Eh aquí yo, tranquila borrando documentos de mi amada computadora, cuando de repente… ¡Capítulo salvaje aparece en papelera!... Ya, no me miren así, que ni yo sé cómo lo borré si ni siquiera lo había tocado en varios días. Supongo que tengo que alejar a mi pequeña hermana de esta máquina…

Ni modo, hablando de otro tema, creo que me tardé un poquitito más de lo esperado en esto. Pero como hoy estoy de humor (Luego de casi sufrir un infarto con el partido de Argentina) decidió terminar de una vez por todas de escribir esto… ¡Eh aquí los resultados!

Kung Fu Panda no me pertenece… Bla, bla, bla… ¿Sabían que el nombre de esta historia se me ocurrió mientras escribía esta pequeña parte de la nota de autor? xDD


Capítulo 29 "Sangre"

Ya sabes qué hacer…

Cuatro palabras. Una frase corta y sin mucho significado, pero que a Song le puso los nervios de punta. Sus manos temblaron y sintió un asfixiante nudo ceñirse en su garganta… La carta era de Lin. ¿Cómo había llegado a la ventana? ¿En qué momento había mandado Lin aquella carta? Era algo que no sabía, ni le interesaba saber. Se aferró con una mano al borde de su chaleco y jaló de este, como si de aquella manera pudiera estirarlo y taparse sus piernas desnudas. No supo qué hacer, dónde dejar ese pequeño pergamino y siquiera para donde moverse. Su mente estaba en blanco. No podía hacer eso que su hermana quería. Al principio, creyó que sí, no sería nada nuevo, ya lo había hecho antes, pero ahora todo era diferente. Pero debía hacerlo. Si desobedecía a Lín, no sería ella la única que lo pagara, a su hermana no le importaría que ella estuviera embarazada a la hora de "reprenderla".

Tragó grueso y llevó una mano a su abdomen, haciendo a un lado los bordes del chaleco desabrochado. Podía sentir los rápidos latidos del corazón del bebé, como un ligero palpitar casi imperceptible, que bien podría ser del pulso de ella. El miedo se apoderó de ella. No quería que su hermana lastimara a ese bebé, no quiera que su hermana se cobrara una vida inocente.

Ladeó el rostro hacia la cama y sus ojos se humedecieron al ver a Lee dormido allí. Parecía un niño, acurrucado contra una almohada, ronroneando entre sueños y serpenteando perezosamente la cola. Song sonrió. Era la primera vez en muchos años que había dormido tan bien. Sus besos, sus caricias, su voz susurrando dulces palabras cerca de su oído. Se sonrojó al recordarlo. Había sido cariñoso, tierno y suave en todo momento.

A pasos pequeños, temerosos e inseguros, volvió a la cama, dejando el pergamino en su mesita de noche y recostándose junto a Lee. Sujetó uno de los brazos del tigre blanco y se lo pasó por debajo del cuello, a modo de almohada. Lee se removió y le pasó el otro brazo por la cintura, atrayéndola más hacia él. A Song no le importó. No quería apartarse de aquellos brazos.

—Te amo —Murmuró— Te amo, Lee.

—Y yo a ti, nena.

Song pegó un respingo al oír el ronco murmullo del tigre cerca de su oreja. Creyó que seguía dormido. Intentó darse vuelta para verlo, pero los brazos del Lee la retuvieron ahí, mientras él reía y escondía el rostro en el cuello de ella. Song arrugó el entrecejo, un poco molesta por aquello, pero no pudo decir nada al sentir los suaves labios de él presionando contra su cuello. Sonrió y tan solo cerró los ojos, dejándose relajar por aquellas caricias.

Entonces, un ligero mordisco en la unión entre su cuello y hombro le hizo pegar un respingo.

—¡Ah!... No me muerdas —Reprochó.

Lee rió y acarició el cuello de ella con su nariz, aspirando el dulce aroma de la leopardo… Cerezos. Le gustaba.

—Mmm… Anoche me pedías que te mordiera —Murmuró juguetonamente.

Pero para Song, aquellas palabras no tuvieron aquel efecto… La leopardo sintió arcadas y otra vez, aquella sensación de asco volvió a ella. Asco hacia sí misma. Presionó sus labios, ocultando un sollozo, y se encogió en su hombro, apartando los labios de Lee de su cuello. Apartó los brazos de Lee de ella y flexionó sus piernas, abrazándolas contra su pecho.

—No digas eso —Murmuró.

—Acaso… ¿Dije algo malo?

