Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS ALTAMENTE SEXUALES +18
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Recomiendo: Dangerous – Depeche Mode
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Capítulo 27:
Acercándose al peligro
"Las cosas que haces no son buenas para mi salud
Los movimientos que haces los haces para ti misma
Los medios que utilizas me pretenden confundir
Aunque los haces, son los únicos que utilizaría
Y no los querría de ninguna otra forma
De todas formas, tú no me lo permitirías
Peligrosa, la forma en que me dejas pidiendo más
Peligrosa, cuando estoy entre tus brazos
Y sé que me haré daño
Las mentiras que dices no pretenden engañar
No están ahí para que me las crea
He oído tus palabras viciosas
Sabes que por ahora tardo mucho en verme herido
Y no podría tomármelo de otra forma
Pero hay un precio que tengo que pagar…"
—De no ser porque Renée llegó, Phil en ese momento me habría… Yo era virgen y…
Edward apretaba las manos con tanta fuerza que hasta a mí me comenzó a doler.
—No le dije a nadie porque tenía vergüenza.
—¿¡Y ese hombre siguió yendo!? —Su voz resonó como un vil terremoto, casi bestial, con una mezcla de dolor que me llenó los ojos de más lágrimas.
Asentí, extrañamente avergonzada.
—Sus toques siguieron por un par de meses, cada vez más grotescos, cada vez más violentos. Me besaba a escondidas y una vez más estuvo a punto de violarme.
Edward respiraba de manera acelerada porque sabía cuánto lo enfurecía todo. De un momento a otro se levantó de la cama, tomándose la nuca como si quisiera arrancarse una parte del cabello.
—Edward…
—¡Santo dios! Nadie te protegió.
Mi barbilla tiritó y me senté de inmediato.
—¿Se lo dijiste a alguien? —inquirió, sentándose nuevamente en la cama mientras me miraba y sus ojos relucían de mucha impotencia.
Suspiré.
—En ese entonces decidí decírselo a Renée —sollocé—. Pero no me creyó, jamás lo hizo. Me decía que era una mentirosa, que quería levantarle al maldito amante. Sentí tanta desprotección, tanto miedo. Mamá debe cuidarte, no debe hacer lo que hizo.
—Bella, ¿y Charlie? ¡¿Nunca estuvo para ti?!
Rompí nuevamente en un llanto desolador y Edward me abrazó con mucha fuerza.
—Él no lo sabía… porque… los años pasaron y yo fui acostumbrándome a aquel ritmo de vida. Yo creía que era fuerte, pero la vida me enseñó que la fortaleza la debía forjar muy pronto.
—No, Bella, no justifiques la situación. Cariño, mírame.
Lo hice y me encontré con sus ojos verdes que me enviaban a una zona de seguridad que me tranquilizaba.
—Un padre no puede ausentarse mientras su hija está pasando por eso. Dios, siento tanta decepción. —Apretó los labios—. Qué ganas de haber estado para ti, qué ganas de…
—Es imposible ya, porque eso y mucho más ya está en el pasado —susurré.
Tragó y sus ojos amenazaron con el llanto de la misma forma en que lo sentí yo la vez que me confesó parte de sus verdades.
—¿Aún queda más por saber?
Asentí.
Edward me besó la frente y se volvió a acomodar conmigo, intentando mantener la calma ante mi relato.
—Para seguir, fue en ese mismo periodo cuando conocí a Rosalie, la que me ayudaría durante años y hasta el día de hoy a levantarme sin miedo. Íbamos en la misma secundaria, yo tenía un grado superior, así que coincidimos en clases de teatro. Junto a ella siempre estaba Nathan, un guapo chico de último año. Era todo lo que creí que necesitaba, así que me robó el corazón. —Me encogí de hombros y sonreí culpable.
Edward sonrió y me limpió la mejilla de las lágrimas que nuevamente volvían a caer.
—No es un buen recuerdo, ¿no?
Negué y tragué.
—Me enamoré, aunque quizá fueron las ganas de salir de casa, no lo sé, pero me enamoré. Era un poco frío, pero nada me importaba, porque me sentía bien, además siempre me acompañaba en casa y me defendía. A veces me quedaba en su piso, un escape de una realidad absorbente. Creí que era el indicado, hasta que… —Apreté los labios—. Un día, Phil llegó antes que Renée. Entró a pesar de que se lo negué y para evitar discusiones me marché a la cocina a hacer lo de siempre.
—Estás temblando, tranquila —me susurró al oído.
Lo miré a los ojos y él me siguió, dándome valor.
—Phil estaba muy drogado y eso le dio agallas para ir detrás de mí y volver a tocarme —susurré, bajando la mirada—. Pero entonces ya no fueron toques, Edward, fue más allá… Ya no puedo recordar muy bien, es como si lo hubiera olvidado, como si mi cerebro quisiera arrancarlo de dentro… El bastardo me hizo hacer más cosas, Edward y… me da mucho asco recordarlo. Fue eso lo que soñé esta mañana, cuando te busqué desesperadamente. —Mi barbilla tiritó y Edward cerró los ojos unos segundos—. Esa vez corrí desesperada porque Rose había llegado para entregarme un guion.
—Santo cielo —susurró el cobrizo, cerrando los ojos con fuerza.
—Mi amiga no preguntó mucho pero me sacó de ahí. Demoré exactamente dos años en decirle lo que me sucedía y entonces me obligó a hablar con papá y mis hermanos.
—Y te creyeron.
—No dudaron ningún segundo. —Sonreí en medio de mis lágrimas—. Pero no pude decirles quién había sido, porque tenía miedo de que algo malo fuera a pasarme gracias a él o…
—Que le hiciera daño a tu madre —añadió.
—Soy una tonta.
—No, eres una buena persona, tienes un corazón precioso, Bella.
Lo miré a los ojos y me recosté con él, intentando calmar el dolor.
—Papá desde entonces estuvo más aprensivo, lo veía llorar a solas mientras miraba mi fotografía, todas las noches triste, preguntándose dónde estaba cuando todo eso pasó. Sé que papá debió estar, pero…
Edward negó, muy decepcionado y muy enojado con él.
—No estuvo, Bella, y cuando lo hizo fue demasiado tarde.
Asentí.
—Y no soporta la culpa desde ese momento.
—¿Tu novio lo supo?
Asentí.
—Cuando Nathan fue parte de eso, me aferré a él, así que le pedí que viniera a casa a quedarse conmigo. Fue una semana en que papá volvía a viajar, regresaba el fin de semana, así que teníamos tiempo para estar juntos. Sin embargo, la noche antes que Charlie volviera, desperté agitada en mi cama, sin Nathan a mi lado. Escuché unas conversaciones en la sala, así que fui. —Respiré muy profundo para aguantar el llanto y entonces proseguí—: encontré a mi madre hablando con mi novio sobre algo que habían hecho hace unas semanas, algo que lo tenía nervioso. Luego le ofreció cocaína y el maldito aceptó, después se besaron y…
Me quedé muda, mirando hacia el frente, congelada de odio.
—No lo encaré, no lo alejé, no le dije nada. Tomé las primeras prendas que encontré, junté mis ahorros y me marché en bus al primer destino que encontrase, lo más lejos posible. No contesté llamadas, tenía tanta rabia que podía destruir a quienes no tenían la culpa de nada. Fue como una bomba que creció dentro de mí, una necesidad apremiante por ser libre, por alejarme de todos y poder disfrutar de mí misma. Sentía que todos a quienes quise me hicieron daño.
—Bells… ¿Dónde estaba yo cuando eso ocurrió? —Suspiró de tristeza mientras me corría los cabellos de la cara.
—Viviendo dolor también —susurré—. Mientras tú luchabas por reincorporarte en tu rubro, yo llegué a Nevada, al gran Las Vegas. Era la libertad que buscaba, la que nadie más que yo podía darme. Era feliz, conocí gente maravillosa, entre ellas a Alistair, un errante experto en póker.
Sonreí de tan solo recordar su linda barba castaña y sus cicatrices. Fue una aventura radiante.
—¿Gracias a él eres una jugadora maestra? —preguntó el cobrizo.
