Queridísimas lectoras,
¡Más vale tarde que nunca! Y bueno como me demoré tanto y el que tenía pensado de último capítulo se extendió muchísimo más de lo necesario, tuve que dividirlo en dos, así que les dejo la primera parte.
Un gran beso,
Karen
Capítulo XXIX
Latidos de confusión
El día de la partida llegó. En mi cuarto descansaban dos grandes maletas y un par de cajas con enceres menores, pero igualmente importantes como fotos y peluches, tan sólo para sentirme un poco más cerca de aquí, a pesar de que me estaba alejando justamente por lo contrario.
Eché un último vistazo en mi cuarto que parecía tristemente deshabitado. La cama había quedado cubierta sólo con la colcha. El closet y los estantes de la cómoda habían sido desocupados. Mi laptop había quedado a buen recaudo en un pequeño maletín de mano. Lo cogí y bajé las escaleras, mientras Charlie se hacía cargo de mi equipaje. Reneé me esperaba sonriente a un costado del umbral de la puerta, pero con los ojos titilantes por las lágrimas a punto de brotarles.
— ¿Lista? —preguntó, creo que con la esperanza de que le dijera que no. Asentí, entonces me cogió por el brazo y me arrastró hacia fuera. El día estaba abochornado, es decir gris con destellos brillantes provenientes de las nubes. No hacía mucho frío. Cuando miré hacia la izquierda y vi el árbol, fue imposible no recordar a Edward.
Esa noche, nuestra última noche, nos quedamos en la cabaña, tal como me lo había pedido. El día siguiente lo pasamos juntos, como si fuésemos novios corrientes, sin embargo en mi corazón algo había cambiado, ahora lo veía todo de un modo distinto. Lo seguía queriendo y mucho, pero sentía un poco de rechazo por él que no tenía muy claro de donde se originaba, porque su actitud era la del novio perfecto, aunque no lo era y quizá eso me irritaba.
Ya era bastante entrada la noche cuando me sugirió que pasáramos otra velada. Él estaba en su asiento de copiloto y lo poco que alcanzaba a distinguir su silueta se debía a la luz mortecina de la farola apostada a un costado de la calle de mi casa.
—He tenido un día maravilloso contigo —sonrió sinceramente, ya menos ansioso. Inclinó el rostro y algo avergonzado asumió— ¿Si quieres te paso a buscar más tarde? Te puedes cambiar, darte una ducha y vamos a comer —sugirió entusiasmado, pero yo me sentía agotada. Esto había sido el cúlmine de varios meses de presión.
No quería parecer brusca, menos después de todo lo que había sucedido durante estas más de treinta horas. Su móvil sonó fuerte, pero él lo ignoró en espera de mi respuesta, una que no le iba a gustar.
—Contesta —lo insté, cuando el teléfono siguió chillando e iluminando el carro. Negó con la cabeza, pero ante la insistencia de quién lo llamaba —al parecer Carlisle—, accedió.
—Perdona —–se excuso y cogió el móvil—. Mamá, hola —espetó un poco molesto y del otro lado del auricular se oyó como un "¿A qué hora vas o volver?", en tono golpeado—. No lo sé aún —la voz de Edward se oía fastidiada— ¿Te aviso? ¿Está bien? —continuó irritado. Bufó— estoy bien mamá, no tengo cinco años… —de pronto frunció el ceño y la actitud agria de su expresión pasó a ser enternecedora— yo también a ti. Nos vemos luego.
Cortó el móvil y me sonrió un poco abochornado.
— ¿Te llaman a casa? —pregunté con voz dulce que no sé de dónde me nació, creo que en ocasiones también me convertía en medio mamá de Edward.
—Sí, las madres son un poco posesivas a veces. Y bueno, no la puedo culpar —sonrió triste— después de la enfermedad se puso diez veces más aprensiva.
—Deberías ir —decreté. Mis palabras lo tomaron por sorpresa y se hizo hacia atrás confundido.
— ¿Qué? ¡No! Ya sabe que estoy bien, no es necesario.
—Es tu madre… —insistí y él inspiró hondo y soltó una risita sarcástica, había comprendido.
— ¿Y yo soy tu ex novio hostigoso que te acosa, verdad? —me miró por encima de sus cejas.
