CAPITULO XXIX
Separarse
Por un amigo…
Sólo una vez tocó a mi puerta la posibilidad de ser adoptada por una familia. La rechacé. Quise quedarme al lado de mi única amiga. Lo hice por amor. Y en nombre de ese sentimiento la despedí sin rencor cuando ella hizo una elección diferente. Porque un amigo es un amigo. Una persona sencilla y ordinaria cuya única deuda con nosotros es ser quien creció siendo. Ser el alma transparente que convida su alegría cuando le basta para los demás. No es un villano o un héroe. Nada lo obliga a ser maravilloso. Es alguien que ha encontrado el consuelo de ser imperfecto en nuestro hombro.
No importa cuantas veces sea yo quien dé. Mis amigos no tienen que devolverme nada. Encuentro mi recompensa al escuchar su risa.
Por un sueño…
La invencible Candice White renunciaría a su asombrosa habilidad para enfrentar los problemas que el destino cruce en su camino. El número que sea. Desistiría de cruzar el océano y volver a casa cuando le apeteciera. A tropezarse con el destino entre la densa niebla y una solitaria lágrima masculina. Yo sería capaz de renunciar por un día a todo lo que tengo y a todo lo que doy, con tal de ver cumplido estos sencillos sueños: decirle a quien amo, que lo amo. Decírselo a tiempo y confesarle cuánto le he extrañado. Olvidarme de querer olvidarlo. Creerle, confiar, cuidarlo.
Por amor…
Los barcos que zarpan hacia el mañana parten de madrugada desde un puerto llamado "esperanza". Se recomienda llevar en la maleta una muda de fe. Tres pares de proyectos escondidos en el compartimiento de "lo inesperado". Una barra de jabón con aroma de "perdón" que lave los resentimientos y errores pasados. Unos zapatos recubiertos de "valor" para caminar cualquier camino. La foto de una persona especial. Las bellas memorias envueltas con algodón y atadas en un hilo rojo para que en caso de emergencia nos conduzcan hacia el inicio de todo.
Por amor, estaría dispuesta a viajar eternamente para disfrutar de la agitada bendición de vivir. Por amor, diría sí. Transformaría una lágrima en un trozo de azúcar. Me mordería los labios antes de decir las palabras que te retendrían si te tuvieras que ir, o aquellas que te alejarían si aceptaras viajar conmigo.
Por la libertad…
Cerraría mi diario en la página donde la vida determinó separarme una y otra vez de lo que más atesoraba. Tomaría papel y tinta y reescribiría una nueva historia que me llevara hasta el punto exacto donde caigo de rodillas exhausta, pero me levanto. A donde me rindo atemorizada, pero respiro hondo.
Por la amistad, lo aprendería todo. Por mis sueños, lo desearía todo. Por el amor, me entregaría a todo y por la libertad… por mi libertad… sobreviviría a todo.
Nueva York
1916
-¿Qué hay para cenar, tía Di?
-¿Qué?
Con una gigantesca mueca de enfado me volví a mirar a Terrence parado en la puerta de la cocina.
-Huele mal – frunció la nariz y me observó como a un sirviente andrajoso - ¿en verdad sabes cocinar?
-Tú eres el que huele mal. Se sabe que eres tú a kilómetros de distancia sólo levantando la nariz.
Me recargué burlonamente en la alacena y continué.
-¿Qué apesta, hermanita? – apreté mi nariz y evoqué la presencia de Susana – ah, sí, es Terrence que vino a visitarte. Está tocando la puerta.
-¿Y la pobre gente de ese bar paga por oír tus chistes¿de verdad lo hace?
-Paga por ir a ver a un tipo como tú trepando a una pared vestido en mallas – regresé a la estufa –. Todo es posible en este mundo.
-Lo único imposible es que duermas aquí esta noche. Hubiese sido una fiesta de pijamas maravillosa pero no estás invitado.
-¿Disculpa?
-Quiero que te vayas.
-¿En serio? – me descaré – ¿y quieres que sea ahora o luego de que te sirva la cena, te cante una canción de cuna y te arrope en la cama?
-Después de la cena, antes de la cama – bostezó – Sería un idiota si te dejara dormir a medio metro de Candy por más tiempo. Empaca.
-Eres un idiota de todas formas, Terrence. Además – le informé – yo tampoco voy a dejar que te acerques a su puerta ni siquiera para mirar si esta cerrada.
-Creo que tenemos un problema – hizo crujir sus nudillos.
-Creo que sí – le imité.
-Y muy serio – sobrevino una voz a espaldas del actor – me muero de hambre así que dejen esta discusión para ustedes – Candy chocó el puño contra la palma de su mano en señal de amenaza – a menos de que quieran conocerme furiosa… y hambrienta.
Serví la cena después de que Candy prepara la mesa para tres. Miré el espacio vacío que ocuparía Archibald. Me pregunté si se habría reconciliado con Karen o estaría penando por las calles con una botella en la mano. Fijé aquella imagen y sacudí la cabeza. Por supuesto que no. Archie elegiría mil veces perder la mitad de su fortuna que su porte.
-¿Y cómo sé que no está envenenado? – arguyó Terrence frente a su plato.
-No lo sabes – le sonreí desde el otro lado de la mesa – eso es lo divertido.
-Agh… - rumió Candy, sentada en la cabecera – allí van de nuevo.
-Dame el tuyo – Terrence aventó los cubiertos y me acercó su plato.
-¿Qué, qué? – le miré con asco –. Eres un paranoico. Si no te lo ibas a comer lo hubieses dicho desde un principio. No me hubiera molestado en cocinar una maldita cosa.
-Yo sí tenía hambre – con la boca llena, Candy habló desde su asiento – y a mí si me gusta – nos sonrió con un diminuto trozo de pan adherido a sus labios.
