Capítulo 28
Vagaron por páramos y bosques durante días enteros, parando solo a comer y a descansar, por la noche. Para Severus era mejor así, aunque al final del día estaba demasiado cansado. Quizás era esa la razón que hacía que aquella rutina estuviera bien: caminaban hasta el hartazgo, en silencio, solo parando cuando era imprescindible, así que por la noche ya no tenían fuerzas para pensar siquiera.
El ambiente era lúgubre en el interior de la tienda. Lily no hablaba mucho: la muerte de su única familia la había dejado muy hundida. Potter se pasaba el tiempo mirando el interior del reloj de bolsillo, el último regalo de sus padres, y del guardapelo inservible. Lupin se movía a su alrededor, nervioso, y a veces acudía a Severus para contarle sus penas, principalmente la llegada de la siguiente luna llena. Black, en un rincón de la tienda, encendía la radio encantada y cambiaba de canal, buscando uno en el que dijeran las noticias del día.
Cada noche hacían tres turnos de guardia. Era duro y muy cansado, aunque por lo menos no era pleno invierno, así que no tenían que preocuparse por el frío. Todavía no, musitó Severus para sí mismo. Era desalentador ver a todos tan deprimidos, así que Severus solía ponerse a jugar con su varita o mirar su reloj. Tenía una inscripción dentro, en el interior de la tapa. Sé libre, decía. Severus se cuestionaba a veces si los señores Potter habían sabido todo lo que iba a suceder, pues entre el discurso y los relojes, se habían terminado de despedir de ellos.
—La luna llena será dentro de once días. —le murmuró con voz estrangulada Lupin. Severus cerró rápidamente el reloj, lanzándole una mirada de advertencia. —¿Qué vamos a hacer? No puedo permanecer con vosotros, sería demasiado peligroso.
—Déjame pensar en ello, Lupin. Cuando tenga una brillante idea te avisaré. —le gruñó Severus.
—De – de acuerdo. —Lupin se reclinó, incómodo. —Y… Y…
—Suéltalo o cállate.
—¿Cuál es el plan? No podemos estar huyendo eternamente.
—Todavía no he pensado en eso.
Lupin se retiró, acompañando a Black en su solitaria guardia ese día. James y Lily hablaban en murmullos en un rincón, sus caras prácticamente pegadas. Severus suspiró con fuerza, tumbándose en el pequeño camastro que ocupaba. Tenía muchas cosas en las que pensar: Lupin tan solo le había recordado tareas que ya tenía pendientes de antes en su mente.
Lo más importante en esos momentos era ocuparse del pequeño problema peludo de Lupin (así lo llamaban los otros dos gryffindors). Severus no estaba seguro de si Lily sabía que era un licántropo o no; de hecho, realmente tan solo sabía que James y Black conocían la condición de su amigo. Mmm, si tan solo pudiera haber hecho más investigación sobre los licántropos, pensó Severus. Agitó la cabeza; no merecía la pena centrarse en el pasado.
Tenía que hablar con Lupin. Saber cómo era realmente un licántropo, qué le sucedía. En otro momento se habría entusiasmado con la sola idea de continuar su investigación sobre los hombres lobo, pero en esos momentos no estaba para nada feliz. Lo último que quería era hacerle preguntas incómodas a Lupin acerca de un tema que ya de por sí le resultaba incómodo al gryffindor. Aún así, salió de la tienda, encontrándose a Lupin y Black escuchando atentamente la radio. Severus tocó el hombro de Lupin y le hizo un gesto con la cabeza.
—¿Podemos hablar un momento? —Lupin se incorporó. Black los escudriñó con la mirada, intentando determinar si Severus iba a matar a su amigo o no. Caminaron hasta los límites de la protección, las hojas secas crujiendo bajo sus pies. —Tengo que hacerte un par de preguntas acerca de tu condición.
—¿Te refieres a mi problema peludo?
—Sí, aunque dicho así suena ridículo. —Lupin esbozó una sonrisa, la primera que Severus veía desde que se marcharan de la mansión Potter.
—De acuerdo, empieza.
—Honestidad ante todo, Lupin. Es importante si queremos hacer que el grupo funcione.
—Sí, sí, estoy dispuesto a decirte lo que sea. —la ansiedad cubrió la expresión de Lupin. Severus asintió, sabiendo que respondería solo la verdad.
—Dime exactamente cómo te preparas para la transformación.
