INQUEBRANTABLE
Despierta de repente, está segura de que alguien llamaba su nombre, pero ahora, despierta, solo la rodea el silencio de la noche, roto ocasionalmente por el crepitar del fuego en la chimenea. Siente la magia cosquillear en la punta de los dedos, removerse inquieta, pero no peligrosa, la imagen de Kuon aparece en su mente y se lleva la mano al pecho tratando de calmar el inestable latir de su corazón.
—Tienes que estar bien —susurra a la noche—, tienes que volver a mí, Kuon.
… …
Ella ríe, su cabello ondeando con fuerza, acelera y acelera en su corcel, alejándose cada vez más de él, y él acelera para alcanzarla, pero ya no cabalga tras ella, cabalga hacia la infinita y abrumadora oscuridad, muerte y sangre.
Reacciona abruptamente, su cuerpo grita en agonía, el dolor lacerante lo atraviesa. ¿Qué sucedió? Intenta recordar, pero una niebla espesa se apodera de su mente, nubla sus sentidos.
—…quilo —no logra entender del todo lo que le dicen, ni quién lo hace, pero un par de manos intentan mantenerlo inmóvil.
El suelo, está en el suelo, advierte cuando sus sentidos empiezan a aclararse.
—… Regresando… ¿…El chico?
—… morir.
La cabeza lo está matando, distingue voces alrededor pero no lo logra entender qué dicen. Una mano se mueve sobre su cabeza.
—... Kuon, pued… …arme?
Levanta la mano y trata de hablar pero su garganta quema.
—¿Qué? —logra articular con voz ronca.
—¿Puedes es…cucharme?
Apenas, quiere decir y con gran esfuerzo abre los ojos y entre la telaraña que es su visión distingue la figura.
—¿María? —todo lo ocurrido volviendo a su mente como una ráfaga.
Ella lo abraza sin esperar más y él con mucho esfuerzo devuelve el abrazo.
—¿Puedes moverte? —pregunta.
—Eso creo —dice y es entonces que repara en sus alrededores, varios de los soldados apilan las decenas de cuerpos, otros tantos yacen en el suelo heridos mientras son atendidos por otros, y a su lado yace el cuerpo apenas respirando de Hiou, mortalmente pálido.
—¡Detente! —escucha y voltea a ver a Kurosaki apartando la mano de Lady Woods del cuerpo inconsciente que tienen frente a ellos. Puede distinguir los oídos sangrantes de la mujer—, si sigues podemos perderte a ti también.
—Lo sé, pero si no sigo, no vivirá.
—Has logrado reparar lo más crítico.
—No es suficiente, solo me las he apañado para que no muera mientras hablamos. A este paso no verá la luz del sol, pierde demasiada sangre.
—Entonces solo necesitamos detener todo el sangrado, al menos hasta llevarlo de regreso, ¿no?
—Eso no garantiza que viva, pero, sí, le daría una oportunidad —admite la mujer apartándose y Kuon siente como se le corta la respiración, es Rick.
—¡Rick! —exclama levantándose con la ayuda de María.
—Alteza —llaman los otros dos cuando se acercan a ellos.
—¿Qué le sucedió? —pregunta sin apartar la mirada de las vendas que cubren la mitad de su rostro o el grotesco agujero en la parte inferior de su abdomen que deja parcialmente a la vista sus entrañas.
—No hay tiempo para explicaciones ahora, chico —dice Kurosaki.
—Quemarlo —susurra Jelly.
—¡¿Qué?! Estáis loca —casi grita Kuon.
—Nos compraría tiempo —razona Kurosaki—, detendría el sangrado temporalmente, también dejará una cicatriz bastante impresionante…, pero tendría una oportunidad de vivir, si logramos llevarlo a tiempo de regreso al castillo.
María asiente y Kuon aprieta los puños a su costado, pero no aparta la mirada.
—No es una vista agradable, Alteza —anuncia Jelly—, es bastante perturbadora.
Pero Kuon no responde o se mueve.
Jelly se gira hacia al cuerpo, pero la mano de Kurosaki la detiene y niega suavemente con la cabeza.
—Yo lo haré —dice invocando las llamas en su mano.
María se aparta del lado de Kuon y colocándose al lado de Kurosaki susurra en su mente.
—Me aseguraré de mantenerlo inconsciente.
Kuon no aparta la vista, no por un segundo, no cuando la piel se calcina, cuando la carne se quema, no cuando el olor de la carne quemada le intoxica como un veneno, no cuando la bilis sube por su garganta, o cuando la ahora deforme herida parece sonreírle cínicamente. Pero cuando todo ha terminado se aleja unos pasos antes de descargar todo el contenido de su estómago al pie de un tronco cercano.
