Chicas como lo prometido es deuda aquí el capitulo 17 se los dejare hasta la tercera parte... saludos y miles de gracias por seguir con la lectura.
Capitulo17He perdido tanto, que poco me importa arriesgar más…
Si con ello consigo tenerte.
Las Di Carlo habían invitado a la rubia a su casa, deseaban tener una reunión de mujeres, escuchar cómo les había ido en el Piamonte, que tal le había parecido la región, en fin solo buscaban hacer sentir a la chica como en casa, sabían que no era fácil estar en un país extraño, sin nadie con quien entablar una conversación. La rubia dudo un poco en asistir al principio, el solo hecho de imaginarse un encuentro con Fabrizio Di Carlo, la perturbaba.
Se encontraba hermosa, con la llegada de Ángela su rutina habían cambiado mucho, la mujer insistía en hacer las misma tareas que en América, le preparaba el baño, la ayudaba con la selección de la ropa que usaría, le acomodaba el cabello, hasta en algunas ocasiones, como en esta casi la obligo a colocarse un poco de maquillaje.
Con un hermoso vestido rosa vieja de muselina, dejando ver las torneadas pantorrillas de la joven, el escote aunque muy sutil, mostraba el inicio de su pecho, la caída era suave gracias al material de la tela, este se encontraba dividido debajo de los senos por una tela de raso adornada por una bellísima rosa trabajada en la misma, sus rizos se encontraba sueltos, solo sujetos por una discreto prendedor de perlas.
- Ángela, no voy a una fiesta, para que tanto arreglo – Protestaba la rubia ante el esmero que dedicaba la mujer en su imagen.
- No iras a una fiesta Candy, pero debes lucir hermosa, además olvidas que eres una Andley, debes lucir como una reina – Mencionaba mientras le extendía un par de pendientes de perlas exquisitos y delicados – No entiendo por qué te cuesta tanto dejar ver lo bella que eres, tienes una belleza natural Candy, como he visto poca, deberías hacerle justicia de vez en cuando – Agrego al tiempo que le acomodaba los bucles.
- No me gusta llamar la atención, lo sabes, eso de la moda, el maquillaje, las joyas, se lo dejo a Annie, ella siempre tuvo mejor gusto que yo… en resumidas cuentas, soy un completo desastre para ese asunto, por lo tanto, me conformo con sentirme cómoda. – Dijo sin mucho interés.
- En ese caso, deja que yo te ayude – Contesto mientras le daba vuelta a la rubia para apreciar su trabajo - ¿Ves? Quedaste bellísima, una verdadera princesa – Finalizo con una sonrisa que llegaba a su mirada. La joven le respondió de la misma manera, pero con menos emoción. – Bueno vamos, se te hace tarde – Finalizo la mujer caminando para salir. Hizo acopio de su todo su valor y salió esa tarde rumbo a la mansión de los italianos.
Cuando llego a la casa Di Carlo, fue recibida por el ama de llaves, quien le dedico una sonrisa, la anciana sentía empatía por la chica, aunque solo se quedo quince días en ese lugar, la rubia logro ganarse a toda la servidumbre con esa simpatía que la caracteriza. La mujer la condujo hasta la terraza donde ya la esperaban madre e hija.
- Buenas tardes, Sra. Di Carlo, Fransheska – Saludo con una sonrisa.
- Candice, buenas tardes – Menciono la joven colocándose de pie para darle un abrazo - ¿Cómo estás? – Saludo con naturalidad.
- Muy bien gracias – Respondió está recibiendo de buen agrado el abrazo.
- Buenas tardes Srta. Andley, luce muy linda hoy – Acoto Fiorella imitando a su hija y saludando a la chica.
- Muchas gracias, ustedes también lucen hermosas, como siempre – Contesto la rubia con una sonrisa, las italianas se sintieron halagadas.
Tomaron asiento, la señora de la casa pidió galletas y té, así como unos postres, sabía que a la americana le gustaban mucho. El primer tema fue su estadía en el Piamonte, las mujeres se emocionaron con todo lo que la chica les contaba, la más joven le conto que casi convencía a su padre para viajar con ellos la próxima vez, esto alegro mucho a la joven, la morena le caía realmente bien. En ese momento se escucho el motor de un auto, la rubia se tenso de inmediato, pues la fuerza del mismo, le anuncio de quien se trataba. Sin embargo logra controlarse y continuar con la charla, las italianas parecieron no notarlo.
- Buenas tardes, Fiorella querida – Menciono una voz de mujer a las espaldas de la rubia.
- Buenas tardes Antonella ¿Cómo está? – Respondió la aludida con menos entusiasmo que la recién llegada.
- De maravilla, Fransheska, mira nada más lo hermosa que luces hoy, cada día más radiante – Dijo con una sonrisa, la morena le dedico una que a todas luces era mecánica.
- Usted también luce muy bien – Su voz cambio de inmediato, la rubia noto algo de tensión en el ambiente.
- Antonella, permítame presentarle a la Srta. Candice Andley – Menciono la madre, colocándose de pie y señalando a la rubia.
- Mucho gusto – Se volvió la americana para ver a la mujer.
- Antonella Sanguinetti, es un placer, Srta. Andley – Expreso, al tiempo que observaba de pies a cabeza a la rubia.
- Tome asiento por favor – Dijo la dueña de la casa en tono cortes.
- Muchas gracias, solo pase un momento, desde que llegue de Roma no había tenido oportunidad de visitarlas, ya saben los negocios – Menciono con una sonrisa que no llegaba hasta su mirada y se volvía de nuevo a la rubia – Srta. Andley, disculpe mi curiosidad ¿Usted es una de las personas que están trabajando con los hospitales y las escuelas del Piamonte? – Inquirió la mujer mirando a los ojos de la rubia.