—¿Cómo me – ? —Lupin se cortó a sí mismo, entendiendo tarde la pregunta. —Me quito la ropa, toda la ropa. También dejó la varita con la ropa.
—Así que no llevas nada contigo cuando te transformas… —murmuró Severus. Aquello complicaba que Lupin pudiera comunicarse con ellos – no sabía todavía cómo – cuando volviera a la normalidad. —¿Y después de transformarte? ¿Cómo te encuentras?
—Me quedo hecho polvo. A veces me cuesta incluso llegar a la enfermería. Es como – como si hubiera estado toda la noche corriendo mientras me golpean.
—Mmmm. —musitó Severus. Miró la tienda de campaña y a Black, haciendo guardia. Había vuelto a fijar su atención en la radio. —¿Lily sabe de esto?
—Sí, fue la primera en sonsacármelo. —Lupin sonrió cansadamente. Severus asintió, sintiéndose repentinamente algo tonto. —¿Algo más?
—No, nada más.
Severus volvió dentro de la tienda, musitando. Lupin era un caso perdido, concluyó después de darle muchas vueltas. Durante la transformación necesitaría a alguien a su lado que le cuidara y le llevara de vuelta con los demás. Potter y Black podían encargarse de eso, recordó rápidamente. Si ellos se quedaran con Lupin, Severus y Lily podían marcharse a otro lugar a acampar por esa noche y a la mañana siguiente contactarían y regresarían al campamento.
El único problema era cómo comunicarse entre ellos. ¿Tenían algún medio de comunicación fiable que utilizar? Tenía que ser algo que ningún mortífago o carroñero pudiera rastrear. Severus pensó y pensó, pero su mente iba cada vez más lenta y perezosa. El día había sido agotador. Por esa noche, Severus concluyó sus maquinaciones; sabía cuándo era conveniente descansar y cuándo podía esforzarse un poco más, y esa no era una situación que encajara en el segundo grupo.
Por la mañana durante el desayuno silencioso, como siempre, Severus sacó el tema a colación:
—He estado pensando en una solución al problema de Lupin. —empezó con rotundidad. —Pero me falta algo.
—Comparte tus pensamientos. —le ayudó Black de mala gana.
—Black y Potter tendrían que pasar la noche con Lupin, seguirle y controlarle. Lily y yo nos iríamos a pasar la noche a otro lugar. Luego, por la mañana, contactaríamos – no sé cómo – y vosotros vendríais al campamento.
—Podríamos usar los espejos para comunicarnos. —dijo James, como si fuera obvio. Severus parpadeó varias veces: ¿qué espejos? —Los espejos de dos caras que tenemos Sirius y yo. —aclaró James al ver las caras de confusión de Severus y Lily.
—Me había olvidado de eso. —musitó para sí Severus. ¿Cómo había podido olvidarse de eso? —Con esos espejos podríamos llevar a la práctica mi plan. —aseguró.
Se quedaron de nuevo en silencio. Ninguno, ni siquiera Severus, parecía muy feliz por el plan que habían creado. Severus sentía que aquello estaba mal: los gryffindors deberían volver a su estado natural, a correr y gritar como imbéciles. Aquella aura de depresión era más propia de Severus que de ellos, aunque él no se sentía particularmente miserable siendo antisocial, tan solo era su forma de ser.
Quería hablar con James de eso, pero no sabía qué decirle. No era bueno confrontando sensiblemente a los demás o animando a nadie; Severus era un inútil en esas cosas. Aún así, pasó casi tanto rato como había pasado ideando el plan de Lupin pensando en cómo empezar la conversación con James, y esperó a que tocara el relevo de guardia correcto, cuando Severus sustituía a James, para hablarle.
—Potter. —le llamó antes de que el otro chico entrara en la tienda. Tenía ojeras bajo los ojos; quizás no era el mejor momento para ponerse a hablar. —¿Podríamos hablar? No será mucho rato.
—¿No puede esperar a la mañana?
—Es que quería hablar contigo a solas. Este es el único momento disponible para estos menesteres. —le justificó Severus. James suspiró y se sentó a su lado, acompañándole en su guardia.
—¿De qué quieres hablar?
—Creo que deberías animarte. —James le lanzó una mirada de reojo y alzó las cejas. —Por el bien del grupo. Sé que lo que ha pasado es doloroso, si quieres hablar de eso puedo escucharte, pero no puedes rendirte todavía. Tenemos que pensar en cómo salir de esta situación aunque sea.
