La calma tras la tormenta
-Te agradezco que vinieras, Jason- dijo Reyna levantándose de un saltó, justo cuando él se precipitó, con muy poca delicadeza, sobre el asiento vacío de la mesa compartida.
Con una seña y una pequeña sonrisa, todavía respirando agitado, le hizo entender que no hacían falta tantos modales. En realidad, no había sido su intención actuar de ese modo al llegar, pero después de la carrera que hizo por Lexington Avenue debido a un embotellamiento estaba exhausto. No estaba en forma, al menos no como antes. Estos últimos meses había abandonado el ejercicio debido a la infinidad de compromisos que tenía, pero quizás ya era tiempo de volver a la rutina de correr todas las mañanas por su vecindario.
El camarero no se hizo esperar, y en cuestión de segundos tomó su orden: un skinny latte para la morena y una bebida refrescante para él. Normalmente ordenaría café, pero de verdad necesitaba algo frío para sobreponerse al esfuerzo.
La semana iniciaba, y lo siguiente en su agenda, tras presentarse a primera orden en el despacho del fiscal general para tratar asuntos de su trabajo, era reunirse con Reyna en un café de Upper East Side cercano al Met. Tras el fatídico día de la boda no habían hablado, y es que la carta de despedida no contaba como una conversación, de modo que ella lo citó allí la noche anterior con el propósito de hacerlo. Le había extrañado la elección de un sitio público en lugar de su residencia, pero no había hecho preguntas por temor a incomodarla. Si el General seguía tan disgustado con ella, como suponía, de seguro quería evitarle de presenciar alguna discusión.
-Lo lamento, pero te juro que no sé por dónde empezar- susurró ella, tras beber un sorbo de su bebida una vez que el camarero regresase con ellas.
-Calma, que no estoy aquí para juzgarte ni nada- sería un hipócrita si lo hubiese hecho. Le tomó la mano por encima de la mesa, no como un gesto íntimo sino de manera amistosa, mientras le sonreía. La conocía bastante como para notar que estaba nerviosa, y puede que un poco de confianza le ayudase a relajarse.
Decir que los acontecimientos ocurridos en Saint Patrick habían sido impensados era quedarse cortos. En realidad, hasta parecían sacados de una película de Woody Allen. Tras dar a conocer la noticia a los invitados, todo a cargo de una diplomática y muy avergonzada Hylla, habían tomado la decisión de seguir adelante con el banquete. No podían desperdiciarse tantos esfuerzos, y a pesar de todo aquello no dejaba de ser una fiesta de gala y el tipo de actividad que los neoyorquinos más disfrutaban. Había sido bastante incómodo, sí, pero en realidad Jason se la pasó tan aturdido que no le importó demasiado, y el champagne ayudo bastante a aligerar el ambiente.
Los únicos que no borraron la sonrisa del rostro durante todo momento fueron Leo y Thalia. Dioses, es que a pesar de hallarse con la cabeza en otro lado había notado la felicidad que irradiaban. Su madre, por otro y sorprendentemente, lo había tomado con calma, y hasta se esforzó bastante por entretener a los invitados. Hasta el momento no le había hecho preguntas ni emitido algún comentario, y Jason le agradecía porque sinceramente no sabría que decirle. La familia de Reyna... Bueno, ese era otro cantar. Hylla se pasó toda la recepción disculpándose, y, aunque no lo decía, el rubio estaba seguro que aguardaba ansiosa el momento de tener a su hermana enfrente para soltarle un largo sermón. El General, por otro lado, se había retirado tras disculparse en nombre de Reyna, intentando ocultar su enojo en una máscara de frialdad aunque sin mucho éxito.
Se sentía más que culpable. Por ser un cobarde había logrado que Reyna quedase como la mala de aquella historia, cuando en realidad tuvo que haber sido él quien detuviese la boda. Planeaba hablar con los Ramírez Arellano y explicarles todo, pero antes debía hacerlo con su ex prometida.