- En efecto, Sra. Sanguinetti, estamos colaborando con el personal de los hospitales y las escuelas de esa región, acabamos de llegar de allá – Contesto con naturalidad.
- Al parecer las noticias corren rápido en esta ciudad – Menciono la más joven con sorna.
- Así es querida, sabes cómo son los rumores, corren como el viento o el fuego, según las intensiones que lleven. – Respondió Antonella consiente del tono de la chica. – No se podía esperar que pasara desapercibido el hecho de que dos millonarios de América, lleguen al país a hacer obras de caridad – Agrego mirando de nuevo a la rubia.
- Supongo que no – Contesto Candy con sequedad – De todas formas no lo hacemos con la intensión de ganar indulgencias, fue una inquietud que surgió en mi hermano, yo no podía hacer menos que ayudarlo y acompañarlo, cosa que le agradezco mucho, pues en realidad lo estoy disfrutando – Completo sin desviar la vista de la mujer.
Antonella le dedico una sonrisa, pero su mirada era seria, Fransheska por su parte dejo ver una sonrisa de satisfacción, si por ella fuera se hubiese parado a aplaudir a Candy. En ese momento apareció en la entrada de la casa Fabrizio, al ver a la rubia su corazón comenzó a latir con rapidez, se quedo congelado sin saber qué hacer, ella lo tenía completamente cautivado, se veía hermosa.
Ella se volvió para mirar pues una presencia llamo su atención, su corazón de detuvo en cuanto vio al joven, sus miradas se cruzaron y todo se lleno de colores, más de veinte días sin verse… era mucho… demasiado tiempo para estar lejos, sintió ganas de salir corriendo y abrazarlo - ¡Oh por Dios! ¿Qué locura estás pensado? La verdad no entendía por qué, pero se sentía feliz, dejo ver una sonrisa que ilumino su mirada. El joven camino hasta el grupo.
- Buenas tardes Srta. Andley – Menciono con una sonrisa. Él también se sentía feliz de verla, en realidad no estaba hermosa, lucia bellísima. – Madre, Fransheska – Agrego desviando la mirada.
- Buenas tardes – Dijeron las mujeres casi al mismo tiempo.
Antonella noto cierto magnetismo entre la rubia y Fabrizio, la forma en cómo el chico le sonrío, como la mirada de ella se ilumino en cuanto lo vio en la puerta, el evidente nerviosismo que se había apoderado de ambos.
- Fabrizio, querido ¿Qué te parece si invitamos a tus padres para que nos acompañen a cenar? - Pregunto la mujer mirando al joven – Claro esta Srta. Andley esta invitación también va dirigida a usted, hoy abren el restaurante de los Ferreti, tengo invitaciones, estoy segura que la pasaremos muy bien – Continuo con esa sonrisa mecánica.
- Me parece bien, desde que llegamos de Venecia no hemos tenido oportunidad de distraernos – Respondió el moreno esquivando la mirada de la rubia.
- Me encantaría de verdad, Sra. Sanguinetti, pero pasado mañana salimos para Londres y aun tengo cosas pendientes – Contesto la rubia con cortesía – De todas formas le agradezco mucho la invitación.
- ¡Pero por favor Srta. Andley! De los asuntos pendientes se encarga la servidumbre, ese es su trabajo, dejar todo listo para cuando uno decida salir, le aseguro que nos divertiremos – Menciono ella con la misma sonrisa.
- Son asuntos personales Sra. – Contesto secamente ¡Que mujer tan prepotente! – Pensó la rubia.
- En ese caso, será en otra ocasión, a lo mejor cuando regrese de Londres – Menciono en tono despreocupado.
- Su viaje es para visitar al Duque de Grandchester ¿No es así? – Inquirió Fiorella, para cambiar de tema.
- Si, Sra. Di Carlo, en días pasados le envié una carta, me informaron que se encontraba en Escocia, ya debe estar de regreso. – Respondió ella regresando a su conversación con la dama.
- El otro día le comente a su hermano, que el hijo mayor del Duque tomó unos cursos de verano en el colegio donde estudiaba – Menciono en tono natural la joven, pero al ver la sorpresa en los ojos de la rubia, se apresuro a agregar – Aunque yo no tuve la oportunidad de conocerlo, todas las chicas mencionaron que era muy atractivo, que tenia porte de príncipe, en realidad se desvivieron en halagos, pasaron semanas hablando del asunto.
La rubia le dedico una sonrisa y asintió en silencio.
- En realidad era mucho más que eso – Acoto con un hermoso brillo en sus ojos – Terruce era eso que llaman un verdadero caballero inglés, alguien difícil de igualar – Agrego mirando a la chica, después desvió la vista al joven quien la miraba con interés.
- Pude conocer a su padre en una fiesta en Roma y es exactamente como acaba de describir al joven – Menciono la madre con una sonrisa.
- ¡Vaya! Creo que los Grandchester tienen varias admiradoras – Dijo Antonella para llamar la atención.
- Así parece, solo espero que mi padre no se entere – Menciono Fabrizio más serio de lo habitual, sin mirar a ninguna de las presentes.
- ¡Por favor hijo! Es solo un cumplido – Dijo Fiorella con una breve carcajada.
- Claro hermano, no seas anticuado… Candice ¿Me acompañas al jardín? Están floreciendo unas rosas que mi madre trajo desde Venecia – Se levanto extendiéndole la mano a la rubia.
