Poco después del día de Año Nuevo, los chicos volvieron a Hogwarts. Regulus suspiró, aliviado, al poner un pie en el castillo. Allí estaba relativamente a salvo, nadie lo mandaría a ninguna misión y había conseguido evitar ver al Lord durante todas las vacaciones. Aquella primera noche cenaba como siempre con sus compañeros en la mesa de Slytherin y, mientras fingía escucharlos, paseaba su mirada por la mesa de Hufflepuff. Seguía sin hablar con Dorcas, pero no podía dejar de pensar en aquel beso que se había atrevido a darle y que tanto le había gustado. Debería haberse acercado a hablar con ella después de eso, pero no reunió el valor suficiente y ahora no sabía cómo sacar el tema de conversación. Ojalá volvieran a ponerlos juntos en algún trabajo para así poder tener una excusa para hablarle.

- Oye, Regulus, ¿cuándo es el partido?

La voz de Avery lo sacó de sus pensamientos. Agitó un momento la cabeza y enarcó una ceja antes de contestar.

- El próximo sábado. Vamos a darles una auténtica paliza a esos leones.

- ¡Sí! – Exclamó Mulciber, que era uno de los golpeadores del equipo. – Tienen que enterarse de lo que es bueno.

- He pensado que podríamos hacer algo después del partido. – Murmuró entonces el chico, acercándose un poco al centro de la mesa. Hizo un gesto a los demás para que también se acercaran y sonrió. – Además, esto serviría para probar a un chico que quiere entrar en nuestro grupo.

- ¿Quién? – El menor de los Black frunció el ceño. – Se supone que nadie ajeno a nosotros puede enterarse de nuestros planes, ¿cómo sabemos que podemos confiar en él?

- Del mismo modo que decidimos confiar en Severus, ¿no? – Insistió. – Tendrá que pasar algunas pruebas. Ya he hablado con él y está totalmente en contra de los sangre sucia y los muggle. Es un sangre pura de muy buena familia, te sorprenderás cuando sepas de quien es hijo.

- ¿Y por qué no nos lo dices sin más?

- Porque cualquiera podría escucharnos y no queremos que eso pase. – Sonrió de medio lado con satisfacción. Por fin era él y no Regulus el centro de atención. – Es un poco más pequeño, está solo en cuarto, pero os aseguro que apunta maneras y, si realmente se convierte en uno de los nuestros gracias a nosotros, nos convertiremos en héroes porque sería un golpe mortal para el Ministerio y todos esos estúpidos pro-muggles.

- No suena mal. – Murmuró Snape, todavía bastante receloso. – Pero estoy de acuerdo con Regulus, deberíamos tener cuidado.

- Fiaos de mí, no voy a dejar que nadie nos descubra. – Insistió. – Podemos reunirnos esta noche en la Sala Común, cuando todo el mundo se haya ido ya a dormir. Os lo presentaré y le haremos pasar algún tipo de prueba antes de llevar a cabo nuestro plan.

- A mí me parece bien. – Mulciber asintió. – Y apoyo también lo de hacerle algo a los Gryffindor, tanto si ganan como si pierden el partido. Ya sabéis lo que nos dijeron en la fiesta: cuanto más practiquemos aquí dentro, mejor nos irá allí fuera.

- Pues reunámonos entonces. – Regulus se puso de pie. Acababa de ver a Dorcas salir del comedor sola, como hacía mucho tiempo que no hacía, y sabía que era su oportunidad. – Os veré luego.

Salió con paso apresurado del Gran Comedor y la siguió por los pasillos. Sabía que ella era consciente de que lo seguía así que aceleró un poco hasta alcanzarla.

- Creía que habías dejado de hacer esto, Regulus.

- Llevo mucho tiempo queriendo hablar contigo, Dorcas, pero no sabía cómo acercarme a ti. – Suspiró. – Lo del beso…

- Todavía no entiendo a qué vino.

- Creo que me gustas.

