Notas de la autora: Este capítulo les va a resultar extraño o complicado de leer puesto que esta plataforma no me deja poner el texto pegado a la derecha, y hay conversaciones que están diferenciadas por la posición. Les dejo un link de mi fic en otras plataformas que no tengan el mismo problema, por si gustan.
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Capítulo 29
Trueno
"El recuerdo de tu calor me mantiene vivo"
–Antony and the Johnsons
Aquella noche, cumpliendo la promesa de contarle todos los detalles a Ned, Peter se puso a marcar los números de teléfono en cuanto torció la cerradura de su habitación, y se aseguró que May ya se hubiese ido a dormir.
Tal y como había previsto, lo que más emocionó a su amigo fue:
—¿Vas a ser personalmente entrenado por Black Widow? ¡Viejo, eso es asombroso!
—¡Lo sé!
—¿Te pateó el trasero la primera vez?
—Sí. Todavía me duele.
—¡Fantástico!
—Mañana le pondré más lucha —dijo Peter en un intento de alarde—. No sabrá qué la golpeó.
Pero eso sólo sucedió en sus sueños.
Porque en la consecución de tardes destinadas al entrenamiento, Peter aprendió mucho, y una de esas cosas es que tenía mucho que aprender.
Natasha Romanoff era una combatiente dura, feroz y tremendamente eficaz, que nunca hacía un movimiento innecesario y que no solía tomar un segundo golpe para acabar con su oponente.
Peter era más dado a exhibicionismos, volteretas y chistes para aligerar el ambiente. Le gustaba luchar, pero, sí podía, intentaba convencer a su contrincante de optar por la paz antes de hacer daño. Y cuando no le quedaba opción, le agradaba añadir belleza y espectacularidad a un movimiento.
Probablemente se debía a que siempre lo había tomado como un entretenimiento, una especie de deporte peligroso y emocionante que jugaba al salir de clases.
Black Widow, por el contrario, era rápida y contundente. Siempre buscando el golpe más fulminante y letal.
—No te estoy criticando —dijo Natasha cuando pausaron unos minutos para tomar agua y aire—, ¿pero tienes siempre que hacer comentarios sobre lo que está pasando en el combate? Tus oponentes te lo van a agradecer si dejas de hacerlo.
—Yo no tengo que hacerlo, Spider-man sí.
—Pero no estás usando el traje, chico. Intenta mantenerlo al mínimo, ¿de acuerdo?
—No sé si pueda cumplir esa promesa, pero, sí, seguro, lo intentaré.
Esa tarde fue golpeado contra el suelo tantas veces que llegó a creer y a manifestar de forma teatral que se había roto la espalda.
—Tienes tarea chico-araña —dijo ella antes de que Peter se fuera a casa contemplando las ventajas de caminar con la misma lentitud de un anciano—. Quiero que estudies a los otros expertos en combate y aprendas de sus movimientos. Si ves a Dominic, apreciarás que él tiene un estilo libre, más callejero e impredecible. Si ves a Jennifer y a Seth, observarás que ellos pelean como si fuesen un cuerpo con dos cabezas y cuatro manos. Clint, por otro lado, tiene un ritmo bastante parecido al mío, pero es muy hábil para mantener la boca cerrada. Míralo bien. Bueno, eso es todo. Descansa.
Al siguiente día, además de la sesión regular con Black Widow, Peter rondó por otras áreas de entrenamiento.
Peter no dejaba de maravillarse de lo bien equipados y amplios que eran aquellos sitios. Durante la dichosa "pasantía" que llevó con Tony por varias semanas, Peter no se entretuvo curioseando por ahí, puesto que a Stark no se le notaba muy inclinado a querer pasar tiempo en aquellas zonas.
El muchacho supuso que le traían demasiados recuerdos agridulces. El laboratorio siempre fue el espacio más privado para Tony, incluso en las épocas de Vengadores y, por tanto, el más habitado por él y Peter durante los fines de semana. Ése y la recámara, naturalmente.
Eran dos estancias principales:
La primera era propiamente un gimnasio; lleno de sacos de boxeo, máquinas para fortalecer brazos, torso, piernas y glúteo, bandas de resistencia y, en medio; un ring en el cual Peter entrenaba con Natasha todos los días.