—Sí, gracias a Alistair, quien también era un eficiente ladrón. Me enseñó lo que era vivir, a disfrutar de mí misma, a no tener miedo, a sacar mi potencial y, sobre todo, a vivir de colores. Por Dios, me hizo conocerme, aunque bueno, también robé por él, pero de alguna forma tenía que pagarle, ¿no?
Edward estaba evidentemente en desacuerdo.
—Fue un año de locuras. Alistair no me hizo, me ayudó a conocerme. Descubrí que no soy insegura, que mi cabello crecería y que el amarillo es estupendo para mí —me largué a reír, contagiando a Edward, que escuchaba con mucha atención—. Hasta que mi padre se contactó conmigo, desesperado por saber si estaba viva. Había pasado un año y medio, no sabía cuánto lo extrañaba junto a mis hermanos hasta que escuché su voz. Fue ahí, en esa breve llamada telefónica, cuando me contó que Renée estaba embarazada otra vez y que el embarazo era de mucho riesgo. No lo pensé ni un segundo y viajé nuevamente, con una sensación tan intensa en el pecho como nunca antes.
—Era Todd —musitó Edward, acariciando mi espalda.
—Sí, era Todd. —Volví a sentir el ardor de las lágrimas—. No lo sé, quizá fue Dios, algo en el cielo, pero supe en ese instante que no iba a dejar que ese bebé se quedara con una mujer como ella.
"—Llegué a Nueva York y lo conté todo, no me guardé nada. Jasper y Emmett ya habían sido sinceros con Charlie, pero yo tenía esos detalles que hicieron que mi padre estallara. Era tanta su rabia que estuvo a punto de echarla a la calle, pero yo le supliqué que no, por ese bebé. Y a las dos semanas cayó en el hospital, dando a luz a un bebé de 7 meses y medio, con una parálisis en algunos nervios producto de la cocaína que consumió incluso embarazada.
—Mierda —gruñó—. ¿Qué hizo Charlie?
—Lloró, tal como yo y mis hermanos. Era un inocente, no tenía la culpa de nada. Pero papá aumentó todo su dolor y su culpa. Hasta ahora no ha podido recuperarse a pesar que yo lo he perdonado.
—Definitivamente tiene un corazón inmenso, cariño.
Me acurruqué más y Edward me sostuvo con sus brazos, como si me blindara de ese exterior desgarrador.
—Papá la echó de casa y la amenazó con quitarle a Todd de no acatar, pero finalmente fue tan cobarde que no se interesó por cuidar de su hijo con capacidad especiales. Charlie me suplicó que lo perdonara, por no estar, por dejarnos… ¿quién era yo para negarle un perdón a mi propio padre? Cuando Todd pudo volver a casa sentí una conexión especial, aún no sé cómo describirla, pero le prometí que lo amaría tanto o más que una madre y que nunca iba a sentir la falta de una como me pasó a mí. Lo amé en el primer segundo y le juré que saldría adelante por él, así que terminé la preparatoria con exámenes libres y luego entré a la universidad, y como era muy buena para los números, me decidí por la contabilidad. Me costó muchísimo, pero lo logré, y de a poco pude ser quien soy.
Los ojos de Edward relucían de un orgullo tan bonito que me hizo sonreír por un instante, sin embargo también vi rabia, angustia y una palpable necesidad por ayudarme, aun cuando ya era demasiado tarde.
—¿Ahora entiendes por qué no la quiero cerca? ¿Por qué me aterra su presencia? A veces pienso que ella sigue con Phil.
Me limpié las lágrimas, pero estas seguían cayendo y la zozobra no se iba.
—Es injusto, me he partido el lomo junto a papá y mis hermanos para que él salga adelante. Es un monstruo y cada vez que se acerca a mi vida me desequilibra, saca lo peor de mí. Son recuerdos imborrables, cicatrices que nunca se irán de mi piel, pero que decidí dejar atrás por mí.
Edward volvió a abrazarme con mucha fuerza, permitiéndome llorar en su pijama.
—Tranquila, Bells, nadie permitirá que eso ocurra, ni Ethan… ni yo —enfatizó—. Llora, es lo que necesitas, yo no me iré. Ojalá pudiera quitarte eso de la mente, pero sí puedo reemplazarlos, claro que sí.
Su calor, como cada vez que lo sentía, resultaba un analgésico al dolor. Me hacía sentir tan protegida, como si nada malo pudiera suceder con él.
—A veces suelo sentir mucha vergüenza con respecto a lo que pasó, me siento sucia, temerosa…
—No digas eso, por favor —me suplicó—. Lo que hizo ese hombre es imperdonable y solo él es quien debe sentir asco de sí mismo. No voy a dejar de quererte por esto, jamás.
Restregué mi rostro en su pecho y él se rio de manera cálida.
—Sigues siendo Bella, mi Bella.
—Tuya —susurré, calmándome poco a poco.
Volví a sentir escalofríos y él me tapó hasta las fauces.
—Vuelve a dormir, cariño, lo necesitas, todo estará bien.
Suspiré, más tranquila y calentita a su lado.
¿Qué sería de mí sin Edward?
—Yo estoy aquí, contigo —murmuró—. Y no dejaré que nunca más vuelva a suceder algo así, nunca.
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Una vibración constante me hizo dar un respingo. Abrí los ojos de golpe y me encontré acostada en la habitación de Edward, tapada con sus edredones. Busqué a Edward y lo que vi a mi lado me hizo sonreír.
—Desayuno —susurré, un poco aquejada por la garganta.
Me había traído comida a la cama. Su cama.
Me mordí el labio inferior.
—Ya despertaste —exclamó, saliendo ya duchado de su baño.
—Gracias por el desayuno.
—Todo fresco y frío para esa garganta. —Me sonrió—. ¿Estás mejor?
Asentí mientras tomaba un poco de fruta.
Noté que mi celular siguió vibrando. Cuando lo tomé vi al interlocutor. Era Charlie, así que contesté enseguida.
—Hola, Bella —exclamó con alegría.
Escuchar su voz me recordó lo que había pasado anoche.
—Hola, papá. —Bostecé.
Edward me miró, como si la situación con Charlie hubiera cambiado para él.
—Vaya, ¿te desperté? Ya pasa de las 11.
Dios, ¿tanto había dormido?
—Sí, pero no te preocupes, el viaje de regreso me dejó exhausta.
—Te escuchas agripada. ¿Todo bien?
—Sí, sólo me he sentido un poco malita.
—Bien, porque te llamaba para avisarte de algo muy bueno. Todd ha sacado la mejor calificación de su clase y la profesora lo ha integrado a teatro, ¡tiene el papel principal! —exclamó con alegría.
—Oh, papá, ¡eso es fabuloso!
Edward miró curioso, pero luego se marchó hacia el baño nuevamente.
—Sue y yo haremos algo para celebrar, quiero que vengas.
—Por supuesto, estaré ahí lo más pronto que pueda —dije.
Me dolía un poco la cabeza.
—Antes que lo olvide, ¿tienes alguna forma de avisarle a Edward? Todd quiere verlo y yo la verdad es que quiero agradecerle el que haya hecho tanto por mi hijo.
—C—claro, papá, veré la forma de contactarme con Edward —exclamé.
Él justo venía de vuelta, sacudiéndose el cabello con una toalla.
—¿Con quién tengo que contactarme? —me preguntó divertido.
Nos sonreímos y yo me acerqué, aunque internamente me sentí abrumada porque debía verme horrible al despertar, con los ojos hinchados por el llanto y la cara roja por la fiebre de anoche.
—Papá quiere hablar contigo. —Hice una fingida mueca de miedo.
Enarcó una ceja, bastante curioso.
—Bueno, estoy abierto a hablar cuando guste mientras sea luego del trabajo —dijo.
—Ah, ¿te irás a trabajar? —inquirí, un poco decepcionada.
—Tengo que arreglar unos asuntos en la oficina… ¿ocurre algo?
Me mordí el labio inferior.
—Nada importante. Charlie me había pedido que te invitara a comer a la casa, Todd sacó la mejor calificación de su grado y lo han agregado como protagonista a una obra de teatro.
Levantó las cejas.
—Demonios, ¿Todd pidió que estuviera ahí?
—Por supuesto. Pero tranquilo, yo puedo avisarles y no habrá problema, ya habrá tiempo para que los visites otra vez.
