Hola! Les dejo un capítulo hoy, porque no sé cuándo podré usar mi computador otra vez D: Espero que les guste! Besos y amor para ustedes! (:

Pequeña advertencia: capítulo un poco...intenso.

Disclaimer: Si leen algo y les parece familiar, no es mío (y).


Frío…lo único que sentía era frío.

El hambre ya había quedado en el olvido después de lo que ella calculaba como cerca de una semana sin comer más que un trozo de pan que, oh que generosos, le permitíeron acompañar con un poco de agua.

Era difícil calcular los días en la oscuridad de su prisión de piedra, sin ventanas que le ayudaran a seguir el paso del sol. Tampoco ayudaba que pasara la mitad del tiempo inconsciente.

El dolor había quedado en el pasado también. Ya se había acostumbrado, si eso era posible, a la sensación de adormecimiento que acompañaba a las partes de su cuerpo que habían sido maltratadas…que era más o menos en todos lados.

Pero el frío…era una sensación que parecía llevar en el alma.

Su mismísima esencia parecía haberse congelado.

Estaba sola, dejada a su suerte, en manos de un montón de imbéciles con mucho tiempo libre.

Desde la primera vez que había despertado en ese calabozo, su calabozo personal, muchos mortífagos la habían visitado. Cada uno dispuesto a hacerle hablar.

¿Qué querían saber?

Lo mismo que querían saber el primer día, cuando los interrogatorios habían comenzado. El paradero de Harry Potter.

Paradero del que Cassandra no tenía ni la más mínima información. No que fuera importante que lo supiera, de todas formas no pensaba decir nada.

A Cassandra le costaba entender por qué no la habían matado ya. Llevaban un sinfín de horas haciendo exactamente lo mismo.

Ellos preguntando, ella negándose a hablar. Ellos insistiendo, ella mandándolos al infierno. Ellos enfadándose, ella riéndose para molestarlos. Ellos apuntando con sus varitas, ella gritando. Y maldiciéndose a sí misma y a su estúpida bocota. Ellos riéndose, ella desmayándose.

Con el paso de las horas y de los días, aunque de eso último no estaba completamente segura, las sesiones se habían vuelto más…cortas. Cassandra se limitaba a mirar el suelo e ignorarlos. Y a gritar cuando sentía como la maldición Cruciatus se abría paso por cada una de sus células o cuando alguno de los bastardos se sentía especialmente original y decidía agregar una cicatriz a la ya muy larga lista de cicatrices que tenía en la piel.

Ya no tenía fuerzas para seguir jugando a nada.

Aprovechaba los pocos minutos de soledad que tenía entre sus lapsus de inconsciencia y las nuevas sesiones de tortura, para recordarse a sí misma que todo iba a acabar. Eventualmente.

Ya se aburrirían y decidirían que no había utilidad en tenerla encerrada.

En un comienzo había dedicado sus momentos a solas para idear posibles planes de escape. Pero poco a poco, sus tristes planes se aguaron entre gritos y lágrimas. Lágrimas que sólo derramaba cuando no había nadie mirando.

Ya…no quería más. Sólo que se acabara todo.

Un estremecimiento la recorrió por completo, lo suficientemente fuerte como para hacer sonar las cadenas que la sujetaban por las muñecas.

El frío…el frío.

Los únicos momentos en que el frío la abandonaba un poco era cuando pensaba en ellos.

Siempre había sentido que vivía su vida sólo esperando que se terminara, más o menos de forma similar a como lo hacía en ese momento. Sin propósito alguno, sin sueños que seguir…sólo limitándose a existir, sin esperar nada.

Pero las semanas que vivió en La Madriguera, con toda la población pelirroja del Reino Unido, compartiendo habitación con Ginny y Hermione. Compartiendo risas con Tonks. Compartiendo té de hierbas con Remus. Compartiendo recetas con Molly e historias anecdóticas con Arthur. Bromeando con los gemelos. Bromeando con Sirius. Gritándole a Sirius. Sonriéndole a Sirius. Besando a Sirius…

Aquellos cortos cinco días, que se sintieron como meses y meses, le habían dado motivos para vivir. Había hecho planes por primera vez en su vida. Y por eso no pensó dos veces cuando usó ese hechizo para salvarlos de los mortífagos. Ellos no se habían dado ni cuenta, pero habían hecho más por ella en esos pocos días, que su familia en toda su vida.