La segunda parecía ser un salón desierto a primera vista, pero las sorpresas se hallaban por debajo del suelo.
Se programaba un patrón de lucha, un nivel de dificultad, y del piso y de las paredes sobresalían drones, armas cargadas con balas de pintura, y una serie de obstáculos y enemigos hechos de metal endurecido que había que destrozar.
Peter no había puesto un pie allí porque no tenía caso; él esquivaría cualquier obstáculo con la gracia de un gimnasta olímpico y lo haría sin sudar una gota. Las sorpresas de aquella estancia no eran sorpresas para el hombre araña. Romanoff, que estaba al tanto de sus habilidades, tampoco quiso que perdiera el tiempo ahí. Ellos se dedicaban únicamente al combate uno a uno.
Al entrar en aquel lugar de combate personalizado se encontró con que Lola y Harley también estaban allí. Ellos le hicieron señas cuando lo reconocieron y Peter cruzó la zona oteando su alrededor hasta alcanzarlos. Había una especie de gradas en lo alto, donde se podía observar tranquilamente el desempeño de los que practicaban abajo, y donde el par de muchachos (con Brownie dormido a sus pies) estaban situados.
—¿Qué te trae por aquí, Spider-man? —fue el recibimiento de Harley. Había comprendido desde la junta con los demás que Peter era el superhéroe que rondaba por YouTube desde hacía varios meses.
—Vine a estudiar tipos de pelea por órdenes de mi entrenadora —respondió Peter—, ¿y ustedes?
La chica y el joven se miraron antes de responder:
—Lo mismo —dijeron al unísono.
—Aunque nadie nos lo ordenó —añadió Harley.
Se pusieron, pues, a observar a quienes entrenaban en aquel gran salón; en ese momento eran Jennifer Delvechio y su esposo.
Tal y como había dicho Natasha, el matrimonio luchaba como un solo ente, desplazando los movimientos en perfecta sincronización; a veces de espaldas, o enfrentando hombro con hombro su objetivo, pero siempre reflejando la mente de un organismo vivo y entero. Un complemento de temer.
—Un complemento muy atractivo, sexy e interesante —ronroneó Harley.
—A Harley le chiflan los complementos —le explicó Lola a Peter.
—Especialmente el complemento de la izquierda —Peter volteó y vio que el de la izquierda era Seth—. Me pregunto qué palabras mágicas habrá dicho esa mujer para tomar en santo matrimonio a un exótico Adonis.
—¿De verdad crees que tuvo que emplear palabras? —inquirió Lola con tono pícaro.
—Touché.
Los pasos que daba la pareja eran magistrales, parecían flotar en el aire y al mismo tiempo sin despegar un segundo los pies de la tierra. Era difícil distinguir a quién le pertenecía el brazo o de quién fue la patada, y al cabo de unos pocos minutos, ya estaban llevándose la victoria con maniobras increíbles.
—¡Oh! —exclamaron los tres a coro y aplaudieron.
—¿Tú qué opinas, Spidey? —preguntó Harley—. ¿Cuál de los dos complementos te agrada más a la vista?
Peter decidió que no tenía caso mentir.
—Ambos.
—¿Ambos? —Harley alzó las cejas y desplegó una sonrisa tan larga que recordaba al gato risón de Alicia.
—Tenemos un ganador muy travieso —canturreó Lola.
Peter se puso a reír para ocultar su incomodidad.
—¿Tienes novia o novio? —preguntó Harley.
—Ninguno. Paso de relaciones ahora —creyó (esperó) que había sonado convincente, a pesar de que se le estaban subiendo los colores.
Para su gran alivio, Harley asintió.
—Sí, supongo que todo este lío te mantiene la cabeza ocupada. No es como el Bahamas para ligar.
—Aunque nunca olviden que ligar con un hombre atractivo es un agradable beneficio adicional en las misiones —rebatió Lola—. Piensen como en las películas de James Bond.
Ante eso, Harley suspiró y acarició el pelaje de Brownie con los dedos, quien yacía desparramado debajo de sus pies roncando como un tren de mercancías.
—Touché otra vez. Me estás ganando todas las rondas.