- Ve con ese cuento a otra.

- No es ningún cuento.

- Ya, claro. – Negó con la cabeza y se detuvo. – Regulus, sé que no eres tal y como finges ser, pero también sé que jamás cambiarás las creencias que te han inculcado así que no me creo que puedas sentirte atraído por mí.

- Es difícil de creer incluso para mí, pero es la realidad. – Insistió. – ¿No te gustó el beso?

- No quiero hablar de ello.

- Eso quiere decir que te gustó, Dorcas. – El chico sonrió levemente. – Lo sabía. Sabía que, si no, me habrías abofeteado o lanzado un hechizo.

- Si no lo hice fue únicamente porque me pillaste desprevenida y, además, no creo en la violencia.

- No te creo.

- Pues deberías hacerlo. – Insistió ella, fingiendo tranquilidad. Sentía el corazón latirle muy rápido, pero se esforzaba por no delatarse a sí misma. No se había esperado aquella confesión, jamás pensó que Regulus se atrevería a decir aquello en voz alta, pero no podía hacerse ilusiones. Sabía que al final acabaría dañada. – Regulus, déjalo estar, ¿vale? No eres mal chico y por eso no diré nada de lo que ha pasado, pero ambos sabemos que esto no tiene futuro, que tú no permitirás que tenga futuro porque jamás te mostrarás tal y como eres.

- No funcionaría por mí pero, ¿y por ti? ¿Tú no…?

- Yo nada. – Lo cortó. – Regulus, esto es imposible, ambos lo sabemos así que déjalo de una vez.

Quiso volver a replicar, quiso pedirle que lo ayudara a ser valiente, pero no se atrevió. Bajó la mirada y la escuchó suspirar.

- Lo que yo decía…

Dorcas siguió su camino y él se quedó quieto en aquel lugar, con la vista fija en sus zapatos. No podía hacer aquello, ella tenía razón: jamás podría desprenderse de sus prejuicios ni de todo aquello que le habían inculcado.

- Lo siento. – Murmuró casi para sí mismo. Escuchó los pasos de ella detenerse y levantó la vista. – De verdad.

- Mucha suerte en el partido. – Comentó ella, dedicándole una pequeña sonrisa. – El equipo de Gryffindor es muy bueno, vais a necesitarla, pero yo apuesto por ti. – Se mordió el labio y desvió la mirada antes de seguir. – Supongo que sigo teniendo fe en ti, Regulus Black.

Y, dicho esto, se marchó dejándolo solo, pero con una pequeña sonrisa dibujada en los labios y un brote de esperanza en el corazón. Aquello había sido como un bálsamo que había aliviado sus heridas. A pesar de todo, ella seguía creyendo en él y estaba dispuesto a demostrarle que podía dejar atrás el lado oscuro, que podía enfrentarse a su familia y quererla sin miedo. Estaba seguro de que, si se esforzaba, al final lo conseguiría. Solo necesitaba un poco de tiempo.


- Bueno chicos, eso ha sido todo por hoy. – James bajó al suelo y el resto del equipo lo siguió rápidamente. – El sábado vamos a darlo todo para conseguir ganarle a esas serpientes.

- ¡Sí!

- Vale, pues entonces nos vemos media hora antes del partido. Descansad mucho y desayunad bien.

Todos se alejaron del campo, pero Sirius y James intercambiaron una rápida mirada y se acercaron a la golpeadora del equipo rápidamente, antes de que la chica pudiera salir del campo.

- ¿Puedes esperar un par de minutos más, por favor? – Le pidió el capitán, con una media sonrisa, deteniéndola. – Quiero ensayar una vez más la jugada nueva.

- ¿No os fiáis de mí a estas alturas? – Anne enarcó una ceja y les dedicó una sonrisa burlona.

- ¿Cómo no íbamos a fiarnos de la mejor golpeadora del mundo que nos mantiene siempre a salvo? – Intervino Sirius. – Pero nos vendría bien practicarla una última vez por si acaso. No queremos que James acabe más tonto de lo que está, ¿verdad?