-Tienes algo en… - me estiré para limpiar su cara pero recibí un fuerte manotazo de Terrence que me obligó a retraer el brazo de dolor.
-Candy, tienes algo… - Terrence lo intentó pero recibió un castigo similar. Candy le propinó un seco manotazo antes de que la tocara. El actor se mordió los labios y yo lo disfruté.
-Terry – mandó Candy, enérgicamente – ¿vas a comerte eso sí o no?
-Apesta – respondió con desprecio –. Luce como si fuera comida para perro.
-Por eso te lo serví – agregué.
-No te esfuerces – recargó los codos en la mesa, amenazante – No eres gracioso.
-No te esfuerces – le imité – no me iré.
-Apuesto a que sí.
-Si te gusta apostar, por qué no lo hacemos interesante – propuse – quien gane se queda. Quien pierda se va.
-De acuerdo. Apostemos quién es mejor en el escenario – dijo el actor, socarrón -. Lo lamento, es obvio que perdiste. Largo.
-Apostemos quién ha sido el más cobarde para tomar una simple decisión en su vida. Oh, lo lamento – miré a Candy de reojo – es obvio que perdiste. Adiós.
-¿Por qué no sales a despedirme, tía Di?
-¿Por qué no? – acepté la invitación –. Será un pla…
-¡SILENCIO! – el grito de Candy se escuchó hasta la acera de enfrente -. Estoy comiendo y quiero silencio. Esta es mi casa y a mitad de la cena nadie se retira de la mesa. Y si existe alguna apuesta – nos apuntó con el tenedor – seré yo quién diga qué y cómo se gana.
Terrence y yo la miramos en silencio, incapaces querer de irritarla más. Incapaces y temerosos.
-Es muy tarde – Candy miró el reloj en la pared –. Nadie saldrá de aquí hasta mañana. ¿Entendido?
Nuestro silencio le concedió un dócil "sí".
-Regla número dos – continuó – Archie no vendrá porque seguramente se quedó con Annie en el hospital – hice una mueca de incredulidad y contuve la risa – así que hay una habitación libre.
-También está la de Albert – comentó Terrence.
-Nadie ocupará esa – le comunicó Candy –. Ni siquiera tú.
-¿Y por qué no? – inquirió ofendido.
-Regla número tres. Nadie va a contradecirme o lo echaré a patadas. ¿de acuerdo?
El actor se acomodó en su silla como chiquillo regañado. Me tapé la boca para reírme a sus costillas.
-Seguirás en el cuarto de visitas, Richard – dijo Candy – ¿Hoy no tienes que ir a trabajar?
-¿Y dejarte sola con éste? – le señalé con la mirada – nunca.
-Agh… regla número cuatro. Todos aquí tienen un nombre – Candy posó sus ojos en mí como lo haría una maestra con su alumno problema. Terrence sonrió como si fuese el alumno distinguido – también lo digo por ti, Terry – añadió Candice y su sonrisa desapareció.
-¿Ya terminaste? – preguntó ése. Afortunadamente Candy no podía leerme la mente.
-No, y no tengo prisa – le contestó – ¿tú la tienes?
Silencio.
-Si los escucho discutir afuera de mi habitación les arrojaré agua helada todas las veces que sea necesario, no me importan si mueren de una pulmonía¿está bien?
-Eres enfermera – hice puchero y hablé bajito – debería importarte.
Candy terminó su cena de un solo bocado, se levantó, llevó su plato hasta el fregadero y volvió segura de que nadie le refutaría nada. Tenía razón. Nadie lo hizo.
-Una cosa más – dijo –. Dense la mano.
-¿QUÉ? – exclamamos el actor y yo al unísono.
-Dense la mano… ahora.
-Olvídalo.
-Jamás – chasqueé la lengua.
-¿Quieren compartir la habitación? – nos advirtió la enfermera –. Tal vez así tengan más tiempo para conocerse y hablar. ¿Les gustaría?
Ése y yo intercambiamos miradas como si pudiésemos ahorcarnos con tan sólo vernos. Sin embargo, extendimos el brazo de inmediato al haber recibido una amenaza peor que a la de morir tragado por un lagarto. El saludo duró medio segundo. Me lavaría la palma a conciencia cuando llegara al baño.
-Hasta mañana – se despidió Candy sonriendo tan fresca y primaveral como si no se hubiese sido un sanguinario capataz minutos atrás – que descansen.
Se produjo un aire enrarecido cuando nos quedamos solos. Pude oírlo gruñir como un perro de pelea defendiendo su territorio. Me limité a sonreírle despreocupadamente, imaginando que yo era el perrero.
-¿Se puede saber por qué la mudanza? – pregunté.
-Te diré si cargas mi maleta.
-Con gusto.
Aprisa me puse de pie, fui hasta su maleta y la arrojé contra la puerta de salida. El golpe se oyó por todo el apartamento y tragué en seco ante el reclamo de Candy.
-¡Escuché eso! – vociferó y sentí escalofríos.
-¡Fue Terrence! – expliqué – ¡estrelló su cabeza contra la mesa!
Antes de que me diera cuenta, el actor tenía mi guitarra entre las manos. La sangré me hirvió.
-Déjala.
-Veamos como suena tu cabeza si se estrella contra esto.
Cogí su maleta y me acerqué a la ventana. La amenaza era clara.
-Hazlo y lo lamentarás – advertí.
-Sólo es ropa – dijo – puedo comprar toda la que quiera, cuándo quiera. En cambio tú – miró mi guitarra -. Creo que te llevará más tiempo ahorrar para una nueva.
-Supongo que sí – desaté su bufanda de la valija y junto con su gorra las solté al vacío. Le obsequié la mejor de mis sonrisas – pero pensándolo bien ya necesito una nueva.