—Acepto efectivo —Lola extendió la mano hacia Harley, y éste se la retiró con un golpe.
Jennifer y Seth concluyeron el entrenamiento, dando paso a un corpulento Dominic. Si Natasha era letal y certera, y la parejita de casados eran tan sincronizados como unos de bailarines; aquel hombre era pura agresión, gruñidos, y movimientos que recordaban al de un toro relinchando de furia en la arena. Aquel soldado demostraba una bravura sorprendente, y no dudaba de ponerlo de manifiesto; en algún momento lanzó un escupitajo y se quitó la camisa, luciendo unos fantásticos abdominales bien marcados.
—Mmmm, válgame dios.
—¡Oh, basta Harley! —se fastidió Lola—. Está alardeando porque sabe que lo espiamos como zopilotes. Ni siquiera está tan bueno.
—Ese cuerpo suyo es como una carga de fondo contra las hormonas de quien lo mire —la ignoró el muchacho, ladeando la cabeza con aire soñador.
—El cuerpo es algo genético —repuso Lola con desdén—. La personalidad y la conducta se desarrollan.
—Pues el día en que lo hicieron fue un buen día para la genética.
Peter rápidamente notó que Harley se la pasaba hablando sobre hombres o haciendo ese tipo de comentarios, aunque nunca tomaba cartas en el asunto. O no que Peter hubiese visto hasta ahora.
Tal vez el trabajo en el laboratorio con los otros genios del equipo lo mantenía ocupado como para hacer algún avance en sus conquistas. Tal vez Harley era la clase de chicos que alardeaban sobre tener mucho conocimiento en las reglas no escritas del flirteo, jactándose de Don Juanes y, sin embargo, terminaba no siendo el caso. Conocía un par de chicos así en la escuela.
De cualquier forma, Harley comenzaba a caerle bien. Harley y su perro. Casi jamás se les veía separados, así que hablar de uno equivalía hablar del otro.
Peter le preguntó una vez cómo le hacía para llevarse a Brownie al laboratorio sin que el torpe animal ocasionara un cataclismo de aparatos rotos. Harley respondió que lo dejaba al cuidado de Dorian, el chofer. Inesperadamente, aquel gentil señor de la tercera edad era dueño de tres dobermans y dos pitbulls, de modo que Brownie era un cachorrillo juguetón a lado de sus fieras. Así pues, Dorian permitía que Brownie lo acompañara en sus actividades, ocasionalmente le daba comida y agua, y Harley se ocupaba del resto.
No obstante, darle de comer al can resultaba ser en sí una tarea exhaustiva.
Brownie era como una planta de electricidad de alto voltaje que convierte cada gramo de combustible en energía pura. Y como era de esperarse, tenía un apetito voraz: era necesario llenar un bol de comida y otro de agua fresca tres veces al día. Sin embargo, tampoco tenía importancia la cantidad de comida que devoraba, ni si lo hacía por medio legítimos o ilegítimos, ya que siempre quería más.
Y si el apetito de Brownie era enorme, más enormes serían sus depósitos, montículos gigantescos, opinaba la mayoría.
Cuando Harley lo sacaba a pasear sobre los vastos jardines del complejo (lo cual implicaba lanzarse enloquecido, orinar los arbustos, y cavar agujeros de tierra), todos los demás admiradores del perro los acompañaban. Y Brownie, obviamente, adoraba la atención. Se regocijaba cuando Natasha le describía todas las buenas virtudes que tenía, como hacerse el muerto y perseguirse la cola en interminables movimientos giratorios. Le entusiasmaba mucho jugar a las luchas con Peter (el único apto para soportar su fuerza descomunal), y le encantaba jugar a la pelota con el que estuviese dispuesto a arrojarla por dos horas seguidas.
No obstante, su juego preferido siempre pareció ser el de mordisquear la pierna prostética de Rhodey.
—¿No puedes hacer algo para que deje de hacerlo? —quiso saber Rhodey, una tarde en la que Brownie decidió que cualquier momento sin saborear aquel bonito engranaje era un momento desperdiciado—. ¿Entrenarlo, por ejemplo? Hay muchos centros de adiestramiento para perros brutos como éste. Prueba uno.