Respiré profundo, no era una disputa en la que estaba de ánimos en entrar, tampoco tenía la fuerza, porque como dije antes, me sentía agobiada. No quería más desgaste, ya había llegado a mi límite, por eso estaba huyendo de Seattle, de la universidad, mis padres, mis amigos y particularmente de él.
—No quiero comenzar una discusión, creo que el tema ya está agotado. Lo siento. Estuvimos muy bien juntos, por favor no lo estropeamos con malas palabras o intentando escarbar en los rencores del otro, por favor… —continué con cierto fastidio.
—Por supuesto —soltó una carcajada fingida. Se giró para quedar de frente al manubrio e hizo contacto con la llave para poner a andar el motor— ¡Qué tengas un buen viaje! —amenazó con la mandíbula apretada y sin mirarme. ¡Era tan orgulloso! Maldita sea no cambiaba ni un ápice.
Cogí la manilla de la puerta y me bajé del coche, intentando controlarme para no darle un golpe a la puerta. Calculé mis movimientos y fingí ignorarlo para no estallar en una histeria sin pies ni cabeza. Cerré con delicadeza. Hacía muchísimo frío y me pegué la chaqueta más hacia el cuerpo para mantener un poco más el calor. Cuando ya iba a mitad de camino hacia mi casa, oí que abrió la puerta, se bajó y gritó mi nombre.
— ¡Bella! —cerró la puerta, aún con el auto en marcha, y se apresuró en alcanzarme. Quedó frente a mí con actitud desafiante, pero con los ojos navegando en lágrimas, apretó aún más la mandíbula y sorpresivamente me atrapó el rostro con ambas manos para besarme. Sus labios tibios se sintieron como la miel sobre mi boca, inyectándome oleadas de vida, adrenalina y amor. Me continuó besando, manteniendo una de sus manos en mi cabeza y con la otra aferrándome hacia él por la cintura. Su necesidad era tan grande como la mía.
Mis instintos afloraron como tal y mis dedos se enredaron en su cabello. Cuando sintió el tacto de mis yemas en su cuero cabelludo gimió y me pegó aún más a él, besándome con más ímpetu. Al separarse de mí me abrazó por los hombros, ahogando un compulsivo espasmo de llanto. Tomó un poco de distancia y me cogió por los brazos.
— ¡Te amo! No lo olvides nunca por favor —elevó su mano y me acarició las mejillas, posicionándome uno de sus dedos en mi boca, al darse cuenta que iba a protestar— y te voy a esperar hasta el fin de los tiempos si es necesario.
Lo observé con el alma en un hilo, tenía las mejillas bañadas por la tristeza y los labios rojos de tanto besarme. Unas gotitas comenzaron a mojarnos. Él sonrió y me besó la frente.
—Anda, anda luego, si no quieres que te secuestre —se quedó observándome con una expresión triste en la cara.
Me solté de su mano firme y tibia y caminé hacia mi casa, sin voltearme. En cuanto cerré me apoyé en la puerta, con el corazón brincándome en el pecho y un nudo en la garganta, mientras oía el auto de Edward partir.
Una fuerte presión me apretó el corazón, elevándose hasta romperme la tensión en el cuello y derramando unas lágrimas de confusión y desamor. La luz de la escalera se encendió y vi a mi madre bajarlas envuelta en su bata blanca de satín. Llegó a mi lado y me contempló indecisa entre acercarse o no.
— ¿Con quién estabas? —preguntó por fin.
—Con Edward… —espeté en un susurro apenas audible.
— ¿Discutieron? —continuó.
—No quiero hablar de eso —decreté y comencé a subir los peldaños hacia mi habitación.
Al llegar a la penumbra de mi cuarto, cerré la puerta con llave y me desarmé sobre mi cama para llorar a cuanto dieron mis pulmones, sofocando mi pena en mi peluche preferido. Lloré tanto, tanto, que ni siquiera supe cuando me quedé dormida.
Al día siguiente amanecí a la hora de almuerzo, ya más descansada. Con el sol tras la ventana el mundo ya no parecía una extraña película de Tim Burton. Mis padres me estaban esperando para llevarme a un restaurante japonés, para luego comenzar a empacar. Y fue lo que hicimos.