-Nunca quise dejarte plantado en el altar, pero cuando descubrí que casarme contigo sería un error ya era demasiado tarde.- continuó, ya un poco más relajada, antes de soltar un suspiro y sonreír de lado.-No es que seas un mal partido ni nada, pero creo que entiendes lo que quiero decir-
-Sí, lo entiendo- y en realidad lo supo mucho antes que ella, pero sus miedos e inseguridades le habían impedido actuar a tiempo. Tenía que agradecer que fuera Reyna quien se atreviese a dar el paso, y que gracias a ello no llegaran a cometer una terrible equivocación. -No sé con exactitud cuándo ocurrió, pero ambos cambiamos y nos alejamos demasiado el uno del otro-
-Aun así, no dudes ni por un momento que te quise demasiado- dijo la morena, apretando sus manos y sonriéndole con ternura. –Y todavía lo hago. Aunque de una forma diferente, claro- correspondió el gesto con una sonrisa. Entendía perfectamente a qué se refería.
Viendo la situación en retrospectiva, puede que en realidad nunca hubiesen llegado a estar "enamorados" el uno del otro. Sí, ambos siempre fueron muy inteligentes pero para cuestiones del corazón no lo eran tanto y a eso se sumaba el hecho de que, por aquel entonces, eran demasiado jóvenes. Quizás ambos habían necesitado, más que nada, compañía. Sin embargo, eso no había impedido que desarrollaran un profundo afecto entre ambos. Y claro que pasaron por demasiado, pero aun así Jason no dudaba que eso jamás lograría separarlos y que, a pesar de todo, seguirían siendo muy buenos amigos.
-Lo único que minimiza la culpa que siento es saber que no fui la única- aquella frase logró descolocarlo por completo, ¿es que acaso Reyna sabía de… -Respóndeme algo, ¿es bonita?-
-¿Cómo lo...- atinó a iniciar, aunque de la sorpresa inicial ni siquiera fue capaz de terminar la frase. No podía saberlo. No tenía manera alguna de saberlo. Además de ser discreto con Piper, muy pocas personas habían llegado a enterarse de ello y dudaban que hubiesen puesto de aviso a Reyna. La única posible opción era Annabeth, pero a pesar de lo molesta que se encontraba no sería capaz de traicionar su confianza.
-Estas últimas semanas lucias radiante. Al principio creí que era por la boda, pero ahora comprendo que se trataba de otra cosa- con aquella simple explicación, sintió como, de golpe, toda la sangre de su cuerpo se acumulaba en su rostro. Idiota. Aun desconocía si ese fue el motivo de su desplante en el altar, pero de ser el caso lo tuvo más que merecido. -Cuando Will me dijo que te oyó hablando con Leo sobre ella, logré reunirme de valor suficiente como para dejar la iglesia-
Bueno, aquella fue, quizás, la segunda sorpresa más impactante del fin de semana. Tras el revoloteo producido por huida de la novia, y luego de que todos los invitados se retirasen, Hylla, sin saber bien como, le había comentado que el chofer de fuga de Reyna, y al parecer amante secreto, había sido nada más ni nada menos que Will Solace, un colega suyo con el que, tenía entendido, apenas si mantenía una relación laboral. Sí, la sorpresa fue muy grande pero, contrario a lo que la familia de su ex prometida pudiese pensar, no estaba molesto. Ni siquiera tenía aquel derecho, no cuando él también había tenido otra pareja en secreto.
-Sí, es bonita… y ahora no quiere verme ni en pintura- confesó, ante la insistente y curiosa mirada de la morena, soltando un suspiro derrotado antes de beber parte de su bebida. Ya no tenía mucho sentido ocultarle cosas a su ex prometida, y además parecía bastante interesada en aquel asunto.
