Los personajes no me pertenecen. Bla, bla, bla...
Siento haber tardado en actualizar, pero aquí tenéis un nuevo capítulo. Espero que os guste.
¡Oh, por cierto! Gracias, Ane, por ayudarme durante mi crisis. Y, gracias, Ana, por betear y darme sabios consejos.
Un beso, Cris Snape
Capítulo 29. Papá, quiero ser Cupido
Los días transcurrían con relativa tranquilidad en las vidas de Severus y Adrien. No necesitaron mucho tiempo para adaptarse a su nueva rutina y, cuando el mes de octubre se acercaba, ya se habían acostumbrado a sus nuevos horarios, especialmente Adrien. Una vez aplacados los nervios de los primeros días de colegio, el niño había demostrado ser un perezoso incurable; mañana tras mañana, Severus se veía obligado a sacarlo de la cama, mientras el niño se agarraba a las sábanas con todas sus fuerzas, murmurando palabras holgazanas para que le dejaran dormir un rato más. Adrien odiaba madrugar, pero en cuanto se espabilaba, comenzaba a destilar energía por todos los rincones de la casa, correteando aquí y allá, escapándose al jardín cada vez que tenía la menor oportunidad y, en definitiva, siendo un auténtico terremoto andante. Severus procuraba controlarle, pero no siempre era tarea fácil.
Adrien solía estarse quieto cuando se sentaban a ver la televisión. El pequeño había desarrollado un extraño gusto hacia las películas románticas, que observaba detenidamente, prestando atención a cada detalle y permaneciendo callado, casi sin respirar. A Severus, todos aquellos culebrones le traían sin cuidado, pero al menos no tenía que preocuparse por si Adrien se le escapaba o comenzaba a revolver los pergaminos del colegio. Y, si las películas no lo tranquilizaban, el brujo adulto había diseñado un plan de emergencia para que el niño se estuviera quieto: reproducir los videos familiares que Mariah le había hecho llegar al pequeño. Era un truco bajo, Severus lo sabía, pero también tenía la sensación de que era demasiado viejo para correr detrás de su hijo durante todo el día; también necesitaba descansar, ¡Por Merlín!
E mes de octubre llegó y, con él, se acercaba la primera visita de los alumnos de Hogwarts a Hogsmeade. Severus había decidido que llevaría a Adrien con él durante ese fin de semana, para que el niño pudiera visitar, por primera vez en su vida, el único pueblo completamente mágico de Inglaterra. Aquel viaje sería una sorpresa para todos, especialmente para Adrien; Severus no le había contado nada todavía, y no lo haría hasta el viernes por la noche, cuando se llevara al niño al colegio. El profesor de Pociones ya podía imaginar la cara que pondría su hijo cuando le comunicara que iban a regresar a Hogwarts; al niño le encantaba estar en el colegio de magos. Posiblemente, Albus también se alegraría muchísimo; visitaba a Adrien en la casa de su padre casi todos los domingos, pero al anciano se le veía ansioso por mostrarle al pequeño todos los secretos de Hogwarts que podía ver un niño de cuatro años. Severus empezaba a pensar que Dumbledore no era una buena influencia para Adrien, ahora que el anciano había comenzado a comportarse como si, otra vez, tuviera quince años, pero le encantaba verlos juntos. Las enseñanzas de Albus eran el contrapunto de las suyas, el toque de divertida malicia que Adrien necesitaba para no convertirse en un pequeño Severus Snape, serio y gruñón.
Adrien, por su parte, había comenzado una investigación muy exhaustiva para hallar la forma de que su papá y Carole se enamoraran. Josh estaba resultando ser un aliado muy inteligente; él había tenido la idea de ver todas las películas de amor que pudieran y, los pequeños se habían puesto manos a la obra. A Adrien le resultaba un poco extraño encontrar las respuestas a sus problemas en la televisión, pero Josh afirmaba que, cuando su mamá veía películas de enamorados, siempre terminaba llorando y diciendo, en voz muy baja, que le gustaría ser como la protagonista. Posiblemente, aquello no fueran más que tonterías, pero merecía la pena intentarlo.