Sé que estaban tristes, pero entendían mi decisión y la respetaban, sin intentar persuadirme. En la noche me junté con Alice y Rose en un bar, libre de fumadores por Alice, y nos dedicamos a recordar nuestras travesuras y reírnos de ellas, más que de hablar del futuro, porque ambas sabían que era un tema sensible para mí. Alice me regaló su chaqueta preferida, y que a mí siempre me había gustado, para que la recordara. Rose me llevó un set de maquillajes para que siempre estuviera linda y pudiese conquistar a cualquier bombonazo que me interesara.
Llegamos al aeropuerto cerca de las tres de la tarde y en la antesala de embarque me esperaban mis amigas y sus respectivos novios. Jasper no dejaba de sostener una risita irónica en los labios, que Alice no vio de muy buena manera y a mí me incomodó.
— ¿Qué pasa, Jasper? Anda, dilo —lo increpó Alice, tratando de comerse su molestia. Rose y Emmett habían ido por unas bebidas y mis padres por un café. Torció aún más la sonrisa.
—No sé quién es más testarudo… si tú, Bella o Edward. ¡Son insólitos! Les gusta el sufrimiento y el amor tormentoso —dijo por fin y a mí se me abrieron los ojos como platos.
— ¿Por qué dices eso? —pregunté intrigada.
—Tú te vas… —miró hacia alrededor de nosotros— y este otro pobre tonto anda medio escondido por ahí en vez de venir a despedirse.
Ante sus palabras me di vuelta inmediatamente, pero no vi a nadie.
—Me estás mintiendo, Jasper. Él no está aquí —lo recriminé. Se encogió de hombros.
—Si es lo que quieres creer…
La típica voz de anuncio se aeropuerto se oyó a través de los parlantes: "Se llama a todos los pasajeros del vuelo 345 de American Airlines, con destino a Jacksonville, a embarcar en la puerta 5". Vislumbre a mis padres acercándose rápidamente. Rose y Emmett ya se habían acercado. Le di un fuerte abrazo a cada uno y me fui rumbo a mi puerta sin mirar atrás. Sólo cuando traspasé el umbral giré a mirar y sí, Jasper tenía razón. En una esquina entre la muchedumbre, un poco más alejado del grupo, estaba Edward quieto, con aspecto de fantasma. Las manos en los bolsillos y expresión apesadumbrada. Boté mis últimas lágrimas por él.
Los primeros tres meses en Jacksonville fueron tristes a pesar del clima, pero mis cursos de idiomas iban muy bien. Conocí a un par de chicas de las que me hice amiga, pero extrañaba a las verdaderas. Mi mamá me vino a visitar al quinto mes y me contó que había visto a Alice y que ya tenía pancita.
— ¡Se ve muy mona! —me contó mientras tomábamos un café.
— ¿En serio?
—Sí, y ese chico, ¿Jasper, cierto? No la deja ni al sol ni a sombra. Incluso Esme me contó que hay planes de matrimonio para después de que nazca el bebé.
— ¿De verdad? ¡Es una traidora! No me ha contado nada —reclamé.
—Quizá pensó que no era oportuno —continuó mi madre.
— ¿Por Edward? —pregunté y una fuerte presión me golpeó el pecho. Ella asintió.
— ¿Has sabido algo de él? —Reneé cavó hondo en mi herida. Negué con la cabeza.
—Me escribió un par de veces cuando llegué, pero como nunca le contesté…
—Quizá sea lo mejor por ahora —concluyó mi madre. Suspiré, recordarlo aún me resultaba doloroso.
El embarazo de Alice transcurrió con total normalidad y mi vida también, aunque un poco sola porque mi abuelita tenía mucha vida social y poco y nada estaba en la casa. Incluso estuve saliendo un par de semanas con un chico llamado Alec, pero no sé, había algo en él un tanto misterioso, que quizá de cierto modo y por un cortocircuito erróneo en mi cerebro, lo asimilé a Dimitri y decidí que era mejor alejarme. Menos mal no era un psicópata como el parcito de Seattle que había terminado tras las rejas. Él no me hostigó. Y como pasaba buena parte del tiempo aburrida o frente al computador, no hacía mayor cosa que comer lo que significó ganar un par de kilos que se reflejaron en el lugar que menos me gustaba: mi abdomen.
