Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La historia le pertenece a AngstGoddess003. Y está siendo traducida por varias personas en el Blog de A.P.
Capítulo 27: Inferioridad de Chocolate Alemán.
Traducido por: Ioreth y Lucía.
*Bella*
Mi nariz estaba dolorida cuando me desperté sobre el pecho de Edward al sonar la alarma. El punzante dolor me hizo desear el agudo dolor del día anterior.
Edward quitó una mano de mi cintura y la usó para golpear enfadado el reloj a su lado. No gruñó. Yo sí que lo hice. Se movió debajo de mí y bajó su cara hasta dejarla al nivel de la mía. Cuando finalmente abrí los ojos estaba echado delante de mí, sus profundos ojos verdes inspeccionando los daños del codo de James.
Siseó entre dientes. Gemí.
—¿Tan mal está? —Dije con voz rasposa. Mi voz no estaba tan mal como ayer, pero todavía sonaba ronca, y el dolor de la garganta me hacía desear algo o muy caliente o muy frío para beber. Se pasó una mano por su cabello matinalmente revuelto e hizo una mueca.
Gemí de nuevo, y levanté las mantas para cubrir mi rostro obviamente horrible, dando la vuelta sobre mi espalda y regodeándome por mi desgracia. Le oí suspirar, y tratar de tirar de las mantas, pero yo las mantuve en su sitio. Como si mi día no fuera a ser lo bastante incómodo de por sí, tenía que estar al lado del impresionante y guapísimo Edward Cullen con la pinta de... lo que fuera que pareciera yo en ese momento.
Suspiró de nuevo cuando no permití que me destapara.
—No seas tan jodidamente difícil. Eres preciosa —murmuró con voz espesa.
Me asomé por encima de las mantas lo suficiente como para verlo tumbado frente a mí, apoyado en un codo.
—¿De verdad? —Pregunté en voz baja, sonando como una estúpida adolescente. Probablemente porque lo era.
Entornó los ojos detrás de sus párpados.
—Sí. —Se dejó caer sobre su espalda y comenzó a mover sus dedos por su cabello de nuevo—. Siempre estás puñeteramente preciosa. Ahora mueve el culo y sal de la cama. —Se volvió hacia mí y me sonrió de medio lado. Le sonreí por instinto, pero el pequeño Edward que habitaba en mi cabeza estaba gritando «pendejeras».
Con un gruñido, salí de la cama y me dirigí al baño. Estaba simplemente... horrible. Me fulminé con la mirada en el espejo. La hinchazón había desaparecido casi completamente, pero un gran parche de color azul oscuro cubría desde el puente de la nariz hasta el ojo. La gente me iba a ver así todo el día. Bella Swan... la loca extraña con el ojo y la nariz negra y azul. Giré alejándome, decidiendo que la negación también pertenecía al mundo de Bella.
Miré la ducha con nostalgia, impaciente por llegar a casa para poder tomar una. Realmente caliente. Mis músculos estaban adoloridos y me preguntaba si la escuela tenía una política contra los estudiantes que estaban bajo la influencia de pastillas azules para el dolor.
Edward estaba esperándome en la puerta de nuevo cuando saqué sus galletas. Me arrastré hasta él que estaba de pie contra la pared y parecía mucho más cansado que yo. Él sonrió soñoliento y deslizó sus brazos alrededor de mi cintura, tirando de mí y apoyándome para darme un beso pequeño en los labios. Yo iba a hacer pucheros y tirar de él más cerca para aplastar su cara a la mía. Pero decidí guardar gestos como esos para cuando hubiese tomado las pastillas para el dolor. Así que le envié una sonrisa y bajé de la casa.
La ducha de agua caliente fue... Celestial ni siquiera le hacía justicia. Fue... Edwardiana. Mientras estaba bajo el chorro de agua que relajaba y calmaba cada centímetro de mi cuerpo cansado y dolorido, decidí que Edwardiana definitivamente debía pasar a ser un adjetivo.
La mañana en casa fue mucho más agitada de lo que me gustaba. Mientras preparaba el desayuno, descubrí que Esme tenía que venir a la escuela y reunirse con los profesores con respecto a mi incidente. Ella me dijo que podía quedarme en casa, pero decidí, ya que era viernes que quería acabar de una vez. Tendría el fin de semana para recuperarme. Sabía que iba a ser difícil y terriblemente humillante. Incluso Edward no podría detener las miradas y susurros. Es mejor dejar que lo sacasen todo ahora, y tal vez... si era muy afortunada... para el lunes, yo volviera a ser la chica invisible que todo el mundo intenta evitar.
Alice pareció decepcionada por la presencia de Esme cuando se unió a nosotras para el desayuno. Suponía que se estaba muriendo de ganas de tenerme solo para ella y así poder obtener todos los detalles esenciales sobre mí y Edward.
Miró mi nariz y gimió cuando se deslizó en el taburete frente a mí. Entorné los ojos, conteniendo un gemido.
—Sabes... —Dijo mientras untaba la tostada con mantequilla—. Tengo algunas bases de maquillaje que cubrirían ese moretón —comentó con una media sonrisa.
Arrugué las cejas mientras sorbía mi zumo de naranja, porque no podía hacer una mueca sin dolor. Yo no usaba maquillaje. Nunca. Pero había buenas posibilidades de que si me presentaba con mejor cara las habladurías no fueran tan malas. Me pasé todo el desayuno meditándolo, antes de finalmente asentir con un guiño que hizo que la cara de Alice se iluminara.
Y mientras me aplicaba maquillaje en la nariz cuidadosamente, yo sentada en su tocador, le informé con firmeza que era cosa de un día. Ella sonrió ampliamente y rio asintiendo con la cabeza, haciendo un comentario sobre la suerte que tenía porque se había ido la hinchazón.
Cuando terminó, yo estaba lista para encontrar al inventor de la crema mágica y darle una bolsa de galletas diarias también. Volví el rostro en el espejo con una expresión impresionada. Si sabías exactamente lo que estabas buscando, probablemente encontrarías las marcas. Pero para el observador casual... era Bella Swan... loca y rara. La de siempre.