Así pues, aquella mañana de viernes, Josh y Adrien intercambiaban opiniones. El día amaneció frío y lluvioso y, los dos pequeños estaban sentados en un rincón de la clase, fingiendo que jugaban con dos coloridos camiones de plástico. Era la hora de recreo y, como afuera llovía y el gimnasio había sido ocupado por los niños mayores para jugar al fútbol, los más pequeños se quedaron en sus aulas, pasando aquel rato como buenamente podían, unos más nerviosos que otros por no poder salir al patio a descargar la adrenalina que se acumulaba en sus cuerpecitos. Adrien y Josh no parecían realmente molestos por verse encerrados; se habían peleado con Aaron un rato antes, cuando el chico quiso quitarles sus lápices de colorear, pero todo había quedado en una nueva discusión, sin más consecuencias. Ahora tenían asuntos mucho más importantes que atender: sus labores de alcahuetes inexpertos y confundidos.
-Lo de las pelis no funciona –Se quejó Adrien, haciendo girar una de las ruedas de su camión –Todos esos señores dicen cosas muy raras; no creo que mi papá quiera...
-Ya –Josh chasqueó la lengua y pareció reflexionar un momento -¿Por qué tu papá no querría decir esas cosas?
-No sé... No le pegan –Adrien suspiró –Quizás, tu mamá...
-No, ella tampoco querrá –Josh bajó la cabeza, un tanto abatido –Dice que no quiere que ningún hombre vuelva a acercarse a ella... No sé qué tendrá que hacer tu papá para que ella le deje...
-¿Todo bien, niños?
La señorita Stiller acababa de agacharse junto a ellos, sonriéndoles con aquella ternura tan típica de ella. Josh y Adrien se miraron con complicidad unos segundos, llegando a la misma conclusión: la profesora era la solución a todos sus problemas. Patrice Stiller era una mujer muy sabia; ella les estaba enseñando a leer, escribir y hacer cuentas, así que debía saber qué hacer para conseguir que sus papás se enamoraran y se casaran...
-Bueno... –Josh fue el primero en hablar, pasándose una mano por el cabello con nerviosismo, sin saber muy bien cómo formular la pregunta que le rondaba por la cabeza –Nosotros queríamos saber cómo... –El niño carraspeó, poniéndose colorado de repente –Cómo se... enamoran... los... mayo...res.
Patrice Stiller alzó una ceja, extrañada por la naturaleza de esa pregunta. Entornó los ojos al ver a Josh tan colorado y, aunque Adrien no había abierto la boca, presentaba un estado similar al de su amigo. Finalmente, sonrió con ternura y se sentó entre ellos, haciéndoles un gesto para que se acercaran.
-¿Para qué queréis saber eso, niños? –Preguntó, comprobando que los pequeños enrojecían aún más. Tenía una ligera idea de lo que esos dos estaban tramando, pero no comentó nada; seguro que a los padres de esos dos no les haría gracia que se inmiscuyera en sus asuntos privados.
-Bueno... –Josh suspiró, mirando a Adrien, pidiendo su ayuda sin palabras.
-Nosotros... –Balbuceó el otro niño, consciente de que decir la verdad no era una opción.
-Ya veo –La profesora Stiller se cruzó de brazos, reflexionando unos segundos –Os diré un secreto –Bajó la voz, hablando en tono misterioso –Los mayores somos muy raros para esas cosas; todo el mundo es diferente, a cada uno le gusta una cosa...
-¡Profe!
La señorita Stiller parecía dispuesta a contar más cosas, pero otro de sus alumnos se acababa de quedar enredado en una cuerda de saltar. La mujer soltó un bufidito y se alejó de los dos niños, que parecían haber comprendido muchas cosas con aquellas pocas palabras.
-Uhm... –Adrien se golpeó la barbilla con un dedo; su cerebro se había puesto a trabajar a toda velocidad y Josh lo miraba, expectante -¿Qué cosas le gustan a tu mamá?
