Disclaimer: obviamente, los personajes no son míos ni soy la Rowling, porque si fuera ella, estaría escribiendo lo que pasó durante esos 19 años intermedios hasta el epílogo. Yo solo los tomo prestados y trastoco sus vidas un poco, jeje.

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Capítulo 29: Chocolate en exceso

Un chico moreno y otro pelirrojo caminaban apresuradamente por Oxford Street. El reloj marcaba las dos y media y todavía no habían encontrado lo que buscaban. Los almacenes Harrod's podían ser muy grandes y lujosos, pero no tenían ni idea de satisfacer las necesidades de un niño de once años enamorado por primera vez. Esperaban que en esa otra calle céntrica y repleta de tiendas la encontraran al fin.

Porque era algo eran conscientes ambos: no abandonarían Londres sin la casita del árbol de Beth.

Efectivamente, James y Eric aprovecharon esa mañana para ir en busca del regalo perfecto para la niña. Después del incidente, el pelirrojo no había tenido que hacer nada para convencer a su hermano de que lo acompañara. Y es que de alguna forma, la fragilidad de Beth había conseguido llegar a los corazones de toda la familia que habitaba Lily Cottage.

El día en Londres no estaba siendo muy agradable; la temperatura era baja y daban gracias de haber llevado unas chaquetas. El cielo estaba encapotado y aunque no amenazaba lluvia inmediata, al día siguiente no dudaría en descargar. Nada de esto impedía que miles de turistas pasearan o hicieran colas en los lugares mas emblemáticos, eso si, pertrechados con un paraguas tal y como aconsejaban todas las guías de viaje.

Casi por casualidad, James fue a chocar con una señora mayor. Tenía el cabello gris oscuro y lo llevaba recogido en un moño alto y estirado; su nariz era larga, y sus ojos marrones, casi negros eran muy pequeños. Pero lo que más llamaba la atención era la mueca de disgusto continuo que tenían sus finos labios pintados de morado. Se quedaron mirando durante unos segundos que al chico se le hicieron eternos.

- Perdone, no la había visto. Disculpe. –dijo James y se dispuso a seguir su camino.

- ¿Cómo está tu padre? –preguntó ella a bocajarro, haciendo que James se detuviera y volteara a mirarla. No había sentimiento alguno en su voz.

- ¿La conozco?

- No.

- ¿Deberia?

- No.

- Pero usted si que conoció a mi padre ¿no? –James intentaba buscarle el sentido a esa conversación, pero aun no lo encontraba.

- Así es.

- Lamento decirle que mi padre murió en un accidente de coche junto a mi madre, hace cinco meses ya de ello. –dijo James con tristeza.

- ¿Harry murió? –por primera vez los ojos de la mujer cambiaron su expresión y parecieron…tristes.

- Si.

- Oh. ¿Y qué ha sido de ti? ¿Tienes hermanos? ¿Te cuidan bien? –sus preguntas siempre eran formuladas una detrás de otra, sin darse tiempo a respirar.

- Tengo seis hermanos pequeños y estamos todos muy bien, señora. Gracias. Nuestros padres nos dejaron con las dos mejores personas que existían después de ellos. No nos falta el amor.

- ¿Eres como él? –bajó mucho la voz al preguntarlo y lo miró fijamente.

Eric, que había seguido caminando, se dio cuenta de la falta de su hermano al pararse en el escaparate de una tienda. Era justo lo que quería, pensó sonriente mientras no le quitaba ojo a la fotografía. Pero ahora James no estaba, volteó para buscarlo, pero nada. Se puso de puntillas para ver por encima del resto de la gente, era un niño alto y no tuvo que esforzarse mucho. Lo encontró parado en medio de una rotonda y fue corriendo hacia él.

- James, James, la encontré. –gritó Eric cuando llegó a su lado y sacudió su brazo izquierdo.

- Enseguida vamos, Eric. –contestó James sin apartar sus ojos de la mujer y con tono distraído.

- ¿Lo eres? –insistió la mujer.

- Si se refiere a si puedo hacer cosas…ummm…fuera de la común, si. Todos somos como él. –de alguna forma supo que ella se refería a la magia y que no había ninguna otra interpretación para su pregunta.

- Ya veo. ¿Y nunca os habló de su familia? Veo que te llamas como tu abuelo.

- Mis abuelos murieron cuando mi padre tenia un año, y su familia siempre fueron los Weasley y tía Hermione.

- La chica inteligente y bonita. –recordó la mujer.

- Por favor, dígame quien es usted. –pidió James muy educadamente. No entendía nada y tal vez sabiendo quien era…comenzaría a asimilar sus preguntas y encontrarles una justificación.