-Imbécil – de un jalón rompió todas mis cuerdas.
-De acuerdo – alcé los brazos para aventar su maleta con todas mis fuerzas. Él se preparó para despedazar mi guitarra contra la pared – tu lo quisiste.
En ese momento, el chiflido más agudo que había escuchado en mi vida me taladró los oídos y los hizo sangrar de dolor. Parpadeé desorientado cuando cesó y encontré a Candy con las manos en la cintura mirándonos como un fiero inquisidor a punto de dictar sentencia.
-Baja eso al piso – recibí su orden –, y ve a recoger lo que tiraste a la calle.
-Pero…
Iba a negarme pero Candy expulsó violentas llamaradas de sus ojos y cambié de opinión.
-Y tú – señaló a Terrence – mañana repondrás lo que rompiste.
-No sé dónde.
-Entonces le comprarás una nueva – resolvió ella.
Más tarde, la heredera Andrey tomó en serio su papel y no se metió a su cuarto hasta que nosotros nos metimos en el nuestro.
-Hasta mañana, Candy – rogué porque me correspondiera con su brillante sonrisa.
-Que duermas bien – sonrió apenas, pero pude ver en sus ojos el resto.
A oscuras, en el cuarto de huéspedes me dejé caer sobre la cama mirando al techo. Cerré los ojos y escuché por enésima vez la explicación del médico del hospital al que había ido esa tarde. Luego visualicé mi futuro y se me revolvió el estómago. Era una pesadilla. No, peor que eso: era real.
-Párate aquí.
-¿Para qué?
-Hazlo.
-Vámonos a casa. Hace mucho frío.
A casa…
Oír a Archie decir eso tan de repente, tan natural, me hizo vibrar de una forma indescriptible. Se frotó las manos a pesar de traerlas enfundadas con sus gruesos y costosos guantes de piel. Había anochecido y Times Square relumbraba como si fuese una estrella con su propia luz con sus espectaculares carteleras encendidas. Me enterneció su mirada cuando en silencio se preguntó por qué no me estaba congelando como él.
Quizás porque con mirarle la temperatura de mi cuerpo subía a mil grados y reventaba cualquier termómetro. Porque con observar la caída de su cabello sobre sus hombros, cubriéndole suavemente los ojos y verle sonreír como un adolescente, mantenía mi piel tan cálida y cobijada como si la estuviese abrazando bajo una manta.
-Deja de quejarte – lo empujé hasta la esquina – Sólo tomará un minuto.
-Tengo hambre.
-Ya cállate.
-Pronto empezará a nevar.
-Sí, pero no nos iremos hasta que te calles y hagas lo que te digo.
-De acuerdo – suspiró, dejando salir humo blanco por su boca.
-Cierra los ojos.
-¿Para qué?
-Maldita sea… - mastiqué – ¡hazlo y punto!
-No hagas nada obsceno – sonrió traviesamente –. Estamos a mitad de la calle.
-Quisieras…
Allí, justo a la mitad de la avenida que se partía en cuatro, donde podías mirar para cualquier lugar y sentirte en medio del mundo, coloqué a Archie y recargué la barbilla en su hombro. Olía delicioso. Siempre. Recargué la mejilla en su espalda y supe que no podría hallar ni en un millón de años una espalda más confortable que esa para descansar.
-¿Ya?
-¿Eh? – desperté de mi ensoñación – ah sí, ya. Abre los ojos.
No vi su primera reacción pero la imaginé cuando se quedó callado. Indudablemente sus redondos, castaños y vanidosos ojos se abrieron de par en par y se recrearon con asombro ante el resplandor de las marquesinas. Juraría que como yo, podía escuchar el acelerado latir del corazón de la ciudad. Estar entre el ruido citadino y el olor a invierno. Entre el oscuro cielo sin estrellas y la vida noctámbula que emergía al atardecer.
Terry me había mostrado ese lugar hacía mucho tiempo. Recuerdo que le pregunté cómo es que siendo un ermitaño le gustaba pararse en medio de todo y de todos. Su respuesta me gustó tanto que la hice mía: Fácil. Me convierto en uno más y nadie nota mi presencia.
-¿Y bien? – pregunté ansiosa – ¿te gusta?
-Mucho – dijo, mirándome a mí – me fascina.
-Hablo de la ciudad – aclaré mi garganta – se ve… bonita ¿no?, casi nunca vengo pero… – miré para otro lado, aparentando despiste –… desde aquí puedes ver todo. Ah¿ves ese cártel?, es nuevo. Dicen que la obra no es muy buena pero es un music…
Los brazos de Archie capturaron mi rostro y ahogó mi exclamación de sorpresa en el aire. Me besó tierno e impulsivo. Sus labios buscaron mi calor y pellizcaron los míos para encontrarlo. Jamás olvidé su boca desde que me confundió con su prometida en mi camerino. Jamás la olvidaría si en algún trecho del camino me soltaba y lo perdía.
Separó lentamente su rostro pero el mío lo mantuvo sujeto. Disfruté a ojos cerrados un segundo más de su cautivador efecto. Luego los abrí y le sonreí como si acabara de despertar junto a él.
-Prométeme una cosa – dijo.
-Qué.
-Nos veremos aquí en año nuevo.
-¿Qué? – creí haber oído mal.
-No esa noche. A la mañana siguiente. Te veré aquí, en éste sitio. Promételo.
Lo miré confundida. Entendía sus palabras pero no su significado.
-Solamente di que sí.
Sentí mi nariz congestionada por el frío y me subí el abrigo. No sabía que contestar.
-Vamos a casa. Tu nariz está fría y nos resfriaremos si seguimos aquí parados.
