– Hay una cosa de la que quería hablar contigo…
La irrupción tan súbita de Db en mi despacho, que ni siquiera había dado tiempo a Rina para que me presentara, y el gesto de preocupación que tenía llamaron poderosamente mi atención. Me levanté de mi escritorio, le dije que pasara y se sentara en una de las butacas y cerré la puerta detrás de él.
– ¿Algo de beber?
– No… No hace falta.
– Vale…
Tomé asiento frente a él y examiné su expresión. Algo acababa de ocurrir o, al menos, algo venía inquietando al Director del Departamento de Kidou mucho más de lo que lo hacían normalmente. Él no era de los que se montaban historias ficticias en la cabeza, así que definitivamente tenía que estar pasando algo que motivase todo aquello.
– A ver, que me está matando la intriga – comenté en un tono que iba entre la común preocupación y lo divertido, todo fuera por quitarle hierro al asunto. – ¿Qué es lo que pasa?
– Es sobre Kyo – espetó.
Inmediatamente sonaron todas las alarmas. Normalmente, la expresión "Es sobre Kyo" no iba acompañada de tal preocupación. Porque aquel gesto, aquel tono y aquellas notas que estaba aportando mi más antiguo amigo no eran las de "Es sobre Kyo, me preocupa que esté desaprovechando su tiempo en la Academia", la queja habitual de mis compañeros de claustro más cercanos.
– No sé qué le pasa… – comenzó. – Es decir, aparentemente todo va bien. Pero últimamente está un poco obsesionado con…
Él se paró, buscando las palabras que más se ajustaran a la realidad y el suspense no hizo más que agravar mi intriga y mi nerviosismo.
– ¿Con qué? – le apuré.
– Con meterse en líos – dijo al fin.
La clase de Kidou, cualquiera que hubiera pasado por la Academia lo sabía, era el caldo de cultivo perfecto para rencillas entre los alumnos. Especialmente los primeros años, cuando los estudiantes aún no controlaban para nada sus poderes "mágicos". Pero Kyo era diferente, llevaba practicando las artes demoníacas desde que estaba en la cuna. Su madre se había empeñado en ello, por mucho que a mí la idea me hubiera cogido desprevenido.
– A ver – resopló. – No es exactamente meterse en líos, pero no sé cómo definirlo mejor.
– Pues inténtalo – ordené. – Aunque tardes media hora.
Mientras él se sumergía en la búsqueda de la frase que se acercara más a la actitud de mi hijo adoptivo, me acerqué en un par de pasos al mueble-bar que había instalado en un lateral del despacho. Cogí el termo del té caliente y serví dos tazas, una para mí y otra que le tendí a mi compañero, que la aceptó con un gesto afirmativo.
– ¿Ves cómo sí querías? – sonreí, tratando de espantar la tensión.
– No sé… – habló meditabundo. – Últimamente está muy obsesionado con Kara – explicó. – Se pasa el día cerca de ella y…
– Mierda… – me quejé.
– ¿Ya lo sabías?
– No… Lo de Kyo, no – contesté. – Pero yo le pedí a él y a Eylinn que le echara un ojo a Kara fuera de las clases de Historia.
– Pues se ha pasado un poco "echándole un ojo"– apuntó. – A los amigos de Kara no les gusta, precisamente.
– Ya supongo, ya…
Tenía que haber tenido en cuenta que Kyo, a pesar de ser un estudiante avanzado, seguía siendo un adolescente de apenas catorce años, casi quince, entre gente que tenía bastante más edad que él. Sus habilidades sociales todavía eran las de un adolescente en la edad del pavo y, quizás, no fueran las mejores para "cuidar de Kara", como le había pedido.
Sí, es cierto, durante las dos semanas que habían pasado entre que ella había venido a mi despacho y ahora, las cosas, aunque no habían cambiado mucho, habían mejorado. Y, aunque Kaiden, Kage y el resto del círculo que solía rodear a la chica del Yorokonde día tras día se seguía mostrando recelosos ante mi presencia y, por extensión, hacia Kyo y Eylinn, todo era menos violento.
Tanto yo como Eylinn, especialmente ella, habíamos podido hablar con Kara alguna vez de cuestiones superficiales, relacionadas siempre con el ámbito académico y habíamos quedado bastante tranquilos. Se notaban los progresos, y eso era bueno. Kyo, que era mucho más vergonzoso en su relación con el sexo contrario, cosas de la edad, había adoptado un papel de observador silencioso, siempre a la sombra de su "hermana mayor", como había empezado a llamar a la compatriota de mi abuelo. Quizás se había excedido en sus labores.
