Desde la inesperada e incómoda visita de Rodolphus, Hermione no bajaba la guardia ni un instante; siempre estaba alerta, pendiente de cualquier ruido, por mínimo que fuera, aunque después de un tiempo así, le pareció estar volviéndose paranoica. Barty había resuelto volver a casa unos días más tarde, sin darle a Hermione ninguna explicación de su paradero ni de lo que iba a pasar con ellos a partir de entonces. Y lo más alarmante es que se trataban como extraños; desde que había vuelto, Barty se mostraba con ella más frío que nunca, aunque después se deshiciera en mimos y caricias con su hijo, lo cual llevó a Hermione a la conclusión precipitada de que quizás fuera ella el problema. Pero no se atrevía a preguntárselo.

Como apenas hablaban, se pasaba los días cuidando se su hijo y pensando en lo que había acontecido con Rodolphus. "A veces hay que aparentar", había dicho, y tenía mucha razón: Hermione no había hecho sino engañarse a sí misma y a todo el mundo desde que había decidido huir con Barty, pues estaba fingiendo ser quien no era, algo que jamás se hubiera planteado que sucediera. Y, por desgracia, no era eso lo único que agitaba entrañas, pues apenas podía dormir pensando cuándo sería el momento en que tendría que exponer a su hijo en el cuartel general.

El día amaneció gris, a pesar de estar ya a finales de mayo, pero el cielo en aquellas tierras no acostumbraba a vestir tonos alegres. Sin embargo, era posible que se tornara aún más oscuro el día: cuando la poca luz comenzó a apagarse, la marca se retorció en su antebrazo con una violencia inusitada, y unas náuseas se apoderaron de su estómago. Cada vez le era más difícil entrar en la mansión de los Malfoy sin vomitar de asco. Se preparó tan rápido como pudo y cogió a su bebé, pero se había dado cuenta de algo de lo que ni siquiera el Señor Tenebroso le había informado: no iba a poder desaparecerse con su niño. Estaba dándole vueltas a eso, cuando un fuerte ruido de cascos de caballos penetró por las entreabierta ventana del salón; Hermione corrió con cuidado la cortina y alcanzó a ver un carruaje negro y señorial, tirado por dos caballos, cuyo cochero apenas se vislumbraba entre la penumbra.

- ¡Granger! –Vociferó sin bajarse del carruaje.

Enseguida reconoció la voz de Yaxley a quien, por otra parte, pareciera que Voldemort lo estaba tratando como a un verdadero sirviente. ¿Y acaso no era eso lo que eran todos? Abrazó con fuerza a Joseph y salió de casa, dando gracias porque al menos alguien hubiera pensado en ella y el niño, aunque fuera Voldemort. Cuando se acercó a la carroza, saludó a Yaxley, saludo que él le devolvió en un gruñido. Abrió la puerta y entró con sumo cuidado.

El interior estaba impecable, a pesar de que por fuera estaba más que desvencijada, y el contraste le daba un aspecto extraño. Se sentó en un asiento, tapizado del más suave y lustroso terciopelo verde, y su mirada se posó en la impecable moqueta, de un color plata muy pálido; sin duda, los colores de Slytherin. Meció a su niño suavemente cuando el coche comenzó a moverse, intentando que se durmiera al menos durante el trayecto, pero fue inútil.

El viaje se le hizo muy corto, en parte quizá a que no deseaba que el momento de entrar por la puerta de la mansión Malfoy llegara. Pero llegó, y tuvo que bajar del carruaje, con su hijo envuelto en un mar de llanto. Yaxley bajó también y miró a Hermione y al bebé con repulsión mientras se dirigían hacia la puerta principal.

—Haz callar a ese mocoso. Mi señor no soportará tal escándalo.

—¡Lo intento! —Hermione estaba desesperada. En ese instante, Snape salió a recibirlos, y tampoco ocultó una cara de disgusto cuando se acercó a la chica.

—¿Qué pasa? ¿Por qué no se calla? —. Dijo intentando hacerse oír entre los sollozos incontrolados del pequeño. Sin embargo, cuando este oyó la voz del profesor, se calló súbitamente y lo miró con unos ojos llenos de curiosidad y aún de lágrimas.

Hermione se quedó muda; jamás hubiera esperado tal reacción. Snape pareció no percatarse de que Joseph se había callado por su causa, y simplemente los invitó a pasar. Hermione, de repente, sintió la necesidad de hacerle una pregunta.

—¿Está Barty dentro?

Snape asintió con aire cansino y entraron en la mansión. Aquel lugar le provocaba escalofríos, y no solo porque fuera un lugar realmente gélido y de construcción antigua, sino por lo que le esperaba ahí dentro. No podía soportar el hecho de que Voldemort tocara a su hijo, y que lo ofreciera a los mortífagos para que estos se lo pasaran unos a otros como si fueran lobos que se divierten jugando con su cena. Cuando la penumbra que poblaba la estancia daba paso a una tenue luz, Hermione abrazó con fuerza a su hijo. Snape entró primero.

—Mi señor, aquí están Granger y su hijo —. Cuando dijo esto, varios mortífagos se removieron en su asiento. Hermione echó un rápido vistazo a la sala intentando dar con Barty, y lo encontró encogido en su sillón, como si el terror se hubiera apoderado de él. Sinceramente, no lo culpaba por ello.

—Oh, muy bien —. Enseguida, Voldemort acudió a coger al bebé, y Hermione lo apretó contra sí instintivamente. Sin embargo, reaccionó de inmediato y, deprisa, como si no quisiera ver lo que pudiera suceder, le cedió al niño. Si hubiera sabido las consecuencias de aquel acto, jamás se hubiera separado de su hijo.