- Por supuesto – Respondió esta con una sonrisa y recibiendo la mano de la morena.
- Así me cuentas más del joven Grandchester – Señalo en tono cómplice. La rubia dejo escapar una sonrisa sonora, era como un repique de campanas, hermoso en verdad.
- Con su permiso, Sra. Di Carlo, Sra. Sanguinetti… Sr. Di Carlo – Menciono mirando fijamente al joven a los ojos, que se encontraban oscuros. Se dio media vuelta y salió junto a la italiana.
Estando en el rosal su mente vagaba con frecuencia – No sabía por qué había actuado de esa manera ¿De qué le servía hablar de Terry frente a ese hombre? Él pareció molestarse por los comentarios… pero ¿Por qué? ¿Acaso se cree tan importante, que tiene que ser él el centro de todas las miradas? Y esa mujer, tan odiosa, prepotente, imprudente, confiada… ¿Qué tipo de relación tenían? – La voz de la chica la hizo regresar de sus pensamientos.
- Lamento mucho la indiscreción de Antonella, Candice - Menciono apenada.
- Ah, por favor no te preocupes, la Sra. simplemente tenia curiosidad, no es la primera vez que las actividades de mi familia despiertan el interés en los demás – Dijo ella con una sonrisa.
- Aun así, ella apenas te conoce, no es correcto que te hable con tanta confianza, uno debe tener un mínimo de decencia… claro eso es mucho pedir en ella. – Acoto con molestia.
- No todo el mundo es igual, ahora perdóname tú a mí, quisiera hacerte una pregunta – Menciono mirando a los ojos de la chica. Ella asintió en silencio instando a la rubia a continuar – ¿La Sra. Sanguinetti es parte de tu familia? – Inquirió escogiendo con cuidado cada una de sus palabras.
- ¡No! ¡Dios no lo quiera! – Menciono la morena en un gesto que hizo sonreír a la rubia – No soporto a esa mujer, tengo que tratarla por puro protocolo. – Agrego con resignación.
- Pero es amiga de la familia… - Antes que la americana pudiese continuar ella la detuvo.
- No, es amiga de Fabrizio… por ende tenemos que tratarla con amabilidad, ya usted acaba de ver su comportamiento, pero mejor dejemos de hablar de ella, es capaz de amargar a cualquiera – Dijo para terminar el asunto. Ella afirmo en silencio.
Después de eso caminaron hasta las rosas que había mencionado la chica, estas lucían realmente hermosas, su color era brillante, su textura era muy suave y el ahora realmente exquisito. De este modo pasaron los minutos, caminado entre los rosales y haciendo algún que otro comentario sobre la estadía de la rubia en el Piamonte y sus planes para volver.
Fabrizio había subido hasta su habitación para cambiarse de ropa, si su familia no quería salir, él si lo haría, después de un año junto a Antonella, aun no terminaban por aceptarla, preferían creerles a las viejas puritanas de Florencia que la chica; bien era cierto que ella no era un dechado de virtudes, que había cometido errores en el pasado, pero ahora todo era distinto, al menos con él lo era – El joven se quitaba la ropa con más esfuerzo del normal, se quito los zapatos y los lanzo a un lado - Se sentía molesto y no era precisamente por la actitud de su madre y hermana, pues ya estaba acostumbrado a ella – Camino hasta la ducha, la abrió y dejo que el agua tomara una temperatura más agradable, se quito el pantalón y lo lanzo en el cesto de la ropa sucia. Camino de regreso al baño y al pasar delante del espejo se detuvo frente a este.
- El Duque de Grandchester… El hijo del Duque de Grandchester ¡Un verdadero caballero inglés! ¡Qué ridiculez más grande! – Menciono con sorna, se llevo las manos al cabello. Luego camino alejándose del espejo y entro a la ducha. El agua comenzó a hacer su trabajo, estaba tibia esto fue un verdadero alivio, sus músculos se encontraban muy tensos, se llevo las manos al cabello de nuevo, sintiendo el agua correr entre sus dedos, esta bajaba por su nuca, seguía por su hermosa y formada espalda, siguiendo su camino natural hasta llegar al piso de la ducha, se comenzó a enjabonar. Concentrándose en la tarea que lo ocupaba, pero las palabras de la rubia y su actitud al decirlas llegaban de nuevo a su mente exasperándolo – De seguro era un inglés frio, sin ninguna gracia, cuando mucho una cara bonita y nada más, como lo son la mayoría de la realeza ¡Ja! Y ella se jacta diciendo que era todo un caballero inglés ¡Qué nadie lograría igualarlo! ¡Algo tan absurdo! Cualquiera puede ser mejor de seguro que ese tal Terruce ¡Cualquiera! – Mencionaba el chico sin lograr dejar a un lado lo que sentía.
Regresaron a la casa cuando el sol comenzaba a caer, en ese momento Albert llegaba junto a Luciano. Fiorella y Antonella Sanguinetti se encontraban en la sala de la mansión.
- Buenas noches – Mencionaron los hombres en cuanto pusieron un pie en el lugar.
- Buenas noches Luciano, Sr. Andley – Menciono Fiorella caminando para abrazar a su esposo y saludar al rubio.
Antonella se coloco de pie de inmediato en cuanto capto la figura del americano, un hombre alto, rubio, con hermosos ojos celestes, porte que detonaba su cuna, aparentaba unos treinta años, tal vez un poco menos, figura recia y bien formada, todo un espectáculo digno de admirar. Se acerco hasta los recién llegados para saludar al italiano.