Dejó la toalla en el perchero y movió la cabeza en negativo mientras sacaba su móvil del bolsillo.
—Llamaré a mi secretaria, iré más tarde a revisar los planos.
—No, Edward, tu trabajo es importante, Todd entenderá.
—No te preocupes, el pequeño Capitán me importa mucho más. —Sonrió despreocupadamente.
Suspiré, enternecida por su gesto.
—¿Pequeño Capitán? —inquirí.
—Original, ¿no? —bromeó.
Edward se puso a telefonear mientras yo me comía la fruta sabrosa.
—Sí, diles que iré más tarde, tengo asuntos más importantes que atender —avisó con serenidad.
Me apoyé en la cama con una rodaja de naranja en la mano y me quedé mirándolo un buen rato.
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—¡Bella! ¡Hola! —exclamó papá luego de abrir la puerta de par en par.
Me dio un abrazo y un beso en la mejilla, para después llevarme hasta la sala.
—Realmente te ves muy enferma, hija, ¿segura que estás bien?
Asentí. La medicina que me había dado Edward me había hecho muy bien.
—¿Pudiste dar con Edward? —me preguntó.
—Sí… Probablemente esté por aquí luego —musité.
—¿Qué tal el viaje?
—Estuvo fenomenal —dije, aunque la verdad no sabía cómo describir todos esos días de tantas emociones y sensaciones.
—¿Lograste descansar?
—Por supuesto, papá, estoy como nueva. —Le sonreí.
Todd estaba en la sala junto con Rosalie, quien le ayudaba a peinarse. Cuando los dos me vieron, simplemente gritaron de emoción. Mi mejor amiga tiró de la silla para acortar nuestras distancias y mi hermano me abrazó con toda la fuerza que pudo generar.
—Te extrañé, Chocolate.
—Oh, Vainilla, yo también.
—Yo también quiero un abrazo —pidió Rose con voz infantil.
La abracé también y ella me dio un par de besos en la mejilla.
—¿Qué tal las vacaciones?
—De maravilla —suspiré—, creo que logré disminuir mucho el estrés. ¿Y tú? ¿Mi hermano ha sido bueno contigo este fin de semana?
Puso mala cara y se encogió de hombros.
—Ese bobo no ha hecho nada por mí desde hace mucho, ¡estoy volviéndome loca en casa! —profirió.
—A propósito, ¿dónde está?
—Con Jasper en el garaje, el coche de mi cuñado llegó a duras penas a Nueva York así que el mecánico más experimentado de la ciudad lo está revisando —dijo sarcástica, sacándome una risotada.
Minutos después escuchamos el timbre nuevamente. Mi corazón comenzó a latir más deprisa pues sabía de quién se trataba. Para fingir que no tenía idea, me puse a hablar con Todd y Rose sobre los caballos que conocí en la boscosa isla.
—Lamento que te hayamos avisado tan repentinamente, pero Todd quería tenerte aquí a como dé lugar —exclamó papá entre risas que se escuchaban desde el vestíbulo.
Nosotros dejamos de hablar cuando papá y Edward llegaron a la sala. Todd elevó los bracitos, alegre por verlo, pero yo me mantuve quieta mientras lo repasaba descaradamente con la mirada. Se había puesto un traje azul oscuro impresionante.
—Por supuesto que vine, Todd, ¿cómo iba a perderme una comida en tu nombre? —le dijo con suavidad, agachándose para alcanzar su altura.
Saludó a Rose de forma educada, que tampoco era muy sutil para contemplarlo. Cuando le tocó saludarme a mí, él tendió su mano y yo se la tomé con fuerza.
—Qué bueno verla otra vez, Isabella.
Sonreí entre dientes.
En ese momento, Sue venía junto a mis hermanos, que tenían las manos manchadas de grasa de coche. Notaron que habíamos llegado, por lo que se acercaron a saludar enseguida.
—¿Llegaron juntos? —inquirió Sue con una sonrisa curiosa, pero yo sabía que detrás de ese gesto había preocupación.
—No, en realidad yo llegué hace poco —le explicó Edward.
—Estoy aquí hace 20 minutos y tú ni siquiera te acercaste a saludarme —le molesté para que disipara rápidamente sus dudas, no quería preocuparla y que los demás notaran su recelo por vernos a Edward y a mí juntos.
—Lo siento, estaba ocupada allá atrás con estos mecánicos experimentados —se rio ella, sacándonos carcajadas a todos.
Nuestra convicción debió convencerla porque parecía notoriamente más relajada.
—Intenté arreglarla ayer antes del viaje, pero resultó ser más grave de lo que creí. Al menos me permitió llegar a Nueva York.
—¿Qué tal estuvo la isla? —inquirió Emmett, sentándose como un orangután en uno de los sofás—. Tú también estuviste, ¿no, Edward?
Sue frunció el ceño y me miró, como pidiéndome explicaciones.
—Sí, decidí ir a último momento. No me gusta mucho, pero el estrés me estaba pasando la cuenta —le explicó con naturalidad—. De todos modos, pasé más tiempo en mi casa, no en la de mis padres —aclaró.
—Es una lástima que después de todo a Jasper todo eso le trajo un dolor de cabeza —exclamó papá, echándose a reír.
—Yo no creo que sea culpa del camino, ¿puedo echarle una mirada? —expresó Edward, que ya no parecía tan risueño con papá.
Seguramente aún parecía darle vueltas a lo que le había contado, y si era sincera, iba a ser muy difícil que Edward cambiase su perspectiva de él luego de lo que había escuchado de mí.
—Claro —dijo mi hermano—, vamos al garaje.
Cuando ellos desaparecieron mi familia comenzó a hacer preguntas sobre la isla, pero yo estaba demasiado distraída para responder con tanto detalle, cada recuerdo de ese lugar era un viaje romántico al que quería volver.
Luego, Sue y papá se fueron a la cocina, dejándonos a Rose, Emmett y Todd en la sala, aunque mi hermano pequeño estaba demasiado concentrado jugando con el móvil de mi mejor amiga.
—¡Tierra llamando a Bella! ¿Estás por ahí? —La mano de Rose frente a mi cara me devolvió nuevamente a la realidad, pues me había perdido otra vez en la cena deliciosa que Edward me había hecho en su propia casa.
No sé si era el efecto de aquel traje azul oscuro o el simple hecho de que existiera y haya hecho de mis pequeñas vacaciones un encuentro lleno de sensaciones y emociones difíciles de describir, pero ahí estaba, perdiéndome completamente en él.
—Lo siento.
Emmett me dio una mala mirada, y muy celosa por lo demás. Ya sabía adónde quería llegar con esa expresión, así que rodé los ojos.
—Suspiraste tres veces, Bella, ¿quién es?
—Oh no, ¿de nuevo con eso? Rose, dile a mi hermanito que pare con esto.
Pero ella se encogió de hombros.
—Estoy de acuerdo, ¿de quién se trata? Estás muy rara.
—Solo estoy despejada de preocupaciones, boté todo el cansancio hace unos días, ¡el lugar era fantástico! No hay nadie.
—Ok, ¿somos mejores amigas?
—Por supuesto, Rose.
—¡Entonces dime la verdad!
—Oye, soy hombre, a veces podemos ser estúpidos, pero créeme que te conozco muy bien y esos suspiros raros solo quieren decir una cosa —insistió Emmett.
Comenzaba a sentirme encerrada por estos dos, ¡mi paciencia no era la de un dios!
—Ustedes dos me harán enojar, ¡déjenme en paz!
—Esta no es una conquista cualquiera, ¿eh? Dinos, ¡Bella! —Hizo un puchero.
Miré a Emmett y este comprendió la indirecta.
—Bien, conversación de chicas. ¡Me iré!
En cuanto se fue, Rose acortó la distancia entre ambas mientras se masticaba una uña.
—¿Y?
Me quedé pensando qué decirle. Ya estaba harta de mentirle, al menos respecto a mis sentimientos. Era mi mejor amiga.
—Yo… conocí a alguien.
Abrió la boca muy lento.
—¿Lo… conociste…?
—Mi corazón está volviendo a sentir, Rose, lo quiero.
Iba a seguir hablando, pero de reojo vi que Sue me miraba. Había escuchado nuestra breve conversación. Me miraba fijo, pues ella no tenía ninguna duda de quién se trataba.