-Descuida, te aseguro que todo se solucionara. Sólo dale tiempo- le animó ella, sonriéndole muy animada y ¿feliz? Reyna no sonreía, jamás, sin un muy buen motivo. Mucho menos irradiando esa paz y felicidad que ahora podía percibirse en su semblante.
-Con que Will Solace fue quien te raptó de la iglesia ese día- inició, tratando de dar un giro a la conversación porque aquel tema también le daba curiosidad y porque puede que ya no soportara seguir hablando de su patética vida amorosa. Ella tan sólo enfoco su mirada en su bebida, al tiempo que ¿se sonrojaba? -¡Dioses! Jamás lo hubiese visto venir-
-Hice todo lo posible por detener aquello cuando inicio, pero sencillamente no pude- jamás pensó que viviría para ver a Reyna Ávila Ramírez Arellano tan ruborizada y nerviosa, ¿acaso ya se había vuelto loco? De la persona calculadora, y puede que un poco fría, que solía ser la mayor parte del tiempo no quedaban rastros. Sin dudas, estaba muy enamorada de Will. -¿Estás molesto?-
-Por supuesto que no- respondió al instante, sonriéndole de forma cariñosa mientras volvía a tomar una de sus manos por sobre la mesa. -Me alegra de que encontrases alguien que sí te haga feliz-
A decir verdad, era un alivio. Reyna tomó la decisión de dejarlo plantado en el altar, sí, pero le habría destruido saber que llegó a provocarle el mismo daño que a Piper y que había tomado aquella decisión tan sólo por culpa suya. Con Solace de por medio, y viendo lo mucho que la cara de la mujer la delataba, quedaba con la conciencia un poquito más tranquila. Estaban enamorados, quizás más de lo que la neurocirujana jamás llegó a estarlo, y eso significaba que seguramente tendrían un final feliz.
-Gracias, yo también espero que lo seas- torció un poco la sonrisa, sin atreverse a darle esperanzas de que aquello pudiese volverse realidad. Es decir, ¿a quién quería engañar? Lo había arruinado, y con seguridad ya no había modo alguno de solucionarlo. -Búscala-
-De verdad no quiere verme, y de todas formas me enteré de que planea dejar la ciudad- respondió, antes de soltar un profundo suspiro e intentar mantener la sonrisa. Ya bastantes problemas había causado a su ex prometida como para hacerla cargar con otra cosa.
-¿Y no harás algo para detenerla?- elevó la vista al instante, esperando que aquella pregunta tan directa de Reyna no fuese más que una broma, pero lo que lo que no espero encontrar fue a la mujer mirándolo con reproche. ¿Estaba hablando en serio? -Saca tu teléfono y averigua dónde está, no puedes perderla- dijo al instante, y aunque oyó claramente su petición se quedó completamente estático. Tenía que ser una broma. -¿Qué esperas? Yo te ayudare a encontrarla-
Contrario a lo que todos pudiesen pensar, esa mañana, o más bien en ese preciso momento, Rachel Elizabeth Dare era su persona favorita del planeta. Dioses, si hasta consideraba que aquella desquiciante pelirroja merecía una mansión de lujo a su nombre en los Campos Elíseos, porque después de su ultimo regalo de seguro ya se había ganado el cielo. Lo que motivaba a Annabeth a pensar esto era nada más ni nada menos que un pequeño dispositivo inalámbrico para su móvil, obsequio en reconocimiento a su nuevo puesto de trabajo, que, por propias palabras de la dueña de RED, le ayudaría con sus interminables llamadas. Y, por los Olímpicos, que acertó. Nunca había sido muy entusiasta de esos auriculares, pero ahora que los había probado ya hasta los consideraba una extensión de su cuerpo. Sin dudas, se esmeraría en el regalo navideño de su mejor amiga.