- Luciano que alegría verte – Menciono con fingido entusiasmo.
- También me alegra verla Sra. Sanguinetti – Respondió el hombre tendiéndole la mano.
- ¡Ah por favor! Basta de llamarme señora, somos amigos desde hace mucho – Dijo la mujer posando su mirada en el rubio y dedicándole una sonrisa.
- Permítame presentarle al Sr. Andley – Expresó el hombre señalando al joven a su lado.
- Mucho gusto, William Albert Andley – Menciono el rubio extendiendo la mano a la mujer.
- Encantada, Antonella Sanguinetti – Respondió la mujer con una sonrisa deslumbrante.
Candy y Fransheska observaron toda la escena y como mujeres su intuición les dejo ver cierta desenvoltura de la italiana por así llamarlo, cuando fue presentada a Albert. Para la morena esto fue un motivo más para odiar a la mujer, para la rubia fue como un golpe… ¿Era tan descarada que se atrevía a coquetearle a Albert? Bueno… si no tenía sino una simple relación de amistad con Fabrizio Di Carlo… su hermano es muy guapo, es lógico que llame su atención – Termino por pensar la rubia ofreciendo un voto de confianza a la mujer.
En ese momento en lo alto de la escalera apareció Fabrizio impecablemente vestido, en un traje de sastre negro, camisa blanca, sus ojos lucían hermosos, brillantes e intensos; se posaron en la figura de la rubia. Bajó las escaleras con paso despreocupado y elegante, ese mismo que lo hacia un hombre seguro, decidido, sumamente atractivo. Le quito la respiración a la italiana y la americana, para quienes fue imposible escapar del magnetismo que emanaba del joven.
- Buenas tardes padre, Sr. Andley – Menciono el chico en tono amable. Extendió la mano al rubio, quien la recibió con un fuerte apretón.
- Buenas tardes Sr. Di Carlo – Contesto este.
- Buenas tardes hijo – Dijo el hombre observando de pie a cabeza al muchacho - ¿Vas a salir? – Pregunto con tono casual.
- Si, iré con Antonella a la apertura del restaurante de los Ferreti, ustedes también deberían venir, hace mucho que no salimos – Respondió el joven en el mismo tono.
- Lo mismo le dije Fabrizio, pero tu padre se siente cansado – Dijo Antonella con pesar.
- En ese caso… escuche que le había ido muy bien en el Piamonte Sr. Andley – Acoto el joven mirando al rubio, era evidente que evitaba a la chica.
- Si, estamos muy contentos con los resultados, después de cumplir con algunos asuntos pendientes en Londres, pensamos regresar – Contesto el millonario.
- Fabrizio querido, me encantaría quedarme mas tiempo, pero temo que si no salimos ahora, apenas me dará tiempo para arreglarme, Sr. Srta. Andley ha sido un placer, espero que en otra ocasión podamos compartir más, es una lastima que tengan asuntos que resolver y no puedan acompañarnos esta noche – Menciono extendiéndole la mano a los rubios y dedicándoles una sonrisa que iba más al hombre que a la mujer. Después se volvió y camino hasta los italianos, se despidió de Fiorella, Luciano y Fransheska con un abrazo y un beso – Vendré pronto a visitarlos.
- Sr. Srta. Andley – Dijo el joven ofreciendo la mano al caballero y tomando la de la chica para depositar un beso en la de esta, lo hizo con mucha suavidad mientras clavaba su mirada penetrante en los verde esmeralda. Ella no se dejo intimidar y le mantuvo la mirada, era casi palpable la tensión que se había levantado entre ambos – Espero les vaya muy bien en su viaje – Agrego con esa sonrisa… que la hacia rabiar… ¿Por qué tenia que parecerse tanto a Terry? Era tan… tan… ¡Ya comenzaba a tenerle rabia! ¿Por qué no terminaba de irse? – Se pregunto en pensamientos, su presencia la inquietaba.
Después de eso salió junto a la mujer, quien se guindó de su brazo, pavoneándose por tenerlo junto a ella. Candy tuvo que reunir todas sus fuerzas para no gritar en ese instante, por el contrario coloco una sonrisa en su rostro, tratando de aparentar delante de todos que lo sucedido no la había afectado. Tal vez para los italianos paso desapercibido, pero no para Albert, el chico noto desde un principio el cambio de actitud en su hermana. Los Di Carlo invitaron a los americanos a quedarse y cenar con ellos. La chica no estaba de humor para compartir con nadie, pero no por culpa de ese hombre se iba a amargar, ni mucho menos les iba a hacer un desaire a estas personas que eran tan amables con ella y Albert.
Cuando llegaron a casa Renai ella se excuso con el joven, alegando un dolor de cabeza y camino directo a su habitación, apenas si había saludo a Ángela. Entro y cerrando la puerta tras de si dejo salir un par de lagrimas; sentía rabia, tristeza, dolor, impotencia… una mezcla de sentimientos que no lograba explicarse por qué la invadían. – Camino hasta el balcón, abrió la puerta y salió, el aire se encontraba más frio que de costumbre, cerro los ojos y a su mente llegaron de inmediato las imágenes del joven junto a la mujer – Un gemido de dolor salió de su pecho y comenzó a llorar, se dio la vuelta dejándose rodar hasta quedar sentada, se abrazo las piernas con los brazos, mientras trataba con todas sus fuerzas de alejar este dolor de su pecho.