Esme me sonrió ampliamente cuando me acerqué poniéndome la capucha para salir por la puerta, con una mirada apreciativa a la obra de Alice. Alice cogió el Porsche, mientras yo iba con Esme. Pasé todo el paseo a la escuela hundiéndome más y más en mi asiento, como si pudiera tragarme y salvarme del terrible día que tenía por delante.
Aparcó cerca del edificio de administración, ahorrándome la humillación inmediata de la zona de estacionamiento de los estudiantes. Las miradas que recibí al entrar en la pequeña oficina no eran mucho mejores que las que encontraría en los pasillos. Los adultos no me veían como una novedad o alguien de quien reírse. Me miraban... asustados. No sé de qué tenían miedo, y no podía decidir si prefería esa reacción a la que me esperaba fuera, la verdad. De cualquier manera, yo mantuve mi capucha arriba y la cabeza hacia abajo cuando nos llevaron a la oficina del director.
Levanté la cabeza lo suficiente para encontrar la silla más lejos en la esquina y me senté. Esme ocupó el asiento más cercano a la mesa del director, donde supuse que estaba sentado, y me dirigió una mirada cautelosa mientras yo mantenía la cabeza gacha.
Agradecí el uso excesivo por parte del director del dinero estatal cuando fueron entrando el resto de profesores. Su oficina era tan grande que todo el mundo cabía allí sin estar a corta distancia. Escuché con un interés morboso cómo discutían mis asuntos como si yo no estuviera presente. Esme comenzó a soltar palabras que yo detestaba. Términos médicos para mi «condición» que ni siquiera mi mente podría deletrear correctamente.
Escuché con horror cómo comenzaron a alentarla sobre alternativas educacionales, como la enseñanza en casa. Lo que era absolutamente absurdo. Como si fuera algo que nunca hubiésemos discutido y descartado. Esme se lo dijo. También hizo una referencia muy ingeniosa y aguda sobre el uso excesivo del dinero del estado que salía de sus impuestos. El director tartamudeó y balbuceó. No se esperaba que una mujer tan delicada como Esme pudiera ponerlo en su lugar.
En vez de llevar el tema más lejos, el director instruyó apresuradamente instrucciones a todos mis profesores para realizar cuidadosos cambios sobre dónde me debería sentar, y convino con el facultativo que deberían «acomodarme» lo mejor posible. Estaba, a la vez, agradecida y muerta de vergüenza por sus esfuerzos. Solo atraería más atención sobre mí si se me trataban de modo diferente. Y si escuchar eso no hubiera sido lo suficientemente horrible, comenzaron a discutir sobre… situaciones de emergencia.
—En caso de futuros accidentes —comenzó a decir Esme con voz tensa, haciendo que me encogiese ante la idea—. Tiene mi inmediato permiso para que Edward Cullen la atienda de cualquier forma posible.
Levanté la cabeza de golpe, permitiéndome absorber finalmente la escena que tenía frente a mí, mirando boquiabierta a Esme sentada frente al director. Fue un comentario inesperado, por decir lo mínimo. Me miró por el rabillo del ojo mientras yo seguía sentada en la esquina. Parecía indecisa, así que le dediqué una pequeña sonrisa, asegurándole que era una buena idea.
Las expresiones de mis profesores no tenían precio. La idea de tener que permitir a Edward Cullen hacer «algo» los dejó en shock. La sala se fue llenando poco a poco con palabras de asentimiento, aprobando la petición de Esme.
Cuando la reunión terminó, Esme pareció más que satisfecha mientras salíamos del despacho. Me dio un beso en la mejilla antes de volver a su coche, lanzándome una última mirada. Me estaba avisando, diciéndome con sus ojos que aquí podía terminar mi día escolar si realmente lo prefería. Pero simplemente sonreí. Nunca me había caracterizado por posponer las cosas, incluso cuando se trataba de una situación tan humillante e incómoda.
La campana sonó, indicando que terminaba la primera hora, mientras observaba cómo desaparecía su coche del estacionamiento. Con un profundo suspiro, y una resolución que ni siquiera yo misma pensé que era capaz de tener, me dirigí a mi clase.
Las puertas comenzaron a abrirse cuando me dirigía por el pasillo con la cabeza agachada. La levanté lo suficiente para seguir mi camino. No podía ver las miradas, pero prácticamente las sentía en mi piel mientras caminaba por el medio del pasillo. Metí las manos en los bolsillos de mi sudadera y apreté los puños con fuerza. Estaban mirando y susurrando y a veces incluso se reían por lo bajo. Pero aún me evitaban, dejando una cuidadosa distancia entre ellos y yo cuando pasaba mirando el suelo con la cara sonrojada.
Y entonces lo sentí.
Cosquilleos.
Sonreí hacia el suelo y aflojé el paso, preguntándome si debería levantar la cabeza e ir hacia él.
No tuve que hacerlo. Sentí un brazo enroscarse en mi cintura, aumentando la descarga de electricidad de Edward en cuanto detuve mis pasos. Mi postura rígida se alivió inmediatamente con su tacto. Suspiré y levanté finalmente la cabeza, mirando a la persona que tenía a mi lado.
Edward estaba junto a mí con su chaqueta de cuero y su cabello bronce revuelto meciéndose por la suave brisa de la mañana. Sus penetrantes ojos verdes perforaron los míos mientras yo sonreía y me inclinaba hacia él con cautela, sin saber exactamente cuán cerca podíamos estar. Me devolvió la sonrisa, inclinándose para darme un beso en la frente. Sonreí más amplio, girando mi cuerpo hacia su pecho y cerrando mis ojos mientras sus labios acariciaban por un segundo mi piel.
Cuando finalmente se enderezó, observó fijamente la capucha en mi cabeza. Realmente la miraba con odio. No terminaba de entender el rencor que tenía hacia ella. Quizás era porque le gustaba mi cabello suelto, no lo sé. Pareció entender mi resistencia a quitármela porque no hizo ningún movimiento. Analizó mi nariz con los labios fruncidos.
—Te curas jodidamente rápido. —Sonrió, moviendo su mano libre para acariciar amablemente mi mejilla. Me reí y puse los ojos en blanco. Pero al hacer eso, mi campo de visión cambió momentáneamente, lo suficiente para ser consciente de la gente que nos rodeaba.