- Petunia Dursley.

- Lo siento, no…

- Soy la hermana de tu abuela Lily; tía de tu padre.

- Oh.

- Siento mucho lo ocurrido a tus padres, de veras. En ningún momento se me olvidó que era mi sobrino, aunque a veces lo pareciera. Sois unos chicos muy guapos, me alegro de que al final tuviera la familia que siempre quiso.

Sin más la mujer siguió caminando y no miró atrás en ningún momento. Los dos chicos Potter se quedaron allí en medio con una sensación extraña en el cuerpo. Había sido un encuentro inesperado y hasta cierto punto surrealista. Tenían más familia de la que pensaba, pero de alguna manera supieron que esa relación no tenía futuro. Con muchas dudas en su mente, James meneó la cabeza y se volvió hacia su hermano.

- Vamos a comprar la casita. –le pasó un brazo protector por los hombros y caminaron hacia la tienda.

- James, esa señora…

- No se muy bien como interpretar cada una de sus palabras.

- Creía que papá no tenía familia.

- También yo.

- Pero no sé qué pensar de ella.

- Tampoco yo. Así que será mejor que compremos la casa. No querrás que nos la quiten ¿no? –sonrió el moreno mirando a su hermano.

- ¡No! Claro que no. –se apresuró a decir Eric.- Es perfecta, James. Es la casa.

- bien. Aun tenemos que ir a la librería para recoger el encargo de tía Hermione, y después derechitos a La Madriguera. Tengo ganas de ver a la yaya, ¿tu no?

- Oh, si. Me pregunto si tendrá tarta de melaza como siempre. –dijo Eric relamiéndose la boca y provocando que su hermano riera.

En una pequeña tienda de Oxford Street, compraron la casita del árbol. Era de madera blanca y tenia el dejado en rojo. En dos de los lados había una ventana y en otro la puerta para entrar. Alrededor tenía una especie del balconcillo desde el que bajaba la escalera en forma de caracol. James enseguida estuvo de acuerdo con Eric de que era la indicada, pero…había un problema. Se la tenían que llevar desmontada.

No sabían si confiar mucho o no en la pericia de su tío Ron con el martillo y los clavos. Pero no tenían duda de que el pobre pelirrojo pondría todo su empeño en conseguirlo. James vio con orgullo y expectación como Eric abría una bolsita con todos sus ahorros del último año y esta se quedaba vacía. Sin duda, el amor nos hace hacer sacrificios que luego se pueden ver recompensados o no.

Sus tíos se habían ofrecido a pagarla, pero el pelirrojote había tomado el tema de la casita como algo personal e intransferible y no había aceptado el trato. Se había quedado sin ningún ahorro, pero cuando salieron de la puerta con la caja bajo el brazo, la sonrisa de Eric no podía ser más grande.

- Vamos a tomar algo. –propuso el moreno.

- Pero James, la yaya…-Eric estaba indeciso. Tenía muchas ganas de ver a la señora Weasley, que siempre se deshacía en atenciones con todos ellos.

- No importa la yaya ahora. Luego iremos a verla; solo nos retrasaremos media hora.

- Pero yo no tengo dinero. –admitió sonrojándose un poco.

- Lo se. Pero esta vez invito yo. ¿Te parece?

- Bueno.

- Pero antes vamos a buscar el libro que tía Hermione quiere regalarle a Beth. No sé que nos haría si nos presentáramos sin él.

- Vale.

Caminaron despacio por la calle hasta llegar a Covent Garden. Allí había una pequeñísima librería que había hecho las delicias de Hermione cuando la vio por primera vez. El dependiente era un hombre muy mayor, con gafas en forma de media luna y el cabello blanco y escaso. Reconoció enseguida el nombre de la castaña y fue a buscar el paquete que ya estaba primorosamente envuelto. Ellos lo pagaron y salieron.

- James…-dijo Eric al cabo de unos minutos.

- ¿Si?

- Viendo tantos libros, he pensado que tía Hermione…

- Ver libros y pensar en tía Hermione también es frecuente en mi. –sonrió James.

- Si. Pero yo estaba pensando que ella perdió su libro más querido.

- Historia de Hogwarts.

- Si.

- ¿Quieres que se lo compremos? –dijo James adivinando sus pensamientos.

- Si. Pero de una manera muy especial; porque tía Hermione es muy especial. Tendríamos que encontrar un ejemplar muy antiguo y ponerle una dedicatoria bonita. Después podríamos firmarlo todos.

- Eso le haría muchísima ilusión. Ya puedo verla llorando.

- ¿Te gustó la idea, entonces?