Presiono el botón número veinte del elevador, y, antes de que las puertas se cerraran, tecleó en su teléfono el contacto con el que necesitaba comunicarse. Una vez sola y lejos de los ojos de las empleadas de la planta baja, sacó su lipstick mientras esperaba a que la otra persona atendiese su llamada. Con todo el ajetreo de la mañana revisando las obras en construcción apenas si tuvo tiempo para reparar en su aspecto, y puede que allí no importase demasiado pero Olympus era otra cosa. Sonrió satisfecha, justo tras terminar de aplicar el color. Sip, definitivamente este dispositivo inalámbrico era un regalo de los dioses. No llevaba ni una semana con él, pero en ese momento veía muy distante aquella época en la que hacia malabares con su hombro y al mismo tiempo trataba de que el color no invadiese otra zona además de sus labios.
Decir que estaba ocupada esa mañana era quedarse muy, o demasiado, cortos. Hespérides no daba tregua, tanto por las reuniones financieras, las revisiones de obras y las presentaciones de nuevos proyectos a accionistas interesados. Eso, descontando, que debía dejar tiempo para diseñar y supervisar el trabajo de los empleados más jóvenes. Le habían advertido que no sería nada fácil liderar aquello, y, aunque tenía bastante experiencia luego de los años en Olympus, aún así resultaba agotador. Y hablando de la casa de alta costura, ese era el otro punto…
-Zoe de verdad lamento el ausentarme hoy de la oficina, pero tengo que resolver el asunto de la secretaria para Percy ahora que Piper nos dejó- dijo Annabeth en un lamento, y quizás de forma bastante atropellada, nada más le respondieron. Estaba a mitad de camino, así que rogaba a todos los Dioses que la comunicación no se interrumpiera.
Si, Piper oficialmente los había dejado. La noche anterior tuvo su última oportunidad para intentar convencerla de reconsiderar su decisión de mudarse a New Orleans, pero la muchacha estaba más decidida que nunca y la tristeza evidente de su voz la frenó de seguir insistiendo. Continuaba desecha y, más allá de lo mucho que pudiese necesitarla en Olympus, primero estaba su bienestar. De seguro el cambio de aire le serviría para reponerse, y estando con Hazel, alguien que de verdad la cuidaría, sus heridas no tardarían en sanar.
-No te preocupes, tómate el tiempo que necesites para solucionar los problemas de Olympus. Yo me encargo de tus pendientes aquí- confirmó su amiga, con voz cantarina y de forma gentil, sacándole así una sonrisa. Ella era a segunda persona favorita en su lista en estos momentos. Si no fuera por su ayuda, de seguro habría colapsado con tanto trabajo.
-Muchas gracias- le habría preguntado por la confirmación que esperaban de la sucursal de San Francisco para el inicio de la nueva torre que planeaban construir en la bahía, si no fuera porque, al abrirse las puertas en su destino, vio a Miranda haciéndole señas frenéticas mientras hablaba de forma enérgica por teléfono.-Te veo en el restaurant a mediodía-
Si Zoe llegó a despedirse, no la escuchó. Genial, otro problema que sumar a la lista. Rachel le había sugerido que se tomara la tarde libre y la acompañase a la cita que tenía reservada en un spa, y aunque ya se había negado puede que en realidad no fuese una mala idea. Eso, claro, si hasta el almuerzo no sufría de un colapso nervioso.
-Señorita Chase, gracias a los Dioses que está aquí- la saludo la recepcionista, un poco más aliviada, nada más terminar con la llamada telefónica.
-¿Qué sucede, Miranda?- preguntó sonriente, tratando de calmar a la pobre muchacha que, viéndola con más detenimiento, en realidad parecía asustada. Muy bien, eso sí era raro. Claro que su respuesta sólo necesitó de una imagen para ser contestada, porque cuando viró la cabeza en dirección a la oficina de Percy todo tuvo sentido. Para su desgracia, reconocería esa silueta donde fuera. -Descuida, yo me encargo- esta vez, en lugar de sonreír gentilmente, no pudo evitar esbozar una mueca maliciosa con sus labios, todo sin quitar la vista de su nuevo objetivo. Claro que antes de dejar a la recepcionista, se apresuró en agregar -Llama a los guardias de la planta baja-
Drew Tanaka.