Song negó, sintiendo sus ojos desbordarse por las lágrimas. No contestó. Dejó que Lee la abrazara protectoramente contra su pecho y dejó las lágrimas correr libremente… Se odiaba a sí misma. Se daba asco. Lo que había pasado con Lee había sido algo hermoso, no se había sentido sucio ni incorrecto, todo lo contrario. Había amor en sus caricias. Pero sabía que no tendría que haberlo hecho, sabía que no tendría que haberse dejado llevar por eso. No dejaba de ser sexo. A pesar de cómo se sintiera, del nombre que le diera, sexo o hacer el amor, no dejaba de ser lo mismo de siempre: Entregar su cuerpo. Poner su cuerpo a disposición de alguien.

Era inmaduro verlo así. Pero no podía evitarlo… Había crecido con eso y toda su vida, le habían restregado en su cara lo que era: Una ramera. ¿Cómo no sentirse dolida?

Unos labios sobre su mejilla le hicieron estremecer y por acto reflejo, se encogió en sus hombros, como si así quisiera alejarse de él. Pero era Lee, sabía que no tenía por qué temer, así que no se apartó. Se acurrucó contra él, haciéndose pequeña bajo aquellos brazos, y dejó que los labios del tigre blanco mimaran su mejilla y bajaran hasta detenerse sobre su hombro… Entonces, Lee la giró en sus brazos, colocándola boca arriba, y se colocó encima de ella, sosteniendo el peso de su cuerpo sobre sus brazos para no aplastarla. La besó. Un beso apasionado, pero dulce, con cierto toque posesivo, recordándole todo lo que sentía por ella.

La falta de aire los separó. Song se aferró al cuello de Lee con sus brazos y apoyó la frente en la de él, jadeando un poco. Esos besos la volvían loca. Eran únicos, especiales.

—Song… No me importa tu pasado. Ni lo que hayas hecho —Murmuró Lee, con la frente sobre la de ella y sus ojos aún cerrados— Sé la clase de mujer que eres, tampoco soy tan despistado como para no darme cuenta, y es así como te quiero… Te amo, nena, con tu pasado, con tu presente. Te amo por quien eres —Sonrió y depositó un ligero beso en los labios de la leopardo— Y tú, mi adorada Song, eres una hermosa mujer que, aunque sea muy en el fondo de su ser, tiene un gran corazón.

Con lágrimas rebosando sus ojos, Song no pudo evitar sonreír. Pero aquella sonrisa se veía amargada por la realidad que tenía que afrontar. No, no creía que aquellas palabras siguieran siendo las mismas cuando Lee se enterar que, todo ese tiempo, ella había sabido dónde estaba Lía. Él no la seguiría amando si se enteraba que ella estaba al tanto del daño que sufría Lía, pero aun así, no había hecho nada por detenerlo…

Sin contestar, Song se levantó de la cama y decidió ir a darse un baño. Era temprano y aún faltaba para que tocara el gong. Recogió ropa limpia, una toalla y le dio un último beso a Lee, quien dijo que iría a su cuarto antes de que Shuo despertara, para luego dirigirse al baño de las chicas. El agua caliente la relajaría y ayudaría a pesar…

Antes de que el gong sonara, Song ya se encontraba en su cuarto. Vestida, con el pelaje aún húmedo, la leopardo se sentó en el borde de su cama con el pequeño pergamino de Lin en su mano. Lo observaba, lo leía una y otra vez, casi deseando que aquello hiciera desaparecer las palabras ahí escritas. No sabía qué hacer. Si obedecer o simplemente huir. Si obedecía a su hermana, si cumplía con lo que en un principio de la había prometido, la dejaría en paz, ya no tendría que acatar más órdenes ni vivir a los antojos de ella. Pero si huía, no solo no tenía a donde ir, si no que Lin la encontraría… Y sería a peor. Tenía miedo. Miedo a su hermana, miedo a Jian, miedo a lo que le pasaría a ella. Incluso miedo por el bebé que iba a tener.

Sus ojos se humedecieron. Tomó una almohada y sin pensarlo, hundió el rostro en esta y gritó. Tan solo eso, tan solo gritó, ahogando su voz en la mullida almohada, hasta que la garganta le dolió y se quedó sin aire. Cuando se enderezó, sus ojos estaban rebosantes de lágrimas y jadeaba.

Echó una última mirada al pergamino, que había dejado caer en la cama, y ya más segura de lo que haría, salió del cuarto… Tenía que ver a su hermana.