-¿A mi ma...? –Josh, que al principio pareció extrañado por esa pregunta, comprendió su significado –No sé... –Se lo pensó unos segundos, haciendo memoria –Le gusta cocinar... –Adrien no se movió; quizás estaba pensando en una forma de utilizar esa información a su favor –Las películas viejas y aburridas... La música de un señor... Frank Sin... Sinatra... ¡Oh, y las margaritas! –Josh dio un bote, poniéndose en pie -¡Le encantan las margaritas!
-¡Oh! –Adrien sonrió, levantándose a su vez -¡Margaritas!
Los niños parecían claramente emocionados, sopesando las posibilidades que aquel descubrimiento tendría para el futuro, aunque comprendían que las margaritas no serían suficientes. Necesitaban algo más, algo que uniera a sus papás de forma definitiva...
OOooººOOooººOOooººOOooººOOooººOOooººOOooººOOooººOOooººOOooººOOooººOOooººOOooººOOooººOooCarole comenzaba a ponerse nerviosa. Mientras se afanaba por recoger la cocina, dos niños pequeños la observaban con detenimiento, sin perder detalle de todas y cada una de sus acciones. Josh y Adrien permanecían en absoluto silencio aunque, de vez en cuando, intercambiaban una mirada cómplice, como si estuvieran planeando alguna travesura. Después de unos cuantos minutos siendo vigilada por esos dos mocosos, Carole se dio la vuelta, puso los brazos en jarra y los miró con el ceño fruncido.
-¿Qué os pasa, niños? –Preguntó, logrando que los aludidos sonrieran alegremente -¿No tenéis que hacer los deberes?
-No, mamá.
-¿No hay nada en televisión que os guste?
-No, Carole.
-¿No tenéis un montón de juguetes esperándoos en la habitación?
Josh negó con la cabeza y Adrien le dio un codazo disimuladamente, animándole a hablar.
-Mamá... –Musitó, aclarándose la garganta como si quisiera reunir fuerzas -¿Alguna vez tendré un papá nuevo?
Carole parpadeó un par de veces, absolutamente confundida. De entre todas las cosas que ese niño podría haberle preguntado, esa era la que menos se esperaba y, debía reconocerlo, le había pillado totalmente desprevenida. Sintió dos pares de ojos clavados con firmeza en ella y, cuando se recobró del impacto inicial, pudo responder a su hijo, aunque lo hiciera evasivamente.
-¿Por qué preguntas eso, Josh? –Dijo, estrujando de forma compulsiva el trapo que portaba.
-No sé... –Josh se encogió de hombros, buscando con la mirada a Adrien, que parecía darle ánimos sin pronunciar una palabra –Casi todos los niños tienen un papá; a mí también me gustaría tener uno...
-Pero, Josh –Carole esbozó una sonrisa forzada –Tú sabes que no nos hace falta un papá; tú y yo estamos bien solos...
-Sí, pero Adrien tiene un papá y se lo pasa muy bien con él –Adrien confirmó esa información agitando la cabeza –Sé que mi otro papá no me quiere, pero podrías buscar uno nuevo. ¿No?
Afortunadamente para Carole, no tuvo tiempo de responder a esa pregunta. El timbre de la puerta acababa de sonar, lo que significaba que Severus Snape ya estaba allí; nunca se alegraría tanto de ver a ese hombre como esa tarde. Josh hizo ademán de ir a abrir, pero su madre dio un salto y salió corriendo; sólo una cosa la incomodaba más que hablar sobre futuros "papás": hablar sobre ello cuando había otra persona delante.
Recibió a Severus con una sonrisa en el rostro. La presencia del profesor de Pociones en el apartamento era bastante común, sobre todo ahora que el mal tiempo había llegado, pero la relación entre él y Carole continuaba siendo bastante fría. Después del intercambio de opiniones encontradas, el día de la famosa tarta de manzana, sus conversaciones solían girar en torno a los niños y el tiempo. A pesar de eso, un ambiente diferente se respiraba en las estancias en la que ambos adultos estaban juntos, gracias, en parte, a las miradas que se lanzaban mutuamente. Ninguno de los dos quería aceptar que dichas miradas tuvieran algo extraño, pero a sus hijos les daba la impresión de que los ojos le brillaban cada vez que estaban frente a frente.
-¡Señor Snape! –Exclamó Carole, sin poder ocultar su alivio –Pase, por favor.