—¿Tienes novio, Bella? —me preguntó Todd muy inocentemente.
Yo no supe qué contestar.
—¿¡Quién es!? —insistió Rose.
—No te lo diré.
—¡Ash! ¡Soy tu mejor amiga…!
—Bella, ¿puedes venir un momento? —interrumpió Sue con una sonrisa muy fingida.
Ya sabía a dónde se dirigía.
—Claro —susurré, yendo tras ella.
Sue me llevó hasta la cocina; papá no se veía por ninguna parte.
—Fue al garaje con los demás —espetó con seriedad, refiriéndose a él.
Suspiré y caminé hacia el lavaplatos para servirme un vaso con agua.
—¿Es verdad lo que escuché? —me preguntó viniendo hacia mí.
Volvió a escrutarme, tornándose más molesta. Puso sus manos en la cintura y se quedó un buen rato esperando a que le revelara la verdad.
—Por Dios, Bella, no puedo creerlo. ¡Estuvieron juntos en esa casa! Por un momento pensé que la situación la tenías controlada, pero ya veo que te subestimé. Ahora dices que lo quieres.
Tragué y fruncí el ceño, demasiado ofendida para esclarecer las palabras en mi mente.
—Baja la voz —le pedí con paciencia—. No necesito sermones, con el de la última vez me dejaste claro todo.
—Pero de nada te sirvió, ¿no? Ahora sucede que tienes pajaritos en los sesos y no controlas siquiera la mirada. ¡Me tardé 5 minutos en darme cuenta de todo! ¿Qué quieres? ¿Que a tu padre le dé un infarto?
Miré hacia otro lado, porque no quería aceptar que tenía razón. No quería que papá se sintiera mal por esto, pero estaba harta de que los demás controlaran mi vida. Sabía que todo mi pasado me había hecho muy vulnerable y que por eso querían cuidarme de todo hombre que se atreviera a acercarse a mí, pero Edward me quería, ¿no? Él no iba a hacerme daño.
—Ese hombre te pasa por 13 años, Bella, ¿qué demonios pasa con él? ¿Y viene con todo su encanto a la misma casa de tu padre?
—Basta, Sue, ya es demasiado.
Se llevó una mano a la frente, pasmada con la situación.
—Eres necia hasta los pelos, lo único que hago es preocuparme por ti, Bella, ¡lo único!
—¡Pero no necesitas hacerlo! Ya tengo 27 años, ¡no soy una niña!
—Te comportas como tal.
Me reí cansinamente, estaba igual que todos, tratándome como una niñata de dos.
—Es suficiente, Sue, sé perfectamente lo que hago con mi vida.
Levantó las cejas encolerizada y negó con reproche.
—Lo único que quiero es que no salgas lastimada, solo me preocupo por ti y lo que ocurrirá con ese hombre cuando se canse de ti.
Me mordí el labio inferior y suspiré, sintiendo los ojos llorosos producto de sus palabras. ¿Cansarse de mí? ¿De verdad creía que Edward sólo me veía como un producto de desecho?
—Te lo agradezco, pero no necesito que nadie se preocupe por mí, sé cuidarme perfectamente sola.
—No, Bella, me acabas de demostrar que no puedes, no con él. Los hombres mayores solo buscan divertirse, y quizá ahora te parezca una buena idea, pero tú aún eres joven y las jóvenes aún conservan las ilusiones en su cabeza. Él es consciente de lo encantador que es, ten cuidado.
—Es suficiente, no quiero seguir escuchando. Te agradezco la preocupación, pero tú no eres mi madre —proferí encolerizada y disgustada mientras pasaba por su lado para marcharme de aquí.
—Lo sé, pero te quiero como tal —murmuró de forma agria—. Y no te preocupes, no pienso decírselo a nadie. Solo espero que en el momento en el que te des cuenta del camino que estás tomando no sea demasiado tarde.
Crucé el umbral de la cocina con un nudo en la garganta, lo que le dije me estaba comiendo la conciencia. De pronto me topé con Edward de frente; lo había escuchado todo.
—Venía a limpiar mi camisa, me la he manchado con grasa. Al menos el coche de tu hermano está arreglado —exclamó, fingiendo que todo estaba bien, pero se veía muy incómodo—. ¿Ocurre algo?
Le tomé la mano.
—No encontrarás mucho en la cocina, vamos al baño, yo te ayudaré a quitar la mancha.
—No, espera, no puedo dejar esto así.
Tiró de mí, entrando nuevamente a la cocina. Sue nos miró y se limpió las mejillas. Estaba llorando.
—Sue, sé que estás preocupada y…
—No necesitas decirme nada, Edward Cullen, no confío en ti ni en el infierno que se avecina por esto que ustedes dos tienen.
—Sue…
—¿Sabes qué? —me interrumpió él, tomándome aún más fuerte de la mano—. Quiero a Isabella y es importante que lo sepas. Lo que has dicho no es correcto.
—Tengo miedo de lo que pueda pasar.
—Lo sé —asumió Edward—. Pero no te da el derecho a decir esas cosas. No voy a permitir que Isabella vuelva a escucharlo.
—No confío en ti.
—Basta. Creo que es suficiente —susurré, bastante decaída con toda la situación—. No necesito tu preocupación, Sue, déjanos en paz.
Ella tragó y asintió, dándose la vuelta para enfocarse en la cocina.
Él y yo nos devolvimos hacia el pasillo y luego caminamos hacia el baño del fondo, un cuarto escondido y grande donde podríamos estar los dos solos sin levantar sospechas.
—¿Qué ocurre? —inquirió.
—Te has manchado la camisa. Te ayudaré a limpiarla. ¿Tú arreglaste el coche? —le pregunté mientras buscaba el talco de bebé que ocupaba para Todd de la pequeña alacena. No quería volver a tocar el tema.
Edward estaba sentado sobre un banquito que ocupábamos para apoyarnos mientras bañábamos a mi hermano.
—No quiero atribuirme todo el crédito, pero… sí —se rio.
—No lo has hecho para nada —le dije sardónica—. Ahora quítate la camisa.
Enarcó una ceja.
—Necesitas mínimo un beso para que haga eso —me molestó.
—Qué fácil eres, Edward. —Me crucé de brazos.
Con una sonrisa estampada en la cara se quitó la ropa, quedando desnudo de la cintura para arriba. Yo me quedé un momento mirándolo, con las manos y los antebrazos manchados de grasa se veía muy sexy.
—¿Qué haces? —me preguntó curioso.
—El talco ayudará a que se desprenda más fácil —murmuré mientras dejaba caer un poco en la zona de abajo—. No es una mancha muy grande, saldrá con facilidad.
Sentía que miraba cada uno de mis movimientos, lo que por supuesto hacía que me desconcentrara un poco.
—Isabella, no quiero causar discusiones con Sue.
—Lo sé, pero esta vez es ella quien la causó, es su problema, ya no es mío —musité.
Sin embargo, volví a sentir un poco de culpa por haberla tratado así, no se merecía lo que le había dicho.
—Te ves muy triste.
Me encogí de hombros.
—No me gusta discutir con ella. Me decepciona la forma en la que piensa, eso es todo. Ojalá todos fueran como tu papá.
—Lo que dijo… Yo no quiero hacerte daño, Bells, jamás lo haría de forma intencional.
Tragué y dejé caer los brazos a mis costados, con la camisa un poco más limpia.
No supe qué más contestar, así que finalicé poniendo un poco de detergente, agua y un rápido secado con secador de cabello. Quedó como nueva.
—Ten, ahora estás listo para volver a tu trabajo. —Le entregué la camisa y él se quedó mirándola sorprendido.
—Una excelente ama de casa, Isabella —bromeó.
Le puse mala cara.
—Ni en tus sueños, Cullen.
Sonrió entre dientes mientras se ponía la camisa.
—La verdad es que mis sueños contigo se desarrollan de una forma bastante diferente… e indecorosa —susurró mientras abría la puerta del baño y miraba hacia los lados por si aparecía alguien—. Recuérdalo. Te quiero.
Me tomó la barbilla y me besó, para entonces guiñarme un ojo y marcharse. Cuando me quedé a solas respiré hondo y me mojé un poco la cara.