Cuando tenía diez años, su padre lo había mandado por primera vez a tener un combate de verdad, enfrentándolo a estudiantes más grandes que él. Con ojos fríos, sin ningún sentimiento hacia él, hacia su hijo, Bao lo había lanzado como carnada a aquellos linces que le doblaban en edad y experiencia. Haku pensó que era injusto, pero no replicó. Quería la aprobación de su padre y si tenía que hacer eso para conseguirlo, lo iba a hacer. Sin embargo, al final, solo terminó golpeado y adolorido… Así se sentía, tal como aquel día. Impotente, con todo su cuerpo paralizado por el dolor. ¿Dónde estaba? ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? El lugar estaba oscuro, estaba vendado y esposado, encadenado a una fría pared de piedra.

Aquel pequeño rostro atormentaba su mente. Cada segundo, cada minuto, cada momento que pasaba allí, no podía apartar de sus pensamientos aquellos inocentes ojos, idénticos a los suyos, llenos de miedo y angustia. Solo era un pequeño. Solo tenía siete años. Solo… Un gruñido escapó por entre sus dientes al oír pasos acercándose.

La puerta de metal frente a él se abrió y un anciano león, acompañado por dos linces, entró a la pequeña y oscura celda.

—Despertaste.

La ronca voz de Bao hizo eco en el lugar. Haku gruñó.

—¿Que le hiciste?

—¿A quién?

—¡No te hagas, vejete!... ¡¿Que le hiciste a mi hijo?!

Haku se sacudió violentamente, jalando con todas sus fuerzas de las cadenas que lo aprisionaban contra aquella pared… Entonces, alguien le sujetó las muñecas. El ligero "click" de la llave en las esposas le avisó que estaba libre. Rápidamente, casi como un acto reflejo, se quitó la venda e hizo el intento de abalanzarse sobre su padre. Pero ni siquiera pudo tocarlo. Los linces que acompañaban al ciego maestro sujetaron a Haku de ambos brazos, reteniéndolo.

Bao sonrió, una sonrisa torcida y arrugada, y emitió una estridente carcajada… Estiró una mano, hasta tocar el rostro de Haku, quien tan solo gruñó y ladeó la cabeza para apartarse de la zarpa de su padre. Pero apenas lo hizo, el puño de este impactó con fuerza en su pómulo izquierdo.

—¡¿Creíste que ocultarías a ese sucio bastardo?! —Gritó el anciano león, furioso— ¿Que creíste, Haku? ¿Que yo no sabía que andabas con esa golfa trepadora?...

—Cállate…

—¿Acaso crees que yo jamás me enteré de que estaba embarazada? —Siguió Bao, ignorando a su hijo— ¡Soy tu padre, imbécil!... ¿Te crees que no conocía tus salidas? ¿Que jamás me enteré de las veces que la metiste a tu cuarto?... A mí no me puedes ocultar nada, Haku. Nada.

Haku gruñó y sintiéndose impotente por no poder hacer nada más, tan solo agachó la cabeza, negándose a ver los opacos ojos sin luz de su padre. Sentía asfixiarse con el tenso nudo de su garganta. El pecho le dolía y las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Se sentía como aquel pequeño de diez años, que indefenso, habían mandado a enfrentarse contra algo de lo que no tenía oportunidad.

Se sentía débil, vulnerable.

—¿Que le hiciste? —Murmuró, con voz ronca y temblorosa. Las lágrimas le nublaban la vista— ¿Qué hiciste con mi hijo?

Unos arrugados y huesudos dedos le sujetaron del rostro, obligándole a levantar la mirada. No entendió para qué. ¿Qué le importaba a su padre si lo miraba o no? Para el viejo león, eso no hacía ninguna diferencia… Pero lo entendió cuando los fríos y arrugados dedos de sus padres presionaron en sus mejillas, tocando los rastros húmedos que las lágrimas habían dejado en estas, y una escalofriante sonrisa curvó sus labios. Bao no podía verlo, pero quería que él viera el gozo que sentía al ver incluso a su propio hijo sufrir.

—Llévenselo de aquí —Ordenó Bao— Llévenlo con su… Hijo.

El desprecio en la voz de Bao era palpable, pero Haku no le prestó atención, tan solo escuchó aquellas palabras… ¿Significaba que el pequeño estaba bien? ¿Quería eso decir que no le habían hecho nada? Sus ojos brillaron con nueva esperanza, mientras rogaba mentalmente a los dioses para que el pequeño leoncito de siete años estuviera sano y salvo.