Severus inclinó la cabeza y entró al apartamento, retirándose la bufanda verde y plata que llevaba enredada en el cuello. Vio las caritas de los niños asomando por la puerta de la cocina, y tuvo la sensación de que esos dos estaban tramando algo, aunque se centró en Carole, que cerraba la puerta y se colocaba a su lado, mientras miraba de reojo a Josh.
-Buenas tardes, señorita Allerton –Saludó con tono neutro; esperaba que Adrien corriera a sus brazos, por eso le extrañó que el niño se limitara a sonreírle y, de forma repentina, desapareciera de su vista, junto a Josh -¿Ocurre algo?
-Creo que los chicos están empezando a pensar cosas extrañas –Carole hizo una mueca y tomó asiento, invitando a Severus a hacer lo mismo –Será mejor no hacerles mucho caso...
Severus alzó una ceja; le pareció escuchar unos susurros procedentes de la habitación contigua, pero no logró captar ni una sola palabra.
-¿Qué clase de cosas? –Preguntó, finalmente, acomodándose frente a la mujer.
-No tienen importancia –Carole carraspeó, negando con sus gestos aquella afirmación – ¡Oh! Se me olvidaba... La profesora Stiller quisiera hablar con usted la semana próxima –Severus cabeceó y, de forma repentina, la mujer se puso en pie -¿Puedo ofrecerle algo? ¿Un té?
-No, gracias –Severus cabeceó y, antes de que Carole tomara asiento de nuevo, siguió hablando –Quizás una copa no me vendría mal...
Carole hizo un leve gesto afirmativo y se acercó a un pequeño mueble colocado a su derecha. Abrió las portezuelas de la parte superior y, después de un segundo de reflexión, sacó una botella de coñac que parecía no haber sido abierta en mucho tiempo. Después, se marchó a la cocina, regresando con una copa con hielo; Severus escuchó dos sonrisitas maliciosas. Esos críos...
-Yo no bebo muy a menudo –Comentó la mujer, mientras le servía a Snape el coñac –Traje estas botellas conmigo durante la última mudanza, aunque no sé muy bien por qué –Severus la observó un segundo en silencio, con la sensación de que Carole hablaba consigo misma. La joven se aclaró la voz y miró a su interlocutor fijamente –El padre de Josh solía beber...
Severus entornó los ojos; aquello había sido una confidencia y, cuando Carole se sentó frente a él, con la espalda tensa y los puños apretados, el profesor de Pociones estuvo seguro de que, por alguna razón, la joven necesitaba tratar aquel asunto con alguien. Indudablemente, había muchos sentimientos ocultos detrás de aquellas últimas palabras.
-He estado pensando en lo que dijo el otro día –Prosiguió Carole, aclarándose la garganta –Entiendo que considere injusta mi postura respecto al padre de Josh, pero puedo asegurarle que es lo único que puedo hacer –Severus la escuchó atentamente, olvidando su copa sobre la mesa –Sigo sin creer que usted deba juzgar mi actitud en este sentido, pero teniendo en cuenta las circunstancias en que usted conoció a Adrien...
-¿El niño le ha hablado de eso? –Severus interrumpió con suavidad, aunque su voz sonó excepcionalmente grave.
-Adrien no se cansa de contar cosas sobre su madre... –Carole suspiró –Y sobre usted. Afirma que llevan juntos muy poco tiempo...
-Así es –Severus, esa vez sí, dio un largo sorbo a su copa.
-Debe resultarle doloroso saber que se ha perdido buena parte de la vida de Adrien. Entiendo que usted quiere a su hijo, pero las cosas no son siempre como deberían ser –Carole se detuvo, con la sensación de que había hablado demasiado –Quiero lo mejor para Josh, eso se lo puedo asegurar.
-Y, supongo, lo mejor para él es mantenerlo alejado de su padre –Severus alzó una ceja, bebiendo nuevamente –Tiene usted razón. No sé qué clase de hombre es su marido. No puedo juzgarla.