—Necesitamos llevarlo pronto al castillo, a él y al niño, no resistirán mucho más. No podemos darnos el lujo de esperar a que todos estén en condiciones de moverse.
—Solo puedo llevar a uno —susurra María en la mente de los tres, su mirada centrada en Hiou.
—Yo llevo a Rick.
Los presentes voltean a mirar a Kuon.
—Chico —suspira cansado Kurosaki—, mírate, apenas te puedes mantener en pie, y no tenemos idea de qué nos puede esperar en el camino de regreso.
—No me subestime, herido o no, sigo siendo el jinete más rápido entre todos nosotros. Además no podemos correr el riesgo de dejar al resto del grupo desprotegido ¿o me equivoco?
—El chico tiene razón, Kurosaki, lo he visto. Si él lo lleva, puede que tenga una oportunidad.
—Sigo creyendo que esto es una mala idea.
—Supongo que ahora es su turno de confiar en mí —habla Kuon.
Kurosaki niega con la cabeza.
—Espero que sepas lo que estás haciendo.
… ….
Kurosaki aparta las manos del costado de Kuon.
—Debería ayudar a adormecer el dolor por un tiempo, es lo único que puedo hacer por ti.
—Gracias —dice antes de caminar hacia su caballo, Tzar, donde ya han acomodado a Rick, a unos pasos de ellos María espera en su forma lobuna, Hiou sujeto con un par de correas a su lomo. Se detiene frente al ya no tan joven Tzar, su viejo amigo y compañero de aventuras.
—Nunca me has fallado, no me falles hoy —susurra poniendo su frente contra la del animal, antes de colocar el pie en el estribo y acomodarse en la silla de montar.
… …
—¿Realmente crees que lo logren? —pregunta mirando al par de figuras perderse en el horizonte.
—Lo harán —confirma—, Su Alteza no se dará por vencido, no incluso si amenaza con costarle su propia vida.
—Crees en ellos —menciona con un dejo se sorpresa en la voz.
—Los he visto crecer —sentencia ella.
—…
Su conversación es interrumpida por uno de los guardias que se les acerca.
—Todos los cuerpos han sido dispuestos como ordenaron.
—Quémenlos —ordena Kurosaki.
—¿Mi Señor? —pregunta el hombre creyendo haber oído mal—, ¿quemarlos? ¿Incluso nuestros hombres caídos?
—Sí, quemarlos —responde Kurosaki exasperado—, a menos que tengas planes de pelear nuevamente contra esas endemoniadas cosas o quieras ver a tus compañeros levantarse de nuevo como uno de ellos.
El hombre palidece antes de dar media vuelta y encaminarse a cumplir sus nuevas órdenes.
Jelly cierra los ojos y eleva una plegaria por los vivos y los muertos mientras los montículos de cuerpos arden, el terrible olor adhiriéndose a cada poro de su cuerpo y el humo levantándose en pilares que decoran el sangriento amanecer.
… …
El frío viento invernal golpea contra su rostro como si se tratara de cientos de lanzas y la piel arde, quema, como si la estuviesen arrancando. La noche se cierne sobre ellos. Su cuerpo lastimado, resentido y agotado se rehúsa a seguir, sabe también que Tzar necesita beber, pero acosa al caballo con más fuerza. La tierra parece temblar a su paso, la forma de lobuna de María corre a su lado, el claro pelaje de su lomo ahora cubierto por una débil capa de sangre donde Hiou viaja. La respiración de Rick es cada vez más lenta y superficial, su cuerpo cada vez más frío. Se les acaba el tiempo y aún están lejos de su destino.
… ….
—Pensé que había dicho que le tomaría más tiempo, Lady Chiori —comenta observando el cristal, que pende de la cadena.
—No contaba con la ayuda de Ky… Lady Kyoko —se corrige—, ella es increíblemente versada en magia con cristales. Aunque debo reconocer —agrega—, que no estaba al tanto de que ella sabía de su condición.
Sho resopla.
—Empiezo a creer que no hay nada entre cielo y tierra que pueda mantenerse oculto de Lady Kyoko.
Chiori ríe.
—Puede que tenga usted un punto allí, Alteza. Ahora, necesito que se lo ponga y ver si realmente funciona.
Sho obedece.
—¿Y bien? —pregunta exasperado.
—¿Por qué no lo ve por usted mismo? —contesta ofreciendo un espejo.
—Increíble —murmura por lo bajo—. ¿Cuánto durará?
—No tiene tiempos límites, funcionará siempre y cuando lo lleve puesto a menos que se tope usted con algún tipo de magia de anulación.
—Entiendo.
… …
Levanta la vista del libro al escuchar los pasos que se acercan.
