Nota: En este capítulo incluyo algunas frases de Luna Nueva. Son de Stephanie Meyer y de su Saga, lo mismo que los personajes. Yo sólo juego con ellas. Esta es mi propia versión de la historia.
29. Error humano.
Rosalie tenía razón. Creía que jamás diría algo así o pensara en la perfecta hermana mayor de Edward, pero desde hacía unas horas parecía que había cambiado su perspectiva de la vida. Le instó a tomarse una ducha caliente que por seguro la relajaría mientras ella se ponía al día con Alice en la expedición de caza y eso era lo que había pasado.
Alice mágicamente había dejado todos sus artículos de aseo en el cuarto de baño antes de marcharse, así que fue agradable usar su champú con olor a fresas al lavarse el cabello o envolverse en su albornoz color rosa. Incluso al salir para vestirse pensó usar uno de los pijamas que estaban en su parcelita dentro del vestidor pero como dudaba que su cuerpo soportara nada tan ajustado decidió buscar algo más cómodo y holgado.
Quizás era intromisión, pero qué narices, fue él el que le dejó quedarse allí en vez de usar la habitación de invitados así que prestarle uno de sus pijamas era lo menos que podía hacer.
La camiseta color azul con el pantalón de cuadritos le traía buenos recuerdos así que oliendo esa esencia suya, se enfundó en la amplia prenda.
Recuerdos. Eso iba a ser con lo que tirar de aquí en adelante. Aunque todo tenía su parte buena, ¿no? Edward había estado muy preocupado los últimos días intentándola convencer de que esperaran de nuevo a la noche de bodas y fíjate tú que hasta lo había conseguido. Le felicitaría por su absurda victoria moral y por su cabezonería, su mente cerrada y su manera de reaccionar desmesuradamente ante las cosas que le atañían cuando decidiera volver a dirigirle la palabra.
Se sintió furiosa, más furiosa que nunca. Podía hasta golpearle. Zarandearle para que entrara en razón. Por recordarle las veces que le había hablado de ese futuro que tenían juntos y de la familia que formarían. De…
El enfado se tornó a pena en décimas de segundos y sólo sintió ganas de correr hacia la cama y meterse bajo aquel edredón de plumas tan cálido para no pensar más.
Se tapó incluso la cabeza, apretándose contra la almohadas. Unas comodísimas almohadas de plumón ligeras y acolchadas. Sacó la cabeza cuando empezó a asfixiarse y así le dio un empujón a la foto de la mesilla donde sonreía en la cocina de Charlie. Con eso un libro fue a parar al suelo y al estirarse a recogerlo se dio cuenta que era la copia de Romeo y Julieta que le había regalado por Navidad. Y dentro estaban las dos entradas para el concierto que había comprado para él y Alice que nunca llegaron a usar por la reclusión de Alice semanas atrás.
Se sintió entonces sola, más sola que nunca. Edward no la comprendía y… los Cullen se marcharían. Alice no estaría en ocho semanas, lo mismo que Esme, Carlisle, Emmett, Jasper e incluso Rosalie. Mucho iba a tener que esforzarse para que fueran amigas íntimas o proteger al bebé con el tiempo con el que contaban. Jamás iba a poder convertir todo ese odio y acritud en algo bueno porque el tiempo jugaba en su contra. Y eso, sí que le asustó.
A punto estuvo de llorar angustiada dominada por su torrente hormonal y volver a asfixiarse bajo el edredón cuando le pareció escuchar notas musicales. Notas musicales de un piano.
Se sentó en la cama y durante unos instantes dejó de respirar para poder captar la melodía mejor. Una melodía extrañamente triste y pausada. De todas las veces que había oído tocar a Edward o de todos los Cds que Esme tenía recopilados de cada una de las interpretaciones de Edward a lo largo de los años jamás había oído nada así: ni su nana, ni la favorita de Esme, ni ningún clásico de los que solía interpretar.
Se incorporó, puso los pies en el suelo y a la vez que comenzaba a caminar a la puerta el tempo cambiaba gradualmente: más armónico e incluso alegre. Se interrumpió en un par de ocasiones pero se reanudó de nuevo así que curiosa salió del cuarto e incluso llegó al pasillo para asomarse al salón desde la parte de arriba de la escalera, agazapándose detrás de una de las columnas para poder mirar sin ser vista.