-¿Mi marido? –Carole frunció el ceño, expresando cierto grado de desagrado –Gracias a Dios, no llegamos a casarnos –La joven soltó un bufido –Josh ni siquiera está reconocido. Creo que, para su padre, el niño no era más que un juguete. No podía decirse de él que fuera responsable.
-Entiendo –Severus mostró los dientes, en un gesto irónico –Así que le ha tocado asumir la maternidad en soledad...
-No es fácil –Carole volvió a suspirar. El ambiente en la estancia estaba enrarecido. Era la primera vez que los adultos trataban aquellos temas y, curiosamente, no se sentían incomodados –Josh ha tenido que vivir experiencias poco agradables; afortunadamente, no recuerda la mayoría, pero su carácter... –La mujer cerró los ojos un segundo, tomando aire; parecía estar costándole un gran esfuerzo decir todo aquello –Tratar con Adrien le está haciendo mucho bien; está más sociable y se le ve muy contento...
-Ese mocoso tiene la habilidad de suavizar los malos caracteres –Severus mostró una sonrisa contrahecha, pensando en el efecto que la presencia del niño causaba en su persona.
Se produjo un breve silencio. Severus aprovechó para apurar su copa, mientras Carole miraba distraídamente por la ventana; los susurros procedentes de la cocina fueron más que evidentes y, cuando el profesor de Pociones clavó sus ojos en la puerta, descubrió a Josh asomando la cabeza tímidamente a través de una rendija, ansioso por averiguar qué estaba pasando en la sala de estar.
-Dicen que son hermanos –Dijo Carole de pronto. Severus no captó el sentido de aquella frase en un principio; su mirada interrogante bastó para que la joven siguiera hablando –Adrien y Josh. Se han adoptado mutuamente.
-Vaya... –Severus rió por lo bajo. Aquello le pilló desprevenido –Y –Severus subió la voz, clavando sus ojos negros en los más claros de Josh, que no pudo rehuir su mirada en esa ocasión -¿Se puede saber cómo es eso de que sois... hermanos?
Los niños salieron de la cocina; aparentemente, estaban avergonzados, pero había algo en sus caras que desmentía ese hecho por completo. Avanzaron hasta quedar junto a sus padres, sonrientes y sin decir una sola palabra.
-Bueno... –Murmuró Adrien; parecía haber encontrado algo muy interesante en las puntas de sus zapatos, pues no dejaba de mirarlas mientras se balanceaba con timidez –Pues...
-Nosotros... –Josh soltó aire, mirando un segundo a su madre, como si pretendiera obtener alguna clase de ayuda de la mujer.
-¿Pasa algo malo? –Preguntó Adrien, alzando la cabeza con decisión y mirando a su padre, de forma casi acusadora.
Severus entornó los ojos, sorprendido por aquel arrebato infantil. Carole rió por lo bajo, y Josh esperó, expectante, la respuesta del adulto.
-¿Debería? –Fue la respuesta evasiva de Snape, que se ganó una extraña mirada por parte de Adrien. Finalmente, suspiró profundamente y despeinó al pequeño, que frunció el ceño, claramente molesto –Es un poco extraño, pero me parece bien...
-¡Vale!
Los niños desaparecieron de la estancia en un abrir y cerrar de ojos. Parecían más maliciosos que nunca y, cuando entraron al dormitorio, volvieron a dejar una rendija abierta, para escuchar lo que los adultos decían. Esperaban que, ahora que sus dos papás sabían que ellos eran hermanos, llegaran a la conclusión de que, para que eso fuera un hecho, ellos debían estar juntos. Porque debía ser así. ¿O no?
-Hermanos... –Bufó Severus, masajeándose las sienes.
-Hermanos –Corroboró Carole, alegremente, sirviéndole otra copa de coñac. Era evidente que lo necesitaba –De hecho, todos en el colegio piensan que, efectivamente, son hermanos –Severus alzó una ceja –Sus amiguitos no se cansan de preguntar a todo el mundo por qué no llevan el mismo apellido. Creo que la profesora Stiller está un poco harta de dar explicaciones...
-Entiendo –Severus cabeceó, mirando de reojo la puerta del dormitorio – ¿No le parece que los niños están un poco... raros?