Los linces que lo sujetaban jalaron de él hasta sacarlo de la celda… Minutos más tarde, supo que todo ese tiempo había estado en los calabozos del Templo de la Garra. Con las manos en su espalda, ambos linces lo escoltaron fuera del lugar, siguiendo los lentos pasos de Bao. Miradas curiosas de los alumnos que aún permanecían en el templo se posaban en ellos, la mayoría niños no mayores de quince años que no habían sido mandados a atacar el palacio. Haku los ignoró y cabizbajo, continuó caminando, empujado por los escoltas de su padre.

Aquel día, estaba dispuesto a acompañar a su padre. No le importó a ayudarle a planear aquello, no le importó sobornar a Ryu para que les diera las posiciones de los tronos, para que les pasara información de Shuo, Lee o Tigresa. No le importó, él sólo obedecía a su maestro, sólo le era leal a su padre. Pero ahora, se le revolvía el estómago al ver los jardines del palacio destruidos por la espada del templo, y pensar que él había sido partícipe de ello. Se arrepentía. Se arrepentía de haber buscado a su hermana y entregarla a los alumnos de su padre, se arrepentía de haber dejado a Kioko simplemente irse con su hijo, solos, sin protección, de haber ayudado a Jian a ir al Palacio de Jade. Sabía lo que su amigo tenía planeado. Sabía el daño que planeaba hacerle a aquella pequeña, el daño que quería causar en Tigresa. Lo sabía todo y aun así, no lo había detenido.

La entrada al palacio estaba rodeada. Panteras, linces, leopardos, pumas. Todos ellos mirándolo con ojos burlones y arrogantes. Haku no se molestó en devolverles la mirada, hasta que en medio de todos aquellos ojos, vio los de aquella pantera. Oscuros, burlones, llenos de malicia. Haku gruñó y la pantera le devolvió una ladina sonrisa.

—¡Oye, Haku! —Gritó aquel gato— ¡Me han dicho que ese bastardo era tu hijo!... Valla que volteaste a aquella ramera.

Las estruendosas carcajadas de los demás no se hicieron de esperar. Haku rugió y jaló violentamente para soltarse de aquel agarre, con intenciones de abalanzarse sobre aquella pantera. Lo iba a matar con el filo de su propia espada, así como él había matado a Kioko. Se cobraría la vida de su esposa con la de su asesino…

A duras penas, los dos linces lo apartaron de aquel grupo y se lo llevaron dentro. Haku no supo en qué momento Bao se separó de ellos, pero no le importó. No tuvieron que obligarlo a subir las escaleras, ni a caminar los pasillos en dirección al cuarto en donde tenían encerrada a su hermana, y donde seguramente también lo encerrarían a él. Quería llegar ya. De no ser porque lo tenían sujeto, se hubiera lanzado a correr en aquella dirección. Quería ver a su hijo, saber que estaba bien, abrazarlo, besarlo, hacerlo sentir seguro. Quería estudiar cada detalle de aquel pequeño rostro, ver fijamente a aquellos ojos oscuros, idénticos a los de él. Tenía sus ojos. Su hijo había heredado sus ojos. Tal vez sonara tonto, pero la simple idea lo llenaba de esperanza y aumentaba aquellas ansias por verlo. Un hijo que jamás había conocido, pero que había amado desde que supo que existía. Por el cual haría lo que fuera por proteger.

Llegaron al pasillo y se detuvieron frente a la puerta. Se escuchaban pasos al otro lado y la dulce, aunque algo desafinada, voz de Aiko cantando lo que parecía una canción de cuna…

—¡Haku!...

En cuanto la puerta se abrió, Aiko corrió hacia él y le echó un brazo al cuello, arrimándolo a ella en un asfixiante abrazo. Como primer acto reflejo, llevó las manos a los hombros de su hermana para empujarla, no estaba acostumbrado a tanta efusividad, pero en cuanto la escuchó sollozar contra su pecho, no dudó en corresponderle. La puerta a su espalda se cerró, pero ni siquiera le prestó atención.

—Aiko… Ya, pequeña. Estoy aquí —Murmuró al oír los sollozos de su hermana— Estoy bien.

—Pensé… Pensé que te habían lastimado.

Haku sostuvo los hombros de Aiko y la apartó unos centímetros de él para observarle el rostro. Sus ojos vidriosos por las lágrimas y sus mejillas empapadas. Sonrió, una sonrisa cálida y confortable, y acunó el rostro de la leona entre sus manos, pasando sus pulgares por los húmedos pómulos de ella.