Allí estaba, sentado en el banco delante del instrumento, interpretando lo que fuera que tuviera escrito en ese pentagrama. Podía mirarle así horas. E incluso olvidar el enfado, el rencor y su actual situación. Edward era el ser más perfecto en lo que podía posar sus ojos, sobre todo cuando deslizaba los dedos de aquel modo por las teclas negras y de color marfil al ritmo de la música.
Definitivamente, podrías estar mirándole no horas, días quizás.
La música paró de repente, como antes, y Edward movió la cabeza, negando. Se agazapó más pegándose en la columna por si acaso daba cuenta de su presencia, pero Edward sólo tomó algo sobre el atril - lo que desde el ángulo de Bella parecía un lápiz - y garabateó en las partituras tachando y anotando algo en los márgenes.
¿Estaba…?
¿Estaba componiendo? ¿Así era como lo hacía? Siempre se había preguntando qué hacía cuando escribió su nana o cómo se inspiraba, si quizás necesitaba un ambiente especial, una luz o estar acompañado de alguien que le guiara y le dijera si su melodía sonaba bien o no, así que la escena de por sí ya le fascinó más.
Era estar dentro de un momento íntimo de los que aún no habían compartido.
Reanudó la melodía, la volvió a detener a las tres siguientes notas, hizo otro tachón y tocó de nuevo.
-Ten, hijo, te sentará bien.
Se pegó de nuevo a la columna cuando Esme apareció en el salón desde el comedor llevando una taza con algo humeante y oscuro - quizás café o chocolate caliente- pero hasta que no llegó a su altura y le tocó el hombro, Edward ni siquiera dejó su actividad con un gran suspiro. Tomó la taza sin mirar a Esme, meneó la cabeza de nuevo y volvió a anotar apoyando antes la taza sobre el piano.
Por arte de magia apareció debajo un posa vasos y eso que Esme daba la impresión de seguir quieta allí, cual estatua, apoyada en el hombro de Edward.
Tras varios instantes de silencio y quizás un par de sorbos, Esme le acarició el cabello:
-Deberías descansar.
Esme repitió la caricia en los cabellos y se quedó allí, escuchando la melodía. Movió la cabeza al ritmo de la música, volvió a acariciarle los cabellos y entonces, levantó la vista mirando directamente a Bella, en su esquina.
Se pegó completamente a la columna como si así evitara que con sus poderes vampíricos no la estuviera oyendo respirar, los latidos de su corazón o el olor de su sangre, más cuando se puso abruptamente roja de la vergüenza por la intromisión, pero al segundo después y en el siguiente latido de su corazón apresurado por el sobresalto asomó un ojo y vio la sonrisa de la madre adoptiva de Edward que le asintió con la cabeza.
Bella sintió que su dulce rostro con forma de corazón le comunicaba que era el momento para acercarse. Más cuando anunció:
-Te dejaré solo.
Y sin más, sin apartar su mirada dorada de ella, desapareció con la misma velocidad que apareció el posa vasos sobre el piano.
Vale. Quizás ese era el momento para dejar de arrastrarse por el torrente de hormonas en el que estaba sumida y empezar a ser Bella de nuevo. ¿Y qué haría la Bella normal en un caso como ese? Bajar las escaleras e ir hacia Edward para hablar con él. Intentar convencerle, decir lo que sentía y compartir lo que había dentro de ella. Quizás Edward era la persona más difícil del mundo cuando se trataba de hacerle cambiar de idea respecto a algo - su inmortalidad, su boda, la Universidad,…- pero se sentiría mal consigo misma si no lo intentaba.
Ya había sido suficiente de estar sumergida en su burbuja de dolor, como en todo el viaje desde Florida donde sólo había estado intentando ahogar su llanto, aunque en casos fue en vano. Ya había sido suficiente de intentar castigarle con su falta de interacción, como en el aeropuerto donde si quiera pudo tomarle de la mano, cuando lo que realmente quería y necesitaba era correr a él y abrazarle para no soltarle más.
Tenía que hacerlo por ellos, por los dos. No, por los tres. Por el bebé.
Casi de puntillas e intentando que sus pies descalzos no sonaran a cada paso, bajó la escalera y empezó a cruzar el salón hacia el piano. El suelo estaba cálido y la alfombra que tapizaba el suelo del salón le hizo cosquillas en la planta de los pies mientras procuraba deslizarle sigilosa, sin tropezar y ágilmente como hacían Esme y Alice.