—Una vez lo llevé al "Instituto para amaestrar perros incorregibles y desobedientes" —dijo Harley con gesto sombrío—. Lo echaron al primer día. Todavía nos cuesta superarlo.
Aquellos que escuchaban, desplazaron la mirada hacia Brownie con una renovada mezcla de admiración y temor, mientras que el perro estaba muy ocupado hurgándose las partes.
La única figura de autoridad que el indomable obedecía sin chistar, era Natasha. Ella podía exclamar una sola palabra indescifrable en ruso y de tono pausado y enérgico, y Brownie se sentaba de golpe, educadamente alzaba una enorme pata con una dignidad poco habitual en él, y todo el mundo se quedaba sin aliento. «Tengo buena mano para los animales», decía ella simplemente.
Sin embargo, a medida que pasaban los días, Natasha Romanoff mostró un lado de bondad y atención que nadie sabía que tuviese: abrazaba a Brownie a cada oportunidad, lo acariciaba, lo peinaba con espero y le enseñaba algunos modales (para gran alegría de Harley). Era todo un espectáculo verle ese lado tierno y maternal.
—Los perros son su única debilidad —afirmó Clint un día—. Son su kriptonita.
—Todos tenemos un talón de Aquiles —corroboró Visión—. El mío es preparar alimentos comestibles.
—Oye, ése también es el de mi tía —comentó Peter.
—El mío es una habitación a oscuras —agregó risueñamente Lola, estirando los brazos y las piernas—. Necesito luz. Color, forma, textura. ¿Qué sería de mí sin una bella pieza de arte a la vista?
—¿Cuál es su talón de Aquiles, señor Stark? —quiso saber Harley.
—Las rosquillas con chispas rojas, blancas y azules —Tony respondió sin titubear.
El muchacho alzó una ceja.
—No tengo control. Me las termino todas —intentó explicarse—. Siempre tuve problemas con el equipo porque nunca les guardaba ninguna.
—Puedo dar fe de ello —dijo Rhodey—. El Capi y él se reñían como gatas enfurruñadas todo el tiempo.
—Me acuerdo —apuntó Natasha, luciendo una expresión de calma narcótica por tener una maraña de pelo jadeando suavemente en su regazo—. Y Wanda los observaba dramáticamente desde una esquina cuando se bufaban. Era la clase de espectáculos ridículos que ella disfrutaba.
Se hizo un silencio. Pero no uno desagradable, sino nostálgico.
El fuego crepitaba virtualmente en la pantalla de televisión. Eran las ocho de la noche, y eran momentos raros como aquél en el que algunos miembros del equipo se daban el lujo de acomodarse en la sala de estar y compartir la extraña y lenta unidad que se iba dando conforme los días pasaban.
Sin embargo, los más ariscos, los que no buscaban estrechar lazos con nadie, se encerraban en sus alcobas al final de día y no salían de allí ni para decir esta boca es mía.
Entre ellos se encontraba, por supuesto, Dominic. Ese hombre parecía más interesado en levantar pesas que en charlar con la gente.
Los casados tampoco interactuaban mucho, aunque por razones distintas. Ellos disfrutaban sus ratos a solas. De todas formas, aquello no significara que no atendieran reuniones. De vez en cuando merodeaban con ellos, la mujer acoplándose perfectamente al equipo, y el hombre, observando desde lejos, atento a su esposa.
El profesor simplemente estaba dormido ya (hábitos de anciano), y María y Nick casi siempre estaban ocupados con otras cuestiones, por tanto, no se les veía mucho.
—Rosquillas. Hum…—repitió Harley distantemente—. Mi talón de Aquiles siempre fue el no poder comprobar la Teoría de Cuerdas. Supongo que todos tienen prioridades. ¿Cuál es tu debilidad, Spidey?
Peter dijo lo primero que se le vino en mente.
—Hum, alcohol. Tampoco puedo controlarme.
Harley rio.
—¿En serio? No pareces el tipo de persona que bebe hasta cruzar los cables.
—No lo soy. Nunca lo hago. Pero la única vez que lo hice, las cosas salieron terriblemente mal.
«Aunque eventualmente salieron bien», pensó para sí mismo.
