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XXIV
Cenizas de una batalla sin fin.
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"¿Qué es amistad, amor, cariño, afecto, palabras que con tanta facilidad arrojamos al viento? ¿Comprendemos su naturaleza, analizamos con cuidado las cadenas que unen nuestras almas cuando comprometemos así un fragmento de nuestra eternidad? No, no lo hacemos, porque el tiempo cuando se hace infinito erosiona toda importancia que los sentimientos alguna vez tuvieron en nuestra especie. Si analizamos a otras criaturas del tipo 'racional emotivo' como la nuestra, que hemos descubierto en universos más jóvenes y cuya naturaleza implica aún un estado de existencia imperfecta anterior al punto de evolución donde la esencia alcanza la plenitud del alma, o burdamente llamado estado 'mortal', es trascendental el descubrimiento de cómo los sentimientos juegan un rol clave en su supervivencia y propósito de ser. Un estado imperfecto de existencia requiere de una fuente de energía externa, comúnmente denominada 'motivación', pero que yo defino más exactamente para razón de este estudio como 'eje de existencia en escala individual'.
Si bien recordamos que en nuestro tratado anterior nos referíamos por 'eje de existencia' únicamente al corazón que sostiene la vida de un sistema absoluto autosustentable o 'universo', también es cierto que podríamos gozar de cierta libertad con el concepto para definir también a las criaturas particulares y las distintas partes que componen su espíritu, recordando el axioma de equivalencia de sistemas en que un alma perfecta posee un equilibrio similar a un universo completo en diferentes escalas, pero iguales en su funcionamiento…"
El balón rebotó en la cabeza de la chica y su rostro se hundió en las páginas del pesado libro que leía descansando sobre su regazo. Al levantarse sobándose la nuca miró de forma asesina a las otras jovenzuelas que con vestidos similares, cortos de seda blanca, acampanados hacia las piernas y con líneas azules en su diseño que formaban complejos tejidos en zigzag a lo largo de los costados y mangas que le llegaban hasta las muñecas. Apenas descubrió a las culpables dejó caer el libro y con el puño en alto vociferó terribles amenazas. Ellas asustadas huyeron al instante.
— ¡Mil maldiciones a toda la que…!
—Heid, ya es suficiente.
—Todavía no, aún no he acabado con ellas.
—Ya se han marchado.
Recién percatándose de la otra persona que le hablaba Heid, de cabellos oscuros y cortos que apenas le rozaban los hombros y con un complejo entramado de finas trenzas formando un moño sobre la nuca, ojos color miel y una aguerrida mirada, giró para encarar a quien se había atrevido a interrumpir sus justos descargos. Pero al descubrir quién era se detuvo al instante cruzando los brazos conteniendo así muy malamente su furor.
—Skadi, ¿por qué te entrometes?
La dama Skadi no era más que una jovencita que aparentaba no ser mayor de quince o dieciséis años de edad al igual que Heid, de gracia inigualable y belleza envidiada por sus pares y codiciada por los señores de Vanaheim no importando el rango o edad. También deseada por ser la única hija del actual rey de Vanaheim y cuya dote, por ende, sería el trono mismo del reino del sol. Su cabello era largo y sedoso como la noche más pura y los ojos resplandecían con la intensidad del mar al atardecer. Todo en ella era material de poetas y de los sueños de los jóvenes oficiales del reino. Si su sola apariencia paralizaba al más valiente de los pretendientes no menos mérito tenía su personalidad recatada y amena, de amabilidad ejemplar y sonrisa siempre dispuesta a proveer de felicidad a los que la rodeaban. Pero si había una persona que conseguía molestarla esa era su prima Heid y su voluble carácter.
—Deberías moderar más tus palabras —Skadi trató de mostrarse estricta sin perder la calma ni la dulzura notándose lo mucho que le costaba ser dura con su problemática pero amada prima.
— ¿Y para qué?
— ¿Cómo que para qué? —Repitió la dulce doncella casi en un exabrupto despeinándose cuando se le erizaron todos los cabellos. Fingió entonces y muy malamente un poco de tos tratando de recobrar la calma antes de aconsejarla—. Bueno, es que no es bien visto en la corta que una joven se exprese de la manera en que tú lo haces, y…
— ¡Cómo si me importara lo que piensa un grupo de payasos vistiendo pomposos cuellos de seda, que se enrojecen las mejillas con empalagosas cremas y se espolvorean la nariz con talcos que me dan alergia! Sin nombrar esos asquerosos perfumes con los que tratan de esconder las malas costumbres higiénicas, o peor aún —Heid sonrió con malicia al notar como su prima, la siempre educada Skadi, comenzaba a enrojecer con más intensad a medida que ella hablaba y hablaba—, ¡cuando pretenden ocultar los aromas de las alcobas ajenas!
— ¡Heid, por el sol eterno! —Reclamó ocultando el rostro tras las manos.
Su prima no aguantó más y comenzó a reír a carcajadas.
—Deja de ser tan inocente, ¿quieres, prima? O vas a parecer un blanco fácil para algún embustero.
—Embusteros habría a lo menos que trataran de cortejarme —respondió todavía apenada y tratando de calmarse, sintiéndose muy indignada—, si tú no los espantaras con tu terribles modales cada vez que uno osa siquiera a mirarme.
—No me digas, ¿hablas de ese montón de monigotes de la corte? Favor que te hago entonces. ¿Me dices que te interesa alguno de esos niños disfrazados de oficiales que apenas saben levantar una espada? Si es que no las confunden con los cuchillos del servicio doméstico que es para lo único que sirven, para sentarse y comer de la mesa de otros.
—Ay, Heid, si sigues así nunca vas a casarte.
— ¡Bienaventurada sería entonces! No existe peor condena en este mundo que soportar a esa subespecie llamada "hombres".
—Algún día vas a enamorarte, no hables así que luego puedes arrepentirte —dijo Skadi tratando de aparentar sabiduría.
Heid silbó entre dientes.
—Mil maldiciones, y escúchame bien, mil maldiciones para mí misma si llegase a entregarle un día mi corazón a un hombre. No lo valen en lo absoluto, sería un terrible acto de estupidez de cualquier mujer que se aprecie a sí misma. ¡Oh!, no quiero decir con ello que tú seas una estúpida si llegases a enamorarte también, querida Skadi, eres libre de hacerlo si lo deseas, ya sabes que tu querida Heid estaría presente para ayudarte por siempre.
Skadi la miró muy enfadada no muy convencida de sus disculpas.
—A lo más —agregó inmediatamente Heid con un tono falsamente conciliador—, te creería ligeramente tontita. Pero entre primas podría perdonar ese defecto de tu parte.
— ¡Heid!
Ella sacó la lengua y huyó rápidamente de Skadi que trataba de ajusticiarla con un libro que antes cargaba entre los brazos.
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Heid se encontraba sentada en los últimos peldaños de los más de cien escalones de mármol que separaban la amplia avenida, una de las más concurridas de la zona alta de la ciudad, con la entrada de la Escuela de Artes y Ciencias del Resplandor, una de las academias más prestigiadas de todo aquel mundo, donde estudiaban únicamente los hijos de los señores del reino del sol las disciplinas asociadas a la historia, cultura y las infinitas tradiciones de su pueblo, además de otras artes tan delicadas como la política o la ciencia de la creación que el pueblo comúnmente y siempre siendo corregido pero sin aprender llamaba "magia".
Algunas chicas bajaban los peldaños conversando con alegría, pero apenas la veían enmudecían, la saludaban con educadas reverencias y seguían cuchicheando entre ellas. Heid respondía a la cortesía de la misma forma pero no dejaba de mirar con tal dignidad y severidad que causaba miedo en los demás. Sólo cuando apareció Skadi se levantó de su lugar sonriendo con sinceridad.
—Te demoraste.
—Lo siento.
— ¿No será que esa bruja de Saga ha vuelto a molestarte? Ye te he dicho que debes aprender a defenderte sola de sus insultos, ¡algún día serás la gran reina de Vanaheim, por el sol! Pero si lo ha vuelto a hacer puedo asegurarte que estaría encantada en echarte una mano.
—No, ¡no! Nada de eso, estoy bien.
— ¿De verdad? —Insistió Heid acercando su rostro con gesto inquisitivo tanto a Skadi que la pobre se vio obligada a retroceder casi perdiendo el equilibrio en los escalones.
— ¡Te dije que no, que estoy bien!
Heid se mantuvo con su nariz casi pegada a la de su prima por largos segundos hasta que se rindió y retrocedió cruzándose de brazos.
—Está bien, te creeré. Entonces ¿qué te distrajo ahora? ¿Te perdiste otra vez en los pasillos?
—No.
— ¿O te escondiste en el baño porque otra vez te sentaron mal los inventos de la dama Tarsky en la cocina?
— ¡No! —Respondió sonrojada.
— ¡Oh! —exclamó golpeando con la mano empuñada la palma extendida en un gesto de acierto—, entonces te fuiste a espiar al vestidor de los jóvenes oficiales en las salas de la guerra. Sí, estoy segura que a estas horas terminan sus prácticas de esgrima. Qué maldad la de tu parte, Skadi, de no invitarme en tu pequeña aventura.
— ¡No he hecho nada de eso! Y, ¿cómo es que sabes tanto sobre los vestidores…? —Skadi ahogó sus propias palabras por la vergüenza que sentía y se tapó la boca con ambas manos cuando notó que el resto de las chicas que abandonaban a esa hora la academia las observaban con recelo. Se acercó más a su prima que triunfante se sonreía de su humillación para susurrarle indignada—. ¡Eres malvada!
— ¿Lo soy? Sí, puede que lo sea, pero te lo tienes bien merecido por hacerme esperar.
Skadi se cruzó de brazos molesta.
—Cuando sea reina juro que te exiliaré a la luna blanca.
— ¡Oh, vamos, Skadi, no seas mala perdedora! ¿De verdad lo harías?
—Sin dudarlo.
—Qué sorpresa, querida, la que todos creen una dulce niña es en realidad la más terrible de las futuras tiranas.
—Ah, deja de molestarme, eres imposible.
—Que no se te olvide, pequeña, que yo soy simplemente invencible.
Skadi rió ante el orgullo ciego que demostraba Heid y que siempre le causaba tanta gracia. Luego, recordando algo importante dejó aparte la alegría.
—Siento la demora pero mi padre me ha hecho llamar con un mensajero.
— ¿Sucedió algo malo? —Heid se mostró seria y algo suspicaz al notar de inmediato el cambio de humor de su querida prima.
—No, nada. Debe tratarse de alguna formalidad o recomendación. Ya sabes que nos preparamos para recibir nuevos enviados diplomáticos de otro universo.
—Me desagrada que seres de otros mundos nos visiten, nada bueno resultará si mezclamos nuestros problemas con los de otra gente.
—Heid, eso no es amable.
—Tíldame de lo que quieras pero ya verás que el tiempo lamentablemente me dará la razón. No me mires como si discriminara a los seres de los otros mundos o algo así, no. Pero cada mundo posee su propio ritmo y ciclos espirituales, mezclarlos es causar interferencias entre cada sistema y… no lo entiendes, ¿verdad?
Skadi se encogió de hombros reconociendo su ignorancia. ¿Quién podría estar a la altura de la genial Heid Baladi, la alumna predilecta del sabio Mimir gran maestro de Vanaheim? Pero a diferencia del resto que la envidiaba con recelo para Skadi su prima era una persona absolutamente admirable, y no dejaba de pensar que ella sería una mejor reina. No por nada la familia Baladi descendía del linaje original de los primeros reyes de Vahaheim y era una de las cinco casas que pugnaban constantemente por el trono del reino del sol, aunque siendo desde hacía siglos un mundo pacífico las batalla se lidiaban únicamente con palabras y sutil destreza política, más que con espadas y amenazas. El arte del parentesco era una de las principales herramientas con las que se manejaban para tratar los asuntos de estado y contiendas peligrosas, no eran raros los matrimonios arreglados para guardar la paz entre dos familias enemigas o compartir el poder de los distintos cargos a todo nivel del reino. Ambas siendo doncellas de tan nobles familias no eran ajenas a este juego de poder y asumían su parte en el mundo, donde en cualquier momento podrían ser solicitadas para un matrimonio forzado por razones políticas.
Heid era fuerte y rebelde. A pesar de su corta edad llevaba con orgullo el haber rechazado con altanería ya cuatro peticiones de matrimonio y se sabía que ni siquiera sus padres podían domar su fuerte carácter. Distinto era el caso de Skadi, más dócil y tímida lo único que la había salvado hasta ese día de un casamiento forzoso era la importancia de su rango como princesa de Vahaheim, sabiéndose que su padre el rey no la uniría con cualquiera porque en ella estaba elegir al futuro monarca del reino del sol. A veces Skadi envidiaba secretamente a su prima por su fuerza y aparente libertad de haber renunciado al amor y ser dueña a medias de su propio destino; si tan sólo ella tuviera el mismo valor para dirigir su propia vida.
—Heid, lo lamento, te había prometido acompañarte hoy al mercado.
—Oh, era eso lo que tanto te angustiaba —le dio suaves golpecitos en el hombro a Skadi—. No te preocupes por eso, no era nada importante.
—Pero no puedes ir sola.
— ¿Qué no puedo?
—Es peligroso para una doncella visitar los lugares fuera del área de la ciudad alta, y lo sabes. Deberías por lo menos llevar una escolta.
—Qué escolta podría protegerme, ¿ah? ¿Olvidas que soy una de las más grandes hechiceras de todo el reino?
—Heid, tan sólo somos unas estudiantes.
—A nuestra edad más grandes héroes salvaron de peligros nuestro mundo en muchas ocasiones. Deja de ser tan gallina.
— ¡Heid! —Skadi suspiró rendida y recurrió a su mejor arma; la piedad. Con la mirada suplicante se acercó a ella cogiéndole la mano—. Por favor, te lo suplico, no podría estar tranquila ahora sabiendo que te expones a un peligro innecesario.
Su prima retrocedió al instante golpeada por aquel temible ataque, la mirada de cachorrito tierno y abandonado de Skadi era fulminante. Con el sudor mojándole la frente y apretando los dientes no tuvo oportunidad y se rindió.
—Está bien, tú ganas, no iré hoy. ¡Demonios, cómo necesitaba de esos polvos de cristal para mi proyecto!
—Muchas gracias, prima. No temas, si todo sale bien mañana prometo acompañarte. Llevaremos un par de guardias y entonces no tendremos ningún problema.
—Sí, sí, lo que tu digas.
— ¿Me lo prometes?
—Lo prometo.
Se despidieron cuando la escolta real llegó a las puertas de la academia para recogerla. Acompañada por una dama mayor de la corte que había sido la nodriza de Skadi desde su infancia y cuatro guardias, la que no dudó en dedicarle una mirada de desagrado a Heid a quien creía una mala influencia para su niña, se retiraron por la larga avenida principal. Una hermosa sucesión de árboles de hojas lilas y verdes entremezcladas dividían la avenida entre edificios y columnas, arcos y esculturas.
Heid la observó hasta que Skadi y su compañía desaparecieron entre la gente tan rápido como la mirada de obediencia que ella había fingido. Con una traviesa sonrisa bajó los peldaños de dos enérgicos saltos y corrió entre la gente, empujó sin querer a un noble, pidió disculpas a medias y continuó llena de entusiasmo no importándole la mala imagen que daba que una niña de su edad y estatus se comportara como un crío de barrio. Nada la motivaba tanto como abandonar por unas horas la prisión de muros blancos y los aburridos rostros fríos y alargados de la gente de la ciudad alta.
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La capital de Vanaheim que compartía su nombre con el del universo del sol era más que una simple capital, era un país completamente urbanizado. La extraña superficie irregular llena de barrancos y montañas completamente urbanizadas se decía en las leyendas que había sido producto de cientos de distintas batallas donde la magia y la espada habían desfigurado su superficie y destruido en más de una oportunidad la civilización de Vanaheim, pero siempre volvía a ser reconstruida por las fuertes manos de los Vanir. La ciudad alta era el lugar donde moraban los señores de Vanaheim o dioses como los llamaba el pueblo, seres que guardaban celosamente el conocimiento supremo de la magia de la creación y por ende gozaban de la casi inmortalidad, a diferencia de los Vanir del pueblo que vivían prolongadamente pero no tanto como sus señores en los cielos. Físicamente la ciudad alta era un conjunto de montañas urbanizadas que se elevaban por encima de la gran capital, unidas entre sí por puentes y arcos tan amplios como un brazo de mar con edificaciones en su superficie que desafiaban toda ley de la gravedad, cuyas torres ascendían hacia el cielo y colgaban también de la estructuras como agujas gigantes con cientos de vistosos balcones.
La superficie de la ciudad se separaba entre acantilados que eran las heridas de las antiguas guerras casi cubiertos por las nuevas estructuras que se levantaban sobre balcones de piedra robándole terreno al vacío. Muchos puentes y más fortalezas en el aire se mantenían por sobre los acantilados. También existía una ciudad baja que se erigía en las paredes de los abismos comunicadas con la superficie por una serie de escalinatas sin fin y túneles que se abrían a enormes galpones subterráneos donde la vida pululaba con tanto afán como en la superficie.
La gran ciudad de Vanaheim se extendía desde los límites del océano hasta el otro extremo continental en los altos y fríos picos más allá de lo que se podía ver desde el lugar donde los reyes moraban, allí la ciudad también llegaba a lo alto de las montañas aunque sus habitantes vivían de acuerdo a las extremas temperaturas. Tan grande e inimaginable era la ciudad que muchas de sus zonas se habían vuelto deshabitadas en los extremos, enredándose con bosques y animales salvajes narrando con sus estructuras historias de otras épocas. Así y todo la zona donde Heid vivía era la más poblada en la que los peligros naturales y enemigos de los reyes que todavía moraban en la sombras no aparecían más que por rumores de los extremos lejanos de Vanaheim. Además de contar con una maravillosa vista del océano de Vanaheim. A pesar de que todavía era de día los hermosos colores del atardecer se confundían con el esplendor de las dos lunas que siempre vigilaban alguna parte de la infinita ciudad. La luna blanca tan grande como un planeta cubría gran parte del horizonte asomándose apenas hasta la mitad, mientras que la luna negra como una gema oscura más pequeña coronaba a la primera casi en el centro del firmamento.
Desde uno de los miles de balcones que rodeaba un cerro más pequeño, paso intermedio entre la montaña más elevada de la ciudad alta donde moraban los reyes hasta la superficie de la ciudad, igualmente poblada hasta imaginar que toda la elevación hasta perderse en el horizonte era producto de la arquitectura Vanir, Heid se detuvo para admirar la belleza de las lunas. Muchos otros habitantes se detenían en esos lugares para contemplar la hermosura del cielo y de la ciudad misma que como un mar de edificios y torres se extendía hasta el infinito.
La parte del mercado de Vanaheim era para nuestra comprensión del tamaño de una ciudad de Midgard de extremo a extremo, rodeada por zonas urbanas de menor tamaño. El ajetreo era tal que no cesaba su movimiento ni de día ni de noche. Las caravanas se alistaban para llevar sus especies de un extremo a otro de la eterna ciudad en viajes que podían durar días o incluso semanas. También se alistaban los guardias que las protegerían, mercenarios y soldados preparados dependiendo de la importancia de la carga y de su dueño porque las zonas deshabitadas de la ciudad eran auténticas ruinas peligrosas, lugares salvajes llenos de monstruos o bandidos. También había algunos representantes de la academia, eruditos de túnicas azuladas y barbas blancas tan respetados por el pueblo como lo hacía siempre la gente Vanir con sus dioses, que buscaban preparar expediciones arqueológicas a los lugares más distantes y peligrosos de las ruinas. Heid tuvo la precaución de no dejarse ver por los sabios a los que muchos conocía como sus maestros directos en la academia, sería más peligroso para ella ser reportada a sus padres de sus aventuras en solitario por la superficie de la ciudad que de molestar a uno de esos viejos roñosos.
El mercado era el único lugar donde ella podía conseguir ingredientes necesarios para sus precoces experimentos. A veces necesitaba artículos que iban más allá de lo común y de lo permitido por la ley. Llegó a una de las tantas plazas rodeadas de comerciantes que había en ese lugar, los distritos del mercado se separaban específicamente en su utilidad: armas, magia, historia, comida, todo tenía su lugar específico. Ella visitaba continuamente los depósitos de la historia de Vanaheim donde luchaba en contra de los eruditos por los mejores ejemplares antiguos y también era asidua del mercado de la magia. Sus pasos a veces la llevaban a acercarse a los límites del mercado negro para obtener algún cristal especial, como aquellos que venían de la luna negra. Materiales escasos dado que la luna negra pertenecía al rey oscuro Dzhol, señor de los demonios y uno de los únicos príncipes Vanir que todavía se rebelaba a la autoridad del señor del sol, padre de la princesa Skadi y rey de todos los reyes de Vanaheim.
Se acercó a un puesto conocido y apenas el mercader la vio trató de ocultarse bajo el mesón. Ella se apoyó sobre el mismo e inclinándose por sobre el mueble lo miró acusadoramente.
—Buenas tardes.
—Bue-Buenas tar-tardes, mi da-dama.
— ¿Por qué esa cara? Pareciera que no le agradara mi presencia.
Y claro que no lo hacía. Heid tenía mala fama entre los comerciantes por regatear como ninguna y pedir cosas por las que muchos se jugarían el cuello con facilidad. El contrabando de ciertas especies era un delito en Vanaheim y de las veinte piezas prohibidas por temporada ella pedía veintidós.
— ¿Se le ofrece a-algo? Tenemos excelentes lenguas de "varantíes" y polvo de diamante en oferta. También algo de hierbas de la luna blanca.
Ella parecía no escuchar como el mercader le exponía sus mejores precios y miraba de un lado a otro como una experta, tomaba las hierbas, sopesaba los cristales mágicos, se frotaba el mentón y pensativa volvía a coger un cristal.
— ¿No tendrás por casualidad un ramillo de "Ojos de Skirr"? —Preguntó con naturalidad mientras olfateaba una hierba.
— ¡Ojos de Skirr, por los señores de lo alto!
—Sí, eso dije. No tienes que repetirlo si escuchaste bien.
—Pero eso costaría una fortuna.
—Estoy dispuesta a pagar, me conoces.
—Pero, pero, pero…
— ¿Las tienes o no? Si quieres y para no incomodarte puedo buscarlas en otro sitio.
Por mucho que fuera peligroso el mercader sentía apego por las monedas de la familia Baladi. Era una clienta taimada y peligrosa, pero muy rica y de las pocas honestas que pagaban sin demora.
—No, digo, por supuesto que todo se puede conseguir. Pero no es sencillo.
—Dime cuánto.
—Considerando los peligros. ¡Estamos hablando de las flores que crecen en el santuario de Skirr en el lugar más sagrado y prohibido de la luna blanca!
—Cuánto.
—Si por suerte alguien se hubiera aventurado a cruzar las montañas del silencio eterno.
—Cuánto.
—Más allá del mar de cristal de Jade.
— ¡Cuánto! —Insistió impaciente. Ella sabía sobre todo lo que estaba escuchando y no necesitaba una lección. Además que conocía que el mercader citaba todos los peligros para redondear jugosamente el precio.
—Bueno, si usted insiste podría ser, ah, uhm, con un gran esfuerzo de mi parte, ¿veinte millones la docena?
— ¿Veinte millones la docena? —Repitió la pregunta muy tranquilamente y el mercader sonrió algo nervioso asintiendo—. ¿Sólo eso? —La calma de Heid hizo más grande la sonrisa del mercader—. Está bien, te pagaré cinco millones las dos docenas.
— ¿Cinco millones las dos…? ¿Me está timando, mi dama?
— ¿Timando? ¿Acaso conoces el precio de mercado de un montón de flores?
—Bueno, sí, son flores, pero usted sabe que…
—Además de que están prohibidas —apoyó una mano en el mesón y se acercó al hombre apuntándolo acusadoramente con el dedo—. ¿Puedes imaginar lo que sucedería si alguien se enterara de que traficas Ojos de Skirr?
—Pero, pero, usted me…
— ¿Acusarías a una dulce e inocente doncella de la ciudad alta de cometer un crimen? ¡Oh, qué horror! —Heid saltó retrocediendo con un rostro inocente y asustado al borde de las lágrimas. Él no tuvo opción entonces más que aceptar.
—Cinco millones las…
—Tres docenas —lo interrumpió la chica con vivo entusiasmo.
—… tres docenas —suspiró el mercader resignado. No podía negar que cinco millones seguía siendo un muy buen precio.
—Entonces como siempre haz el envío por el conducto regular a mi taller y me encargaré de pagarte una vez que lo haya recibido. ¿Estamos de acuerdo?
El hombre sólo se limitó a asentir y sonreír nerviosamente.
—Ahora, ahora, ¿qué se me estaba olvidando? —De brazos cruzados y la vista en el cielo se dio de suaves golpecitos con el dedo índice en el mentón, lo que volvió a tensar al mercader. Como si hubiera recordado lo que estaba buscando giró la cabeza con alegría—. ¿Tendrás por casualidad un cristal de Vollr?
— ¡Por supuesto que no!
—Oh, es una lástima —aunque fingía seguridad Heid tenía bastante claro que no pedía algo sencillo al punto de que a ella misma le temblaron las piernas al momento de preguntar. ¿Qué estaba pensando ella una simple doncella de la academia al tratar de conseguir una de las materias más peligrosas de toda Vanaheim?—. ¿No sabrás de alguien que pueda tener uno? Necesito una muestra pequeña, nada más.
—Mi dama, no lo comprende, ni siquiera aunque pudiera hacerme con uno de esos me atrevería a tal osadía. Son muy peligrosos. Por favor, le ruego que desista de esa idea.
—Demonios, realmente que necesito uno. ¿De verdad, pero de verdad que no sabes dónde podría encontrar uno? ¿Por favor? Te recompensaría muy bien, sabes qué buena cliente puedo llegar a ser especialmente si apoyas los estudios mágicos de la familia Baladi.
El mercader se estrujó los dedos y nervioso pudo sentir el sudor en sus propias manos. Al observar a Heid meditó que por mucho que esa cría fuera una buena alquimista y siempre pidiera lo que los ancianos más sabios temían preguntar un cristal Vollr era algo fuera de toda regla. Tanta era la mala fama de esas piezas negras que se decía estaban constituidas por una materia que no pertenecía al universo y que fue la causante de una catástrofe que destruyó ya una vez a la ciudad eterna en una de las numerosas crisis del pasado de Vanaheim, y también la fuerza con la que el mar de la luna blanca se congeló en la batalla por el primer trono de Vanaheim entre dos poderosos señores creando al ahora conocido mar de Jade. No obstante la curiosidad en torno al misterioso material era tal porque se decía que ocultaba los secretos de la inmortalidad de los dioses y de la vida y muerte de todos los universos, e incluso los más soñadores no se cansaban de relatar la fantástica historia de que con ese material había sido forjada Skirr, la espada sagrada corazón del universo.
Pensó entonces que lo mejor era desentenderse de ese tema, si ella quería un cristal Vollr tendría que jugarse el cuello por sí misma. Quizás un buen susto la hiciera desistir de tanta osadía.
—Lo siento, mi dama, pero yo no poseo los recursos para obtener un cristal de ésos. Sin embargo —las últimas palabras devolvieron la esperanza a Heid que ya se resignaba a lo inevitable—, si algo así se pudiera conseguir en la eterna Vanaheim sólo pudiera ser en un único sitio. Le daría el nombre y dirección de mi mejor contacto en el mercado negro, pero debe prometerme primero…
—No le diré a nadie que tú me enviaste y si algo llegase a suceder nunca te verás involucrado. Tienes mi palabra de Baladi.
—Tendré que creerle, mi dama. Pero insisto, puede ser peligroso, es mejor que no se aventure por esos lares sin la debida protección que necesita alguien de su importancia. Le ruego considere mi recomendación y también mi sincero temor.
—Lo haré. Ahora dame todos los detalles —los ojos de Heid resplandecieron por la ambición de sus propósitos.
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Una lluvia de flechas encendidas iluminó los cielos nocturnos, formaron una pronunciada curva en el aire y cayeron en picada sobre los tejados. Las oscuras siluetas de los Dragones Rojos ocultos tras las paredes de una alta torre sobre otro tejado más lejano observaron lo que sucedía cuando una tropa de einjergars de los Fénix de Plata con sus arcos prendió fuego a la ciudad desde el puerto.
— ¿Qué está sucediendo? —Se preguntó Méril en voz baja.
Los Dragones se miraron entre sí espantados cuando los primeros gritos de los asustados habitantes de Jarnvidr se dejaron sentir en las calles.
—Incendiarán la ciudad —respondió Kertos—. Los matarán a todos con tal de no dejarnos escapar.
— ¡No pueden hacer eso!
—Han perdido a su líder —agregó Sergus, conocedor de las tácticas de saqueo recordando no con mucho orgullo sus años mortales como corsario—, tienen miedo y sed de venganza.
—Es un acto de bárbaros —replicó André.
Orrish gruñó posando una mano en el brazo de Méril para llamar su atención y apuntó hacia la bahía. Los barcos también se encontraban en llamas, a excepción de las naves pesqueras del lado oeste donde se habían reunido todos los sobrevivientes de los einjergars, un numeroso contingente de más de sesenta aguerridos asesinos, algunos elfos y el cobarde rey que no sabía si se encontraba de rehén o representante de la ciudad.
—Quieren hacernos salir —murmuró el más joven aferrándose del arco—. Como ratas con el humo.
— ¡Viles propósitos que ensucian sus espadas de cobardía! —Dante desenfundó el mandoble alzando la voz—. Cómo osan coger a una ciudad por rehén, cómo maldicen el futuro de inocentes en nuestra contienda.
Quiso levantarse aguerrido pero los demás lo cogieron de la espalda y brazos obligándolo a agazaparse otra vez.
—Déjenlo —ordenó Méril. Los demás miraron al chico sorprendidos pero obedeciendo dejaron a Dante en paz, el osado einjergar igual que sus compañeros se quedó quieto mirando también al joven esperando alguna nueva orden—. Si eso es lo que desean pues no sería cortés hacerlos esperar.
—Pero, ¿está seguro, monsieur Llewelyn? Entre todos son más de doscientos, a campo abierto sin resguardo ¡sería un suicidio!