Dejé que mi vista vagara lentamente sobre las expresiones de los estudiantes, que estaban multi atareados, simultáneamente caminaban y se quedaban mirando a Edward sujetando la mejilla de la chica loca. El pulgar de Edward comenzó a acariciar suavemente mi mejilla, relajándome mientras volvía a centrar mi atención en sus ojos verdes. Pero él estaba asesinando con la mirada a todos los que pasaban por nuestro lado, un marcado contraste con sus amorosas caricias. Suspiré, atrayendo su atención y le sonreí.
—Estoy bastante acostumbrada a todo el asunto de la gente mirando. —Me encogí de hombros con honestidad. No quería decir que estuviera cómoda cuando me miraban con fijeza, pero de alguna manera había desarrollado cierta indiferencia hacia ello. Él suspiró y dejó caer su mano, volviendo a ponerla a mi lado y enroscando su brazo en mi cintura de nuevo.
—Venga, te acompañaré a clase. —Sonrió, dirigiéndome a través del pasillo hacia las puertas. Me relajé a su lado a la vez que avanzábamos a través de las miradas y los susurros. Su abrazo se intensificó en cuanto entramos en el pasillo y los comentarios se oían más claros.
Los ignoré y apoyé mi cabeza en el hombro de Edward, dejando que su amor y electricidad me aliviaran con facilidad. Se detuvo en la puerta de mi segunda clase, apoyándome en la pared mientras miraba hacia los pasillos, nervioso. Suspiró y puso las palmas de sus manos sobre la pared, a ambos lados de mi cabeza, inclinándose hacia mí de manera protectora.
—¿Me prometes una cosa? —Susurró a centímetros de mi cara con las cejas ligeramente fruncidas, preocupado. Asentí sin pensarlo. Volvió a echar otra ojeada a los pasillos antes de volver a mirarme—. ¿Me esperaras sentada en tu escritorio después de clases? —Preguntó con voz suave y en una expresión que sugería que la promesa sería extendida a cada una de las clases. Puse los ojos en blanco.
—Edward, es imposible que vengas a buscarme después de cada clase —le dije racionalmente. Aunque la idea era atractiva, no tenía sentido para él tomarse un tiempo extra para cruzar el instituto y arriesgarse a constantes retrasos por mi culpa.
Puso los ojos en blanco, inclinando su cara hacia la mía y mirándome a los ojos con intensidad. Mi aliento se detuvo en cuando se acercó, hasta que sus labios descansaron sobre los míos. Sin mi permiso, mi respiración comenzó a acelerarse cuando tomó mi labio inferior entre los suyos, sin dejar de mirarme. Quería devolverle el beso, pero sus ojos me hipnotizaron de una manera que me dejaron completamente paralizada. Liberó mi labio y sonrió lentamente.
—Carajo, ya verás cómo lo consigo —susurró contra mis labios, levantando las cejas y echándose hacia atrás con la misma sonrisa irónica plasmada en su cara.
Asentí con la cabeza. Unas cuantas veces.
Se rio y se apartó, haciendo un ademán hacia la puerta y observando cómo entraba en clase. Me senté en el nuevo asiento que el profesor había dispuesto para mí, al fondo de la clase. Cuando volví a mirar a la puerta, ya se había ido, pero yo todavía conservaba la sonrisa en mi cara. Y cuando el resto de los estudiantes entraron y comenzaron a mirarme, lo único en lo que podía pensar era en ver a Edward una hora más tarde.
*Edward*
Me quedé mirando a la gente mientras caminaba hacia mi segunda clase. Bella era una ingenua. No entendía cuánto poder tenía esta gente sobre ella. Solo hacía falta un imbécil demasiado curioso y ella estaría jodida. Ahora ya nada me detenía de protegerla por completo. Si hubiera sido posible, me habría transferido a cada una de sus puñeteras clases y nunca la dejaría sola.
Por supuesto, acompañarla a cada una de sus clases era lo único que podía hacer. Así que lo haría. La gente seguía atravesándome con la mirada, algo que me importaba una mierda. Normalmente ese tipo de atención me hacía sentir jodidamente agitado y fastidiado. Todo volvería a la normalidad eventualmente, una vez que dejásemos de ser la novedad.
En cuanto sonó el timbre de la segunda hora, fui el primer cabrón en salir por la puerta y cruzar el pasillo para volver con mi chica. Estaba bien. Sentada en su sitio, esperándome tal y como le había pedido. Levantó la cabeza cuando aparecí por la puerta y me sonrió, recogiendo su mochila y acercándose a mí.
Quería pedirle que se quitara esa maldita capucha, pero sabía que había demasiada gente alrededor para que lo hiciera. Y no quería que mi chica estuviera incómoda, así que simplemente rodeé su pequeña cintura con mi brazo y la acompañé a su tercera clase. Se reclinó sobre mi costado mientras caminábamos por el pasillo, respirando profundamente, aprovechando la ocasión para olerme de vez en cuando. Yo estaba haciendo esa mierda un poco también. Flores y galletas. Jodidamente divino.
Seguía viendo fijamente a todo el mundo cuando la conduje entre la gente por la pasillo. Ellos miraban, yo les respondía. La dejé en su tercera clase con un pequeño beso en su cabeza. Me dedicó una sonrisa y entró en el aula, mirándome de nuevo a la vez que yo me aseguraba de que se sentaba en su pupitre sin que la jodieran.
Cuando terminó la tercera hora, estuve seguro que el instituto entero sabía lo nuestro. Los susurros en el pasillo eran malditamente ridículos. Ni siquiera eran remotamente originales. Cuando llegué a la puerta de su clase, eché un vistazo dentro, tomándome un momento para inspeccionar su cara con cuidado, y asegurarme de que no había oído los chismes mientras caminaba hacia mí.
Estaba portándose como una pequeña campeona con todo el asunto. Sí, andaba con la cabeza jodidamente baja y se inclinaba hacia mi lado cuando pasábamos al lado de los demás, pero lo estaba haciendo. Probablemente había tenido la oportunidad de quedarse hoy en casa, evitando esto tanto como era condenadamente posible. Pero mi chica no hacía así las cosas. Estaba empezando a ver eso más y más cada día.
Nos dirigimos al comedor después de la tercera hora, deteniéndome en la puerta con mi brazo alrededor de su cintura y frunciendo las cejas… un poco puñeteramente dudoso. No sabía dónde sentarme con ella. Decidí sentarla en mi mesa. Si Brandon y Jazz querían sentarse con nosotros, podían. Y aunque me molestaría hasta la mierda, si Rose y Emmett querían sentarse también con nosotros, mantendría mí jodida boca cerrada.
