Capítulo 16.- Los violentos de Flores (I)
Primeros niveles del Ministerio del Tiempo
"Look, Mac, you and us? We're just soldiers, right?
We don't even know what this war's all about.
All we do is we fight and we die and for what?
We don't get anything out of it."
"Kelly's heroes" (1970)
Cels observó las metralletas del tanque que les arrinconaban junto al resto de prisioneros en el centro de la gruta.
Era un Panzer Tiger VI: una bestia parda de acero teutón con un blindaje de cien milímetros en el frontal y un cañón del ochenta y ocho. Dos metralletas. La del frontal tenía poco ángulo de recorrido, pero la que el artillero había montado en el puesto de la torre...
Esa se movía.
Cels comprendió que era cuestión de tiempo acabar acribillados. Por el tanque o por las decenas de alemanes apuntándoles en media luna: haberse rendido era una cuestión transitoria. O eso o trinchados como pollos por los romanos y los vándalos, que tras los alemanes ganillas parecían tenerles.
Y a él le estaban bajando los analgésicos y le empezaba a doler el cachete que lo flipas.
- Vamos a morir -pensó en voz alta.
- Es probable -aceptó Reverte, a su lado.
- No parece usted muy nervioso, Arturo -murmuró José.
- Uno sabe poner la cara ya -contestó Reverte-; pero no se crea José: hay miedo.
Cels buscó a David. Lo encontró mirando atentamente, rollo revelación mística, un umbral en el lado norte que había quedado descubierto después de que el Tiger se hubiese abierto paso destrozando medio muro.
- Tengo que llegar a ese agujero -murmuró como hipnotizado-. Creo que Spínola está detrás.
Cels suspiró. Lo último que necesitaban era mierda de Amigara, pero comprendió que David tenía otra cosa en mente. ¿Spínola?
- ¿El general de los tercios? -se extrañó Reverte-. ¿El genovés?
- Es el que se encargaba de la seguridad del Ministerio -explicó-. Leí en los archivos de legal que Roa le tiene preso. El Ministerio antiguo encerraba a sus chungos en el castillo de Loarre, en el siglo XI. Roa tiene otros lugares. En los papeles encontré una descripción de la entrada del de Spínola: un marco triangular.
- Debe haber cientos así.
- Yo no he visto ninguno hasta ahora -reconoció José.
Cels tuvo que admitir que el portal efectivamente estaba acabado en forma triangular: esa parte de Barrio Sésamo la recordaba. Además, si alguien se había tomado la molestia de esconderlo detrás de una pared, debía ser importante. Otra cosa ya era que se pudieran encontrar a un general detrás y que pudiera cambiar la situación o no.
De todas maneras, era un plan mejor que morir.
- Pues... Vamos a necesitar una distracción -suspiró.
- Ese agujero está a más de cien metros de aquí. Más que distracción, lo que vamos a necesitar es un puto circo de tres pistas -protestó Reverte-. Eso contando con que no nos fusilen en los próximos dos minutos.
Cels vio a Joselito con la boca abierta, mirando al oeste.
- Pepa... -murmuró-. ¿Qué haces niña?
Todos giraron la cabeza, entre murmullos y miradas de los demás prisioneros.
Flores y Vargas salían de uno de los umbrales.
Y al final de un palo de escoba, habían atado lo que parecía un delantal de corazones, a modo de bandera blanca.
Varios soldados se acercaron a ellas, sin dejar de apuntarlas.
- Pinche plan de la chingada tuvo, Flores -gruñó Vargas.
Pepa suspiró mientras le quitaban la MP-5 y hacían lo mismo con uno de los revólveres y el rifle de Vargas. Tenía razón: era una locura. Se llevó un par de gratuitas manos al culo (y lo que no era culo también) que fingieron registrarla. Las que fueron a Vargas acabaron encontrando su petaca.
Uno de los soldados bebió, empezando a toser ante las risas de los demás.
- ¡Queremos hablar con quien esté al mando! -gritó Pepa.
Los soldados entonces se rieron de ella y las empujaron, confiados, con los rifles bajos mientras se intercambiaban la nueva petaca de Vargas.
- ¡Ah, ya escuchen a la zarca, pendejones! ¡Estamos con Roa!
- ¡No están con él! -gritó una voz en castellano sureño, a lo lejos-. ¡Mienten!
Pepa le reconoció, acercándose y poniéndose a la altura del oficial que al oír el nombre de Roa había acudido junto con dos soldados más. Era Delgado. Tan rabioso al verlas como, supuso Pepa, enfadado por el puto caso que parecía hacerle su nuevo jefe alemán.
¡Mierda! ¡Con Delgado no contaba!
Buscó con la vista a los sabios, sin verlos entre los prisioneros.
La cosa estaba complicada. Al menos cien alemanes les tenían copados y apuntándoles. Eso por no mencionar el tanque que... En fin... ¡Virgen de la Victoria...!
- ¡Estamos con él! -gritó Pepa bien alto para que todos lo oyeran-. ¡Y tenemos su oro!