- ¿Crees que eso es posible? – Preguntó, aguantando la risa a duras penas.

- Muy simpáticos. – El pelinegro puso los ojos en blanco. – Bueno, ¿vamos entonces?

- Dadme un segundo. – La chica se dirigió hacia las gradas, donde su novio la estaba esperando. – ¡Mark, dame cinco minutos, tenemos que practicar una última cosa!

- ¡Pero Anne tenemos que estudiar, los ÉXTASIS están a la vuelta de la esquina! – Se quejó el chico, negando con la cabeza.

- Venga ya, has estado estudiando en vez de viéndome entrenar, me he dado cuenta. – Se cruzó de brazos y sonrió. – Pero vete si quieres.

- No, venga, te espero. – Se echó hacia atrás en las gradas y ella le lanzó un beso. – ¡Eso no sirve!

- ¡Luego te lo compenso! – Volvió corriendo hacia los otros dos chicos que la miraban de forma pícara. Les sacó la lengua y se encogió de hombros. – No preguntéis, lo que ya sabéis. Y ahora, ¡vamos!

Los tres volvieron a sus escobas y ensayaron aquella nueva jugada un par de veces más. Sirius actuaba tanto como el golpeador como el guardián del equipo contrario para ver cómo se defendía Anne. Esta golpeaba la bludger que él lanzaba, evitando que golpeara a James, y desestabilizaba después la escoba del guardián para que James pudiera marcar con más facilidad.

- ¡Perfecto! – Exclamó James cuando lo hubieron hecho la última vez. – Si nos sale así el sábado, les meteremos una paliza.

- Y más nos vale ganar. – La chica bajó de su escoba de un salto y se soltó el pelo. – Si no ganamos este año el torneo, será toda una decepción para mí.

- No podemos permitir eso.

- Lo sé. – Se giró hacia las gradas. – ¡Mark, nos vamos!

- ¡Por fin! – El Ravenclaw abandonó la grada y se acercó a ellos en el campo de juego. – No sé cómo podéis pasar horas y horas con esto.

- Porque es genial. – Sirius puso los ojos en blanco y el otro negó con la cabeza.

- Lo que vosotros digáis. De todas formas, mucha suerte en el partido, vais a necesitarla.

- Mark, no les digas eso.

- ¿Que no nos diga qué? – James frunció el ceño y la golpeadora suspiró.

- A Mark le encanta calcular las probabilidades y el otro día calculó las que teníamos de ganar el partido y no eran tan altas como a mí me gustaría. – Confesó. – Pero, aún así, yo confía en que vamos a ganar. El quidditch es mucho más que números y ciencias, es pasión. Ya le he dicho que vamos a ganar, hemos apostado y yo nunca pierdo una apuesta, aunque tenga las de perder.

- Han sido solo algunas casualidades…

- 25, pero lo que tú digas. – Le dio un beso en la mejilla y sonrió. – Bueno, nos vamos, tenemos que estudiar.

- Hasta otra, chicos.

- Adiós, Douglas.

La pareja se alejó de allí, cogida de la mano, y James y Sirius intercambiaron una mirada cómplice. Jamás entenderían cómo alguien tan genial como Anne había acabado saliendo con alguien tan cuadriculado como Mark Douglas.

- En fin, ¿vamos a la Sala Común? – Le preguntó James.

- Ve tú, yo voy a ducharme aquí tranquilo.

- Como quieras. Hasta luego, Canuto.

El pelinegro se marchó y el mayor de los Black fue hacia los vestuarios, dispuesto a darse una ducha y relajarse un poco. Abrió la puerta y comenzó a desnudarse, dejando su uniforme cuidadosamente doblado sobre un banco, pero cuando estaba a punto de quitarse los calzoncillos, una voz a su espalda lo detuvo.

- Puedes seguir si quieres, aunque igual deberías saber que no estás solo.