Involuntariamente sus ojos rastrearon los de Tony, que se rehusaban a mirarlo, pero pudo apreciar que la risa bailaba en ellos y sus labios se estremecían para no dibujar una sonrisa.
El hombre terminó por aclararse la garganta.
—Cambiando el alarmante tema sobre el consumo de alcohol en menores, creo que la hora de irse ha llegado para cierto alguien.
—¿No puedo quedarme como todos los demás? Tengo un dormitorio… —Peter fue atrapado por la severidad que demostraban los ojos de Tony. Él sabía, los dos sabían, a qué iba esa pregunta.
Tony se quedó pensativo unos breves segundos, tamborileando los dedos sobre una pierna entrecruzada con la otra, antes de sacudir la cabeza.
—Vete a casa. Pronto dejarás de estar allí por un buen rato, y te arrepentirás de no haber pasado tiempo de calidad con tu familia y amigos.
Claro, por supuesto que tenía razón; pero Peter ya se estaba impacientando.
—De acuerdo.
Y de repente, el señor Dorian apareció por arte de magia. Se había tomado demasiado en serio las responsabilidades de Happy, por lo que, a la más leve mención de su apelativo o de sus quehaceres, el hombre emergía salido de la nada, siempre tan servicial como irritante cual mosquito.
Alrededor de las nueve y media de la noche, Peter se desplomó en su cama, deseando poder dormir criogénicamente durante los próximos milenios. Necesitaba descansar, pero cuanto más intentaba relajarse, menos cooperaba su cuerpo.
Sacó el celular del bolsillo de sus pantalones e hizo lo que siempre hacía al llegar a casa:
"Dile a Dorian que no trabaje tan duro"
"No tiene que llevarme a casa todos los días"
"Ya lo hice"
Aquello tomó a Peter desprevenido.
"¿Y?"
"Los choferes tienen la extraña habilidad para voltear las palabras de uno y empecinarse con que nadie puede cumplir su labor excepto ellos.
"No quiso escucharme"
"Tal vez que lo enseñan en las clases particulares para choferes"
"Supongo que Happy se graduó de allí con honores"
Peter esbozó una sonrisa de lado y adoptó una posición fetal mientras escribía con ambos pulgares.
"Que lata"
"Ni que lo digas"
"Por cierto; buena tu excusa la de visitar el laboratorio para ver en lo que estamos trabajando"
"¿Te pareció convincente?"
"Demonios, es difícil añadir sarcasmo a los mensajes de texto"
"Quise decir que dejes aquella sutileza para niños de segundo grado. Es vergonzoso"
"¿Sí? Pues a ti no parece avergonzarte demasiado cuando te la pasas viéndome mientras entreno en el gimnasio"
"No tengo idea de lo que estás hablando"
"¿No? Porque podría jurar que siento una mirada en mi trasero cada vez que vas por allí"
"Y por cierto; el hecho de que uses lentes de sol no lo enmascara mucho que digamos"
"Anotado"
Peter sintió haber ganado la ronda. A veces, Tony daba un despreocupado y aleatorio paseo por el gimnasio para ver el progreso de Peter. Si "progreso" se podía traducir a "parte baja de la espalda" entonces quedaría encantado con el progreso que llevaba. Peter no estaba cien por ciento seguro de sus intenciones, pero la defensiva respuesta de Tony había sido demasiado esclarecedora para ponerle una sonrisita en la cara y demostrarle que no era el único con ganas.
Siguieron escribiéndose mensajes de texto por varios minutos. Cansado como estaba, Peter habría dejado acogerse felizmente en los brazos de Morfeo, pero aquellos momentos eran los únicos que tenía para hablar libremente con Tony.
Ya era un ritual.
Antes de dormir, conversaban hasta que a alguno de los dos le pesaran los párpados. Usualmente era Peter quien le mandaba el primer mensaje, y de ahí se desembocaba toda una charla sobre la situación actual, sus progresos con Natasha, lo que pensaba de los demás integrantes, y un largo etc. No sabía si aquello resultaba molesto para Tony, pero opinaba que, si lo fuese, ya se lo hubiera dicho; Tony no es de los hombres que se quedan callados. Además, también era la única oportunidad que tenía para usar el súper ultra moderno teléfono que Tony le obsequió tiempo atrás. El otro uso y pasatiempo que tenía era el de tomar fotografías compulsivamente con la increíble resolución de cámara.