-De hecho, creo que nos están espiando –Carole carraspeó. La puerta se cerró por completo –Parecen muy interesados en nuestra conversación...
-Afortunadamente, no podrán escuchar nada más –Severus se puso en pie; Carole lo imitó un segundo después –Tenemos que marcharnos ya... –El hombre subió un poco el tono de voz –Adrien...
Un segundo después, el pequeño salía del dormitorio dando saltitos alegres. Se despidió de Carole y Josh y, esa vez sí, saltó a los brazos paternos; Severus lo alzó en el aire y, juntos, regresaron a casa.
Adrien se llevó una gran alegría cuando vio un pequeño baúl en el recibidor; sabía qué eso significaba que se marchaban de viaje, posiblemente a Hogwarts, y no pudo evitar dar un saltito alegre. Tiró de la manga de la camisa de su padre, que miraba a su alrededor distraídamente, a la espera de que Adrien le hiciera la pregunta.
-¿Nos vamos, papi? –Dijo con voz chillona, señalando el baúl.
-Uhm... Puede –Severus alzó una ceja, agachándose para estar a la altura de Adrien –Pero antes, creo que tenemos que hablar muy seriamente.
-¿Sobre Josh?
-Sobre Josh –Severus cabeceó -¿Qué estáis tramando?
-¿Tramando? –Adrien se hizo el tonto, aunque sólo fue un segundo. El ceño fruncido de su padre lo instaba a decir algo más convincente –Nada, papi. No hemos hecho nada malo.
-¿No? –Adrien negó con la cabeza -¿Estás seguro? Ya sabes que no me gusta que me mientas.
Durante un breve segundo, Adrien pensó en confesar. Aún recordaba las consecuencias de la última vez que le dijo una mentira a su papá y, realmente no era algo demasiado grato para él; no deseaba que se repitiera. Pero, luego, pensó en todas las cosas que Josh y él habían dicho en los últimos días; querían ser hermanos de verdad y, si para ello, Adrien debía soportar unos cuantos de esos aburridos castigos mirando la pared, lo haría con valentía. Josh y él habían prometido que conseguirían que sus papás estuvieran juntos y, más tarde o más temprano, cumplirían esa promesa.
-No, papi –Aseguró el pequeño, sonando realmente convincente –No hemos hecho nada... Carole dice que somos muy buenos –Y adornó esa última frase con una sonrisa encantadora.
-Ya veo –Severus se irguió, dejando el tema aparcado por el momento. Por supuesto que ese par de mocosos se traían algo entre manos, pero ya tendría tiempo para averiguarlo –Tienes cinco minutos para subir a tu habitación y ponerte la túnica que te he preparado sobre la cama.
Adrien abrió mucho los ojos. Si tenía que ponerse una túnica, sólo había una explicación posible.
-¿Vamos a Hogwarts?
-Eso es.
-¡Bien!
Severus sonrió ante el gritito emocionado del niño. Adrien subió la escalera corriendo, desapareciendo de forma inmediata de su vista. El profesor de Pociones escuchó los pasos del niño mientras hacían crujir las tablas de madera del suelo y agitó la cabeza; tanto secretismo había merecido la pena, aunque sólo fuera por ver la expresión de absoluta felicidad que reflejaban los pequeños ojos de su hijo.
Antes de que hubieran pasado los cinco minutos establecidos por Snape, Adrien ya había regresado a la planta baja, ataviado con una sencilla túnica verde oscuro. Tenía un aspecto realmente Slytherin esa tarde, aunque su mirada no se parecía en absoluto a las que, normalmente, mostraban los alumnos pertenecientes a esa casa: no había frialdad, ni desdén, ni arrogancia.
-¡Ya estoy listo, papi! ¡Vámonos!
Severus sonrió con calidez y, para disgusto de Adrien, guió los pasos del niño hasta la chimenea.
Draco miró por enésima vez la entrada del Gran Comedor y, de forma inmediata, llegó a la conclusión de que se estaba malacostumbrando. Todas las noches, aproximadamente a esa hora, "Athos", el águila de los Snape, sobrevolaba elegantemente el comedor, con un pergamino enganchado en sus patas, y se acercaba a la mesa de Slytherin, depositando un nuevo dibujo que Adrien hacía especialmente para él. Pero, esa noche, "Athos" no había llegado aún, así que Draco se había planteado dos opciones: o el águila se estaba retrasando, o Adrien no se había acordado de él esa noche.