Desde su posición arrodillada en el piso, miró hacia arriba, donde sus manos estaban atadas sobre su cabeza y fijó la vista en las dos gruesas cicatrices rojizas que atravesaban de lado a lado cada una de sus muñecas.

Cassandra decidió en ese momento que aquellas eran sus cicatrices favoritas…, aunque sonara triste. Entre las muchas que tenía, esas eran las únicas que habían sido por decisión propia.

¿Por qué seguía con vida? Pensó, dejando caer la cabeza nuevamente. ¿Era esta la forma en que el Universo quería decirle algo más?

Cassandra era un fiel creyente de que las cosas en el mundo estaban escritas. El destino, estaba escrito, sólo que nadie sabía en qué consistía ese destino. Cada decisión, cada paso, cada suceso era parte de una larga cadena de eventos que llevarían a una persona hasta su destino. El tomar las decisiones adecuadas o correctas, según lo que el destino tenía preparado, podía permitir alcanzar dicho destino más rápidamente.

Si las decisiones no eran las que debían ser, el destino tardaría más en aparecer, pero aparecería eventualmente.

Algunas cosas estaban destinadas a suceder, otras no. Alguien podría querer algo con todo su corazón e insistir e insistir para alcanzar ese algo, pero si ese algo estaba destinado a no suceder, simplemente…no iba a suceder. La decisión correcta en ese caso era dejar de insistir y así se alcanzaría esa parte del destino más fácilmente.

¿Dónde estaba la gracia entonces, si todo estaba listo y escrito para todos?

En que nunca se sabía si el algo estaba destinado a suceder o no…¿Cuál era el paso correcto? ¿Luchar o rendirse? Había que arriesgarse.

¿Estaba ella destinada a algo más?

Había estado una cerca de una semana mirando el piso y manteniendo silencio…¿era ese el camino equivocado a lo que fuera que le tenía preparado su destino? ¿Debía seguir insistiendo o rendirse?

Aún se encontraba débil por la pérdida de sangre, tanto de la que entregó como pago el día de la boda, como la que había perdido en su estancia en la Mansión Malfoy. Porque sí, estaba segura de que estaba en esa Mansión, Draco se lo había dicho en una de sus tantas visitas a su pequeño calabozo.

Y la falta de sangre no iba a solucionarse pronto, no con la poca comida y líquido que estaba ingiriendo. Draco le traía agua, probablemente más de la que le habían dicho que le diera, basándose en cómo miraba por sobre su hombro cuando se acercaba a ella para poner la copa de rica agua en sus labios heridos y resecos, como esperando ser descubierto.

Para salir de ahí, necesitaba un plan. Y para tener un plan tenía que pensar.

Y el maldito frío que parecía llevar bajo la piel hacía que pensar fuese una tarea muy, muy difícil.

Y sin una varita…más difícil aún.

Cassandra no tenía idea de dónde estaba su varita. No sabía si la había dejado en el patio de la Madriguera, o en el bosque donde llevó a los mortífagos. O si estaba en alguna parte, en la misma Mansión Malfoy.

En resumen, no tenía idea de nada.

Arriesgarse…o rendirse.

El seguro de la puerta sonó con fuerza, sobresaltándola. Un segundo después, las lámparas se encendieron a su alrededor. El tiempo libre se había acabado. O quizás tenía suerte y era Draco.

Suerte…sí, claro.

La puerta se abrió y entró un hombre alto y delgado, con una barba en forma de candado y la cara llena de pequeñas cicatrices. Eran recientes, por la forma en que brillaba la piel, donde antes había habido pequeños cortes. No lo conocía, porque eso poco le importaba al hombre en cuestión, que la miraba con más odio de que esperaría de alguien que no fuera…familiar de ella.

Tras él, apareció su hermano. No sabría si era Cézar o Rufus hasta que hablara. O hasta que se pusiera a golpearla, lo que le diría de inmediato que era Rufus.

–¡Estas despierta! –dijo el hombre de las cicatrices, sonando feliz. Lo que era raro, porque su cara era todo lo contrario a la felicidad. –Excelente…

Cassandra no dijo nada. Ya no necesitaba a la vocecita sabia en su cabeza para saber cuándo debía quedarse callada. Se había demorado, pero había aprendido la lección. No bromees con gente mentalmente desequilibrada. Entendido.