– Pero de todas formas – adiviné. – Eso no es para que te preocupes tanto… ¿verdad? Al fin y al cabo eso no es estar obsesionado con meterse en líos… Bueno – concedí. – No es meterse en líos directamente.
– Es inquietante de todas formas – se encogió de hombros. – Pero tienes razón. Lo realmente grave es que cada día está adoptando más… actitudes tuyas… o de su madre.
Había pronunciado esa frase con un cierto matiz de negatividad que resultaba extraño. Para mí, que el chaval se pareciera a mí o a Nalya era un honor. Pero en aquella afirmación no había un halago, sino una lamentación.
– Ahora sí que me has matado – confesé.
– A ver, recuerda – dijo, inclinándose hacia delante. – El guerrero de las sombras, el defensor de los débiles… – recitó con cierta sorna
– Ah, ya… Es un problema, sí – reconocí con una sonrisa nostálgica que tenía algo de divertida a pesar de lo preocupante de la situación. – Hablaré con él.
– Hazlo – me urgió. – Siempre dices "hablaré con él" y la mitad de las veces no lo haces…
¿Cómo no me había dado cuenta antes? La verdad es que, aunque hablaba muy a menudo con él, estaba tan ocupado con mi trabajo y él con sus clases que desde el comienzo de curso nos habíamos ido distanciando, todo lo contrario que había ocurrido con Eylinn. Quizás, si no hubiera sido así, podría haber evitado el devenir de los acontecimientos tal y como había presentado Db.
Pero eso no era una excusa posible. Tenía que haberme fijado más. La educación de todos y cada uno de los estudiantes era mi responsabilidad, y especialmente la de Kyo, que no sólo era mi alumno, sino que era mi hijo adoptivo y era el encargo que me había dejado Nalya antes de marcharse.
– ¡Mierda! – protesté, cerrando la puerta detrás del Teniente de la Novena División y volviéndola a abrir después. – Rina, llama a mi hijo y dile que venga en cuanto tenga un rato libre.
– Kyo… – comenzó a decir mientras recuperaba el resuello.
– ¡¿Kyo?! ¡¿Kyo qué?! – grité intranquilo, mucho más por lo que tardaba el más joven de los Wolf en explicar lo que pasaba. – ¡¿Está bien?! ¡Joder! ¡Si aún le dije ayer que no se metiera en ningún lío!
Toda una película estaba empezando a armarse en mi interior. Y no era precisamente una recomendable para todos los públicos. Mi corazón y mis piernas me gritaban que corriera hacia el origen del ruido, el punto donde debía de haberse producido el problema; mi cabeza, que esperara a escuchar el relato del estudiante.
– ¿Qué ha pasado? – inquirí. – ¿Le ha pasado algo a Kyo?
– No… No, no – antepuso. – Kyo está bien, está bien…
– ¡Joder! – le increpé, descargando la tensión. – Eso se dice antes, Ludwig.
– Lo… Lo siento, Director – se disculpó.
– No te preocupes – le dije. – A ver, cuéntame qué ha ocurrido mientras vamos para allá.
– S… Sí – aceptó, poniéndose a mi altura mientras empezaba a andar. – Kyo me pidió que viniese a avisarle…
– Sí, sí – le paré. – Al grano…
Kyo y él estaban yendo para los dormitorios y se habían encontrado con el grupo que formaban Kara y sus amigos. Mi hijo se había quedado callado de repente y mirando fijamente a la joven, así que Ludwig se había adelantado y se había puesto a hablar con Kage de algo relacionado con las clases de combate cuerpo a cuerpo que le pedí que no explicara para poder avanzar más rápidamente en la historia. Cuando estaban llegando a la zona residencial de la Academia, se habían cruzado con un grupo de alumnos de sexto curso que volvían de las prácticas.
Por lo que se podía adivinar del relato del nieto de Kaiser, los veteranos volvían envalentonados de sus experiencias en el Mundo Mortal y habían comenzado a meterse con los orígenes humildes de Kage, o de Kaiden, no llegó a explicármelo bien. Cualquiera de los dos podía ser, pues sus expedientes reflejaban que se habían criado en las zonas más humildes del Rukongai. A pesar de mis consejos, Kyo había estado a punto de hacerse el héroe nuevamente. Pero no había llegado a tiempo.