Por las chicas sabía que la recuperación de Edward iba de viento en popa, ya estaba casi completamente normal. Por supuesto, después de todos los problemas que había tenido era una verdadera bendición su actual estado de salud. Lo extrañaba.
Para él este era su último año, probablemente ad portas de egresar de la carrera. Y cuando eso sucediera lo sabría por Jasper, porque ambos eran compañeros de nivel y saldrían juntos. Aún no sabía si llamarlo o no cuando me enteré, a mitad de semestre, que no sólo se había titulado, sino que, como siempre se pronosticó, fue premiadísimo por ser el mejor ingeniero de su promoción y en décadas, recibiendo una distinción especial por su desempeño durante seis años en la universidad.
El valor me llegó por fin, fortaleciéndome con el dicho "lo cortés no quita lo valiente" y cogí mi móvil. Presioné los números indicados. Ya eran más de las diez de la noche.
Tuuut, Tuuuut, Tuuuuut. No contestó y el llamado se desvió a un buzón de voz: "Usted ha llamado al número…". ¡Mierda! Corté, ¿Quizá no me quería contestar? Tragué saliva, todavía sentada en el borde de mi cama y redisqué con los dedos temblorosos y la garganta áspera. No alcancé a esperar cuando por el auricular oí.
— ¡¿Bella? —la voz más sensual del mundo se hallaba pronunciando, con especial interés, las letras que conformaban mi nombre.
—Edward, hola —carraspeé para hablar nítido y no seguir con el tono rasposo a causa del nerviosismo—. ¿Cómo estás?
— ¡Bien, bien, muy bien! —dijo excitado. De fondo se oían voces, risas y choques de vasos.
—Supe que te había ido muy bien en tu examen final ¡Felicitaciones! Ya eres todo un ingeniero —lo saludé realmente contenta de que todo le hubiese salido a la perfección.
—Muchas gracias —gritaba para que su voz pasara por arriba de otras y poder escucharme. De pronto escuché un Uuuuuuuuu de fondo y muy claramente el tono de Emmett y Jasper—. No me cortes. Me estoy cambiando de lugar porque aquí no se oye nada —rió en respuesta de la gente que lo molestaba. Luego se oyó que cerraba una puerta y un vacío de fondo.
— ¿Dónde estás? —pregunté sólo por curiosidad.
— ¿En este minuto específicamente?
—Sí —reí.
—En el baño de mujeres de Don Trauco —soltó una carcajada contagiosa.
— ¿Qué haces ahí? —insistí divertida.
—O sea si piensas que se burlaban de mí en la mesa ¡Imagínate en el baño de hombres!
— ¿Te da vergüenza? —agregué con doble intención.
—Jamás me daría vergüenza hablar contigo, por el contrario, eres y serás siempre mi orgullo. Lo que estoy celebrando hoy es en gran parte gracias a ti —musitó con nostalgia.
—Claro, ¿Por enseñarte matemática? —traté de salir del paso de una forma divertida, porque sus palabras me anegaron los ojos.
—No precisamente, más bien es por regalarme la segunda oportunidad de vivir y mostrarme lo que es amar.
Tragó saliva sonoramente y calló. El nudo perverso me presionó la garganta casi al punto de estrangularme.
—Todo lo bueno que te ha sucedido, Edward, es porque te lo mereces. Me alegro muchísimo de ello. Te lo digo de corazón.
—Lo sé —inspiró hondo.
—Miles de besos para ti y ¡Felicitaciones nuevamente ingeniero Cullen! —reí, tratando de animarlo.
—Gracias por llamarme, aunque no lo creas era lo que más anhelaba…
—Un abrazo, Edward, disfruta tu celebración.
—Un beso para ti —cortó y el móvil se resbaló de las manos ¡Cuánto seguía amando a ese hombre, cielo santo!
Esa noche me quedé revisando todas mis fotos recolectadas durante estos últimos tres años. Reí, me avergoncé y hasta lloré, pero supe que cada uno de esos momentos me había llevado a ser quién era en este momento. Los extrañé a todos y especialmente a él. Dos semanas más tarde, un sábado por la mañana me despertó mi móvil. Era Rose.
— ¡Bella! ¡Acabamos de ser tías de una hermosa niña! —aulló mi amiga por teléfono.