El hombre de las cicatrices caminó hasta ella, como un zorro acercándose a una pequeña liebre. Su hermano se quedó junto a la puerta, poniéndose cómodo contra el muro de piedra, como si no pensara moverse de ahí en algún tiempo. Cézar, entonces.

–Debo suponer que no me recuerdas, ¿cierto? –preguntó el hombre, alzando su varita y haciendo que las cadenas la levantaran sobre sus pies. Acercó su cara hasta que estuvo muy cerca de la de Cassandra. Lo suficiente como para sentir su fétido aliento.

Cassandra lo miró, buscando algo, lo que fuera, que provocara algún grado de reconocimiento en su mente.

No encontró nada.

–Te hice una pregunta, mocosa. –dijo entre dientes, sujetando con fuerza el mentón de Cassandra, las largas uñas del hombre enterrándose en su cara.

Cassandra movió la cabeza en una clara negativa. O al menos intentó hacerlo. La cara del hombre no era ninguna que ella hubiese visto antes.

–¿No? Qué lástima…había pensado en ahorrarme la explicación, pero bueno. ¿Ves mi cara? –Cassandra asintió, su corazón tomando velocidad. No le gustaba hacia dónde estaba yendo la conversación. Más bien monólogo. –Tú lo hiciste, asquerosa traidora.

¿Qué?

–Yo no…

Su cara se giró con fuerza hacia un lado, incluso antes de que su cerebro registrara el ruido de la mano del hombre contra su piel. El sabor de la sangre apareció en la boca de Cassandra.

–Sí…tú sí. Quizás estabas tan desesperada por defender a Sirius Black que no hubo tiempo para mirar mi cara, ¿no? ¿Es tu novio, mocosa? No fue suficiente avergonzar a tu familia, sólo existiendo. Ni con ayudar a Potter, sino que tenías que abrir las piernas para Black, ¿eh? Asquerosa puta.

¿De qué estaba hablando? ¿Qué tenía que ver Sirius con…

–Sabes, me demoré dos días en sacar todos los pequeños pedazos de vidrio de mi cara…y cuando entendí que ahora tendría que vivir con un recuerdo de tu varita…pensé, es justo que venga y te deje un recuerdo también, ¿no?

Era él. El hombre que había intentado atacar a Sirius por la espalda. El que había quedado sepultado por una avalancha de copas de cristal, que luego ella había hecho estallar contra su cara.

Ah, mierda.

El hombre guardó su varita bajo su capa y posó las manos sobre el cuello de Cassandra.

–Pero no quiero que sea un recuerdo cualquiera, no…–su voz había bajado un tono y Cassandra comenzó a hiperventilar cuando las manos sudorosas del hombre recorrieron de arriba abajo sus brazos –…entre tantas marcas…la mía se perdería como una más…–el hombre acercó la boca a su oído y Cassandra cerró los ojos asqueada –…y no queremos eso, ¿no?

Su voz se había vuelto un susurro. Un susurro macabro.

Sus manos siguieron bajando lentamente. Bajo sus brazos y por sus costados, provocando que un siseo abandonara la boca de Cassandra. Su costado, herido el primer día, dolía como si fuese una herida reciente y no de hace algunos días.

Las manos del hombre no se detuvieron y se posaron en sus caderas, cerrando con fuerza las manos sobre su carne.

Oh, por Dios…

–Pero tienes cicatrices en todas partes –siguió hablando en voz baja, sus manos siguiendo su camino, por sobre sus muslos apenas cubiertos por la arruinada tela de su vestido verde –pero entonces pensé que no…no en todas partes. Hay un lugar que nadie nunca ha tocado ¿no?

Una baja risa acompañó entonces las palabras del hombre, al mismo tiempo que sus manos detenían su descenso y comenzaban a subir, sus uñas mordiendo la piel de sus piernas.

No, no, no, no…

Cassandra comenzó a luchar contra su agarre, intentando utilizar sus pies para mantenerlo lejos. No resultó mucho.

–Ah…no, no, no. –dijo el hombre sujetándola por la parte trasera de sus muslos, acercándolo a él e inmovilizándola en el lugar, contra su cuerpo.

Las respiraciones aceleradas de Cassandra se transformaron rápidamente en jadeos asustados, mientras tiraba de las cadenas, intentando escapar. Miró más allá del hombre, hacia su hermano. Por Dios, ¿pensaba quedarse ahí, mientras él la…? Ni…ni siquiera podía pensar en la palabra.