- Si, muchísimo. Se podríamos regalar para su cumpleaños; ya no falta demasiado.

- Vale.

Entraron en una heladería cercana y aunque el tiempo no acompañaba, a ellos les apeteció una copa de helado con una bola de chocolate y otra de vainilla y un canutillo de canela. Normalmente, James y Eric no tenían mucho tiempo para estar juntos, pues se movían en círculos de amistades diferentes. Pero poco a poco iban uniendo de nuevo ese hilo transparente que los conectaría de por vida. En un impulso, el moreno le revolvió el cabello rojo a su hermano y ambos sonrieron.

- Echo de menos a papá y mamá; pero los tíos se han portado muy bien con nosotros y los quiero mucho también. –dijo Eric, que con esa frase había resumido lo que sentían todos los niños Potter por igual.

- A mi me pasa lo mismo. –convino James.

- No quiero decir que me vaya a olvidar de papá y mamá. Ellos siempre estarán conmigo, es solo que…-se encogió de hombros y se llevó una cucharada de chocolate a la boca.

- Lo se, tranquilo.

- Tío Ron es muy divertido, y tía Hermi nos cuida igual que lo hacia mamá. Bueno, no igual, pero lo más parecido posible.

- Es muy buena con todos nosotros.

- Tal vez suene egoísta, pero me habría gustado que papá estuviera conmigo en King's Cross cuando partamos hacia Hogwarts en septiembre. Y ver a mamá llorando porque nos iba a echar de menos. Darles un último abrazo sabiendo que a la vuelta los volvería a ver.

- A mi también me habría gustado, y no es egoísta para nada, Eric.

- Es que tengo ganas de ir a Hogwarts pero al mismo tiempo no quiero ir. ¿Puedes entenderlo?

- Creo que si. Por un lado no quieres dejar a tus amigos ni a la seguridad que te dan los tíos, y por otro lado estás deseando hacer nuevos amigos, tener una varita y conocer todos los hechizos y secretos del mundo mágico.

- Exacto.

- No pasa nada, Eric. Todos nos sentimos así el primer año. Yo estaba aterrado y os echaba de menos a vosotros, a papá y a mamá. Pero para ti va a ser más fácil; Lily y yo estaremos allí contigo, en todo momento, siempre que nos necesites.

- Si. –dijo Eric desganado terminando su bola de chocolate.

- Además, harás muchos amigos. –continuó animándolo James.- No todos los niños magos son como los del pueblo.

- Pero yo ya tengo amigos.

- Pues harás más y tendrás más.

- Pero yo no quiero cambiar los que tengo. –Eric solo podía pensar en una persona.- Le prometí a Beth que siempre seria su amigo.

- Y así será, pero eso no tiene que coartarte para hacer nuevos amigos.

- Umm…-Eric pareció meditarlo durante unos segundos.- ¿Tu crees que vaya a Gryffindor?

- Es muy probable. –dijo James tomando un sorbo de su coca-cola.

- Porque yo no quiero ir a ninguna otra.

- Papá me dijo en mi primer año que no hay ninguna casa mala, sino magos malos.

- Pero Slytherin…

- Bueno, siempre existirá esa rivalidad entre Slytherin y Gryffindor, no podemos evitarlo. Pero no es una casa mala, solo un tanto especial.

- Ummm…

- Aunque entre tu y yo, la mejor es Gryffindor, sin duda. –James adoptó un tono de confidencias que hizo sonreír a su hermano.

- Lo se.

- Y tu eres muy valiente, Eric. Estoy seguro de que irás a Gryffindor. –le revolvió de nuevo el cabello despreocupadamente.

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La mañana pasó volando para Ron. James y Eric tenían pensado visitar a sus abuelos después de comprar la casita, y no volverían hasta la tarde; y Lily y Molly habían telefoneado diciendo que se quedaban a comer en casa de Beth y que luego verían una película muggle. El pelirrojo frunció el ceño al darse cuenta de lo que eso significaba… nuevamente.

Esos niños habían descubierto como acabar con él y no dudaban en demostrárselo a cada momento. Miró la sala de estar con detenimiento y vio como tras personitas lo miraban sonrientes. Brian se había distraído de la libreta que estaba pintando, Rose señalaba ansiosa una muñeca que se hallaba en el otro lado del salón, y Leo intentaba auparse en el parque de juegos y que Ron lo cogiera.

Hermione llevaba toda la mañana en la cama, y Ron pensaba que realmente debía de estar mal cuando no había protestado en ningún momento. Sonrió al recordar las sensaciones de su encuentro en el ago y después sacudió la cabeza. El reloj de encima de la chimenea marcó las dos cuando él miraba por la ventana. El tiempo estaba siendo caprichoso y hoy lucia encapotado. Cientos de nubes grises se arremolinaban encima de ellos con la intención de descargar en cualquier momento. La temperatura era fresca, para estar ya en el mes de julio. Pero la vegetación del lugar se hallaba en su máximo esplendor antes de la entrada del otoño en pocos meses.