Lo esquivé pero tomó mi brazo para detenerme.
-¿No vas a responder?
Lo ignoré y seguí caminando. No podía responderle porque para ello necesitaría oírle decir lo que sabía que ninguna vez pronunciaría… y posiblemente yo tampoco.
Inglaterra
-Ni siquiera enferma puedo hacer que te separes de mí¿ne? (1)
-Hey… – moví perezosamente la cabeza y entrecerré los ojos al distinguir la voz de Aoi. Su mano acariciaba mi cabello y por un momento olvidé dónde estábamos – buenos día para ti también – sonreí adormilado.
-Ohayou gozaimasu (2), Albert-sama – se oía de buen humor y al fin pude respirar tranquilo.
-Si quieres que lo repita – estiré los brazos, adolorido – tendrás que escribirlo.
-Hai (3)
-¿Eso fue un sí?
-Hai – repitió, juguetona.
-¿Qué haces? – acaricié su mejilla, dándome cuenta que sus ojos habían recuperado su brillo – ¿No quieres hablar en mi idioma, niña traviesa?
-Ie (4)
-Eso si lo entendí.
-Yokata (5)
-¿Cómo te sientes?
-Genki desu (6) – escondió su risa bajo la sabana – ¿Anata wa? (7)
-Mo (8) – respondí y me miró con sorpresa – ¿qué¿pensaste que no sabía?, admito que aún no conozco muchas palabras pero te he puesto atención. Siempre lo hago.
-Lamento haberte preocupado. Gomenme (9)
-¿Estás mejor?
-¿Qué ha dicho el doctor?
-Que tendré que cargarte sobre mis hombros hasta que ésta princesita – me acerqué a besar su vientre, con infinito cuidado – quiera nacer.
-¿Cómo sabes que será niña?
-¿Cómo sabes que no?
-Tal vez sean ambas cosas.
-¿Qué?
-Niño y niña. Mellizos. ¿Te gustaría?
Me sostuve de la cama, mareado.
-¿Qué pasa? – se burló – ¿te da miedo?
-Creo que… le falta comida a mi estómago.
-Miedoso – rió, con sus mejillas sonrosadas – ¿el poderoso señor Andrey le tiene miedo a un indefenso bebé?
-A uno, no. A dos.
El sol entraba lánguidamente por la ventana del pequeño consultorio en donde habíamos pasado la noche. Contemplé el amanecer desde la lejana Inglaterra. Habíamos llegado. Me pareció como si hubiese tenido un mal sueño horas atrás. Restregué mis ojos y liberé un largo bostezo. Apenas recordaba cómo llegué alarmado con Aoi en brazos ante el único médico del barco. Cómo prácticamente le ofrecí todo lo que tenía a cambio de que le salvara la vida… y al bebé que llevaba dentro. Reí por lo bajo. Imaginé la cara de la tía si lo hubiera cumplido. Aunque no dudaría en hacerlo si eso resguardaba a mis seres queridos. Incluyendo a un distinguido chico llamado Archie, y a una precoz enfermera llamada Candy. Suspiré resignado. Seguramente en ese instante estaban cometiendo alguna imprudencia, estupidez o temeridad dentro de MI apartamento. Maldije en silencio. Debí haberle puesto llave a mi recámara.
-Quiero regresar a nuestro cuarto.
-Espera que venga el médico para que te revise por última vez.
-Sé lo que me va a decir.
-Entonces sé amable y finge sorpresa.
-No me agrada la idea de pasar meses enteros en cama.
-También eres médico – me acerqué a tomar su mano – y sabes que es la mejor opción para un embarazo como el tuyo.
-Quizás exagera.
-Le creeré hasta que otros dos me digan lo contrario.
-Yo digo que exagera.
-De acuerdo – besé su frente, divertido por su terquedad – uno menos.
-¿Por fin llegamos, verdad? – preguntó luego de un rato.
-Falta poco.
-¿Tu familia irá por nosotros al puerto?
-Probablemente.
-No te separes de mí – se agarró de mi brazo fuertemente –. No me sueltes la mano¿entendiste?
-¿Qué dices? – me provocó gracia su infantil gesto.
-Obedece.
-Órdenes son órdenes. No lo haré.
La vi respirar tranquila bajo mis brazos pero repentinamente fui yo quien se inquietó ante un mal presentimiento. Todo estaría bien, intenté convencerme. Todo estaría bien porque los tenía a ellos dos a mi lado y los protegería como me había enseñado la naturaleza: con inflexible ferocidad.
Nueva York
Tenía sed. Tal vez hambre. No estaba segura. Solamente sabía que no podía dormir. Rodaba por la cama buscando una posición cómoda. Me echaba las cobijas encima pero enseguida las apartaba. Miraba al techo cada cinco minutos. La ventana cada tres. En el resto del apartamento se oía silencio. Me pregunté si Terry y Richard ya se habrían dormido. No supe si su silencio total era buen o mal augurio.
-Leche – decidí ir por un vaso a la cocina, andando de puntillas por el corredor.
Antes de entrar observé el comedor vacío. El eco de las voces alegres de mi pequeña familia estrujó mi pecho. Extrañaba a Albert. A todos. No compartimos mucho tiempo juntos, pero luego de vivir sola tantos meses en Chicago, al fin me había vuelto a sentir parte de algo. Vinimos a Nueva York para aliviar el herido corazón de Archie y ahora… el de todos había terminado igual. Me abracé a mi cuerpo, añorando los días en que la vida era más sencilla.
-Albert – murmuré con tristeza. ¿Por qué me había pedido que hiciera algo así¿Por qué con tres simples líneas de un telegrama que no alcanzaban a explicarme nada?
No lo haría. Albert o no, renunciaría al apellido Andrey antes de obedecerle. Esta vez para siempre.