Volví con los demás unos 5 minutos después, no sin antes darme una vuelta por el segundo piso para hacerlo más natural. Edward ahora estaba con su camisa impecable junto a Todd, hablando sobre el proyecto tan murmurado por los dos. Me divertía ver a mi hermanito de 7 años empleando palabras como si fuera un flamante colega de Edward.
Rose se me acercó casi enseguida, parecía que me estaba esperando desde que me marché con Sue. Tiró de mi mano y me hizo sentar en el sofá que había junto a la televisión.
—Bella, no te preguntaré quién, pero dime por favor cómo es. —Se mordía el labio, ansiosa por información, no podía creer que yo tuviera de quién hablar.
—Baja la voz, no quiero que Todd vuelva a escucharte —musité.
La verdad era que no quería que Edward lo notara, estaba claro que había escuchado a Sue y hacerlo parte de un embrollo con mi propia familia era lo último que quería gestar el día de hoy.
—Está bien —susurró—. Ahora escúpelo.
Suspiré y pensé en alguna forma de ser sincera con mi mejor amiga ocultado la mayor parte de la información que pudiera incriminar al aludido. Bueno, ser sincera y ocultar información no era muy factible en estas circunstancias, pero debía intentarlo.
Vi a Edward a unos metros de distancia, hablando entusiasmadamente con mi hermano pequeño y entonces miré a Rose.
—Es… un hombre interesante, magnífico —comencé—, es muy guapo, sabe tocarme, sabe sorprenderme y sabe cómo volverme loca. Es un peligro. Él… me quiere y hace lo posible porque todo esté bien y yo sea feliz. Lo quiero, de verdad lo quiero.
—Bella, pareciera que lo tuvieras en frente —se rio entusiasmada—. ¿Dónde fue que lo conociste?
Mi detector de peligro comenzó a encenderse. Sue tenía razón, quizá estaba siendo demasiado evidente, mis sentimientos por Edward se había intensificado tanto con el paso del tiempo que ocultarlo se me hacía muy complicado.
—En… una… ¡fiesta! —inventé como si fuera obvio—. Salí con Angela y lo conocí.
—Una fiesta es perfecta para conocer a un hombre peligroso —señaló moviendo las cejas arriba y abajo—. Te has ruborizado, eso quiere decir que te ha cogido muy bien.
—¡Sht! —la callé, tapándole la boca.
—Ay, Bella, hace mucho tiempo no te veía así. ¿Ya te ha hecho la pregunta oficial?
La miré sin entender.
—¿Son novios?
Pestañeé.
¿Lo éramos?
La pregunta realmente me hizo sentir un poco dubitativa.
—No te lo ha pedido.
Negué.
—Estamos recién… —Me encogí de hombros.
—Bueno, a veces los hombres son un poquito lentos. Aprovecha cada momento, porque el buen sexo y un hombre interesante a la vez no son fáciles de encontrar, y a veces tienen caducidad.
De pronto recordé que Edward luego de la boda iba a irse a su nuevo crucero. Entre tanta cosa y tantos momentos juntos, lo había olvidado por completo. De eso aún quedaban meses, pero la idea me revolvía las entrañas. Iba a extrañarlo como nunca imaginé si eso llegaba a ocurrir.
—Hey, ¿qué pasa?
Negué, quitándole importancia.
Al rato, papá llegó con mis hermanos e invitó a Edward para beber un bourbon antes de comer. Las chicas estábamos invitadas a ver, por cierto, pues odiaba que bebiera ese tipo de cosas delante de él. Siempre tan machista.
—Voy a ayudar a Sue, ya sabes que no me gustan estas charlas de hombre —me susurró mi amiga al oído—. ¿Vienes conmigo?
—Prefiero quedarme con Todd, te veo después.
—Edward, ante mis hijos quería darte las gracias, ya sabes que el asunto con Todd es difícil de llevar, sobre todo para Bella, que ha tomado responsabilidades que no debería —dijo papá chocando su vaso con el del cobrizo.
Todos me miraron, en especial Edward. Él ahora conocía parte de mi historia.
Sus ojos flameaban, intentando mantener la compostura frente a mi padre. Edward quizá nunca iba a quitarse la inmensa decepción de saber que papá no pudo protegerme como debió.
—No digas eso, papá —le pedí. Todd estaba presente y no quería que se sintiera una carga para mí, porque no lo era.
—Es la verdad —insistió—. De todas maneras, Edward, has sido de gran ayuda y no deberías haberlo hecho.
—Lo hice por el pequeño y porque son familia de mi sobrina, la persona más importante para mí —le respondió de manera educada.
—Digamos que Edward tiene un sentido del ayuda bastante desarrollado, el pionero de los barcos benéficos está aquí, con nosotros —exclamó Emmett, dándole un pequeño puñetazo.
—Y arregló mi coche, lo que en definitiva te convierte en el salvador del día —le siguió Jasper de buen humor.
—Me siento el invitado especial y ese es mi pequeño amigo Todd, ¿no es así, Capitán? —El cobrizo se dirigió hacia mi hermanito, que le sonrió en respuesta.
—Seré el duende principal de navidad en la obra de la escuela —contó con orgullo.
—¡Estupendo! Ahora serás una actriz como yo —me pavoneé y le di un abrazo apretado.
—Oh, qué mentirosa, solo estuviste un semestre —exclamó Emmett.
—¡Y aprendí más que tú! —le grité.
Edward se largó a reír junto a los demás, pero solo me miraba a mí, lo que me ponía nerviosa y a la vez muy entusiasta.
—Debió ser muy buena en ello, Srta. Swan —dijo al fin.
Contigo es difícil actuar, Bombón, pensé.
—¿Y qué tal va el asunto de los barcos a África? —le preguntó papá luego de darle un sorbo al bourbon.
Edward parecía bastante cómodo con mi familia, lo que en cierta medida me parecía cómico. Quizá, si él y yo nos hubiéramos conocido de otra manera y no tuviéramos todas estas barreras sobre y entre nosotros, habría sido alguien digno de traer a mi familia justo ahora, presentándolo como al hombre al que quería.
Me sentí un poco triste, la verdad, porque a pesar de todo, estas barreras estaban asfixiándome más y más.
.
La comida de mi familia junto a Edward estuvo marcada por la casi desapercibida molestia de Sue, casi porque lo notamos él y yo, lo que ya era multitud. Cada vez que se le presentaba la oportunidad, desviaba la mirada de mí y sobre todo del interpelado, lo que a ratos me ponía muy incómoda.
Cuando la comida acabó, Jasper y Edward se pusieron a hablar sobre vinos, lo que por supuesto me tenía sin cuidado. Me disculpé y aproveché la ocasión para ir a darme una vuelta por la florería, que quedaba bastante cerca de la casa.
—¡Hola, Quil! —lo saludé al entrar.
—Hola, Bella, hace mucho tiempo no te veía por aquí.
—Sí, lo siento, últimamente he tenido la vida bastante movida. Iré a por los balances a la oficina de papá, me avisas cualquier emergencia.
Cada mes debía ayudar a papá a contabilizar las ganancias de la florería y ya estábamos en agosto, lo que significaba un conteo más. Cada mes terminábamos en lo justo, pero a veces no alcanzaba, lo que me preocupaba mucho. Y sumado a que hace un mes le habían robado casi todo, ya era bastante decir.
Mientras hacía la contabilidad concentradamente, sentí la campanilla de la entrada y un murmullo masculino allá afuera. No me preocupé de nada hasta que Quil llamó a la puerta.
—Bella, me acaba de llegar un pedido bastante grande. Los arreglos románticos no son mi fuerte así que… —Hizo una mueca culpable.
Sonreí y dejé el lápiz a un lado.
—Claro, lo haré enseguida.
Quil me entregó la nota con el pedido. Eran 30 narcisos y jazmines especialmente decorados para una mujer.
—No lo sé, Bella, pero ese hombre quiere conquistarla en serio —exclamó Quil entre risas—. Tengo que marcharme ahora, iré a hacer unos repartos. Volveré en un rato.
Asentí y me despedí de él con la mano.
Al rato bajé hasta la primera planta para buscar los narcisos y los jazmines, pero me encontré con Edward, que contemplaba absorto los arreglos del aparador.
—Edward, qué sorpresa verte por aquí —musité.