– ¡¡¿Kara?!! – exclamé al escuchar el final de la historia.
Agachado en cuclillas frente a ella, posé mis manos sobre sus hombros para evitar que apartara la mirada y escudriñé en sus ojos para tratar de descubrir qué era lo que le asustaba de mí, qué era lo que le había pasado o cómo podía ayudarla. Había miedo en su cara, temblor en sus labios y las lágrimas comenzaban a aflorar.
– No te preocupes – le dije con voz calmada. – Estoy aquí para ayudar.
Lo que podía ver a través de sus ojos parecía una neblina borrosa de emociones que luchaban por imponerse las unas a las otras y se confundían en una difusa y turbia bruma. Entre todas ellas, un sentimiento parecía ir ganando la batalla por dominar a los demás: la vergüenza. Aparté lentamente mi mirada y noté cómo se tranquilizaba ligeramente, aunque los nervios aún la atenazaban.
Debajo de su traje de shinigami se podían ver los resquicios de una piel llena de cicatrices. Tomé su brazo derecho y le levanté la manga. Con un grito mudo que resonó en todos los rincones de mi mente y un rápido gesto de su mano izquierda apartando la mía, me detuvo. Aún así, me había dado tiempo a ver parte de aquel tapiz de surcos en sus extremidades.
Unas eran más recientes, otras estaban allí desde hacía décadas. Todas eran huellas de una vida larga y dura en el infierno que eran los distritos más bajos del Rukongai, aquellos en los que nuestra autoridad, la de los hombres de negro, apenas era visible y eran los grandes clanes criminales los que ocupaban el lugar que debía corresponder al Sereitei.
Eché a correr hacia el lugar del accidente dejando detrás a Ludwig. ¿Kara había atacado a un alumno de sexto? No podía ser. Ella no… No hacía ese tipo de cosas, más bien era la que normalmente sería la víctima de aquel tipo de…
– ¡Apártate!
Cuando llegué allí, Kage estaba gritando y empujando a Kyo, que intentaba abrirse paso hasta Kara. Si una palabra pudiera describir lo que estaba pasando era confusión. Por un lado, los alumnos de sexto estaban haciendo corro alrededor de su amigo herido, así que tuve que hacerme sitio para comprobar la identidad de la víctima y la gravedad de sus heridas.
– ¡Tenías que llamarlo, ¿no?! – seguía increpándole el joven de la cinta roja. – Tenías que llamar a papá, ¿verdad?
Allí, entre los escombros del muro que había caído provocando todo el estruendo, había un alumno de origen árabe y unos dos metros de alto tendido en el suelo, inconsciente. Tenía la nariz rota, cortes en los brazos y una herida muy fea en el pecho. Había sido más grave que una pelea de niños.
– ¡¿Es que eres gilipollas o qué cojones te pasa?! – gritó Kyo. – ¡Kara! – llamó a la chica. – ¡El Director puede ayudarte y lo sabes! ¡¿O es que quieres que esto vuelva a pasar?!
– ¡Cállate! – le ordené.
Se hizo el silencio en la escena. Me giré inmediatamente, inquieto por la actitud que estaba tomando el vástago de Nalya. No pude evitar darle la razón fugazmente a Db. No había aprendido de mí a tener tan poco tacto en una situación tan delicada como aquella. Y las consecuencias no iban a tardar en llegar. Kara ahogó un asustado grito y se hizo un ovillo ante la mirada atenta de Konoe Melange, la chica que había salido detrás de ella el primer día de clase, y de su compañera de larga melena castaña, Hanabi.
Los alumnos de sexto, por su parte, no dejaban de insultar a los más novatos, aumentando aún el calor de la situación. Afortunadamente, no habíamos atraído ninguna mirada indiscreta, pero no podía permitir que llegara nadie. Había que resolver aquello y el nuevo Kage Otaka, aún mirando desafiante hacia Kyo y hacia mí, tomó a su amiga en brazos antes de salir corriendo en dirección a los dormitorios.
– ¡¿Eres imbécil?! ¿Es que no piensas en lo que haces o qué? – gritó Hanabi, enfrentándose al Uchiha antes de correr detrás de sus amigos.