Edward continuó tocando, absorto en sus pensamientos y en la melodía que volvía a tornarse a las notas melancólicas del principio. A penas apretaba los labios o fruncía el ceño, pero no emitía más emoción externa, así que Bella se quedó quieta, a media decena de pasos de él para decir con voz tímida:
-Es una canción un poco triste.
Edward dio un respingo y la miró dejando de tocar de golpe, tanto que la melodía terminó con dos notas desafinadas. La observó unos segundos como si no creyera que le estaba hablando y se volvió de nuevo a centrar en el piano, antes tomando su lápiz para anotar algo y reanudando la melodía. Tenía las ojeras más marcadas que nunca antes, incluso cuando era vampiro, quizás porque el resto de su piel no estaba pálida si no saludablemente bronceada por las horas de sol en Florida o porque la barba por estar sin afeitar era más incipiente.
-Así es como me siento.
El estómago se le volvió de nuevo del revés y eso que el ginger ale había sido un remedio bastante exitoso. La voz de Edward sonó tan dura y a la par tan atormentada que bien tuvo ganas de volver a dejarse arrastrar por sus hormonas y huir de nuevo escaleras arriba a ahogarse bajo el edredón de plumas, pero se recompuso cuando recordó la verdadera razón por la que estaba allí.
Los dos. Los tres. El bebé.
Como si no estuviera allí y cuatro notas después, Edward se detuvo de nuevo, garabateó la partitura y murmuró:
-No sé en qué estaba pesando cuando escribí esto. Es horrible. Y no tiene ritmo alguno.
Compostura. Aplomo. Decisión. Bella tomó aire y volvió a hablar:
-¿Qué es? Nunca lo había escuchado.
-Nada. No importa- respondió en aquella voz suya monocorde.
Pasó la hoja del atril, tachó de arriba a abajo los pentagramas y empezó a tocar una escala musical para pararse en una nota en concreto aporreando las teclas.
-Es este maldito piano. Nunca ha sonado bien. Mi antiguo piano sí que sonaba bien. Con él jamás podré tocar ni una sola melodía decente- dijo entre dientes.
El antiguo piano. El antiguo piano que destrozó Victoria. Un piano seguro que carísimo, como todas las cosas de los Cullen, que tendría décadas de antigüedad y que habían transportado a lo largo del país por cada uno de los sitios en los que se habían instalado.
Quizás era especial para Edward, como el colgante o el anillo y nunca se lo dijo. Y ahora no lo tenía. Por su culpa.
Batió la cabeza. Compostura de nuevo. Aplomo. Decisión.
-Esme me ha… subido algo de comer,… he usado tu cuarto de baño y… voy a intentar dormir un rato hasta que sea hora de ir a casa de Charlie en tu cama. Espero que no te importe.
-No- aporreó una tecla más- Puedes usar cuanto hay en mi habitación para hacerte sentir cómoda.
-¿Tú no vas a… subir? No has dormido nada en 24 horas.
-Sí. Intentaré dormir algo en la habitación de Esme y de Carlisle.
En la habitación de Esme y de Carlisle.
Ah.
Es decir, que ya no podría estar ni siquiera en la misma habitación que ella.
Solamente no iba a perdonarle que quisiera seguir adelante con el embarazo, si no que aparentemente - y sin responder como un caballero, de la forma que Esme esperaba - ni siquiera soportaba estar en el mismo espacio que ella.
Ya no quedaba compostura. Ni aplomo. Ni una pizquita de decisión.
Más cuando entre sus murmuraciones sobre la calidad del piano dio la vuelta a la partitura y pudo ver entre los tachones y las anotaciones el título de la melodía:
Recién casados.
¿Esa canción tan triste y deprimente era la que le había inspirado el día de su boda?
No podía soportar un segundo más allí. Se ahogaba. No aguantaba hablarle a la nuca a Edward. Que no le mirara. Su indiferencia. Tenía que salir de allí.