-Estoy harto de los ensayos de Snape –Se quejaba Blaise Zabini, sentado a la derecha del joven Malfoy. El chico se estaba peleando con un buen montón de pergaminos y tenía la nariz manchada de tinta; no era fácil comer y estudiar para Pociones al mismo tiempo –"Creación y evolución de la Poción Crece-Huesos". ¿Qué estupidez es esa? –El muchacho soltó un bufido, abandonando su pluma peligrosamente cerca del plato de Draco.
-Si no fueras un negado en pociones, no tendrías motivos para quejarte tanto –Comentó distraídamente Malfoy, apartando la pluma de Zabini con desdén. El aludido le lanzó una mirada furibunda y, durante un breve segundo, pareció dispuesto a saltar sobre el cuello de su compañero, pero permaneció inmóvil, pensando en una forma de cobrarse el insulto.
-La tonta de Weasley no deja de mirarte –Dijo Pansy Parkison, pinchando un trozo de carne con tanta fuerza, que su plato tintineó como si estuviera a punto de romperse. Draco puso los ojos en blanco y no dijo nada –Alguien debería ir y partirle la cara; quizás, así, dejaría de meter las narices donde no le llaman.
-Mucha suerte, Parkison –Bufó Draco, harto de los celos de la chica. Si, al menos fueran "algo", serían medianamente soportables, pero ese no era el caso. Como si pretendiera evadirse de aquella situación, Draco volvió a mirar hacia la puerta.
-Esta noche no hay correo –Comentó Nott. A Draco le sorprendió escuchar su voz; hasta ese momento, el Slytherin había permanecido ajeno a lo que le rodeaba, concentrado en su cena –Una lástima.
Theodore torció el gesto, irónico; Draco se puso en pie y, durante un segundo, pareció dispuesto a ponerse a gritar en contra de sus malditos compañeros de casa. En momentos como aquel, echaba de menos a los bobalicones de Crabbe y Goyle; al menos, ellos sabían cuando mantener la boca cerrada. No es que hablaran mucho (de hecho, no tenían demasiadas cosas que decir), pero con el paso del tiempo, habían terminado por identificar el estado de ánimo de Draco fijándose en sus gestos, permaneciendo en silencio cuando era necesario. Y, esa noche, Draco, sólo quería un poco de tranquilidad para intentar comprender por qué le entristecía tanto no recibir carta de Adrien.
Sin despedirse, Draco abandonó el Gran Comedor. Se sintió aliviado repentinamente, no sólo porque se había librado de sus compañeros; también evitaba tener que encontrarse con los ojos de Ginny Weasley clavados constantemente en él. En los últimos tiempos, la chica parecía haberle dado una tregua y ya no se acercaba a él para, evidentemente, provocar a Potter. De hecho, todo estaba muy tranquilo y, en varios días, Draco no había tenido un encontronazo con nadie, pero la chica Weasley siempre andaba cerca de él, recordándole sin palabras que, cuando menos se los esperara, podría volver a meterle en serios problemas.
-¡Primo Draco!
Aquel grito le sacó de su ensimismamiento. Draco ya había alcanzado los pasadizos que se dirigían a las mazmorras, y caminaba con la cabeza gacha cuando escuchó el gritito emocionado de Adrien. El niño se acercaba a él correteando, con el aspecto de todo un altivo Slytherin, y los brazos abiertos para abrazarle. Draco no pudo contener una sonrisa y, actuando casi por instinto, alzó al niño en brazos, riendo alegremente cuando el pequeño le regó la cara de besitos, mientras se aferraba a su cuello con fuerza.
-Papá y yo acabamos de llegar –Explicó Adrien, cuando Draco pudo devolverlo al suelo –Me ha dicho que tiene una sorpresa para mí... ¡Qué bien estar otra vez que Hogwarts!
-Me alegra que estés aquí –Draco dejó que el pequeño se aferrara a su mano. Severus Snape acababa de llegar junto a ellos, sin quitarle los ojos de encima a Adrien -¿Qué tal va todo?