Al principio pareció un poco sorprendida cuando la llevé hasta mi mesa, pero no puso objeción cuando saqué una silla para ella. Sonrió y se sentó tímidamente, sacando de su mochila las galletas mientras yo me sentaba a su lado. Entonces hizo algo que nunca me hubiera esperado de ella. Levantó una mano y se quitó la capucha, dejando su larga melena castaña libre. Le dediqué una sonrisa malditamente amplia, encantado de la repentina desaparición de la jodida capucha, aunque estaba seguro que se la volvería a poner después del almuerzo. Aun así seguía siendo un gran paso. Mi chica estaba cómoda a mi lado.
Eché un vistazo alrededor del comedor donde todo el mundo nos miraba malditamente embobados. Puse los ojos en blanco y acerqué mi silla a la de mi chica, preocupado de que la estuvieran incomodando.
Deslicé mi mano por debajo de su cabello, sujetando la parte de atrás de su cálido cuello y acariciándolo suavemente con mi pulgar.
Se estremeció y giró la cabeza hacia mí, sonrojándose con una pequeña sonrisa. Me reí por lo bajo por su sonrojo y seguí acariciando su cuello mientras comíamos nuestra bolsa de galletas jodidamente deliciosas en un silencio que era más cómodo de lo que podría esperarse en un principio, olvidándonos de las miradas escrutadoras de la cafetería.
Brandon y Jazz entraron en el comedor diez minutos más tarde, con un aspecto puñeteramente desarreglado. Cada pelo desordenado, los labios hinchados y rojos, alisándose la ropa mientras miraban alrededor de la cafetería. Los ojos de Brandon se llenaron de pánico cuando su vista se posó sobre la silla vacía de Bella. Rose y Emmett estaban allí, pero demasiado ocupados el uno en el otro para percatarse que alguien faltaba. Eventualmente su mirada se dirigió lentamente a nuestra mesa… y a mí. Pude verla resoplar su jodido mal humor a través del comedor. Le sonreí cuando caminó hacia la mesa con Jazz.
Jazz y yo tuvimos una conversación de camino a la escuela. Fue una estricta charla de «amigos antes que chicas». Yo mantendría mi puta boca cerrada sobre lo que él sabía, y él iba a salvarme el culo si se avecinaba alguna castración. Se sentó enfrente de mí en la mesa, como siempre, dejando a Brandon en una silla a su lado mientras ella me miraba un poco. Supuse que todo eso del agradecimiento por lo del gimnasio se fue por la ventana cuando descubrió que era el novio de su prima.
Miró mi mano escondida debajo del pelo de mi chica mientras acariciaba su cuello suavemente y le daba un mordisco a mi galleta. Miró a Bella con semblante serio.
—¿Se están acostando juntos? —Preguntó bruscamente.
Bella y yo nos atragantamos con nuestras galletas simultáneamente, tosiendo migas y poniéndonos rojos. Creo que fui el primero en darme cuenta de que se refería al sexo… y no si dormíamos juntos, así que negué con la cabeza, intentando despejarme la garganta.
Mi chica no estuvo nada contenta con la pregunta. Observé como comenzaban a lanzarse miradas penetrantes una a la otra, recuperándose finalmente del sobresalto. Brandon lanzó un puñal con los ojos a mi mano, que todavía acariciaba el cuello de Bella, como si no quisiera que la tocara. Bella la miró con los ojos entornados. El silencioso debate que Brandon estaba aparentemente perdiendo mientras bufaba y se derrumbaba en su silla.
Eso era una mierda interesante. Curioso sobre esta nueva situación en la que Brandon no podría putearme por tocar a mi chica. Incliné mi cabeza hacia la de Bella, presionando mi nariz en su cabello y respirando profundamente con una sonrisa.
—Oh, por el amor de Dios. —Escuché murmurar a Brandon en su silla.
Me reí en el cabello de mi chica y me eché hacia atrás, sonriéndole a Brandon. La verdad es que quería hacer más, como besarle el cuello justo en frente de ella, y disfrutar viendo cómo sufría una jodida aneurisma. Pero nunca lo haría porque incomodaría a Bella, así que me decidí por acariciar suavemente su cuello mientras comíamos.
Brandon no tuvo problema en acomodarse a nuestra mesa. Era la única que hablaba. Jazz, mi chica y yo éramos personas silenciosas.
Fruncí el ceño en su dirección cuando comenzó a discutir emocionada sus planes para el día de San Valentín con Jazz. Pobre cabrón. Faltaba un mes para esa mierda, y ella ya lo tenía todo planeado. Y más extraño era que a Jazz parecía importarle una mierda, observándola con una pequeña sonrisa en sus labios como ella vibraba por el entusiasmo. Jodidamente enamorado.
En algún momento entre las sugerencias de Brandon sobre su propio regalo de San Valentín y tres opciones de arreglos florales, sentí una mano sobre mi rodilla. Miré hacia mi chica, que observaba con detenimiento la mesa, comía con su mano libre y acariciaba mi rodilla con la otra.
Sonreí y le acaricié el cuello con más firmeza con mi pulgar, solo para demostrarle que estaba de acuerdo con su gesto.
Caminamos hacia Biología juntos después que Bella se pusiera la capucha. Sujeté su cintura con firmeza mientras vagábamos por los pasillos, ya acostumbrados a las miradas. El señor Banner quería cambiarla de sitio, pero ella no le escuchó, sentándose en nuestra mesa del laboratorio mientras él la observaba con frustración.
Mi chica se sentó en su taburete cerca del mío, y los acercamos después que comenzó la clase. No me importaba una mierda. De hecho, volví a coger su mano, llevándola debajo de la mesa y sujetándola hasta que la necesitó para escribir. Podía ver a Newton dos mesas por delante de nosotros, jodidamente ansioso por girarse y analizarnos como estaban haciendo los demás. Incluido el señor Banner. Lo que era puñeteramente inapropiado si me preguntaban.