Charlie Swan tenía toda la razón cuando le llamaba ese capullo. Y seguro que cosas peores sobre todo ahora, cuando Bella le contara las buenas nuevas. Porque su comportamiento no se merecía ningún elogio. ¿A qué venía estar allí centrado en afinar el dichoso piano? Seguro que en cuanto se levantara del taburete Esme estaría llamando al mejor afinador de Seatle o encargaría un Bossendorfer directamente desde Viena.
Pero es que… no podía hacer otra cosa. No podía mirar a Bella a la cara, por lo que se quedó todo el tiempo de espaldas contestando con monosílabos para que no notara lo que le temblaba la voz. Sentía una especie de fuerza sobrenatural que le tomaba de la nuca y le impedía girar el cuello, ni levantar la cabeza. ¿Quizá era el peso por la vergüenza? Así no podía decir lo que lo sentía cuando ella ya asumía que estaba sola tras su mala decisión.
Tenía que encontrar el valor. Y lo tenía, estaba seguro. En alguna parte de su cuerpo, que ordenara a sus músculos ponerse en marcha, volverse e ir hacia ella para abrazarla hundiendo la cara entre su pelo que tenía la mejor esencia del mundo.
Sí, lo tenía. Estaba ahí. ¡Claro que estaba allí! Si encontró el valor necesario para pedirle a los Volturis que le devolvieran su mortalidad, cuando sabía que nadie antes lo había logrado, algo le quedaría, si no se lo llevó todo Jane de una de sus descargas sádicas.
Ese comportamiento infantil no era típico de él. Defraudaría más aún a Carlisle que le había dicho que hablara con Bella. O a Esme. Y ya había sido suficiente por hoy.
Voz clara y concisa. Carraspeó para ello y preguntó:
-¿Te encuentras mejor? ¿Te ha sentado bien la…?
Pero cuando giró el cuello tras luchar contra el poder sobrenatural que le obligaba a tener la cabeza baja para mirar a Bella sólo la vio echar a correr escaleras arriba llevando uno de sus pijamas puestos que sobraba y bailaba en su estrecha y pequeña figura.
Estaba cansada, estaba agotaba y no, no podía más. Subió las escaleras lo más rápido que pudo incluso pisándose el pantalón que le quedaba levemente largo, cruzó el pasillo y cuando cerró los ojos más fuerte que pudo se envolvió en el edredón de plumas para no salir más.
¿Qué…? ¿Qué había pasado? ¿Lo había hecho mal? ¿Otra vez? ¿Los errores garrafales y las malas decisiones iban unidos sin capacidad de separación con la envoltura humana? ¿Cómo era capaz de hundirse más y más en aquellas arenas movedizas, hacer llorar a Bella de nuevo y portarse como un…?
-¿…imbécil? ¿Esa es la palabra que estabas buscando?
Una voz de campanilla irrumpió en el salón y apenas le bastó un pestañeo, salir de su shock y de su bloqueo mental donde seguía mirando hacia las escaleras donde Bella había desaparecido para ver la figurilla de Alice cruzar desde la puerta del jardín trasero.
-Estabas a punto de decirlo en voz alta, no encontrabas la expresión exacta, así que he decido intervenir. Y además, voy a añadir un par de cosas, Edward Cullen- añadió sin parar para tomar su innecesario aire mientras caminaba hacia él trotando ágilmente como un potrillo mientras le señalaba con el dedo índice- Como no muevas el culo y vayas detrás de Bella, te arrastres si hace falta, te morderé. Y no me costaría nada porque he empleado todo el tiempo de la caza en intentar darle esquinazo a Rosalie y en tapar mi esencia por el bosque para que no sepa que he vuelto a casa.
Se plantó delante de él y con ese mismo dedo acusador, le golpeó el hombro. Fue un leve toquecito pero el roce del dedo helado y duro como el mármol le hicieron tambalearse y quejarse molesto. Más cuando se fijó en su cara de duendecillo, en su gesto donde la sonrisa brillaba por su ausencia y en sus pupilas donde el color oscuro predominaba sobre el color ambarino líquido.
-¿A qué esperas?
Ahora no sólo se quedó en el golpecito. Le cogió incluso de la camiseta para tirar de él, haciendo un ruidito de esfuerzo como si no pudiera levantarle con una sola mano, pero Edward se revolvió y se apartó de su hermana.
