XXIX

No podía dormir. Se levantó del lecho despacio, sin hacer ruido, para no despertarla. Tomó su varita, murmuró un tenue Lumos y se acercó a la ventana. Los postigos estaban bien cerrados pero se atrevió a abrirlos cuidadosamente. Afuera el cielo había pasado del negro al azul oscuro. Pronto amanecería y una extraña sensación de desasosiego le embargó. ¿Qué habría pasado con Reza? Era posible que el Visir le hubiera sometido a un juicio sumario, en cuyo caso ya habría una sentencia. Y si había una sentencia, puesto que no habían recibido ninguna noticia, lo más probable sería que fuera desfavorable. Y eso sólo podía significar una cosa. No obstante, una decapitación sería lo más benévolo, pero no había que olvidar que los persas también sabían de empalar. Se estremeció al considerar semejante opción y repentinamente deseó que el nuevo día no llegara, temeroso de lo que el alba pudiera traer. Todavía alterado dirigió una última mirada al cielo y, con un suspiro, cuidadosamente volvió a cerrar los postigos.

Sintió entonces cómo Rudama, con infinita delicadeza, posaba una de sus manos en su hombro. No giró la cabeza para mirarla, simplemente colocó su mano sobre la de ella y acarició despacio sus dedos suaves mientras permanecía silencioso y pensativo.

- Ya llega el día.- Dijo ella con una voz suave y a la vez profunda.- El día de la revolución.

- ¿Tu también tienes malos presagios?

- No hace falta ser adivina para comprender lo que se avecina... Estás preocupado por Reza ¿Verdad?

- Temo por su suerte...

Rudama suspiró mientras presionaba suavemente con sus dedos en su hombro. No hacía falta que dijera nada. Los dos comprendían perfectamente el alcance de la situación.

- ¿Cómo puedo hacer para liberarlo? – Cuando por fin rompió el silencio, su tono de voz no pudo ocultar la falta de convicción que sentía.

- No puedes hacer nada. Está escrito en las cartas que su tiempo ha terminado. Debes dejarle partir. Y lo sabes ¿Verdad?

- Se que es viejo y que pronto morirá. Pero si todo ocurre como me temo, le aguarda todavía un horrible sufrimiento. Y yo querría evitárselo. Es inútil y cruel.

- Aunque le entregaras un áspid para que le mordiera, o un brebaje venenoso para que lo ingiriera, no podrías restarle ese sufrimiento. Porque Reza padece en el alma. Y padece desde hace tanto tiempo que unas horas más no son para él una diferencia.

- ¿De veras lo crees así? ¿Realmente piensas que no se pueden atemperar sus últimos instantes de vida?

- No lo entiendes, Antioch.- Rudama suspiró.- Como siempre, no lo entiendes. Reza es un asceta, un hombre sabio y santo... - Rudama calló unos instantes. - Pero tu debes prepararte... - dijo al fin.

El silencio volvió a reinar entre los dos por unos instantes.

- El nuevo adivino de Kai Khosow se ha manifestado. – Finalmente, fue Rudama la que habló.

Antioch se dio la vuelta lentamente ¿El nuevo poseedor de aquel maravilloso objeto? La miró fijamente. Su mirada era límpida, como si se hubiera quitado un peso de encima.

- ¿Quién es...?

- Ven conmigo.

Le tomó de la mano y le llevó escaleras abajo hasta la pequeña habitación en la que horas antes se habían reunido los cinco habitantes de la casa. La tenue luz de unas velas sobre mesa daba a las paredes un aspecto amarillento, casi tétrico. Alguien había retirado la mesa hasta dejarla pegada a uno de los muros, despejando el espacio central, ahora ocupado por alguien.

Jalal estaba sentado con las piernas y los brazos cruzados y los ojos cerrados, en actitud de meditación. Debajo de su cuerpo estaba su alfombra mágica, pero el diminuto magie ni la rozaba porque levitaba unos cuantos palmos por encima de ella. Antioch comprendió que se encontraba en trance. Lo observó sin osar mover ni un dedo. Durante unos instantes, no apreció nada. Pero de pronto, de pronto estaba ahí, en sus manos. Un segundo antes no estaba y ahora sí. Antioch se giró para mirar Rudama y ésta asintió con la cabeza. Volvió de nuevo la vista a Jalal y para su sorpresa la Copa había vuelto a desaparecer.