Incluso bajo las miradas cercanas de toda la clase mientras estábamos sentados uno cerca del otro, mi chica parecía completamente relajada a mi lado, cogiendo mi mano cuando terminó de escribir sus tareas. Cuando sonó la campana, esperé a que todo el mundo saliese antes de guiar a mi chica fuera de la clase.
Estaba preocupado por gimnasia. No quería que fuera a esa mierda. No con James, o con Stanley y sus hienas, ni siquiera con ese estúpido entrenador de mierda. Y cuando estuvimos junto a la puerta doble, se lo dije. Ella suspiró y miró alrededor nerviosa.
—Estaré bien. El entrenador ya ha hecho… —hizo una pausa y una mueca, aguantando el aire— arreglos. —Terminó de manera seca, mirando al suelo y estirando las mangas de su sudadera.
Eso no me aplacó ni un poco. Especialmente cuando vi a Stanley caminando hacia nosotros con su grupo. Me miró a los ojos y sonrió… intentando ser seductora pero únicamente consiguiendo que sintiera jodidas nauseas. Volví a mirar rápidamente a mi chica, que estaba mirando a Stanley con una extraña expresión que no entendí del todo.
Fruncí el ceño y levanté mi mano para poner mis dedos debajo de su barbilla, girando su cara hacia mí. Sus grandes ojos castaños se encontraron con los míos con una rara mezcla de determinación, amor, rabia y algo de puñetera amargura que ya había visto antes.
Antes que pudiera preguntarle nada, me empotró contra la pared con una fuerza que ni siquiera pensé que mi chica tuviera. Golpeé las puertas con un sonido seco, y la miré en shock y malditamente dolorido.
Pero en lugar de sacarme la mierda, que era lo que en verdad esperaba que pasara, presionó su cuerpo contra mí y aplastó sus labios con los míos. Y entonces todo cuadró en su jodido sitio.
Intenté no esbozar una sonrisa sobre sus labios mientras le deslizaba la capucha y enredaba mis dedos en su suave pelo, sacando mi lengua y pasándola por su labio superior. Me imaginé que si iba a conseguirle algún tipo de reafirmación personal en contra de esa zorra, iba a hacerlo bien.
Definitivamente lo hicimos. Separó los labios e introdujo la lengua en mi boca, pero no la dejé. En vez de eso, mentí la mía en su boca, apartándome de las puertas lo suficiente para girarla y presionarla contra ellas.
Agarró mi chaqueta de cuero con sus puños, acercándome a ella y ladeando la cabeza para profundizar el beso. Estaba preocupado por hacerle daño en la cara cuando sujeté su cabeza con mis manos, intentando que dejara de ser tan jodidamente brusca. Pero ella no se daba por aludida. Llevó sus manos a mi cabello, atrayendo mi cara y presionando con urgencia mi lengua contra la suya. Entorné un poco los ojos cuando me tiró del pelo, y entonces de repente, nos estábamos besando solo por nosotros, no por nadie más. La empujé contra las puertas con más fuerza, porque necesitaba sentirla más cerca. Gimió en mi boca mientras me apretaba contra ella, respirando con pesadez y tirando más fuerte de mi cabello. Porque se había dado cuenta que me gustaba esa mierda. Jadeé, presionando su lengua fervientemente. Y entonces lo volvió a hacer. Gruñí sin aliento en su boca. Y esa fue la jodida clave para parar. Saqué la lengua de su boca y me separé de ella.
Cuando abrí los ojos para mirarla, estaba sonriéndome para el coño. Y le devolví la sonrisa, jadeando un poco por el beso, pero contento por ver que su amargura había desaparecido. Se rio de mí y se inclinó hacia delante para darme un último beso en los labios. Era como un agradecimiento. Como si el beso no hubiera sido puñetero suficiente agradecimiento para mí.
Me aclaré la garganta y me alejé un poco de ella mientras se cubría la cabeza con la capucha, jodidamente sonriente. Y cuando me giré para ver a Stanley, no tenía jodido precio. Celosa era quedarse corto, el puto eufemismo del siglo. Su cara estaba roja cuando se dio la vuelta en silencio, clavando puñales a mi chica con los ojos, y me dieron ganas de clavarle uno a ella.
Mi erección se desinfló en mis pantalones cuando me di cuenta de que habíamos empeorado las cosas. Maldiciendo debajo de mi aliento, me giré para decirle que tuviera cuidado, pero ya había entrado por la puerta y había desaparecido de mi vista antes que pudiera advertirla.
=:=
Cuando el último timbre del día sonó, metí toda mi mierda en la mochila sin cuidado y corrí hacia el gimnasio, rezando porque mi chica no saliera llorando de nuevo. O algo peor.
Por suerte, cuando llegué a la puerta, ya estaba fuera. Sin rastro de lágrimas. Dejé escapar un suspiro de alivio y caminé hacia ella, rodeando con mi brazo su cintura. Me miró con una extraña expresión vacía y una sonrisa que parecía condenadamente forzada.
Gruñí mientras la dirigía hacia el aparcamiento.
—¿Te han jodido? —Le pregunté, malditamente cabreado al pensar en ello. Sacudió su pequeña cabeza contra mi hombro, pero no dijo nada, haciéndome creer que probablemente mentía. Me detuve cuando llegamos a la gravilla, agarré su brazo y la giré hacia mí, levantando su barbilla con mi dedo otra vez.
—Jazz puede ir en el coche con Brandon si quieres venir conmigo —le sugerí despacio, esperando que pudiera hablar conmigo una vez que estuviéramos solos. Sus ojos se ensancharon.
—¡No! —Gritó, mirándome a los ojos, llenos de pánico y miedo. Fruncí el ceño, sintiéndome condenadamente herido y rechazado por su vehemente negativa. Suspiró y sacudió la cabeza, mirando alrededor del estacionamiento—. Quiero decir, es que quiero pasar un rato con Alice —suplicó con sus ojos puestos en los míos. Asentí, decidiendo que no estaba mintiendo sobre eso, y me incliné con cautela para besar su frente.
Me dedicó una sonrisa. Y de alguna manera me tranquilicé, porque esa pareció real, así que la acompañé hasta el Porsche donde estaban esperando Jazz y Brandon. Nos separamos después de eso, subiéndonos a los dos autos sin decirnos nada más, y volví a casa para el fin de semana.