—Prefiero morir que permitir que más gente sea lastimada por nuestra culpa.
—Comprendo su aflicción, mas debe comprender que no nos enfrentaremos únicamente a einjergars. Ellos representan la voluntad de los dioses, ellos son la voz de Asgard y nosotros unos simples prófugos. Además, ¿no notan algo extraño?
— ¿Qué intentas decirnos, André? —Preguntó Sergus algo hastiado de las dudas de su compañero.
—Nada, no mucho, pero me siento un poco inseguro. Si se tratase de una trampa, ¿no sería mejor otro lugar para arrinconarnos?
Méril guardó silencio. Comenzaba a entender las dudas de André Mitrard. Los Fénix de Plata no parecían dispuestos a una emboscada, sino que por el contrario defendían el ingreso al puerto donde las últimas naves se mantenían intactas y lejos de las llamas que misteriosamente se habían expandido por las otras naves quemando incluso la gran embarcación que los había traído a estas tierras. Si pretendían emboscarlos no hubiesen comenzado un incendio por el lado de la bahía sino por el opuesto, donde se encontraba el bosque para impedirles a ellos escapar. ¿Entonces cuáles serían sus planes? Pensando no percibió cuando un einjergar se había escabullido por debajo de la pared, movimiento que sí percibió Orrish y sorprendiendo a todos se dejó caer de la cornisa aplastando al hombre con su cuerpo.
— ¡Orrish!
—Creo que nuestro camarada a conseguido un pez gordo —sonrió Sergus.
El Fénix de Plata que había caído sobre el rostro levantó la cabeza, confundido y algo aturdido. Apenas vio a la tropa ante él clamó aterrado.
— ¡Los Dragones, son los malditos Dragones Rojos!
Temiendo por su vida quiso arrastrarse rápidamente por el suelo como una cucaracha para huir pero Orrish lo detuvo aplastándolo con su pesada bota sobre la espalda. Era increíble que aquel representante de una fuerza de élite a la que antes temían ahora temblaba como un cachorro abandonado siéndole imposible moverse solamente por la fuerza del pie de uno de ellos, pero ninguno de los Dragones se preocupó de ello ya, con la mente únicamente en buscar respuestas.
Méril se acercó al einjergar e inclinándose lo interrogó sin rodeos.
— ¿Qué pretenden, por qué están incendiando la ciudad?
— ¿Y piensas que se lo diré a un maldito crío…? ¡AH! —La espada aserrada de Orrish cayó clavándose en la dura piedra del suelo a un lado del rostro del prisionero, el que abrió los ojos de par en par mirando su cercano reflejo—. Hablaré, ¡hablaré, lo diré todo!
—Comienza entonces, no tenemos mucho tiempo —lo instó el joven, que en ese momento su imagen y la de todo el grupo parecía ser la de un aguerrido conjunto mucho más peligroso que lo peor que aquel asesino hubiera presenciado en toda su existencia.
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Ranma se detuvo. Rashell lo imitó y ambos alzaron los rostros en dirección de la bahía. Ocultos entre altos edificios no podían verla con sus ojos, pero sus espíritus le mostraban con mayor claridad que cualquier catalejo lo que allá sucedía.
— ¡Están quemando las casas! ¿Qué pretenden?
—Matarán a todos los habitantes de esta ciudad —respondió Rashell con tranquilidad.
—Pero, ¿por qué? ¿Sólo para atraparnos?
—Lamento decirte, y si mi instinto no me traiciona, esto lo tenían planeado desde el principio.
—No puede ser verdad, ¿sólo por un grupo de prófugos que han violado una estúpida ley?
Rashell rió ante la inocencia de Ranma.
— ¡Cómo crees! Geez, por supuesto que si quemaran un pueblo cada vez que alguien rompe una ley los dioses no tendrían mucho que gobernar, ¿no te parece?
— ¿Entonces?
—Son los Fénix de Loki Laufeyiarson, no creo que sea una coincidencia siendo el peor enemigo de Freyr en este universo de Asgard.
La manera en que Rashell decía "este universo", de manera tan ajena, lo hacía mantenerse con una extraña sospecha hacia su amigo. Pero no podía juzgar si era en realidad Rashell, Touni o era una rara mezcla entre ambos que cambiaba constantemente de humor, cuyas bromas iban de la inocencia al sarcasmo más vil, o de la crueldad a la liviandad ridícula y jocosa.
—No te comprendo.
—Ranma, piensa, ¿hace cuánto tiempo ya que las cosas que suceden a nuestro derredor dejaron de ser coincidencia?
El joven de Nerima abrió los ojos asustado un momento para luego entrecerrarlos con ira.
—No me digas que… ¡y toda esta gente se ha vuelto comprometida por nuestra culpa!
—Así es, me parece que desde un principio ellos tenían planeado…
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Méril escuchó atentamente las palabras del soldado de Loki incrédulo. Más lo estaban sus compañeros.
— ¿Destruir al heredero de Freyr, sus einjergars y a toda la ciudad sin dejar ningún testigo? —Repitió Kertos muy confundido.
El hombre asintió temeroso sentado contra una pared arrinconado por sus captores.
— Dioses, ¿de quién están hablando? —Se quejó Sergus.
—Ranma —murmuró Méril—, debe tratarse de Ranma.
— ¿Nuestro teniente?
Méril asintió.
—Rashell me lo confesó todo antes de regresar a Jarnvidr. Ese estúpido estaba protegiendo a Ranma todo este tiempo, todos nosotros lo hacíamos sin saberlo. Porque él es el descendiente de Lord Freyr.
Los einjergars guardaron silencio incrédulos ante las palabras de Méril.
—Ese crío, no, no es verdad, ¿tiene la sangre de Lord Freyr? ¡Dioses de Asgard, necesito un trago ahora!
—Mon Dieu!, entonces eso significa que el capitán Belenus también es descendiente de nuestro señor Freyr.
—Así es.
—Grandes cosas nos reserva el destino si marchamos todo este tiempo a su lado —proclamó Danto con el rostro alzado y solemne voz, como si hubiera hallado la razón de su existencia.
—Destruir a la ciudad debió ser parte de los planes del nefasto Loki, enemigo eterno de Lord Freyr, para borrar a otro de los herederos de su enemigo y todo testigo de su crimen.
— ¿Por qué? —Preguntó Kertos.
—No lo afirmo con seguridad —las manos de Méril empuñadas temblaron cuando presionó los dedos con todas sus fuerzas—. Pero la historia secreta de Asgard dice que por siglos, milenios, Loki ha cazado a todos los descendientes de Freyr en Midgard, una rama mortal que heredó su sangre del hijo que tuvo con una mortal llamada Gerdr.
—Yo nunca he oído nada tan fantástico —dijo André.
—Porque no es oficial. Lo leí de algunas memorias escritas en el estudio de Lord Freyr, quizás cosas que la dama Freya olvidó ocultar tras su exilio.
—Eres osado si te escabulles en el estudio de nuestra señora —celebró Sergus sonriendo.
Méril se encogió de hombros.
—Ahora eso no es lo importante.
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Rashell se cruzó de brazos esperando alguna reacción. Impaciente murmuró para sí mismo.
—Supongo que lo más prudente sería olvidarnos de este asunto y no asumir la responsabilidad por la vida de estos desdichados habitantes. Pero conociéndolo…
— ¡Demonios! No podemos dejar que hagan esto, hay que detenerlos. La gente no tiene nada que ver con mi estúpido pasado.
—Geez, acerté.
— ¿Qué esperas? —Dijo Ranma marchando a paso forzado y dándose vuelta para exigirle a Rashell la misma determinación.
—Nada, nada, te sigo con gusto a nuestra trágica aventura. ¿Estás consciente de lo que te sucederá si seguimos luchando? ¿Particularmente a ti en tu actual débil, patético, miserable, pobre, delicado y deplorable estado de salud? ¿O te desquitarás de todas mis malas bromas haciéndome cargar con tu muerte en mi conciencia? Geez, de eso se trata, ¿no?
—Ya no tengo elección —respondió decidido ignorando la liviandad de su amigo, pero a pesar de su valor la duda se reflejó en sus juveniles ojos. Además, ¿quién de todos los hombres podría ufanarse de enfrentar la muerte sin temor, aún más siendo un simple adolescente? Sin embargo había una idea que rondaba en su cabeza y que lo ayudaba a alimentar su determinación cuando ésta parecía flaquear—; Otros me arrastraron a esta locura, no quiero que más gente sufra por la culpa de terceros, no por mi culpa especialmente.
—En eso eres tan parecido a él —dijo Rashell envuelto por una misteriosa nostalgia.
— ¿A quién? —Preguntó el joven.
—Nadie en particular. ¿Qué estamos esperando?, mientras charlamos una demora puede significar la vida de un inocente.
—Ése es más el Rashell que conozco.
Ambos sonrieron, chocaron las manos empuñadas como una promesa y asintiendo se arrojaron corriendo por una avenida que descendía hacia la bahía.
—Si de verdad muero —dijo sin detenerse conteniendo la respiración para no jadear—, ¿te encargarás del resto?
—Pues claro, ¡geez!, sería el maldito protagonista en tu lugar, ¿cómo negarme?
—Ya te lo he dicho antes pero volveré a repetirlo: a veces no sé si bromeas o hablas en serio.
—Para eso están los amigos; para confundirte, mentirte y traicionarte por la espalda cualquier día de estos, cuando gustes. Siempre estaré dispuesto.
Ranma rió mostrando los dientes cuando el dolor de su cuerpo parecía ya no importarle.
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Méril se adelantó dándole la espalda al grupo que rodeaba al aterrado prisionero. Con ambas manos en la cintura se mostró pensativo con la vista perdida en el camino que descendía a la oscura bahía. Las llamas de los barcos que se encendieron primero resplandecían en medio de las aguas y las casas del otro extremo comenzaban también a reflejar sus llamas en las oscuras nubes y el fuego y el humo le llegaba ya a las narices. Suspiró lentamente cerrando los ojos, como si tratara de buscar en su interior cuál sería la respuesta correcta. Ahora estaba a cargo, la vida de cinco hombres además de la propia dependerían de su decisión, mas ahora comprendía que no únicamente ellos, sino que la vida de todos los habitantes de Jarnvidr se encontraban sobre la delicada balanza que él debía dirimir.
—Méril, digo, señor —se corrigió Sergus, no quería mostrarse indisciplinado ante el prisionero de los Fénix por una cuestión de orgullo marcial más que nada—. ¿Qué debemos hacer con el prisionero?
— ¿Prisionero? —Repitió el joven algo distraído. La pregunta lo había cogido por sorpresa.
Kertos levantó el hacha pasándole el dedo por el filo cuando notó como el Fénix lo miraba, disfrutando el sudor que mojaba la frente del pobre desdichado.
—Déjenlo ir.
— ¿Qué?
— ¿Cómo?
Orrish gruñó disgustado.
—No somos asesinos, no lo mataremos a sangre fría —respondió con tal seguridad que ninguno entonces dudó de su orden.
—Pero irá con los demás —advirtió André.
—Eso es lo que quiero.
Girando se acercó al prisionero y acuclillándose delante de él lo miró fijamente.
—Quiero que vayas y les digas a los tuyos que si desean dejar con vida esta tierra deben hacerlo ahora.
— ¿Irnos ahora?
—Mis hombres y yo iremos ahora hacia el puerto. Sí, directamente a detenerlos. No esperes que sea piadoso dos veces con un grupo de crueles asesinos como ustedes.
Hizo un gesto y Orrish obedeció, lo levantó de los hombros y con fuerza lo empujó obligándolo a correr con una patada en la espalda. El einjergar de los Fénix de Plata, sintiéndose a salvo a veinte metros giró vociferando maldiciones, ofendiendo la inocencia de Méril al haberlo dejado ir, pero no alcanzó a reír cuando una flecha le pasó por el costado de la cabeza cortándole la oreja. Gritó de dolor y con la mano al costado de la cabeza corrió sin mirar atrás, y sin la estúpida arrogancia que había tratado de aparentar segundos atrás.
Méril bajó el arco.
— ¿Está seguro? —Kertos fue el primero en preguntar.
—No lo estoy. Los pondré a todos en peligro y no creo que seamos capaces de luchar seis contra de todos ellos. Pero tampoco puedo dejar que esta gente muera por nuestra culpa.
—No habrá gesta más noble ni lugar más sagrado que este donde mi espada ha de combatir al lado del arco más valiente de todo Asgard —Dante se adelantó para quedar a su lado.
—Señor Dante.
—Dante, sólo Dante. Los hermanos se llaman por sus nombres y nuestras armas cortarán enemigos cantando con sus aceros nuestras hazañas en un eco que se repetirá por la eternidad, y arrancará lágrimas de piedad y amor de las doncellas que suspirarán por nuestros recuerdos y maldecirán a todos los hombres de sus generaciones por no ser como fuimos nosotros.
—Sí, sí, como digas —dijo Sergus caminando y pasando de ellos, adelantándose—. Ahora daos prisa si esperan coger a alguno de ellos antes que me los acabe a todos.
—Yo no me quejaría de que fuera así, monsieur Sergus, puede usted también quedarse con los míos —agregó André que como siempre no muy seguro de todas formas caminó siguiendo pasando por el otro lado de Méril y Dante.
Orrish también cruzó tras ellos. El sonido que hizo con los labios no se podía definir si era una sonrisa o un gruñido. Pero cuando se cruzó con Méril el chico notó como el atemorizante Dragón Rojo le cerró un ojo.
—No tan rápido, ebrio malnacido —Dante dejó atrás a Méril y metiendo la mano en la capa la sacó con una botella de licor que llevaba oculta, arrojándosela a Sergus.
— ¿Y esto? —Preguntó Sergus emocionado e incrédulo.
—Considéralo un último deseo, un acto de mi infinita bondad para con tu miserable alma, antes del esperado final que os aguarda.
— ¡Oh, sí, sí, como quieras! Dante, hermano mío, cómo te lo agradezco.
— ¡No soy nada vuestro, ser repugnante! Alejaos de mí si no queréis que me carcoma el arrepentimiento.
— ¡Dame un abrazo!
— ¡Si os acercáis más moriréis, bellaco!
—Vamos, vamos, no seas tímido. Siempre supe que en el fondo me querías.
— ¡Ah, por la paciencia de nuestra casta señora, ruega que nuestros enemigos te cercenen el cuello antes que yo!
Los demás los siguieron entre risas y Méril se quedó perplejo. Enfrentarían a un número desigual, doscientos contra seis en un combate imposible. ¿Dónde estaban las miradas serias, las espadas temblorosas y el frío de una noche angustiante como siempre se debía repetir en ese tipo de historias? Todo lo que él veía era a un grupo de hombres hablando como niños camino a lo que parecía ser un habitual día de campo. Se rió entonces de su propio temor, el único que parecía preocupado al final era él, ¿no era así como se comportaban siempre los Dragones Rojos?
— ¡Espérenme, recuerden que yo estoy al mando! —Reclamó el más joven con ambos brazos en alto.
Los einjergars giraron las cabezas, lo observaron por un par de segundos, antes de reír como si les hubieran contado un buen chiste y seguir caminando sin detenerse. Méril gruñó cómicamente y corrió tras ellos.
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3
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El mercado se tornaba oscuro, los techos se extendían sobre la calle cubriendo el sol y las columnas de madera podrida se multiplicaban como las paredes rayadas con cristal en polvo donde se escribían toda clase de insolencias. La gente ya no parecía agradable, los comerciantes mostraban rostros con cicatrices y miradas turbias, y no eran los menos que se fijaban en ella y su uniforme de la academia con pensamientos inquietantes. Heid trató de mostrarse segura pero comenzaba a dudar de sus propósitos. Ahora imaginaba que sus atuendos no eran los indicados porque llamaba mucho la atención y pronto su gran orgullo se sintió herido al notar que ya no podía desafiar con la mirada a nadie, sino que por el contrario tenía que evitar los ojos que la perseguían al ser todos ellos seres aguerridos, mercenarios fornidos y bien armados rodeando oscuros personajes delgados, altos, de túnicas oscuras. En los puestos callejeros los comerciantes ofrecían alimañas peligrosas, lagartijas con púas venenosas en los lomos, ranas que sudaban líquidos viscosos tan abundantes que las sostenían sobre botellas que llenaban con facilidad. También había peceras con peces de dos o más cabezas y largas anguilas de agua con ojos que cubrían todo lo largo de sus serpenteantes cuerpos.
Ella prefirió ignorar los ojos embotellados que ahora le parecieron demasiado humanos para su gusto, los dedos de demonios nadando en una agua turbia en una fuente o las hierbas que se movían sobre las telas del suelo como si fueran animales vivientes, además de que gemían con voces de niños desde orificios que abrían a lo largo de las ramas, pero que cuando acercaban los dedos la gente estás se abrían como bocas llenas de dientes provocando el miedo del cliente y la risa de los que lo rodeaban. Ella inclinó la cabeza y continuó rápidamente como si sus pies se encontraran poseídos por una fuerza superior a su ánimo, una llamada miedo.
—Qué tenemos aquí. ¡Oh, qué preciosura de niña! ¿Se te ofrece un poco de guisado de "Yull", pequeña?
Una vieja arrugada y llena de póstulas le ofreció un cuenco. Asustada por la repentina aparición retrocedió un paso, se disculpó y paso de ella. No tardó en alcanzar el lugar buscado, era el borde de uno de los abismos de la ciudad y las escalinatas amplias y antiguas la llevarían hacia la ciudad baja. Se podía ver desde las alturas las avenidas adosadas a la pared del acantilado que escaladamente descendían intercalando entradas en la roca como túneles y algunos edificios adosados a los muros naturales. Más abajo el abismo se perdía en un vacío tan oscuro como imperturbable y la brisa le causó escalofríos cuando casi levantó su corto y delgado vestido que sostuvo rápidamente con las manos. Dudó una vez más, ¿valía la pena tanto peligro por satisfacer su curiosidad científica? Luego aceptó que tenía miedo y eso la hizo sentirse una cría, especialmente cuando notó las miradas risueñas de los oscuros seres que deambulaban como acostumbrados por esos peligrosos parajes, y que parecían leer en su rostro el temor que la embargaba. Eso la enfadó y mordiéndose el labio inferior descendió por las escalinatas evitando a un tipo alto cubierto por una gruesa manta, que al cruzarse ella notó tenía cuatro piernas gruesas en lugar de dos asomándose por el borde inferior de la manta. Con los ojos abiertos por ese descubrimiento y el pelo algo erizado bajó más premura los escalones.
El lugar indicado era un pequeño túnel con la forma de una puerta hexagonal de no más de dos metros de diámetro en lo más profundo de uno de los caminos que descendían por la pared de roca. Se internó entonces con algo de temor hasta que dio con una puerta de madera en el fondo. La golpeó dos veces y no sucedió nada, insistió y esperó. Se impacientó y trató de empujarla descubriendo que se encontraba abierta.
La sala parecía haber sido escarbada en la roca sólida formando una esfera con la parte del suelo aplanada. Cortinas con tejidos complejos colgaban de los muros y un par de puertas más se encontraban del otro extremo de la sala. El piso se encontraba cubierto por alfombras y cojines el pequeño cristal que iluminaba en un tono sepia el lugar se balanceaba insistentemente colgando de una cadena de acero. Notó al instante que además del meneo de la cadena, como si alguien la hubiese golpeado hacía poco tiempo, los cojines se encontraban desperdigados en desorden y uno de ellos abierto derramaba su contenido de plumas por el suelo. Miró en los alrededores y notó que una gaveta se encontraba abierta con los cajones destrozados en el piso y algunos pergaminos rotos tirados en la esquina. Tragó con dificultad percibiendo que algo no se encontraba bien allí.
— ¿Hola? ¿Hay alguien?
No obtuvo respuesta.
—Supongo que volveré después, no hay problema —repitió en voz alta y retrocedió lentamente hasta que su talón topó con algo. Al girar la cabeza se llevó la mano a la boca para no gritar cuando vio el cuerpo mutilado de un hombre que tirado de bruces se encontraba en medio de un charco de sangre.
Si la muerte era espantosa para cualquier ser, más lo era para una doncella de la ciudad alta ajena al mundo de violencia de la superficie. Heid por muy fuerte que fuera tembló, los pies no le respondieron cuando quiso moverse y los labios temblorosos se negaron a emitir sonido alguno. A pesar del miedo su mente rápida le indicó por los rasgos de aquel hombre que era justamente el comerciante al que debía buscar. Las cosas no estaban para nada bien. El ruido de la puerta cerrándose a sus espaldas la hizo saltar y al girar notó un par de sombras paradas una a cada lado de la entrada. Uno de ellos tenía todavía el brazo estirado con la mano presionando la superficie de la puerta que acababa de empujar.
— ¿Quiénes son ustedes, qué ha sucedido aquí?
—Qué mala suerte —dijo el primero.
—Sí, pero quién se podría imaginar que el viejo se gastaba nuestro dinero pagando rameras de la ciudad alta.
—Eso debe costar una fortuna, hermano.
—Lo mismo creo. ¿Te parece entonces si nos cobramos lo que falta de nuestro dinero con sus servicios? Por lo visto esta cría no está nada mal.
Heid arrugó los labios. Era sabido que en la ciudad baja la ley era distinta y ella, sin saberlo, o sabiéndolo a medias pero no habiendo querido escuchar a la razón, en un golpe de mala fortuna se había metido en gran lio de esos de los que siempre Skadi la había advertido.
—Disculpen pero no sé de lo que me están hablando. Esto se debió a una confusión pues yo no conozco a este hombre… —se sintió algo apenada por tratar con tan poco respeto a un muerto—, yo… yo sólo venía a preguntar por un producto que necesito para mis estudios, es todo.
— ¿Estudios? Hermano, creo que de verdad ella es una chica de la academia.
— ¿Bromeas, y qué haría una de esas crías de los dioses aquí en la ciudad baja? ¡Por supuesto que nos está mintiendo!
— ¡Yo no miento!
— ¿No? Podríamos comprobar con nuestras propias manos si su piel es tan blanca y tan suave como se dice de las niñas de la academia.
El otro hombre se pasó el brazo por la boca babeando como un cerdo.
—Oh, hermano, nunca he probado una mujer de la ciudad alta, ¿puedo ir primero?
—Cómo tú quieras, hermano.
—Cómo se atreven, sucios degenerados, ¿acaso no saben con quién están hablando? Esas solas palabras bastarían para que fueran ejecutados por traición a Vanaheim.
Los hombres se miraron entre sí.
—Mi nombres es Heid Baladi, de la casa de Baladi, ahora apartaos de la puerta antes de que pierda la paciencia —ordenó con gran autoridad, una excelente actuación cuando las piernas no le dejaban de temblar.
Ellos dudaron.
—Baladi, ¿eh? Parece que esta vez nos conseguimos una de categoría.
—Podríamos cobrar un rescate.
— ¿Estás loco? Si esta cría dice la verdad estamos muertos —aquella revelación hizo sonreír un poco a Heid—. Triste suerte, niña, no somos malas personas, ¿sabes? Lo único que tenía en mente era pasar un buen rato contigo y dejarte ir, al único que queríamos muerto era a él, pero ahora que sé que eres importante dejarte ir sería un verdadero suicidio.
— ¿Qué hacemos, hermano?
—Pues matarla, no nos queda otra opción.
Heid hizo sonar los dientes dándose cuenta de que había empeorado las cosas.
—Pero, hermano, ¿no podemos divertirnos antes de matarla?
—Qué buena idea, hermano. Ya escuchaste, niña, si nos complaces sin darnos problemas te aseguro que te tu vida terminará sin dolor, pero si te resistes…
Heid ya tenía bastante de ellos y sus tórridos pensamientos que le dieron tal asco que perdió todo el temor. Y sin que los asesinos se percataran antes ella ya tenía la mano alzada y una corriente de aire la envolvió formando una pequeña esfera luminosa en la palma. Uno de los hombres reaccionó alertado.
— ¡Por el maldito sol, es magia, nos matará a todos si causa una explosión aquí!
— ¡Rayo aurora!
La explosión emergió por el arco del túnel que daba hacia el exterior como el aliento de un dragón enfurecido. De entre las llamas y el polvo salió rápidamente la doncella Heid, indemne, rodeada mientras corría por una esfera de luz casi transparente similar al cristal que mantenía convocada con una mano en alto por delante del pecho. Apenas escapó del fuego bajó el brazo sin dejar de correr y la esfera se desvaneció en pequeños destellos que formaron una platinada estela tras de su cuerpo. No se detuvo a observar si ellos habían sobrevivido, bastante tenía ya con la situación en la que se había visto enredada. ¿Por qué estaba muerto ese hombre, qué clase de lío habría tenido como para que alguien enviara asesinos a su hogar, a qué se referían con una deuda? Nada de eso era de su incumbencia, menos su culpa, así que todo tenía que ser una mala broma del destino. Luego recordó que ella no creía en el destino y torció los labios molesta.
Subió rápidamente los escalones de la amplia avenida que ascendía pegada a la pared del barranco, se dividía en una continua sucesión de un par de metros de escaleras y largas plataformas de diez o más metros de largo por dos o tres de ancho. Se detuvo casi deslizando los delgados zapatos por el suelo de piedra y abrazó con fuerza su libro que no dejaba en ningún momento. Ante ella en la plataforma siguiente por encima de una pequeña serie de peldaños esperaban tres hombres. Uno era alto de cabellos abultados con una capa que lo protegía completamente, junto con un amplio cuello que le llegaba hasta los ojos; el segundo vestía los atuendos de los mercenarios cargando una espada dentro de su funda con desgano sobre el hombro; el tercero se encontraba a un costado del borde del camino, apoyado a la delgada baranda de piedra que lo separaba del abismo, con las piernas dobladas jugando solo a un juego de cartas y cristales muy popular en la baja ciudad. Los tres se quedaron observándola fijamente.
Ella dudó, para su molestia la casa del mercader al que había visitado se encontraba en lo más profundo del abismo tras un camino único y no tendría otra opción más que pasar por ellos si quería subir. Trató de calmarse, con gran dignidad ignoró que la seguían mirando con curiosidad, se irguió, ordenó su cabello corto, sacudió un poco las mangas y el vestido y sin prestarles atención como la gran dama que era comenzó a subir lentamente los peldaños directamente hacia ellos. Al segundo escalón entreabrió los ojos, ellos no hicieron nada. Al tercer escalón el que jugaba en el piso se levantó llevando la mano cuidadosamente al cinto donde ella notó el resplandor de una cuchilla. En el cuarto y quinto escalón los hombres se reunieron en el centro. El séptimo escalón fue el último y se encontró a un metro de los tres hombres que le cerraban el camino.
— ¿Me permiten pasar? —Preguntó en un tono que fue más una orden.
Los tres se observaron llenos de dudas, pero parecieran no tener razón para molestarla por muy extraño que fuera la presencia de una doncella de la lata ciudad en aquel sitio tan oscuro y como si les costara un gran esfuerzo retrocedieron formando un pequeño pasillo entre sus cuerpos. Ella no se mostró preocupada, no tenía que hacerlo y lo sabía y con pasos lentos y solemnes avanzó. Cuando se encontró entre ellos sintió que uno movía la mano y ella se detuvo fulminándolo con una severa mirada. El hombre nervioso se rascó la cabeza con notoria insistencia para mostrarle que ésa era su intención desde el principio. Ella continuó. Cuando cruzó y los tenía a sus espaldas suspiró aliviada sin que ellos lo notaran. Hasta que el ruido de otras botas rompió el incómodo silencio.
— ¡Por la luna negra no la dejen escapar, esa maldita bruja nos atacó!
Asustada giró la cabeza, más abajo en el camino los dos primeros hombres volvieron a aparecer lastimados y con las armaduras de cuero y capas notoriamente quemadas. Los tres hombres entonces casi a su lado la observaron de manera amenazante y ella sólo pudo sonreírles nerviosamente.
—Oh, eh, ah… ¿Podrían creerme que todo esto se debió a un terrible malentendido?
No lo hicieron. La espada de uno de ellos se alzó en el aire y cayó con fuerza sobre el frágil cuerpo de la joven. En un intento desesperado Heid se defendió con el pesado libro que había cargado todo el camino desde la academia y la hoja lo atravesó a la mitad. El guerrero furibundo tiró de la espada y la chica cayó al piso. Abanicó el arma violentamente tratando de librarla del pesado volumen sin éxito.
Heid se quejó adolorida y sentada en el suelo no encontró mejor solución que ofender a su atacante.
— ¡Estúpido bruto, animal, ese tomo valía mucho más que tu pobre vida!
Apretó los dientes asustada cuando comprendió que su orgullo otra vez le jugaba en contra, porque el mercenario enfurecido por sus ácidas palabras cogió el libro con una mano sin dejar de sostener la espada con la otra y de un fuerte jalón lo arrancó partiéndolo en dos. Heid se quedó horrorizada bajo una lluvia de papel rasgado cuando el mercenario la amenazó con su sombra acercándose con lentos y seguros pasos. Los otros hombres reían y gritaban obscenidades, más todavía los que habían sido lastimados en un principio por ella encendidos por el espíritu de la venganza y por el placer que les causaba tener a su merced a una representante de los señores de la ciudad alta.
Ella se arrastró por el suelo retrocediendo, intentando pensar en alguna solución, pero tenía miedo. Por mucho que su ánimo fuerte la instaba a reponerse ella no se había enfrentado jamás a una situación de auténtico peligro y los conjuros se le escapaban de la memoria con frenética rapidez. Cada vez que ideaba el inicio de uno terminaba imaginando el final de otro y se rendía buscando una nueva solución. Su rostro demostró enojo para ocultar su temor pero pronto todo se tornó en desesperación. Hasta que su espalda topó contra algo duro y blando a la vez.
Se quedó quieta y confundida. Tanto más cuando vio los rostros ahora silenciosos de los hombres que hacía segundos la amenazaban y como el mercenario bajó la espada lentamente mirando por sobre ella. Recién entonces Heid se animó a levantar la cabeza y se percató de que había topado con las largas piernas de un joven hombre.
Aquel muchacho vestía lo que para ella eran simples ropas de campesino compuestas por botas oscuras, pantalones holgados de un tono café y camisa manga corta algo destejida en los bordes. Sobre la camisa usaba un chaleco abierto de cuero sin mangas con un cuello peludo. Desde su ángulo apenas podía ver la parte inferior del mentón de aquel desconocido.