Fotos. Cámara. Mensajes de texto.
Y de pronto, en la mente de Peter se hizo la luz.
¿Cómo no se le había ocurrido antes? Tantas palabras desperdiciadas, tanto rollo para nada. Peter quería darse unas cachetadas mentales.
Nunca lo habían probado anteriormente, puesto que las rondas en la cama solían ser bastante largas y, en vista de que se tenían todo el fin de semana dándole y dándole como si fuesen conejos, jamás se le ocurrió agregarle sal y pimienta con el uso de la tecnología.
Sin embargo, ahora la situación había cambiado. El complejo era, de principio a fin, la zona prohibida para el sexo. Y como eso era todo lo que necesitaba Peter a modo de tentación, se atrevió a proponerlo.
Se irguió sobre la cama y giró sobre su eje hasta apoyarse en los codos. Su pene ya estaba rígido por el interés y ni siquiera había comenzado.
"¿Qué tal una foto que ayude a disminuir mis visitas al laboratorio?"
"A cambio, yo te mando una"
"Estoy solo"
Esperó, con el corazón martilleando y la cara enrojecida. En tiempos desesperados, medidas desesperadas, pensó. Ya moriría de vergüenza luego.
"No sabes cuánto me gustaría...
Al instante Peter puso los ojos en blanco y la ansiedad se le esfumó: ya sabía lo que vendría a continuación
"Pero tengo a alguien demasiado cerca que no para de hablar sobre algoritmos de programación"
"¿Harley?"
"Ese mismo"
"Bueno, espérate a que se vaya a dormir"
"¿Acaso los jóvenes entienden el concepto de dormir temprano? Me lo tenías que haber dicho"
Peter frunció la boca en algo parecido a un mohín. La excitación que duró por tres milésimas de segundo era toda la acción que había tenido desde hacía días. Suspiró resignado hasta que leyó otro mensaje:
"Lo siento, niño. Ya pensaré en algo"
"El trabajo nos mantiene bastante ocupados, y no quisiera tener una cara sospechosamente bendecida al mismo tiempo que tú y de manera tan prematura"
Peter volvió a exhalar. Tenía razón. ¿Qué sentido tenía exponerse con tanto riesgo caminando por el complejo?
"Diviértete con algún dispositivo fálico hasta que ingenie una buena coartada"
Peter sonrió.
"No tengo ninguno"
"¿Ah, no? Ya te compraré yo uno"
Peter no podía decir si estaba bromeando o si iba completamente en serio.
"De acuerdo"
Se mordió el labio.
"Pero también me tendrás que enseñar a usarlo"
"¿No puedes averiguar eso por ti mismo?"
"Uno pensaría que sí…"
"Pero la verdad no me gustaría hacer algo que no debiera o que se sintiera mal"
"¿Debo lamerlo o es mejor ponerle lubricante antes de insertarlo?"
La respuesta demoró un poco más de lo usual. Peter estaba riéndose internamente.
"Esta conversación ya está subiendo de nivel y no tengo donde encerrarme para disfrutarla debidamente"
"Mejor dejémoslo aquí"
"Está bien"
"Por suerte yo sí tengo donde encerrarme"
"Buenas noches"
Sin esperarse por una respuesta, bloqueó el celular y empujó sus pantalones hacia abajo para tomar su pene con la mano. Peter dejó que su cabeza golpeara la pared con un ruido sordo. El alivio de finalmente tocarse fue suficiente para hacerle soltar un gemido pornográfico.
Al poco rato ya estaba goteando.
La mano de Peter se movía rápidamente, sus músculos estaban tensos, y de su boca salían suspiros amortiguados.
Se estremeció cuando sus dedos rozaron sus pezones en movimientos circulares, como normalmente Tony hacía con él. Se imaginó a sí mismo retorciéndose bajo sus expertas caricias; una barba viajando por todo su cuerpo, unos dedos sujetando su cabello con autoridad y al mismo tiempo con gentileza.