— ¿En serio? ¡Guauau! —grité—. ¿No era para la próxima semana?
—Se adelantó. Anoche Alice rompió el saco y tuvieron que partir de urgencia. Hoy fue madre a las seis de la madrugada.
— ¿Cuánto midió y peso? —pregunté mientras me ponía de pie.
—Midió 49 centímetros y peso 2 kilos y medio.
— ¡Qué nervio! ¿La viste ya?
—No, ahora voy al hospital. Emmett me lleva.
—Súper, mándale mis cariños y por favor llámame en cuanto pueda hablar.
—Obvio.
—Y un besote para mi sobrina… ¿Cómo se llamará?
—Isabella —medio gruñó—. Sí, fue un consenso entre los padres y el padrino. ¿No me vas a preguntar ahora quién es el padrino, cierto? —continuó burlesca y yo reí.
— ¡Qué lástima! No tengo pasaje hasta la próxima semana —–musité desmotivada.
—Revisa Internet, quizá los puedes cambiar.
—Lo haré en este mismo instante.
—Un beso para ti, amiga.
—Y otra para ti, Rose —corté.
Fui a buscar un café y luego, entré a la página para ver los vuelos. No había nada en mi clase económica y lo peor de todo de que después me di cuenta que eran ticket no reembolsables por la misma razón ¡Arg!
Para calmar mi ansiedad y en vista y considerando que no podía hacer nada, decidí irme de Shopping a comprar regalos para la nueva Isabella, aunque no sabía qué tanto le servirían soleritas y ositos delgados en Seattle. Igual los llevé. Al llegar a casa mi abuela estaba jugando bridge con su grupo más íntimo. Saludé cordialmente y me fue a la habitación, mientras la centena de señoras me observaba con reticencia al notar mis compras de bebé. Mi abuela, irónica como siempre, no hizo ningún comentario que les hiciera pensar lo contrario porque disfrutaba del horror que sentía el resto de sus amistades por la desenfrenada juventud. Busqué un vaso de Coca- Cola Light y me fui a Facebook con la esperanza de encontrar una foto de mi sobrina.
¡Y las había! Era una hermosa pequeñita de rasgos suaves y pequeños como su madre y un tenue cabello del color del sol, mejillas rosadas y carita redonda. La mezcla indiscutida entre Alice y Jasper. Quería cogerla entre mis brazos y llenarla de besos, por eso fue más frustrante aún cuando recordé que no llegaría a conocerla hasta la próxima semana.
Abrí mi correo y me encontré con un mensaje de una sofisticada línea aérea, por supuesto, totalmente fuera de mi alcance.
Señorita Swan,
Estamos confirmando su vuelo para mañana a las 11.00 horas con destino a Seattle.
Si lo desee puede chequearse aquí mismo y no perder su valioso tiempo en el aeropuerto…
Esto debía de ser un error, pero seguí las instrucciones y llegué a un ticket virtual con todos mis datos. Acepté. Mis padres habían enloquecido en gastar ese dineral en un asiento de primera clase, a pesar de que sabían que moría por conocer a Isabella.
Al terminar el proceso de chequeo digital, volví a la bandeja de entrada y me encontré un segundo correo, pero esta vez era de Edward.
Bella,
No te enojes conmigo por comprarte el pasaje, pero es un regalo para que conozcas a nuestra sobrina es ¡Hermosísima! Se parece mucho a su madre.
Será una sorpresa para Alice, así que un bus irá a retirarte al aeropuerto en cuanto llegué el vuelo cerca de las cinco.
¡Prepárate para la lluvia que no cesa!
Un beso,
Edward
Respiré profundo y reí con un poco más de alivio. Al menos mis padres no habían gastado los ahorros de un mes para comprarme un boleto y bueno, por sobre todo agradecí el generoso gesto de Edward que, a pesar de lo sucedido entre nosotros, me seguía considerando.
Empaqué lo justo para un poco más de una semana y dormí leyendo un libro sobre una bruja caza-recompensas un tanto torpe, muy divertida. Al día siguiente desperté emocionadísima a las siete de la mañana y llamé a un radiotaxi para que me pasara a buscar y me llevase al aeropuerto.