—Venía a comprar flores. —Me miraba impasible, ocultando una sonrisa emergente de sus labios.
—¿Comprar flores? —Enarqué una ceja y me crucé de brazos—. No sabía que te gustaban.
—No son para mí —dijo, quitándose un par de cabellos cobrizos de su frente—. Son para alguien muy especial para mí.
—Oh. —Fruncí los labios.
Mi corazón empezó a latir muy rápido, imaginando las posibilidades sobre ese "alguien" especial.
—Mi hermana —añadió con una sonrisa entre dientes—. Quiero ir a dejárselas al cementerio antes de irme al trabajo.
—Ah, claro —asumí, sintiéndome un poco tonta por el ritmo que había tomado mi corazón—. Si quieres puedo ayudarte a elegir unas.
—En realidad quiero un arreglo que hayas hecho tú.
—Tendrás que esperarme un momento, tengo otra entrega por hacer. —Me encogí de hombros con una gran sonrisa.
—No importa si tengo que esperar, quiero verte sumergida en tu mundo.
Nos quedamos mirando un buen rato sin decirnos nada y él aprovechó la instancia para acercarse y besarme con mucha pasión. Mi cerrar de ojos fue instantáneo.
—Moría por darte uno desde que me fui a escondidas del baño.
—Pero recién me habías dado uno.
—Por eso. —Sonrió—. Uno no es suficiente, nunca.
Juntamos nuestras frentes y yo respiré hondo para ponerme a trabajar. Así que nos separamos y yo fui a buscar las flores del arreglo. Hice que Edward me siguiera hasta la segunda planta y luego a la oficina de Charlie.
—¿Muchos arreglos por entregar? —me preguntó mientras se sentaba frente al escritorio.
—En realidad no, pero suelo demorarme mucho en hacer uno. Soy una mujer perfeccionista.
—Puedo esperarte todo lo que sea necesario.
Suspiré y deposité mi barbilla entre mis manos mientras me apoyaba con los codos en el escritorio.
—¿Incluso si te digo que tengo un pedido grandísimo de flores para un apasionado galán? —dije, agrupando cuidadosamente los narcisos bajo una base de mimbre.
—¿Apasionado galán? —Se echó a reír.
—Es un pedido de 30 narcisos y jazmines, ¡por supuesto que es un galán! —exclamé—. Son las flores más hermosas que he visto en mi vida.
—No sabía que eran tus favoritas —susurró, aunque no parecía sorprendido.
—Son amarillas, preciosas y llenas de luz. Me parecen perfectas.
Él me miraba divertido, como si ver mi alegría por unas simples flores fuera un panorama único.
Yo seguí adornando los narcisos bajo su atenta mirada y luego fui adhiriendo los jazmines que expelían su intenso aroma. Bajo la base le agregué un lazo dorado que dejaba ver tenues brillos. Era un arreglo glamoroso, alto y espeso; mi especialidad eran los arreglos románticos y sobrios.
—Me gusta verte rodeada de flores —comentó rompiendo el silencio en el que nos habíamos sumergido.
—Mi mundo —musité con una leve sonrisa—. ¿Qué te parece?
—Creo que ese hombre estará muy satisfecho con esto, es hermoso —señaló, tomando un pequeño narciso para ponérmelo en el cabello.
—¡Hey! ¡Es para el cliente! —me reí.
—No creo que al cliente le moleste que uses una de sus flores, porque te ves preciosa con ella —murmuró, alternando la mirada entre mis labios y mis ojos—. Me siento inmensamente afortunado.
—¿Por qué? —inquirí con la voz suave.
—Porque el que tú me quieras es un regalo del que no quiero desprenderme nunca —susurró—. Te miro y nunca puedo dejar de preguntarme por qué tardaste tanto en llegar a mi vida.
Edward siempre hacía que me sonrojara un poquito, pero últimamente se estaba haciendo constante.
—Pues… —le di la vuelta al escritorio y me puse a su lado para acariciarle el cabello mientras nos mirábamos—. Porque si hubiera llegado antes yo habría sido ilegal —me reí, pero Edward se mantuvo serio—, o todo habría sido aún más complejo, ¿no crees? Pienso que es el momento justo.
Él tragó y me tomó la mano para besarla y cerrar sus ojos.
—El momento justo —musitó—. Qué hermosa te ves con esa flor, no te la quites, por favor.
Suspiré.
—Bueno, me la dejaré por ti. —Le lancé un beso y luego volví al escritorio—. ¿Qué quieres para tu hermana?
—Lilas. —Sonrió sutilmente—. Solía ver las flores siempre que nuestra madre las regaba. Sería perfecto para ella.
Pensé en Elizabeth y una idea se me cruzó espontáneamente en la cabeza.
—Haré algo especial para ella, no tardaré, te lo prometo.
Agrupé 15 de mis más hermosas lilas frente a los expectantes ojos de Edward, que me miraba actuar en silencio y muy concentrado. El vivo color ligeramente púrpura resaltaba aún más con unas cuantas florecillas silvestres que fui intercalando uniéndolas con una cinta de encaje. Se acercó para oler las flores y acariciar el arreglo de los tallos con la cinta envuelta en ellos.
—Me parecen perfectas —susurró mirándome a los ojos—. Alice no se equivocó en elegirte para decorar la boda.
—Espero no defraudarla.
—Conmigo no lo has hecho.
Le sonreí de manera coqueta. Edward simplemente correspondió llevando el dorso de su mano a mi mejilla, ese gesto que siempre me dejaba pidiendo más.
—¿Estás bien? —me preguntó de pronto—. Ya se te ha ido la fiebre pero pareces congestionada. Y bueno, con lo que me contaste ayer… ¿Estás mejor?
Caminé hacia él y lo abracé.
—Sí. —Pegué mi barbilla a su pecho y Edward me dio un beso pequeño en la frente—. Gracias por escucharme, me ha sacado un peso de encima, no me juzgaste…
—Jamás lo haría. —Frunció el ceño—. Pero te seré franco: me costará mucho sacarme el coraje desde ahora en adelante.
Cerré los ojos y él me envolvió mucho más, apretándome para recomponerme de la manera en que sabía hacerlo siempre.
—Al menos inténtalo, por mí. Sé que te enojaste con mi padre y que te gustaría pedirle explicaciones.
—Por supuesto, cariño, porque quiero protegerte, de verdad.
Sonreí.
—Con estar conmigo es suficiente.
Asintió luego de unos segundos.
—Espero esta amargura se acabe, pero por lo pronto, creo que Charlie me ha decepcionado más de lo que imaginas.
Bajé la mirada, un poco triste. Lo entendía, Edward era profundamente arbitrario en sus sentimientos.
—A Alice le gustan las cosas tradicionales, quizá rosas, lirios o nardos estarían bien —murmuró para cambiar de tema—. Puedo acompañarte a hacerlas si quieres, verte rodeada de flores es un espectáculo que no quiero perderme nunca más. Me encanta.
Maldita sea, otra vez mi corazón comenzaba a latir muy fuerte. Entre su caricia suave, sus palabras y la forma en la que me miraba, no había escapatoria para todo este manojo de emociones.
—¿Qué hay de especial en verme con flores? —me largué a reír.
Me sujetó de la cintura y me apretó contra él.
—No lo sé, pero me gusta la luminosidad que te brindan las cosas que te gustan —susurró y me besó.
Cerré mis ojos y me dejé llevar por sus labios, que me saboreaban con lentitud, disfrutando de ellos. Yo lo aprisioné con mis brazos en su cuello y él fue dejándome caer en el escritorio de mi propio padre. Sus besos fueron bajando constantemente por mi cuello, acercándose con peligrosidad a mis senos.
—¿Bella? ¿Estás allá arriba? —escuché que decían desde abajo. Era Charlie.
—Mierda, es mi papá —exclamé errática.
Edward arrugó el rostro, evidentemente molesto por la interrupción.
—Tengo que bajar antes que él suba y vea el desorden.
Me arreglé la blusa lo más rápido que pude mientras él intentaba calmar su respiración.
—No creo que haya nada de malo en verme por aquí… tú y yo solos…
Negué.
—Solo actúa como siempre.