Voldemort miraba al pequeño con algo en los ojos que Hermione no alcanzaba a percibir; ningún sentimiento agradable había cruzado jamás la mente del Señor Tenebroso, por lo que estaba muy seguro de que no era amor. Y, sin embargo, parecía que quisiera protegerlo, aunque de lo único que Hermione quisiera aislarlo era de Voldemort mismo. El Señor Tenebroso debió de notar la cara de aprensión de Hermione porque, al momento, le devolvió a la criatura, que la joven agarró fuertemente; después, y tras ordenar que ella y Snape se sentaran en aquella pulida mesa, se dirigió a todos.

—Bien. Estamos aquí para ultimar los detalles de nuestro plan, que llevará a Dumbledore a pudrirse en una oscura fosa.

Aquellas palabras sumieron a Hermione en un profundo arrepentimiento por lo que Voldemort estaba planeando que ella hiciera; aunque no fuera la mano ejecutora, sería cómplice de aquella atrocidad, algo que no sabía si podría soportar. Barty seguía hundido en su asiento como de costumbre, y, como la joven bien sabía, hundido en su propia tristeza, aunque el motivo de aquel sentimiento era algo que escapaba a su control. Voldemort continuó hablando.

—Bellatrix, Yaxley, Rodolphus, Granger y, por supuesto, Draco, entrareis por el armario en la Sala de los Menesteres; Snape, tú actúas desde dentro, y ya sabes lo que hay que hacer.

Draco; Hermione se había olvidado por completo de él. Escudriñó su rostro y sintió lástima por él. Estaba más pálido que nunca, si es que eso era posible, y su pelo lacio se asemejaba cada vez más al de su padre, pues había perdido todo su brillo. Era notorio que los Malfoy eran leales a Voldemort por obligación, como ella misma, y eso hizo que los comprendiera un poco mejor. El pequeño Joseph se agitó entre los brazos de Hermione, inquieto, pero pronto volvió a quedarse dormido.

—¡Ese estúpido crío está interrumpiendo nuestra reunión! —. Bellatrix se dirigió a su señor para que pusiera remedio a esa situación, pues era notorio que ella no soportaba a Hermione ni al fruto de su vientre.

—Ya basta, Bella. Pero ahora que lo mencionas, he de dirigirle unas serias palabras a la señorita Granger.

La voz de Voldemort, con un falso tono meloso, le puso los pelos de punta. Ella asintió para dar a entender que estaba dispuesta a escuchar y, por qué no decirlo, obligada a hacerlo.

—Desde el día en que decidiste servirme — "¡Decidiste!" Como si hubiera tenido otra opción…— te dejé muy claro que tu lealtad había de ser incondicional, que no pido otra cosa que tu entrega absoluta a mi causa. Y, sin embargo, ya me fallaste una vez —Hermione evitó a toda costa mirar a su interlocutor a los ojos, pues se sentía en parte avergonzada —. Pero te perdoné y accedí a darte otra oportunidad; y aquí la tienes. Seguro que te es grato volver al colegio del que una vez huiste.

Las risas de algunos mortífagos se alzaron en la estancia, amortiguando el ruido del fuego al crepitar. Aquel ser destructivo no cejaba en su empeño de poner a Hermione en un ridículo constante, y de hacer que ella sola se hundiera y se enterrara en vida; y eso era algo que ella no iba a permitir, pues aún tenía mucho orgullo.

—Seguro que lo será, mi señor —. Ante aquella respuesta, hasta el mismísimo Señor Tenebroso se quedó estupefacto, pues no se esperaba en absoluto esa salida por parte de la chica. Sin duda, estaba aprendiendo muy rápido.

—Bien. Para esta misión, obviamente no puedes llevarte a tu hijo… Sería peligroso —. Era evidente que a su señor le importaba el destino de su hijo, pero no era capaz de expresar emoción o sentimiento alguno mientras hablaba, lo cual hacía más que difícil creer que realmente era capaz de apreciar al niño.

Ella tragó saliva; aquella situación estaba abrumándola en demasía, y notaba cómo se quedaba sin aire. Miraba a su alrededor y todas las caras se habían posado en ella, todas excepto la de Barty, que continuaba en su sillón mirando a la nada, como si hubiera sido víctima de la maldición "cruciatus", cosa que a la joven no le hubiera extrañado en absoluto. Frente a ella se hallaba sentado Snape, con un cierto deje de preocupación en su mirada.

—Quizás fuera mejor idea que Barty se quedara con el bebé —. El joven pareció reaccionar cuando escuchó su nombre; miró primero a su señor y asintió, y luego miró hacia donde se encontraban Hermione y su hijo, pero al instante volvió a mirar hacia el suelo. La chica no lograba entender qué le ocurría, y su actitud le estaba pareciendo demasiado irresponsable… ¿Acaso no era su obligación cuidarla a ella y al niño? ¿No era justo que estuviera a su lado en aquellos momentos en lugar de refugiarse en sí mismo? ¿Y dónde habían quedado tantas promesas que se habían hecho?

La reunión se alargó más de lo que Hermione hubiera previsto y, a pesar de que el bebé se empezaba a inquietar porque estaba hambriento, no tuvo más remedio que escuchar a Voldemort menospreciar constantemente a Dumbledore, para ella, el mago más grande de todos los tiempos. Y ahora iba a morir.

Voldemort ordenó a todos que salieran de la sala; Hermione fue una de las primeras en hacerlo, sin mirar siquiera a Barty, que se había rezagado para salir el último, posiblemente para no tener que encontrarse con la joven. Aquella relación estaba ya rota, se había desgarrado poco a poco sin que ella se diera cuenta.