— ¿Qué es lo que quieres? Esto no es asunto tuyo, niño.
— ¿Niño? —Preguntó el extraño sonriente fingiendo desconcierto.
Dando un rápido paso al costado sorprendió a Heid la que se fue de espaldas al suelo, antes de sentarse rápidamente descargando su disgusto.
— ¡Ten más cuidado! —Pero detuvo su furor cuando notó que aquel desconocido había doblado las piernas acuclillándose a su lado quedando sus rostros demasiado cerca para su comodidad.
—Oye, mocosa, esa no es manera de dirigirte al que te acaba de salvar la vida.
La mirada de ése campesino le supo a una arrogancia tan grande como la propia. Pero no podía negar que la profundidad de los ojos azules como el océano de Vanaheim y el cabello dorado de mechones desordenados sobre la frente con una corta coleta tras la nuca le sentaba bien en apariencia a ese joven que no aparentaba ser mucho mayor que ella. A pesar de la sorpresa no bajó su ánimo combativo poniéndose a la defensiva.
— ¿Salvarme, tú salvarme a mí? Debes estar bromeando.
El joven suspiró cerrando los ojos en señal de resignación.
—Como quieras —se levantó rápidamente, le dio la espalda al grupo y comenzó a retirarse ascendiendo por el siguiente grupo de peldaños—. Disculpen la molestia, hagan lo que quieran con ella, no es mi problema.
— ¡Espera, dónde crees que vas! —Reclamó Heid.
—Me marcho.
— ¡Cómo que te marchas, qué clase de hombre podría abandonar a una dama en apuros!
—Pero tú no estás en apuros —se detuvo y girando la cabeza la miró con malicia—. ¿O sí?
Ella tuvo que morderse los labios antes de susurrar.
—Quizás un poco.
— ¿Qué dijiste? No te escuché bien.
—Qué quizás… ¡vete al demonio!
El joven dio un salto por el grito cuando esperaba una respuesta más sumisa de su parte. Entonces notó que los asesinos se acercaron con menos paciencia de la que podría desear. Se rascó tras la cabeza con una mano en un gesto de resignación.
—Qué me queda, tendré que ayudarte. Pero luego vas a tener que agradecérmelo —bajó los peldaños de nuevo y cruzó por el lado de la chica enfrentándose a los hombres.
— ¿Agradecerte que…? Espera un poco, ¿qué piensas hacer? —Recién entonces la cabeza de Heid volvía a funcionar con calma y pensó en las escasas posibilidades que tendría un simple muchacho campesino de enfrentarse a un grupo de guerreros experimentados—. Estás loco, van a destrozarte.
—Pero tengo que hacer algo para salvarte —posó las manos en la cintura relajando la espalda, sonriendo como si todo aquello no le causara la menor preocupación—. ¿Y qué te parece si mientras me sacrifico noblemente aprovechas en correr? De esa forma te salvarías y tendrías luego que vivir el resto de tu vida recordando al pobre desdichado al que le debes la vida.
— ¡Es estúpido!
El joven comenzó a hacer estiramiento de brazos y luego de piernas con total calma, los guerreros esperaron no por paciencia sino más bien por incredulidad ante aquel mequetrefe que decía poder hacerles frente. Ellos eran respetados miembros de una logia de asesinos, una de las tantas que se movían en las sombras de Vanaheim y no esperaban que un campesino tuviera los bríos, o la estúpida ignorancia de no conocer su lugar, como para querer enfrentarlos.
— ¿Estúpido? Vaya, y yo que creía que lo encontrarías romántico. ¿No es esa la clase de cosas que les gustan a las chicas de la nobleza como tú?
—No —respondió Heid tan fríamente que habría congelado el corazón de cualquier hombre.
El joven apretó los dientes sintiendo también aquella sensación desagradable.
—Sí que eres todo un caso, ¿eh? Ahora empieza a correr ya que tienes una oportunidad, niña.
—No soy una niña.
—Como quieras.
Estando listo comenzó a dar ligeros brincos con la punta de los pies terminando con un rápido cruce de piernas para adoptar una simple postura de combate. Pero por más improvisada que fuese su pose ella se sitió al instante extrañada y curiosa con la insinuación de aquel estilo porque jamás había visto semejante postura en ninguna de las escuelas de lucha que practicaban los jóvenes oficiales de la rama militar de la academia. Heid olvidándose de todo el peligro quedó prendada del cuerpo y movimientos de aquel desconocido.
El gran mercenario de pesada armadura de cuero y clavos de metal con una hombrera que casi le cubría la cabeza por uno de los costados lo miró hacia abajo dada su mayor altura y ahogó el inicio de una risa tratando de mostrarse serio cuando en realidad quería burlarse de él.
—Crío, ¿de verdad vale la pena morir por esa perra de la ciudad alta?
— ¡Eso se llama tener más bolas que cerebro! —Gritó otro desde atrás causando la risa instantánea del grupo.
Tanta risa y burlas no causaron efecto en la seriedad del joven que mantuvo la postura tensa como si fuera una estatua viviente. Hasta que su ojo tembló ligeramente y torció los labios como si ya se hubiera aburrido de tanto esperar.
—Pobre mequetrefe, no sabes a quién te enfrentas… ¡AH!
El mercenario echó la cabeza atrás cuando apenas percibió como una sombra borrosa la punta de la bota del joven que pasó rozándole la nariz, con la velocidad de una espada en furioso vuelo. Entonces reaccionando el mercenario dio un rápido paso atrás y movió la espada ante el mortal silencio que se formó en los sorprendidos hombres. Quiso atacar pero el joven ya se había deslizado rápidamente hacia su costado. Apenas pudo notarlo el guerrero pero consiguió esgrimir su arma en la dirección en la que se había movido el joven. Sin embargo la espada cortó únicamente el aire. El joven se había agachado deslizando los mechones por debajo de la hoja de acero en pleno vuelo y volvió a deslizarse ahora quedando del otro costado, con la habilidad en el juego de piernas de un pugilista con las manos empuñadas siempre en alto. El guerrero perdió el equilibrio y trastabilló tras su propio ataque, entonces recibió una fuerte patada que con la planta del pie el joven le dio donde la espalda cambiaba de nombre y lo envió a caer de rodillas. El guerrero se quejó, sus compañeros maldijeron y uno solamente se atrevió a burlarse de la humillante caída antes que otro le diera un palmetazo en la nuca para que callara.
— ¿De verdad sabes usar esa espada? —Preguntó el joven burlándose del mercenario.
El guerrero gruñó y con la fuerza de los brazos sostuvo el cuerpo levantando ambas piernas queriendo patearlo hacia atrás como un toro. Pero el joven lo esquivó con un simple paso hacia el costado y le respondió con una patada baja en el torso que lo hizo caer al mercenario sobre su propio brazo.
—Te gusta el suelo, ¿verdad?
El guerrero escupió polvo levantando un poco la cabeza y pronunciando una sarta de maldiciones entre los dientes que por suerte apenas se le comprendieron. El joven esperó pacientemente a que se levantara otra vez y volviera a empuñar la espada. Al instante notó que el mercenario al coger la espada con firmeza ya no se lo tomaría a la ligera y eso lo agradó en sobremanera, la sonrisa de su despreocupado rostro reflejaba cuánto disfrutaba de una buena contienda.
—Mira, niño, acabas de quemar todas tus posibilidades de sobrevivir. Pensaba darte una paliza, pero esta vez será la vida la que pierdas por tu imprudencia.
—Bla, bla, bla, ¿no sabes hacer otra cosa además de hablar? ¡Mueve esa condenada espada y trata de darme de una vez que me estás aburriendo!
—Cuánta arrogancia —murmuró Heid con reprobación, se encontraba todavía sentada en el suelo, en vez de afligirse o aprovechar su oportunidad para huir parecía por el contrario haberse acomodado en el piso con las piernas elegantemente doblabas hacia un lado y las manos descansando sobre el vestido, tan interesada en el combate como los demás.
—Maldito mocoso, ¡prepárate para morir!
Se arrojó con una velocidad y fuerza muy distintas a las de un principio, ahora demostrando la auténtica experiencia que poseía en el campo de batalla. Heid contuvo el aliento, a pesar de su falta de conocimiento del arte de la guerra comprendió al instante que la violencia, fuerza y velocidad de ese guerrero distaba por mucho de los elegantes aspavientos que los oficiales demostraban durante sus vanidosas exhibiciones de esgrima, donde trataban de sorprender a las doncellas de la ciudad alta con exageradas y tontas demostraciones de destreza. Esto era la realidad, esa espada no buscaba giros o reflejar el flamante sol en vistosos malabarismos sino que hundir su diente en la carne del joven que lo había provocado. Y aquél esperaba con una estúpida sonrisa el final de su vida. Todo aquello la perturbó hasta perder otra vez el control sobre sus propios sentimientos gritando sin pensar.
— ¡Ten cuidado!
La espada golpeó el suelo rompiendo la piedra que saltó hecha añicos alrededor de un pequeño cráter. El mercenario, los demás hombres y Heid, todos alzaron las cabezas para seguir al misterioso joven que en un acrobático salto se había encumbrado por sobre el cuerpo de su oponente.
—Oh, demonios —murmuró el mercenario y asesino con los ojos perdidos en la oscura silueta del ágil joven que caía otra vez sobre él.
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Njörd caminaba por los poblados senderos de la superficie como si se sintiera acostumbrado a la extraña fauna de aquel sitio. Habiendo dejado atrás los peligros de la baja ciudad en las paredes del abismo, con ambas manos detrás de la cabeza y esforzándose por silbar una tonta melodía por intentar aparentar normalidad se habría sentido realmente relajado y como en casa de no haber sido por ella. Al final dejó de silbar porque ya no recordaba más melodías y aburrido, sintiéndose también un poco nervioso, se detuvo.
La chica que lo seguía cinco o seis pasos detrás con los restos casi sin hojas del libro que abrazaba contra su vientre lo imitó manteniendo la distancia. El joven Njörd avanzó otra vez y ella también lo hizo. Volvió a detenerse y fue una vez más imitado por ella. Al final se exasperó girando para enfrentarla.
— ¡Deja de seguirme!
— ¿Y quién crees que te está siguiendo, estúpido arrogante?
— ¡Tú, quién más!
—Debes haberte golpeado en la cabeza bien fuerte si por un único segundo pudiste creer que yo, Heid Baladi, heredera de la casa Baladi, podría estar tras los pasos de un simple campesino como tú.
— ¡Qué cría! ¿No puedes simplemente decir: "gracias por haberme salvado, eres mi héroe"? —Dijo juntando las manos y mirando al cielo imitando una ridícula voz de mujer—, ¿en lugar de seguirme como un cachorro perdido esperando que te lleve a casa o algo así? Sin decir que esa linda boquita que tienes dista mucho de la imagen de las nobles doncellas de la alta ciudad que yo tenía.
— ¡Y quién necesita que la lleves a alguna parte! Además no necesito darte las gracias por nada, yo estaba a un momento de acabar con todos ellos. De hecho tú me interrumpiste entonces, así que deberías a lo menos disculparte.
— ¿Disculparme, yo disculparme contigo? ¡Mujer estúpida!
— ¡Niño inmaduro!
— ¿Inmaduro yo? ¡Tú eres la niña inmadura!
—Engreído.
—Idiota.
—Estúpido.
—Boba.
—Bruto.
— ¡Olvídalo!
Njörd caminó fuera de la avenida y se sentó en una banca que había a un costado del camino contra la pared de una de las viejas casas, cruzando tercamente los brazos.
— ¿Qué haces? —Preguntó ella confundida.
—Nada.
— ¿Nada?
—Nada de nada. ¿Qué, acaso la doncella "yo soy el ser más importante del universo" le interesa lo que un simple campesino pueda hacer?
—No… ¡por supuesto que no me interesa nada lo que hagas!
—Bien.
— ¡Bien!
—Muy bien.
— ¡Muy bien!
—Entonces.
— ¿Entonces qué? —Preguntó ella porfiando.
— ¿Vas a seguir tu camino o de verdad es que me estabas siguiendo?
—Ah…
Ella se llevó un dedo a los labios y miró en todas direcciones con nerviosos movimientos notando como la gente de ese lugar comenzaba a reparar más en ella y en su vistoso atuendo de la academia. Pero lo que más la molestó fue la infantil sonrisa de triunfo de ese muchacho. Decidiéndose se aceró también a la banca y se sentó del otro extremo cruzándose igualmente de brazos.
— ¿Qué estás haciendo?
—Sentándome. Porque quiero hacerlo, ¿algún problema con eso? —le respondió sin mirarlo con una voz tan fuerte que cualquiera diría que le estaba gritando.
Njörd se llevó una mano al rostro rendido.
—Eres una… —pero al mirarla ella lo evitó girando el rostro hacia el lado opuesto en una clara señal de desprecio, lo que por alguna extraña razón lo descolocó de forma inesperada. Enfurecido ensombreció su mirada murmurando amenazas, mientras ella seguía evitándolo, ambos de brazos cruzados, y ella de piernas cruzadas balanceando nerviosamente el tobillo.
—Cómo la odio.
—Cómo lo odio.
Murmuraron a la par y por accidente se escucharon. Entonces ambos se miraron a la vez y en sus ojos, al principio sorprendidos, se prendió la chispa de la batalla cuando fueron repentinamente interrumpidos.
—Mis jóvenes clientes, qué gusto, ¿se servirán algo?
Los dos dando un pequeño brinco al ser sorprendidos recién repararon en la pequeña anciana de rostro arrugado y llena de póstulas que parecía haberse encontrado hacía mucho tiempo delante de ellos sin que lo hubieran notado, la misma que un poco antes había asustado a Heid. Ambos giraron la cabeza hacia la derecha y recién notaron que aquella vieja banca terminaba apoyado en un puesto de puesto de comida.
—Eh…
—Ah…
Antes de que pudieran formular alguna excusa la vieja tenía en cada mano un aromático cuenco de un líquido grisáceo con extraños ingredientes flotando en la superficie de los que mejor era no reparar en su forma exacta.
—Pero…
—Lo siento, yo…
La vieja sin esperar otra palabra depositó cada cuenco en las manos de ambos jóvenes y sonrió esperando alguna reacción. Ellos se miraron entre sí. Heid fue la primera en responder recuperando la sonrisa.
— ¿Qué sucede, acaso no estaba en tus planes sentarte aquí en primer lugar?
El maldijo para sí y miró la sopa.
—Claro que sí, ¿qué esperabas? —revolvió con la cuchara de madera y un par de ojos salieron a flote. Su rostro se tornó azulado pero ante la risa mal encubierta de la doncella su espíritu combativo lo hizo coger la cuchara y llevársela a la boca con fuerza.
Apenas engulló con valor el contenido lo saboreó lentamente. Miró a Heid, ella dejó de sonreír y lo miró algo nerviosa. El emitió un sonido similar a una risilla insegura con la boca todavía cerrada y las mejillas hinchadas. Ella trató de sonreír de nuevo pero por alguna razón ya no encontró graciosa la situación.
El joven no aguantó más y corrió del otro lado del puesto vomitando todo lo que había desayunado esa mañana y los dos días anteriores.
—Niña, ¿no va a comer? —preguntó la anciana como si la reacción del joven no la ofendiera, más todavía, como si estuviera muy acostumbrada a ello. Heid miró su plato, escuchando de fondo las arcadas de Njörd y tembló por su vida.
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Se tambaleaba penosamente. El atardecer se pronunciaba pronto a su final pero las calles de la superficie de la ciudad infinita parecían llenarse de movimiento hacia el anochecer más que durante el día entero. Volvía a tambalearse cargando con su pesado cuerpo al de la doncella haciéndole a ella difícil el trabajo de sostenerlo.
— ¿Quieres dejar de moverte? —reclamó Heid. Abrazaba el cuerpo de Njörd rodeándolo con un brazo por el costado y con la otra mano sostenía el brazo que el joven tenía por sobre sus hombros al encontrarse prácticamente recostado sobre ella arrastrando los pies con cada intento por avanzar.
—No… puedo… evitarlo… uh.
—Oye, no hagas cosas raras —clamó asustada, no quería que él le fuera a vomitar encima del vestido.
—Déjame solo.
—Olvídalo, apenas puedes sostenerte en pie. Si te abandono ahora tu muerte podría pesar en mi conciencia.
— ¿Te importo? —Preguntó Njörd con una extraña sonrisa. Heid desvió el rostro, el contacto del pesado cuerpo de ese joven le causaba un revuelo en sus sentimientos que su orgullo no le permitía provocándole un porfiado rubor que temía él notara.
—No sueñes. Lo hago únicamente porque eres un pobre idiota que no sabe cuidar de sí mismo, ¿cómo se te ocurrió quitarme mi cuenco de sopa y bebértela toda sin siquiera respirar? ¿Es que estás demente? ¿Sabes que pudo haber estado en verdad envenenada, no conoces la importancia de mi familia y cuántos enemigos poseemos?
Njörd sonrió algo cansado.
—Otra vez tú y tu estúpida familia. Niña boba, ¿sigues pensando que a esta gente le importa quién puedas ser?
Ella no respondió pero miró a su derredor. Ni siquiera el hecho de que una doncella de la alta ciudad se paseara abrazada de un simple campesino llamaba la atención de esa gente como pudiera haber esperado, quizás su temor la primera vez que llegó a ese lugar de sentirse observada se había debido más a su propio miedo que a la realidad. Comenzaba comprender que su pequeño mundo en la ciudad alta era mucho más acotado de lo que ya imaginaba y suspiró con tristeza.
—No soy tan arrogante como piensas.
Njörd se quedó extrañado de esas palabras que parecían haberse escapado del terrible control que el orgullo tenía sobre el corazón de la chica y no quiso decir nada para no contrariarla. Además que estando así tan cerca de ella podía notar por primera vez lo hermosa que era; mientras se mantuviera en silencio y no discutiera provocándolo.
— ¿Qué hacías en ese lugar tan peligroso? —Preguntó cuando el silencio ya se hacía habitual entre ambos.
Ella fue atrapada por la situación y por el cansancio que ya comenzaba a embargarla por lo que respondió sin pensar.
—Me dijeron que alguien de ese sitio podía venderme un cristal Vollr.
Se detuvieron. Ella angustiada por lo que acababa de decir y él por lo que había escuchado.
—Pero no —agregó Heid rápidamente y muy nerviosa, atropellando sus propias palabras—, no, no creo que un campesino pueda saber lo que es eso.
Él, igual de tenso se mordió los labios antes de responder.
—No tengo idea de lo que me estás hablando —luego, más calmado y al percibir también en el contacto de sus cuerpos como ella se había relajado continuó—, pero no creo que una piedra valga tanto como tu vida.
—No lo sabes.
Él la obligó a detenerse de nuevo presionando su brazo que tenía alrededor de los delicados hombros de manera celosa.
—Sí, claro que lo sé. Nada puede compararse a algo tan valioso como una vida. Así que no vuelvas a ser tan imprudente.
Ambos se miraron, estaban tan cerca al encontrarse abrazados que sus narices toparon y sus ojos se entrelazaron en un vínculo que ninguno de los dos podía romper. En los ojos de ella Njörd vio el reflejo de la silueta de la montaña urbanizada de torres y fantásticos palacios que era la ciudad alta contra el atardecer, en él Heid descubrió el reflejo de una oscuridad que sentía la estaba envolviendo hasta devorar todo lo que durante años había creído y proclamado con tanta vehemencia y rechazado con ignorante pavor.
Una silla voló por delante de ambos rompiendo el encanto que los había envuelto. Los dos se separaron nerviosos y sonrojados.
— ¿Qué ha sido eso? —Heid preguntó nerviosa, tratando de aparentar como si nada hubiese ocurrido entre ambos.
—No… no lo sé —respondió él igual de perturbado. Otro mueble rompió el cristal de una casona de muro amplio que se encontraba a un costado de la avenida, los transeúntes temerosos tomaron rápidamente distancia de ese sitio cuando el cuerpo de un hombre siguió al mueble por la ventana desplomándose a los pies del joven—. Una taberna, ¡es una pelea de bar! —Rió entusiasmado y luego miró a Heid como si buscara la misma reacción—. Una pelea de bar, como las de casa, ¿te das cuenta? —No obstante Heid se mostró perpleja por su reacción y molesta por tanta innecesaria violencia—. ¡Ah, olvídalo! —se rindió al percibir que ella no lo comprendía.
Dio un largo paso por sobre el inconsciente hombre y se dirigió rápidamente hacia la entrada del bullicioso lugar.
—Espera un momento, ¿dónde crees que vas, acaso no estabas enfermo?
— ¿Enfermo yo?, debes estar bromeando —le contestó con la sonrisa pintada en el rostro. Empujó la puerta del bar y se agachó al instante cuando otro pobre sujeto voló por encima de su cabeza, y aquello avivó su infantil e insensato entusiasmo cerrando los labios para contener el deseo de silbar por la emoción que lo embargaba—. ¡Sí, es idéntico a estar en casa!
Heid lo vio desaparecer. Miró en todas direcciones a la gente que esperaba expectante alrededor del bar como si aquello fuese un espectáculo público. El ruido de mesas partiéndose y botellas quebrándose contra los muros se hizo más intenso.
— ¿Qué estoy esperando? Estas actividades incivilizadas no me incumben en lo más mínimo. Además, lo que le suceda a ese irracional, estúpido y violento idiota no es de mi incumbencia —dio dos pasos en la dirección opuesta y el sonido de la segunda ventana estallando la detuvo—. Por los todos los demonios, ¡de seguro lo matarán! —y girando deshizo los pasos corriendo hacia la entrada del bar.
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Los golpes se cruzaban sin mirar a quién iban dirigidos. A un pobre desafortunado otro gran hombre lo había cogido por los pies y lo estrelló de espaldas contra una columna enmohecida con tan mala suerte que la atravesó partiéndola en dos y parte de la plataforma del segundo piso se desmoronó sobre ambos ineptos. Sobre los restos saltaron otros que continuaron con la gratuita repartición de puñetazos, patadas, arañazos, agarres, mal licor escupido en el rostro y muebles convertidos en armas mortales. Uno cayó al suelo y algo aturdido se arrastró cuando vio un diente tirado en el piso, lo cogió afligido y con la otra mano se tanteó la boca dándose cuenta con un suspiro de alivio de que no era suyo cuando otra patada le dio en la cabeza y lo envió a rodar perdiendo media docena de ellos.
Njörd entró en escena y todos se detuvieron. Cada participante congelado en la posición en la que se encontraba luchando antes como si fueran esculturas; uno cogiendo a otro por el cuello, otro con una mesa en las manos y su víctima con los brazos en alto para detener el golpe, otro más armado con una maza de madera amenazando a uno que se ocultaba bajo una mesa, todos ellos quietos y conteniendo la respiración para mirar al recién llegado con gran curiosidad y profundo silencio. El joven se sintió algo incómodo, más reaccionando rápidamente gritó de manera exagerada y le dio un puñetazo en el rostro al que tenía más cerca derribándolo. Entonces el de la mesa en las manos gritó también enterrándole el mueble al otro desgraciado y la lucha se reinició al instante.
Las patadas de Njörd fueron el ingrediente perfecto para avivar la fiesta. Las mujeres que servían las mesas minutos atrás ahora eran las más aguerridas fieras que no perdonaban a ninguno que quisiera aprovecharse de la situación, porque no hubo jamás espada más temida en esos lares que las duras bandejas de acero de las chicas del bar.
—Cuando Touni se entere de lo que se perdió —el joven Njörd movió la cabeza evitando unos peligrosos nudillos y respondió con un giro pasando por debajo del brazo del fornido hombre cogiéndolo con una mano para a continuación propinarle un fuerte codazo en el abdomen a su agresor que le vació todo el aire del cuerpo—, ¡me maldecirá de la envidia!
En su ciego ímpetu no vio que otro guerrero se abalanzó por detrás blandiendo un peligroso mangual de acero. Cuando lo notó sólo pudo cubrirse con los brazos porque era demasiado tarde para evitarlo, pero el hombre en lugar de golpearlo cayó inconsciente con los restos de una silla que alguien le había destrozado en la espalda. Al levantar los ojos vio a Heid con lo que quedaba del respaldo en las manos. Ella arrojó los restos al suelo y nerviosa por su propio acto de violencia enredó las manos estrujando los bordes de su vestido tratando de disculparse.
—Oh, yo no quería, es que él iba a… y bueno… ¡pero yo no quería!
— ¿Qué demonios haces aquí?
—Yo…
— ¡Eso fue increíble! —Exclamó Njörd cogiéndola por los brazos y remeciéndola con tal entusiasta brusquedad que a ella se le desarmaron dos de las varias y finas trenzas que conformaban el delicado moño detrás de la cabeza. Dándose cuenta de lo que estaba haciendo la soltó al instante—. Oh, perdón, creo que me sobrepasé, pero… ¡es que eso fue sorprendente!
Agitada y nerviosa, tanto por el remezón como por la torpe alegría del joven que la halagó más que los cientos de sosos poemas con que una vez los jóvenes de la ciudad alta quisieron ganar su corazón hasta que se cansaron de chocar con su aparente frialdad, trató de arreglar algo su cabello sin darse cuenta de que se sonreía tan tontamente como él. Cualquiera que hubiera conocido a la orgullosa Heid jamás habría soñado con verla tan emocionada como a cualquier chica de su edad.
— ¿De verdad piensas que estuvo bien? —preguntó tímidamente inclinando un poco el rostro.
— ¿Bien? ¿Sólo bien? ¡Con una simple silla noqueaste a uno de los tipos más fuertes que puedo ver en este lugar! Teman espadas cuando se enteren de la nueva técnica de esgrima del mundo de Vanaheim, ¡sillas asesinas que castigará a todos nuestros enemigos!
— ¡Oh, por el sol, deja ya de molestarme! —Trató de reprenderlo con un coqueto tono de voz que al instante percibió nuevo para ella misma, pero en lugar de asustarse de sus propios sentimientos comenzó a entusiasmarse con las nuevas emociones que comenzaba a vivir por primera vez.
Observó detenidamente al joven que algo tímido no se atrevía a responder a su mirada. Ya no importaba la batahola que se formaba de fondo, ni los golpes, tampoco los gritos, menos los cuerpos proyectados en todas direcciones, las tablas saltando o el vino corriendo por el piso, ni mucho menos el fornido guerrero que cruzó desesperado tras ellos corriendo con una de las meseras a cuestas, la que tiraba de sus cabellos y le enterraba las uñas en el rostro. Nada tenía real significado en ese momento porque para Heid Baladi era como si los dos se encontraran a solas cobijados por el silencio romántico de un bosque rodeado de flores al iniciar el anochecer. Sacudió rápidamente su cabeza y se dio suaves palmaditas en las mejillas tratando de disipar un poco el calor que quemaba su rostro.
— ¡Cuidado!
Antes de que Heid pudiera reaccionar y apercibirse de lo que sucedía él la rodeó con su fuerte brazo por la cintura y atrayéndola hacia sí giró protegiéndola con su propia espalda. Una pesada banca cayó justo donde antes se encontraba ella y los restos que saltaron al despedazarse fueron detenidos por el fuerte cuerpo del joven que la cubrió celosamente.
—Estuvo cerca —dijo y silbó aliviado sin notar que Heid había perdido el aliento y no por la sorpresa. Con el rostro cerca la camisa y sus labios casi rosando el cálido cuello del joven se encontró tan fuera de sí como si hubiera aspirado algún tipo de incienso hipnótico—. ¿Estás bien? —Preguntó mirándola notando el extraño silencio con preocupación.
Ella apartándose u poco pero sin permitir que él dejara de sostenerla con el brazo asintió un poco nerviosa agradeciendo que Njörd en su distracción no notara su febril estado de agitación.
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El anochecer acampaba sobre la ciudad infinita. La vida nocturna en ciudad alta poseía también gran movimiento. La música se desprendía de los jardines donde los artistas recitaban odas a las antiguas glorias de Vanaheim y las damas se paseaban de los brazos de pomposos señores. Heid no se sentía muy a gusto de haber regresado a su aburrida prisión de mármol y oro como solía llamarla.
Njörd, que no era menos llamativo para esa gente por la simpleza de sus vestiduras y a la vez rechazado con gestos de repulsión y desagrado que en nada parecían afectarlo, lo notó al instante la molestia en el rostro de la chica.
—Parece que te incomoda que te vean acompañada por un simple "campesino".
— ¿Estás de broma? —Respondió con gran honestidad y algo de agresividad volviendo a ser más la Heid Baladi que todos conocían y evitaban en el barrio de los reyes—. Si alguien me desagrada en este mundo son ellos. ¡Esta gente sólo sabe comer sobre el hambre del pueblo Vanir! Se la llevan ostentando caros vestidos de seda que no consiguen cubrir las panzas y el deporte oficial de la alta ciudad consiste en alabarse con mentiras los unos a los otros. Sorprende que todavía posean las energías para jugar a la política y pelear por un trozo del trono como si valiera de algo. Son insoportables.
—Oh, vaya, no me lo imaginaba.
— ¿Qué te sorprende? ¿Qué siendo una "bonita, bien educada y tonta doncellita" de la ciudad alta no me guste la vida que aquí se practica? ¿O que debería acaso agradarme que jueguen con nuestras vidas, los viejos nobles nos miren con ojos lascivos, nos comparen y compren como si fuésemos sus bestias de carrera? ¿Para qué? ¿Para convertirnos en incubadoras de más estúpidos nobles y sonreír todo el día compitiendo por quién de todas es el adorno más bonito de cada mansión?
—Lo siento, yo no lo sabía…
— ¿Saber qué? Vamos, dilo, ¿acaso creíste que me moría de ganas por dedicar mi vida a no ser más que el lindo pisapapeles de un viejo asqueroso que jura para sí que los perfumes son un buen reemplazo de los baños diarios?
—Yo…
— ¡Pueden irse todos al demonio! —Una de las damas cercana a la pareja hizo un gesto de miedo cubriéndose el rostro con la larga manga de su delicado vestido al haberla oído—. ¡Al demonio! —repitió con fuerza amenazándola en particular y haciéndola correr.
—Está bien, te creo, no eres como las demás chicas de este lugar.