- Tío Lon…-la dulce voz de Rose sacó a Ron de sus ensoñaciones.

- Dime. –bajó la mirada al suelo y prestó toda su atención a lo que quería decirle la niña.

- Tengo hamble.

- Yo también. –dijo él como si fuera lo mas normal del mundo.

- Pelo yo quielo comel. –insistió la pelirrojita.

- ¿Y qué quieres comer?

- Quielo espaguetis.

- Umm…de eso no hay. –Ron repasó mentalmente la despensa.

- Pues patatas con calne. –dijo Rose después de pensarlo unos segundos.

- De eso tampoco hay.

- Pelo tío Lon, vamos a comel ¿no?

- Si.

- ¿Poz que vamos a comel si no hay nada?

- Verdura con pescado.

- Uixxx, no. No tío Lon, eso no me gusta.

- A mi tampoco. –se unió Brian volviendo a levantar la cabeza de su libreta.

- Pues es lo que hay.

- Umm…-Rose se quedó callada y con la mirada perdida. Estaba maquinando algo y eso no auguraba nada bueno para Ron.

Instintivamente se miró la ropa para comprobar con alivio que no volvía a ser rosa. No se lo había dicho a nadie, pero había tenido hasta pesadillas con el incidente.

- Comeremos verdura con pescado, y si os portáis bien, de postre habrá pastel de chocolate. –negoció.

- Siii. –a Brian se le iluminaron sus ojitos verdes. Había sido un poco difícil separarlo de Hermione, pues estaba muy sensiblón. Pero después de ver a su tía enfermita y de que Ron se ganase su sonrisa con unas cuantas cosquillas, había accedido a bajar.

- Vale. Tlato hecho. –dijo Rose después de un rato y extendió su pequeña manita de manera solemne.

Ahogando una estruendosa carcajada que pugnaba por salir de su garganta, Ron se acuclilló hasta estar a la altura de Rose y le estrechó la mano. La niña lo miró sonriente y contenta y él no pudo evitar tirar de ella y cogerla en brazos al tiempo que le hacia cosquillas en el costado.

- Tío Lon, pala que tengo muchas. –decía Rose contorsionándose.

- Eres una pequeña bruja muy traviesa. ¿Lo sabes?

- Si, jejeje. Papi decía lo mismo.

- El único que se porta bien en esta familia es Brian, ¿verdad campeón?

- Bueno…-Brian se había puesto de pie ignorando su libreta y tenia las manos recogidas a la espalda.

- Claro que si. Ven aquí. –Ron volvió a agacharse y lo cogió con su otro brazo.

Los dos niños se agarraron fuertes al cuello del pelirrojo mientras caminaban hacia la cocina. El pequeño Leo se había quedado solo en el salón, pero tan solo tendría que esperar unos minutos. En la cocina, Ron bajó a los niños depositándolos en sendas sillas frente a la mesa y movió su varita varias veces de un lado a otro. Enseguida todo comenzó a bullir de actividad y en cuestión de tres minutos, había tres platos de verdura con pescado servidos y el biberón de Leo caliente.

- ¿Y la tía no come? –preguntó Brian.

- No, pequeño. Ella está malita ¿recuerdas? Más tarde le llevaré un poco de sopa.

- Bueno. –se dispuso a comer lentamente y sin rechistar.

- Umm…no me gusta, tío Lon. Yo quielo ahola mi tlozo de pastel. –dijo Rose apartando el plato de su lado.

- Pero hemos hecho un trato ¿no? –Ron volvió a poner el plato en su sitio.

- No es justo. –se enfurruñó cruzándose de brazos.

- Come solo un poquito, Rosie.

- ¿Y me dalás el pastel?

- Si.

- ¿Uno glande?

- Ya veremos. Ahora come.

A regañadientes, Rose cogió el tenedor y comenzó a picar un poco de verdura. Mientras tanto, en el fuego se estaba cocinando un nutritivo caldo de pollo que Ron tenia intención de subir a Hermione nada más terminasen de comer los dos niños. Él apenas probó bocado de su plato y ni siquiera se sentó, cosa que no pasó desapercibido para Rose. Sin embargo, no tuvo tiempo de recriminarle, ya que el pelirrojo salió a por Leo.