La persona que aguardaba frente a su escritorio no era otra que la famosa modelo, quien se paseaba de un lado al otro de forma muy impaciente y, sin lugar a dudas, lucía bastante molesta. Annabeth había esperado este momento con ansias. Desde el comunicado a la prensa que Percy brindó la semana pasado no habían tenido noticias de la ex cara de Olympus, y aunque sabía que seguía recluida en Tailandia no se había esperado que la mujer apareciera tan pronto por la oficina exigiendo explicaciones. Aún no había pensado su discurso, pero aun así estaba lista para enfrentarla. Dioses, llevaba años preparada para este momento y pensaba gozar cada segundo de él.
-Annabelle- saludó la morena, nada más verla llegar, luciendo su ya tan conocida sonrisa arrogante. En otro tiempo puede que eso sacara de quicio a la rubia, pero traía tan buen humor que ni eso logró borrarle la felicidad del rostro.
-¿Qué haces aquí?- preguntó sin preámbulos, mirándola de arriba abajo mientras arqueaba una ceja. Y sí, eso desestabilizó por completo a su contrincante. Lejos de mantener esa fachada de frialdad que tanto la caracterizaba, Drew se adelantó un paso apretando los dientes, como si estuviese lista para saltar a su cuello en la primera oportunidad. Claro que la sonrisa de Annabeth se ensanchó todavía más.
-Ese asunto es entre Percy y yo- no pudo evitar el soltar una risa tras oír aquello, pero lejos de dejarse llevar por sus provocaciones o su intento de amenaza, la mujer de ojos grises la ignoró y procedió a ocupar el sitio libre de su escritorio. Quería estar en primera fila cuando todo ocurriese.
-Pues qué lástima; está en una junta, y tiene ocupado el resto del día así que no podrá ser- dijo de forma diplomática, gozando con cada célula de su cuerpo cómo el rostro de la modelo pasaba de lucir inalterable hasta mutar una mueca de completa frialdad. -Si quieres reviso su agenda y veo si queda algún horario disponible este mes-
-No quieras provocarme linda, a diferencia de algunas sé comportarme- espetó, ya sin contenerse, la mujer de pelo azabache, arrojándose contra el escritorio hasta apoyar sus manos en él y así acercar su rostro al suyo. Buscaba intimidarla, como lo hacía con cada persona que se cruzaba por su camino. Pobre, no sabía siquiera con quien estaba enfrentándose.
Llevaba años trabajando en el mundo de la moda, con la frialdad y rudeza que aquello conllevaba, y antes de eso se había abierto camino en el competitivo ambiente de la UCLA. Estaba muy acostumbrada a enfrentarse a personas prepotentes que pensaban que podían conseguir lo que fuese tan sólo porque se les antojaba. Si antes no había refrenado a Drew era por el vínculo que la unía a Olympus, pero ahora que las cosas habían cambiado ya nada se lo impedía. En realidad se moría por saltarle a cuello y terminar aquella pelea inconclusa de Tailandia, pero tras pensarlo mejor prefería algo más diplomático. Esta vez era su turno de hacerla perder el control.
-No era mi intención, Drew- respondió indiferente, sin dejar de sonreírle al ver que ya casi le resultaba imposible el contener su rabia. Dioses, esto era algo que había estado esperando por años. -Ahora, si eres tan amable, estos gentiles señores te acompañarán a la salida-
Hedge y su compañero no le dieron siquiera tiempo de reaccionar. En menos de dos segundos la ex modelo estrella de Olympus se vio sostenida por dos de los guardias de seguridad del edificio, con muy poca delicadeza, de sus brazos antes de obligarla a retroceder en dirección al elevador. Sí, eso definitivamente era mil veces mejor a cualquier golpe que pudiese darle.