— ¿Y eso es malo? —Lo interrogó amenazadoramente, pero en el fondo de su mirada se podía ver una incipiente inseguridad que la carcomía esperando con angustia la respuesta de aquel simple campesino como si fuera más esperada que las palabras de un gran rey.
—Para nada —se sonrió en una extraña actitud y respondió relajado no dándole demasiada importancia a las palabras—, me agradas más así, no quiero imaginar lo que sería tener que hacer reverencias y repetir todo tu extenso árbol genealógico cada vez que tuviera que dirigirme a tu persona. Además ese vestido te queda bien.
— ¿Bien, este simple uniforme?
— ¿Eso es un uniforme? Uhm, como sea, te hace ver bonita… ¡Oh, no te lo vayas a tomar a mal! Yo sólo decía, ya sabes —dijo nervioso tratando de evitar su mirada.
Ella no supo cómo responder al halago, jamás se había mostrado orgullosa de una belleza que el destino quiso concederle con porfía. Pensó rápidamente en la forma en que las chicas de la academia respondían a esa clase de galantería. La Heid de esa mañana habría contestado con una amenaza, pero la Heid del anochecer, la misma que había conocido a ese simple campesino sintió la urgencia por ser dócil y amable con ese muchacho. ¿Y por qué no?, pensó aplacando las protestas de su agónico orgullo, ¿no sería también una forma de insultar las normas que tanto odiaba si ella, la más noble de las doncellas de Vanaheim, se permitía ser cortejada por las palabras de un simple muchacho de la superficie? No obstante, ¿qué hacer entonces? Porque cuando había decidido practicar la coquetería descubrió que no era un arte que fluyera naturalmente sólo por ser una representante del bello género, sino algo que se dominaba con astuto conocimiento del que ella no poseía ninguna pista.
Bloqueada por su propia ineptitud al no saber cómo continuar con ese juego de dulces palabras se quedó quieta y muda, tanto, que Njörd creyó que sus dichos no habían sido bien recibidos.
—Olvida lo que dije —agregó el joven con frialdad y comenzó a volver tras sus pasos.
—Eh, ¡espera!, ¿dónde vas?
—Ya cumplí con ser un leal caballero y te he dejado a salvo en este sitio. Ahora me retiro, también tengo cosas que hacer más importantes que perder el tiempo en una cita.
Las ácidas palabras del joven iban en armonía con su exacerbado orgullo que no quería mostrarse lastimado o débil tras lo que creía un rechazo. Él mismo se sentía confundido por su turbación e inexplicable enojo.
— ¡Detente un momento!
— ¿Qué ahora?
Ella no sabía que responder, pero en el fondo de su corazón deseaba retenerlo. La ciudad infinita era un lugar enorme donde miles de millones de almas compartían diariamente. Aún en la ciudad alta donde sólo habitaba la nobleza cada día veía rostros nuevos, gente que quizás conocería una única vez en toda su vida, ¿qué posibilidades tendría entonces de volver a encontrarse con Njörd si lo dejaba marchar ahora? Pero la otra pregunta la paralizaba, una que la hacía cuestionarse su verdadero deseo por estar con ese extraño muchacho y le quitaba el valor para expresar libremente sus propósitos, situación que jamás le había sucedido antes.
Suavizando su rostro y sonriendo con amabilidad recordó algo en lo que siempre había creído: si ella deseaba algo en la vida no podía dudar ni dejar las cosas en manos del destino, por lo que si anhelaba algo no importando lo confuso que fuera debía cogerlo, luego tendría tiempo para pensar en razones o decidir si fue bueno o malo, porque nada podía ser peor que la vida gris en la ciudad alta viviendo siempre de recuerdos y arrepentimientos por lo que pudo haber vivido en la vida. ¿Por qué otra cosa se había arriesgado a viajar constantemente a la superficie para satisfacer sus emocionantes experimentos o aventurado al peligroso abismo de la ciudad baja sino era para vivir cada momento satisfaciendo sus deseos? No sabía muy bien lo que ella misma quería, ni tampoco lo que esperaba de aquel joven extraño, pero en ese momento no estaba dispuesta a privarse todavía de su compañía.
Aquella conclusión hizo que mudara su actitud y ya no demostrara temor, aunque tuvo que reconocer para sí misma que por mucha seguridad que deseara aparentar el encontrarse en la ciudad alta con él era como si le mostrara su lado más sensible y humillante, peor, como si se encontrara desnuda ante unos ojos que luego podrían condenarla por pertenecer a ese aborrecible mundo que ella tanto rechazaba. ¿Podría alguna otra doncella sentir vergüenza por decir que pertenecía a una de las familias más antiguas de Vanaheim o que poseía grandes riquezas y un lugar privilegiado en la aristocracia del reino del sol? Ella sí, porque encontraba más digna la nobleza del simple campesino que toda la historia de su linaje junta.
— ¿De verdad pretendes abandonarme ahora a mi suerte? —Algo sonrojada tras un incómodo silencio volvió a aparentar fuerza en su voz.
—No te entiendo, ¿qué no te encuentras ya en tu hogar?
—Pobre ignorante, ¿de verdad no sabes con quién estás hablando? Mi familia es muy importante y también posee muchos rivales de temer. A esta hora y bajo el amparo de la noche los enemigos de mi casa podrían intentar agredirme. ¿Te crees tan noble tras abandonar a una doncella inocente y delicada a la terrible suerte? ¿Me dejarás marchar sin escolta alguna? ¡Qué cruel, qué villanía!
— ¡Ya! Ya, entendí —con una renovada sonrisa el joven giró otra vez y se acercó hasta quedar delante de ella fingiendo enojo, cuando ella ahora actuaba como la más dulce y frágil de las doncellas con una descarada sonrisa muy mal disimulada tras sus ojos fingidamente inocentes—. Así que pretendes tratarme como si fuera tu esclavo o algo así, ¿no?
— ¿Yo? Por el sagrado resplandor, ¿me acusarías de planear algo tan terrible? —Dijo insistiendo en su sonrisa inocente y su mirada ensoñadora, incluso aparentando algo de estupidez como si parodiara las importantes cualidades de una doncella de la nobleza que tanto odiaba con exagerados aspavientos y ridículas poses dramáticas, y una actitud tan boba como si tuviera la cabeza llena de aire.
—Ahora comienzas a asustarme —murmuró Njörd.
Ella rió tapando su rostro con una manga en otro exagerado gesto de femenino recato.
—Bien, será como quieras si así consigo de una vez por todas librarme de ti —agregó el joven—. ¿Pero puedo pedirte un favor a cambio?
Heid asintió con un gracioso movimiento de cabeza muy elegante y cuidadoso.
—Deja de actuar como una muñequita de porcelana, ¿quieres? —Comenzó a avanzar adelantándose a ella, en un movimiento intencional para que la chica no pudiera ver su rostro sonrojado cuando agregó—, me gustas mucho más cuando no actúas como una de estas crías mimadas de la nobleza.
Las palabras tan rápidas y directas causaron un extraño efecto en Heid, dejó de sonreír y su sonrojo se tornó auténtico como los pétalos de las flores que en aquella época caían de los jardines colgantes sobre la fuente en el centro de la plaza, flotando suavemente a la deriva.
— ¿Vienes o no? —Njörd la regañó con muy mala cara cuando se detuvo para esperarla varios metros más adelante.
Volviendo en sí la joven corrió para quedar a su lado y tratar de mantener el ritmo de los apresurados trancos del muchacho.
— ¿Puedes ir un poco más lento? Uh, ah, vaya genio que tienes, deberías ser más atento con tu nueva señora, señor caballero.
El no respondió al instante, sino que relajó su andar guardando las manos en los bolsillos y mirando en otra dirección evitando sus ojos. Luego habló tratando de mostrarse calmado a pesar del insistente temblor en el fondo de su voz que por suerte ella no pudo percibir.
—Tengo hambre, ¿algún problema con eso? Pensar que una vez te deje en tu adorable mansión deberé todavía desandar todo el largo camino por innumerables escaleras hasta abandonar esta estúpida montaña ciudad antes de poder siquiera pensar en la comida. Y eso si es que encuentro donde alojarme esta noche.
— ¿Cómo, no tienes dónde hospedarte?
— ¿Qué, eso lo dije en voz alta? Demonios, no, no te preocupes por ello. Sí tengo donde alojarme, aunque quizás no me agrade del todo ese lugar y… olvídalo, es un poco complejo.
Heid no siguió interrogándolo, imaginó al instante que como ese joven no era de esa parte de la ciudad, al ser un campesino, debía haberse hospedado temporalmente en alguna de las posadas de desagradable aspecto de la superficie, o peor todavía, de la misma ciudad baja. Imaginarlo dormir en tales condiciones apenó su corazón y se propuso impedírselo.
El estómago de Njörd gruñó escandalosamente.
—No puedo creer que todavía tengas hambre después de lo de esta tarde —dijo la chica en tono de regaño.
—Eso no es verdad, mi estómago es de acero.
—Sí, claro, he de creerte.
—No me fastidies, ¿quieres niñita?
—Yo digo lo que quiero y cuando quiero, ¿me escuchaste bien, pequeño muchachito?
Mientras caminaban seguían llamando la atención de la gente con sus infantiles discusiones, pero más lo hacían por el contraste entre sus atuendos. Njörd era el único en toda la amplia y concurrida avenida que vestía con ropas simples, o como lo recordara tantas veces Heid como un "campesino". Esto a Njörd le incomodó un poco no por él sino porque en el fondo no quería provocarle problemas a esa excéntrica chiquilla, pero Heid, reaccionando como era de costumbre y adivinando lo que él pensaba, se colgó de su brazo apegándose como lo haría únicamente una pareja de enamorados.
—Eres osada.
Ella le sacó la lengua. Luego se llevó un dedo a los labios como si hubiera tenido una idea y Njörd temió, comenzaba a conocer cuando la chica saldría con alguna nueva locura.
—Lo que sea no cuentes conmigo —dijo adelantándose a ella cuando la chica estuvo a punto de abrir los labios.
—Pero si no he dicho nada —respondió molesta por la interrupción, él la miró acusadoramente levantando una ceja—… todavía —admitió antes de recobrar el ánimo y seguir hablando como si no le importara el poco o nada interés que él le demostró—. Te conviene, así que mejor no me contradigas.
— ¿Convenirme? ¿Qué se te ocurrió ahora, niña?
—Te ahorrarías muchos problemas y sufrimientos sí… ¿te parece si cenas en mi casa?
— ¿Cenar en tu casa? Olvídalo.
—Pero, ¿por qué? Creía que estabas hambriento —ambos escucharon otro gruñido del estómago de Njörd—. ¿Ves?, tu cuerpo no miente.
—Traidor —susurró antes de responderle a la chica—. Agradezco tu oferta pero lo siento, todavía conservo mi dignidad. Me rehúso a ser despreciado por un montón de engreídos nobles, o meterte a ti en algún lio.
— ¡Eso no va a suceder! Yo jamás te negaría ante nadie sólo porque te vistes con pésimo gusto.
—No tú, bueno quizás no con lo rara que eres, pero recuerda que estarán tus padres, abuelos o lo que sea y hasta donde imagino una simple cría no es la dueña ni líder de la familia. ¿Imaginas lo que ellos dirían si te ven llegar con un "campesino" a cenar? Lo más seguro es que me manden a ejecutar por haberte secuestrado y lavado el cerebro con malévolas ideas, pero no seamos tan negativos, no, porque si tengo suerte a lo más podría terminar cenando con los perros en tu jardín.
—No con los perros, ellos también comen dentro de la casa —sonrió la chica sacándole la lengua—. No obstante, no debes preocuparte por mi familia. Ellos siempre se ausentan por cenar en la mesa del rey o con alguno de los otros nobles de las cinco familias ya que se divierten mucho más compartiendo las intrigas en la corte que pasando una agradable velada familiar. Además hoy nos visitaba en la alta ciudad una comisión diplomática de no sé qué otro universo por lo que de seguro toda la alta aristocracia ha de hallarse junto al rey y sus importantes convidados.
— ¿Visitantes de otro universo? —Njörd trató de mostrarse sorprendido, por suerte ella no notó su mala actuación concentrada en sus propias ideas.
—Sí, sí, según parece príncipes de un mundo más antiguo que el nuestro. Cómo era que se llamaba… "Ida"… ¿"Idavollr"? Oh, ya lo olvidé, de todas maneras no era importante.
—Así que sin importancia —suspiró—. ¿Siempre eres tan arrogante?
—A veces —respondió mitad en broma, mitad con seriedad antes de continuar con el tema que le parecía más importante—. Por lo que nadie te echará al patio. Además eres mi guardaespaldas y no puedo permitir que estés lejos de mí por mucho tiempo sin que mi preciosa vida corra peligro.
— ¡Y ahora soy tu guardián! Niña, estás demente.
— ¿Y por qué? ¿Sabes cuántas intrigas se tejen tras los muros de la ciudad alta? ¿Me dejarías cenando sola junto a una vieja criada y un pobre perro que se asusta incluso de las ardillas?
—Entonces sí tienes un perro.
—No cambies de tema. Tu sagrado deber será protegerme incluso durante la cena.
Njörd sonrió con picardía antes de preguntar con gran ironía.
— ¿Y también debo cumplir con mi importante labor de protector durante los baños y las noches de mi encantadora y dulce señora?
—Quizás… ¡no! —Gritó sorprendida y sonrojada a la vez.
—Una lástima. Supongo que con tan poca motivación me negaré al trabajo.
—Pervertido, descarado, sinvergüenza y de mente sucia, ¿quién te crees que eres como para tratar de meterte en mi intimidad? —se quedó muda mirándolo intensamente, la ira de esa chica parecía agradarlo de sobremanera—. Oh, bien, si tanto te gusta podrás entonces protegerme también durante las noches.
Aquel rápido cambio de actitud terminó sorprendiendo al joven.
— ¿Escuché bien, dijiste que sí?
—Pero no te entusiasmes tan rápido, ya que dormirás en el pasillo fuera de mi habitación como el perro lascivo que eres. No, menos que un perro porque mi querido y viejo "Fei" siempre duerme a los pies de mi cama.
—Oye, eso no es amable, ¿y dónde quedó aquello de que no puedo separarme de ti para cumplir con mi sagrado deber en todo momento?
— ¡En el pasillo!
—Pero…
—Pasillo
—Sin embargo…
— ¡Pasillo! Y será mejor que dejes de tentar a tu casi agotada suerte.
Njörd rió de buena gana y Heid, tras su ofuscación inicial, rió también acompañándolo.
—Entonces está dicho, voy a comer una insípida cena de nobles. ¿La prepararás tu misma?
—Sigue soñando. Mis preciosas creaciones culinarias son un placer inalcanzable para un pobre idiota como tú.
—Ah, ¡ah!, así que no sabes cocinar —dijo sonriente y Heid guardó silencio—. ¿Acerté?
—Cállate.
— ¿He dado en el clavo?
—Guarda silencio.
—Sabía que las niñas mimadas de la alta ciudad ni siquiera eran capaces de alimentarse a sí mismas, pero esto es el colmo: arrogante, ilusa, taimada y ahora inútil, ¿algo más que agregar a tu increíble recomendación?
— ¡Ya basta! Has colmado mi paciencia.
Njörd corrió evitando que Heid lo golpeara. La risa del joven se grabó para siempre en el corazón de la doncella porque en sólo en contadas ocasiones el futuro permitiría volver a verlos así reunidos y felices antes de que se desatara la tragedia que diera inicio a aquella tan especial existencia.
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4
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La genta huía desesperada alejándose de la bahía. Hombres y mujeres, ancianos y niños, todos elfos de miradas opacadas ahora corriendo por sus vidas, tristes de fisonomía que reflejaba la dureza de la vida en las tierras exteriores y del constante abuso del señor de turno ahora maldecían la influencia de los dioses que aún allí, tan lejos, los alcanzaba destruyendo sus hogares, lo poco que les quedaba y ahora los obligaba a huir para salvar la otra única posesión que todavía no les habían arrebatado: la vida.
Cuando avanzaban una anciana cayó empujada por un elfo varón más alto y joven que no se preocupó de ella. El mismo elfo se detuvo un metro más allá casi paralizado, pálido, como si el corazón se le hubiera detenido. Ante él apareció otro grupo de nefastos enviados de los dioses. Todos ellos serios, aguerridos, cien veces más temibles que los que habían comenzado a quemar sus casas en el borde del puerto en la bahía. El elfo se movió cayendo a un lado de la calle cuando el grupo avanzó sin mirarlo. Entonces el más joven y menudo de los einjergars se inclinó ante la anciana y amablemente la ayudó a levantarse. Los otros einjergars tomaron las cosas de la mujer y la ordenaron en una bolsa. El más grande de los einjergars, aquel de piel oscura y el cabello largo ordenado en una infinidad de finas trenzas, cargó la bolsa y se la puso en los brazos de aquel sorprendido y descortés elfo.
—Lamento lo sucedido —dijo Méril a la sorprendida anciana. Hizo una reverencia y continuó. Todos lo hicieron. Los elfos que seguían huyendo al verlos se detenían y asustados los esquivaban formando un círculo a su alrededor.
Pero los Dragones seguían sin mirar a nadie, serios, con los ojos puestos en la cercana meta. La anciana se quedó observando por un largo momento al grupo antes de alzar una súplica a los dioses, los mismos que ahora los habían castigado inmerecidamente, pidiendo por el fin de aquella noche.
Las llamas envolvieron la avenida con los últimos que trataban de escapar. Un elfo tuvo la mala suerte de demorar más de la cuenta y una flecha de los Fénix lo atravesó en la espalda cayendo a los pies de los recién llegados. Méril apretó los puños y continuó, todos lo hicieron introduciéndose entre los edificios encendidos. Vigas de madera prendida caían sobre la calle.
— ¡Todos deben morir, es la voluntad de Asgard! —Bramó el ahora capitán de los Fénix de Plata tras dos columnas de hombres armados con arcos y flechas envueltas sus puntas en un material combustible. Un hombre corría entre ellos con una antorcha encendiendo las flechas y rápidamente las disparaban cada vez más lejos alcanzando nuevas construcciones. La infantería se encargaba de la carnicería atrapando a los elfos que no habían alcanzado a escapar, asesinándolos cruelmente recordando sus añorados tiempos como mercenarios durante sus vidas mortales en Midgard.
Uno de ellos dio la voz de alarma.
Entre las llamas y por la avenida un grupo de siluetas emergió caminando lentamente cruzando la espesa capa de humo que como neblina cubría aún de la luz de las llamas sus presencias.
—No puedo creerlo —murmuró el capitán—. Son ellos, de verdad han venido. ¡Los muy idiotas han llegado para encontrarse con sus muertes! Ahora nuestro amo Loki estará realmente encantado de haber cumplido fielmente su mandato —dijo recordando que tiempo atrás había planeado asesinar a la gente de Jarnvidr y retirarse para mentirle a su señor Loki Laufeyiarson, diciéndole que los einjergars de Freyr habían corrido igual suerte. Pero ahora sus ojos brillaban al saber que no tendría que faltar a la verdad arriesgando así su vida. Soñó despierto entonces al imaginar que la gloria que lo esperaría de regreso a Asgard y el temor que antes tenía al cumplir la misión tras la muerte de Ivar y de algunos de los suyos fue imprudentemente reemplazada por la emoción de verlos allí, tan pequeños y débiles ante su numerosas fuerzas. Ahora ya no los creía sorprendentemente fuertes sino débiles y apocados, y a las anteriores derrotas que habían sufrido antes los Dragones Rojos ahora en su mente eran culpa del inútil de Ivar y su patética dirección.
Méril miró a un lado los cuerpos tirados de la gente. Del otro los adoquines se cubrían de igual miseria tiñéndose la piedra de sangre inocente. Volvió su atención al nuevo capitán ignorando por completo a las tres filas de soldados que con las manos acariciando las empuñaduras de las armas se interponían entre ellos.
— ¿Tú tienes al culpa? —Preguntó en un tono de voz fuerte y seguro que más pareció una orden, con el rostro ligeramente inclinado y los cabellos castaños bailando por sobre el resplandor airado de sus jóvenes ojos que sorprendió tanto a enemigos como aliados.
El capitán interino de los Fénix rió ante tal osadía ebrio de arrogancia.
— ¿Y qué si lo hice? Niño, no deberías preocuparte de los que ya están muerto y temer más por los que todavía tienen la mala suerte de vivir en este maldito mundo. ¿Por qué te presentas ante mí, quieres rendirte? Si los infames Dragones Rojos de Freyr son comandados por un crío llorica entonces están peor de lo que todos contaban. ¿Cómo es posible que Ivar haya caído ante tan miserable grupo? Además, ¿por qué preocuparte por la suerte de un montón de elfos? Sus vidas son menos que los animales para los señores de Asgard, si ellos deciden que deben desaparecer porque les incordia su sola presencia, nosotros, los verdaderos sirvientes de la voluntad del Valhala ejecutaremos todos sus deseos. ¿Se dicen einjergars? ¿Qué einjergar podría cuestionar la voluntad de sus dioses? ¡Sí de verdad lo son tiren sus armas y acepten la muerte, acepten el deseo del poderoso Loki y mueran ante nuestras espadas!
Méril apretó el arco hasta que su mano sangró. Kertos, como el resto, lo notó pero sintiéndose igual de ofendido por la vida de los inocentes no lo detuvo, sino que sus palabras fueron de ciego apoyo. Ni siquiera André demostró temor en aquel segundo donde todo lo que sentían por el numeroso ejército que asesinaba a gente desarmada era repulsión.
—Cuando usted ordene, señor Llewelyn —dijo el gran einjergar tan ansioso de devolverles el sufrimiento de la muerte como el resto.
El joven alzó el arco y apuntó. Los Fénix de Plata se apercibieron para la batalla y el osado capitán de Loki alzó la mano con su arma dispuesto a dar la orden, cuando la flecha del chico se disparó antes de que todos se dieran cuenta y traspasó la mano y la empuñadura de acero y cuero del capitán clavándolas como si fueran una sola. El einjergar cambió su deseo por un grito de agudo dolor y los einjergars de los Fénix no supieron cómo reaccionar quedándose quietos.
— ¡Fallaste! —Reclamó Sergus que conocía la habilidad del muchacho y le habría sido fácil atravesarle la cabeza al desagradable hombre.
— ¡No! —Respondió igual de airado tirando el arco y en un movimiento que auguró su nuevo deseo desenfundó la espada corta con la diestra y una larga cuchilla con la zurda—, quiero que sufra. ¡Dragones Rojos, ataquen!
En la bahía, en la amplia avenida de antiguos adoquines que separaba el puerto de la ciudad, con los primeros edificios convertidos en un bosque de llamas y del lado opuesto el océano nocturno iluminado con los colores similares al del atardecer chocaron los dos grupos. Con tanta furia los Dragones Rojos siendo tan sólo seis almas atravesaron la primera y segunda línea de arqueros de los Fénix antes que estos siquiera pudieran reordenarse. Muchos cayeron ante sus afiladas armas y junto con las cenizas los destellos blancos de los cuerpos astrales desintegrándose se hicieron parte del aire de Jarnvidr. Los más afortunados fueron arrojados a las frías aguas cuando los seis cruzando la férrea defensa se introdujeron en el largo puerto consiguiendo así una posición aventajada. Si bien estaban rodeados ya no podían ser atacados con la misma rabia porque todo el numeroso contingente no cabía alrededor de ellos dado el reducido espacio de la estrecha vía que se alzaba sobre las aguas. A Méril ya nada le importaba, ni la posición comprometedora en la que se encontraban ni tampoco el que estuvieran siendo cerrados por detrás quedando entonces cómo único escape la ruta que los llevaría a la nave que los einjergars preparaban para sí y hacia el capitán de los Fénix. Quería la vida de ese hombre como si en él estuviera enfocado su odio por todos los sirvientes de Loki juntos que causaron tanta mortandad en el pueblo de Jarnvidr.
— ¡Méril, cuidado!
Sergus detuvo con su sable una espada que iba directo a la cabeza del más joven. Méril, algo asustado se vio un poco perturbado, cuando Kertos se cruzó por el otro lado derribando a un grupo que empujó con su gran hacha haciéndolos caer a las frías aguas.
— ¡Todos atentos!
André no tuvo tiempo de asentir, porque ya estaba defendiéndose por detrás con su hábil esgrima interrumpiendo más ataques de los que él podía devolver. Orrish dio un fuerte golpe con su espada aserrada, viéndose libre quiso utilizar su cañón enterrando el sable en la madera del muelle que tenían por suelo y desencajándola de la prótesis de un rápido y seguro giro del brazo. Pero cuando quiso sacar su explosiva arma recibió otro ataque viéndose obligado a defenderse con el cañón en la mano. Perdió su arma en el choque, golpeó con el puño desnudo al osado Fénix y volvió a coger la espada conectándola otra vez a la base de la prótesis del brazo. Vio con disgusto como su cañón rodó por la superficie cayendo por el borde hacia las oscuras aguas.
— ¡Qué no nos amedrenten con sus cobardes tácticas! —Gritó Dante algo complicado al verse rodeado de tantos enemigos, abanicando su gran mandoble de lado a lado para contenerlos.
En aquel momento Méril se percató de lo que estaba sucediendo como si el odio diera paso a la razón otra vez. Estaban metidos en un gran lío y todo había sido culpa de su arrebatado espíritu. Tenía que pensar, Kertos y Sergus lo protegían fieramente como si comprendieran que la mejor arma del muchacho era la tranquilidad de mente para poder meditar en alguna estrategia.
—Quizás…
— ¡Lo que sea dilo ahora! —Lo instó Sergus defendiéndose con la espada sobre la cabeza y alzando la pierna para patear a su agresor en el abdomen y enviarlo junto con otro por el borde del muelle.
— ¡Al barco! ¡Debemos llegar a la nave!
No obstante la suerte no los acompañó. El crujido de la vieja madera alertó tanto a atacantes como a defensores. El barco comenzó a moverse despegándose del muelle. La plataforma que hacía de puente entre ambos cayó al agua. En lo alto de la proa el capitán de los Fénix los insultó cuando con algunos afortunados que dirigían la nave comenzaba a dejar el puerto. Los Fénix de Plata, el grueso de las tropas, maldijeron al traidor y corrieron entonces ignorando a los Dragones Rojos queriendo alcanzar la nave. Kertos empujó a uno que pasó por su lado y Orrish hizo lo mismo con otro enviándolo al mar. Los Dragones también se encontraban perplejos ante lo que estaba sucediendo. Los Fénix de Plata gritaban toda clase de maldiciones desde el borde del puerto donde se amontonaron como una masa desordenada. Los últimos empujaron a los primeros al mar. Algunos saltaron por su cuenta y nadaron entre los trozos de hielo que flotaban a la deriva queriendo alcanzar la nave.
—Es un maldito, abandonando así a sus propios camaradas —se quejó André indignado.
Tanto era el pánico de los que quedaban atrás que habían olvidado por completo a los Dragones.
—Un momento —advirtió Sergus, conocedor como ninguno de las artes náuticas—, no está girando a babor.
— ¿Y eso qué?
—No está disponiendo la nave para dejar la bahía, sino que… ¡va a bombardearnos!
Todos guardaron silencio. Los Dragones Rojos y los más de cien Fénix de Plata que más hacia el final del muelle lo habían escuchado se quedaron expectantes. Y así como decía Sergus la gran nave que habían habilitado los einjergars de Loki para dejar esas tierras, tras perder la primera en un misterioso fuego, se cruzó por el centro de la bahía mirando con una de sus caras hacia el puerto y la ciudad. Entonces vieron como los einjergars sobre la cubierta dispusieron pesados cañones, y las compuertas inferiores de la nave se abrieron igualmente mostrando las armas con que los atacarían.
— ¡Dragones Rojos, atrás! —Ordenó Méril cuando ya habían comenzado a correr de regreso hacia el borde de la ciudad.
Los Fénix de Plata gritaron igualmente aterrados cuando el capitán alzó el brazo con la espada y los cañones comenzaron a tronar como el martillo de Thor en los días que destrozaba los cráneos de los gigantes de Utgard. El zumbido de la primera bala de cañón se sintió muy cerca y cayó a un costado del muelle levantando una gran ola que arrastró a algunos Fénix al mar. Los Dragones siguieron corriendo cuando otra bala cayó tras ellos haciendo explotar parte del muelle y llevándose consigo la segunda vida de algunos enemigos. Los cañones siguieron escupiendo fuego y el muelle se volvió escombros y fuego flotando en las aguas junto con los cuerpos de los einjergars antes de que estos comenzaran a desintegrarse. Los pocos Fénix que cruzaron a salvo se sentían confundidos, tanto así, que cuando vieron al grupo de Méril cargaron contra ellos envueltos en una ira vengadora, necesitando una razón para desquitar su furia. Méril maldijo su suerte. Una bala dio en el edificio tras ello y los tres niveles superiores se desplomaron sobre la avenida. El polvo los rodeó y las espadas resplandecieron en las sombras chocando con gran furia.
El chico buscó su arco y recordó que lo había tirado antes. Lo vio lejos, tras las filas de enemigos que parecían poseídos por una sed de sangre tan fuerte que no les importaba morir bajo el bombardeo de su propio capitán, sino que seguían luchando contra los Dragones de Freyr enfocando en ellos toda su ira.
— ¡Necesito un arco! —Se quejó defendiéndose de un ataque de lanza, desvió la punta con la daga y girando en un corto brinco por sobre el arma de su enemigo cayó dando un feroz corte con la espada corta. Sin herirlo de muerte tras rasgar la armadura de cuero se deshizo de él conectándole una patada en la cabeza, cuando otro ya lo atacaba con un hacha obligándolo a girar con desesperación.
El zumbido de otra bala de cañón impactó tras ellos destruyendo parte del camino de piedra que iniciaba el muelle, desplomándose gran parte sobre las aguas arrastrando consigo parte de un edificio. Orrish partió el escudo de un Fénix con su gran espada y le dio un fuerte golpe con el codo. Corrió por sobre el cuerpo del desdichado y atacó a uno que quería disparar con el arco. El puñetazo que le conectó lo lanzó recto hacia atrás sobre otros einjergars y atrapó el arco en el aire. Entonces lo arrojó al joven Méril que lo agradeció algo sorprendido.