El viaje estuvo muy agradable. Estaba más que ansiosa, durante el trayecto me tragué la comida, las uñas y hasta los labios. No podía esperar llegar y verlos a todos, empezando por Isabella y terminado, por a, por bueno, por Edward ¿A quién engañaba? Cuando anunciaron el aterrizaje el corazón comenzó a brincar de tal manera en mi pecho que pensé que mi compañero de asiento lo oiría en algún momento. En cuanto las ruedas del avión se posaron en la losa, me entró un escalofrío por la columna, enfriándome las manos y entibiándome las mejillas. La lluvia azotaba con fuerza sobre el paisaje siempre cargado de árboles.
Atravesé por la manga hasta llegar a la antesala, esperaba encontrar a un taxi con mi nombre, pero no fue así. Mis compañeros de vuelo desaparecieron todos y yo aún esperaba por ese bus que me había ofrecido Edward. Cogí mi móvil para llamar a mis padres, a pesar de que mataría la sorpresa, pero cuando levantaba los dedos para marcar, vi la figura de Edward pasar, de refilón, por mi lado. Elevé mi rostro con toda la atención puesta y su boca curvó una risita sincera. Caminó hacia mí, mientras el corazón se me paralizaba, no esperaba verlo a él tan pronto. Intenté, con dificultad, de acompasar mi respiración, en tanto se continuaba acercando.
Cuando estuvo frente a mí, le sonreí de vuelta, superando la impresión y dejándome llevar la alegría. Extendió sus brazos y me arrulló en ellos ¡Oh cielos, qué bien se sentía! Su aroma testosterónico, dulce y boscoso se mezcló con la humedad que emanaba desde de su cazadora de nieve negra. Elevé el rostro y con gran felicidad descubrí que su cabello ya le había crecido del todo. Lo llevaba algo mojado, confundiendo su cabello bronce con otros más oscuros y los labios les brillaban de un rojo carmesí intenso. Me besó la mejilla, provocándome un corrientazo eléctrico por el cuerpo. Al parecer también lo sintió, pero sólo se limitó a besarme la frente.
— ¿Cómo estuvo el vuelo? —me acarició el cabello desde el nacimiento de la frente.
—Muy bien —respondí, dejando que el torbellino de emociones me invadiera.
— ¿Demasiadas turbulencias? —continuó.
—Casi nada…
—Perfecto —musitó y se quedó mirándome.
— ¿Qué pasa? —reí.
—Te he extrañado tanto durante estos meses que me parece mentira que estés aquí. Además ¡Estás más hermosa todavía! No sé, quizá más mujer…
—No lo creo —me ruboricé.
—Es verdad, no lo digo para congraciarme —develó sus bellos dientes blancos a través de una sonrisa cargada de ternura en los ojos. Miró su reloj—. Debemos irnos ya si quieres conocer a nuestra pequeña Isabella.
Caminamos hasta su Volvo aparcado bajo la lluvia y un frío polar me pegó como cuchillos en la piel —ya me estaba desacostumbrado a un clima tan gélido— y él sonrió cuando arrugué la nariz e intenté cubrírmela. Me abrió la puerta del copiloto y guardó las maletas. En cuanto entró encendió el motor y luego la calefacción.
—¡Bienvenida a Seattle, otra vez! —sonrió tan satisfecho que me emocionó. Y como era costumbre suya apretó el acelerador a pesar de la lluvia hasta alcanzar el hospital central.
Entramos por un estacionamiento techado y salimos a una sala absolutamente climatizada ¡Qué alivio! Él me llevó directo a la sala de maternidad. Por la ventana vi a Alice, arrullando a un bebé en sus brazos ¡Se veía tan hermosa que me entraron ganas de llorar! A su lado estaba Jasper, quien tenía una luz especial en la mirada. Por primera vez lo vi como un hombre completo, porque creo no equivocarme, siempre le hizo falta sentirse parte de una familia.
Edward entró primero y yo lo seguí detrás y cuando mi amiga me vio dio un grito, a pesar de su condición.
— ¡Bella! —sonrió con alegría en los ojos— ¡Ven para abrazarte amiga! —continuó. Jasper y Edward cruzaron miradas de complicidad.
— ¿Cómo no iba a conocer a mi sobrina? —le dije, en tanto le daba un abrazo a ella y conocía a la niña más linda que había visto jamás.