Segundos más tarde, ya había ensuciado las sábanas.
Y sin poder evitarlo, la frustración demasiado familiar comenzó a acumularse en el pecho.
Después de los primeros días de ciega pasión, cuando el deseo anulaba todo cuanto se pareciese al sentido común, cuando echaban todas las precauciones junto con la ropa y practicaban el sexo con un abandono temerario… la situación actual era… bueno… frustrante era quedarse corto.
Peter se atrevió a googlear "las consecuencias de la abstinencia sexual", y lo que encontró allí no le gustó para nada.
"Vamos a un hotel"
Eso le escribió a Tony otro día, en que el deseo se convirtió en algo parecido a desesperación.
"Regresaremos antes de que alguien se dé cuenta"
"Tentador"
Fue su respuesta.
"Pero dime, ¿en qué momento del día propones desaparecer sin que tu tía o estos payasos lo noten?"
Tuvo que admitir que no era un gran plan. Apenas tenía tiempo para la escuela, los deberes, el entrenamiento, y algunas prácticas sociales relegadas a segundo plano con sus amigos y May.
El sexo constituía la parte más deseada, pero menos conveniente del día.
Aunque, por otro lado, si lo que había leído en internet era cierto, más le valía a Tony ir pensando en algo para conseguir un poquito de privacidad. Sus bolas ya se estaban poniendo azules. Tocarse antes de dormir servía para acallar el deseo, pero sólo momentáneamente, puesto que aquellos espacios y tiempos escasamente compartidos a lado de Tony y sin poder sentirlo de forma íntima, eran un suplicio.
Y lo peor era que la impaciencia se iba amplificando conforme fue entendiendo, muy a su pesar, que más adelante ya no habría tiempo: la misión lo iba a abarcar todo.
Y, y, y, si lo pensaba bien, por culpa de las estúpidas limitaciones, estaba rompiendo más reglas de lo usual.
Regla número uno: evita el contacto visual excesivo y pornográfico.
Al asegurarse completamente que nadie lo estaba viendo, rastreaba la figura de Tony con tanta avidez, que debía enviar oleadas de calor magnético a borbotones, pues Tony siempre volteaba en su dirección. Y cuando lo pillaba, Peter se sonrojaba –cual colegiala– y desviaba los ojos en la dirección que tuviera más de cerca.
Regla número tres: excusas creíbles y verosímiles. No seas ridículamente obvio.
Este caso no era tan riesgoso y ni siquiera pensaba que podía interpretarse de otra forma, al menos eso pensó Peter hasta que Tony le señaló la fracasada sutileza en sus actos.
En los ratos libres que tenía fuera del entrenamiento, Peter husmeaba en el laboratorio donde trabajaba Tony, Harley, Lola y el profesor Tim con la excusa de averiguar qué estaban tramando. Era mitad curiosidad, mitad deseo de ver a Tony.
No obstante, sin importarle lo que opinase Tony, creía firmemente que no tenía nada de malo; siempre tuvo una curiosidad temeraria desde niño. Y una de las buenas cualidades de su personalidad era su necesidad de inundarse con conocimientos aquel gran intelecto que tenía.
Tony era una cabeza muy lista, y en el laboratorio abundaban ahora cuatro mentes casi igual de brillantes; la seducción era muy fuerte para resistirla. Tenía que ir a ver qué estaban haciendo. Además…
Tony se ponía esos lentes grandes y negros que tanto le gustaban a Peter.
Natasha retiró su puñetazo hacia atrás y Peter se tambaleó un poco sobre sus pies, no tan preparado para detenerse por completo como lo estaba ella.
—¿Qué sucede?
Nick Fury había prorrumpido por la entrada, tan sigiloso y cauto como si se deslizase entre las sombras. Peter ni siquiera lo notó, pero Natasha sí.
—¿Cómo va el entrenamiento? —preguntó en lugar de responder.
Ella miró a Peter.
—Progresando. Por poco me derriba.
—Gracias —jadeó Peter.
—Es un cumplido —replicó Natasha—. Como sea. ¿Qué sucede? —volvió a preguntar.
—Espero que hayan hecho sus compras de invierno. Mañana nos vamos.