Los dedos del hombre avanzaron lentamente, tocando su trasero, avanzando hacia afuera, hacia sus caderas y moviéndose hacia el espacio entre sus piernas. Cassandra se retorció en su lugar, su enojo e indignación peleando contra el terror que llenaba sus venas, pero el hombre se las arregló para poner sus asquerosas manos en el espacio entre sus muslos, arañando su piel en el proceso y presionando su ropa interior con el dorso de la mano, congelándola en el lugar.

No…no, por favor…

–Por favor… –dijo Cassandra, su voz saliendo como un sollozo.

–Ah, ¿ves? –susurró, ignorándola –acá la piel es suave y tersa y…perfecta.

Entonces el muy infeliz clavó sus afiladas uñas en su piel, efectivamente marcándola y arrancándole un agudo grito que reverberó en las paredes de piedra.

Minutos después, cuando Cassandra colgaba sin fuerzas de las cadenas, sin estar segura si maldecir su suerte o agradecer porque había adquirido nada más que dos nuevas heridas, el hombre sin nombre se alejó de ella, al parecer satisfecho. Cassandra lo observó alejarse, la imagen de sus largas uñas manchadas de rojo grabándose en su retina.

–Hoy lo dejaremos hasta acá, mocosa. Pero no sé si logre sacarme de la cabeza la suave piel que hay entre tus piernas…si las abriste para Black, bien puedes abrirlas para mí, ¿no? Ya nos veremos…

Y con eso salió por la puerta, seguido por Cézar, que no le dedicó ni una sola mirada y las luces volvieron a extinguirse.

Cassandra se quedó ahí, parada en la mitad de su calabozo oscuro, intentando calmarse. Sin éxito alguno. No habían soltado sus cadenas, así que ahora colgaba de ellas, sus pies en el suelo intentando ganar fuerzas.

"Pudo ser peor, pudo ser peor…" era la única idea que se repetía, una y otra vez, en su cabeza.

Claro que pudo ser peor. E iba a ser peor si se quedaba ahí.

No se podía quedar ahí. Tenía que hacer algo. Algo, lo que fuera.

Quería llorar y hacerse bolita en el piso. Quería gritar enojada porque su vida no paraba de darle motivos para querer dejar de vivirla. Pero luego pensó que lo que estaba sucediendo era consecuencia de la decisión que había tomado en La Madriguera. Estaba aún pagando el precio de ayudar a sus…amigos.

Acción y consecuencia.

Necesitaba nuevas acciones, entonces. Y las necesitaba rápido, para tener nuevas consecuencias, porque sus consecuencias actuales apestaban. Ya podría encontrar luego el tiempo para hacerse pelotita en algún rincón y llorar tranquila, ahora debía elevar sus defensas mentales, reunir fuerzas y buscar la forma de huir.

Podían marcarla, sí. Las marcas en su piel eran algo con lo que podía vivir. Pero no iban a arrebatarle algo que era exclusivamente suyo para entregar.

Algo que sería sólo reclamado por un hombre que ella eligiera. Y no que fuera importante, pero tenía uno en mente y definitivamente no era un asqueroso mortífago de manos grasientas y uñas sucias.

No, señor. Sobre su cadáver.

Sacudiéndose mental y físicamente, Cassandra se dispuso a idear el plan a seguir. Plan…N, de "No sé qué carajo haré, pero algo haré".

Paso número uno, necesitaba una varita.

El paso número uno era una mierda, porque no tenía una varita. Ni estaba cerca de conseguir una.

Okay, nuevo paso número uno…conseguir que alguien le trajera una varita.

En la primera persona que pensó fue en Draco.

El chico había aparecido después de cada una de las "sesiones" con mortífagos. Le traía agua, no decía mucho, pero al menos no la apuntaba con su varita. En varias ocasiones apareció con una fuente con agua, además de la que traía para que ella bebiera, para limpiar un poco sus heridas. No tanto como para que sus padres sospecharan que la ayudaba, pero lo suficiente como para reducir, aunque fuera un poquito, la probabilidad de que las heridas se infectaran.

Además, era el encargado de desencadenarla y ayudarla a llegar al minúsculo cuarto de baño sin puerta que había en una de las esquinas traseras de la habitación, a sus espaldas, para que pudiera solucionar sus…necesidades biológicas.

La primera vez, Draco había tenido que prácticamente sentarla en el retrete, sonrojándose como loco en todo momento.