—Tranquila. No pasó nada.

Ella le sonrió y tan solo volvió a abrazarlo, escondiendo el rostro en su pecho. Haku no tuvo problemas en corresponderle. Fue entonces, cuando el pequeño cachorro que Aiko sostenía en su brazo derecho se removió entre ambos, llamando la atención de Haku…

—Oh, lo estamos apretando —Murmuró Aiko, apartándose unos pasos.

Haku no contestó. Tan solo se quedó mirando el pequeño niño de siete años que dormía en brazos de su hermana, con la cabeza recostada en su pecho y aferrándose a ella con brazos y piernas. Aiko murmuró algo que él no escuchó, a la vez que rodeaba protectoramente el cuerpo del pequeño con sus brazos, meciéndolo para que siguiera durmiendo. Haku no sonrió, no hizo gesto alguno, se mantuvo con su mirada dura y algo severa. Sin decir nada, pasó sus brazos por entre los de su hermana para sujetarlo. Aiko no puso réplica y aunque algo dudosa, le entregó al niño. Dudoso, casi de manera torpe, Haku lo sostuvo con su brazo derecho, acunándolo contra su pecho, y llevó la mano izquierda para acariciar con la punta de los dedos las sonrosadas mejillas del pequeño…

Era simplemente increíble. Su pequeña naricita, sus mejillas, aquellos pómulos altos y redonditos, el labio inferior ligeramente más relleno que el superior. Haku se tomó su tiempo para observar, para delinear con sus dedos cada detalle, cada mínimo rasgo, incluso las tres líneas que se formaban en su entrecejo adorablemente arrugado. Lo acomodó mejor en su brazo, acomodándole el chalequito azul y el pantalón marrón que tenía puesto, para luego acariciar con mimo la aún corta melena del niño, justo entre sus enormes orejas redondeadas.

Se veía tan pequeño, tan frágil. No era como que tuviera mucha experiencia con niños, ni siquiera con los pequeños del Templo de la Garra. Haku nunca se había llevado bien con los cachorros, pero este era su hijo, su pequeño, simplemente no podía no quererlo… Sonrió, una sonrisa pequeña y temblorosa, y con los ojos rebosantes de lágrimas, estrechó al pequeño contra su pecho, rodeándolo con ambos brazos. Entonces, sin importarle que su hermana lo estuviera observando, tan sólo dejó los sollozos emanar libremente. Lloró, sin reservas, sin vergüenza al hacerlo, dejando salir toda la angustia que tenía dentro, lloró contra el hombro de su pequeño hijo. Se parecía mucho a Kioko. Tenía muchos rasgos de ella y tenerlo en sus brazos solo hacía que la imagen de aquellos ojos color miel, sin vida alguna, se presentaran una y otra vez en sus recuerdos.

Sintió sus piernas temblar y no luchó en mantenerse de pie. Recargó la espalda en la puerta y se dejó caer sentado al suelo.

—Se llama Xiang.

La voz de Aiko llamó su atención. Haku levantó la mirada y observó a Aiko sentarse junto a él en el suelo, apoyando su brazo contra el de él. La leona estiró una mano para acariciar la mejilla del niño, que tan solo ronroneó y se acurrucó aún más contra el pecho de Haku, escondiendo el rostro en su pelaje.

—Conseguí que hablara un poco. Estaba muy asustado —Murmuró Kioko, con la mejilla apoyada en el hombro de su hermano— Pobrecillo… Me preguntó por su mamá. Realmente no supe qué contestarle.

—Kioko… ella…

—No hace falta que lo digas. Lo vi todo —Aiko miró de reojo a su hermano— Y tu… ¿Quién era ella, Haku?

Haku no contestó, no de inmediato. Observó a su hijo dormir en sus brazos, tranquilo, ajeno a la realidad que se presentaba a su alrededor, y luego levanto la mirada hacia su hermana.