=:=
Cuando llegué a casa, estaba jodidamente agradecido de que Emmett tuviera entrenamiento. Porque sabía que iba a taladrarme con toda esta mierda. Pero antes de que pudiera subir las escaleras para relajarme en mi habitación, alguien llamó a la puerta.
Protesté y me giré en las escaleras, bajando y caminando hacia la puerta, enfadado. Y, por supuesto, tenía una maldita razón. Brandon estaba de pie junto al marco de la puerta, mirándome con los brazos cruzados sobre su pecho.
—¿Qué? —Le espeté, sin ganas de aguantar sus pendejeras en ese momento. En vez de responderme, se escurrió por debajo de mi brazo, entrando en mi casa como si fuera la puta dueña. Con un gruñido de frustración, cerré la puerta. De un portazo. Solo para que supiera que no era bienvenida.
Pero a ella no le importó, entró dando saltitos en el salón, y se sentó en el sofá, inclinándose hacia atrás y pareciendo jodidamente cómoda. Arqueé una ceja en su dirección, esperando una respuesta. Puso los ojos en blanco.
—Oh, relájate. No estoy aquí para castrarte ni nada —se burló con una sonrisa mientras pasaba su dedo por el brazo del sofá. Resoplé y caminé hacia la silla más cercana, sentándome, intentando parecer endemoniadamente aburrido. Algo que era totalmente un farol, porque el brillo en sus ojos cuando dijo la palabra me aterrorizó. Apretó los labios por un momento y su semblante se volvía serio.
—Mi prima te ama, ¿lo sabes? —Susurró lentamente, dejando las manos en su regazo.
Estuve complacido que las palabras salieran de su boca despacio y con calma, así que asentí. Sabía que me amaba.
—La amo también. —Me encogí de hombros con honestidad, sintiéndome condenadamente ofendido cuando Brandon abrió por completo los ojos sorprendida por mis palabras. Puse los ojos en blanco—. No que sea de tu maldita incumbencia ni nada —murmuré, sacudiendo la cabeza y mirándome los zapatos. Los labios de Brandon se fruncieron por un momento mientras ladeaba la cabeza.
—Y la haces feliz —dijo con firmeza, con un tono de sorpresa que llegaba a ser condenadamente ofensivo. Volví a poner los ojos en blanco y asentí. Me gustaba pensar que hacía feliz a mi chica. Ella asintió, moviendo su pequeña cabeza y mirando alrededor de la sala antes de sentarse en el borde del sofá, mirándome directamente a los ojos—. Esto es lo que vas a hacer, Edward —canturreó con una sonrisa y con un tono de auténtica condescendencia—. Vas a venir mañana a cenar. Presentarte oficialmente a Esme como su novio —dijo dándolo por hecho con una expresión petulante. Como si yo no fuera allí a pagar las consecuencias. Se puso de pie, meciéndose sobre sus talones—. Vas a ser amable y educado, y vas a llevarle flores a Bella. —Asintió con decisión.
La miré malditamente asombrado. Era un poco pretencioso por su parte decirme cómo debía tratar a mi novia. En vez de explicarse, me sonrió dulcemente y salió por la puerta, despidiéndose con la mano por encima de su hombro.
—¡Te veo mañana a las cinco! —Canturreó saliendo de la casa, dejándome sentado en la silla y pasándome los dedos por el cabello en completa frustración. Jodida zorra.
=:=
Emmett finalmente me acorraló en el pasillo esa misma noche. Simplemente le di el superficial discurso de "sí, es mi novia, no, no me la estoy tirando", y me encerré en mi habitación antes que pudiera seguir preguntando sobre el tema.
Me acosté sobre mi espalda en la cama, ridículamente contento de estar alejado de todo el mundo. No entendía cómo mi chica podía soportar tanta atención todo el maldito tiempo. Todo el mundo mirándola siempre y esperando a que hiciese algo raro. Yo estaba malditamente exhausto después de un solo día.
Estaba esperando a que viniera a las diez, hambriento y queriendo preguntarle por el gimnasio. Endemoniadamente preparado para patear algún trasero si era necesario. Cuando la escuché llamar a la puerta, la abrí a toda prisa, haciéndola pasar mientras le quitaba la capucha.
Se volvió hacia mí con una sonrisa que calmó mis miedos y me incliné para besarla suavemente, sujetando su mejilla y acariciándola con el pulgar, como a ella le gustaba. Suspiró y enredó sus dedos en mi cabello, acercándome a ella e intentando profundizar el beso como siempre hacía. Yo también suspiré, tomando su lengua en mi boca y masajeándola con suavidad con la mía.
Terminé rápidamente, en un intento de hacer nuestra noche más cómoda. Habíamos tenido un día bastante largo y jodido. Suspiró y se dio la vuelta sin mirarme a los ojos, y depositó mi cena en la cama. Fruncí las cejas por su extraña mirada y la seguí, tirándome en la cama e inspeccionado su expresión con cuidado mientras se quitaba su sudadera y se subía a mi lado.
Comencé a comer el delicioso revuelto Teriyaki y ella se apoyó sobre mi hombro en silencio, esperando al momento adecuado para preguntarle qué coño le estaba molestando. Estudié su expresión mientras comía, buscando alguna señal de angustia o incomodidad.
—¿Qué galletas has hecho esta noche? —Le pregunté de manera casual mientras masticaba el revuelto. Se encogió de hombros.
—Inferioridad de Chocolate Alemán —respondió despacio sin mirarme. Fruncí el ceño, mirando la carne y la verdura en mi recipiente, intentando figurarme qué coño hacía a mi chica sentirse inferior. Cuando estuve saciado, tapé el recipiente y me giré hacia ella.
—Vale, dime qué carajo ha pasado hoy en el gimnasio. —Suspiré, bajando el tenedor.
La observé hacer una mueca, cayendo sobre su espalda y tapando su cara con las manos.
—Es una estupidez —murmuró a través de sus manos.
—Pendejeras —dije simplemente. Y lo era—. Nada que te moleste es una estupidez —declaré, observando cómo me miraba a través de dos de sus dedos. Poco a poco apartó las manos de su cara con un profundo suspiro. Y estaba condenadamente sonrojada.
Fruncí las cejas ante su cara roja. La misma cosa que le molestaba le hacía sonrojarse. Eso era nuevo. Arqueé una ceja en su dirección, mirándola tumbada delante de mí en la cama.