El bebé se entretenía mordiendo uno de sus peluches y dejando un rastro de babas por todos lados. Sus ojitos azules se iluminaron cuando vieron a Ron y enseguida alzó sus rollizos brazos para que lo cogiera, cosa que el pelirrojo hizo gustoso. El embriagante olor dulzor de la cabeza de Leo se coló por sus fosas nasales y bajó sus labios para besarla.

A pesar de todo lo que pudiera ocurrir, Ron no podía ocultar que esa faceta de "papá" le encantaba, y aunque aun era pronto, se había permitido hasta soñar con tener un pequeño bebé Weasley-Granger correteando entre tanto Potter. Claro que no se lo había comentado a Hermione, en muchos aspectos la castaña seguía siendo todo un enigma para él.

De regreso a la cocina, se sentó con Leo en su regazo y le dio el biberón. Alzó sus ojos para mirar a los otros dos niños, y no se sorprendió al ver que el plato de Rose seguía intacto y que ella comía con ganas su trozo de pastel. Brian, más comedido, intercalaba el postre con la comida. Ron bufó y movió la cabeza negativamente.

- Rose…-dijo a modo de advertencia.

- Tío Lon, quielo lompel el tlato. –dijo Rose muy resueltamente.

- Creo que ya lo has hecho.

- La veldula no me gusta. Yo no como velde.

- Tienes que comerla, Rose, es nutritiva.

- Yo no quielo nutlitivo, quielo chocolate.

- Tu tía va a matarme, ¿sabes?

- ¿Y eso polqué?

- Porque no habéis comido bien.

- Poz no se lo digas.

El pobre Brian observaba el intercambio dialéctico entre su tío y su hermana sin saber qué hacer. A él tampoco le gustaba la comida; toleraba el pescado, pero la verdura simplemente no le entraba. La estaba comiendo por no decepcionar al pelirrojo y porque él no era un descarado como su hermana.

- Umm… ¿y tu tampoco se lo dirás?

- Clalo que no.

- ¿Tengo tu palabra?

- ¿Tengo mi pastel pala comel?

- Si.

- Poz no dilé nada a la tía.

- Bien.

- Bien. –y Rose volvió a comerse tranquilamente su pastel de chocolate.

- Comete tu también el pastel, Brian. –le indicó Ron al niño.

- No, yo…da igual…

- Se que no te gusta la verdura, chiquitín.

- Pero yo me la como. –Brian hablaba muy flojito y suave.

- Si él no quiele su pastel, me lo como yo, tío Lon. –interfirió Rose.

- Tu ya tienes bastante pastel, brujita. –dijo Ron mientras Leo apuraba su biberón y después eructaba casi enseguida.

Mas tarde, Ron le subió un cuenco con el caldo de pollo a Hermione, pero ella estaba completamente dormida y él no quiso despertarla. Cerró la puerta con sigilo y volvió a bajar las escaleras. Aun era pronto para que los cuatro niños que faltaban regresaran. Puso a dormir a Leo en el moisés que había en el salón y dejó a Brian y a Rose viendo una película infantil en la televisión.

Él caminó hasta el estudio-biblioteca que Hermione había montado, y después de mirar a ambos lados cerciorándose de que no lo veía nadie, se arrodilló en el suelo cerca de la estantería más alejada del ventanal. Era un hueco muy oscuro, aunque eso no había impedido que la castaña lo llenase de libros. Ron sacó la mitad de los que había y metió la mano hasta llegar al fondo; lentamente volvió a sacarla segundos después.

En sus manos ahora había una carpeta que poco a poco se hacia más gruesa. Era de color amarillo y estaba hechizada para que solo él pudiera ver lo que había dentro. Si por algún casual alguien la encontraba, solo vería un puñado de cartas de amor viejas. No convenía que nadie más supiera lo que había allí dentro. Porque sobretodo, ella no debía de entrarse…nunca.

Se levantó con la carpeta y se sentó detrás del escritorio. La abrió y revisó uno por uno los documentos que ya se sabia de memoria. La verdad es que había recopilado mucha información teniendo en cuenta el asunto del que se trataba; pero lo malo es que era insuficiente y de un tiempo a esta parte se había atascado.

- ¿Quién eres? –preguntó retóricamente al papel.

Se pasó una mano por el cabello pelirrojo y se reclinó en la silla. Había llegado el momento de pedir ayuda. Debería revelar algunos detalles importantes y personales, pero sabia que esas tres personas eran de confianza. Cuatro, porque contaba con que seguramente el castaño se lo contaría a su esposa. No importaba, ella también era leal. El quid era que él no iba a quedarse de brazos cruzados sabiendo lo ocurrido.