Respiré hondo y abrí la puerta, pero él la volvió a cerrar con su brazo tensado a un lado de mi cabeza. Me di la vuelta y me besó otra vez, frenético y deseoso de mí. Por un instante perdí mis cabales, pero volví a escuchar a mi padre allá abajo.
—Edward —lo regañé, poniendo mis manos en su pecho.
—Estoy perdiendo mi autocontrol gracias a ti, cariño, no me culpes —murmuró—. Ve —instó, dándome un último beso.
Me reí y volví a respirar hondo —aunque parecía más un suspiro— y salí de la oficina mientras él se acomodaba la corbata impecable de su traje.
—¡Estoy aquí, papá! —grité, bajando las escaleras a paso rápido.
Me lo encontré subiendo también, justo en el quinto escalón.
—¿En qué estabas? —me preguntó.
—Pues…
—No te preocupes, Charlie, tu hija estaba haciendo un ramo de lilas para mí —dijo Edward, que venía con él en su mano.
Papá levantó las cejas, un poco sorprendido.
—Vaya, un ramo de lilas, ¿a quién planeas conquistar? —bromeó papá mientras bajábamos.
—Son para mi hermana —le dijo el cobrizo en medio de una sonrisa—. Aunque mis planes de conquista a veces suelen ir acompañadas de flores, esta vez son para Elizabeth.
Yo los escuchaba charlar mientras me hacía la desentendida regando las flores que había en el aparador.
—De momento ella sabe que puedo sorprenderla en cualquier momento —añadió, llamando mi atención.
Me di cuenta que estaba mirándome y mi vientre se retorció de manera deliciosa.
—Cuando quiera sorprenderla entonces venga y le haré un arreglo precioso para ella —le dije fingidamente inocente.
—Lo tendré muy en cuenta, Srta. Swan, estoy seguro que le encantaría.
Me aclaré la garganta con sutileza y me volqué en la regadera.
—Bueno, no sabía que realmente existía una mujer, ya estaba pensando en presentarte a algunas amigas de Sue —bromeó con confianza, como si ya fuesen muy amigos.
Las amigas de Sue eran mujeres que tenían, al menos, más de 10 años que yo.
—En otra ocasión habría aceptado encantado, pero ahora quiero sorprender solo a una —enfatizó Edward.
Suspiré y me concentré en mi cometido, aun cuando en mis labios se dibujaba una boba sonrisa.
Ay, Dios, lo quería tanto.
—Bueno, tengo que irme, los planos me han estado esperando durante toda la tarde y aún debo dejarle las flores a mi hermana.
—Oh no, el ramo es un regalo —le dijo papá al ver que Edward sacaba su dinero.
—Ha hecho mucho por nosotros, lo he hecho especialmente para Elizabeth y… para usted —susurré, acercándome a ellos.
Él pestañeó un momento y asintió, complacido.
—Gracias, por esto y por la invitación.
—Ha sido un placer verlo hoy. —Le tendí mi mano y él la tomó con caballerosidad, pero incluso así sentí el calor que emanaba de su piel, el mismo calor que me envolvía cuando me tenía entre sus brazos.
—Lo mismo digo. —Un brillo especial relució en sus ojos, un fulgor que solo yo noté—. Y también gracias por el bourbon, Charlie. —Soltó mi mano con cuidado para hacerlo con papá, dejándome con un intenso frío.
Cuando Edward se marchó me quedé un momento mirando hacia la puerta, pues el frío se había hecho mucho más fuerte. Tras cerrar lo vi en ventana parado para decirme adiós con una sonrisa llena de promesas.
—¿Ocurre algo, Bella? —inquirió papá, quitándome de mi introspección.
—No —sacudí mi cabeza y me fui hasta la escalera—. Tengo que terminar un arreglo bastante elaborado, estaré arriba.
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.
Miré mi oficina después de mucho tiempo sin regresar y entonces sonreí. Era mi primer día luego del mes y medio de trabajo en casa, la enfermedad de Todd y las vacaciones con Edward.
—Como una eternidad de tempestad y paraíso —susurré.
Todo el lugar parecía estar como siempre, a excepción del arreglo floral de narcisos y jazmines que había en medio de mi escritorio, el mismo que había hecho ayer. Me acerqué con el ceño fruncido y toqué el pétalo amarillo con cuidado y luego lo olí, envolviéndome del dulce aroma. Entre las flores había un sobre con una tarjeta que abrí, ansiosa por ver qué decía.
"Felicidades por tu primer día de trabajo luego de ese increíble y frenético mes.
¿Sorprendida por las flores? Verte haciéndolas con tanto cariño me tentó a confesarte que fui yo el "apasionado galán" que las eligió especialmente para ti. Pensé en una flor que me recordara a ti y salieron los narcisos, amarillos, alegres y preciosos, y los jazmines, con su aroma único y su increíble luminosidad… como tú.
Que tenga un buen día, Señorita Swan
Te quiero y no dejo de pensar en ti
Tuyo, siempre
E."
Me dejé caer en la silla con la tarjeta en los labios y los ojos cerrados. No sabía cuántas veces había suspirado como condenada, pero era inevitable. Mi corazón no dejaba de latir enajenadamente, me sentía en una montaña rusa.
Mi ensoñación se vio interrumpida cuando recibí un llamado a mi móvil de parte de mi Bombón Maduro.
—Eres un perfecto tramposo —exclamé entre risas.
—Eso quiere decir que te has encontrado con mi regalo del día —me dijo con suavidad. El sonido de su voz era tan cálido que me mantuvo un minuto saboreándolo.
—Sí, he caído en tu engaño. Ya sabes que me encantan ¡y no porque yo lo haya hecho!
—Lo dije en la florería, eres tú a quien quiero sorprender.
Tragué y apreté el móvil, sintiendo otra vez ese intenso movimiento en mis entrañas.
—Aquí me tienes, sorprendida para ti —mascullé.
De inmediato miré mi reloj, el mismo que Edward me había regalado para mi cumpleaños. Ya no podía sacármelo, llevarlo puesto se había convertido en mi amuleto.
—¿Lo ves? A ese apasionado galán no iba a molestarle que quitaras un narciso para embellecerte aún más.
—Apasionado galán —murmuré sonriente—. He acertado con el nombre, a que sí.
—No quería asumirlo, pero sí —bromeó.
—¿Cómo fue que lograste dejar la tarjeta antes que Quil lo viera?
—En realidad pedí el envío a mi oficina y luego fui a dejarlas yo a la recepción. Estaba ansioso por verte, pero me pareció mejor idea imaginar tu expresión.
—Un calculador tramposo.
—Me declaro culpable.
Un sonido bastante escabroso se sintió desde su lado del teléfono, parecía como si fueran cientos de taladros a la vez.
—Lo siento, estoy supervisando los arreglos del buque.
Justo en ese momento entró Jane, que al ver las flores abrió inmensamente los ojos.
—Está bien, yo debo volver al trabajo. ¿Te veré para la elección de las flores de Alice?
—Por supuesto que sí, ya sabes que tú y las flores son una combinación que no me perdería por nada del mundo. Que tengas un buen día, Isabella. Recuerda que te quiero.
Cerré los ojos un momento, sintiéndome en una nube.
—También te quiero. Muchísimo —susurré, un poco avergonzada por la forma en que Jane me estaba mirando.
Cuando cortamos me quedé un momento con el móvil en el pecho, mordiéndome el labio como una tonta, aun cuando Jane estaba de piedra frente a las flores.
—Oh Dios mío, ¿qué demonios significa esto? —exclamó, tocando uno de los pétalos—. Mierda, son tan lindas.
—Son… flores. —Me encogí de hombros.
Me miró como diciéndome "¿me estás tomando el pelo?".
—Está bien, me lo ha regalado… alguien. —Sonreí—. ¡No toques esa tarjeta!
Se la quité de las manos y la guardé celosamente en mi cajón.
—Vaya, qué misterio —dijo—. ¿Estabas hablando con él?
—Pues sí, ¿no se nota? —Me apunté, ruborizada, suspirando, con una sonrisa radiante.
Edward y sus efectos.
Jane tiró de la silla y la acercó al escritorio, sentándose frente a mí.
—Primer día y te reciben como una verdadera reina. Te envidio.
—Solo me estoy dejando cortejar, ya sabes que lo disfruto.
Enarcó una ceja y se cruzó de brazos.