—¿Cómo se supone que debo animarme? ¿Cómo conseguiste superar la pérdida de tus padres? —James le miró con ojos duros. —Ah, es cierto, que estabas más feliz que triste de que murieran.
—Tus padres han dado su vida por ti, Potter. —le gruñó Severus de vuelta. —Esta no es la situación ideal en la que les habría gustado dejarte, estoy seguro de eso, pero ellos no querrían verte así. Estaban preparados para morir.
—¡Cállate! —James se le tiró encima, cogiéndole de la pechera de su túnica. —No sabes nada de lo que mis padres pensaban, ¿vale? No intentes darme una lección moral cuando vas asesinando gente a mis espaldas. ¿A cuántos más has matado? ¿Mulciber ha sido tu primero?
Severus no contestó a eso. Una parte de sí quería pegarle, entrar en cólera y hechizar su patético culo fuera del campamento. La otra parte, la que sí pensaba, sabía que James tan solo le atacaba para sentirse mejor, para desahogarse. Oh, pero Severus quería cerrarle la boca ya. Justo cuando iba a sacar la varita para hechizarle, James se puso a llorar. Apoyó su frente en el pecho de Severus y comenzó a llorar y llorar. No le miraba, pero su llanto le ponía incómodo de todas maneras. Severus le rodeó con sus brazos, mudo, pues si era pésimo para hablar de sentimientos, era todavía peor cuando se trataba de consolar a los demás.
—Lo siento. —murmuró finalmente James. —Lo siento. Estoy pasando por un mal momento, ¿me perdonas? —la voz de James sonaba mullida y amortiguada desde su pecho. Severus podía sentir el aliento cálido del chico en su torso.
—No pasa nada. —dijo en voz igualmente baja Severus. James se despegó por fin de su lado y se sentó, con las piernas cruzadas, delante de Severus.
—Es solo que… Que no veo que vayamos a conseguir nada de ninguna forma. —admitió finalmente. —Dumbledore está muerto; puede haberme caído un poco mal cuando nos desestimó con el asunto de Mulciber, pero seguía estando de nuestro lado. Y luego los padres de Lily y… Y papá y mamá. Sé que eran mayores y que en algún momento… En algún momento morirían, pero no esperaba que fuera tan pronto ni de esas maneras. Podríamos haberlos salvado.
—Tus padres eligieron cómo morir. —estableció Severus. —Estaban preparados para eso; en el fondo lo sabes. Ya no podían pelear o huir como nosotros, y además nos dieron tiempo para escapar. Se sacrificaron por nosotros, por ti, James.
—Lo sé, pero no parece real. Quiero decir, huimos antes de que entraran en la casa. Y luego mis padres no han vuelto a comunicarse con nosotros, pero no tengo la certeza de que están muertos. Es – es irreal. Sin funeral, sin entierro, sin despedirme de ellos…
—Mira, ahora no puedes centrarte en esto. Tan solo necesitamos un último esfuerzo para salir de este aprieto. No creo que debamos pasar una segunda luna llena a la intemperie, ni siquiera me parece seguro pasar la primera. Tenemos que organizarnos y decidir qué hacer. —Severus le cogió por los hombros. —Y para hacer eso necesito que estés a mi lado, ¿de acuerdo? Sé que los demás piensan que no hay esperanza, y yo no lo sé realmente, pero tenemos al menos que procurarnos un lugar en el que vivir, hacer que la situación sea estable.
—Tienes razón. —le concedió James. —Sé que tienes razón, pero es difícil. Dame tiempo, mañana intentaré manejar la situación, pero hoy no puedo. —Severus asintió, de acuerdo con los términos. Se quedaron en silencio por un momento y James apuntó con algo de burla inocente. —Me has llamado James.
—Cállate, Potter. —le gruñó Severus. En el momento le había parecido buena idea, una forma de arrastrar al gryffindor a su terreno.
James rió. No era la risa cristalina que Severus había oído en más de una ocasión, cuando James hacía esos comentarios incómodos – como el de ahora – y Severus desviaba la conversación, avergonzado por la familiaridad. Se quedó un rato acompañando a Severus. Abrió el guardapelo y se lo enseñó: en el interior había dos fotos, una de su madre y otra de su padre. Entre susurros, le contó anécdotas tontas de días en familia; Severus apenas le prestó atención fingiendo interés, sintiéndose algo amargado porque James tenía tantos momentos familiares memorables que recordar y él tan pocos. Al final, el gryffindor se levantó y entró en la tienda de campaña después de palmearle el hombro y decirle:
—Eres un buen líder, Severus.