-¿Por qué, Albert?
Los brazos de Terry me rodearon en medio de la oscuridad. Sobresaltada, intenté girarme a verle pero me forzó a permanecer así. Abrazado a mi espalda con su aliento acariciando mi mejilla.
-Me asustaste.
-¿Por qué suspiras diciendo su nombre?
-¿Tiene algo de malo?
-No me gusta.
-¿Por qué no te gusta?
-No lo sé. Pero no me gusta.
-Sabes lo importante que es para mí.
-Tal vez es por eso – cerró su abrazo con más fuerza – porque no quiero que nadie sea más importante para ti que yo.
-Eso es injusto.
-¿Y qué?
-Siempre ha estado conmigo.
-¿Y yo no? – inquirió con molestia.
-No te enojes - recargué la cabeza sobre su pecho –. No quise decir eso.
-Estamos juntos de nuevo – deshizo su abrazo y se colocó frente a mí –. Juntos – recargó sus manos en mis hombros y su dura mirada se encendió en la oscuridad –. No voy a perderte de vista nunca más. Ahora seré yo quien esté contigo para siempre. ¿Entendido?
-Susana no te lo permitirá. Hará lo que sea para mantener a su lado. No te dejará ser libre. No mientras yo esté cerca de ti.
-Te hice una pregunta.
-Terry…
-Todas mis decisiones desde aquella noche han sido equivocadas, pero estoy empezando a corregirlas. Confía en mí. Lo arreglaré. Susana lo comprenderá.
-¿Cómo? – mi voz se quebró y sujeté sus manos con repentino temor – ¿Cómo alguien que te ama tanto comprenderá que la abandonas?
-Tú trataste de hacerlo al pedirme que cuidara de ella.
-Fue distinto.
-Sí, lo fue – su mano tomó un mechón de mi cabello y comenzó a tirar suavemente de él – porque yo te amaba a ti.
-Tengo mucho miedo – me resistí a llorar, pero no pude más y me abracé a él para esconder la cara en su pecho.
-¿De qué tienes miedo?
-De fallar otra vez.
-No sucederá.
-No podría soportarlo. No de nuevo.
-No sucederá – repitió y su cabeza se recargó en la mía – confía en mí. No volveremos a separarnos. No si no lo queremos.
-¿Cómo estás tan seguro?
-Porque lo último que voy a hacer en esta vida – dijo, entrelazando sus manos con las mías – es soltarme de ti.
-Que descanse, señorita.
-Perdone – llamé a la enfermera antes de que se retirara – la persona que me cuidó anoche… ¿no ha llegado aún?
-Todavía no – sonrió amablemente – pero si necesita algo sólo llámeme.
-Sí… - pero no deseaba llamarle a ella. Lo reflejé claramente en mi rostro – gracias.
¿Dónde estaba Archie?, era tan egoísta que quería estar con él las veinticuatro horas del día. Quizás no volvería esa noche y decidió descansar en casa. Que tonta. Por supuesto que hizo eso.
No dejé que la angustia me perturbara. No podía exigirle nada. No aún, cuando apenas me había perdonado. Tenía que darle tiempo. Miré las flores que me compró esa mañana y luego la pulsera de oro que resguardé en mi muñeca. Con eso era suficiente.
¿Que sucede princesita?
Me di la vuelta de golpe al escuchar esa voz, pero no había nadie. Sentí escalofríos y regresé la vista a la calle.
¿Eres buena para apuñalarme por la espalda pero idiota para hablarme de frente?
Otra vez. Giré sobre mis talones y tambaleante caminé unos pasos. Busqué de dónde provenía esa voz pero la habitación a oscuras solamente multiplicó mi miedo.
Estás hablando con mi novia, no con cualquier invitada.
-¿Archie? – miré sobre mi hombro. Era su voz.
Sujeté mi cabeza. Sentí que estaba a punto de estallarme. Las paredes oscilaban a mí alrededor y el piso empezó a darme vueltas.
Archie… ¿estaba con ella¿Con esa mujer?
Ese hombre era mi pretendiente y te importó poco separarnos y hacerme la mujer más infeliz del mundo.
No, no, no. Archie me había perdonado. Lo escuché de sus propios labios. Dijo que estaría conmigo para siempre. Me amaba, aún me amaba.
Tú no te puedes comparar conmigo. ¡No podrás competir contra mí!
¡NO, NO!
-Señorita Britter¿se siente bien?
Las manos de una enfermera aferraron las mías, pero no podía oír a nadie; las voces en mi cabeza eran más fuertes que todas las demás.
-¡Suéltame, suéltame!
-Señorita Britter, por favor.
A mí no me grites, estúpida huérfana
Esa voz… esa voz.
-Tranquilícese. Enseguida vendrá el médico.
-Déjame – forcejeé al sentir como me invadía el terror – déjame¡déjame!
Ponte de pie.
-No, no me hagas daño.
-No lo haré, pero tiene que tranquilizarse.
¡Ponte de pie, Annie!
-¡No! – grité con todas mis fuerzas.
¿Tienes miedo?
-No lo hagas – supliqué – por favor…
Tú vas a divertirme mientras tanto.
-¡No, por favor!
Veamos lo que Archie te enseñó.
-¡No, no, no!
Salí corriendo de allí. Embestí contra quien se interpuso en mi camino. Corrí desquiciada. No miré hacia atrás. Simplemente corrí huyendo de la voz de Neil. No me importaba hacia dónde, sólo huí. Recordé su rostro, su enferma sonrisa. Todo, lo recordé todo.
No paré hasta llegar a la calle y después de eso, no supe más de mí.
-No. Es demasiado atrevido.
Dejé el vestido sobre mi cama y escarbé en mi armario por décima vez. Hacía tiempo que no me tomaba tantas molestias para elegir uno.