Volvió a hacer una mueca, levantándose con lentitud para sentarse frente a mí y mirándome con cautela.
—Realmente no es algo de mi incumbencia, o que tenga derecho a preguntar —contestó en voz baja, tirando de las mangas de su suéter y mirándome a los ojos, cautelosamente.
Fruncí el ceño, observando cómo se cogía las mangas de una manera que conocía demasiado bien.
—Puedes preguntarme cualquier cosa —le susurré persuasivo, y jodidamente herido porque tuviera que pensárselo varias veces.
No me contestó nada, aunque susurró dos palabras mirando a su regazo.
—¿Lauren Mallory?
Parpadeé varias veces, preguntándome a quién coño tenía que matar por haberle contado eso. Aunque la verdad era que debería habérselo contando yo mismo. Siempre estaba condenadamente orgulloso de mí mismo por lo honestos que éramos el uno con el otro, y resulta que nunca le había querido mencionar ese pedacito de información. Así que hice una mueca.
—Oh —respondí débilmente, sin negarlo de la manera que quería. Ella me miró con la cara roja.
—No me importa ni nada parecido —susurró con un tono triste que era completa y malditamente poco creíble. Tiró de sus mangas con más fuerza, mirándome todavía con cautela mientras yo ponía una mueca y asentía con expresión amarga. Su expresión decayó un poco antes de volver a recomponerse y dedicarme una sonrisa tranquilizadora. Aunque no era para nada tranquilizadora.
Suspiré profundamente y me pasé los dedos por el pelo.
—Si pudiera cambiar esa mierda, lo haría —murmuré sin mirarla a los ojos. Probablemente era la primera vez que me avergonzaba de haberme follado a Mallory. Realmente no fue nada memorable. No fue romántico ni ninguna mierda de esas. Fue apenas íntimo. Cuando finalmente la miré a los ojos de nuevo, me estaba mirando, mordiéndose el labio y tirando nerviosa de sus mangas.
Así que eso no era todo. Suspiré de nuevo y arqueé una ceja, expectante. Intentado por todos los medios que lo soltara.
Dirigió sus ojos por toda la habitación con nerviosismo, evitando mi mirada.
—¿Hay más chicas? —Preguntó con un pequeño susurro que casi no pude escuchar. Solté un suspiro de alivio por la única pregunta que podía responder correctamente.
—No —respondí con honestidad.
Pareció aliviada por mi respuesta cuando finalmente me miró, todavía jodidamente colorada. Intenté sonreírle, sintiéndome aún un poco avergonzado.
—¿Esa mierda realmente no te molesta? —Le pregunté escéptico. Y por supuesto que estaba jodidamente escéptico, porque si yo fuera ella, esa mierda me molestaría. Mucho. Negó con la cabeza.
—No, no me molesta —contestó en voz baja antes de posar la mirada en su regazo, todavía tirando de sus mangas—. Eso solo que… —su voz se fue apagando, dejando por fin de tirar de las mangas y mirándome a los ojos—. No soy como esas chicas —susurró con una expresión triste.
Y no podía figurarme porqué eso le hacía sentirse triste. ¿Quién quería ser una puta barata? Tuvo que darse cuenta de mi más que obvia confusión porque resopló y rodó los ojos.
—Es una estupidez, ya te lo he dicho —murmuró, sacudiendo la cabeza de una manera que indicaba que no quería seguir con el tema. Y yo me estaba impacientando cada vez más.
—Joder, suéltalo ya, Bella —dije exasperado. No tenía este tipo de experiencia con chicas, y era malditamente frustrante no saber qué era lo que realmente le molestaba tanto. Y que además tuviera miedo de decírmelo. Comenzó a tirar de sus mangas de nuevo, echando un vistazo a mi cara de frustración.
—¿Me tratas de manera distinta a como las tratabas a ellas? —Preguntó, sin mirarme a los ojos mientras su largo cabello castaño ocultaba su rostro de mi vista. Solté un jodido bufido.
—Por supuesto que te trato de manera distinta. Nunca te faltaría al respeto de esa manera porque te amo —añadí sinceramente, echándome hacia atrás para apoyarme en el cabecero, dejándola que asimilara mis palabras.
Me miró a través de sus pestañas y su cabello.
—¿Entonces, esa es la única razón? —Susurró escéptica, mordiéndose el labio. Arqueé las cejas y asentí.
—¿Qué otra razón puede haber? —Pregunté incrédulo.
Miró hacia abajo y encogió un hombro, todavía jugando con las mangas. La observé un momento con los labios fruncidos, intentado juntar todas las piezas para entender porqué estaba tan alterada ya que ella no me lo quería decir para la mierda. La trató con más respeto que a todas esas chicas. Parece que está triste porque no es como ellas. Se siente inferior.
Y cuando por fin se filtró la idea en mi lento y maldito cerebro, solté otro bufido.
—No creerás que a ellas las deseaba más, o alguna mierda por el estilo —me burle a modo de declaración, intentando hacerlo realidad. Porque esa idea era jodidamente ridícula. Sacudió la cabeza, sin mirarme a los ojos, y básicamente confirmando mis sospechas.
Se me hundió el jodido corazón. Me aparté del cabecero y me puse rápidamente enfrente de mi chica, cruzando las piernas y agarrándola por la cintura. No me miró ni siquiera cuando la levanté y la coloqué sobre mi regazo, sentándola a horcajadas sobre mí. Agarré su colorada cara entre mis manos y la forcé a mirarme a los ojos. Miré con intensidad en sus tristes y castaños ojos, usando todo mi puñetero amor para fortalecer mi siguiente afirmación con absoluta sinceridad.
—Tienes razón. Eso es una jodida estupidez —susurré, sacudiendo la cabeza. Hizo una mueca y cerró los ojos.
—Sé que lo es. —Suspiró con pesar. Abrió los ojos y los puso en blanco—. Olvida lo que he dicho —murmuró, todavía colorada y obviamente avergonzada mientras me miraba a los ojos.