Alzó los brazos entonces. André y Kertos lo rodearon defendiéndolo de los siguientes ataques para darle el suficiente espacio y tiempo. Estiró la cuerda sin flecha alguna y concentró su espíritu. A esa distancia ninguna flecha normal alcanzaría el blanco. Hincó una rodilla en el suelo y no importando que otra bala de cañón impactara en otro edificio tras ellos su espíritu se enfocó en el arco cuando apareció una flecha luminosa compuesta solamente de energía entre la cuerda y el tenso arco.
— ¡Lluvia de luz!
Entonces el que debería tratarse de un hechizo simple para un einjergar dotado se transformó en un ataque digno de los dioses que sorprendió a todos los combatientes. Del arco se dispararon una docena de líneas luminosas con tal fuerza que el chico salió expulsado hacia atrás tras el poderoso impacto del disparo. Los rayos de luz se abrieron en el aire y se curvaron abriendo las aguas en dirección de la nave. Los rayos alcanzaron la embarcación bajo un suspiro en forma de maldición que corearon los sorprendidos y angustiados einjergars cuando el ataque se cruzó alrededor de la nave. Los rayos atravesaron el barco de extremo a extremo como si hubiera sido de papel. Destruyeron un par de cañones, dañaron el mástil principal y cortó de raíz un mástil más pequeño. Dos rayos atravesaron la cabina en la popa haciéndola estallar y otro alcanzó parte también de la proa. Partes del casco fueron atravesados con la suerte de encontrarse por sobre el nivel de las aguas. La vela se rasgó quemándose casi al instante por el contacto de la magia.
Tras el descomunal ataque los einjergars se levantaron de donde se había tirado al piso para cubrirse. Las velas incendiándose caían sobre la cubierta. El mástil se desplomó y se fue al mar y los hombres rápidamente cortaron las cuerdas y restos que todavía lo unían a la nave con hachas y espadas, evitando así que la nave volcara en un fuerte balanceo. Algunos corrían tratando de apagar las llamas y otros se lamentaban ahora que creían que uno similar a los dioses de Asgard se encontraba entre los Dragones de Freyr.
— ¿Señor, qué hacemos ahora? —Preguntó un einjergar abriéndose camino por sobre la vela rasgada mientras otros trataban de apagar el fuego en cubierta—. Ahora no podremos regresar a Asgard.
—Tendrán que morir todos. ¡Dupliquen el ataque, bombardéenlos hasta morir!
—Pero, señor, la nave no soportará otro…
El capitán de los Fénix lo cogió por la camisa y le gritó en el rostro casi fuera de sí.
— ¡Te di una orden, si no quieres morir que los cañones disparen, que todos los malditos cañones disparen sobre ellos!
Del otro extremo en el borde de la ciudad Méril se sentí adolorido. Su arco se había partido en dos no habiendo podido soportar tal carga y al alzar los ojos vio la nave dañada pero todavía flotando sobre las aguas.
— ¿Yo hice eso?
— ¿Y qué pensabas hacer? —Lo interrogó Sergus tan sorprendido como molesto al notar que el barco, tras semejante impacto, seguía allí suponiendo entonces que el chico no había podido contener su propia fuerza y aquel mágico ataque había errado el blanco rozando solamente la embarcación.
—No lo sé, apunté a ese sujeto, sólo quería darle a él. ¡No estaba pensando en nada! Pero no pude controlarlo.
— ¡Dejad las lamentaciones, camaradas! —Los instó Dante que de todos parecía el menos sorprendido, como si los actos milagrosos fueran parte de la rutina diaria de aquél que siempre vivía en su propio mundo imaginario de heroicas gestas—. Nuestros enemigos se reagrupan y se opondrán con mayor brutalidad a nuestras vidas.
Los Fénix de Plata ante ellos dudaron. Con las armas en alto no se veían tan animados para atacar como en un principio. Cuando Méril se levantó ayudado por la mano de André los einjergars de Loki dieron un paso atrás y el sudor se reflejó en sus rostros. Ellos eran los que mostraban valor ante niños y mujeres inocentes, ante hombre heridos a los que le negaban la piedad y también a los desafortunados que cruzaban las espadas sin poseer la destreza necesaria. Pero cobardes eran todos cuando debían enfrentarse a un ser superior, a diferencia de los Dragones que siempre parecían dispuestos a una batalla suicida. Méril a los ojos de los Fénix de Plata había crecido y ahora lo imaginaban un niño de los dioses. Ninguno de ellos se atrevía a dar el primer paso, menos cuando nadie parecía dirigirlos y a medida que el silencio aumentaba y el tiempo transcurría mayor era la duda de los guerreros que comenzaban a mirarse unos a otros, como si buscaran a aquél que fuera a dirigirlos dando la voz de ataque.
Los Dragones Rojos notaron las dudas y se acomodaron ante ellos. Méril se sacudió la ropa y Kertos le devolvió amablemente la espada. Al cogerla vio que Orrish del otro lado le ofrecía la daga que también había arrojado. Armado otra vez se dispuso a enfrentarlos. Seguían siendo muchos y ellos tan sólo un puñado, pero el corazón de los einjergars que servían a la señora de la magia había crecido tanto o más que la cobardía que ahora se apoderaba a los otrora orgullosos sirvientes de Loki Laufeyiarson.
— ¿Cuántos quedan? —Preguntó André.
—Doscientos, doscientos diez, qué más da —respondió Sergus. Los demás lo miraron confundidos porque era obvio que estaba contando dos veces a los enemigos.
—Tu estado vergonzoso empañará las gloriosas canciones que han de dedicarnos, desdichado haragán —reclamó Dante indignado.
—Sí, sí, yo también te quiero, camarada —lo abrazó con fuerza y Dante luchó infructuosamente para librarse de tan desagradable contacto.
Méril sonrió sintiéndose ahora más ligero, como si hubiera sido liberado del peso del odio.
—Lo siento, yo los metí en todo esto.
—No tema, mi joven Merilko —dijo Kertos con voz pausada y conciliadora—, todos estamos en esto juntos.
— ¡Y todos saldremos, hurra! —gritó Sergus bastante animado colgándose del hombre de Dante que ya se había rendido ante tan odioso apego.
—Además, bastante bien nos ha ido hasta ahora, monsieur Llewelyn. Es un verdadero talismán de la fortuna.
—No lo digas —saltó avergonzado y los demás rieron.
— ¿Y por qué no nos atacan esos canallas?
—Vaya, parece que nos temen.
—Se equivoca, a usted le temen.
— ¿A mí?
Méril miró confundido a los numerosos enemigos y al pasar los ojos por cada uno de ellos estos reaccionaron ocultando los ojos tras sus armas y aumentando el sudor sobre sus frentes.
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Dos sombras conversaban animadamente en torno a una mesa. En el centro de la misma había dispuesta una fuente muy delgada de cristal. El agua parecía encantada proyectando una imagen distinta al reflejo del oscuro cielo, tan profundo como el vacío que los rodeaba no pudiéndose ver más que el pequeño círculo de piedra donde se encontraban sentados en sillas de madera opuestas a cada lado de la pequeña mesa de centro. En el piso bajo ellos se inscribía un emblema en la piedra similar a uno que existió una vez pero del que ahora no existe ninguna referencia en los recuerdos de mortales y dioses.
—Siempre sucede lo mismo. Inviertes milenios de esfuerzos en crear un ejército temible y luego te decepcionan porque resultan ser un simple grupo de cobardes.
— ¿Y tanto te sorprende? —Dijo el otro sonriéndose burlón.
—No, no del todo, ser ingenuo no es parte de mi labor —trató de sonreír también pero en el tono raspado de su voz podía leerse fácilmente su molestia—. ¿Acaso no conoces el antiguo adagio que dice: "si vives con humanos terminarás muerto o traicionado"?
—Insistes en menospreciarlos. Si has fracasado una y otra vez al tratar de sacar algo de ellos es porque niegas lo que los hace más fuertes.
— ¡Ah! ¡Otra vez con la misma estupidez! ¿No puedes dejar de lado tus insípidos discursos sentimentales? Aburres. ¡Aburres!
—Lo siento.
— ¿Te disculpas conmigo?
—Me disculpo porque mi disculpa no ha sido sincera; Es un placer incordiarte. Ahora, como puedes apreciar con tanta certeza, mi pequeño grupo de soldados es infinitamente superior al tuyo.
— ¿Superior? ¿Después de tantos años en este pequeño juego todavía crees que confiaría una victoria a un puñado de míseros humanos? Por muy idiotas que se hayan vuelto tus planes en estos últimos tiempos no puedo concederte una sola victoria por más que me la ruegues. Ni siquiera en algo tan insignificante como lo que intentas lograr.
—Ay, no —suspiró aparentando indiferencia—, ¿harás trampa otra vez?
—Todo se vale en la guerra y en la aniquilación, mi querido Freyr —alzó la mano chasqueando los dedos.
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El silencio en el puerto de Jarnvidr hacía eco al crujir de la madera encendida cuando uno de los edificios incendiados se desplomó sobre sus propias cenizas. Los einjergars de Loki siendo todavía un muy superior contingente se mantuvieron en la línea con sus amenazadoras armas. Los Dragones Rojos se encontraban encerrados por una pila de escombros provocados por una de las balas de cañón que desplomó una bodega sobre la avenida a un costado de las aguas y encendiéndose luego como un muro de fuego, el único camino que les quedaba era avanzar sobre los enemigos. Ya lo habían hecho una vez y no importando el cansancio que los hacía jadear de ese aire frío hasta dolerles las gargantas pensaban en arremeter.
Una espada tocó la dura piedra del suelo. Otra más la siguió, después escucharon una lanza. Los Dragones Rojos se irguieron confundidos dejando su postura de combate cuando vieron con sorpresa como uno a uno los soldados de Loki dejaban caer las armas y se llevaban las manos a las cabezas o el pecho quejándose por un inesperado e incontenible dolor.
— ¿Qué está sucediendo? —Preguntó Méril, ninguno de sus compañeros supo responder pero todos estaban de acuerdo en que aquello no les despertaba buenos augurios.
Los einjergars comenzaron a desplomarse sobre sus rodillas gritando ya de angustia. Las voces roncas se volvieron inhumanas, con sus propias manos trataban algunos de despojarse de las armaduras y rasgaban las camisas como si se estuvieron ahogando, o quemando en vida. Cuando uno más cerca de los Dragones consiguió desnudarse el torso marcando con las uñas largas heridas en la piel vieron con espanto como el cuerpo se veía horrendamente amoratado, como si algo brillara en un punto al azar de ese cuerpo y desde aquello se formara una mancha con forma de araña que se extendía por la piel y se levantaba como una grotesca cicatriz de carne gangrenada. Aquella mancha latía, y no era una sino que había dos, incluso tres cuyas raíces al extenderse se unían entre sí. Las líneas oscuras ascendían por el cuello y comenzaban a cubrir los rostros. Los ojos de los Fénix de Plata se volvieron negros como la noche más oscura y las venas alrededor de las pupilas enrojecieron hasta que parecían ser esferas negras flotando en una fuente de sangre. Pero la sangre rápidamente ennegreció tornándose todos los ojos como los grandes ópalos que reflejaron la luz de las llamas.
Los trozos de armaduras cayeron también a los pies de los deformados guerreros, metal y cuero desgarrado por manos que ahora parecían más las garras de una bestia de Hel. La sangre negra brotaba de las bocas y los ojos, y las extremidades de los einjergars revelaban también tener aquellas úlceras venenosas que comenzaban a extenderse por todo el cuerpo cubriéndolos de una masa carnosa y oscura.
— ¡Qué malévola perversión es ésta! —Se quejó Dante.
—Parecen demonios, no, ¡son demonios!
—Dioses —exclamó Méril en un susurro con los labios entreabiertos—, qué les han hecho a esos hombres.
Y con razón se dolía su corazón porque a diferencia del resto de los Dragones él podía sentir, por una nueva y extraña habilidad tras su resurrección, la oscuridad que esos seres emanaban y también el clamor de las almas humanas que ahora gemían con una voz que únicamente él podía escuchar y que amenazaba con volverlo loco. También podía ver en el punto de las heridas, como si su mirada se tornara de lo material al plano espiritual, el resplandor como de unas pequeñas estrellas rojas de las que nacían corrientes como la sangre viva y brillante que recorría aquellas almas corrompiéndolas formando canales similares a los vasos sanguíneos de sus organismos, transformando sus esencias originales en algo distinto y terrible de percibir. Cerró los ojos con fuerza e inclinó el rostro hacia un costado, ya no quería ver aquello, no quería sentirlo, porque era como si esas almas estuvieran sufriendo una segunda muerte, una que sería eterna.
En la nave en medio de la bahía la suerte no era distinta, uno a uno los hombres cayeron víctima de las horrendas transformaciones. Algunos quisieron escapar de la maldición pero todos sufrieron la misma suerte. Finalmente todo acabó. Un extraño vapor de un aroma indefinido recorrió el suelo esparciéndose por las calles y también por la superficie de las aguas. Los Dragones Rojos se mantuvieron erguidos y tensos observando el gran número de bultos oscuros bajo la neblina que yacía en el suelo. Uno de los bultos tembló, el ser comenzó a levantarse y pronto notaron que de humano ya no poseía nada. Tras el ser se levantaron otros similares.
Habían luchado contra espectros, ogros de Jotumheim, gigantes de Utgard y también demonios de la reina Hel, pero ninguno de ellos se parecía y sentía como ese nuevo ser. El cuerpo parecía en semejanza humano con restos todavía de tela y armadura colgando de algunas partes, pero era oscuro como si cada sección de la piel se encontrara cubierto por carne viva y ennegrecida, cruzada por horrendas líneas como laceraciones abiertas que brillaban como la sangre fresca y recorrían todo el cuerpo formando espirales y macabros dibujos que de una forma u otra asemejaban a antiguos anillos mágicos. Pero la piel nauseabunda no era el único cambio, pues tenían formaciones óseas de aparente dureza que cubrían algunas partes como otro tipo de armadura y armas, eran negras como el ónix y de apariencia cristalina, formaban rodilleras, hombreras, partes del torso y garras en manos y pies. Las cabezas era lo más espantoso de todo porque carecían de ellas, en su lugar el cristal oscuro había cobrado la forma de largos filos triangulares de bordes quebrados que como una garra formaban curvas hacia adelante. Fue cuando la primera criatura dibujó una extraña línea de formas rectangulares en el gran triángulo que tenía por cabeza y se separó notaron que se trataba de una boca con extraños dientes que parecían cortados de forma artificial, no sólo los dientes, ahora veían que contrario a la carne negra las piezas de cristal que los cubrían antojadizamente parecían trozos de cristal en bruto pero con ciertos cortes en sus formas y garras como espadas que en nada parecían ser creaciones de la naturaleza, sino más bien peligrosas armas destinadas para la destrucción.
—Debo ser la víctima de una hermosa pesadilla —se quejó Sergus, tan impactado como el resto.
La criatura gimió entonces, un grito extraño, bestial y también mecánico como el eco a través de un tubo de acero. Parecían en semejanza palabras humanas pero tan deformadas que ya no poseían ningún significado. Lo que sí les provocó fue una herida directa en sus corazones cuando sintieron como si la oscuridad también fuera a envolverlos, y el vacío a devorar sus almas para siempre. No importando cuán valientes u osados fueran ninguno de ellos pudo evitar que las piernas les temblara, un sentimiento que iba más allá del miedo natural de observar a esas terribles criaturas sino algo que como una fuerza oscura los envolvía cien veces más intensa que la oscuridad con que percibían a menudo a los demonios de la reina Hel.
Méril sí podía ver la razón, ya no podía apartar los ojos de aquella imagen espiritual de los puntos luminosos como estrellas de sangre en los cuerpos de las criaturas, cuyas líneas se habían ramificado por todos los cuerpos como densas redes y ahora se esparcían por el suelo mezclándose, recorriendo también el piso alcanzándolos a ellos y gran parte de la ciudad. Notó con terror que esas líneas que antes confundía con venas eran en realidad más similares a cicatrices en una roca, fisuras que amenazaban como quebrar la realidad que lo contenía todo, a pesar de que él mismo no comprendía el significado de todo ello. ¿Se abriría el suelo a sus pies, como un cristal roto todo desaparecería y sería devorado por un vacío que rodeaba todo lo que creía auténtico y sólido en ese mundo, todo lo que pensaba real y sostenía los cimientos de su conciencia? Se cogió la cabeza con ambas manos asustando todavía más a sus camaradas, era como si ese bombardeo de información estuviera de verdad enloqueciéndolo. Cuando las criaturas levantaban las garras y comenzaron a marchar lentamente amenazándolos.
—Debemos huir —gimió André temblando.
— ¡No podemos hacerlo! —Reclamó Kertos.
—Saltemos al mar —insistió.
—Crucemos el fuego, cualquier cosa, pero larguémonos de aquí —gritó Sergus desesperado, víctima de un terror que jamás había sentido en toda su vida.
—Por los dioses, ¡no puedo mover las piernas! —Dante habló y todos ellos tuvieron que reconocer que no eran capaces de despegar los pies del suelo y las manos les temblaban apenas sosteniendo las armas.
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— ¡No están preparados! —Saltó Freyr golpeando la mesa con ambas manos.
—Oh, una lástima —dijo el otro sujeto oculto tras la oscuridad del extremo opuesto de la misteriosa sala. Descansaba relajadamente en la silla con una copa de vino en la mano—, ¿tus pequeños cachorros están muy asustados para combatir? ¿Qué clase de guerreros has entrenado? Una vergüenza.
—Cómo pudiste, ¡cómo te atreves! ¿Te das cuenta de lo que podrías provocar?
El oscuro hombre alzó la otra mano. Entre los dedos sostenía un pequeño trozo cuadrado de cristal negro toscamente cortado más pequeño que la uña del dedo meñique.
— ¿Te molesta que haya usado esto? ¡Oh, Freyr, siempre fuiste tan conservador!
—Podrías destruir la estructura integral del universo.
— ¿Y alguna vez me escuchaste decir que me importaba lo que sucediera con esta sucia creación? No, mi querido, no, para crear un mundo nuevo donde impere el orden y la pureza primero debes destruir todo lo que ya existía.
—Repetirás la historia de Vanaheim.
—Mira como me preocupo, ¡estoy temblando! —Estalló en una pérfida carcajada—. Oh, nunca dejarás de alegrarme el día, será una pena cuando finalmente desaparezcas.
—No tenías derecho a utilizar un "cristal Vollr".
— ¿Tanto te asusta saber hasta qué punto podría atreverme a llegar? Ya es demasiado tarde si todavía creías que podías detenerme, que algo de tu influencia aún existía en mí. Lo siento, Yngvi Freyr, pero no importando que tonto plan tenías entre manos esta vez te he vuelto a ganar. Míralo como un regalo de mi parte haber dedicado tanto de mis recursos únicamente para humillarte por última vez. ¡Pero no te pongas así! Después de todo a mí no me gusta perder, el destino no puede ser alterado.
Freyr se tranquilizó, empuñó las manos deslizando los dedos sobre la fría superficie de la mesa. Mirando la terrible escena en la fuente suspiró profundamente. Levantándose repentinamente se volvió a sentar en su silla con una extraña calma que intrigó al otro personaje.
—A mí tampoco me gusta perder —dijo finalmente con una provocadora sonrisa.
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La primera criatura dejó de caminar para correr hacia ellos acortando rápidamente la distancia, balanceando los largos brazos con las garras que sacaban chispas al contacto del suelo. Méril apenas consiguió alzar la espada forzando al máximo su espíritu que se negaba a obedecerlo, el monstruo saltó impulsándose en los brazos de una forma extraña a más de cinco metros de alturas, dibujando un amplio arco y cayó con gran fuerza sobre el más joven de los Dragones. Sus compañeros apenas consiguieron reaccionar a tiempo cuando Orrish y Dante lo jalaron de la camisa bruscamente obligándolo a retroceder, justo a tiempo para evitar las dos garras que se clavaron en los adoquines levantando las piedras alrededor formando un cráter de dos metros de diámetro. Méril se sintió confundido, tirado en el piso junto a los compañeros que le acaban de salvar la vida. La hoja de la espada corta del muchacho había sido alcanzada por las garras de cristal oscuro y se había partido en dos como una espiga seca.
Méril, sacudiendo la cabeza, miró a sus compañeros que se encontraban de rodillas por la oscura presión que parecía aplastar sus espíritus. Enfurecido de su propia debilidad tiró la espada rota contra el monstruo. El arma rebotó en la dura cabeza alargada. Sin descansar forzó al máximo su cuerpo, el mismo que se negaba a obedecer del todo su voluntad, y corrió empuñando únicamente la cuchilla. La criatura lo atacó con su afilada garra, pero el muchacho, para sorpresa de sus mismos aterrados compañeros, saltó por encima del monstruo cortando con su cuchilla el hombro desnudo donde había carne negra solamente. El monstruo se quejó y un chorro de sangre que mezclaba dos líquidos, uno negro y otro rojo, brotó con fuerza. Méril no se detuvo, porque apenas cayó hincando la rodilla giró para evitar la furiosa respuesta de la bestia que aplastó otra vez con su garra el suelo. Méril giró la daga en la mano cambiándola de posición y se abalanzó otra vez, se deslizó en el último momento por debajo de un nuevo ataque y con la cuchilla cortó el tendón de la criatura. El monstruo cayó de rodillas al perder la fuerza que lo sostenía y Méril giró en el suelo para incorporarse rápidamente sin perder la iniciativa. Pero la celebración duró muy poco tiempo porque contra toda norma que rige la estructura de un organismo viviente el monstruo volvió a erguirse como si la herida del tendón no tuviera importancia. Gritó otra vez con esa voz inhumana y el muchacho sintió el sonido como una lanza que lastimó directamente su espíritu perdiendo otra vez toda la fuerza para lucha. Escuchó por encima del zumbido ensordecedor que todavía repercutía en sus oídos una advertencia de sus abrumados compañeros, alzó el rostro y se encontró con la criatura delante de él con la garra en alto dispuesta para atacar.
Un rayo dorado la atravesó desde la espalda surgiendo por el pecho rozándole los cabellos al joven Méril. El monstruo se tambaleó unos pasos con un gran agujero en el torso antes de que el acero de una espada cruzara rápidamente entre el cuello y la gran cabeza decapitándola al instante. El monstruo cayó delante de Méril y su gran cabeza rodó hasta que quedó al alcance de sus manos. Entonces el chico vio algo aterrador, bajo la superficie de cristal oscuro pudo ver un ojo enorme, rodeado de carne y venas que se movía de manera errática como la mirada de un demente, cuando el ojo dejó de moverse y se fijó únicamente en él, y pudo ver con claridad una lágrima que se formó en la comisura.
Toda aquella imagen fue interrumpida por la inesperada espada salvadora que ahora inmisericorde cayó en picada sobre la cabeza atravesando el cristal hasta cruzar el agónico ojo en su interior clavándose en el suelo.
Méril, asustado por la inesperada acción, retrocedió y al levantar el rostro se encontró con una mirada afilada y fría que tardó en reconocer.
— ¿Rashell?
—Geez, límpiate la cara.
El joven se pasó entonces la manga por el rostro obedeciendo al instante, como si al luchar contra aquella criatura hubiera agotado hasta el último grano de la fuerza de voluntad que le quedaba y notó en la humedad de la manga recién sus propias lágrimas. Ni siquiera recordaba haber llorado, pero parecía que su cuerpo si había sentido el terrible miedo que todavía seguía dominándolo. Rashell aparentaba mucha calma ante la difícil situación, inclusive cruel, lo que no ayudaba a calmar el atormentado espíritu del más joven. Méril no pudo articular palabras cuando notó detrás de su amigo como otras criaturas saltaron para darle muerte, pero en ese momento el joven de cabellos rubios giró abanicando el brazo.
— ¡Barrera!
Los tres monstruos que habían saltado chocaron estrepitosamente contra un muro invisible, sus cuerpos deformes fueron entonces sacudidos por una poderosa descarga antes de caer chamuscados hasta el punto de que sus cuerpos se desintegraron como la ceniza quedando únicamente los grandes cristales de sus cuerpos similares a los huesos de un cadáver abandonado por siglos.
— ¿Cómo… cómo lo hiciste?
— ¿Prefieres la versión larga o la corta sin tantos complicados detalles? —Preguntó con tal sentido del humor que descolocó a su pequeño amigo por su repentino cambio de actitud. Al notarlo silente estiró el brazo ofreciéndole una mano para ayudarlo a levantarse. Apenas lo alzó Rashell realizó un extraño y repentino movimiento soltándolo y colocando la mano alzada sobre el pecho de Méril.
— ¿Qué…?
—Quieto, no me distraigas —respondió fríamente, sin dar lugar a réplicas—. Aquí está.
Cerró la mano deslizando los dedos sobre el pecho de Méril y el chico sintió un terrible dolor como si hubieran cortado una parte de su corazón. Rashell retrocedió bruscamente la mano y una oscura energía de forma acuosa pero que se mantuvo unida surgió del pecho del chico. Rashell alzó la mano entonces y la oscura sustancia tomó la forma de una esfera. Cerró la mano otra vez y la esfera estalló desapareciendo por completo.
Méril respiró profundamente y se sintió tan liviano como nunca se había sentido en su vida.
— ¿Qué sucedió, qué me hiciste?
—Corté el vínculo que te había atado al vacío. ¡Ahora ten cuidado de no volver a caer en algo tan estúpido, geez!
— ¿Vacío?
Rashell se rascó la cabeza impaciente.
—Cómo te lo explico con tan poco tiempo; recuerda quién eres, recuerda los deseos que te mueven, no puedes dudar en ningún momento de tu existencia. Cuando enfrentes a criaturas del vacío tu existencia debe ser igual o superior a la fuerza negativa que proyectan o serás consumido. Sólo haciendo como te digo serás capaz de lastimarlos sin que ese daño sea reflejado en tu propia alma. ¿Has comprendido?
Méril guardó unos segundos de inquietante silencio mirando seriamente a su amigo, finalmente pareció racionalizar todo aquello con la prodigiosa mente de la que tanto hacía gala.
—Sí, ya entiendo, en cada ataque debo poner mi voluntad, mi existencia, por completo o mi alma será maldecida por el vacío. Otra cosa.
— ¿Qué?
— ¿Quién demonios eres?
— ¡¿Ah?
—Rashell no es tan inteligente.
— ¿Qué no soy tan…?
—De hecho es todo lo contrario, bastante idiota.
— ¿Idiota?
—Claro, es como un animal que se mueve por instinto, que corre tras la primera mujer linda que ve y que es incapaz de tomarse las cosas seriamente.
— ¡Geez, ya me has colmado la paciencia! —Respondió airado cogiendo al chico del cuello y remeciéndolo con violencia.
— ¡Ahora, sí, ahora sí creo que eres el verdadero Rashell!
Rashell lo soltó y Méril tuvo que acomodarse la camisa sonriendo.
—Ya era hora de que dejaras de lado tus bromas, este no es momento para estar jugando, niño.
—No puedo creerlo —contraatacó Méril—, tu hipocresía se ha vuelto peor que nunca. ¿Qué sucedió en realidad? ¿Cómo es que sabes ahora hacer magia?
—Ah, bueno, geez, esa es la parte más divertida de la historia.
— ¡Podrían dejarse de tantas idioteces y ayudarme!
Méril empujó a Rashell lleno de ansiedad por ver a aquel dueño de la voz que los había regañado. Su sorpresa fue mayor y más grata al encontrarse otra vez con el guerrero que contra toda probabilidad, arrogante y osado como ninguno, se encontraba rodeado de cuatro monstruos, atacando a un quinto, devolviéndoles sus maldiciones con el sagrado resplandor de la Skirr que parecía fulminar con su sola presencia toda oscuridad que antes invadía ese sitio.
— ¡Ranma!
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5
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Touni se mostró molesto cuando lo vio llegar. Se había pasado todo el día, la noche y la mitad del siguiente dedicado a encontrarlo y ahora lo veía aparecer sonriente y tranquilo en los aposentos que el rey de Vanaheim había destinado a tan importante comitiva.
— ¿Sabes que el viejo se enfadará cuando se entere? —preguntó el flamante joven de cabellos dorados y desordenados.
Vestía pantalones elegantes y botas altas con una camisa holgada color gris muy delgada con una pronunciada abertura en el pecho cerrada con cordones oscuros. El pesado y elegante abrigo de cuero y cadenas cruzadas colgaba del respaldo de una silla. Usaba a modo de adorno un par de pequeños aretes muy complejos en su forma que resaltaban el misterioso resplandor de su mirada. A pesar de su masculina belleza no se parecía en nada a los elegantes y refinados mozalbetes de la corte del reino del sol, sino que fiel al mundo del que provenía poseía rasgos agradables pero endurecidos por un medio cruel, piel algo bronceada, contextura atlética, manos callosas por la experiencia empuñando armas reales y no de práctica además de una mirada sombría e inquietante.
Sus reproches iban dirigidos al joven de apariencia simple, cabellos rubios con una corta coleta atada por una correa de cuero, ojos azules y profundos y una actitud bastante enérgica de aparente personalidad más directa y sincera que el primero cuando recién ingresaba en la glamorosa sala unía todas las habitaciones de los convidados.
—Vamos, Touni, no te quejes —Njörd saltó por sobre el respaldo de un mullido sofá dejándose caer de espaldas con los brazos tras la cabeza. Acomodó un poco el cojín y cerró los ojos dormitando—, ¿desde cuándo te comportas como mi niñera?
— ¡Geez! ¿Se puede saber qué hacías a lo menos? —Touni se quedó mirándolo pero Njörd no respondió. Rendido se acercó al sofá, delante había una mesa de centro y dos lujosas sillas a los costados. Cogió de la mesa una copa de cristal y una botella de vino que antes le habían traído con solicitud los criados de la mansión. La destapó con los dientes, escupió el corcho dándole a una lámpara y se sonrió de su gracia, luego llenó la copa y cuando se sentaba en la silla a un lado de su primo Njörd le ofreció la botella. Éste abrió un ojo, lo cerró de nuevo y negó con la cabeza. Touni arqueó una ceja algo incrédulo y encogiéndose de hombros se dejó caer en la silla tirando la botella a la mesa, la que calló bien parada balanceándose peligrosamente como un trompo antes de detenerse. Luego Touni cruzó las piernas con elegancia y probando del exquisito licor hizo un gesto de agrado y sorpresa antes de volver la atención al otro muchacho—. ¿Entonces?