Era un buen chico…sólo que no lo sabía. Nadie se había dado el tiempo de decírselo.

Pero, aunque la ayudaba y era…amable con ella, eso no significaba que daría un paso tan grande como para liberarla y devolverle su varita. O darle cualquier varita, en caso de que no tuviese la suya.

Draco le tenía terror a sus padres y a Voldemort, eso era bastante obvio. Y era prueba de que el chico tenía cerebro bajo el montón de cabello rubio. Claramente no iba a arriesgar el pellejo por alguien a quien no conocía. Le podía tener lástima a Cassandra, pero nadie arriesgaba la vida por tenerle lástima a alguien.

Entonces…Draco estaba descartado.

Lamentablemente eso descartaba, aproximadamente, TODAS sus opciones.

Suspirando rendida, decidió que su mejor opción era continuar el plan que había tenido en el primer día que despertó encadenada.

Invocar a Mina.

Necesitaba una varita para hacerlo, pero a veces lograba hacer magia sin necesitar una. Podía, claro, enfocar sus esfuerzos en liberar sus muñecas, pero a menos que luego enfocara los mismos esfuerzos en abrir la puerta, aturdir quizás-cuántos mortífagos y aparecerse lejos…nop, no iba a suceder.

Pero si lograba que el milagro sucediera e invocaba a Mina sin una varita…Mina podría traerle su varita. Y eso simplificaría de forma hermosa todos sus posibles planes.

Mina, ven a mí…Mina, Mina…vamos, chiquitita. Te necesito…ven a mí…

No había resultado las primeras cien veces que lo había intentado, pero quizá por una vez en la puta existencia de Cassandra Lestrange, aaaaalgo iba a salir como ella quer…

El agudo maullido que resonó en el lugar la dejó petrificada en el lugar.

Cassandra abrió los ojos y miró hacia abajo asustada porque quizá empezaba a alucinar. Para su inmensa alegría no sólo se encontró con un montón de vacía e interminable oscuridad, sino también con dos puntitos brillantes. Los ojitos de mina nunca se vieron tan lindos como en ese momento. Oh, iba a dedicar su vida a tratar a esa gata como la maldita reina de todos los gatos.

–Mina…te amo. –un claro maullido fue su respuesta. Era ella, ¡no había duda! –Mina, necesito que vayas donde sea que esté mi varita y la traigas rápido, por favor.

Un crack sonó entonces y los puntitos brillantes desaparecieron.

Oh, Mina…vamos, vamos…

¡Crack!

–¿Mina?

Cassandra sintió como su lomo peludo rozaba sus piernas desnudas y luego se alejaba de ella. Luego dio un salto, asustada, cuando Mina enganchó las uñas y comenzó a trepar por lo poco que quedaba de vestido que tenía encima.

Trepó hasta quedar sobre su hombro, luego se subió a su cabeza…y bendito fuera su peludo corazón, porque un segundo después sintió la punta de su varita contra la palma de su mano.

Cassandra tomó su varita y la apretó con fuerza, sonriendo ante la calidez de la madera contra su piel. Ahora todo iba a salir bien.

Con un movimiento de su varita, estuvo libre de cadenas y cayó de rodillas al suelo. Mina cayó al suelo también y maulló acercándose a la cara de su dueña y amiga. Oh, la amaba tanto.

Cassandra tomó su carita entre las manos y le besó la nariz, intentando transmitirle todo su agradecimiento y eterno amor con el gesto. Se dio un segundo para quedarse así, antes de prepararse mentalmente para la acción.

–Mina. Tienes que irte ahora. Vete con…Sirius. Sí, él cuidará de ti. Creo. –Mina maulló, como estando de acuerdo –Nos veremos luego, ¿sí?

Le dio un último beso y Mina desapareció.

Cassandra se empujó hasta pararse sobre sus pies. Estaba inestable, pero tendría que servir. No tenía mucha opción.

Y entonces las lámparas volvieron a encenderse y el seguro de la puerta sonó con fuerza. Su suerte realmente apestaba.

Cassandra se paró todo lo derecha que pudo y apretó su varita en un firme agarre, mientras esperaba que la puerta se abriera por completo.

Una cabeza rubia apareció y entonces Draco Malfoy estuvo frente a ella, mirándola con ojos como platos.

Que era más o menos como ella lo estaba mirando también.

–Eh…hola, Draco.