—Y tu ahijada —agregó. La quedé mirando emocionada.
— ¿En serio? —sonreí demasiado contenta como para creérmelo.
—Por supuesto, ¿Quién otra iba ser si no tú? ¡Lleva hasta tu nombre! Pensé que ya lo habías asumido —hizo un puchero.
—¡Yo feliz! Gracias por considerarme —miré a Alice y Jasper. Este último sonrió no tan sorprendido, al parecer, estaba al tanto de todo.
Me quedé con ellos hasta que concluyó la visita y luego Edward ofreció irme a dejar a la casa de mis padres. Obviamente, reaccionaron tan emocionados como Alice y nos quedamos conversando hasta muy entrada la noche.
Al día siguiente fuimos a almorzar juntos y por la tarde acompañé a Alice a instalarse en la casa de sus padres, porque momentáneamente se mantendría allí, hasta que se casara con Jasper, en un par de meses. Después llegó Rose, y más tarde, Edward.
Jasper quería celebrar que era padre y nosotros decidimos acompañarlo. Alice ni siquiera chistó porque estaba agotadísima y sabía que no tenía ninguna opción de salir y no le iba a impedir a Jasper que lo hiciera, menos aún con sus amigos. Fuimos a Don Trauco. El padre del año se tomó unas copas de más y Emmet junto a Rose lo fueron a dejar. Como habíamos salido con él, Edward se llevaría su Audi.
Con Edward nos quedamos más tiempo en el bar, disfrutando de una conversación nostálgica y después de un sensual baile, que me hizo recordar nuestros antiguos tiempos. Después fuimos a la barra por un par de bebidas. Yo me quedé con la espalda pegada en el delgado mesón de madera y él se mantuvo a mi lado, mirando hacia dentro, bebiendo su Sprite bien helada.
—¡Es fabuloso que estés aquí! —gritó por encima de la música.
—Gracias…
No se me vino nada más a la mente. Sólo que de pronto todo parecía un sueño en cámara lenta, en medio del humo y de los murmullos y la música de fondo: The impossible thing del grupo The Cure. Lo quedé mirando y un escalofrío me subió por la espalda hasta desvanecérseme por los hombros.
— ¿Quieres otro trago? —preguntó Edward con una sonrisa sincera ceñida en su rostro perfecto. Asentí y él levantó la mano para llamar la atención del barman, quien tardó pocos segundos en rellenar nuestros vasos. Me había quedado congelada, de un momento a otro me había quedado suspendida en el tiempo y el espacio, viendo todo pero nada a la vez.
Cuando volví del transe noté que Edward me miraba con precaución y el ceño levemente fruncido, algo preocupado.
— ¿Pasa algo? —tragó saliva, nervioso. Negué con la cabeza, sonreí y me volví hacia mi vaso para darle un pequeño sorbo. De nuevo me quedé con la mente en blanco, mientras observaba la ventana del bar, bañada en una densa lluvia que cubría la noche. La lluvia, era una especie de anunciadora de lo que venía. Siempre que le prestaba especial atención, sucedía algo con Edward y de la manera en que azotaba esta noche, sería inolvidable, el problema es que no sabía si de buena o mala manera.
Edward me contemplaba con paciencia, mirando hacia otros lados para no incomodarme. Una sensación de fastidio se apoderó de mí, sintiéndome nerviosa y una idiota, jugando a que entre nosotros nunca había pasado nada. Mi cuerpo reaccionó de tal manera que no pude contener las ganas de ir al baño, mi vejiga explotaría.
— ¿Me puedes esperar un segundo? —musité embarazosa.
—Claro… —advirtió Edward, no muy convencido, observándome por el rabillo del ojo, fingiendo que no encontraba nada raro. Quise disipar sus dudas, tampoco era mi idea que se sintiera extraño, porque hasta el momento todo funcionaba bien y no quería que pensara que era una loca hormonal que le había bajado el estrógeno.
—El baño… —indiqué con el pulgar, con una actitud aún más enrarecida. Asintió.
Me perdí entre la gente y por pocos instantes sentí alivio de estar sola. No es que me estuviese volviendo una huraña que no quería acercarse a nadie, más bien la idea de estar junto a él me ponía los nervios de punta.