Se levantó y caminó hasta la mesita que había enfrente del ventanal. En el cielo, el sol se iba escondiendo con presteza detrás de las nubes. Pronto todo volvería a estar oscuro y la casa concurrida de gente. Descolgó el teléfono y marcó un número. Debía reconocer que la tecnología muggle era de bastante ayuda en muchos sentidos.

- ¿Si? –dijo la voz sosegada de un hombre al otro lado de la línea?

- Soy Ron.

- ¡Ron! ¡Cuánto me alegro de saber de ti! ¿Cómo van las cosas por Escocia?

- Muy bien. Somos una familia bastante alborotadora y ruidosa, pero con siete niños…

- Lo se, es lo que hay. Yo solo tengo dos y a veces es un caos también.

- Si.

- ¿Y a qué debo tu llamada?

- Necesito tu ayuda.

- Por el tono de tu voz deduzco que es importante.

- De suma importancia y confidencialidad.

Mientras tanto en el salón, los dos pequeños Potter se habían cansado de ver la televisión y mataban el tiempo jugando con sus muñecos o coloreando. Cerca de la chimenea, como vigilándolos, se encontraba Crookshanks con su mirada ambarina y penetrante. En ocasiones a Rose le gustaba mirarlo fijamente y enzarzarse en un reto épico para ver quien apartaba los ojos antes. No habían tenido ningún problema con el gato de su hermana; Mr Potts apenas salía de la habitación de Lily y se pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo, además que los niños no parecían gustarle mucho. Crookshanks era mucho más divertido en ese aspecto. Y Nails siempre andaba correteando por el jardín o chapoteando en el lago, sin duda era el perro más feliz del mundo.

Pero Rose no estaba contenta con sus muñecas. Se suponía que ella les estaba "enseñando" los números en su pequeña pizarrilla portátil, y ellas no le estaban prestando atención y no aprendían nada. Ya había castigado a Arielle y a Brielle y se estaba cansando. Encima su estomago le estaba jugando una mala pasada y no dejaba de gruñir. Tenía hambre de nuevo.

- ¿Dónde vas Rosie? –preguntó Brian viendo como la niña se levantaba con decisión.

- A hablal con el tío Lon. Tengo hamble otla vez.

- Pero el tío está hablando por teléfono. No puede atenderte ahora.

- ¿Tu tienes hamble? –tanteó poniendo los brazos en jarras y mirando a su hermano con los ojos entrecerrados.

- Un poco.

- Poz vamos a pol más pastel.

- No podemos, Rosie. El tío…

- Es hola de melendal, Blian. –argumentó Rose. Ya había desistido de avisar a su tío y ahora se dirigía resuelta a la cocina.

- Rosie…-Brian la seguía indeciso.

- ¿Clees que la tía quelá pastel? –dijo parándose en el marco de la puerta de la cocina.

La mención de su tía hizo que a Brian se le disiparan todas sus dudas.

- Oh, si. Podemos llevarle un trozo, Rosie.

- Pelo ella está malita. No bajalá.

- Se lo llevaremos a su habitación.

- ¡Vale!

Diez minutos después, los dos niños salían de la cocina con una mueca de satisfacción en sus rostros. Por ser el mayor y tener más tiento y fuerza, Brian llevaba la bandejita con la porción de pastel de chocolate y un vasco con zumo de melocotón. Había sido fácil prepararlo, ahora lo difícil seria subirlo sin que su tío se diera cuenta. Pero con el pelirrojo no tuvieron problemas; seguía apertrechado en el despacho y hablaba por teléfono de nuevo. Rose iba delante, despejando el camino y dándole las indicaciones a Brian. La pequeña marimandona, como la llamaba su madre, había vuelto. Les tomó casi otros diez minutos subir las escaleras y llegar hasta la puerta cerrada de la habitación de Ron y Hermione.

Aquí se les presentó un pequeño problema de estatura.

- ¿Qué pasa? –preguntó Brian cansado.

- No llego. –contestó Rose.

- ¿Adonde?

- A la puelta; no puedo ablil-la.

- Umm…

- Ablela tu. –ordenó Rose.

- No puedo, llevo la bandeja.

- Poz entonces…-Rose se encogió de hombros con las manos alzadas.

- A ver, espera.

Brian se movió despacio y su hermana acabó por sentarse en el suelo a esperar. El moreno se agachó con mucho cuidado y depositó limpiamente la bandejita en el suelo; era muy cómico ver su carita de concentración mientras sacaba la lengua levemente y apretaba los labios. Soltando un suspiro se levantó y, no sin esfuerzo, abrió la puerta. Rose se levantó de un salto.

- Vale. Ahola coge la bandeja otla vez y vamos. –dijo Rose entrando a la habitación.