El joven caminaba de un lugar a otro, esperando por la italiana, su paciencia estaba en sus reservas mínimas, sentía algo que lo perturbaba, que lo molestaba… la verdad no estaba de ánimos para salir… aunque tampoco ganaba nada con quedarse en su casa encerrado, tal vez lo mejor era distraerse… tratar de sacar de sus pensamientos lo sucedido en la tarde. Si tan solo Antonella se apurase. – Pensaba mientras se detenía observando a través de la ventana. En ese momento la voz de la mujer lo hizo volverse.
- Estoy lista, apenas pude arreglarme un poco, señor impaciente, ni siquiera el cabello me acomode – Menciono la mujer mientras bajaba las escaleras de su casa.
- Siempre luces hermosa – Respondió acercándose, ella aprovecho la ocasión y le dio un beso.
- Aun estamos a tiempo de quedarnos aquí en casa – Le dijo al oído mientras acariciaba la espalda masculina.
- Tenemos un compromiso que cumplir, sino nos damos prisa llegaremos tarde – Dijo dedicándose una sonrisa, mientras le ofrecía el brazo. Ella lo recibió dejando libre un suspiro.
La velada transcurrió entre risas y comentarios alegres, aunque Fabrizio se distraía con frecuencia, hecho que no paso desapercibido para su compañera, más de una vez la joven se vio obligada a pisar la pista de baile en compañía de otro hombre, ya que el chico pasada la medianoche se excusaba alegando un dolor de cabeza; en vista de la negativa de él de abandonar el lugar donde se encontraba, terminaron por concluir la velada. Ya en el auto camino a la casa de la mujer el joven hablo.
- No soporto este dolor de cabeza, necesito descansar… creo que lo mejor será que me vaya esta noche a la casa y nos veamos mañana. – Escogiendo con cuidado las palabras para no hacerle un desaire a la mujer.
- Fabrizio, puedes quedarte hoy conmigo y si necesitas descansar… yo puedo ayudarte a hacerlo – Menciono con voz sugerente mientras acariciaba el pecho del joven.
Él soltó una breve carcajada y sin apartar la vista del camino respondió.
- ¿Descansar? Creo que es lo menos haría a tu lado Antonella, pero hoy no me siento bien, agradezco de todas formas tu invitación. – Escogiendo cada una de sus palabras.
- Yo podría relajarte y estoy segura que ambos lo disfrutaríamos muchísimo… Fabrizio quédate conmigo esta noche… prometo portarme bien – Menciono levantado la mano derecha. Él la miro un poco dudoso… ella aprovecho la situación del joven y comenzó a besar el cuello y desbrochar la camisa.
- Creo que acabas de romper tu promesa – Menciono con una sonrisa.
- Esto es parte de mi trabajo para relajarte – Menciono abandonado el pecho del joven y llevando la mano hasta su pierna para acariciarla.
El detuvo el vehículo frente a la casa de la mujer, se volvió para mirarla y ella le sonreía con un brillo en sus ojos, su cabello lucia hermoso suelto – Llevo la mano para tocarlo y en ese instante unos ojos verde esmeralda llegaron a su mente.
- De verdad no puedo quedarme, nos vemos mañana – Dijo al tiempo que bajaba del auto y se encaminaba para abrirle la puerta y ayudarla a bajar. Ella dejo libre un suspiro, lo miro a los ojos con reproche.
- Te perdono solo porque te sientes mal, no me gusta tu actitud amor, me estas descuidando mucho – Menciono con un puchero, mientras rodeaba el cuello del hombre con sus brazos.
- Solo por hoy, nos vemos mañana - Le dio un beso muy rápido, tanto que la dejo con el rostro extendido. Ella se volvió para mirarlo, antes de subir al auto le dedico una sonrisa. Segundos después se perdía de vista.
Antonella camino hasta la entrada llena de rabia ¿Cómo se atrevía a dejarla allí y justamente así? Aunque no lo quisiera admitir, estaba muy extraño, desde su llegada de Roma, apenas si había dormido en su casa, entre las excusas por el trabajo, los dolores de cabeza, su familia y no sé cuantas estupidez más, siempre terminaba por escaparse.
- No deberías jugar conmigo de esa forma Fabrizio Di Carlo, estas agotando mi paciencia y eso puede ser algo que pagues muy caro, ningún hombre se ha atrevido a jugar conmigo y tú no serás el primero… eso te lo puedo asegurar, no creas que porque me gusta voy a permitir que seas tú quien decida cuando y como estar conmigo… te estas equivocando muchachito, te estas equivocando – Menciono la mujer en voz alta mientras subía las escaleras y caminaba a su habitación.
El auto avanzaba por el camino en penumbras, solo las luces del vehículo iluminaban el paisaje, como una estrella fugaz, dejando todo sumido en oscuridad a su paso. Aunque se esforzaba por concentrarse en la carretera le era casi imposible, daba gracias que a estas horas de la noche la presencia de autos en el camino era nula. Entro a la gran mansión en la cima de los montes toscanos, bajo del vehículo con desgano, entro a su casa tratando de hacer el menor ruido posible, pensó en subir directo a su habitación, pero hasta para eso tenia pereza, se quito el saco, se aflojo la corbata y prácticamente se lanzo sobre uno de los muebles de la sala. Cerró los ojos, se llevo la mano al pecho y se quedo inmóvil.
- Pensé que no vendrías a dormir esta noche – Menciono una voz cerca, que lo hizo sobre saltarse.
- ¡Fransheska me quieres matar del susto! – Respondió en tono de reproche pero manteniendo la voz baja.
- En ese caso tú también me quieres matar, baje por un vaso de agua y te veo ahí tirado, inmóvil, pálido… ¿Te sientes mal? – Dijo la chica mientras caminaba para tocarle la frente.