– Akano… – comentó con una voz colmada de desprecio la otra de las alumnas de primero mirando de arriba abajo a Kyo. – Si esto es lo que entiendes por ayuda… – meneó la cabeza. – ¿Sabes lo que hace mi padre con gente como tú?
– Bien hecho, niñato – apuntilló el último de los compañeros de Kara antes de marchar detrás de los otros cuatro.
– Kyo – llamé mientras seguía con la mirada la huida de los cinco protegidos de Ela.
– Dime – contestó él, aún rumiando su reciente enfrentamiento.
– Vas a ir a mi apartamento y me vas a esperar allí – le indiqué secamente. – Dile a tu abuela y a Eylinn que no se preocupen y que pueden irse a descansar.
– De acuerdo… – refunfuñó.
– Y tú espérame despierto – añadí, sin esconder mi decepción. – Quiero hablar contigo en cuanto llegue. Ludwig – me volví. – Vete al Cuartel de la Cuarta División y dile al Teniente Xelloss que venga rápidamente. Si te pregunta
Los dos estudiantes desaparecieron de mi vista a toda prisa dispuestos a cumplir los recados. Mientras tanto, tuve que hacerme cargo de la situación y afrontar las quejas, los insultos y las increpaciones de los agraviados veteranos. No eran precisamente los mejores de su clase. De hecho, Omar Salah, la víctima, había repetido varias veces curso dentro de la Academia y varias veces se había valorado su expulsión debido a la conflictividad. Pero que se mereciera que alguien le bajara los humos no justificaba lo que acababa de pasar.
– Rido – llamó la voz del Teniente de la Cuarta División indicando su llegada. – ¡¿Qué ha pasado aquí?!
– ¿Puedes encargarte de sus heridas? – le pregunté, sin darle explicaciones.
– Sí, pero…
– Por ahora no tengo claro lo que ha pasado – expuse. – Así que…
– Ya me explicarás – asintió, captando la idea. – Me lo llevo a…
– ¿Podrías hacerlo aquí? – le detuve. – En la enfermería, digo.
Me miró fijamente a los ojos. No se explicaba el afán de secretismo alrededor de la historia, pero al final movió la cabeza en sentido afirmativo y le pidió a uno de los compañeros de Omar que le ayudara a mover el cuerpo. Les seguí con la mirada mientras se alejaban y le indiqué al resto de alumnos que fueran a la enfermería, amenazándolos con la expulsión "o algo peor" como se fueran de la lengua antes de que yo dijera nada.
– Mierda…
¿Qué había pasado para que Kara le hubiera hecho eso a alguien? Sabía que era capaz. Sus heridas, aunque yo no lo hubiera querido ver así, eran las heridas de un guerrero, no de una víctima. Pero nada en su actitud me hacía prever que algo como aquello pudiera ocurrir. Era…
– A ver, Rido, piensa…
Hasta cuatro veces se reprodujeron sus ataques a una gran velocidad. Era una chica, más joven que yo, vestida con un kimono impregnado de sangre seca y tierra. Le saqué el arma, pero cuando toqué su mano sucedió algo que me descolocó completamente. Parecía como si hubiera viajado al pasado. Delante de mí vi tendidos en el suelo los cadáveres de una familia y, entre ellos, los de aquella niña. La habían asesinado de una forma brutal, ése era el motivo de su sufrimiento. Ese sufrimiento al que tenía que ponerle fin cuanto antes.
– ¡Joder! ¡Claro!
¿Cómo no me había dado cuenta antes? Dejé atrás la escena y me fui directo al pabellón de las chicas de primero. Por mucho que quisiera decirme que todo iría bien y que no había problema, era mentirme, y lo sabía. No sólo las cosas no iban bien, sino que era bastante probable que ahora fuera todo a peor. Kara había estado huyendo de su pasado, de la muerte de toda su familia, y todo aquel miedo había estallado cuando había visto que sus amigos eran atacados.
Tenía sentido, y era especialmente preocupante. No podía esperar más, tenía que empezar cuanto antes el "entrenamiento" de Kara. Sabía que podía ayudarla a vencer aquellos demonios, y sabía perfectamente que cuanto más tardara en derrotarlos sería mucho peor para ella. Su alma era un alma atormentada por todas las desgracias que le había tocado vivir. Era frágil y, ahora, podía estar a punto de romperse para siempre.
– Rido, no – me detuvo Eylinn secamente al entrar en el edificio de dormitorios.