- ¿Por qué siempre tengo que hacer lo que tu dices? ¡Yo soy el mayor! –decía Brian mientras recogía la bandeja del suelo.

- Pelo yo soy mejol.

- Noooo. Eso no es cierto.

- No glites, que despeltalás a la tía.

- Umm…-Brian entró detrás de ella.

- ¿Quién la despielta ahola?

- Pero si has dicho que no…

- Siemple tengo que hacel-lo yo todo. –dijo Rose encaramándose a la cama.

- Tendrá morro. –rezongó el moreno.

- ¿Ron? –murmuró Hermione al escuchar voces.

- Nuuuuu. Tía despielta, te tlaemos la melienda.

- Los dos. –se apresuró a decir Brian parado a un lado de la cama con la bandejita.

- Es pastel de chocolate. –insistió Rose.

- Oh. –la castaña se incorporó y miró a los dos niños.- ¿Lo habéis hecho vosotros dos solos?

- Siiiii. –corearon.

- Vaya. –Hermione no salía de su asombro.

Seguía sintiendo todos los músculos de su cuerpo agarrotados y en la cabeza era como si alguien se dedicara a darle golpes con un martillo. Respiraba con lentitud y su temperatura corporal seguía siendo alta y poco sana. Tenia que reconocer que la fiebre le había subido uno o dos puntos desde esa mañana. Pero al ver lo que los dos niños habían hecho por ella, no dudó en corresponderles con una sonrisa.

- Tía, ¿te gusta el pastel de chocolate? –preguntó Brian presentándole la bandeja. Rose ya estaba instalada en la cama y se estaba quitando los zapatos.

- A todo el mundo le gusta, Blian. –dijo la niña.

- Rosie tiene razón, mi amor. –Hermione cogió la bandeja y la dejó encima de la mesita de noche. Después aupó a Brian hasta ponerlo en su regazo.- ¿Cómo está mi niño bonito?

- Triste.

- ¿Y eso porqué?

- Porque estás malita. –apoyó la cabeza en el pecho de la castaña.

- Oh, mi amor, pero solo es un resfriado. En un par de días estaré mejor.

- Bueno.

- Tía, el pastel. –indicó Rose.

- Oh, se me había olvidado. Que cabeza la mía. –dejó a Brian sentado enfrente suyo, junto a la niña, y procedió a depositar la bandeja encima de sus piernas.

- ¿Está bueno? –preguntó Brian.

- Clalo que está bueno. Nosotlos lo hemos plobado pala comel, leculeda y…ups…-se llevó una mano a la boca.

- ¿Qué habéis comido qué? –preguntó Hermione.

- No debelia habel dicho eso…tío Lon…el tlato…uuuu…

- ¿Brian? –Hermione se volvió hacia el niño.

- Es que había verdura con pescado, tía. Y a Rose no le gusta; a mi tampoco, pero yo comí un poco. Entonces el tío fue a buscar a Leo y Rose se comió su pastel y dejó el plato de la verdura sin comer.

- Voy a tener que hablar con vuestro tío seriamente.

- Nuuuu, tía. Hicimos un tlato. –explicó Rose.

- Ummm…-Hermione dejó caer la cabeza en la almohada.

- ¿Puedo comel de tu pastel, tía? –dijo Rose al ver que la castaña no se lo comía.

- Vas a empacharte.

- Nuuuu; si a mi me gusta mucho el chocolate.

- Ya lo veo. Come un poquito, pero déjale comer a Brian también.

- Pero tía, era para ti. –repuso el aludido mientras Rose ya se llevaba la primera cucharada a la boca.

- Yo no tengo hambre ahora mismo, cariño. –acarició su mejilla izquierda.

Hermione cerró los ojos mientras los dos niños se comían el pastel de chocolate y de paso manchaban toda la colcha de migas. Se sentía sumamente cansada y ahogó un nuevo acceso de vomito que por suerte no se repitió. Las comisuras de los labios de Rose y Brian estaban manchadas de chocolate y ella no pudo evitar sonreír cuando abrió los ojos de nuevo y los vio. Mirar a Brian y a Rose juntos, era como volver a un pasado muy lejano donde Harry y Ginny aun estaban vivos.

- Tía, no te duelmas. –dijo Rose.

- No, mi amor. Solo estoy cansada.

- ¿Y polqué estás malita y cansada?

- Bueno, porque ayer hacia mucho frío u no me puse la chaqueta al salir al jardín.

Rose se acomodó a un lado de su tía y pegó la cabeza al pecho mientras la castaña la envolvía con un brazo. Con Brian pasó exactamente lo mismo, solo que al otro lado. Hermione acariciaba los finos cabellos de esas dos cabecitas inquietas cuando Rose habló de nuevo.