- ¿Disfrutando de las vistas, Marlene? – Se giró y la vio apoyada contra una pared, con los brazos cruzados y una pierna subida.

- Quizás.

- ¿No te han dicho que está muy mal espiar a la gente mientras se cambia o se ducha?

- Algo me comentaron una vez, pero no estaba prestando mucha atención… - Se acercó a él y, tras deslizar las manos por su pecho y sus hombros, lo besó.

- ¿Quieres unirte? – Le preguntó casi sin separarse de sus labios y deslizando una mano hacia la parte delantera de su cintura.

- ¿Me estás invitando a ducharme contigo, Sirius?

- Es que no estamos en igualdad de condiciones. – Bajó para besar su cuello y ella suspiró, cerrando los ojos. – Estás demasiado vestida.

Deslizó las manos un poco hacia arriba y tiró de su jersey. Marlene estiró los brazos y él se lo quitó, tirándolo de forma despreocupada al suelo. La miró unos instantes antes de volver a su cuello. Con una mano empezó a recorrer el borde de su sujetador mientras la rubia se pegaba más a él, haciendo que sus pieles se rozaran por completo. Con la mano que tenía libre, el chico desabrochó los vaqueros de ella y los deslizó hacia abajo, haciendo que contuviera la respiración unos instantes, un poco nerviosa. Especialmente, porque cada vez sentía más la "cosa" de Sirius. Terminó de bajarlos y, tras deshacerse de sus zapatos, salió de estos. El chico la cogió de la cadera y la impulsó hacia arriba y ella se enganchó a su cintura con las piernas.

- Sirius… - Murmuró, con la voz entrecortada, mientras el chico repartía besos por su cuello y su clavícula.

- ¿Sí?

- No quiero hacerlo. – Confesó, poniéndose completamente roja. Giró la cabeza hacia el lado y él la miró con el ceño fruncido.

- Te refieres a…

- Sí, me refiero a eso. – Lo cortó antes de que pudiera decir aquello en voz alta.

- ¿Y quién te dice que yo quiera, McKinnon? – Preguntó con chulería y ella lo miró con una ceja enarcada. – No seas tan creída.

- Bueno, creo que tu amiguito ahí abajo opina lo contrario. – Replicó antes de estallar en carcajadas y enterrar la cara en su cuello. Lo abrazó con más fuerza y él besó su hombro.

- Mi amiguito es muy chivato. – Comentó entonces, también riendo. – Tranquila, lo entiendo.

- No es que quiera llegar virgen al matrimonio ni nada de eso, pero es… importante para mí. – Confesó. – Sé que puede parecer absurdo, pero…

- Pero nada. – La separó de él un poco y la miró a los ojos. – Son tus ideales, no tiene nada de malo. Sé que es demasiado pronto.

- Sí, exacto. Necesito estar segura y saber que no voy a equivocarme. – Siguió explicando. – Es como un gran paso para mí.

- Lo entiendo, tranquila. – La besó con dulzura. – Cuando estés lista y quieras hacerlo, aquí estaré. Siempre que quieras hacerlo conmigo, claro está, si no, espero que me lo cuentes al menos.

- No lo sé, quizás seas tú, quizás sea Potter…

- ¿James?

- Sí, ¿por qué no?, me gustó ir a la fiesta de Slughorn con él. – Le guiñó el ojo al ver su cara de fastidio y lanzó una carcajada.

- Pero acabaste esa noche conmigo, no lo olvides. – Volvió a besarla y la atrapó un poco contra él, haciéndola gemir levemente.

- Sabes que es una broma. – Murmuró tras separarse levemente de él. – Y no me olvido, tranquilo.

- Bueno pero, aunque no quieras pasar a mayores, ¿quieres darte una ducha conmigo? Podemos dejarnos esto puesto, pero aún así puede ser divertido.

- ¿A qué estás esperando?

Sirius volvió a besarla y entró a la primera ducha que encontró dispuesto a relajarse por completo.