-No, tampoco. Pasado de moda.
Undécima vez. Pero valía la pena. No todos los días se tenía la oportunidad de salir a cenar con el hombre más atractivo y rico del país. El que inesperadamente me había devuelto las ganas de vivir.
-Pensé que lo odiabas – me dije, modelando un insulso traje negro –. Todavía lo odio – fue mi respuesta – pero puedo seguir haciéndolo bien vestida y con el estómago lleno ¿o no?
-Karen – Archie tocó a la puerta - ¿puedo pasar?
Sentí una rara opresión en el pecho. Archie volvió a tocar insistentemente y dejé caer el vestido al suelo. Algo no andaba bien.
-Adelante – dije.
-Lo lamento.
La incomoda sensación viajó hasta mi estómago, congelando todo a su paso. "Lo lamento" dijo, con el rostro apesadumbrado. "Lo lamento, lo lamento, lo lamento". Dos simples palabras que penetraron mis indestructibles barreras como predestinadas pesadillas. "Lo sabía", resolvió mi fatigado corazón, mi agonizante esperanza.
-¿Qué sucede? – no tenía que preguntarlo. El nombre de ella estaba inscrito en sus ojos. Pero le sonreí y fingí desconcierto. Le sonreí y prometí que así lo despediría en la puerta: sonriendo - ¿ya no tienes hambre?
-Tengo que salir por unas horas pero volveré.
-Ah… - por breves segundos me sentí orgullosa de mí misma. Sonreía a pesar de sentirme la mujer más diminuta, invisible, vana y prescindible que había pisado la tierra –… de acuerdo. ¿Todo está bien?
-S-sí, es sólo una… cosa que olvidé.
-No tienes que explicarme – y lo dije de verdad. No tenía por qué. No le pregunté nada al salir de mi camerino. Nada mientras volvíamos a "casa". Nada porque no era nadie en su vida. Así eran las reglas del juego: no aclaraciones, no preguntas, no reclamos, no derechos –… te esperaré.
-Pero sí tengo hambre – se acercó y tomó mis manos – ¿quieres que comamos aquí? Traeré algo.
Mi exhausta pero convincente sonrisa se inclinó dulcemente para ofrecerle un consuelo que estaba lejos de querer darle. "Ayer te preparé la cena más deliciosa que hubieses probado nunca", pude haber dicho y obligarlo a que me pidiera perdón de rodillas. Pero no lo hice. Solamente sonreí. Bravo. Sonreí hasta el final.
-Claro que sí. Te esperaré – repetí, y jamás me había dolido tanto decir la verdad. Lo esperaría a pesar de que no volvería esa noche. Ni esa ni muchas más.
-¿Ya te dije que te ves hermosa?
-¿Ah, sí? – supliqué en silencio que se fuera de inmediato. Que no lo hiciera más difícil tratando de reconfortarme. Que sólo estaba rompiendo mi corazón como si lo pisoteara con saña -. Es lindo escucharlo tantas veces. Dilo otra vez.
-Te ves hermosa – de puntillas besó mi frente y mis rodillas flaquearon junto con las diez mil lágrimas que aguardaban silenciosas en mis ojos para salir en cuanto cruzara la puerta –. Volveré, lo prometo.
No lo haría. Pero yo sí cumplí mi promesa y lo despedí sonriendo. Esperé por varias horas y me comí un par de barras de chocolate sin dejar de ver el reloj. Antes de las tres de la mañana puse el cerrojo a la puerta y me pregunté por qué no era igual de fácil hacerlo con mis sentimientos.
-Duerme bien, niño cosmo – dije al sumergirme entre las almohadas, odiándome por no ser capaz de dejarlo ir. Por necesitarlo tanto.
¿Era un crimen desear ser feliz una hora más… un día más?
-¿Annie Britter?
-Lo siento. Las horas de visita terminaron a las…
-¡No vine de visita! – estrellé el puño contra el mostrador – llamé hace media hora para saber cómo estaba y me dijeron que...
-¿El señor Archibald Cornwell? – un médico se acercó a nosotros y asentí al escuchar mi nombre – pase a mi oficina.
-¿Dónde está Annie? – no me moví un centímetro ni lo haría hasta saber qué sucedía.
-Será mejor que hablemos en mi ofi…
-¡¿Dónde está?!
-No lo sabemos aún. Estamos buscando en los alrededores pero todavía no tenemos noticias.
-¿Cómo es posible que una chiquilla haya abandonado éste lugar sin problemas? – sentí deseos de estrangularlo –. ¿Nadie se interesó en preguntarle a dónde iba cuando salió por la puerta?
-Señor Cornwell, le sugiero que se calme.
-Yo le voy a sugerir algo mejor – le apunté, furioso – busqué un abogado. Los demandaré por todo lo que pueda ocurrirle a la señorita Britter esta noche. ¿Oyó bien?
-Estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo pero…
-¡Esfuércese más y encuéntrela ahora!
Salí corriendo del hospital completamente perdido. No sabía qué hacer o para dónde ir. La conciencia me estaba haciendo pedazos. Gritaba que era mi culpa por no haber estado allí. Por elegido mal. Por haberme ido con otra mujer.
-¡Annie¡Annie! – tomé mi auto y me detuve en cada callejón a lo largo de toda la avenida.
Pero no era cualquier mujer.
-Disculpe – le pregunté a un policía en una esquina - ¿ha visto pasar a una jovencita de cabello negro y largo?, no tienes más de dieciocho años.
-Ni una completa desconocida. Era Karen.
-¿Por qué no busca cerca de los basureros en el muelle? – me recomendó fríamente el dueño de una bar.