-No puedo, Alice. Bella está muy enfadada. La he defraudado tanto que jamás podrá perdonarme. He planeado que…- tragó saliva para no pronunciar la palabra- sin ni siquiera preguntarle sus deseos. Y además, ahora…
-¡Oh!- bufó la vampira, interrumpiéndole en un gesto teatral- Blah, blah, blah… Edward, ¿nunca te cansas de escucharte a ti mismo? ¡Por que ya estoy un poquitín harta de tus lamentos!- le volvió a golpear con el dedo en el hombro- Bella está asustada y está angustiada. Pero no ha cambiado ninguna de sus decisiones. Algunas partes están en blanco, porque quizás espera que tú cambies de parecer, pero no se ha alterado absolutamente nada de vuestro futuro. ¿Sabes desde cuándo? Desde que volví a verla mientras hablaba con ella por teléfono en Florida. ¡Así que deja de auto compadecerte y muévete!
La última frase la dijo gritando, tanto que Edward se apartó más y hasta se tapó los oídos. La voz de campanilla se convirtió en un rugido y con el aire le movió hasta los cabellos revueltos. Pero cuando la vampira vio que había conseguido su objetivo- asustar a Edward - dio un saltito y sonrió.
-Quizás si subes ahora y le dices que estarás a su lado, podré ver el sexo del bebé- batió las pestañas con gesto de inocencia.
¿El… sexo… del… bebé… de Bella? Batió la cabeza incluso con el pensamiento, sin atreverse a pensarlo de seguido como si Alice pudiera verlo también. El bebé de Bella tenía corazón que latía y… tendría sexo. Sería un niño o una niña, como había escuchado a Rosalie preguntarle. ¿Qué querría Bella que fuera? Porque a él le daba exactamente igual. Sólo que fuera de ambos. Y eso, ya lo era.
Las manos que tapaban sus oídos estaban en su boca, que se quería abrir desmesurada ante la realidad a la que se enfrentaba.
Ahora era más real que nunca. Era padre. Iba a serlo. Iba a tener un bebé con Bella.
Por eso fue a ver a los Volturis.
Y por eso le dejaron marchar.
Quería abrazarla y no soltarla más. Decirle lo feliz que estaba. Aunque antes tenía que decir lo que sentía haberse equivocado con sus decisiones…
… sobre todo ahora que sabía que Bella jamás había cambiado las suyas.
Dando un salto él también, cogió la cara de Alice con ambas manos y le dio un sonoro beso en la frente, para echar a correr por el salón y subir las escaleras prácticamente de dos en dos. Las zapatillas deportivas le chirriaron en el suelo de mármol y seguro que los posibles arañazos molestaban a Esme pero no detuvo su velocidad hasta llegar a su puerta, cerrada.
Picó levemente con los nudillos y cuando no obtuvo respuesta, la llamó. Aguardó unos instantes y lo repitió. Unos segundos más tarde, añadió:
-¿Puedo pasar, por favor? Necesito decirte algo.
Al silencio se añadió el sonido de la manilla al girarse para entornar la madera hacia adentro a la par que un sentimiento de intromisión se apoderaba de Edward. Menuda tontería, era su habitación. ¿Qué podía hacer Bella? ¿Tirarle algo para que se fuera por acosador? Estaba en su derecho. Lo encajaría de rodillas y suplicaría para…
Cuando dio un par de pasos dentro se dio cuenta de porqué Bella no respondía a su llamada: estaba dormida. Descansaba en el medio de la cama, arropada como un capullo con el edredón, echada sobre su derecha, con la misma postura con la misma expresión de paz que cuando él se pasaba noches y noches observándola en su sueño.
Qué de cosas habían pasado desde entonces…
Caminó lo más sigiloso que pudo hasta el borde de la cama e incluso se arrodilló allí para mirarla. Se podía pasar horas mirándola, como antes, aunque ahora estuviera tan cansado que también pudiera dormirse hasta de pie y le hubieran crujido las rodillas al agacharse. Tenía las mejillas sonrosadas, un mechón le caía por la frente y fruncía el ceño, de la misma manera que lo hacía cuando estaba concentrada en algo, pero exceptuando eso, era la misma expresión de la paz.
Le apartó primero el mechón tras la oreja y después le cogió la mano que asomaba entre el edredón - la mano izquierda. Le dio la vuelta al anillo de compromiso, que seguía allí y con los diamantes hacia dentro, y cuando estuvo colocado correctamente, se la besó.