— ¿Entonces qué? —Repitió Njörd sin abrir los ojos en actitud defensiva.
—Vamos, primito, debo conocerte muchos años ya como para no comprender qué se mueve en tu cabeza. ¿Verdes o negro?
—No te comprendo.
—Geez, sigue jugando al hacerte el inocente y te recordaré todas las aburridas reuniones diplomáticas, las terribles excusas y las malsanas miradas que tuve que recibir por tu culposa ausencia.
— ¡Bien! Bien, eran café. No, más bien ámbar, como la miel —se sonrió mientras parecía rememorar algo agradable.
—Interesante. ¿Largo o corto?
—Corto. No, largo. ¡No!, digo, parecía corto pero tenía un raro moño sobre la cabeza.
—Vaya, geez debió tener un maravilloso trasero para que ni siquiera recuerdes como llevaba el cabello.
— ¡Espléndido! Especialmente como se veía por detrás cuando caminaba con ese raro pero mono vestido… ¡Un momento! —Njörd se enderezó sentándose en el sofá y encarando a su primo con disgusto, rojo de rabia—. ¡Cómo te atreves a hablar así de ella!
—Oh, ¡oh! No me digas, ¿lucharías conmigo por proteger su honra? —Touni silbó—. Geez, Njörd, ésta vez te han dado un golpe muy duro, ¿eh? —Se acercó a su primo apoyando un codo sobre uno de los brazos de la silla y reclinando un poco el cuerpo hasta que sus rostros quedaron frente a frente en notoria actitud de agresivo desafío; Njörd indignado con deseos de estrangularlo y Touni, no menos agresivo pero siempre sonriente portando una máscara de cinismo en su estado más puro.
—Te he dicho que no le faltes al respeto —susurró amenazadoramente.
—Y a mí no me importan tus amenazas —respondió Touni agrandando su sonrisa.
Se quedaron quietos mostrándose los dientes. Entonces ambos retrocedieron uno volviendo a echarse en el sofá y el otro descansando con gran pereza en el respaldo de la silla. Los dos silbaron hasta vaciar de aires sus pulmones.
—Geez, debió tratarse de una belleza —exclamó Touni alegre y relajado como si nada hubiese pasado entre ambos.
—Ni te lo imaginas. Pero es mucho más que eso.
— ¿Más?
—Es ese tipo de mujer a la que tú no podrías molestar.
— ¿Es un desafío?
—Una advertencia.
—Oh, ya veo, es ese tipo de mujer por la que tú me arrancarías el corazón si llegase a acercarme demasiado. Bien, primo, ten entonces la consideración de presentármela en la siguiente oportunidad.
Njörd volvió a abrir un ojo y lo miró amenazadoramente.
— ¿Para qué?
—Para no tratar nada con ella por accidente. Geez, me conoces, por muy hermosa que sea una dama jamás me enredaría en algo que me provocara alguna molestia. Y tenerte de rival está en lo más alto de mi lista de dolorosas incomodidades.
—Gracias. Supongo.
—Entonces, ¿quién es esta chica misteriosa que le ha robado el corazón al príncipe de Idavollr?
Njörd no se molestó en responder.
— ¡Geez! Venga, no seas tímido, que te conozco mejor que a ti mismo. Es la primera vez que te muestras tan interesado en una chica. Aunque el tu padre se mostrará muy feliz de que hayas finalmente escogido a tu futura consorte.
— ¿Elegir consorte, de qué demonios estás hablando?
—Por favor, Njörd, ¿de verdad creíste que tu padre nos había enviado únicamente para aprender del arte de la diplomacia entre dimensiones? Conoces que las costumbres de nuestro pueblo son conquistar primero y discutir después los términos de la rendición.
—No me lo recuerdes —Njörd se mostraba siempre en desacuerdo con las costumbres del pueblo de Idavollr.
Idavollr era una nación antigua, un imperio que había enlazado muchos mundos y conquistado cien universos distintos. Utilizando la energía creadora de sus conquistas para prolongar así el ciclo de eternidad de su universo original. Dominaban artes desconocidas inclusive para los eruditos del reino del sol como el control del vacío y su fuerza negativa que unía todos los mundos y también la creación de almas artificiales y armas inmateriales, además de que implementaban todos sus conocimientos en la destructiva arte de la guerra utilizando la magia creadora para un fin completamente opuesto a su esencia original. Los tratos diplomáticos con otros mundos únicamente eran una pantalla que podía durar siglos o milenios para conocerlos, estudiarlos y luego atacarlos. O en el caso de un mundo viejo como Vanaheim analizar si valía la pena un conflicto armado cuando podrían perder mucho más que lo ganado manteniéndolos entonces como aliados neutrales, pero también ignorantes de la verdadera naturaleza del pueblo de Idavollr. Vanaheim se encontraba en proceso de ser investigado para conocer si podría llegar a ser una valiosa y nueva conquista o simplemente un mundo con el cual valdría mejor negociar, vigilar y destruir cuando su fuerza alcanzara un nivel de conocimiento peligroso para la superioridad cultural de Idavollr.
El joven príncipe era tan contrario a la tradición expansionista de su pueblo que con placer había aceptado la misión diplomática que le habían encomendado únicamente para alejarse de su oscuro mundo industrializado y cubierto siempre por una densa nube de cenizas. Tras su recorrido por la ciudad comenzaba a maravillarse de las diferencias culturales de un universo a otro, su gente y aromas. Pero también su corazón se dolía al recordar de qué forma los mundos conquistados se volvían grises, sin identidad propia, con habitantes que pasaban a ser de segunda categoría ante los ciudadanos de la eterna Idavollr, menguados moralmente por el imperio de los cien universos y obligados a olvidar por la fuerza toda la historia anterior de sus mundos originales, borrando así todo rasgo de identidad que con el tiempo pudiera causar levantamientos o revueltas en contra del imperio.
Un crimen, eso era lo que ellos cometían milenio tras milenio únicamente en la justificación histórica del descubrimiento de los ciclos universales: todo universo poseía un ciclo de vida, un nacimiento, desarrollo y muerte. La única forma en que los ancestros de Idavollr consiguieron salvar su mundo fue descubriendo otros y luego alimentándose de ellos. Al recordar todo esto y volver a la dura realidad en la que él tendría que liderar y dirigir algún día la misma maquinaria de muerte y voracidad es que apretó los ojos arrugando el rostro. Touni lo notó pero no dijo nada, se llevó la copa a los labios bebiendo un poco para luego suspirar. Estaba tan acostumbrado a las quejas morales de su primo e incluso las compartía, pero su mente más fría le decía que no valía la pena preocuparse por algo que no podría solucionar.
— ¿Pero qué tiene que ver aquello con casarme?
Touni hizo un gesto como si a veces le molestara la ingenuidad de Njörd, o peor, la pereza intelectual de su primo en que parecía no querer esforzarse en buscar solución por sí mismo. ¡Siquiera lo intentaba antes de preguntar! Se frotó la sien con los dedos de una mano antes de responder tan tranquilo como en el principio.
—Geez, has rechazado a todas las candidatas que se te han presentado, lo mejor de cien universos ¿y todavía tienes el descaro de preguntar por qué el sagrado emperador se preocupe de que su único heredero no asiente cabeza todavía ni le conceda nietos fuertes para alimentar el linaje eterno de la grandiosa Idavollr?
—Quizás sea mejor que mi linaje desaparezca.
—Njörd, el que tu familia deje el torno no significa que Idavollr desaparezca también. Un imperio que abarca cien universos distintos no puede desaparecer de la noche a la mañana así en un chasquido de mis dedos. Geez.
—Cómo desearía que sí se pudiera —suspiró el joven—. Ya veo, el viejo debe estar muy desesperado para esperar comprometerme con cualquiera, aunque se trate de una chica desconocida de un mundo no colonizado todavía.
—Sabes que este universo es antiguo y su energía casi se ha agotado, además de que su fuerza y conocimiento se encuentra a pocos siglos de alcanzar los secretos que le dieron a nuestro mundo una fuerza inigualable. Por lo que no es de interés para el imperio.
—Pero sí destruirlo.
—Njörd, no me des esa mirada. Sabes lo que sucedió la última vez que lideraste un mundo pequeño para tratar de rebelarte a tu padre el emperador.
—Sí. Aplastó a ese pequeño mundo, lo destruyó y se rió en mi cara como si no hubiese sido más que la travesura de un crío. ¡Demonios! Todas esas vidas aniquiladas solamente porque pretendía darme una lección.
—Pues no te veo tan afectado.
—No fue mi culpa, pero sí la de ese asesino de mi padre. El viejo me las pagará algún día, él y todo su maldito imperio. Deberíamos haber aceptado nuestro final milenios atrás y no seguir existiendo a base de robar la vida de otros mundos. ¡Maldición, estoy harto de todo esto!
—Geez, es verdad que ese mundo estaba condenado a su destrucción y que el imperio había desechado colonizarlo desde el principio. Pero también es verdad que parte de la derrota se debió a tu propia y única responsabilidad, mi estimado Njörd. No, no me mires de esa manera sin antes haberme escuchado —Touni dejó su asiento y se acercó a un ventanal. El edificio que ocupaba la comisión diplomática se hallaba desafiando la gravedad en uno de los costados de la montaña artificial que componían las torres y puentes de la ciudad alta y tenía una privilegiada panorámica de la ciudad infinita capital de Vanaheim hasta que el mar de edificios se perdía en el horizonte—. Es tu culpa por no haberme escuchado y haber arrastrado a la guerra a un pequeño pueblo incapaz de defenderse del poderío del imperio de los cien mundos. Además de que jugaste tus cartas con peligrosa imprudencia. ¿Imaginas si el emperador no hubiera sido tan insensato como tú, y de haber tenido un ápice menos de arrogancia hubiera considerado que tu vida significaría un verdadero peligro para su reinado? Habrías muerto.
—Habría sido mejor.
— ¡Geez! Ya está hablando el señor orgullo. Pues no, no habría sido mejor ya que habríamos perdido una excelente oportunidad. ¿Quién otro más que el príncipe de Idavollr podría ser la mano que ejecutara y diera fin al imperio? Pero te adelantaste, fuiste inmaduro y por muy poco lo perdemos todo.
—Hablas como si me estuvieras apoyando, si mal no recuerdo estuviste en contra de mi revuelta. De hecho nos enfrentamos.
—Y me venciste —agregó sonriente Touni—, ¿no sospechaste que algo tramaba tras haber sido derrotado con tanta facilidad? Porque tú nunca fuiste capaz de vencerme cuando me tomo las cosas seriamente.
Njörd iba a discutir, pero tenía que aceptar que él decía la verdad. Una era luchar con espadas, otra muy distinta dirigir ejércitos y en eso Touni era un prodigio, un genio alabado en todo el imperio y por ello también su consejero personal además de amigo. Aunque para el emperador en realidad la presencia de Touni junto a su hijo problemático era también una forma de controlarlo y tenerlo siempre vigilado creyendo al joven estratega un leal creyente de los principios del imperio.
—No, no fue una coincidencia —agregó alegre con una mirada maquiavélica—. Yo también creo que el imperio debe desaparecer.
—Estás de broma.
— ¿Y si lo estoy qué? La vida es una broma, al igual que nuestra historia, sentimientos, existencias, ¡todo! Todo es una maldita broma de mal gusto. El equilibrio debe respetarse, el ciclo mantenerse, la prolongación de la vida del imperio es un crimen contra el orden del destino que debe ser reparado. Pero escúchame bien, Yngvi Njörd, si pretendes mi ayuda debes saber que el destino pide mucho más para ser compensado de lo que crees.
Njörd, tentado por las oscuras palabras de su primo, se enderezó en el sofá sentándose erguido como lo haría el auténtico príncipe de Idavollr.
— ¿Qué tienes en mente, maldito loco?
— ¿Loco? Geez, sí, loco, un poco tal vez. Pues es simple; El imperio debe desaparecer y para ello necesitas a un aliado poderoso que consiga igualar fuerzas. Un mundo antiguo, sabio, cuyo conocimiento se encuentre a la altura o casi de aquel que le dio tanta fuerza a nuestro mundo original. Con un poco de ayuda y un par de revelaciones científicas aquel mundo conseguiría quedar en tablas con el imperio, y es allí donde entrarás en escena. ¡El príncipe de Idavollr, heredero del malvado imperio rebelándose a la crueldad y luchando en nombre de la luz y de la gente de Vanaheim! ¿No te parece un poco melodramático? Ah, quizás sí, geez, pero eso es justamente lo que le gusta a las masas ignorantes.
—Un momento, ¿pretendes que levante a Vanaheim en contra del imperio?
—Oh, niño, no seas tímido.
—Soy mayor que tú, no me trates de niño.
—Sólo por tres semanas, te lo recuerdo. Ahora deja de interrumpirme porque te conviene. Ya lo hiciste en el pasado, ¿por qué no ahora? —Touni se quedó observando a Njörd, parecía entonces que las millones de almas perdidas en su anterior intento de rebelarse si habían mellado su valor para repetir tal osadía—. Njörd, escúchame bien, esta puede ser la mejor, no, quizás la única oportunidad que tengamos de detener las transgresiones del imperio. Por ello me mostré siempre leal, por eso hice lo imposible porque tu padre viera tu osadía como un acto propio de la juventud, de un príncipe orgulloso que quería más poder y que era parte de su natural desarrollo y no como un acto en contra de los fundamentos del imperio. ¡Necesitaba que esperaras lo suficiente hasta encontrar un aliado indicado para nuestra causa! —Giró con energía y apuntó con su brazo extendido al mundo tras la ventana—. ¡Y he aquí el reino del sol!, y he aquí Vanaheim, el universo de un pueblo con el potencial de convertirse en el nuevo imperio.
— ¿Nuevo imperio? Espera un momento, ¿pretendes cambiar a un mal por otro idéntico?
—No, no lo pretendo, porque es allí que estaremos nosotros asegurándonos de que no suceda.
—No te entiendo.
—Seremos líderes de los Vanir, héroes o dioses, qué importa. Y una vez hayamos acabado con el imperio entonces nosotros, los salvadores de Vanaheim, también deberemos ser sus destructores.
Njörd sintió un escalofrío cuando vio en la mirada de Touni un resplandor de crueldad que nunca en todos estos años había presenciado.
— ¿Estás seguro?
—No, mi querido primo, la pregunta es si tú estás seguro de poder seguir con esto. Porque una vez que hayamos terminado con el imperio no habremos, eso sí, terminado con la corrupción. Porque al haber entregado tales conocimientos al pueblo de Vanaheim la oscuridad para transgredir las leyes del destino estará también en ellos. Entonces de salvadores seremos sus ejecutores. Silenciosamente como el veneno seremos los encargados de que este universo siga su curso natural y desaparezca. Con la ciencia de la creación tratarán de extender el ciclo de este universo, salvarse de la destrucción.
—Y lo evitaremos.
—Sí, y no. Seremos sus líderes, intentaremos mostrarnos partícipes de los planes pero al final sabotearemos todas sus esperanzas. ¿No lo comprendes todavía? ¿Es tu odio en contra del imperio de tu padre o en realidad estás conmigo en que es la corrupción de los universos a la que debemos detener?
—Nuestra presencia aquí terminaría contaminando a Vanaheim con la oscuridad de nuestros propósitos —concluyó Njörd. Recordó entonces la sonrisa de Heid y se sintió enfermo, retorcido como si él fuera la viva imagen de su padre al que tanto odiaba—. ¿No…? Espera un momento —cogió la botella y sin delicadezas se la llevó a los labios bebiendo un gran trago, tratando de recobrar las fuerzas y el color de su pálido rostro. Limpiándose con la manga notó que su propia mano temblaba—. ¿No podemos buscar otro mundo, no dañar a este universo que se encuentra limpio de nuestra maldita influencia?
—Ay, primo, eres tan inocente. Quisiera como tú no comprometer a más mundos sabiendo que la destrucción del imperio también acarrearía el final de todas sus colonias. Ninguna ha de salvarse o la corrupción seguirá existiendo. Sin embargo, ¿puedes decirme dónde encontraremos un mundo con las condiciones perfectas como Vanaheim? Además, mientras esperamos por otro mundo adecuado para nuestros propósitos este universo podría ser igualmente destruido. ¿Qué dices, puedes apostar con un precio tan alto? Sin contar que al buscar otro mundo lo sacrificarías igual que este, no existe diferencia alguna.
—Lo sé, demonios, claro que lo sé. ¿Cómo puedes hablar de la vida de millones de almas con tanta tranquilidad?
—Puedo y debo, alguien tiene que mantener la cordura. Geez, qué más da, si además no estamos hablando de destruir Vanaheim, únicamente de no intervenir su ciclo y permitir su propia desaparición.
—Yo…
—Debes ser fuerte, príncipe de Idavollr, si deseas destruir el imperio que tu padre ha forjado —Touni se mostró serio, casi solemne al dirigirse a su primo—. Así que si realmente pretendes continuar con esto entonces deberemos prometernos que suceda lo que suceda, no importando los afectos que creemos en este universo cuando llegue el momento deberemos dejar que la vida se termine, que desaparezca. Para terminar con la misma maldición del imperio que sembraremos en este mundo nos encargaremos que Vanaheim termine al igual que lo hará el imperio. Porque si llegásemos a intentar salvarlo lo convertiríamos en un nuevo imperio, la corrupción sería mayor y el destino no nos lo perdonaría.
— Debemos dejar que muera con nosotros —murmuró Njörd pálido como la nieve más cruel.
—Nosotros seremos los primeros que deberemos desaparecer por nuestros pecados, mi querido amigo. Es la única manera en que podremos proteger a infinidad de mundos a través del vacío para que no sufran la suerte que han corrido los conquistados por el imperio o lo que sufrirá desde este día este mundo de Vanaheim. Aquí comenzará nuestro crimen y aquí mismo terminará nuestra maldición.
—No debemos salvar a nadie.
—Porque si lo hacemos condenaríamos a más mundos a nuestra misma suerte y el ciclo de destrucción y de sufrimiento al intentar torcer la mano del destino jamás terminaría. Njörd, ¿tendrías el valor para llevar a cabo tan magna y a la vez pérfida obra?
—Prometer la salvación pero no permitir que nadie la obtenga —sonrió con tristeza—. Sí, creo que sí puedo hacerlo.
—Entonces, primo, este será el primer día del final del imperio de Idavollr.
—Será el principio del final de mi padre y su maldita conquista. Y también el principio de nuestro propio final.
—Geez, y de todo lo que siempre hemos odiado.
Ambos se acercaron y estrecharon las manos en un pacto que condenaría por siglos y milenios a miles de millones de almas. Más aún cuando Njörd traicionaría aquel pacto arrastrando la perdición a otros mundos, a otros universos, a un lugar más cercano dejando que la angustia alcanzara el corazón de jóvenes que jamás debieron haber sido sus destinos torcidos de tan terrible manera.
—Entonces, ¿ahora qué? —Preguntó Njörd.
—Primero, primo, nos aseguraremos de conquistar el trono de Vanaheim sin recurrir a las armas del imperio.
— ¿Se puede hacer eso?
—El pueblo necesita héroes, mientras más antiguo sea el mundo más desgastado ha de encontrarse —la sonrisa de Touni se tornó maquiavélica—. Es cuestión de observar y encontraremos como ganarnos el corazón del pueblo.
— ¿Y qué hay de los enviados de mi padre? El resto de la comisión diplomática no permanecerá por mucho tiempo aquí y deberemos entonces regresar al imperio con ellos.
— ¿Qué miembros? Ellos podrían ser víctimas de un terrible accidente. Entonces nadie nos impediría quedarnos un tiempo prudente para investigar lo ocurrido. Ya sabes, cómo únicos miembros restantes de la misión diplomática sería nuestro deber y también derecho juzgar hasta qué día hemos de permanecer aquí.
— ¿Planeas hacer algo? —Preguntó Njörd sorprendido por la frialdad de su primo Touni.
—Lo siento, Njörd, pero creo que me he adelantado un poco a nuestros planes. Será una triste noticia que informar al emperador. Pero ambos, los jóvenes representantes de Idavollr, seremos leales al imperio y permaneceremos el tiempo necesario aquí para investigar sus muertes y encontrar a los culpables —rió entre dientes como si hubiera recordado un buen chiste.
—Pero…
—He averiguado sobre algunos nobles de este mundo que son dados a la intriga y no muy queridos por el pueblo. ¿Te parece si comenzamos a crear nuestra fama llevando la justica a ellos en nombre de la paz entre ambos mundos?
— ¡Touni, espera, hablas de condenar a inocentes por lo que tú hiciste!
— ¿Hice algo, yo? Geez, primo, qué poca fe me tienes. ¡Y qué poco valor posees para mantener tu palabra!
—Pero… yo… no sé…
—Calma, querido Njörd, no necesito que ensucies tu alma con semejantes detalles. Tú eres el héroe, el príncipe de Idavollr y te necesito tan limpio como blanca ha de ser tu armadura para presentarte ante el pueblo. Yo, por mi parte, me encargaré de la parte aburrida de nuestra labor —se acercó a Njörd y posó su mano sobre el hombro de su primo—. Déjalo todo en manos del astuto Touni. Si es necesario me convertiré en un dios de la muerte para que tú alcances tus propósitos.
— ¿Valdrá la pena?
—Si el imperio y su maldad desaparecen, entonces sí.
—Quisiera creerte —dijo Njörd cabizbajo, consumido por una culpa y arrepentimiento por cosas que todavía no ocurrían, pero que sabía habrían de suceder y con mayor prisa de la deseada al notar el resplandor malicioso en los ojos de Touni—. Sólo espero no estar cometiendo un error.
—Yo también —respondió Touni dejando la habitación.
.
En cinco siglos jamás una noticia había causado tanto asombro en el reino del sol como la muerte de los enviados de otro universo. Se culpó entonces a una de las cinco familias más antiguas de Vanaheim y el revuelo fue todavía mayor. El rostro del rey mudó entonces a uno que mantendría hasta el día de su fatídica muerte, pero eso es otra historia que ahora no nos incumbe. El pasado y sus misterios se encuentra tejido por pequeños detalles que en ocasiones son más importantes que los grandes acontecimientos, los únicos momentos en los que el destino pudo haberse visto amenazado por una simple conversación o un gesto entre dos amantes.
— ¡Alabado sea el príncipe de Idavollr!
Njörd, con los brazos apoyados en una baranda del jardín mirando a sus pies la extensa ciudad desde las alturas, no respondió al saludo dicho con fuerte ironía.
— ¿Será acaso su señoría tan importante como para ignorar a esta pobre aristócrata que no es digna de su grandeza?
— ¿Qué quieres, Heid?
Ella se acercó y a su lado se recostó en la baranda de la misma forma que el joven lo hacía.
—Nada, no quiero nada.
—Entonces no me fastidies.
Heid lo observó detenidamente. Era obvio que la chica estaba molesta, pero su rabia terminó tan rápido como notó la angustia muy mal disimulada en los ojos del joven príncipe. Más comprensiva contuvo su enojo tratando de mostrarse conciliadora en lugar de buscar un enfrentamiento.
—Estaba molesta contigo, ¿lo sabes?
—No imagino porqué sería —respondió con acidez, pero con un ligero atisbo de suavidad que indicó a la chica que también cedía un poco en su mal humor.
Ella sonrió tristemente.
—Podrías haberme dicho que eras el príncipe de un importante mundo —suspiró la chica—. Te traté de campesino, supongo que es mi deber como representante de mi familia pedir las disculpas respectivas por una falta no intencional debido a esta ignorante e inexperta, muy joven y también infantil hija de la casa de Baladi.
—Te dije que dejaras de actuar como una cría de la nobleza.
— ¿A qué te refieres?
—Tan educada, humilde y amable, ¡te desconozco! ¿Dónde está esa chica arrogante con los modales de un ogro del otro día?
— ¡Cómo osas, tú, idiota, cuando trataba de ser amable contigo…! —Heid se detuvo apenas notó que Njörd la miraba sonriente, con esa alegría despreocupada que a ella la había prendado el día que se conocieron. Sus palabras se ahogaron entonces en un mar de dudas y sonrojada inclinó el rostro para que él no la viera—. Eres molesto —dijo finalmente más calmada en un tono de infantil resentimiento.
Njörd se rió entonces de buena gana.
—No tienes que disculparte conmigo.
—Mi familia me obligó, por mí no lo haría.
—Te creo. Pero también fue en parte mi culpa por haber ocultado mi identidad.
—Fue tu culpa completamente entonces. ¿Por qué una dulce e ingenua doncella como yo se ha visto cuestionada y acusada injustamente por su familia por lo sucedido?
—Espera un momento…
— ¡Cómo pudiste ser tan vil de reírte de la desgracia de una doncella cuya reputación se ha puesto en cuestionamiento!
—No ha sido mí…
—Mi nombre mancillado, mi futuro arruinado, ¿quién querría casarse ahora con la mujer más imprudente, la única que se hizo fama ofendiendo a tan importante príncipe? ¿Qué ha sido del decoro, del sagrado protocolo?
— ¡Ya es suficiente! —le gritó cogiéndola por los brazos y remeciéndola. Al darse cuenta de lo que había hecho se sonrojó. Pero Heid no se había sorprendido sino que risueña le sacó la lengua burlándose de él por haber conseguido que se descontrolara. Molesto entonces la soltó y volvió a acomodarse en el balcón—. Eres insoportable.
Ella alegre se acomodó también y ambos se quedaron mirando el atardecer.
—Debió ser un día horrible —dijo Heid rompiendo el silencio. Rememoraba en los muchos problemas que el joven príncipe de Idavollr debió haberse envuelto tras el funesto asesinato de los miembros de su comitiva diplomática y notaba lo poco o nada que él debió haber dormido tras ello.
—Ni lo imaginas —respondió ahogando un suspiro.
— ¿Quieres invitarme a comer a alguna parte?
—Bueno… ¿cómo dijiste?
—Lo que escuchaste. Si sales a caminar un rato en compañía de una mujer tan atractiva como yo estoy segura de que te sentirás mucho mejor. Pero únicamente a cenar, no imagines ninguna otra cosa si no quieres que te arranque las orejas —advirtió palmeando la pequeña daga que como protección llevaba ahora consigo atada al fino cinto de su vestido.
Njörd, sorprendido, no pudo reprimir su ánimo competitivo ante tal provocación.
—Bah, entonces ya no me interesa.
— ¡Y qué esperabas entonces, pervertido!
—Pues más de lo que tu mente tan inocente hubiera podido concebir, te lo aseguro —terminó susurrando casi en el oído de la chica tras haberse acercado provocadoramente.
—Eres un… eres un… —el cuerpo de Heid tembló de irritación y también de emoción—… eres un…
—Ser encantador, irresistible y por supuesto tan considerado que te ha de sacar a pasear por la ciudad.
—Un… ¿Oh? ¡Oh! ¿Entonces aceptas?
—Soy un caballero, jamás permitiría que una dama rogara por mi atención.
— ¡Nadie te estaba rogando nada! Sólo trato de animarte porque te ves peor que perro callejero con hambre.
—Así que despierto tu lástima.
—Bueno, yo no me refería exactamente a eso.
— ¿Y bien?
—Quizás un poco —respondió honestamente la chica indicándole con los dedos como si su piedad fuera algo ínfimo.
—No me siento ofendido. Pero si mi cara de lástima fuera peor, ¿aceptarías entonces alegrarme con algo más que una simple cena?
—Vamos de nuevo, ¡es que no aprendes!
— ¿Y si mi cara fuera así? —Njörd fingió una mirada lastimosa.
—No.
— ¿Y así?
Insistió ahora torciendo los labios como si estuviera al borde de las lágrimas.
—Ni en tus más alocadas fantasías —contestó Heid cruzándose de brazos.
— ¿Y…?
—Si no te detienes ahora te castigaré dolorosamente.
—Pero…
—No estoy bromeando.
La ira glacial de la chica hizo al joven abstenerse de seguir provocándola.
—Tú ganas. No obstante has de prometerme que comeremos en el lugar que yo elija.
—Acepto.
—Aunque no se trate de un sitio a la altura de una doncella de la ciudad alta.
— ¿Tratas de amedrentarme? Por el sol, no eres más que un niño si piensas que puedes asustar a Heid Baladi con tan poco.
Njörd sonrió maliciosamente. Heid no estimó aquella amenaza hasta que, casi una hora más tarde, se encontraban en las calles de la superficie, un lugar bastante conocido para ambos, ante una banca a un costado de la avenida donde una pequeña anciana esperaba con su puesto de aromáticos estofados misteriosos. Allí la chica demostró verdadero pánico.
—No puedes estar hablando en serio.
—Estoy abierto a súplicas desesperadas —dijo el joven risueño—, las lágrimas no son necesarias pero sí ayudarían a tu favor.
—Eres un condenado arrogante, malintencionado y…
—Y muy considerado —la cogió de la mano, un gesto que para una doncella de la ciudad alta sería muy comprometedor por lo que se sonrojó no pudiendo reaccionar al momento cuando él la arrastró hacia otra calle alejándose de ese lugar—. ¿Y qué te parece ahora?
Ambos se encontraban ante la entrada de la taberna que días atrás se había convertido en el centro de una gran riña, ahora más calmada pero no menos ruidosa que en aquel momento.
—No entiendo por qué quieres que regresemos a este lugar.
—Supongo que creo que perdí algo aquel día de nuestro accidentado paseo y que ahora necesito recuperar con urgencia.
— ¿Perdiste algo? Si se trataba de un artículo de valor, lo lamento, pero no creo que puedas hallarlo entonces.
— ¿Qué no puedo? Déjame pensarlo —Njörd se cruzó de brazos—. Creo que sí puedo encontrarlo.
—No, no puedes.
—Sí, claro que puedo.
—Tendrías que revisar los bolsillos de los habitantes de toda la superficie, ¡estás loco! —rió ella.
— ¿Es un desafío?
Heid lo miró con la misma altanería.
—Si vas a demorar diez años, entonces no sería para nada divertido.
—No, no creo que me tome tanto tiempo. De hecho creo que lo conseguiría en… exactamente…, uhm, veamos, ¿unos pocos segundos?, sí, más o menos eso.
—Definitivamente estás jugando conmigo otra vez —reclamó Heid mirándolo sospechosamente—. Bien, ¿ahora cuál es la trampa?
—No hay trampa.
— ¿Se trata de una broma?