—Los hombres que regalan flores son peligrosos, ten eso en mente, sobre todo si se toman la molestia de seleccionar narcisos y jazmines, la mayoría solo conoce las rosas —exclamó.
Acuné mi rostro entre mis manos y me quedé un momento así, reflexionando sobre lo que me decía.
—Estoy comenzando a asumir que esto me está gustando más de lo planeado.
—Esa es información nueva… o quizá estoy oyendo mal y es el diablo queriendo confundirme.
—Sí —suspiré—, es que lo quiero. Pero bueno, no quiero hablar de eso.
Sacudí la cabeza y acaricié un momento las flores, mientras Jane miraba constantemente el arreglo.
—¿Aro ha llegado? —le pregunté. Aún tenía la confesión de Edward en la cabeza.
—No, tanto Trace como papá aún están en el viaje. Creo que llegan mañana. Pero bueno, romanticona, iré a mi oficina, si necesitas algo me avisas.
—Jane —la llamé inocentemente. Ella se giró, curiosa—. ¿Tú… conoces a Renata Vulturi?
Frunció el ceño.
—¿Renata? Es mi prima, bastante lejana, por cierto. ¿Por qué?
—Solo… curiosidad.
—Renata nunca ha tenido relación conmigo, ni siquiera la recuerdo muy bien. Es bastante más cercana a mi padre, aunque ya hace mucho que no se ven. Ella me tiene sin cuidado, no es de mi simpatía.
Volví a reírme por la franca apatía que sentía Jane por esa mujer. En definitiva, no debía ser una persona muy nombrada en su familia para que eso ocurriera, aunque en realidad, mi amiga tampoco se llevaba muy bien con los de su propia estirpe.
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Odiaba aceptarlo, pero estaba ansiosa por verlo. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez, cuando lo vi marchar de la florería.
Hoy, él y yo nos encontraríamos en las afueras de mi trabajo para ir a la florería y seleccionar las flores de la boda, aprovechando mi tarde libre.
Me encontraba en la entrada, mirando el reloj a cada minuto, expectante por escuchar el sonido de su Cadillac —una alarma que se había vuelto característica para su llegada—. Me había demorado un poco en salir y esperaba verlo afuera, pero ni atisbos.
Los minutos comenzaron a hacerse eternos a medida que iba dándome cuenta del tiempo que llevaba sin ninguna señal de su paradero. Ya pasaba la media hora y no había rastro de él, así que decidí llamarlo por quinta vez.
La guinda del postre fue que, en ese preciso momento, el móvil de Edward me envió a mensaje de voz. Otra vez no me había contestado. Bufé y miré el teléfono nuevamente, esperando alguna llamada de regreso. Nada. Por algún motivo me atreví a llamarlo por última vez. No quería decepcionarme de él, ¡Edward había prometido que nos veríamos hoy!
Mi corazón dio un brinco cuando, al sexto timbrazo, contestó.
—Edward, ¿dónde estás? —inquirí preocupada—. Llevo mucho tiempo esperan…
Solo oía su respiración pesada, casi como un gruñido.
—Ed…
Un quejido me interrumpió y luego cortó.
—¿Edward? —insistí, aun cuando no había más que un vacío detrás de la línea.
Sentí una fuerte desesperación en mis entrañas, casi como si algo estuviera hurgando entre ellas. No lo pensé ni dos veces. Tomé un taxi y me dirigí de inmediato al departamento de Edward, mi intuición me decía que él estaba ahí. Cuando el coche paró frente al edificio, pagué y corrí hacia allá. La estricta conserjería no me dejó entrar hasta identificarme, así que lo hice a regañadientes. En el instante en que me dejaron ingresar, avancé sin pensarlo hacia el ascensor, corriendo como una loca mientras hacía memoria sobre el código del departamento. Llegué al piso con el corazón cada vez más rápido y la boca seca de miedo y preocupación. Mi pecho me ardía y las manos me temblaban, porque sabía que algo ocurría con Edward. Una vez adentro miré hacia los rincones, buscándolo por algún lado, pero no lo encontré. Tragué y me encaminé hacia la sala, sintiendo el vacío sepulcral de su ausencia. Quizá ni siquiera está aquí, pensé mientras corría hacia la habitación.
Pero entonces lo vi y una angustia flameó en mi pecho y mi garganta, amenazándome con el llanto.
—Mierda, ¡Edward! —exclamé al encontrarlo acostado boca arriba, haciendo una mueca de dolor mientras se sujetaba la cabeza con ambas manos.
Corrí hacia él sintiendo el terror en todo mi cuerpo. Puse mis manos en sus mejillas, buscando algún signo que pudiera indicarme qué le ocurría, pero Edward ni siquiera parecía estar consciente de su realidad.
—Edward, soy yo, Bella, dime algo por favor —le supliqué con un nudo en mi garganta, pero él lo único que hacía era emitir quejidos de dolor.
El miedo me carcomía la piel de cada parte de mi cuerpo, la sensación me tenía inoperante. Mierda, quizá es una aneurisma, pensé angustiada, tengo que llamar a una ambulancia.
Justo en ese preciso instante el teléfono de Edward sonó. Lo tomé sin pensarlo y vi que era Carlisle. No dudé en contestar.
—Sr. Cullen, soy yo, Bella —exclamé con la garganta seca, echándome a llorar con miedo y desesperación.
—Tranquila, Bella, ¿qué pasa? Me estás asustando.
Tragué, intentando controlarme.
—Es… Estoy con su hijo, está desesperado de dolor, se toma la cabeza y… estoy preocupada y aterrada, quizá algo le pasó… ¿Qué hago? C-creo que llamaré a la ambulancia…
Apenas podía hablar, el miedo de verlo desvalido y de que algo grave le estuviera pasando me tenía al borde del llanto.
—Tranquila, ¿dónde están?
—En su departamento —sollocé.
—Iré enseguida.
—Quizá deba llamar a la ambulancia —insistí.
—Tranquila, estoy bastante cerca. No lo hagas.
Corté, temblando de pies a cabeza. Cuando el móvil acabó la llamada, volví a la pantalla de inicio. Iba a dejarlo a un lado, pero algo llamó mi atención de forma desconcertante, pues aparte de todas mis llamadas sin contestar, también tenía acumulado cientos de mensajes de alguien con un número sin identificar. La bilis se me subió a la garganta cuando noté que todos ellos tenían un solo remitente.
—Renata Vulturi —susurré.
Buenas tardes, les traigo un nuevo capítulo de esta historia. ¿Qué les ha parecido la historia completa de Bella? Me sorprendió que muchas hayan creído que Todd era hijo de Bella, para la sorpresa de muchas, ese no es el caso. Ahora bien, ¿qué creen que pase con Edward? La parte final puede significar muchas cosas
Quiero comentarles que espero que su compromiso para con mis historias se lleve a cabo. Sé que muchas me leen y que muchas son fantasmas, pero insisto, un gracias incentiva un montón a una autora. De verdad espero que, así como pasó con Indomable, el cariño y el compromiso de ustedes se refleje en ESEDLI también, historia en la que muchas me han estado conociendo. Muchas ya saben lo desmotivante que es, en muchas ocasiones, no recibir el apoyo de parte de ustedes, ya que siempre les estoy teniendo imágenes editadas (que yo misma hago), trailers, música, adelantos, etc, ¡no dejen que las autoras sigamos abandonando este fandom! Quedamos pocas escribiendo y, en mi caso, yo de verdad intento de todo corazón que sea una historia bien hecha y con emociones a flor de piel, créanme que no es fácil
Agradezco los reviews de todas, ¡me encanta leerlas! Sea lo que sea que escriban. Y para premiar a todas las personas que están dejando review, recuerden que desde este capítulo, para todas quienes me comenten en fanfiction, les llegará un adelanto vía mensaje para quienes tengan cuenta, o bien, quienes no tengan, pongan su correo (con espacios intercalados), para yo poder enviarselos directamente durante la semana. ¡Espero eso les anime a comentar! Y por si no fuera poco, en mi grupo hay un concurso, donde podrán ganarse una imagen con una escena de este fic que es de ALTO impacto. Para poder saber más, sólo deben ingresar a mi grupo de facebook que se llama "Fanfiction: Baisers Ardents"
Cariños a todas
Baisers!