-¡No puedes echarme de aquí, te recuerdo que soy la cara de Olympus!- gritó furiosa, intentando resistirse al agarre de los hombres aunque sin éxito alguno, llamando la atención de todos en la planta. Y claro, como en todo buen escandalo neoyorkino, las cámaras de los móviles no tardaron en hacer presencia y enfocarse en su dirección.
-Corrección: lo eras, y, si no lo sabías, te sugiero que veas el video de la última conferencia de prensa de Percy- no se perdería aquella oportunidad provocarla, no cuando sería la única que quizás tendría. Cogió de su escritorio uno de los anuncios preliminares que el departamento de imagen había preparado con la candidata de Rachel, y ampliando aún más su sonrisa se lo enseñó a Drew despidiéndola con la mano que tena libre. -Adiós, y no vuelvas nunca-
-¡Ni pienses que voy a dejarte el camino libre!- vociferó, y gracias a la acústica del elevador su voz resonó con mayor potencia. Puede que sí diese algo de miedo. No en caso de la rubia, claro, pero con sólo mirar el rostro del resto de los empleados notaba que temían a las amenazas de esa mujer. -¡No me conoces, Annabeth Chase! ¡Vas a pagar por esto!-
-Por favor envíame una copia- pidió Annabeth, sin borrar la sonrisa de sus labios, acercándose al escritorio de Miranda, quien tenía entre sus manos su teléfono móvil tras haber filmado toda la escena ocurrida.
-Será un placer, señorita Chase- respondió ella, sonriéndole de forma cómplice, antes de retirarse a comentar lo ocurrido con sus compañeros de trabajo.
Y así, tras el cierre de las puertas de metal, tuvo, por primera vez en mucho tiempo, una sensación de tranquilidad expandiéndose por su pecho. Drew Tanaka ya no representaba alguien de que preocuparse. Luego de años de sufrir y maquinar escenarios en los cuales ella lograba conquistar a Percy, podía decir que todo ya formaba parte del pasado. Si, seguramente esa arpía venenosa intentaría interponerse en su camino nuevamente, pero el hecho de que ya no contase con poder en Olympus era toda una victoria que merecía ser celebrada.
-Katie me dijo que ordenaste a los guardias que subieran, ¿estás bien?- este fue Percy, quien, en cuestión de milisegundos y tras haberse precipitado fuera de uno de los elevadores, se materializo a su lado y la observaba detenidamente con el gesto preocupado.
-Nunca estuve mejor- lo tranquilizó, dejándose envolver en sus brazos y silenciado cualquier tipo de respuesta suya con un beso, mientras trataba de ignorar el hecho de que, seguramente, todos estarían prestando atención al nuevo espectáculo. No podía importarle menos. Tras semanas de peleas, promesas y besos furtivos, estaba ansiosa por mostrarle al mundo, y a la oficina, lo afortunada que era al lado de quien, en un principio, tan sólo había sido su mejor amigo. Llevaba años a que eso sucediera, así que, de ahora en más, tan solo se enfocaría en ser feliz con el que, con seguridad, era el amor de su vida.
Notas: No me maten. Estoy metida en una laguna mental desde diciembre, y me ha costado horrores terminar el capítulo. En realidad quedaba una escena más, pero es demasiado larga y aun no comienzo a escribirla. Preferí actualizar hasta aquí para que no sigan comiendo ansias.
Les prometo que estoy esforzándome mucho para terminar de una vez la historia. Queda un, UN, capítulo, y luego el epilogo. No puedo sentirme más frustrada con todo esto, porque de verdad quiero darle un fin, pero tampoco puedo hacer demasiado si no me salen las palabras.
Si todo sale como quiero, regreso en marzo. Les pido un poco de paciencia.
Nos leemos pronto
Atte. Anitikis