– ¿"Rido, no"? – repliqué indignado. – Eylinn, sabes que tengo que entrar ahí…
– No sé qué ha pasado, pero no es el mejor momento – insistió. – Seguro que mañana se ve todo con más claridad.
– A lo mejor mañana es tarde – dije, pasando a su lado.
– Ela está ahí dentro con ella – me informó. – ¿Seguro que quieres entrar?
– ¿Ela?
Fue decirlo y aparecer la Capitana de la Decimotercera División, acompañada de Mizu, su Teniente, por el pasillo en dirección hacia mí y con cara de mucha preocupación y pocos amigos. En cuanto me vio, le hizo un gesto a su segunda para que la esperase y recorrió rápidamente la distancia que la separaba de mí.
– ¡¿Qué hace aquí, Akano?! – me preguntó, hecha una furia.
– Soy el Director – contesté, no dispuesto a admitir ningún tipo de desafío en ese momento. – Ahora, ¿podemos hablar un momento?
– Más vale que tenga algo bueno que decirme, Akano.
Hice caso omiso al matiz despectivo con que había pronunciado mi apellido y, con un movimiento de la mano, la invité a pasar delante de mí hacia el exterior del pabellón, a los jardines. Ella accedió renuente a mi petición, pero antes le indicó a la rubia shinigami que era su mano derecha que nos acompañase. Por el gesto con el que respondió a mi reacción, supe que la presencia de Mizu en aquella conversación no era negociable.
A parte de nosotros tres, no había nadie allí, nadie que fuera incapaz de resistir el rastreo espiritual que hice nada más pisar el terreno al aire libre. Así que podíamos hablar tranquilamente sin temor a que nadie nos escuchara.
– ¿Qué ha pasado, Akano? – volvió a inquirir. – ¿Otra de sus ideas "pedagógicas" baratas?
– Esto no es cosa mía, Capitana – respondí desafiante.
– "No es cosa suya"… Seguro que sólo iba a ayudar, ¿verdad? – sonrió sarcástica. – Siempre quiere ayudar. ¿Pues sabe qué? – preguntó al aire. – No hace más que empeorarlo. Usted y el bastardo de su hijo… "el todopoderoso".
Quise atribuir aquel comentario al enfado o al nerviosismo que podía estar experimentando la Líder de la Decimotercera División, pero no pude evitar que se me cruzara un cable y, aún tragándome la bilis y todo el orgullo que me había herido, apreté los puños y los dientes mientras acercaba mi rostro peligrosamente al de la mujer que tenía delante.
– Que Uchiha Kyo haya podido ser imprudente sólo afecta a mis obligaciones como padre – respondí, lo menos agresivamente que pude. –Y eso, Capitana Kuroikawa, eso está más que fuera de sus competencias… Así que espero que no vuelva a mencionar…
– ¡¿Me está amenazando, Akano?!
– Tómeselo como quiera – me encaré con ella. – Me importa una mierda lo que piense de mí o lo que diga de mí, pero que sea la última vez… ¡La última! – repetí, levantando acusadoramente un dedo. – La última vez que se mete donde no le llaman con respecto a mi hijo.
– ¿Qué me va a hacer?
La miré con rabia. Había reprimido las ganas de pasar a la confrontación física, pero aún así no podía perdonarle aún lo que había dicho de Kyo. Me costó mucho, pero conseguí calmarme y no dejarme llevar. Paseé mis ojos de Ela, que estaba bastante alterada por lo que estaba ocurriendo, hacia Mizu, bastante más calmada que su superiora, pero que había preferido mantenerse callada durante todo nuestro intercambio.
– Vengan conmigo – les indiqué. – Y luego llámeme lo que quiera.
Comencé a caminar con prisa hacia el edificio principal de la Academia, volviéndome de vez en cuando para ver si me seguía como pretendía. Marchábamos en silencio mientras me cercioraba de que no había nadie que pudiera seguirnos hasta la enfermería, donde Xelloss estaría ocupándose de Omar y donde, muy probablemente, aún estarían sus colegas. En aquel momento, una de las cuestiones que más me preocupaba era la discreción.
– Soy yo – me identifiqué al llegar.
– Capitana Kuroikawa – se cuadró el Teniente de la Cuarta División al volverse y reconocer a mi acompañante.
La bata que Xelloss se había echado por encima estaba manchada de sangre. Nos dijo que había conseguido cerrar la herida del pecho y colocar la nariz en su sitio. A parte de lo que traslucía en el exterior, el Oficial Médico nos informó de que tenía dos costillas rotas y varios órganos internos bastante dañados.