- Lo siento, es que no quería despertar a nadie, me quede un rato aquí esperando a ver si disminuía este dolor de cabeza que tengo – Contesto haciéndole un lado a ella para que tomara asiento.
- Se están volviendo muy frecuentes Fabrizio, deberías decirle a papá… tal vez seria prudente realizar unos exámenes – La preocupación era palpable en cada una de sus palabras.
- No tiene caso Fransheska, todo sigue igual… no te preocupes, debe ser el trabajo o tal vez me haya resfriado, ahora me tomo algo y se me pasa – Respondió intentando sonreír, tomo la mano de la chica y le dio un suave apretón – Me voy a dormir, ya es tarde tú deberías hacer lo mismo. – Agrego colocándose de pie.
- Enseguida subo, descansa – Menciono mientras lo veía subir las escaleras. Ella se coloco de pie y camino en dirección a la cocina.
Llego el fin de semana y con el realizar el viaje que la familia tenia planeada para visitar la casa de campo de Frank a las afuera de Chicago, el señor de la casa quería manejar aunque el trayecto era largo, quería hacerlo ya que esto lo relajaba un poco, en el auto Elisa iba en la parte delantera con Frank y Jules se el asiento trasero, por mas que Elisa le insistió a Frederick para ir en sus brazos este se empeño en ir en las piernas de Jules, la joven apenada por la actitud del pequeño le dijo.
- Señor si le molesta por favor no dude en entregármelo.
- No…no para nada Frederick y yo somos muy buenos amigos. – Respondió con una sonrisa.
- Déjalo querida que practique para cuando tenga los suyos. – Acoto Frank mirando al joven por el retrovisor. – Que debería ir pensado en casarse y tenerlos, después va a estar como yo que parezco más bien el abuelo.
- Si señor, solo que por ahora no me siento preparado para afrontar tal responsabilidad.
- Creo que llegara a ser un gran padre señor. - Intervino Elisa volviendo medio cuerpo para ver a Jules dedicarle media sonrisa y entregarle a Frederick su biberón que tomaba por si solo, pero igual Jules le ayudaba.
Ella miraba a ratos por el retrovisor, para ver al pequeño que estaba embelesado mirando por la ventanilla y atento a lo que Jules le decía, algunas veces se encontraba con la mirada de Jules y este le sonreía cortésmente, Frank por su parte dedicaba miradas a su esposa cada vez que podía desviarla del camino, aun cuando volvía a fijarla mantenía la sonrisa y Elisa se fijaba en el perfil de su esposo, admirándolo embargada por ese cariño que había llegado a sentir por el, ese cariño fraternal y se quedaba mirando las arrugas que se hacían en sus ojos por la sonrisa, alegría que a ella también la contagiaba. Frank volvió de nuevo a su esposa y se encontró con que esta lo admiraba, tomo la mano de ella y como ya era costumbre se la llevo a los labios depositándole un beso.
- Señor podría ayudarle a conducir. – Interrumpió Jules el silencio.
- No…no hijo, no es necesario. – Respondió sin desviar la vista del camino.
- Querido llevas más de dos horas manejando, debes estar cansado, por favor permítele al señor que te ayude. – Dijo Elisa pues podía ver el cansancio en su esposo.
- Esta bien, pero solo por media hora. – Hablo Frank orillando el auto.
Él bajo del vehículo, Jules paso al lado del conductor, Frank de copiloto y Elisa ocupo el asiento trasero con el pequeño, el silencio se mantuvo cada uno iba sumido en sus propios pensamientos, Jules con la mirada fija en el camino, mientras Frank pensando en juntas, balances, inversiones, compra de materia prima, negociar algunos barcos.
Una melodía cortó el silencio y Frank volvió la mirada e inmediatamente regreso a sus pensamientos mirando a través de la ventanilla, Jules no pudo evitar mirar por el retrovisor y sonreír pues la melodía se le hacia conocida, Elisa le cantaba a Frederick una canción de cuna en francés mientras arrullaba al pequeño, ella miro a Jules y le sonrió con la mirada, continuaba cantando, mientras Jules la seguía en mente y se decía que tenia una voz encantadora y que el francés lo dominaba muy bien, hasta ahora no la había escuchado nombrar una sola palabra en su idioma, mantenía la vista en el camino, con una sonrisa dibujada en su rostro, tenia muchos años que no la escuchaba.
Los Di Carlo se levantaron temprano como de costumbre, solo Fabrizio que aun seguía durmiendo, pues el sueño solo logro vencerlo entrada la madrugada, Fiorella y Luciano desayunaban en el jardín era sábado y quería aprovechar que contaban con un poco más de tiempo para ambos, Fransheska por su parte aun se encontraba en su habitación, tenia una pila de vestidos sobre la cama y aun no se decidía cual usar, con la ayuda de unas de las chicas de servicio se cepillo el cabello hasta dejarlo muy lacio.
- Srta. Fransheska luce hermosa, pero debemos apurarnos, sino sus padres terminaran por irse antes de que pueda estar lista – Menciono la chica observando el cabello y el rostro de la joven.
- Es que aun no se cual colocarme, todos me gustan… pero no se si son muy formales o muy sencillos – Dijo mientras tomaba los vestido.
- Creo que este blanco es hermoso, el día esta muy soleado y el color le favorece mucho, es ligero, pero sin perder elegancia – Contesto la mujer extendiendo un hermoso vestido blanco con bordados en color rosa muy discretos en la falda, esta era vaporosa otorgándole movimiento al mismo.