—Conocí a Kioko hace unos diez años Ella no tenía familia, vivía con una señora ya mayor en la ciudad, y la vi cuando volvía de una pequeña expedición por los bosques—Murmuró, con la voz temblorosa— Ella era bastante menor, una niña a comparación mía, pero era hermosa. Tenía una inocencia única. Aunque a Bao no le caía bien ella. Nunca supe porque, solo que cada vez que nos veía juntos se ponía de malas. Pero yo la quería mucho y no por eso dejé de verla. Al poco tiempo comenzamos a salir… —Aiko arqueó una ceja y Haku no pudo más que esbozar una melancólica sonrisa. Eran buenos tiempos— No estuvimos mucho tiempo de novios, un poco más de un año, antes de que le pidiera matrimonio…

—Wou. Pero qué…

—No interrumpas. La amaba —Se excusó Haku— Ella aceptó… Pero las cosas no salieron como pensábamos. Nos casamos a espaldas de Bao y al poco tiempo ella… Bueno… Creo que ya…

—Espera un momento —Interrumpió Aiko— La embarazaste ¿Cierto? —Haku asintió— Y este niño es… ¿Tu hijo?

—¡No! Mi sobrino —Espetó el león, sarcástico, molesto por la obvia pregunta de su hermana— Sí. Se embarazó de mí y como verás, fue un lindo varoncito.

Había cierta burla en la voz de Haku, pero ningún rastro de humor. Una manera amarga de burlarse de la situación. Apoyó la cabeza en la puerta, cerrando por unos segundos los ojos. Los recuerdos le dolían. Imágenes de Kioko llenaban su cabeza. La pequeña sonrisa de ella, aquel tímido hoyuelo en su mejilla derecha, el constante rubor de sus mejillas, la inocencia de sus ojos color miel. Ella era hermosa, era especial. A su opinión, era perfecta. Pero lo que lo enamoró de ella, fue aquella manera de sonreír, aquella actitud positiva. Kioko siempre podía ver luz donde él solo veía oscuridad. Con una sola mirada, con una sonrisa y un simple rose de sus manos, ella podía hacerlo olvidar de todo lo que lo rodeaba.

Le hubiera gustado estar más tiempo con ella. Le hubiera gustado darle todo lo que ella se merecía: Una familia, un hogar, ser quien la protegiera.

Xiang se removió en sus brazos, llamando su atención, y Haku lo acomodó mejor contra su pecho. Lo observó dormir. Se veía tan tranquilo, tan lleno de paz, tal vez sus mejillas aún seguían húmedas, seguramente por las lágrimas del susto, pero su pequeño cuerpo seguía tan relajado como si nada hubiera pasado. La inocencia. Pensó el león, observando con una pequeña, algo rota y amarga, sonrisa. No quería ser él quien le dijera a un niño de siete años que ya no volvería a ver a su madre. No quería ser él quien le dijera a su propio hijo que su madre ya no estaba. Pero Xiang despertaría en algún momento y volvería a preguntar por ella y si no era él ¿Quien más?

—¿Cuántos años tiene? —Preguntó Aiko.

Haku arrugó el entrecejo.

—Siete —Murmuró, un poco dudoso— Si es que no ha cumplido los ocho ya.

Aiko sonrió y estiró una mano para peinar con sus dedos la corta melena del cachorro, que aún dormido, se aferró al brazo de la leona con sus pequeñas manitos.

—Mami… —Sollozó— Mami, despierta.

—Oh.

Aiko agachó la mirada, sin saber muy bien que decir, y miró de reojo a su hermano. Haku permanecía con el semblante tenso, imperturbable. Sin decir nada, el león se levantó con su hijo en brazos y se dirigió hasta la cama, depositando con suavidad al niño en esta. El cachorro sollozó un poco y se abrazó a una almohada, pero no despertó. Haku lo arropó y sin siquiera mirar a su hermana, se dirigió al balcón. Se apoyó en el barandal y tal como la otra noche, miró hacia la misma dirección por la que había visto aparecer a Kioko.

Ella estaba asustada. Solo quería proteger a su hijo. Ella sabía lo que les iba a pasar. Pero había algo que no le cerraba: ¿Por qué la habían ido a buscar? Ella no era una amenaza para nadie. No representaba ningún peligro. Bao no tenía razones para hacerlo y conociendo a su padre, Haku sabía que él necesitaba mucho más que solo "querer hacer daño" para algo semejante. Ahí había algo oculto. Bao sabía algo que no quería que nadie se enterara, pero él lo iba a averiguar.


Las piernas le temblaban de los nervios y el sudor frío caía por su nuca, tal como siempre que visitaba aquel lugar, donde sus más dolorosos recuerdos tomaban vida. Sintió arcadas y por acto reflejo, se llevó una mano al abdomen, como si con aquel simple acto, quisiera proteger al bebé. Escuchaba pasos detrás de la puerta, junto a bajos murmullos que aunque no lograba entender qué decía, sabían que eran de dos personas. Lin estaba ahí y de seguro Jian también. Song tragó grueso y cerrando los ojos, en un pobre intento de juntar valor inexistente, levantó su mano derecha cerrada en puño para llamar a la puerta con sus nudillos.