No sabía si Rudama lo habría sabido a través de sus propias dotes de adivina o porque era la forma de transmisión del objeto, como si de alguna manera se despidiera de su anterior poseedora. El hecho, no obstante, era que a partir de ahora aquel magie torpón, dotado de una notable habilidad para meterse en líos, se había convertido en una autoridad mágica, digna del respeto y la admiración de numerosos magos y brujas del Asia Minor.

Ensimismado en sus pensamientos, necesitó que Rudama tirara de él con suavidad para abandonar aquella habitación, dejando a Jalal sumido en su profunda meditación. La siguió en silencio, escaleras arriba, de regreso hasta su cuarto.

Rudama se sentó en un borde del catre, con el ceño fruncido.

- Dentro de una o dos horas, cuando amanezca, saldremos para acompañar a Reza....- Murmuró sombría. Antioch, percibiendo que estaba turbada, se apresuró a arrodillarse junto a ella y tomó sus manos entre las suyas.

- Pero ahora, ahora ámame.- dijo con un casi imperceptible hilo de voz. Antioch la besó y la abrazó, hasta que amaneció.

Por la mañana, a diferencia del día anterior había mucho movimiento por las calles. Jacob se acercó hasta la casa de un conocido judío que le explicó lo que ocurría. En efecto, como Antioch había temido habían condenado a Reza por alta traición. Frente al palacio del Shah estaban elevando una especie de tarima de madera donde, a la vista del público para que sirviera de advertencia, lo decapitarían. Había tenido suerte, el acusador Ahmed Ur había pedido una lenta y dolorosa muerte por empalamiento. El Visir, carente de otro margen de movimiento habida cuenta lo abrumador de la evidencia que presentaba , sólo pudo atemperar la forma de ejecución considerando los muchos años de servicio fiel y leal. Incluso para aquello, Herik, vocero mayor del anterior, había mostrado su cicatería, alegando que esos años no servían de nada frente a una única afrenta tan grande a su señor. Pero finalmente el Visir no le hizo caso, aún sabiendo que aquello le granjearía el odio eterno de aquellos tipos tan despreciables.

Las noticias llenaron de pesar a los cinco magos, que parlamentaron sobre cómo proceder las siguientes horas. Jacob quería estar al lado de Reza en aquellos momentos, pero le convencieron de que se quedara con Raquel. Rudama, haciendo un aparte con Jalal, le pidió encarecidamente que también se quedara, puesto que había vislumbrado que sería muy necesario en el futuro. Antioch captó algunos retazos de conversación relativos a lo catastrófico que podía resultar perder al Adivino de la Copa de manera violenta. Jalal asintió y desapareció.

Jacob y Raquel protestaron cuando él y Rudama expusieron que acudirían a la ejecución. Al fin y al cabo, podían reconocerlos y acusarlos sobre la marcha de traición al Shah, pero ellos se mantuvieron firmes en su decisión aunque para tranquilizarlos les prometieron que irían disfrazados y que actuarían de manera discreta para no llamar la atención.

Antes de salir de la casa, Jalal llamó a Antioch a un aparte.

- Toma, shaib.- Le tendió algo envuelto cuidadosamente en un pedazo de lienzo blanco. Antioch lo tomó sorprendido de su levedad. Lo abrió cuidadosamente y lo reconoció. Era la pluma del Simurgh que Jalal cuidó durante una noche.

- Gracias... – murmuró un tanto desconcertado.

- Si te encuentras en una situación extrema, sácala y el Simurgh vendrá en tu auxilio.

Antioch asintió con la cabeza.

- Y si te encuentras en posición de asir en tus manos la Lanza del Shah, recuerda que representa el Equilibrio.... "Sabiduría para discernir correctamente, determinación para llevar a cabo lo que resulte mejor para el pueblo, fortaleza para resistir los embates más duros que reserve el destino y magnanimidad." – murmuró en unos términos terriblemente parecidos a la lección de Reza.- Antes de tocarla, ten presente lo que te he dicho. Y que está hecha de madera de sáuco y que su interior contiene crines de Thestral.

Antioch no entendió bien qué quería decir Jalal, pero no pudo detenerse a preguntar. Era la hora y tenían que marchar. Rudama le tendió una capa con una amplia capucha. Se despidieron consternados, temerosos de lo que pudiera pasar.