- Tía, cuéntanos un cuento.

- Si, por favor. –se unió Brian.

- ¿Un cuento ahora? No se si me acordaré de alguno.

- Uno pequeñito. –dijo Rose.

- Se dice cortito.

- Poz eso he dicho, pequeñito, coltito

- Ay, Rosie…

- ¡Ay, Rosie! Eso mismo digo yo. –exclamó Ron desde la puerta.

- Hola, tío Lon. –dijo la niña tranquilamente.

- ¿Qué vamos a hacer contigo, Rosie? –Ron se iba acercando lentamente a la cama.

- Nuuu se. –ella se encogió de hombros.

- Eres igual de adorable y poco apegada a las reglas que tu mamá.

- No queríamos molestar a la tía. –dijo Brian compungido y agarrándose fuertemente al camisón de la castaña.

- No me habéis molestado, mi amor. –Hermione le dio un beso en la frente.

- Solo queliamos tlael-le un tlozo de pastel.

- Sin embargo, eres tu la que tiene restos de chocolate.

- Es que…

- ¿Y no os había dicho yo que no molestarais a vuestra tía? Está malita y necesita descansar.

- Ron…

- Pelo tío, ella también tenía hamble. –el estómago de Rose rugió.- Ups.

- Y veo que tu también.

- Yo ahora no tengo hambre. –dijo Brian.

- Pues la cena ya está casi lista. Hace unos minutos llegaron James y Eric, y Lily y Molly no tardaran.

- ¿Y qué hay pala cenal? Nutlitivo no, tío Lon. –pidió Rose.

- Te alegrará saber que hay…espaguetis.

- Pelo tu antes has dicho que no había.

- Bueno, pero ahora si que hay.

- Ummm… ¿y puedo comel ya?

- Claro. Pídele a James que te sirva.

- Tía, el cuento más talde. –Rose se bajó de la cama y salió al pasillo corriendo como una flecha. Los espaguetis eran con diferencia su plato preferido.

- Sacó el gen Weasley ¿eh? –bromeó Hermione.

- No se de qué gen estás hablando. –se desentendió Ron mientras se sentaba a su lado, en el borde de la cama.

- Tío, ¿puedo bajar yo también? A lo mejor como un poquito.

- Claro que si, campeón. Además, creo que James trajo algo para ti que le dio el abuelo Arthur.

Brian bajó de la cama y se fue muy emocionado.

- Has tardado mucho en subir a verme. Llevo todo el día sin verte. –dijo Hermione cuando se quedaron a solas.

- Es que llevas todo el día durmiendo. –acarició su mejilla izquierda.- Pero mira como han puesto todo.

- No importa. Solo trataban de ser amorosos.

- Ya pero…

- No seas gruñón.

- ¡Fregoteo! –el camisón y la colcha quedaron limpias de restos de chocolate y migajas.

- Gracias.

- ¿Y tu como estás? –Ron se pasó una mano por la cintura y se acercó más a ella.

- Cansada y bueno…enfadada.

- ¿Y eso? –le retiró un mechón de pelo castaño de los ojos.

- Ya sabes, no me gusta…

- …estar enferma; lo se.

- Si.

- ¿Quieres cenar algo? Te hice caldo de pollo. –enroscó el mechón de pelo castaño entre sus dedos.

- No tengo hambre, mi amor. De verdad que no.

- Bueno, lo intentaremos mañana a ver. –le tocó la frente.- Te subió la frente.

- Te estás haciendo un experto en eso de tomar la temperatura. –bromeó ella.

- Graciosilla. Si mañana no has mejorado, llamaré a Annie y no hay discusión esta vez.

- ¿Sabes que eres un sol? –acarició uno de los brazos que la envolvían.

- Sabia que era muchas cosas, pero un sol nunca me lo habían dicho. –bromeó ahora él.

- Tonto.

- ¿Puedo hacer algo por ti?

- Tal vez.

- Dímelo.

- Bésame.

- Enseguida.

Ron se inclinó para besarla de manera dulce y pausada, no convenía quitarle el poco aire que entraba en sus pulmones congestionados. Acarició sus mejillas sonrosadas y dejó que ella se colgara de su cuello. A tres metros de distancia, los mismos ojos verdes que los habían visto esa mañana, observaban la escena con una sonrisa ya sincera en los labios. Después se marchó sigilosamente hacia la planta de abajo.

- ¿Estás mejor? –preguntó Ron cuando se separaron y juntó sus frentes para sentirse.

- Bastante mejor. –dijo Hermione cerrando los ojos y abrazándolo fuertemente.