Después de media hora la chica bajaba las escaleras con una sonrisa, lucia bellísima, el vestido blanco le aportaba brillo y luz, haciendo que todo a su alrededor se iluminara, aunque no tanto como lo hacían sus ojos.
Lamentablemente todo cambio cuando fue informada que sus padres ya habían abandonado la casa, creyendo a los chicos dormidos salieron en cuanto terminaron el desayuno. Le informo el ama de llaves.
- No puede ser posible Anna, como se supone que voy a llegar ahora hasta casa Renai, se suponía que tenía que encontrarme con Candice.
- Lo siento mucho pequeña… aunque aun su hermano esta en casa, tal vez él pueda llevarla – Menciono la mujer para darle esperanzas a la chica.
- Tienes razón, muchas gracias Anna – Le dijo al tiempo que le daba un beso en la mejilla y salió casi corriendo a la habitación de Fabrizio.
Cuando estaba por subir las escaleras pudo ver al joven en lo alto de las mismas, ella trato de disimular su emoción e intentado parecer casual lo saludo.
- Buenos días Fabrizio ¿Cómo amaneces?
- Buenos días Fransheska, bien ¿Tú como amaneces? – Pregunto reuniéndose con ella.
- Bien, en realidad estaría mejor – Menciono con pesar.
- ¿Por qué lo dices? - Inquirió interesado.
- Es que tenia que verme hoy con Candice… y mamá y papá me dejaron botada, bueno ellos no sabían, pero no esperaba a que salieran tan temprano… el hecho es que ahora estoy atrapada sin saber que hacer. – Menciono con la mirada en el piso.
- Y quieres pedirme que te lleve – Dijo el joven en tono serio.
- ¿Harías eso por mi? – Le pregunto mirándolo a los ojos, parecía una gatita suplicando por su bola de lana.
Él soltó una carcajada que hizo eco en toda la casa. Ella lo miro sorprendida, no sabia si eso era un si o un no.
- Fabri por favor, por favor… mira te prometo que solo será un momento, ya estoy lista – Expreso señalándose – Puedes solo llevarme y dejarme allá, después le pediré el favor a Candice para que me envié con alguien… o… puedo decirle a Anna que le informe a papá o mamá que envíen por mi en cuanto lleguen – Ella decía estas palabras mientras seguía a Fabrizio a la cocina.
- ¿Por qué tanto interés en visitar hoy a los Andley? – Contesto volviéndose para mirar a su hermana a los ojos. Ella se sorprendió ante la pregunta y comenzó a tartamudear.
- Pues… pues, no existe ningún interés… es solo que me comprometí con Candice y… no debo quedarle mal, seria de muy mal gusto. – Respondió mirándolo a los ojos.
Él levanto una ceja en un gesto de desconfianza y fijo su mirada en ella, la chica la mantuvo, pero segundos después la desvió, colocando cara de derrota le dijo.
- ¿Vas a hacer el favor de llevarme o no? – Su voz era apenas audible.
- Ven acá – Menciono abrazándola – Pareces una niña, te voy a llevar… eso si, te dejo y sigo mi camino, tengo algunas cosas que hacer y… - Iba a decir algo más pero se detuvo.
- ¿Y? – Pregunto ella al ver su cambio de actitud.
- Nada, solo que tengo asuntos que atender, voy a comer algo y salimos.
- Perfecto, yo te espero – Dijo mientras se alejaba, pero enseguida regreso y le dio un beso en la mejilla – Muchas gracias – Agrego dedicándole una hermosa sonrisa, sus ojos tenían un lindo resplandor. Él le dedico una sonrisa y camino para entrar a la cocina.
Los Andley se encontraban en el jardín, Albert concentrado leyendo una carta de George y de la Tía Abuela, Candy observaba distraídamente los suaves cabeceos de los arboles, su plato se encontraba casi intacto, apenas había probado bocado, las ojeras eran una prueba fehaciente de que la noche anterior no había dormido bien. En ese momento escuchar el motor de un auto. Ella sintió como su corazón se acelero de inmediato pues reconoció el sonido, su cuerpo se tenso y desvió la vista de la entrada de la casa que daba al jardín.
- Bueno hermana, te dejo… cuídate mucho, no vayas a regresar tarde – Decía Fabrizio mientras estacionaba el vehículo.
- ¿No vas a bajar? – Pregunto ella sorprendida.
- Fransheska, quedamos en que te traería y nada más – Contesto él.
- Pero ni siquiera a saludar, eso no es correcto Fabrizio, al menos baja y saluda, mira allá viene Antonio. – Señalo ella mirando a la entrada de la casa.
- Buenos días Fabrizio, Srta. Fransheska – Dijo el hombre con una sonrisa.
- Buenos días – Mencionaron los dos casi al mismo tiempo, por supuesto ella con mucho mas entusiasmo que el joven.
- Que bueno tenerlos por acá, vienen a ver a los americanos – Dijo haciendo un ademán para que continuasen.
- Si – Respondió la chica.
- No – Contesto Fabrizio desconcertando al hombre.
- Antonio, no le haga caso a Fabrizio, si hemos venido a ver a los Andley, yo quede en verme con Candice – Aclaro ella con una sonrisa.
- Yo solo he venido a traer a mi hermana y baje a saludarlos, pero debo ir a Florencia, tengo algunas cosas pendientes. – Explico el chico.
Cuando entraron al jardín sus miradas fueron captadas por las figuras de los rubios, se encontraban sentados en la terraza, la joven vestida con un hermoso vestido verde agua, con delicados bordados en forma de flores, que iban desde diminutas hasta unas mas grande que dividían el mismo bajo los senos, estas eran azules, verdes, amarillas; su cabello se encontraba suelto, la suave brisa los movía con delicadeza.