-¡Muy bien! –De repente, Adrien dio un bote y se volvió hacia su padre –Papi, papi... ¿Hemos traído la fotografía que íbamos a regalarle a Draco?
-Uhm... –Severus tanteó sus pantalones. No estaba muy seguro de dónde la había metido, pero terminó por localizarla en uno de los bolsillos.
El profesor de Pociones debía reconocer que, en un principio, no estuvo de acuerdo con la idea que tuvo Adrien de regalarle a Draco una fotografía; no por la acción en sí, si no por las consecuencias que podría traer consigo. Draco aún no sabía que Adrien era un mestizo, y eso preocupaba a Severus; el joven parecía haber dado por hecho que el niño era un sangre-limpia. A pesar de todo lo que había ocurrido, Draco conservaba sus prejuicios prácticamente intactos y, por ello, Snape no le había contado prácticamente nada al joven acerca de Mariah. No quería que Draco rechazara a Adrien por el hecho de que su padre fuera muggle; en cuanto el chico viera la fotografía (inmóvil y a color), que el mismo niño había seleccionado, Draco sólo tendría que sumar dos y dos para darse cuenta de quién era Adrien. Severus estaba seguro de que Malfoy no se tomaría bien aquello y, durante un par de días, había intentado persuadir a Adrien para que no llevara la foto, pero el entusiasmo del niño era incontrolable. Quería que todas las personas a las que quería, conociera a su madre, Draco incluido. Severus sólo podía esperar que sus creencias respecto al joven Malfoy fueran infundadas; con un poco de suerte, Draco querría a Adrien por ser quién era, no por la pureza de su sangre,
Aún así, el estoico profesor se planteó la posibilidad de decirle a Adrien que había olvidado la dichosa fotografía, pero no pudo hacerlo. Adrien parecía realmente emocionado y, en cierto modo, Severus sabía que no podría retrasar ese momento durante mucho más tiempo, así que, suspirando, sacó el retrato de su bolsillo, y se lo tendió a Adrien. De forma inmediata, el niño regresó junto a Draco, mostrándole la fotografía.
-Mira, primo. Esta era mi mamá.
Draco tomó el retrato con una sonrisa en el rostro. Dicha sonrisa, se borró en cuanto vio la foto...
Adrien tendría un par de años. Era, a todas luces, una foto de estudio y, tanto el niño como su madre, aparecían elegantemente vestidos. Mariah estaba realmente guapa, con el cabello recogido con sencillez, ataviada con un vestido de color negro, y Adrien sonreía divertido, mirando a algún punto situado encima del objetivo. Quizás, el fotógrafo había estado distrayendo al pequeño mientras hacía su trabajo y, el resultado, no podía ser mejor.
Lo que hizo que Draco se quedara serio de repente, fue la conclusión que sacó al ver el retrato. Alzó la mirada, un tanto confundido, y la clavó en Severus, que supo captar los sentimientos del joven de forma inmediata; Snape hizo un gesto imperceptible, pidiéndole a Draco comprensión, y el chico fue capaz de mirar a Adrien con normalidad, aunque la frialdad se hizo visible en sus ojos grises de forma repentina.
-Adrien. ¿Qué te parece si vamos a cenar? –Preguntó Severus, buscando una buena excusa para llevarse al niño antes de que fuera víctima de un nuevo desplante. Ya habría tiempo después para las explicaciones –Estoy hambriento.
-¡Yo también, papi! –El niño dio un bote. Había notado a su primo un poco raro cuando le dio la foto de su madre, pero no fue capaz de sacar ninguna conclusión al respecto.
-Pues, vamos –Severus lo cogió en brazos –Draco ya ha cenado. ¿Verdad?
-Sí.
-Mañana nos veremos, en ese caso.
Sin decir nada más, Severus echó a andar dando grandes zancadas. Adrien despedía a su primo agitando una mano, y Draco, con aire confundido, acertó a decirle adiós. No le gustaba para nada aquella foto muggle, pero había decidido esperar a que Severus le explicara de qué iba todo aquello.