-Gracias – continué mi camino, creyéndome el hombre más miserable y ruin de la tierra.
Y yo… sentía algo por Karen ¿o no?
-¿Annie? – vi a una mujer dormitando en una solitaria callejuela. Toqué su hombro cubierto por una sucia manta pero no era ella.
Sentir que algo me faltaba cuando no estaba con ella. Que deseaba hablarle para decirle lo feliz o triste que me sentía al terminar el día. Imaginar su sonrisa al cerrar los ojos y reírme a solas por alguna tontería que hubiese dicho la noche anterior. Oler la esencia del jazmín al pasar frente a una tienda llena de flores y sonreír sin razón alguna pensando en su nombre.
-Annie – murmuré al detenerme a descansar un instante frente a un parque – ¿dónde estás?
¿Cómo se llamaba ese sentimiento¿Cariño¿Amor¿Soledad?
-Por favor – rogué al cielo al encender de nuevo el motor – ¿dónde estás?
Cual fuese su nombre, estaba por convertirlo en un profundo desprecio. Karen odiaría todo de mí si continuaba lastimándola de esa forma. Tonta. ¿Pensó que podía engañarme con esa falsa sonrisa al dejarme ir?
-¿Ya tiene noticias? – le pregunté a la enfermera del nuevo turno. El amanecer se acercaba.
-No, señor. Lo siento.
Una excelente actriz en el entarimado, pero una pésima farsante al tratar de esconder sus emociones.
-¡Señor! – media hora después, una enfermera entró gritando a la sala de espera donde me había quedado dormido – la encontramos.
-¿Dónde está?
-En cuidados intensivos. Queríamos asegurarnos de…
-Gracias – me dirigí hacia allí lo más rápido que pude. Mis piernas me dolían como si fuesen a desprenderse de mi cuerpo pero me olvidé de todo y corrí.
No cumplí mi promesa con la señorita Klaise. No volví esa noche y quizás no lo haría más. Mi "deber" era permanecer junto a Annie y el deber de Karen era odiarme con toda su alma para sacarme de su corazón. Yo, en cambio, atesoraría ese "sentimiento" sin nombre y lo llevaría conmigo hasta la tumba para evocar su sonrisa, su mirada, su aroma a jazmín. Para soñar con sus delgados y perfectos brazos sujetos a mi espalda mientras compartíamos la intimidad y susurraba mi nombre.
-¿Se quedará con ella? – me preguntó la enfermera que aseaba el rostro de Annie cuando la trasladaron a su habitación. Lo tuvo que preguntar dos veces porque mi voz se quebró al tratar de responderle a la primera.
-Sí – lo dije fuerte para escuchar yo mismo la sentencia – me quedaré con ella.
Inglaterra
-¿Estás bien?
-Estoy bien – Aoi me miró con infinita paciencia al bajar las escaleras del barco cuando atracó en el puerto. Al fin tocábamos tierra, pero una molesta sensación seguía incomodándome. Le correspondí con la misma expresión, fingiendo calma –. Puedo caminar sola.
-El doctor dijo que…
-Sólo caminaré hasta el auto. ¿De acuerdo?, me hace bien el ejercicio. "Nos" hace bien a los dos – acarició suavemente su abdomen.
-Pero sólo hasta el auto ¿prometido?
-Prometido.
-¿Señor Andrey?
Al oír mi apellido me volví hacia el hombre que lo había pronunciado. Instintivamente sujeté la mano de Aoi como si tuviera la necesidad de sentirla a mi lado. Parecía un niño asustado, pero alguna parte de mi ser sabía que aquella apresurada invitación a Londres no era exactamente de cortesía.
-Soy yo.
-Lo estábamos esperando, señor. Por aquí, por favor.
-Y usted es… - aguardé su respuesta.
La señora Elroy nos ha dado instrucciones de conducirlo a usted y su acompañante hasta la mansión de la familia.
-¿Mi… acompañante? – reaccioné con irritación a su malintencionado comentario –. Será mejor que se disculpe ahora.
-Albert… - dijo Aoi, tratando de restarle importancia.
La señora es mi esposa y lo menos que espero es que la trate como tal – ese calificativo no pudo venir de otra persona que la tía abuela. Lo sabía. Lo sabía tan bien como que mis problemas acababan de comenzar -. Lo lamento pero no le conozco. Además no fui informado de su presencia. Gracias pero mi esposa y yo – mentí – ya tenemos un auto listo.
-Tendré que insistir, señor – dijo el desconocido, más como un mandato que como una solicitud –. Solamente cumplo órdenes.
-Me tiene sin cuidado. ¿Podría hacerse a un lado, por favor? – Aoi apretó mi mano en un segundo intento por tranquilizarme.
-Mis más sincera disculpas, señor – inclinó la cabeza en un acto hipócrita de ser agradable – no ha sido mi intención incomodarle pero la señora Elroy previno esta recepción por motivos de seguridad. Yo simplemente soy su chofer, señor.
-¿Y cómo sé que realmente viene de parte de mi familia?
El hombre se hizo a un lado y me mostró el lujoso auto que portaba en el frente la insignia del Clan Andrey. Me acerqué a inspeccionarlo y era real. Lo que no me dejaba en paz era ese escalofrío en la espalda. Devolví la mirada a mi supuesto chofer y luego en silencio le pedí a Aoi su opinión. Asintió con una sonrisa nerviosa.
-De acuerdo – acepté al cabo de un minuto.
La puerta trasera se abrió y ayudé a Aoi a subir.
-Todo va a estar bien – murmuré y besé su mano.
-Lo sé.
Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se cerró intempestivamente. Como si alguien hubiese tirado de ella con fuerza desde adentro. Apenas pude apartar el brazo. El auto arrancó y durante un instante no comprendí lo que sucedía. No lo hice hasta que una voz gritó en mi cabeza y me sacudió.