El último grito retumbó en toda la caverna por encima del run-run del motor del tanque, el cual acabó oculto por los murmullos de los soldados. El capitán alemán se acercó a ellas y le plantó a Pepa un bofetón de revés que estuvo a punto de estropearle el arreglo del pelo.
Al sentir todavía el peso de la Walther oculta en la nuca (menos mal, no se había caído), Pepa respiró con alivio a pesar de que el capitán le estrujaba los mofletes con la mano para dejar claro quién mandaba.
- Vuelfe a grrritarrr "orrro" una ves más, Mädchen -gruñó-... Y te ato al tanque parrra que mis hombrrres se divierrrtan contigo. Ahorrra, escoge tus palabrrras bien. ¿Dónde está el yudío? ¿Y dónde está el orrro?
Pepa le aguantó la mirada al capitán. Tuvo que reconocer que como amenaza, lo de atarla al tanque intimidaba. Lo de no ir gritando "oro", supuso Pepa, sería por mantener la moral: como había dejado claro Isabel de Castilla, aquellos soldados seguían a Roa por interés y muy probablemente no eran del tipo fiable. Su jefe desde luego no lo parecía: el alemán tenía la cabeza rapada bajo la gorra de plato con la calavera y los huesos de la SS y una cicatriz le cortaba el labio superior. Nariz afilada. Ojos grises. Sólo le faltaba el monóculo y la risa de villano.
- El pinche judió murió -intervino Vargas-. Nosotras lo matamos. Un par de veces. Costó, no se crea.
El capitán parpadeó perplejo, un par de segundos.
Pepa vio cómo se le dibujaba una especie de sonrisa en el rostro, antes de soltarle por fin los mofletes; no hacía falta mucha cabeza para imaginar que aquel pedazo de nazi tenía bastante claro qué hacer con Roa en cuanto tuviera el oro a mano; supuso que Roa, como no era tonto, también tenía para él algún tipo de sorpresa preparada para cuando su encargo, fuera cual fuese, estuviese terminado. Pepa trató de buscar otra solución, sin encontrarla. La opción de llegar a un acuerdo nunca había llegado a tener muchas posibilidades, pero con aquel siesomanío delante, es que no les quedaba otra que salir a tiros.
Y eso iba a poner en peligro a lo sabios y a los infantes que aun tenían de prisioneros.
- ¿De verrrdad prrretende que me crea que una Mädchen y una sucia vieja mestiza han matado a ese brrrujo yudío? -se plantó frente a Vargas. Luego, al ver que la mexicana le aguantaba el gesto, se dignó a dirigirse a Delgado-. ¿Quiénes son?
- La rubia es actriz y canta. La vieja, no lo sé. Mienten. Roa está vivo. Yo lo vi hace un rato.
El capitán las estudió, primero a Pepa y luego a Vargas. Se quedó unos segundos, el gesto ausente, poniendo entre sus dedos la tela estampada de corazones de la improvisada bandera que aun seguía llevando Vargas al final del palo de escoba.
El capitán bufó y luego pronunció una orden, primero en castellano, para que la entendiesen.
- Atadlas al Panzer. A las dos. Hasta que digan dónde tienen el orrro.
Los soldados se detuvieron antes de agarrarlas.
De repente algo hacía vibrar el suelo de la gruta.
De pronto, tras una explosión de rocas apareció otro tanque.
Pepa vio cómo, en el guardabarros de la oruga derecha, tenía un escudo rojo.
Por unos segundos todos se quedaron congelados.
- ¡Os dije que teníamos que haber girado a la izquierda en Toledo! -gruñó Alonso sacándose los cascotes de encima.
- ¡Mira Alonso, no es tan fácil, no es tan fácil! ¡Desde ahí abajo, ¿eh?, es que todo lo ves mu fácil! -berreó Pacino-. ¡No todos hemos nacido sabiendo guiar un tanque, macho!
Pacino tosió quitándose polvo y roca de encima. Estaba ya un poquito hartito con las quejas de Alonso: que si la noche de ánimas, que si dónde estamos, que si la barba me pica... Como él, Pacino sólo seguía órdenes y después de salir teleportados de Irlanda (*1), lo único que sabía era que le había tocado irse a la DAC a encontrarse con Alvarado (*2). Que les estaba esperando.
Ah, sí, machotes, que había ordenado Irene. Volveos al Ministerio, pero a la de ya. Y no os olvidéis el tanque. Y llevadlo con balas. Tengo a una niña que me ha encontrado una puerta en mitad de un campo de Toledo y que allí os vais. Que sí, que me lo ha dicho una gitana. (*3)
El robo del Patton M-48 había corrido de cuenta de Julio Alvarado, pero las balas... Esas se las habían tenido que currar Alonso y él mientras los guardias les tiraban de todo menos piropos. No se lo va a creer, mi sargento. Dos viejos barbudos se metieron en el polvorín.
Uno se llamaba Gandalf... ¿Por qué quiere que mee en un frasco?
- Ehh... Gente -murmuró Alvarado, preocupado, desde la estación del conductor-... ¿Podemos dejar las discusiones de rumbo para después?