Pero eso era algo que no iba a poder olvidar. Estaba constantemente luchando para dejar la lujuria a un lado y hacer que estuviera cómoda, hasta que estuviéramos preparados para considerar ir más allá. Sabía que Bella se dejaba llevar por el calor del momento muchas veces, pero no tenía ni puta idea de si quería realmente llegar más lejos. Quería contarle que me masturbaba pensando en cosas tan puñeteramente ridículas como los huesos de su clavícula y sus rizos porque la deseaba con toda mi alma, pero decidí guardarme esa humillación para mí mismo.
En vez de eso, atraje su cara hacia la mía y aplasté mis labios con los de ella. Se apartó al principio, pero me devolvió el beso cuando deslicé mi lengua entre sus labios ligeramente abiertos. Profundicé el beso entonces, acercando su cara y ladeando la mía para conducir mi lengua más profundamente en su boca. Suspiró y enredó sus dedos en mi cabello, y tiró de él con sus puños mientras acercaba mi cara. No me llevó mucho tiempo. Aparté mis manos de su cara y las llevé hasta su cadera mientras ella peleaba contra mi lengua, acercándola a mi cuerpo a la vez que apretaba contra mí más que obvio bulto. Gimió en mi boca y apartó mi cara de la suya.
Estaba sin aliento cuando miré a sus ojos entreabiertos y descansaba mi frente sobre la suya.
—¿Ves? —Susurré en su cara, apretándola más fuerte solo para enfatizar el momento. Sentí a su aliento detenerse y a sus manos en mi cabello tensarse. Asintió contra mi frente y retorció sus caderas de nuevo contra mi entrepierna, haciendo que mis ojos rodaran y que gruñera en alto. Eso no era lo que tenía pensado, así que sujeté con más fuerza sus caderas para detenerla. Abrí los ojos, observándola con jodida desaprobación—. Mi punto es —murmuré. Me miró confusa apoyada sobre mi frente— que a pesar que en verdad te deseo para la mierda, me contengo —concluí con un susurro en su cara.
Frunció el ceño, dejando de agarrarme el cabello para acariciarlo con las puntas de los dedos.
—¿Por qué? —Susurró en voz baja, mirándome a los ojos.
—Porque antes de hacerte sentir incomoda me mataría para el coño—dije con honestidad, mirando sus confusos ojos castaños. Soltó un bufido.
—¿Es eso? —Preguntó incrédula, poniendo los ojos en blanco y separándose de mi frente. Arqueé una ceja y asentí. A mí me parecía una maldita buena razón. Se rio por lo bajo y sacudió la cabeza—. Dios Edward, me he estado lanzando hacia ti desde… —Se fue callando con otra risa que de alguna manera me cabreó—. Desde Phoenix, definitivamente —añadió mientras se reía un poco más.
Puse los ojos en blanco por su risa y me tumbé sobre mi espalda.
—Te dejas llevar en el calor del momento, Bella. No significa que estés preparada para toda esta mierda. —Alcé las cejas mientras ella seguía sentada sobre mí.
Sin avisar, sus risas cesaron y la rabia se reflejó en sus ojos.
—No soy una niña, Edward. —Me miró, elevando la barbilla y rodando los hombros hacia atrás. Luché contra la urgencia de reírme cuando ella echaba humo por las orejas, porque estaba jodidamente adorable. Había visto gatitos mucho más aterradores.
Soltó un bufido, dirigiendo su nariz hacia mí.
—Solo porque tú tengas más experiencia que yo en cuanto al… —hizo una pausa, sonrojándose y haciendo que tuviera más ganas de reírme, porque estaba demostrando mi teoría. Y debía saberlo, porque levantó aún más la barbilla—... sexo —espetó—. No te da derecho a ser condescendiente. —Parecía que estaba a punto de sacarme la lengua—. Yo sabré mejor que nadie cuando esté preparada. —Soltó todavía colérica.
Y no pude aguantarlo más. Me reí. Bastante fuerte, haciendo que ella diera brincos en mi regazo con cada carcajada. Se puso aún más furiosa y sus ojos se abrieron por completo, dándose cuenta de que me estaba riendo de su razonamiento. Me senté, rodeando su cintura con mis brazos, intentado parar mis carcajadas, y enterrando mi cara en la curva de su cuello cuando no pude hacerlo.
—Lo siento —dije todavía riendo, sacudiendo mi cabeza en su cuello, sintiéndola ponerse rígida sobre mí—. Es solo que te ves tan malditamente adorable cuando te enfadas. —Me reí por lo bajo, todavía sacudiendo la cabeza. Prácticamente pude escuchar cómo ponía los ojos en blanco mientras mis risas cesaban.
Cuando estuve seguro de que no se iba a ofender por volver a reírme, me eché hacia atrás y la miré a los ojos. Todavía parecía un poco enfadada, con la barbilla levantada, rechazando el concepto de ser una «niña». Puse los ojos en blanco.
—No estaba intentado ser condescendiente. —La miré a los ojos, buscando su perdón a la vez que su postura se relajaba—. Solo intento que llevemos la mierda despacio —susurré suplicante.
Frunció el ceño y asintió, llevando sus brazos alrededor de mi cuello y abrazándome suavemente. Agarré más fuerte su cintura, y enterré mi cara en su cuello de nuevo, respirando profundamente. Se movió de nuevo encima de mí, frotándose sin querer sobre mi completa erección. Suspiré en su cuello, preguntándome si heriría sus sentimientos si me apartaba. Supuse que seguramente sería así, así que nos tumbé sobre nuestros costados, en la posición para dormir, con su pierna anclada en mi cadera.
Pero su nariz todavía le dolía demasiado para dormir así, y yo ya estaba cansado del largo y jodido día. Así que me tumbé boca arriba, apoyando su mejilla sobre mi pecho, e intentando no gemir cuando su muslo descansó sobre mi entrepierna.
Supuse que ella estaba tan cansada como yo porque no protestó cuando apagué la luz. La rodeé con fuerza mientras tarareaba para dormirme, prometiéndome a mí mismo usar todo lo posible al alcance de mi mano para hacerla sentir lo jodidamente superior que realmente era.
Muchas gracias por los reviews y alertas. Mi computadora estuvo en cuidados intensivos hasta ayer en la noche, por lo que no pude enviar los adelantos, espero en este sí pueda enviarlos
Muchas gracias a Ioreth y Lucía por traducir este capítulo.
Nos leemos en el siguiente (El Martes). Si les gustó o no, dejen reviews. El adelanto lo enviaré en los reply de reviews.