– El que fuera que hizo esto… – apuntilló. – Se ensañó con él.
– ¿Podemos verlo? – pregunté, ante la mirada de Ela, que no se esperaba el desconocimiento del shinigami de pelo azulado.
– Por aquí – indicó él. – Mi ayudante está terminando de coserle las heridas de los brazos.
– Xelloss…
– Sí, lo sé – asintió. – Pero no era algo que pudiera hacer yo solo. Tranquilo – añadió. – Imane no le dirá nada a nadie.
Llegamos al pequeño quirófano que había dentro del recinto sanitario de la Academia y descubrimos a una joven de tez algo tostada y una larga melena azabache recogida en una cola de caballo que colgaba mansamente sobre el pijama quirúrgico azul que vestía. Apenas levantó la vista un segundo para ver quién entraba y luego volvió a posar unos ojos de un extrañamente vivo color violeta sobre lo que se traía entre manos.
El cuerpo de Omar lucía amoratado y amazacotado, cubierto de los hematomas que revelaban el duro tratamiento al que había sido sometido. A cualquier persona que conociera a la pequeña Kara, aquello le extrañaría tanto como me extrañaba a mí. Pero Ela no, ella parecía más bien lamentar que aquello hubiera ocurrido, como si fuera algo que supiera que podía pasar de un momento a otro. ¿Era culpabilidad lo que veía en sus ojos?
La cogí de un brazo y, a pesar de su resistencia, la conseguí conducir hasta un lugar más privado donde poder continuar nuestra charla sin exponernos a que Xelloss o Imane nos escucharan. Mizu nos siguió inmediatamente hasta la pequeña sala de espera ante el despacho que el Teniente de la Cuarta División tenía en la Academia.
– Lo sabías… – la acusé, olvidándome de su rango. – Sabías que ella era capaz de algo como esto y ni me avisaste ni hiciste nada por…
– ¿Yo? – respondió ofendida. – ¿Insinúas que esto es culpa mía?
– ¿Culpa tuya? – reaccioné. – No… – respondí, después de pensármelo tres veces y recordar que no serviría de nada atacarla. – Pero sabías que esto podía ocurrir… y no dijiste nada…
– ¿Y por qué iba a tener que decirte nada, Akano? – preguntó. – Lo único que has conseguido es que acabe así. ¿Te crees un héroe o quién te crees que eres?
– ¿Que quién me creo? – me defendí.
Iba a comenzar un alegato sobre mi posición como Director y la responsabilidad objetiva en la educación de Kara, más allá de lo que pudiera sentir por ella por nuestra historia en común y acerca del respeto que debía el Gotei a mi función, pero me logré contener. A cambio de no decirle todo lo que pasaba por mi cabeza, prorrumpí en un exabrupto a la par que le daba la espalda momentáneamente a la Capitana de la Decimotercera División.
– Me importa una mierda ser un puto héroe o un villano – respondí al fin. – Me importas una mierda tú, tu capa blanca, la capa naranja que tengo en el perchero y… ¡Joder! Lo que me importan son mis alumnos – expliqué, tragándome todo mi orgullo. – Y por encima de ellos, Kyo y Kara. Y esto lo hago por ella, no por mí.
– Ya, seguro – comentó escéptica. – Por eso pasan estas cosas… porque lo haces "por ella". Si lo que te importa es ella, déjala en paz – me ordenó, amagando con marcharse. – Le irá mejor sin ti.
– ¿Mejor? – le cerré el paso. – ¿Escondiendo el pasado de la chica y esperando a ver si se cura solo? ¿Poniendo en peligro a los que la rodean? Te tenía por una persona sensata, Capitana. Si lo dejas seguir todo así, al final va a ser peor – vaticiné. – Cada vez peor… y se va a hacer demasiado daño. Joder, Ela – supliqué. – Todavía estamos a tiempo de arreglarlo.
– ¿Estamos a tiempo de arreglarlo? – repitió. – Tú no estás a tiempo de nada.
– Capitana… – terció Mizu, hablando por primera vez en todo el rato que llevaba hablando con las dos.