Cuando Pacino abrió los ojos se quedó mirando el panorama sin poder creérselo; se habían metido por las coordenadas que les había dado Irene y habían aparecido en mitad de una cueva. Llena de peña. Y umbrales en la pared super-chungos. Ah, sí. Y luego estaban los nazis.
Un montón de nazis.
Pero un montonazo de nazis.
Y otro tanque.
Que empezaba a moverse hacia atrás mientras el cañón como que les empezaba a buscar.
- ¡Julio! ¡Julio por tus muertos, Julio! -acertó a gritar Pacino desde la torreta-. ¡Muévete! ¡Muévete que nos funden!
Como si los nazis anotasen la sugerencia, los soldados empezaron a dispararles entre gritos de peli de Segunda Guerra Mundial.
El primer disparo de obús alemán les vino entonces, justo a tiempo de que Alvarado moviera el tanque a la izquierda. Destrozó media pared donde antes habían estado ellos.
Pacino metió el obús en el disparador y trató de entender cómo iba el tema con los botones.
Entretanto, Alonso empezó a devolver fuego con la ametralladora.
(*1) ver: Tiempo infinito
(*2) ver: El golpe en su tiempo
(*3) ver: Mar de tiempo
Los nazis empezaron a caer como pinches moscas por la metralleta del nuevo tanque.
Cuando el capitán y sus hombres les dieron espalda, Isabel no esperó más y metió mano al bolsillo del delantal. Por el rabillo del ojo le pareció que Flores se despegaba de la nuca al señor Walther.
Atadlas al Panzer, había dicho.
¡Va a atar usted a su rechingada madre!
Isabel no esperó y le vació tres por la espalda, mientras Flores repartía sus balas entre los soldados que las rodeaban. A uno le dio tiempo a levantar el rifle.
Isabel lo mató de un tiro en el pecho.
- ¿Está usted bien, Vargas? -preguntó Flores, mientras recogía la metralleta del capitán.
Isabel la oyó apenas, entre los gritos, los tiros y un nuevo cañonazo que se tiraban los tanques agarrados en su propia rifa. Encontró su nueva petaca, un poco menos vacía, pero aun intacta.
- ¡Mejor que ellos! ¿A por los sabios?
- ¡A por los sabios!
David corrió todo lo que le dejó el cabestrillo.
Ya tenía su circo de tres pistas, que le había dicho Reverte. No le había dado tiempo a decir mucho más, porque le había agarrado de la nuca y le había puesto a correr por detrás del tanque, camino a la puerta triangular.
Detrás de ellos habían quedado José y Cels tirando, cuerpo a tierra, a todo lo que llevara uniforme gris.
La metralleta del segundo tanque se había llevado por lo menos a un par de docenas de alemanes, mientras el otro centenar largo que quedaba se habían dedicado a dispararle con todo. Infantes de Isabel y soldados de Roa se habían enzarzado enganchando cualquier cosa que pudiera hacer pupa. Entre los tiros, los humos de los escapes y las explosiones, todo comenzaba a verse borroso más allá de las gafas.
- ¡Echo de menos los exámenes de la facul, cojones!
Cuando esquivó la última pelea, descubrió que Reverte le había acompañado por detrás, todo el camino.
- ¡HIJOPUTAS! -gritaba mientras tiraba con un Mauser. Luego le miró a él, en cuanto tuvo un respiro-. ¡Vamos picapleitos! ¡Encuentra a Spínola!
Lo último que vio de Reverte fue cómo le sacaba un sable a un húsar muerto.
Se había quedado sin balas.
El José las protegió a tiros cuando las vio llegar.
Se arrastraron entonces al suelo e imitando a Piñol, se parapetaron tras los cadáveres y empezaron a repartir tiros a los que intentaban llegarles; entretanto, chirridos de metal y detonaciones, los carros de combate seguían enredados unos metros más allá.
Pepa repartió varios peines de Mauser que había recuperado de los hombres del capitán.
El tanque alemán lanzó granadas de humo y llenó en haces la cueva de una niebla espesa y pegajosa.
- ¡Niña! ¡Qué idea de mierda! -la abroncó José.
- ¡Había que intentar arreglarlo! -protestó Pepa, entre toses-. ¡Os tenían copados!
- ¿Y ahora qué? -saltó Piñol, mientras cargaba otro peine en su Mauser-. ¡No tendremos balas para siempre!
José buscó en la mira a un arquero romano y le alcanzó en el pecho, porque la última flecha, supuso Pepa, le había hecho fiuuu, muy cerca de la oreja. Ahora qué. Buena pregunta. Reunir a los hombres de la reina que aun quedaban e irse todos por uno de aquellos agujeros se antojaba tentador, pero a saber por dónde aparecían.
Y a saber cuántos les seguían.
Pepa miró a los muertos que empezaban a alfombrar la gruta.
Irse sería tentador, pero era abandonar.
- ¿Cómo que ahora qué? -se indignó Pepa, sintiéndose más viva que nunca-. ¡No nos queda otra! ¡Hay que matarlos a todos!