—Te doy mi más solemne palabra de que no miento, no bromeo ni mucho menos juego contigo.
—Recuperar algo que perdiste aquí hace unos días y en cuestión de segundos —repitió ella como si repasara en voz alta todos los detalles tratando de encontrarle sentido a las palabras del joven príncipe.
—Y que no se te olvide que también es muy valioso.
—No, no lo he olvidado —agregó molesta por la corrección—, y muy valioso. Definitivamente debe tratarse de algún tipo de acertijo.
—Apostemos.
—Ahora sí estoy segura de que hay una trampa en todo esto. ¿Cómo puedo apostar si ni siquiera sé lo que tienes que buscar?
— ¿Tienes miedo?
— ¡Por supuesto que no!, pero me sentiría mal si en lugar de animarte sólo consigo humillarte todavía más haciéndote tragar tu altanería.
—No temas por mí, sólo preocúpate por ti misma cuando vayas a perder. Comienza dándome tus condiciones.
— ¿Yo? Bien, esperaba que tu partieras, después de todo la idea de apostar fue tuya. Bien, será cómo quieras así que dejaré clara mis condiciones cuando pierdas. Uhm, veamos, ¿qué tendría que hacer el gran príncipe de Idavollr para complacerme? Vaya, interesante propuesta, nunca he tenido un esclavo personal. Quizás podría... No, eso sería cruel, mejor otra cosa, ¿y si…? ¡Aburrido! Tiene que haber algo más. ¡Lo tengo! Si pierdes tendrás que comprarme todo lo que yo quiera durante un día en el mercado.
—Eso no suena difícil —dijo el joven algo decepcionado, ignorando las clases de cosas le gustaban a ella, además de peligrosas y extremadamente costosas.
— ¿Y qué quieres tú si ganas? —Preguntó ella ahora un poco desconfiada.
— ¿Puede ser lo que yo quiera?
Ella ahora se sintió intimidada especialmente por la forma voraz en que él la miraba.
—Ten mucho cuidado con lo que vas a pedir, idiota, si todavía deseas tener descendencia en el futuro.
Njörd rió por el temor tan inocente en el rostro de la siempre orgullosa Heid que la hacía ver tan adorable a su corazón, más que de costumbre. Inclusive la forma en que ella se aferraba a su daga con violenta agresividad le despertaba cierto encanto sensual superior a cualquier vestido hermoso que una chica pudiera utilizar para tratar de seducirlo.
—Gracias por la advertencia, supongo que cambiaré de idea con respecto a mi premio.
— ¡Lo sabía, sabía que tenías algo tórrido en la mente! Estúpido pervertido.
—No te apresures, ¿quieres? Veamos, qué puedo querer entonces… ¡lo tengo! —Chasqueó los dedos celebrando su idea.
— ¿Y?
—Quiero que utilices todas tus influencias para que me conviertas en el rey de Vanaheim.
Ella se quedó en silencio observándolo fijamente cuando él estiró ambos brazos proclamando su gran idea. El labio inferior de la chica tembló ligeramente como también uno de sus párpados. Luego estalló en carcajadas tan sonoras que llamaron la atención de todos los transeúntes. Con lágrimas de felicidad y sin conseguir contenerse se aferró del brazo de Njörd hasta que éste comenzó a sentirse molesto por tanta incredulidad.
—Sabía que se trataba de una broma —dijo entre risas la chica—. Tú, rey de Vanaheim.
— ¿Y por qué no? Tengo el encanto y mi perfil está perfecto para el retrato —dijo aludiendo a la gran pintura del rey de Vanaheim, padre de Skadi, que se hallaba en el centro del salón principal del palacio de los Vanir mostrando su orgulloso perfil—. Mi nariz tiene mucha más carisma.
—No lo dudo —respondió Heid traviesa—. Está bien, si ganas te ayudaré a ser el rey de todo Vanaheim. ¿Contento?
—Es un trato.
—Ahora —dijo Heid provocativamente—, ¿quieres demostrarme cómo puedes encontrar aquella alhaja perdida en tan sólo unos pocos segundos? ¡Y sin trampas! Si la traes desde ya en tus bolsillos para intentar sorprenderme con un truco de magia barata te arrancaré todo el cabello con mi cuchilla.
Njörd sonrió. Sin advertencia cogió el brazo de Heid y la atrajo hacia su cuerpo rodeándola con la otra mano por la cintura. Apegados ella no alcanzó a reclamar cuando él le susurró casi rosando sus labios.
—Lo más valioso que he encontrado en este mundo, una oportunidad que había perdido ese día y que ahora pienso recuperar.
—No, no, ¡espera, yo no estoy lis…!
La besó en los labios ahogando toda protesta de la doncella. Ella forcejeó unos segundos antes de dejarse llevar por una sensación nueva, embriagante, enloquecedora, hasta que sus manos cayeron rindiéndose, dejándose atrapar por los labios fuertes, bruscos y también sensibles y tiernos del futuro señor de todo Vanaheim.
Desde la oscuridad de un callejón Touni los observaba atentamente. Dejó caer la espalda contra la pared y suspiró molesto.
— ¡Geez!, estúpido insensato, esto lo va a complicar todo. ¿Ahora cómo le explico que la mejor oportunidad para hacernos con este mundo es casándolo con la princesa Skadi? ¿Acaso piensa echar a perder todos mis esfuerzos? —El joven de cabellos rubios se frotó la cabeza con ambas manos hasta despeinarse por completo presa de la ofuscación—. ¡Imbécil! Sólo nos traerás más problemas a todos.
.
En ese balcón algunos años atrás había comenzado todo. Se recordaba como un niño con la ambición de un adulto. Ahora era un adulto con la impaciencia de un niño.
—Aquí estás.
Ella se acercó apoyándose en la baranda a su lado. El magistral vestido cubierto por una elegante capa que ella utilizaba sólo podía ser opacado por el uniforme real que vestía el joven hombre.
— ¿Cómo es que sabías donde encontrarme?
—No has cambiado en nada —ella inclinó el rostro y moviéndose ligeramente apoyó su cabeza en el hombro del joven hombre. Cerró los ojos y reprimió sus deseos de llorar.
—No deberías hacer esto —dijo él instándola a que se apartara. Pero sus dedos contradijeron sus palabras cogiendo la mano de la joven dama envolviéndola con la honestidad de sus deseos—. Por favor, no nos sigas haciendo esto.
—Lo siento, pero todavía eres libre.
—Por unas horas…
— ¡Lo eres! Aún lo eres, con tocarte no estoy traicionándola a ella, no todavía.
— ¿Y después de esta noche? —Preguntó él.
—Tu corazón y el mío jamás se habrán conocido, ese será el precio que he de pagar —suspiró y cambió rápidamente de tema tratando de evitar una odiada discusión con él—. ¿Recuerdas como comenzó todo en una tarde como ésta?
—Ahora que lo pienso creo que escogí muy mal mi recompensa.
—Tonto. No fue tu culpa, de todas maneras hubiera sucedido.
—Heid, ¿tanto amas a tu prima que me entregas a ella sin dudarlo?
—Serás el rey.
—Ahora no sé si he ganado o perdido con ello.
—Por favor, Njörd, serás el rey que mi pueblo necesita. Así tiene que ser, es lo único que podemos hacer para salvar a nuestro mundo.
—No estoy tan seguro si estoy dispuesto a pagar el precio como tú.
— ¿Por qué? Skadi es hermosa, sé que te ama con locura y… —toda su fortaleza se deshizo, las palabras cesaron y las lágrimas rodaron por su perfecto rostro. Njörd la cobijó contra su pecho en un tierno abrazo—. Suéltame, por favor, ya no debemos.
—Deja de mostrarte fuerte cuando estás desecha por dentro tanto como yo. No nos mintamos, no ahora.
—Pero yo…
—No me digas lo que tengo que hacer. Soy el rey, ¿lo recuerdas? Si lo deseo puedo abrazarte. Si quiero puedo besarte.
—Si lo intentas te quedarás sin lengua —respondió ella a modo de broma, descansando su cabeza en el gallardo pecho cubierto de glamorosas insignias.
—O puedo ordenar que seas mi concubina.
—Jamás lo aceptaría, mi orgullo no lo permitiría.
— ¿Y qué? Lo ordenaría de todas formas.
—Lastimarías a Skadi, me lastimarías a mí. Ambas te odiaríamos.
—Si te tengo de esa manera entonces nada me importa.
—Mi amor se envenenaría y quizás terminaría asesinando al único rey que ahora necesitamos. La culpa me carcomería, enloquecería y me quitaría la vida. ¿Es eso lo que deseas?
—Siempre consigues hacerme sentir culpable.
—Lo sé, lamento tener que manipularte de esta forma tan vil. Siento que te hago más daño del que me hago a mí misma al haber concebido este funesto matrimonio. No obstante, mi amado señor, Skadi te necesita, Vanaheim te necesita. Yo no puedo apartarte de ellos porque los amo tanto como te amo a ti. Lo que necesita mi corazón egoísta es incomparable a la necesidad de millares de almas que claman por un líder que pueda salvarlos de esta hora oscura.
—Ahora yo te odiaré por esto.
—Que nuestro amor se convierta en odio entonces. De esa forma nos será más tolerable la vida. Serás feliz, estoy segura de que mi prima y sus encantos aliviarán tu corazón. ¡Serás el rey, maldición, eso debería alegrarte! Serás el rey de una estirpe eterna porque Vanaheim no desaparecerá mientras tú vivas para ella.
El rostro de Njörd fue indescriptible en ese momento. La culpa lo carcomía ahora recordando los funestos planes que tenía con Touni para el destino de Vanaheim y ya no podía soportar por más tiempo el que ella engañada cargara con toda esa responsabilidad al creer que gran parte de aquel terrible matrimonio era de su responsabilidad. Mucho menos valor tendría en el futuro para confrontarla si seguía ocultando aquel secreto. En los años que habían vivido y luchado por el porvenir del reino del sol, años luchando contra enemigos visibles e invisibles protegiendo al pueblo de Vanaheim y vivido incesantes aventuras, Heid Baladi, la señora de la magia de Vanaheim, es la que más había hecho esfuerzos para comprender y utilizar la magia de la creación a favor de su pueblo. Tanto así que el mismísimo Touni la consideró en más de una oportunidad una desafortunada niña genio que lamentablemente debía morir por el bien del equilibrio, pero era una de esas situaciones en que ni siquiera el ahora dios de la muerte podría osar cruzarse con el deseo de Njörd, por lo que jamás se atrevería a tocarle siquiera un cabello de ella. ¿Hablar o no hablar? Njörd se debatía dentro de su ser como la tormenta arrastrando un pequeño barco a la deriva.
—Heid, debo decirte algo.
—Ya no hay más palabras para nosotros, mi señor.
—Debes saberlo, debes entender que no soy lo que tú crees, lo que tú esperas para tu pueblo. El futuro de Vanaheim…
Ella sonrió tristemente y lo miró con piedad. Levantó su mano y acarició la mejilla del futuro rey.
—Sé quién eres. Desde un principio he sabido siempre lo que has deseado y también lo que has temido. Pero también conozco tu corazón mejor que nadie en este universo y estoy segura que cuando llegue la hora del juicio tu alma no abandonará al que ahora será tu pueblo.
— ¿A qué te refieres?
Heid se alejó lentamente y cuando subió los peldaños que separaban el jardín del balcón del resto de la mansión giró para encararlo. Sería la última vez que los ojos color miel demostrarían amor y compasión para con él, porque no tendrían otra oportunidad de ser honestos con sus sentimientos hasta el día final de sus vidas.
—Te lo ruego, Njörd, que todo este estúpido sacrificio haya valido para algo. Que mis lágrimas no sean derramadas en vano. Si no puedes hacerlo por ti, si no quieres hacerlo por mi pueblo, si no te importa tampoco proteger el amor de Skadi como ahora me confiesas, ¡entonces hazlo por mí! ¡Prométeme que salvarás a mi pueblo!
—No puedo hacer eso, ningún universo ha de existir para siempre —respondió en un arranque de emoción y honestidad.
—Un universo no —rebatió ella con infinita dulzura que lo hizo dudar de continuar con toda esa maldición de un matrimonio no deseado—, pero sí a su gente. Porque salvando a Vanaheim también me salvarás a mí… a nosotros —terminó diciendo en un murmullo cuando llevó inconscientemente sus manos al vientre en un gesto que al darle la espalda al futuro rey, ocultó y él no percibió.
— ¿Heid?
Njörd, espantado, sentía que en ese momento el destino aparecía para llevársela a ella de su lado para siempre. Quería luchar, deseaba que su fiel espada Skirr estuviera a su alcance y con un certero movimiento partir en dos aquel velo invisible que ahora los separaba. Pero cuando la figura de Heid apenas era visible tras la oscuridad del arco de la gran entrada él, en un arranque de emoción y con la voz temblorosa pero golpeada y fuerte, trató de detenerla.
— ¡Lo prometo! Por lo más sagrado que poseo, por este maldito dolor que tendré que soportar cada día separado de ti, prometo que la gente de Vanaheim vivirá por siempre. ¡Pero no lo hago por ellos, tampoco por mí! Lo haré para que tú puedas vivir tranquila y feliz. Lo haré por ti.
Heid se detuvo, cerró los ojos y alzó el rostro como si levantara una silenciosa plegaria por el futuro.
—Tranquila, sí, quizás. Pero feliz —susurró antes de retomar su lento caminar—… nunca.
Inclinó la cabeza con solemnidad como respuesta a la sagrada promesa y el resplandor de una lágrima resbaló de su rostro. Luego continuó por el oscuro pasillo desapareciendo de ese lugar y de la vida del príncipe de Idavollr para siempre. Sufrirían víctimas del destino que quiso ensañarse con ellos, sufrirían y maldecirían a las futuras generaciones con su tormento. Miles de años después aquel sufrimiento seguiría expandiéndose en la vida de sus descendientes hasta contaminar todo lo que una vez fue bueno y alegre. La ley del destino no puede ser derrotada.
.
..
6
..
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Akane se paseaba de un extremo al otro de la habitación. Todo parecía teñirse de gris, los latidos de su corazón iban en aumento, no podía notar la diferencia entre el frío o el calor de su cuerpo y cada vez que la puerta se escuchaba abrir giraba con la ilusión de que se tratara de él. Lamentablemente por décima oportunidad no se trataba de Ranma sino que de otra de las doncellas que venía a preguntarle si necesitaba algo. Ella acudió a toda su paciencia para responderle cortésmente y por décima vez que no. Sentía que hacía horas se había arreglado con el primer atuendo que halló, un simple vestido largo y una elegante capa de piel, pero tal era su nerviosismo que una doncella tuvo que correr tras ella ajustando en rápidos intentos los detalles mal colocados de la prenda. Todo el valor de Akane había sido drenado como el color de su rostro, todas sus esperanzas desaparecían con el desaparecer de cada una de las estrellas cuando en el infinito horizonte del vasto océano comenzaba a aparecer una línea dorada anunciando prontamente el amanecer.
— ¡Le ruego, dama Akane, que se siente! —Sugirió casi en un grito desesperado una de las doncellas.
Ella parpadeó confundida notando recién la presencia de las mujeres en la alcoba. Le hacían compañía y una que trataba de ajustar su peinado se había cansado de correr, pararse y sentarse a cada momento tras la princesa de Midgard en un desesperado intento por terminar su labor.
—Oh, yo, lo siento.
Nerviosa y sin mudar la expresión tensa de su rostro, como la de un corredor en espera de la señal de partida, se sentó en una silla en el centro de la habitación, muy en el borde del mueble y bien erguida como si quisiera dar un salto a la primera provocación. La doncella entonces se acomodó tras ella y de pie comenzó a peinarla, las otras dos la miraron severamente como en señal de regaño por su incomprensión, al no ser capaz de comprender la dura situación por la que estaba cruzando su joven señora.
La puerta se abrió y Akane se levantó de un salto, el peine que trataba justo en ese momento de colocarle la doncella saltó lejos y también rodó por el piso el cepillo para el cabello. Cuando el rey Hersir ingresó seguido del sabio Leshy se quedaron mudos ante ella. La chica se encontraba tan erguida, tensa y atenta a sus palabras que ambos hombres se sintieron de inmediato cohibidos.
—Mi señora, ¿se encuentra bien?
— ¿Bien? —Parpadeó dos veces más confundida, preguntarle por su estado era como si le hablaran en un idioma distinto. Como si tardara más de lo que debiera en comprender la pregunta sus labios se movieron inconscientemente varias veces sin pronunciar sonido alguno como si ensayaran porfiadamente alguna respuesta, antes de conseguir hablar—. Sí, sí, bien, eso creo. ¿Y Ranma, ya saben algo de él?
Hersir miró a Leshy y éste respondió con una negativa moviendo la cabeza. Entonces el rey se sintió responsable de dar la misma mala noticia que le había repetido durante toda la noche.
—No, mi señora, nada todavía.
— ¿Y por qué demoramos tanto en llegar a esa ciudad?
—La bahía de Jarnvidr se encuentra rodeada por formaciones de roca submarina de muy baja profundidad —dijo Leshy que para sorpresa del resto no utilizaba su acostumbrado e ininteligible acento, demostrando lo serio que se encontraba al responder—. Lo siento, Noatum posee un diseño no apto para la navegación cercano a la costa, su profundidad es tanta como la altura de su torre más alta obligándonos a realizar un rodeo más amplio de la placa submarina que compone la…
— ¿Pero no queda ningún otro barco que pueda utilizar?
—Mi señora, lamento contradecir sus deseos una vez más pero no poseemos ninguna otra nave en toda Noatum —respondió cortésmente—. Nuestro señor Ranma se ha llevado la única que existía, nuestro pueblo jamás recurrió a la navegación durante siglos…
—Y qué casualidad que la única nave disponible haya estado a la espera de Ranma todo este tiempo —bufó Akane impaciente—. ¿Y las ruinas, no han encontrado nada útil?
—No, lo lamentamos.
— ¿Y si construimos un barco?
—Un barco necesitaría días para ser construido en manos de los mejores artesanos. Qué decir de un pueblo donde nadie ha dirigido una obra semejante en su vida.
—Comprendo, ¡comprendo! No tienen que seguir, ya he entendido que no hay otra manera más que esperar como una idiota.
Akane se alejó directo al ventanal y con los brazos cruzados y la cabeza inclinada les dio a todos la espalda, se llevó un dedo a los labios mordiéndolo con angustia. El silencio era tal en la habitación que nadie quería siquiera respirar con fuerza por miedo a molestarla. Cuando la sintieron ahogar un débil gimoteo y vieron su cuerpo temblar fue que todos se sintieron culpables, cargando el triste peso de sentirse inútiles al no poder satisfacer el deseo de la joven dama. El rey, más afectado y a la vez obligado por su deber de monarca se acercó lentamente a ella y trató de hablar con un tono suavizado por la experiencia paternal que los muchos años habían pulido.
—Mi querida niña, no tema, pronto alcanzaremos la costa y volverá a verlo. Nuestro señor es muy fuerte y no se rendiría ante nadie, a pesar de lo poco que tengo el honor de conocerlo siempre ha demostrado ser un gran guerrero de ingenio inagotable.
Akane giró bruscamente dando un grito mezclado con llanto que asustó al rey y al resto de los presentes.
— ¡Eso es lo que más me tiene aterrada! —Al notar como todos retrocedieron ante su exabrupto cerró los labios y cabizbaja se volvió lentamente estirando el brazo para descansar el peso de su cuerpo sobre la mano que apoyó en el ventanal—. Ese tonto no va a detenerse —su voz sonó débil y apagada—, no va a parar por mucho que peligre su vida, por mucho que yo lo desee. No, él no se detendría aunque yo misma le suplicara que lo hiciera. Y si pelea en su estado actual él… él podría…
Sintiéndose débil perdió la voz, imaginando a la ciudad de Noatum que antes la había sorprendido tan gratamente como a una oscura prisión que le impedía volar al lado de Ranma cuando más la necesitaba, cayó de rodillas llorando como una niña. Irónico era el destino que la había dejado caer en la trampa de la ilusión y ahora, más cerca de él de lo que jamás había estado sucumbía ante la fatalidad que se lo arrebataría para siempre.
—Tiene que haber una forma, alguna manera alcanzarlo, no puede ser… esto no… —repetía incesantemente entre gimoteos golpeando con insistencia el vidrio—… tiene que haber algo que pueda hacer, algo, ¡lo que sea!, no… no… —apoyó la frente en el ventanal y tanta desdicha emanó que el rey estuvo tentado por tratar de consolarla como a uno de sus nietos cuando algo le dolía, pero no se atrevió a mover un solo dedo sintiéndose, como el resto de los que la acompañaban en esa larga noche, más inútil de lo que jamás se habría podido sentir. Akane trataba de hablar pero sus palabras se confundían con las lágrimas cuando finalmente el cansancio y los nervios, además de la terrible contradicción de su ánimo de ese momento con los últimos que había pasado con tanta dicha junto a Ranma, terminaron por destruir las últimas fuerzas que guardaba su espíritu—… no te atrevas… no te atrevas a dejarme… ¡si te mueres no te lo perdonaré!
.
Ranma cargó contra otro de los monstros inclinó la cabeza evitando por milímetros la garra que rasgó una delgada línea carmesí en su mejilla, apoyó con fuerza el pie y alzó ambos brazos arrastrando consigo a la espada Skirr con la fuerza de un gigante levantando un árbol. El monstruo gimió con un sonido metálico cuando la espada lo cortó desde el costado hasta la mitad del hombro perdiendo todo el brazo en el momento. Ranma no se detuvo sino que apoyando el otro pie consiguió girar con la misma fuerza del impulso inicial y ensartó un segundo corte horizontal que lo partió por la cintura.
El monstruo se desintegró al instante en cenizas y los cristales se despedazaron rebotando en el suelo. Pero cuando eso ocurrió Ranma ya se encontraba a metros de ese lugar evitando el ataque de varios monstruos, corriendo entre ellos, saltando los ataques que buscaban traspasar su cuerpo con las garras de cristal, deslizándose por debajo de ellos, cortando con la Skirr sin cansancio dibujando líneas de oro que iluminaron la noche de la ciudad de Jarnvidr como un segundo amanecer adelantado. Cuando una de las bestias lo iba a atacar por la espalda Rashell saltó, rebotó con el pie en la cabeza de uno de los monstruos y con mayor impulso y altura cayó con la lanza atravesando al engendro del vacío desde la cabeza a los pies. Arrancó la lanza del suelo con un movimiento tan brusco que el monstruo terminó de deshacerse en cenizas alrededor de sus brazos cuando ya bloqueaba el intento de otro por acabar con la nueva existencia de Touni. Pero Rashell era hábil y mañoso, en el instante que un monstro atrapó con su propio cuerpo la lanza del joven, Rashell desenfundó rápidamente la espada para atacar hacia atrás enterrándote por debajo de la cabeza, entre el cuello y la gran pieza de cristal con dientes la espada que salió por la parte superior cargándola con su cuerpo y hombro. El monstruo lo abrazó moribundo y su sangre mezcla de dos fluidos saltó tiñéndolo desde el hombro hasta la cintura. Impaciente porque cada segundo quieto hacía peligrar más la vida rodeados de tantos enemigos, se sacudió con violencia al monstruo dejándole ensartada la espada, cogió otra vez la lanza que clavada en el monstruo de adelante se mantenía horizontalmente suspendida en el aire, la arrancó del cuerpo de la bestia y atacó en dos direcciones distintas a dos nuevos oponentes, entonces atrapó la empuñadura de la espada que caía al suelo libre entre restos de cenizas que se desintegraron al instante y la arrojó como un puñal al centro del pecho de otro de los monstruos.
Méril corría entre ellos con dos cuchillas, arrojaba rápidos golpes y aunque se notaba en su rostro el esfuerzo que significaba poner su existencia en cada uno de los ataques no mermaba su fuerza ni mucho menos su velocidad. Acompañando en paralelo a sus dos compañeros introduciéndose de forma osada en el ejército de monstruos cercenó brazos, piernas y cabezas. Notó al instante que aquello que parecía sencillo en palabras se transformaba en una resistencia a sus brazos como si tratara de atacar con ellos sumergido en el agua. Pero cuando se cansaba miraba de reojo a sus amigos que no cedían un sólo milímetro a los monstruos y las fuerzas regresaban más que antes. Cuando más cansado se sentía vio algo resplandecer a la distancia. Bajo los pies de uno de los monstruos yacía su arco, el mismo que había tirado minutos atrás en su furor. Corrió sin detenerse y como si fueran las ramas de un frondoso bosque esquivó por arriba, por abajo, dando un brinco a los costados los largos brazos y las afiladas garras que se interpusieron en su camino. Al final dio un largo salto y cayó sobre el monstruo arrojando casi al tocarlo ambas dagas que atravesaron el cristal de la cabeza hasta llegar al cuerpo. El monstruo se desplomó tras ser pisado por el chico que rebotó sobre su cabeza, giró hacia atrás y cayó justo encima del arco. Se agachó rápidamente para recogerlo, pero de rodillas dos monstruos saltaron sobre él a sus espaldas.
La lanza de Rashell atravesó a uno y Ranma se cruzó detrás de Méril cortando con la flamante Skirr el cuerpo del otro monstruo en diagonal desde abajo hasta el mismísimo cielo. Los tres se reunieron espalda contra espalda en un círculo rodeados estrechamente por más monstruos que aparecían sobre las cenizas de los primeros.
— ¿Cuántos quedan? —Preguntó Ranma que jadeaba notoriamente por una razón más profunda que el simple agotamiento.
—Geez, no me digas que ya te cansaste.
—Dejen las peleas para después. Si tanto quieren golpear algo que sea a esas cosas —agregó Méril, que más que molesto parecía alegre de poder una vez más luchar juntos con sus dos mejores amigos.
—Demonios, esto parece no acabar. ¿Estas cosas destruyeron Vanaheim?
Méril guardó silencio y escuchó atentamente la rápida e intrigante charla entre sus amigos.
—Algo así, pero los que yo conocí fueron creaciones perfectas imposibles de ser atacadas con simples armas como las nuestras. Geez, estos más parecen la mala imitación de un novato y no las temibles obras del emperador.
— ¿Emperador? —Ranma y Méril preguntaron a la vez.
—Ahora no tenemos tiempo para eso. ¡Geez, aquí vienen!
Los monstruos los rodearon, extrañamente cambiaron su patrón de movimiento cruzándose entre ellos formando una cerrada circunferencia, se movían en zigzag intercambiando posiciones, confundiendo los ojos y los sentidos de los jóvenes que no podían mantener la atención en una de las criaturas por más de un segundo.
— ¿Qué pasa ahora, qué se proponen? —Exclamó Ranma con el rostro empapado en sudor.
— ¿Tratan de confundirnos? —preguntó Méril más asertivo pero no menos temeroso.
—Increíble —murmuró Rashell—. A pesar de su arcaico diseño poseen la capacidad de aprender de nuestros movimientos. Se apoyan en su número superior y…
—Sacrifican a los suyos —se adelantó Méril pensativo, moviendo el arco de un lado al otro teniendo que cambiar de blanco a cada momento tras perder de vista al anterior—, como cebos para conseguir más información de nuestras habilidades.
—No me digan, así que todo este tiempo les hemos estado enseñando a derrotarnos. ¡Genial! —Ranma se mordió los labios. Trataba de mostrarse animado pero las manos comenzaban a temblar contra su voluntad—. Necesitamos un plan…
"Existirán situaciones en las que te verás superado en número y fuerzas, es en esos momentos en los que debes recordar lo que significa realmente ser el líder. Nadie espera que seas el más fuerte, sabio o rápido entre tus hombres, por el contrario deberás hacer uso de los talentos de los que te sirven con lealtad y coraje, administrar las habilidades de tus hombres para que se complementen en todo su potencial y en una única causa."
—Gracias, Belenus —murmuró para sí antes de recobrar un poco el ánimo recordando uno de los acertados consejos del capitán de los Dragones Rojos. No podía seguir luchando a ese ritmo en su estado actual y pensar en eliminar a todas las decenas de monstruos superaría lo que le quedaba de fuerzas y vida. A menos que fuera ayudado por el resto. Lamentablemente su situación era patética ya que no poseía siquiera un buen plan. ¿Plan? ¿Era eso todo lo que necesitaba?, pero como crear un plan cuando apenas conocía lo que eran esas cosas. ¿También necesitaba información? Sonrió ante su propia estupidez, tan ciego en realizarlo todo con sus propias fuerzas había olvidado la clase de aliados que tenía a su lado.
—Rashell, conoces esas cosas, ¿podemos matarlas?
—Ya lo estamos haciendo.
—De una forma más rápida.
Rashell comprendió los pensamientos de Ranma y mirándolo de reojo notó la palidez cada vez más preocupante de su líder y amigo.
—Bien, son creaciones del vacío.
— ¿Vacío? —Preguntó Méril.
—Aunque no auténticas, son imitaciones forzadas artificialmente sobre el alma de esos pobres desgraciados. Geez, pero desconozco el método utilizado para abrir una herida en la creación, si por lo menos hubiera conocido el tiempo que demoraron en transformarlos.
—Fue inmediato —agregó Méril no perdiendo la vista de los monstruos que no cesaban de moverse a su alrededor—, cayeron fulminados como víctimas de un hechizo y también su identidad.
— ¿A qué te refieres?
—No puedo comprender por qué lo sé, pero de alguna manera pude verlo con mis propios ojos. Ellos perdieron sus almas y se transformaron en una especie de fisuras vivientes unidas entre sí por lazos espirituales que mis ojos ahora no puede apreciar. Pero juro que los vi.
—Te creo —respondió Rashell ahora más seguro de sus estimaciones—. Lo que viste fue en realidad lo que sucedió en este lugar. Ellos son criaturas de energía opuesta a la creación, sus almas han sido consumidas y convertidas en grietas, sus cuerpos ahora son la degeneración que se formó alrededor de las pequeñas heridas que se abrieron en el universo.
— ¿Son como agujeros en este mundo?
—Ranma, a veces me deslumbras, tu ejemplo es simple pero certero.
—Ya sabemos lo que son, ahora hay que saber cómo detenerlos. Méril, necesitamos un plan.
— ¿Plan?
—Eres el maldito genio del grupo, piensa algo.