Toc… Toc… Y entonces, el llanto de una niña la interrumpió. Song se congeló en su lugar y retrocedió un par de pasos, pegando un respingo cuando su pie izquierdo aplastó una ramita en el suelo. Esa era Lía. No la sorprendía que la tuvieran ahí, era lo obvio, pero le revolvió el estómago oírla llorar de tal manera. La estaban lastimando. Era un llanto amargo, casi desesperado. No parecía el de una niña pequeña.

Pasos pesados se detuvieron detrás de la puerta y Song, por debajo de esta, vio la sombra de alguien…. ¿Qué hacía? Jadeaba, sudaba frío y el estómago le dolía. Entonces, cuando escuchó el crujir del picaporte al otro lado, rápidamente corrió hasta rodear la casa. SE escondió entre unos arbustos y asomó su cabeza por el costado. Jian salió de la casa, observando por todos lados, pero al no ver a nadie, volvió a entrar, cerrando la puerta tras de él. Song suspiró, aliviada, cuando un nuevo sollozo llamó su atención. Se oía cerca y tal vez fuera porque le dolía oír tales lamentos de una niña, tal vez solo era ese lado maternal que siempre intentaba ocultar, pero no pudo evitar seguir la dirección de los gimoteos de la pequeña.

Llegó hasta una ventana, pequeña y cuadrada, o lo que en algún tiempo habría sido una ventana, porque parecía ser parte de la pared, tapada por tablones de madera. No tardó ni cinco segundos en reconocerla: La ventana de su cuarto, por la cual solía escapar de esa casa cada vez que las cosas se ponían feas, cada vez que no podía defenderse de Lin y cuando el padre de ambas amenazaba con golpearla. Su hermana había tapado esa ventana una noche, luego de que Song lograra escapar de uno de los ya habituales en aquel entonces ataques de Jian. Estaba harta y no creía soportar otra violación del tigre siberiano… Cerró los ojos, conteniendo las lágrimas ante el recuerdo, y sin pensarlo dos veces, impactó con fuerza su puño contra uno de los tablones. El golpe dolió, demasiado, pues nunca había hecho algo así, pero no le importó.

Lo volvió a hacer. Sus nudillos comenzaron a sangrar, pero ni aun así se detuvo… Lo hizo otra vez, y otra, y otra, hasta que la madera del primer tablón se quebró. Cansada y jadeando, se sujetó la mano derecha contra el pecho, ahogando los sollozos por el dolor. Estaba segura que se había roto algún dedo, tal vez en meñique, el cual no podía mover.

—¿Quién está ahí? —La temblorosa y ronca voz de la pequeña Lía se escuchó del otro lado del cuarto.

Song se asomó a la pequeña ventana, intentando sacar los demás tablones con sus zarpas.

—¿Lía? —Llamó, con la voz más dulce que pudo.

—S… S… ¿Song?

—Si… Tranquila, yo… Yo… Te sacaré de aquí.

Quitó el último tablón y su corazón se oprimió dolorosamente contra su pecho al ver a la pequeña Lía, a aquella cachorra tan impertinente que en realidad nunca le había caído bien (Y nunca lo haría), atada a una silla, temblando del miedo y con una venda en sus ojos. Estaba golpeada. No necesitaba acercarse para distinguir entre aquel pelaje, blanco como la nieve, las manchas rojas de sangre y la cortada en su mejilla, que ya comenzaba a cicatrizar, de la cual seguramente había emanado… ¿Como alguien podía hacerle eso a una pequeña?

Te sacaré de aquí… Lo hacía por Lee, sabía que él amaba a su sobrina, y también por Y Tigresa. Porque perder un hijo era algo que Song no le deseaba a nadie, ni siquiera a la felina rallada.

No le costó nada pasar, aunque si le incomodó un poco su abdomen. Tal vez no estuviera abultado, pero la dureza en este era suficiente para molestarle. Corrió hacía Lía y se hincó frente a ella. Los constantes hipidos sacudían con fuerza el pecho de la cachorra. Jadeaba y sollozaba. Estaba nerviosa, casi al borde de la histeria. Song murmuró varias palabras, intentando tranquilizarla, y le sujetó el rostro entre sus manos, acariciando con los pulgares el empapado pelaje de sus mejillas. Lía podía ser odiosa, pero no dejaba de ser una niña. Una niña asustada, que sólo quería saber que toda aquella pesadilla había acabado.