-Lo siento mucho. Siento no haberte preguntado qué querías o…- carraspeó para que le saliera la voz sin temblores.
Sin soltar su mano, se incorporó para recostarse cuidadosamente en la cama, a su lado, amoldando su cuerpo al de Bella para besarle - o sólo rozarle con los labios - en la frente, para añadir en un susurro:
-Bella, mi vida era como una noche sin luna antes de encontrarte, oscura, pero al menos había estrellas, puntos de luz y motivaciones… Y entonces tu cruzaste mi cielo como un meteoro. De pronto, se encendió todo, todo estuvo lleno de brillantez y belleza. Sin ti, si el meteoro desaparece por el horizonte, todo se volverá negro. Mis ojos están cegados por la luz. Ya no podría ver las estrellas. Y nada tendría sentido. Tú eres todo para mí. Ahora lo sois los dos.
Se quedó allí, quieto, casi sin respirar y sin pestañear, intentado no perderse nada del rostro pacífico de Bella. De la manera que sus espesas pestañas estaban pegadas las unas con las otros o la arruguita de su frente. Apretó la mano que tenían entrelazada, le volvió a besar y así sintió que quizás ahora, a su lado, aunque todo lo que le hubiera dicho no lo hubiera oído, podría descansar.
Cerró los ojos, inspiró profundamente y….
-Edward…- suspiró Bella.
Abrió los ojos de golpe para volver a apretarle la mano esperando encontrarse las pupilas marrones de Bella mirándole fijamente, pero seguía inmersa en sus sueños. Carraspeó sin fuerzas y sacó la otra mano de dentro del edredón para rascarse la nariz con el dorso.
-…te quiero mucho- añadió.
-Y yo a ti. Más que eso.
Y abarcándola con el otro brazo, atrayéndola contra sí, cuando él no necesitaba dormir y ella le hablaba en sueños, volvió a cerrar los ojos, concentrándose en su respiración.
Carlisle salió de su despacho y una vez en el pasillo se orientó con el olfato al la izquierda y después a la derecha. Esme estaba abajo en la cocina, preparando algo con aroma afrutado, bastante cantidad de azúcar y limón. Alice estaba en el salón, quieta, inmóvil y sin haberse saciado de sangre en la caza por lo que tendría que pedirle que volviera a salir otra vez. Bella estaba con Edward en su habitación y a juzgar por el sonido de sus corazones y sus respiraciones llevaban bastante tiempo dormidos.
Deslizándose sobre la alfombra y apenas moviendo un dedo, hizo que la hoja - entre abierta - se separara más para atisbar el interior de la habitación: la luz entraba tenue por las persianas medio bajadas y con la claridad proveniente del día lluvioso cualquier ojo - humano y sobre todo vampiro - les podía ver tumbados en la cama, con las manos entrelazadas y sumergidos en un merecido sueño.
Sonrió y estuvo a punto de volverse sobre sus pasos para no inmiscuirse en tan personal escena cuando escuchó a Rosalie cruzar el jardín, entrar por el salón, esquivar a Alice y subir las escaleras para llegar a su espalda. Solamente por la manera en la que pisaba podía saber que estaba furiosa así que la detuvo con un brazo antes de que propasara un milímetro dentro de la habitación.
Miró por encima del hombro de su padre adoptivo la escena y negó con la cabeza resoplando por la nariz e intentó zafarse del brazo por lo que él utilizó el otro sujetándola por la cintura.
-No es necesario, Rosalie- le susurró.
-Bella me pidió que…
-Lo sé. Pero éste no es el momento. Edward ha cometido un error. Un error humano. Y esa es su manera de pedir perdón.
Se intentó revolver de nuevo y volvió a bufar, pero instantes después se dio por vencida. Carlisle jamás le dejaría intervenir, reivindicar que Edward se había equivocado y hacer imponer su decisión, por lo que suspiró resignada. Quizás tenía hasta razón. Edward querría estar al lado de Bella y de su bebé, como ella, y manteniéndole siempre alejado no conseguiría nada. Entonces, Carlisle le sonrió y dejó de sujetarla para tomarla por los hombros paternalmente.
-Es nuestro momento de ser espectadores de esa nueva vida que han creado. Y tú estarás al lado de ambos. Ya has dado el primer paso para cambiar toda esa acritud.
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