El joven por su parte tenía una camisa blanca, un pantalón de lino marrón, se encontraba leyendo lo que parecían unas cartas, se le notaba muy tranquilo, de seguro sintió sobre si la mirada de la italiana, pues se volvió a los pocos segundos de estos haber entrado, fijando su vista en la joven, quien lo hechizo de inmediato, su corazón parecía reconocerla, pues en cuanto ella estaba cerca comenzaba a latir desesperado, como si quisiera salir de su pecho y llegar hasta ella. La chica le dedico una sonrisa y sus ojos se iluminaron de inmediato. Se coloco de pie y camino para saludar a los recién llegados.
- Buenos días Sr. Andley – Menciono la chica con esa sonrisa que lo cautivaba.
- Buenos días Srta. Di Carlo, luce hermosa el día de hoy – Contesto con tono galante. – Sr. Di Carlo ¿Cómo se encuentra?
- Muy bien, gracias ¿Usted como esta? – Inquirió el muchacho desviando su mirada de la rubia.
- Bien, por favor sigan adelante – Menciono haciéndoles un ademán – Candy tenemos visitas – Agrego para captar la atención de la chica.
Ella sabía perfectamente de quien se trataba, pero no quería verlo, sentía una mezcla de rabia, tristeza, decepción dentro de si ¿Qué se suponía que estaba haciendo en ese lugar? ¿Acaso no se encontraba totalmente feliz? – Ella se volvió con una sonrisa, pero esta no iluminaba sus ojos esmeraldas.
- Buenos días, Fransheska – Se coloco de pie para saludar a la chica con un abrazo, se separo de ella y miro al joven – Sr. Di Carlo.
- Srta. Andley – Menciono el moreno asintiendo en silencio, su semblante se notaba apagado, serio.
- Por favor tomen asiento – Dijo el rubio ofreciendo una silla a la italiana, ella recibió el gesto con una sonrisa.
- ¿Les fue bien ayer? – Pregunto la rubia tomando desprevenidos a todos en la mesa, su mirada se encontraba en sus manos que doblaban con lentitud una servilleta. Pero todos supieron de inmediato que la pregunta iba dirigida al chico. Candy ¿Qué te pasa? ¿Estás loca? ¿Con que derecho le haces esa pregunta a este hombre? – Dijo en pensamientos, pero ya era tarde.
- Si, la velada estuvo muy entretenida – Respondió el chico sin darle mucha importancia, ella levanto la mirada y clavo sus ojos en él, estos se encontraban oscuros, Fabrizio sintió como si ella lo golpeara – Aunque no pude quedarme hasta que culminase, la semana pasada hubo mucho trabajo y estaba exhausto. – Agrego para defenderse, ella desvió la mirada sin decir nada más.
- Tal vez los acompañemos la próxima vez – Dijo Albert para aligerar la tensión que se había creado. El italiano asintió en silencio.
En ese momento se acerco Ángela que venia del jardín con una regadera en las manos, la cual cayó haciendo un gran estruendo cuando vio al joven que acompañaba a Albert y Candy.
- ¡Oh por Dios! – Menciono la mujer llevándose las manos a la boca.
La rubia busco rápidamente con la vista a su amiga, Fabrizio y Fransheska miraban desconcertados a la mujer que había perdido los colores del rostro y veía al chico como si fuese un fantasma. Albert mas dueño de la situación camino hasta Ángela para ayudarla con la regadera y las rosas que traía en las manos.
- Descuida Ángela, solo ha sido un accidente – Menciono tomando las cosas y ofreciéndoselas de nuevo, ella tenia los ojos a punto de salirse de sus orbitas – Regresa a la casa, Candy y yo te explicamos luego – Acoto en un susurro. Ella afirmo en silencio y paso junto a los jóvenes con los ojos en el piso.
Candy sentía que su corazón saltaría de un momento a otro de su pecho, no le había advertido nada a Ángela de Fabrizio Di Carlo, ¡Que estúpida fue! Albert regreso en ese momento con una sonrisa, aunque era evidente que el accidente lo había puesto nervioso o tal vez fue la reacción de la mujer.
- ¿Todo esta bien? – Pregunto Fabrizio con el seño fruncido.
- Si, perfecto – Respondió el rubio sin mirarlo a los ojos.
Candy les dedico una sonrisa, pero también se notaba nerviosa, Fransheska no sabía que hacer y su hermano menos, era como si ellos estuviesen ocultando algo… el joven se coloco de pie para marcharse.
- Bueno yo… - En ese instante fue interrumpido por Antonio quien entraba al jardín.
- Sr. Andley, disculpe que lo moleste pero hay alguien que desea verlo – Menciono el hombre desde donde se encontraba.
- ¿Le ha dicho de quien se trata? – Pregunto el rubio sorprendido, no esperaba visitas.
Antes de que el hombre pudiese contestar se escucho la voz de alguien conocido por los hermanos.
Hay cualidades, incorpóreos seres
que tienen doble vida y son espejo
de esa entidad gemela que dimana
de materia y de luz, sólido y sombraHay un doble silencio mar y costa
cuerpo y alma. Uno mora en sitios solos
con nuevas hierbas; una grave gracia,
algún recuerdo humano, algunas lágrimas,
quítanle horror, su nombre es "Ya no más"Esel silencio corporal: ¡No temas!
Carece del poder de hacer el mal. Fragmento. Al silencio. Edgar Allan Poe.
Continuara...