—Shh… Shh… Respira, tranquila. Todo está bien —Con delicadeza, le retiró la venda de sus ojos— Ya pequeña… Te sacaré de aquí.

Lía temblaba. Sus enormes ojos verde jade, asustados y rebosantes de lágrimas, se posaron sobre los preocupados ojos morados de la leopardo. Había duda en la mirada de la pequeña, miedo, desconfianza, pero aun así, una pequeña y rota sonrisa curvó sus resecos labios.

—Te ves más gorda, carbón manchado —Murmuró.

Song sonrió y emitió una risa nasal, más por el alivio de que la pequeña se encontrara "bien" que por la broma. No contestó y usando sus garras, liberó las lastimadas muñecas de la cachorra de los grilletes que la habían atado todo este tiempo. Tenían que salir rápido de ahí. No creí que su hermana o Jian tardaran en aparecer por ahí. Pero entonces, Lía se abalanzó sobre ella y le echó los brazos al cuello, aferrándose a ella con todas las fuerzas que tenía en ese momento.

—Gracias, Song —Sollozó Lía contra su cuello.

Song quedó congelada, sin saber muy bien cómo reaccionar, hasta que sus ojos encontraron aquella pequeña cuna ubicada junto al viejo armario. Cerró los ojos y con lágrimas corriendo por sus mejillas, estrechó a Lía en sus brazos, devolviéndole aquella muestra de afecto… Y por un minuto, también se permitió pensar que aquellos bracitos eran los de Yuan, que era a él a quien sus brazos protegían. Se imaginó a su cachorro, llamándola "mamá" con una voz dulce y aniñada, abrazándola solo porque quería sentir el calor y el cariño que ella le daba. Estrechó un poco más a Lía en sus brazos, enterrando su rostro en el hombro de ella, y luego se enderezó para verle el rostro.

Sonrió, una sonrisa cálida y maternal, para luego pasar acariciarle el rostro con sus manos.

—Anda, nena, debes salir de aquí.

Lía asintió y sin contestar, siguió a Song hasta la ventana. Sentía sus piernitas débiles, sus brazos pesados y tenía sueño. Pero sabía que debía aguantar. Ya pronto todo acabaría. Ya pronto estaría junto a su mamá, ya pronto dormiría en los brazos de alguno de sus tíos. Con algo de esfuerzo, logró salir por la pequeña ventana, la cual juraba que antes no estaba ahí, y se paró a unos pasos de distancia para esperar a que Song la siguiera. Inquieta, jugaba con sus manitas y sus ojos se desviaban de vez en cuando a la puerta de entrada. Tenía miedo a que Jian o Lin aparecieran y las descubriera. El estómago le dolió ante la idea, aunque también le dolía del hambre.

Entonces, justo cuando iba a voltearse para apurar a Song, un agudo chillido, seguido de un golpe seco, le hizo pegar un respingo. Con el terror erizando el pelaje de su espalda y el sudor frío en su nuca, se asomó nuevamente a la pequeña ventana e instintivamente retrocedió al ver a Jian en el cuarto, con su zarpa firmemente cerrada en torno al cuello de Song, sosteniéndola contra la pared y elevándola unos centímetros del suelo. La leopardo pataleaba en el aire y sollozaba, pidiendo por favor que la soltara.

Lía estaba en shock. No sabía qué hacer. Si salir corriendo o no. No podía dejar a Song ahí, ella se había arriesgado para ayudarla. No supo que decía Jian, no lo escuchaba, pero cuando reaccionó, el puño del tigre siberiano impactó con fuerza sobre el abdomen de la leopardo.

Song chilló y cuando Jian la soltó, cayó de rodillas al suelo, abrazándose a su abdomen, con sus ojos firmemente cerrados y llorando el silencio, incapaz de emitir ningún ruido. Dolor. Un desgarrador dolor tan fuerte que no tenía ni idea dónde comenzaba y en dónde seguía. Calor. Un calor insoportablemente incómodo, como fiebre por dentro de su abdomen. Entonces, algo viscoso y cálido recorrió sus muslos… Sangre.

—¿Qué hiciste?

Su voz apenas se escuchó. No podía hablar. Le faltaba el aire. Su vista se nubló y lentamente, fue cayendo en la inconsciencia… Pero antes de ello, alcanzó a escuchar las frías carcajadas de su hermana y el desesperado chillido de Lía.

Continuará…


Emmm… sin comentarios.