-¡Aoi! – grité, corriendo inútilmente tras el auto que se alejaba.
-Su acompañante irá primero, señor – me informó el hombre. Escucharlo repetir esa palabra desbordó mi furia – usted vendrá con nosotros.
Regresé sobre mis pasos, furioso. Llegué hasta él y lo tomé por el cuello con un brazo sin tomar conciencia de lo que pude haber hecho. Dos hombres me sujetaron por la espalda para apartarme de él de inmediato.
-¡¿Adónde la llevaron?! – demandé en cólera - ¡¿Dónde está mi esposa?! – El hombre se limitó a abrir la portezuela del segundo vehículo donde fui obligado a entrar.
-La señora está bien – me aseguró el tipo dentro del auto –. En breve se reunirá con ella, pero su familia solicita verlo primero… a solas.
-Si la tocan voy a matarlos. ¡Juro que lo haré!
-Son innecesarias sus amenazas, señor Andrey.
Cerré el puño con tanta fuerza que perdió su color. Respiré hondo y enseguida mi codo arremetió contra uno de los hombres a mi lado. Oí su nariz partirse por la mitad. Después estrellé mi puño contra el estómago del segundo, a quien conseguí dejarlo sin aire. Me incliné sobre el asiento del conductor y continué lo que había dejado pendiente. Sujeté su cuello con ambas manos, encajando mis dedos en su garganta.
-Para mí si es necesario que lo sepa – le advertí, mirándole por el retrovisor –. Voy a matar a todo el que se atreva a ponerle una mano encima a mi mujer. ¿Escuchó bien?
-Señor… - balbuceó sin aire.
-¡¿Escuchó bien?!
-S-sí…
Antes de que perdiera el control del auto lo solté y me dejé caer de nuevo sobre mi asiento temblando de rabia. Me maldije por haber sido tan descuidado. Pensé en Aoi y en lo asustada que podía estar. Revivía su imagen alejándose en ese auto y sentí un miedo espantoso. Dejé que me arrebataran a la mujer que amaba y a mi hijo con ella. No pude protegerlos. No pude hacer nada y no podía creerlo.
Al cabo de unos minutos, el coche arribó a la mansión Andrey y bajé haciendo un esfuerzo sobrehumano por controlarme. Contuve la rabia pero no la hice desaparecer. Haría buen uso de ella al reunirme con quien lo había maquinado todo.
No tardé en hallarle. Las imponentes puertas de la entrada principal se abrieron de par en par, dándome la bienvenida.
-Buenas noches, William – saludó la tía abuela, con gélida e inexplicable naturalidad –. Me alegra que al fin hayas llegado. Apresúrate – dio media vuelta para que la siguiera – tenemos mucho de qué hablar.
-No – la alcancé y tomé su brazo duramente –. Primero me vas a decir dónde está mi esposa. No hablaré contigo hasta que me expliques por qué demonios nos hiciste esto.
-Limítate a obedecerme – me advirtió, traspasándome con la mirada –. Y mide bien tus palabras porque no te voy a consentir ninguna altanería en mi casa.
-Devuélveme a mi esposa – la miré como a mi peor enemiga y me dolió profundamente.
-No es tu esposa – me hizo a un lado como a cualquier sirviente –. Vamos, el resto de la familia te espera.
-¡Me importa un demonio! – vociferé – ¡Que esperen lo que tengan que esperar¡dime dónde está Aoi!
-Serás tú quien decida su destino – apuntó hacia el salón principal – así que terminemos con esto.
Mi cuerpo se estremeció de coraje bajo su dominante mirada. Se la devolví enseguida. No sospechaba que podía rebelarme de tal manera contra mi propia sangre. Sin embargo, la amenaza latente de perder a los dos seres que más amaba en la tierra superó mis expectativas. Llené mis pulmones de aire, invadido por una preocupación aplastante, pero dispuesto a enfrentar lo que me aguardaba. Únicamente en eso coincidí con la tía al empezar a caminar hacia ella.
-Bien, terminemos entonces.
Continuará...
Notas:
Creo que no quiero terminar este fic nunca. La verdad es que me ha dado la posibilidad de experimentar con tal cantidad de sentimientos y experiencias que no quisiera dejar de escribirlo. Es como mi diario personal en donde puedo ser todos estos bellos personajes y retratar lo que sucede en mi vida a través de las suyas. Espero su comprensión por los retrasos pero ojalá continúen conmigo hasta el final.
Éste capítulo, a reserva de que me tachen de pesada, me lo dedico a mí. A lo orgullosa que estoy de sobrevivir en un mundo donde increíblemente las personas que te deben amar, son las que más te lastiman, más te quieren lejos, más te quieren olvidar. Agradezco a mis "seres queridos" todo lo que no me han dado, todo lo que me han quitado, todo lo que me han difamado y acosado. Gracias por enseñarme que no los necesito. Por dejar que ponga mi fe en algo más grande, más fuerte, más divino. Por dejar que crezca con la vista puesta en el horizonte. Tal vez para huir, quizás para viajar, pero especialmente para salir a vivir.
Y a todas(os) ustedes les deseo que sobrevivan a las crueles experiencias de la vida, para que lleguen a disfrutar de aquellas que siempre sobreviene: las maravillosas.
Gracias por sus mensajes y su cariño. Aquí sigo.
Vocabulario:
(1) Ne¿verdad? O ¿cierto?
(2) Ohayou gozaimasu: buenos días
(3) Hai: Sí
(4) Ie: No
(5) Yokata: Me alegra o que gusto
(6) Genki desu: estoy bien
(7) Anata wa¿y tú?
(8) Mo: También
(9) Gomenme: perdóname (informal)