—Sho —habla al reconocer al recién llegado.
—No sabía que hubiese alguien aquí a estas horas de la mañana —dice caminando hacia ella y tomando asiento.
—Bueno —dice cerrando el libro y colocándolo sobre su regazo—, Kanae tiene algunas fuertes opiniones sobre mis solitarias caminatas invernales y el hecho que nadie sepa dónde estoy, así que aquí me tiene.
Sho niega con la cabeza y sonríe.
—Y yo aquí pensando en invitarla a acompañarme a dar uno de esos infames paseos invernales de los que Lady Yashiro está tan en contra.
—¿De verdad? —los ojos de Kyoko brillan como estrellas.
—Sí, pero creo que deberíamos evitar los bosques si no queremos incurrir en la furia de Lady Yashiro —dice a modo de burla—, ¿qué tal el pueblo? Aún no he tenido la oportunidad de visitarlo.
—Suena perfecto, aunque probablemente sea mejor que le avise a Kanae dónde voy a estar.
—¿Acaso qué es? ¿Tu niñera? —refunfuña exasperado.
Las mejillas de Kyoko se colorean de rojo.
—Se preocupa —responde con los cachetes aún colorados.
—Sí, sí —dice Sho desestimando las palabras moviendo la mano—, pero si le dices, muy seguramente mande a un pequeño destacamento de la guardia real con nosotros, ya sabes, la marquesa favorita de la corona y el príncipe de un reino vecino, que coincidentemente es sobrino de la reina.
Kyoko hace una mueca porque lo entiende perfectamente, más de una vez, demasiadas tal vez, se había escabullido con Kuon del palacio o de la villa con tal de evitar a sus guardias o la guardia real del palacio, no era lo mismo, mezclarse y andar por cuenta propia que bajo la atenta mirada de los en extremo alerta guardias para los que cualquier cosa era una amenaza. Aunque también más de una vez, cuando los habían atrapado, les habían dejado la oreja caliente después de la reprimenda por haberse escapado, pero había valido la pena todas y cada una de las veces.
—Tienes razón —concede.
—¿Cuándo no? —pregunta petulante.
—Demasiado lleno de nosotros mismos, ¿no? —se burla Kyoko.
—¿Quién? ¿Yo? —pregunta fingiéndose ofendido y Kyoko ríe.
… …
Kyoko se permite por primera vez en reparar los rasgos físicos de Sho, ahora sin la capa cubriendo la mayor parte de su cuerpo, puede confirmar que es atractivo, de eso no hay lugar a dudas, con esos rasgos increíblemente afilados, complexión y estatura. El color del cabello, es sin duda un rasgo familiar materno, una gama un poco más tostada de la que lucen la reina y Kuon, un poco menos parecido al sol cuando cae el atardecer y más parecido al trigo listo para la siega. Y esos ojos que tantas veces brillan con orgullo y seguridad, y otras muy raras con algo parecido a la tristeza, son simplemente hipnóticos.
—Veo que el cristal funcionó —menciona señalando al colgante en su pecho.
—Sí —responde mientras caminan hacia las caballerizas—, por más que odie estar en deuda con alguien, estoy en deuda con Lady Chiori y contigo.
—Con Lady Chiori ciertamente, conmigo, creo que es todo lo contrario.
—¡Tienes razón! —exclama y por un momento Kyoko se envara, segura de que se refiere a los incidentes—, aún me debes esa botella de Hâteau Zafile.
Kyoko se relaja y ríe.
Cualquier respuesta que Sho fuera a dar es interrumpida por el estruendoso aterrizaje de una criatura alada a solo unos pasos de ellos.
Sho desenvaina la espada colocando a Kyoko detrás de él, la extraña criatura le gruñe acercándose muy lentamente a él, mostrándole sus afilados y puntiagudos dientes.
—¡Deténganse ustedes dos! —exclama Kyoko.
—Pero, ¿Cuan…? ¿Qué demonios, Kyoko? —grita cuando la ve caminar hacia la criatura.
—Guarda la espada —dice seriamente.
—¿Estás bromeando?
—No, solo confía en mí, mientras tengas la espada Bo te seguirá viendo como una amenaza.
—¿Bo? Esa cosa tiene un nombre.
—Es un dragón, no una cosa —suspira Kyoko cansada como quien habla con un niño pequeño—. Mi dragón, ahora por favor, baja la espada.
—¿Tu dragón? —dice bajando la espada mientras Kyoko se acerca más a la criatura.
—Sí —dice acariciando la cabeza del animal que se ha echado en la nieve cual gato doméstico y cierra los ojos en busca de mimos. Sho mira sin saber qué decir, —es inofensivo —agrega—, a menos que se sienta amenazado o que crea que estoy en peligro.
