una ventaja a su favor, y podían usarla si confiaban en sus propias capacidades.
—Acabemos con esos malditos —dijo Auruo—. Ya me están cansando.
Erd sonrió.
—Andando.
Ambos desplegaron sus equipos y dejaron a Reiner. Con solo una seña se separaron y usaron la altura de los edificios para cubrirse y atacar por la retaguardia. Cuando los policías divisaron a Reiner, Auruo y Erd aparecieron por detrás y los cortaron con sus cuchillas a la altura de sus torsos, liquidándolos sobre la fuente de agua de la plaza. El último policía quedó en la mirada de Rivaille y, antes de poder dispararle, él le atravesó el rostro con uno de los ganchos de su equipo. Finalmente retrajo el cable y cortó su cuello, separándole la cabeza del cuerpo.
Con los ocho policías derribados, Rivaille y los demás se reunieron para dejar Hermiha. Reiner fue por Dieter, y cruzaron el muro sur por la parte superior, sin darles tiempo a los guardias ni a la brigada regular de detenerlos. Ellos solo pudieron verlos escapar y perderse en la oscuridad del bosque.
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Luego de dejar a Ellery durmiendo en la habitación, Eren bajó a la espera de Rivaille. Sabía que podía llegar en cualquier momento, y aguardar por él en el dormitorio le inquietaba. Ni siquiera podía dormir; lo intentó pero la tensión y la ansiedad lo hicieron imposible.
El primer piso se encontraba en completo silencio. Eren dejó las escaleras e ingresó al salón principal. Solo la chimenea se encontraba encendida, consumiendo las últimas brasas. Se acercó una de las ventanas que daba hacia el frontis del castillo y apoyó los antebrazos en el alfeizar, dejando que la brisa fresca de la noche meciera sus cabellos.
—¿No puedes dormir? —preguntó Gunter tras ingresar al salón y verlo de pie frente a la ventana.
—Me preocupa lo que está pasando en Sina —dijo Eren, ladeando el rostro para verle—. Quizá los detuvieron o se percataron de sus intenciones.
—Ten más confianza —le pidió Gunter luego de acomodarse cerca de la chimenea—. El sargento y los demás son personas calificadas. Auruo y Erd por ejemplo, son soldados de la legión que decidieron seguir al comandante y ser su guardia personal. Pero en el pasado eran los mejores en un campo de batalla. Incluso yo. Además estarán con el comandante. Juntos son invencibles.
Eren asintió intentando aplacar su nerviosismo. Volvió la vista al frente y, tras poner atención a las figuras que emergían del bosque, reconoció a Rivaille y los demás acercándose. Los centinelas en las torres advirtieron su llegada.
—¡Son ellos! —exclamó, y dejó el salón para recibir a Rivaille en las puertas del castillo.
Los rebeldes que se encontraban descansando al interior de la fortaleza escucharon el aviso de los centinelas y salieron al encuentro de Reiner. Rivaille y los demás cruzaron la entrada y Eren fue el primero en acercarse. Ver a Rivaille aliviaba su corazón. Había temido por él desde que se despidieron, pero ahora que estaban juntos todos sus temores se desvanecieron.
—¿Estás bien? —le preguntó al ver los rasguños que tenía en su rostro producto de las esquirlas que produjeron las detonaciones de los equipos modificados de la policía central.
Rivaille lo ignoró, y es que su mente se encontraba ocupada por Kaney y su participación en la policía central. No podía sentirse tranquilo sabiendo que él aún se encontraba con vida. Ahora habían escapado con mucha suerte, pero sabía que no tendrían una segunda oportunidad.
Eren notó la tensión en su rostro y guardó silencio. Lejos de molestarse por haber sido ignorado, le preocupó lo que estuviera pasando por la mente de Rivaille para tener tal expresión. Intentó preguntarle pero Irvin se le acercó, sorprendiéndolo.
—No debiste pedírselo —dijo él, consciente de que había sido Eren el responsable de la participación de Rivaille en su rescate.
—Lo siento —murmuró Eren, bajando el rostro con pesar—, no podía irme sabiendo que estaba en peligro. Tenía que hacer algo, aunque en realidad no hice nada, solo quedarme aquí y esperar por usted y Rivaille.
Irvin sabía que intentar persuadir a Eren era imposible. Conocía su determinación y obcecada persistencia cuando se proponía algo. Pero aun cuando había sido un riesgo regresar, estaba muy agradecido, porque demostraba que incluso siendo el ex marido de Eren, ni él ni Rivaille dudaron en ayudarle.
Sonrió complacido y apoyó una mano en el hombro derecho de Eren.
—A pesar de lo que ha pasado entre nosotros, hiciste todo esto por mí. Y te lo agradezco. —Apartó su mano de Eren y se alejó en compañía de Armin.
Eren lo vio ingresar al salón en el que él había estado instantes atrás, y llegó a su campo de visión la figura de Rivaille, que le observaba fijamente desde la entrada. Caminó hacia él y sonrió casual. Rivaille ingresó a la sala sin decirle nada y Eren le siguió en silencio.
Reiner encabezó la reunión en el salón para repasar lo ocurrido en Mitras y Hermiha. Nadie se esperaba una contraofensiva de la policía con equipos modificados ni mucho menos el regreso de Kaney. Y Rivaille era el más molesto por eso.
—No puedo creer que la policía posea equipos así —dijo Reiner—. Estamos en serios problemas. El rey lo sabía, por eso se los dio.
—Pero por qué, por qué usar esos equipos ahora —dijo Armin sentado junto a Irvin—, y por qué no los han distribuido en la legión para combatir en el exterior.
—Es lo que Hanji está tratando de averiguar —dijo Irvin, percatándose de la expresión de Rivaille al otro lado de la mesa—. Sé lo que debes estar pensando —le dijo.
—Todo esto es una mierda. Para empezar, Kaney no debería estar con vida.
—¿Kaney? —repitió Eren con curiosidad—. ¿Quién es él?
—He leído sobre él —dijo Armin—. Fue un asesino a sueldo; un mercenario. Intentó atentar contra el anterior rey hace años. Pero... se suponía que había muerto... —Su voz se fue apagando al ver a Rivaille. Los reportes del caso lo señalaban como el asesino de Kaney luego de emboscarlo en el palacio real hacía doce años.
—De todos los sitios a los que pudo regresar, lo hizo en la policía... —masculló Rivaille.
—Lo que debemos hacer ahora es preparar un plan de ataque y defender nuestros puntos débiles —dijo Irvin.
—Comandante —mencionó Armin—. ¿Por qué la primera división lo retuvo si inicialmente fue detenido por la policía regular? ¿No fue acaso trasladado a la prisión estatal? ¿Para qué interrogarlo en Mitras?
—Querían información.
—¿Y la obtuvieron? —preguntó Reiner.
Mientras Irvin respondía, Armin pensaba en la sucesión de eventos que despertaban su preocupación. La captura de Irvin, su traslado a Mitras y la ausencia de Kaney luego que dejaron el distrito eran cosas que lo inquietaban. Y al unir las piezas, saltó de su silla con horror.
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En medio del bosque, Kaney y sus hombres llevaban a cabo su plan inicial. Y tras dar una señal, se acercaron a la fortaleza donde Eren y los demás se ocultaban. Dispararon sin vacilación a los guardias que vigilaban en las torres del castillo e ingresaron en el edificio principal.
—¡Finalmente encontré el nido de las ratas! —dijo Kaney, apuntando con sus armas y sonriendo con satisfacción luego de irrumpir en el salón donde Rivaille y los demás llevaban a cabo la reunión.
...Continuará...