— ¿Por qué siempre yo…? —Méril se quedó con los labios entreabiertos, como si su mente ya trabajara en una idea contraria a lo que hablaba en ese momento—. Espera, noté en ese extraño momento que ellos están unidos por algún tipo de vínculo.
— ¿Vínculo? —La pregunta de Rashell fue inquietante, como si algo sospechara la última reencarnación del dios de la muerte Touni.
—Cómo líneas doradas o raíces que se unían por todo el piso.
— ¿O grietas?
—Sí, ahora que lo dices, parecían exactamente como una infinidad de pequeñas grietas unidas entre sí. Eh, ¿dije algo malo?
— ¿Malo? Geez, ¡es terrible! Algún estúpido novato ha estado jugando con "cristales Vollr", Oh, maldito Vanaheim, estamos todos en un gran lío.
— ¿Cristales…?
— ¿…Vollr?
Preguntaron ambos chicos a la vez y Rashell se sintió demasiado ofuscado como para repetirles lo que en sus pensamientos ya lo lastimaba con temor. El rugido de tono metálico como el de una máquina de viento les advirtió que el tiempo de descanso se había terminado. Los monstruos parecían decididos a atacarlos otra vez, se mantuvieron en guardia.
Ninguno de los tres esperó lo que sucedió a continuación, cuando tras las líneas de engendros que los rodeaban saltaron como sombras más monstruos, por casi cuatro o cinco metros de altura dibujaron arcos en el cielo antes de caer sobre ellos. Los chicos se miraron entre sí con auténtica sorpresa y pavor, y los tres se separaron rodando por el suelo en distintas direcciones evitando la masa de monstruos que cayó en el centro amontonándose uno sobre otro con sus feroces ataques. Apenas se vieron separados las otras criaturas los atacaron sin piedad, separados se defendieron de todas direcciones con espada y lanza. Méril utilizó el arco como improvisada defensa y una cuchilla en la otra mano para devolver toda la agresión recibida, no estaba dispuesto a abandonar otra vez a su querida arma predilecta.
Ranma cruzó bajo una garra y devolvió la intención partiendo un brazo. La Skirr resplandecía llena de furia como si destruir la esencia del vacío fuera parte de su verdadera razón para existir. ¿Cuántos milenios hacían ya desde que la espada de Njörd desafiara a criaturas similares por el destino de Vanaheim? Ahora en manos del joven mortal volvía a recobrar todo el ímpetu de su divino acero. Las garras de cristal oscuro, las armaduras y cabezas alargadas, ninguna se oponía a la hoja que con tal deseo parecía guía e inclusive tirar del brazo de su nuevo amo pidiéndole cada vez más y más víctimas de los monstruos del vacío. En un rápido movimiento Rashell y Ranma se cruzaron, la lanza pasó por el costado de la cabeza de Ranma, Rashell se agachó para que la Skirr literalmente peinara sus cabellos deshaciéndose de dos perseguidores mutuos, giraron espalda contra espalda.
— ¿Qué tan malo es? —Preguntó Ranma.
—No estamos luchando contra seres vivientes, ¡son todos ellos una sola cosa!
Se empujaron con los hombros para separarse más rápidamente cuando uno de los monstruos cayó con un brazo en forma de espada en el centro. Méril cortó la mano de uno con la daga y la arrojó en la cabeza de una segunda bestia. Tensó el arco rápidamente y sin colocar una flecha se concentró, sabía que un trozo de madera y acero nada les haría a esos monstruos así que confío en su propia magia. Entonces para su propia sorpresa consiguió a voluntad crear una flecha de luz distinta a las anteriores, una que podría utilizar como un disparo normal y soltó la cuerda. La "flecha normal" resultó ser un disparo potente que atravesó varios cuerpos de sus enemigos en línea, destrozando a los primeros y lastimando seriamente a los de más atrás.
— ¿Yo hice eso? ¡Fantástico!
— ¡Ten cuidado!
Ranma se cruzó tras él deteniendo con la espada uno de los largos brazos de los monstruos. Méril giró sorprendido y antes de que su amigo tuviera algo que lamentar tensó el arco y disparó otra flecha de luz que pasó sobre el hombro de Ranma y destruyó completamente la cabeza del monstruo. El joven no tuvo tiempo de descansar, sino que empujando el cuerpo inerte con la espada detuvo otro ataque y contestó cortando una pierna. La bestia se desplomó y Ranma sin piedad la remató atravesándola contra el suelo. La flecha de luz de Méril pasó sobre su cabeza destruyendo toda la mitad superior del cuerpo de otro monstruo y los fragmentos de cristal cayeron por todo el piso.
—Necesitamos un plan —insistió Ranma en su idea mientras que con la espada volvía a detener otro ataque.
—Trabajo en eso —Méril disparó otra vez, para luego preguntar con auténtica preocupación—. ¿Y cómo estás, puedes luchar a este ritmo?
Ranma sabía que se refería a su frágil estado de salud. ¿Podía mentirle en ese momento a su amigo? No lo hizo, pero respondió con notoria tristeza y la voz tan baja que apenas pudo escucharlo en medio de todo el bullicio de la batalla.
—Me estoy muriendo, ya no importa lo que haga o deje de hacer.
—Eso no puede ser… ¡Ah, por todos los inútiles dioses! —Exclamó Méril en un agresivo tono de furia que sorprendió a su amigo, disparó una flecha mucho más potente que las anteriores atravesando a dos monstruos y arrojando en una poderosa explosión a un grupo de ellos al mar. En el pequeño espacio de silencio que se formó tras ello Méril miró a su amigo mientras volvía a invocar una flecha de luz en el arco tenso—. Por favor, no te atrevas a morir todavía, no puedes darte por vencido. ¡Piensa en Akane!
Ranma no respondió pero lo miró fijamente. En esos ojos habían muchas más palabras de las que podría jamás haber expresado con los labios. Méril no soportó la realidad que esos ojos le hicieron comprender y desvió su atención volviendo a los enemigos que se reagrupaban otra vez sin darles tregua.
La interminable refriega los volvía a separar cuando Rashell se cruzó realizando un portentoso movimiento que destrozó las cabezas de cristal de dos monstruos a la vez cuando giró su lanza alrededor de su cuerpo.
— ¿No deberías utilizar tu magia divina? —Se quejó Ranma cruzando por su lado. Se separaron otra vez.
Rashell volvió a cruzarse con Ranma empujando a una bestia que había atravesado con la lanza.
— ¡No!, si utilizó magia creadora el vacío consumiría mis energías muy rápidamente, ¡estamos parados sobre una maldita grieta en el universo!, ¿no notas como este lugar drena nuestras fuerzas?
—Demonios, eres un dios únicamente cuando menos nos conviene.
—Siempre dispuesto para servirte —sonrió irónico.
Rashell lanzó una gran estocada cogiendo la lanza por el extremo inferior atravesando a gran distancia el brazo levantado del monstro que quería atacar a Ranma por detrás. El joven teniente giró casi sin mirar a su oponente partiéndolo en diagonal desde el costado hasta el hombro opuesto. Entonces tomó con fuerza del otro extremo de la lanza del antes mercenario y ambos asintiendo corrieron en una dirección empujando con la lanza entre ellos a un gran grupo de monstruos directo hacia el borde del puerto y al mar. Iban a celebrar pero un nuevo grupo de monstruos saltó tras ellos como tigres al acecho cuando una flecha de luz los atravesó en línea librándolos de la trágica suerte.
Méril era ahora el que los reprendía desde el otro extremo del desesperado terreno de batalla.
— ¡Concéntrense!
Ranma y Rashell corrieron entonces evitando ataques por igual y repartiendo más golpes.
— ¡No sé que es peor, si tus malas bromas o ser regañado por Méril!
— ¡Geez, mis bromas son magníficas, ustedes son los que no comprenden mi elevado sentido del…!
No consiguió terminar la frase cuando Ranma posó una mano sobre su cabeza obligándolo a agacharse, utilizándolo así de apoyo como un caballete saltó sobre la espalda de Rashell pateando a uno de los monstruos en la cabeza. Rashell se desquitó al instante cogiendo a Ranma por detrás, aferrándolo por el cuello de la camisa lo jaló con fuerza hacia atrás para arrojar su lanza contra un segundo enemigo. Ranma dio un giro por el suelo y apenas consiguió detenerse otra flecha de Méril destrozó la cabeza de un enemigo que tenía a su costado.
— ¡Dejen de jugar! —Gritó seriamente el ahora de verdad más joven de los tres mortales.
Los tres se reunieron y formando una línea retrocedieron forzosamente defendiéndose más de lo que podían responder los ataques de los monstruos que los empujaron contra las llamas de los primeros edificios. El calor los hacía sudar pero no tanto como los nervios. El agotamiento del que antes hablaba Rashell ahora se hacía evidente en los tres, mucho más en Ranma que en aquel momento no quiso expresar, pero comenzaba a sentir ese vacío muy similar al que había visto en el interior de su alma y que le había dado caza desde el día en que comenzó a sentir aquel mal que le despojaba de toda la vida.
—Dijiste algo de un maldito problema.
— ¿Lo dije? —Se agachó evitando una rápida garra de cristal.
—No estoy de ánimo para tus bromas.
—Sí, sí, geez.
— ¿Qué tan malo es? —Preguntó Méril.
—Todo esta ciudad se irá al maldito infierno, no, peor que eso, la grieta en el vacío se convertirá en un gran abismo.
— ¿Abismo? —insistió Méril.
Ranma pateó a un monstruo y lo remató con un rápido corte de la Skirr. El silencio del teniente rebeló que algo tenía en mente. La palabra abismo despertó el recuerdo de su visión de la destrucción del universo de Vanaheim, cuando gigantescos abismos cruzaron el mundo, tragaron ciudades y sombras emergieron de la oscuridad devorando a cientos de miles de almas que trataban de escapar.
—Creo que ya lo comprendes —murmuró Rashell mirando a su amigo. Se separaron bruscamente evitando un nuevo ataque.
—No es posible.
—Lo es, Méril. Ellos no son seres vivientes, son grietas en el vacío. Todo este lugar es un gran e inestable punto en la dimensión. ¡Si cede ahora toda la creación desde aquí hasta la casa del maniático de Leshy caerá en un gran abismo que duraría milenios, que causaría una inestabilidad en la vida de todo Asgard que provocaría muchos más desastres y abominaciones por doquier! Geez, ¿alguna otra pregunta?
Asustados se distrajeron y respondieron tardíamente a un nuevo embiste de sus respectivos oponentes, a los que consiguieron derrotar con desesperación.
— ¡Debemos detenerlo!
— ¿Y los otros? —Preguntó Méril preocupado, recordó con culpa recién a sus compañeros. Los einjergars de los Dragones Rojos los veía en el mismo lugar que antes, de rodillas como si lucharan entre la vida y la muerte.
— ¡Olvídate de ellos, geez! Por ahora nosotros somos mucho más atractivos para el vacío que las almas de unos simples mortales.
— ¿Nosotros? ¡Pero si yo también soy un mortal!
Rashell no quiso responder a eso y agradeció que los monstruos atacaran con mayor ferocidad obligándolos a separarse otra vez.
—Esto no tiene sentido, ¡no podemos terminar con todos!
—Si consiguiéramos cerrar la grieta.
— ¡Podemos hacerlo! —Gritó Méril a la distancia.
— ¿De qué hablas?
—Geez, estás demente.
— ¡No estamos atacando seres vivientes, sino grietas en la creación! ¿No?
—Sí, ¿y tu punto? —Preguntó Rashell más indignado que nada, su orgullo como Touni le impedía aceptar que alguien tuviera una idea y él no.
—Tú mismo me lo dijiste, ¡atacamos con toda nuestra existencia! ¿No significa que si igualamos la generación del vacío con una fuerza creadora de idéntica o mayor intensidad conseguiremos anular las fuerzas opuestas devolviéndolas al equilibrio absoluto?
— ¡Eso eso…! —Rashell reaccionó mientras con la lanza contenía la fuerza de dos afilados brazos de cristal—… es… ¡es perfecto, geez!
— ¿De qué hablan? Demonios, ¡déjenme en paz!—Ranma pateó a otro monstruo. Saltó sobre un brazo, se apoyó en él para impulsarse en un segundo salto y cayó con la espada en picada. Atravesó al enemigo destrozándolo en pequeñas partes y al contacto con el suelo la Skirr resplandeció liberando una onda de energía dorada que destruyó al grupo que lo rodeaba—. ¿Entonces?
—Necesitamos igualar la energía negativa de todos estos monstruos en un único ataque para cancelar el efecto de la grieta.
—Pero no podemos hacer eso —replicó Rashell.
— ¿Y por qué no?
—Ni siquiera los tres juntos podríamos…
— ¡No tiene que ser con todos, debemos encontrar la veta principal de la grieta! Todos ellos están conectados, todos son simplemente ecos del abismo principal, como pequeñas fisuras que se forman alrededor de la gran abertura que está rompiendo el velo de esta dimensión.
—Vaya —respondió Rashell sorprendido de las deducciones de Méril tan acertadas. En apariencia ideas simples eran en realidad planteamientos avanzados que los sabios de Vanaheim tardaron siglos en descifrar, y ese muchacho lo había conseguido en pocos minutos durante una intensa batalla—, parece que alguien sí ha hecho los deberes.
— ¿Y dónde está esa famosa grieta…?
El suelo tembló con fuerza. Los edificios comenzaron a desplomarse, vistos desde el cielo como si una onda comenzara desde el centro de la bahía y avanzara por toda la ciudad hasta llegar al lejano bosque. Tanta era la intensidad del movimiento que los monstruos cesaron su ataque constante y los jóvenes temieron de que ya fuera demasiado tarde para intentar alguna cosa. Pero no vino la destrucción, sino que la fuente de toda esa manifestación de fuerza provino del único lugar que habían olvidado durante la desigual contienda. El barco que flotaba a la deriva crujió, y sobre la cubierta emergió lo que parecía ser la mezcla de muchos cuerpos deformados por la energía negativa del vacío, reunidos en una gran bestia de apariencia lejanamente humana. Con dos mazas deformes por brazos se apoyó de los costados de la nave como un niño sobre una pequeña embarcación de juguete. El barco se tambaleó como si apenas consiguiera mantenerse a flote con semejante peso y bamboleo. El monstruo no tenía cabeza u hombros, pero si una gran formación de cristal en bruto de gran tamaño, similar a una capucha sobre la criatura pero del tamaño de una colina con una gran cantidad de esferas de cristal de distintos tamaños reunidos en el centro y adelante, que brillaban en un intenso resplandor plateado iluminando como un faro toda la bahía.
— ¿Qué demonios es eso?
La bestia dibujó una abertura en su cuerpo y se abrió como una boca. El interior era oscuro como si estuviera conectada directamente con el espacio exterior, viéndose en su interior el resplandor de las estrellas y las nebulosas de cientos de colores distintos. Y bramó. El sonido fue como el canto de una ballena pero sin la armoniosa belleza de esas cautivadoras criaturas del mar, fue horrendo, cacofónico, ensordecedor como un órgano de miles de gritos o como el chirrido de un mar de trozos de acero chocando entre sí. Los jóvenes cayeron de rodillas y fueron incapaces de moverse ante semejante sensación de fuerza y también de vacío que sentían consumiría en cualquier momento sus almas.
— ¡Está mal, está más que mal, es una manifestación viviente del vacío! ¡Geez, es un enviado del "Ginnugagap", el gran abismo!
— ¿De qué hablas? —Preguntó Méril, todos se hablaban con fuertes gritos cuando apenas podían tener los ojos abiertos, y los ojos con lágrimas por un dolor que les pareció desconocido, nuevo y angustiante.
—Creía que eran simples juguetes, pero esa cosa es un… un… ¡es un maldito "hijo del vacío"!
— ¿Hijo del…? —trató de preguntar Ranma.
— ¡Olvida los detalles, si no lo detenemos será un hijo del vacío auténtico! Ni siquiera un gran abismo podría ser tan malo para este universo como uno de esos monstruos. ¡Devoraría mundos enteros antes de que los dioses pudieran siquiera detenerlo! ¡Esas son las cosas que destruyeron Vanaheim, no podemos permitir que termine de gestarse o será demasiado tarde para todos!
Méril lo observó. Los monstruos se detuvieron y comenzaron a gritar como si sus voces armonizaran con la gran bestia sobre la nave. Entonces los ojos del chico volvieron a mostrarle el mundo espiritual y todo lo que vio fue una gran oscuridad. Sobre la negrura absolutamente todo lo que se encontraba allí, las casas, el muelle, el mar y aún sus olas, todo estaba compuesto por millares de pequeñas líneas doradas, de grietas que de tan reunidas que se encontraban terminaban dibujando la silueta de todas las cosas que allí existían. Todo en ese lugar estaba cubierto de pequeñas fisuras, incluyendo sus propios cuerpos o los cuerpos de sus compañeros einjergars que se retorcían a la distancia víctimas de un dolor que parecía volverlos locos. Luego vio dos cosas que lo sorprendieron, la primera, como las grietas se extendían hacía el océano y dibujaron contra el horizonte el inicio, los altos muros y las primeras torres de lo que parecía ser una ciudad en el mar.
— ¡¿Qué es eso?
Ranma levantó el rostro y lo que vio lo dejó sin habla. De pronto la ciudad de Jarnvidr y todas sus almas dejaron de tener sentido para él, ni siquiera sus vidas o todavía el peligro del gran abismo que como catástrofe dimensional maldeciría las vidas de todos los habitantes de Asgard. Todo lo que pensó en ese momento fue que su miedo e ira se confundieron con su más profundo amor cuando vio contra el horizonte rojizo que anunciaba el amanecer de un nuevo y quizás su último día la silueta de la ciudad gloriosa de Noatum flotando directo hacia la bahía. Y, por tanto, exponiéndose también al peligro de lo que el gran abismo pudiera provocar, mucho peor quizás que la más terrible de las armas inventadas por la maldad de los seres humanos en Midgard.
—Akane… ¡estúpida Akane, qué demonios estás haciendo aquí!
— ¿Akane? —Méril repitió el nombre de labios de Ranma entendiendo a medias lo que sucedía, sintiéndose entonces obligado de compartir lo que estaba viendo—. La falla en la creación está alcanzando también esa ciudad en el mar. Ranma, toda el área afectada está creciendo y… ¡ese monstruo es la grieta principal, el inicio del abismo!
— ¡Geez! ¡Ese monstruo se está convirtiendo en un hijo del vacío! Jamás con nuestras armas, ni siquiera Skirr está preparada para enfrentar a esa maldita cosa.
Ranma miró a sus amigos. Los monstruos le dieron la espalda y alzaron los brazos caminando hacia el mar, armonizando sus espantosos cánticos de destrucción con los de la bestia más grande. A la distancia veía como los cuerpos deformes emergían del mar y trepaban el barco uniéndose al cuerpo del coloso. Pero nada tenía sentido para Ranma en ese momento más que pensar en cómo Akane también se vería afectada por eso tan espantoso que asustaba inclusive al inmortal Touni.
Se levantó con gran dificultad y avanzó un par de pasos, alzó un brazo anteponiendo la espada a la mano extendida como antes había hecho para amplificar sus hechizos.
— ¡Ranma, qué vas a hacer!
—Lo destruiré, ¡lo destruiré ahora antes que eso lastime a Akane! —Los ojos de Ranma se veían vacíos y su rostro había emblanquecido como el de un cadáver.
— ¡Geez, detente, maldita sea, con eso no conseguirás nada!
No lo escuchó.
— ¡Luz del alma!
El rayo de luz tuvo tal fuerza que desintegró al instante a una decena de monstruos, abrió las aguas en su trayecto y golpeó de lleno la nave y a la colosal criatura. Pero su emoción no duró mucho porque un segundo después notó que en realidad su rayo de magia dio en una barrera que se formó delante del barco, jamás tocó al "hijo el vacío".
— ¿Pero qué…?
—Tu ataque no posee la suficiente existencia para siquiera lastimarlo —se quejó Rashell.
Méril trató de levantar el cuerpo sin conseguirlo.
— ¿Existencia?
Un nuevo sonido silencio al anterior. El suelo cesó de temblar pero el gran coloso inclinó su cuerpo hacia adelante y todos los cristales circulares de lo que parecía ser un rostro resplandecieron en una intensa luz blanca. Aquello deformó el rostro de Rashell.
— ¡Geez, va a atacarnos!
Ranma cayó de rodillas, ya no tenía fuerzas para defenderse y en su rostro se vio pintada la frustración y confusión, junto con el terrible miedo a perderlo todo. El mar alrededor del barco comenzó a dibujar ondas tan intensas hasta que éstas se transformaron en un fuerte oleaje, un gigantesco círculo mágico apareció delante de la gran bestia, tan grande que cruzó la superficie de las aguas y dibujó un gran arco en el cielo compuesto por anillos luminosos y símbolos deformes y desconocidos incluso para la antigua Vanaheim.
Rashell trató de moverse pero su propio peso se lo impidió, la presencia del vacío era tan intensa que ya ni siquiera podía sentir los gritos de su propia alma.
— ¡Ranma, por lo que más quieras, muévete!
—Yo no…
El gigantes disparó un poderoso rayo de luz plateado que como una espada se hundió en las aguas abriendo el mar en dos hasta verse el fondo marino y en una fracción de segundo recorrió ascendiendo todo el fondo hasta el puerto justo donde se encontraba Ranma. El joven abrió los ojos paralizado cuando Méril saltó sobre él. El rayo partió en dos la piedra del puerto en una gran explosión y continuó ascendiendo hasta que cruzó la ciudad dejando una estela de destrucción. Y continuó más allá de la ciudad ascendiendo por la colina del castillo hasta cruzar por el centro el palacio de Jarnvidr. El ataque levantó una segunda explosión como una pared de energía que dejó una gran zanja en medio de la ciudad de extremo a extremo. El castillo terminó por desmoronarse, toda la colina lo hizo en un estruendoso derrumbe que cayó como un alud sobre parte de la ciudad. El humo ascendió confundiéndose con las nubes.
Rashell tosía por el humo que se convirtió en una densa neblina y gritó el nombre de sus amigos. El mar ce cerró otra vez levantando grandes olas que alcanzaron los primeros edificios apagando parte de las llamas. Con el agua hasta la cintura el joven de cabellos dorados trató de moverse pero la fuerza del oleaje lo hizo caer otra vez. Empapado insistió en llamarlos. Del otro extremo escuchó una respuesta, Méril se encontraba de rodillas con el agua hasta los hombros sosteniendo a Ranma con su brazo, había conseguido sacarlo del centro del ataque en el último momento.
—Ranma, Ranma, reacciona —lo llamaba Méril—. ¡Ranma, no nos dejes ahora!
Ranma consiguió abrir los ojos, todavía no había llegado su hora. Abrazado de Méril el agua en movimiento rozó su mentón y rápidamente descendió hasta abandonar el puerto y volver al mar dejando una estela de piedra húmeda y escombros. La profunda zanja producida por el ataque del coloso retuvo el agua convirtiéndose en un auténtico brazo de mar.
—No es posible, esa cosa… esa cosa no… Méril, dime como puedo ganar.
—Ranma, yo no lo sé.
—Esa ciudad, Noatum —el joven hablaba fuera de sí, con los ojos abiertos y el rostro inclinado como si el impacto de reconocer sus propios límites fuera demasiado para su joven alma orgullosa. Más todavía, la imposibilidad de detener el desastre y proteger a Akane lo superaba mentalmente hasta desplomar todas las pocas fuerzas que le quedaban—, en esa ciudad está Akane.
—No puede ser. Ranma, debemos hacer que se alejen de aquí.
Rashell consiguió pararse y tambaleándose llegó al borde del otro extremo de la entrada de mar que quedó tras el daño al puerto y les gritó con todas sus fuerzas.
— ¡Ya no podemos hacer nada más, Ranma, Méril, debemos dejar este lugar ahora!
Méril lo percibió, así también Ranma, la grieta del vacío estaba a punto de abrirse bajo sus pies. Ya no había otros monstruos en la ciudad, y los últimos parecían estar llegando a la nave uniendo sus cuerpos con la gran bestia que rugía intensamente.
— ¿Ranma?
El joven sorprendió a su amigo soltándose de sus brazos y volviendo a ponerse de pie.
— ¿Ranma, dónde vas?
— ¿Teniente?
Tras ellos el resto de los Dragones Rojos, empapados y aturdidos, parecían haber conseguido salvarse afirmándose los unos de otros, y un poco más libres de la locura del vacío observaban a su teniente en silencio.
—No, todavía no pienso darme por vencido.
—Espera un momento.
—Méril, cuida de Akane, cuida de todos, te lo ruego.
— ¿Ranma, qué piensas hacer?
—Para detener esa cosa necesitamos más energía.
— ¡Ranma!
—Puedo hacerlo, sé que puedo hacerlo. ¡Puedo detenerlo!
Ranma lo dejó y de manera sorprendente corrió por el borde del puerto. Pasó por el lado de sus compañeros einjergars y saltando atravesó los escombros llegando del otro lado del puerto. Entonces corrió ingresando al mar por uno de los pocos muelles de madera que se mantuvieron en pie después del oleaje.
—No —Méril trató de detenerlo pero su cuerpo no respondió. Se preguntó desesperado como era posible que Ranma se moviera cuando el vacío estaba absorbiendo todas las fuerzas de sus almas—, detente, amigo, no.
El joven de Nerima corrió entonces como si se encontrara en la plenitud de sus energías. Veía a la bestia balanceándose en el centro del océano, más allá la ciudad de Noatum aparecía con mayor claridad contra los colores del amanecer. Akane estaba allí, Akane correría peligro si él no detenía a esa cosa. Ya no le importaba perder la vida porque de todas formas moriría esa misma noche. ¿Qué más podía hacer entonces? Mientras corría arrojó a Skirr, ya era incapaz de llevar el peso de la espada. Se detuvo al final del muelle y gritó. Un grito desesperado, lleno de ira y frustración, un grito en el que dejó que todo su dolor fluyera por la maldición de haber nacido víctima de un destino que jamás le perdonó su propia existencia. La criatura pareció moverse como si lo hubiera notado. Volvió a temblar con fuerza, las aguas se agitaron otra vez, el círculo mágico apareció delante de la criatura y ahora sí percibieron que la dimensión se rasgaría en dos incapaz de contener tal desbalance con las fuerzas del vacío. Ranma también lo comprendió, miró su propia mano y la movió, suspiró al notar que ya no podía sentirla. El joven se veía pequeño, muy pequeño ante la borrosa imagen de la colosal bestia del vacío que anunciaba su ataque final.
Ranma empuñó la mano y la llama de K'Zun Fei, la última chispa de energía del dragón sagrado que lo mantenía con vida la envolvió. Necesitaba más. Apretó los dientes, recordó las palabras de Rashell para combatir a esos monstruos; toda su existencia debía ser puesta en cada uno de sus ataques.
Más que su existencia sería su corazón, sus anhelos, su frustración, sus deseos. Toda su vida de mentiras, su odio, su desesperación, su miedo. No obstante un sentimiento más intenso que todo junto lo invadió: su amor por Akane, lo único auténtico, libre y propio que había sentido en su vida. Era lo único que le pertenecía, lo único que justificaba toda su existencia y la hacía real. Alzó la mano y una sola palabra vino a su cabeza como un lejano eco con una voz que creyó escuchar por primera vez en su vida.
La criatura abrió la boca y sus ojos de cristal dispararon otra poderosa descarga que amenazó con destruir parte de la ciudad. Pero Ranma ya tenía el brazo alzado, con la palma extendida y los ojos cerrados recitando una única frase que no le pertenecía. El estruendo silenció su conjuro.
La mano de Ranma extendida se rodeó de un círculo mágico similar al de la bestia, como si su cuerpo canalizara también la gran energía negativa a la creación que allí se manifestaba. La magia que disparó Ranma fue similar, un rayo de plata en el que estaba puesta toda su existencia.
Ambos ataques por un instante parecieron chocar, pero la energía del coloso se detuvo ante el rayo de Ranma y se abrió en cientos de pequeñas líneas de luz que se trenzaron alrededor del rayo más fino como una extraña flor que iluminó toda la bahía como si fuera otra vez de día.
— ¡Ranma! —Los gritos de Méril y Rashell llegaron a él en la oscuridad de su alma, el estruendo del mar agitándose y la tierra crujiendo no pudieron detener el afecto sincero de sus amigos.
"Ranma".
La voz de Akane llegó a él. Sollozando y preocupada, así la vio a la distancia aumentando el dolor de su ya consumida alma.
—Akane, perdóname.
Abrió los ojos y vio ambos ataques luchar en el centro de la bahía. Su mano alzada y la gran energía que controlaba, nada le parecía real, ya no sentía ninguna parte de su cuerpo y todo lo que le quedaba era un frágil suspiro de su conciencia.
—No te dejaré que la toques —dijo con voz pausada y casi inconsciente—, no te dejaré que… ¡Ah, con todo lo que queda de mí, maldición, tómalo y destrúyelo!
La luz de Ranma superó a la de la bestia y la luz de plateada de ambos ataques se combinó en una esfera de hilos trenzados que estalló. Tras la explosión surgió una nueva forma, un dragón de energía similar a la invocación del antiguo K'Zun Fei, pero esta vez era el alma de Ranma en su plenitud la que siguió rápidamente avanzando a ras de las aguas y se elevó recta hacia el cielo. Ranma hizo un último movimiento y bajó el brazo con fuerza como si diera una orden. El dragón de energía dibujó una curva en el aire y cayó en picada produciendo tal estruendo que formó una onda que esparció a las nubes. Con las fauces extendidas el dragón de luz cayó engullendo al coloso y la embarcación por completo levantando las aguas como si hubiera caído un cometa en el centro de la bahía y la explosión que siguió alzó las aguas por todo el cielo.
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La bestia en el centro de la bahía no hizo ningún sonido, como una montaña a medio hundir su cuerpo se tornó gris y se resquebrajó. Los trozos de cristal comenzaron a rodar de la gran superficie, desmoronándose como la arena. Así acabó la batalla de Jarnvidr, el primero de los dolorosos acontecimientos que desencadenarían el principio del Ragnarok, el ciclo final del universo de Asgard.
Aquel día se extinguió también una de las más brillantes almas de Midgard; Ranma Saotome, el último heredero de Vanaheim, había muerto.
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Fin del Acto II
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Continuará.
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