—Tienes de mascota un dragón —dice sin poder terminar de creerlo.
Bo abre los ojos y gruñe en su dirección.
—No le gusta ser llamado una mascota —se disculpa Kyoko.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Es una larga, larga historia.
… …
—¿Conocías el pueblo? —pregunta Kyoko detallando las sedas que vende uno de los mercaderes.
—Sí —responde observando una de las dagas que vende otro mercader—, aunque ciertamente mucho ha cambiado desde aquella época, para comenzar, dudo que la tía Julienna nos vuelva a gritar y zumbar de los oídos a Kuon y a mí si nos escabullimos al pueblo sin que nadie sepa.
—¿Qué? —preguntó sorprendida.
—Estoy seguro de que debes ser conocedora de la costumbre de mi primo de escabullirse del palacio real.
Kyoko enrojeció.
—Sí, estoy familiarizada con su hábito.
Sho suelta una carcajada.
—Te han jalado las orejas por su culpa también, ¿no es así?
—No estábamos hablando de eso —dice Kyoko poniendo un par de granadas en su canasta—, ibas a contarme cómo es que les terminaron zumbando los oídos.
—¿No deberías haber traído a una doncella para que te llevara esto? —dice tomando la canasta de sus manos—, además estoy seguro que en el palacio no hacen falta.
—Tienes razón, pero es una forma de mezclarse, de conocerlos, la gente, de aprender cosas que de otra forma jamás podrías, de hacerles sonreír, ahora, cuéntame.
—¿Larga historia corta? —pregunta.
—Esa parece ser tu especialidad —dice agregando algunas naranjas a la canasta.
—Fue la primera vez que vine a Aeniriam con mis padres, ya sabe lo protocolarios que pueden llegar a ser este tipo de encuentros —dice poniendo algunas castañas que le ofrece una niña en la canasta antes de darle una moneda.
—Asfixiantes —susurra.
—Exacto —concede mordisqueando uno de los orejones que ha comprado—, mucho más si eres un niño de ocho años. Creo que fue como el segundo o tercer día de nuestra estancia y muchos eventos formales después, que Kuon me encontró enfurruñado durante una de la reuniones y literalmente me sacó del palacio, todavía me pregunto cómo lo hizo —musitó—, en fin, yo no tenía ni idea de adónde me estaba llevando, pero terminamos en este mismo pueblo. Debo admitir —dice con una sonrisa—, que fue toda una aventura, hasta que la guardia real nos encontró.
—Suena como algo que él haría —dice Kyoko con una sonrisa.
… …
Es poco después del mediodía, mientras revisa libros y pergaminos con Kanae que les ayuden a entender los cambios y fluctuaciones de su magia cuando las campanas del castillo repican. Se levanta con prisa y mira a través de la ventana, un jinete y un lobo casi del mismo porte de un caballo galopan a toda prisa por el camino de ascenso al palacio.
No lo entiende, no sabe por qué, pero sus piernas están en movimiento antes de poder entender qué está sucediendo. Puede oír los gritos de Kanae pero no escucha lo que dice. Tiene que alcanzarlos, no sabe por qué, pero tiene que alcanzarlos.
Cuando alcanza la plaza, guardias armados esperan por los intrusos, el jinete y el animal finalmente irrumpen en la plaza y Kyoko no necesita mirar dos veces para reconocerle entre toda la sangre y el lodo.
—Por todos los dioses —escucha el susurro ahogado de Kanae antes de que empiece a ladrar órdenes a los guardias—, llamad al médico real y al Maestre de Bendis, informad a vuestra Majestad lo que está ocurriendo, ¡corred!
… …
En el vaivén de la inconsciencia y los delirios, puede escuchar los gritos aterrados, las campanadas, solo un poco más, una carrera más, un nuevo ataque de tos lo recorre y se dobla sobre sí, tratando de minimizar el dolor que amenaza con romperlo mientras vuelve a probar el sabor metálico de la sangre en su boca.
La ve, ve a Kyoko correr hacia él, ¿delirio o realidad?
Todo se mueve en cámara lenta, una voz grita órdenes, hombres corren por la plaza.
—Lo hiciste, hermano, lo lograste —escucha el susurro de María en su mente— y con la bruma de la inconsciencia cerniéndose sobre él como una amante, observa a la loba echada al lado del caballo.
—Kuon —escucha a Kyoko llamar su nombre desde la distancia, quiere alcanzarla, pero la negrura lo abraza antes que pueda siquiera llamar su nombre.
—¡Kuon! —vuelve a gritar Kyoko corriendo hacia él al tiempo que cae del caballo.