Con un suave gesto de su brazo tiró de Ela hacia una esquina apartada de la sala y allí comenzaron a hablar en bajo sin que yo pudieras oírle. Por los gestos, parecía como si la de menor rango tratara de convencer a su Jefa de que aceptaran mi ayuda, pero los gestos de la mujer de la capa blanca indicaban que no se terminaba de convencer de toda la operación.
La cabezonería de la Capitana comenzaba a ponerme nervioso y, viéndolas y no pudiendo escucharlas, la tensión iba en aumento así que salí momentáneamente de la habitación y procuré pensar en otro tipo de cosas como, por ejemplo, qué excusa iba a inventar para arreglar todo ese desastre.
Porque esa era otra, si de verdad quería ayudar a Kara, no podía dejar que ella o sus amigos se vieran implicados en todo aquello. Por ahora, con Omar aún en la enfermería y sus dos amigos retenidos unas habitaciones más allá, todo parecía controlado, pero el día siguiente todo comenzaría a destaparse y, para entonces, tendría que haber hecho ya frente a aquella pequeña gran crisis y que no se convirtiera en otro tormento más.
– Director Akano – me llamó la Teniente desde el interior del cuarto.
Ela me esperaba con la cabeza gacha y los brazos en jarras. En cuanto notó que estaba delante de ella nuevamente, exhaló profundamente y levantó de nuevo los ojos, clavando en mí su mirada y examinándome silenciosamente durante un segundo antes de volver a hablar en un tono mucho más calmado que el que habíamos mantenido durante toda la discusión. Luego, antes de hablar, miró fugazmente a su subordinada, que le respondió con un rápido asentimiento.
– Está bien – meneó la cabeza en señal de disconformidad y resignación. – ¿Qué propones, Akano?
– Yo me encargaré de Kara de ahora en adelante – establecí. – Sin que nadie se entrometa, ni tú, ni tus Oficiales… ni tus "protegidos".
– Ya, y… – comenzó a reponer, sarcástica.
– Si algo esto vuelve a ocurrir, eres libre de alejar a Kara de mí – continué, interrumpiéndola rápidamente. – Pero ten en cuenta que esta vez podremos encubrirlo… La siguiente será más difícil y como mínimo la tendré que echar de la Academia… y tú no podrás acogerla en el Cuartel – pronostiqué. – Y volverá a quedarse sola y le habremos fallado… otra vez. Y eso sólo en el mejor de los casos…
Había que concentrarse en lo importante, en Kara, y ahí teníamos un gran punto de contacto. La Capitana también lo entendía así y, por una vez, pude ver que estaba meditando la posibilidad de que yo no fuera una amenaza para el bienestar de la chica.
– No espere que me desentienda de todo – habló al fin. – Va a tenerme encima como una lapa.
– Como quiera – suspiré. – Sólo necesito que confíe en…
– Como vea que le hace daño… – me amenazó.
No completó la frase. Simplemente se dio la vuelta y salió de la habitación
– Gracias – le dije a Mizu antes de que comenzara a caminar detrás de su superiora.
Ya había terminado la intervención, pero la vida de Omar seguía en peligro. Habría que ver cómo evolucionaba en los próximos días.
– ¿Qué le ha pasado al chaval? – insistió una vez más el médico.
– Un… Kidou que se fue de las manos – improvisé.
– Ya… – contestó, consciente de que no era cierto.
– Esa va a ser la versión oficial – le dije. – Lo siento.
– ¿Y qué crees que van a decir esos? – cuestionó, señalando con la cabeza a la sala de espera donde estaban confinados los dos compañeros de la víctima.
– Tendré que… – lamenté, mirando en la dirección que había indicado. – ¡Mierda! – protesté con los brazos en jarras y mirando fijamente al suelo desesperado.
Tendría que hablar con mi madre para que se encargara de ese "problema". No me gustaba y, mucho menos, le gustaría a ella. Pero en aquel otro momento no se me ocurría nada mejor para atar aquel cabo suelto. La situación me estaba desbordando por completo. Cada vez que creía haber solucionado algo, me daba cuenta de que otra cosa iba mal. Casi tenía que aguantar las lágrimas que comenzaban a aflorar en mis ojos fruto de la tensión y de la impotencia y de lo que más tenía ganas en aquel momento era de gritar y desalojar así todo el malestar que me invadía.
– No me queda otra salida – dije para tratar de autoconvencerme.
– Esto se te está yendo de las manos – me advirtió.
– Lo sé – reconocí con pesar, dándome la vuelta. – Y no veas lo que me jode.
