XXVII
Había llegado la esperada noche a casa del César, y mientras Claudia Augusta se preparaba para atender a sus invitados, Meg y el resto de esclavos se esforzaban para que todo estuviera perfecto para la fiesta. Pero Meg solo podía pensar en una cosa: esa noche vería Hércules… se lo había dicho su amiga Vibia. Pero tendría que esperar para poder estar juntos, y Meg tenía que disimular si expectación
Por fin la hora llego. Uno a uno fueron llegando los invitados ataviados con elegantes trajes de fiesta y coronas de flores alegres… cada cual mas recargado de diamantes, collares y pendientes exuberantes Algunos de los invitados ya iban un poco ebrios y llegaban cantando a la gran fiesta que Claudia les tenia preparada.
Meg observaba medio molesta a la multitud de petulantes invitados. Esta fiesta su domina la estaba organizando a espaldas de su padre, César. Meg sabía que si el César viera el panorama empezaría a decir que era una fiesta demasiado alocada. Una fiesta así podría ser un riesgo para su persona en el mundo político y para el nombre de su casa. Para él era muy importante la imagen. Pero Meg sabia que la gente de la misma ciudad ya murmuraba y decían cosas de la hija del césar… cosas que la mayoría sabía perfectamente... Pero pobre de aquel que dijera alguna palabra indebida públicamente, pues la muerte lo esperaría en el coliseo o en la cruz…
Pero esos pensamientos fueron interrumpidos cuando su domina hizo una señal y entraron en la sala unas bailarinas medio desnudas y coronadas con flores que llevaban en las manos cantaros repletos de vino mientras bailaban y se contorsionaban excitando a los invitados más jóvenes. Mas al centro se encontraban los músicos, disfrazados de faunos y sátiros, que tocaban citaras, formingas, flautas y cuernos. Un grupo de hombres que blandían tirsos(1) adornados con cintas, otros tocaban tambores y otros esparcían flores en el camino a toda aquella brillante multitud.
Toda era una locura, la bebida fluía y la gente gritaba y reía. Meg observaba cada vez con más nervios como la fiesta comenzaba a desmadrarse…
– ¡Oye tú, esclava dame mas vino!
Meg miro a su derecha un hombre con una barba medio canosa y con un aliento insoportable que se le fue acercando.
– ¡Si tú, te estoy hablando! ¡Ponme mas vino!
Meg con algo de asco cogió el cántaro y, cuando se disponía acercarse para verter el vino en la copa, el hombre la cogió por la cintura atrayéndola hacia el.
Meg hizo esfuerzos para soltarse pero el hombre la agarró más fuerte.
– ¡Suélteme!
– ¡Vaya pero si tiene carácter la muy golfa! ¿También serás así en la cama?
Meg le dio un empujón pero el hombre solo dio un movimiento hacia atrás sin perder el equilibrio, pero esto enfadó al hombre, que propinó a Meg una tremenda bofetada en una de sus mejillas haciendo que esta callera al suelo.
El hombre y algunos de sus compañeros se empezaron a reír, pero callaron del golpe al ver como un joven volcaba vino en la elegante túnica del hombre.
– ¡Oh señor! Pero cuanto lo lamento de verdad. Me tropezado y…
– ¡Serás… hijo de…! Esta túnica me ha costado dinero. ¿Sabes mamarracho? ¡Me la estropeaste!
Meg miraba la escena mientras una sonrisa se le escapaba de los labios.
– Seguro que tiene muchas más señor, no parece que le falte el dinero.
Al hombre se le crispo la cara – ¿Como te atreves insolente te voy a…?– Pero cuando el hombre levanto la mano para golpear al joven, este le bloqueo con una mano y se lo retorció con un diestro movimiento.
- Te advierto una cosa viejo. Golpea a una mujer y seré yo quien me encargue de que no puedas andar en una semana… ¿Entendiste?
El hombre miro al joven y al ver su rostro lo reconoció inmediatamente. – Per Júpiter… ¿Tu? – Hércules lo soltó bruscamente. – El Gladiador… ¿Por qué defiendes a esa?… Es una esclava. – Dijo el hombre señalando a Meg que estaba mirando absorta la escena.
Hércules la miro indiferente, sin mostrar ningún sentimiento ni tan solo una pequeña señal de alegrarse de verla. – Sí, pero también es una mujer, y no soy partidario de pegar a las mujeres.
– Vaya encima de gladiador, caballero… Poco se ve eso en un hombre de Roma.
Hercules sonrío con una pequeña sonrisa – Estoy y vivo en roma, respeto a los romanos, pero no me considero uno de ellos.
El hombre lo miro de refilón – Ya veo protector. Dime... ¿Claudia te invito?
Hercules asintió – Fui invitado por la mismísima hija de César.
–Jejeje… ¡Eres muy afortunado! ¿Lo sabes campeón? Creo que esa mujer tiro bien fuerte del sedal.
Hércules lo miro con una media sonrisa – No tengo mucho tiempo para conquistas.
– Ya… claro… ser gladiador tiene sus dificultades… Pero aun así tiene sus ventajas. Seguro que a muchas mujeres de alto rango les gustaría pasar una noche estupenda contigo ¿No?
Hercules lo miro – Bueno… sí.
– ¿Qué pasa chico? ¿No te atraen las mujeres? ¿O es que hay alguna que ya te llama la atención? – Dijo el hombre giñandole el ojo.
– Pero Vatión – dijo Claudia interrumpiendo- ¿Qué hacéis aquí cuchicheando? Hola Hércules… creí que ya no vendrías a verme.
– Oh mi señora. Perdónenos, pero este caballero tropezó conmigo y… – Dijo el hombre haciendo una inclinación, seguido por Hércules.
– Ya veo Vatión… Otra vez bebió más de la cuenta – Dijo Claudia con una sonrisa.
El hombre levanto la copa en forma de saludo y a continuación bebió de ella.
– Bien Hércules, te presentare a algunos de mis amigos. Conocer supuesto hijo de Júpiter es como una bendición para nosotros. – Diciendo esto cogió a Hércules del brazo y lo condujo hacia la multitud.
Meg seguía en el suelo, con el cántaro en mano y un fuerte dolor en el pecho que no podía soportar. Con total disimulo se retiro y desde detrás de una columna observaba la fiesta que poco a poco iba desmadrándose.
(1)Tirso: Varaenramada que servía de cetro al diosmitológicoBaco y que usaban los gentiles en las bacanales.
Siento por la tardanza pero como lo prometí aquí tenéis un capitulo mas, y en el próximo habrá una sorpresa….
