EL JARDÍN DE LAS HADAS SIN SUEÑO

Siluetas

Me desperté con las primeras luces del alba. Apenas había dormido tres horas, pero hacía rato que giraba nerviosa sobre mí misma en aquel colchón compartido. Incapaz de retomar el sueño, observé cómo mis amigos dormían. La cabeza de Senna reposaba sobre el pecho de Kenzaki, quien a su vez le rodeaba la cintura con un brazo. Me pregunté si serían conscientes de aquella pose o si se trataba de un gesto inocente durante el sueño.

Salí de la furgoneta sin hacer ruido y me puse el anorak. Eran las seis de la mañana. Estaba amaneciendo y una húmeda y blanca neblina cubría la parte baja del monte. Aún faltaban varias horas para que el sol calentara el bosque y lo hiciera brillar con su verde fulgor. El sentido común me decía que esperara a que Senna y Kenzaki se levantaran para adentrarme con ellos en el bosque. El corazón, en cambio, me animaba a no perder ni un segundo. Me moría por ver a Ichigo. Sabía que no resultaría fácil; ni siquiera estaba segura de que mi ermitaño se encontrara en la Sierra de la Demanda. Era muy probable que hubiera huido buscando lugares más seguros… Sentí un gran vacío al darme cuenta de que aquel reencuentro con el que tanto había soñado podía estar aún lejos.

Una llama de ilusión avivó mi ánimo lo suficiente como para no perder la esperanza. Y seguí el deseo de mi corazón.

Me subí la cremallera del anorak y me cubrí la cabeza con la capucha.

No podía ir sola a la cueva de la semilla. Primero, porque estaba a varios kilómetros monte a través y no estaba segura de que supiera llegar. Y segundo, porque era demasiado peligroso y Senna jamás me perdonaría aquella temeridad. Las dos éramos guardianas de la semilla, y aquello era algo que teníamos que hacer juntas.

De no haber ardido en aquel incendio, hubiera ido sin duda a la cabaña del diablo… Pero la idea de enfrentarme de nuevo a sus escombros se me hizo insoportable. Además, estaba convencida de que Ichigo no estaría allí. Los hombres de negro la habían quemado porque sabían que era su hogar… De todos los lugares del bosque, aquel era el menos probable para encontrarle.

Examiné el plano de la sierra que Senna había marcado para orientarnos. Había dibujado una furgoneta en el punto donde nos encontrábamos y varias cruces alrededor: una en la Dehesa, otra en la cabaña del diablo y una tercera en Colmenar. Por supuesto, la cueva de la inmortalidad no figuraba en el mapa por seguridad.

El punto más cercano era justo el que más ganas tenía de visitar. Se hallaba al este. Intenté memorizarlo con la esperanza de no tener que andar consultándolo todo el rato. Después lo guardé en la mochila, me la eché al hombro y respiré hondo. Estaba emocionada y ligeramente nerviosa. Con la brújula en la mano y el corazón en un puño dirigí mis pasos hacia la Dehesa.

Mantuve la cara escondida bajo la capucha y apreté el paso. Si me daba prisa, podía estar de regreso antes de que mis amigos despertaran.

El bosque, de un verde intenso, se parecía mucho al escenario del otoño pasado, pero ya no era el mismo. La primavera había derretido la nieve y nuevos colores habían estallado bajo los pinos. Las flores silvestres, de tonos amarillos, blancos, rojos y azules se mezclaban con las plantas aromáticas y los helechos. Estos últimos habían duplicado su tamaño, de manera que algunos casi sobrepasaban mi altura.

Había tramos en los que con solo agacharme un poco podía ocultarme incluso de alguien que caminara cerca de mí por la misma senda.

Apreté el paso. Mi avidez crecía conforme avanzaba hacia mi destino.

Los sonidos también habían cambiado. Había nuevos trinos de pájaros que regresaban como yo al bosque en primavera. También podía oír el burbujeo musical de un arroyo que fluía cerca y el zumbido de las abejas. Sonreí al pensar que podían ser las de mi padre, que después del invierno rompían su letargo con ansias de libar todas las flores y rencontrarse con los abejorros.

A pesar del peligro —no podía olvidar que había revelado el secreto de la semilla y que la Organización podía estar cerca—, me sentí feliz al pisar de nuevo aquellos lares. Mi paraíso en la tierra. Caminaba deprisa, casi a saltitos, mientras en mi cabeza sonaba una melodía. Me detuve al darme cuenta de que era «River Man» de Nick Drake.

Going to see the river man

Going to tell him all I can

About the plan

For lilac time.

Una sencilla asociación de ideas me trajo el recuerdo de Grimmjow. ¿Qué habría sido de él? ¿Le habrían castigado los hombres de negro por mi huida? Me estremecí con la visión de aquellos latigazos en su espalda. Después me enfurecí conmigo misma al percibir un atisbo de preocupación en mis pensamientos. ¿Cómo podía inquietarme por lo que le ocurriera a ese secuestrador? ¿Tan poderoso era aquel maldito síndrome de Estocolmo que seguía afectándome una vez libre?

Me llevé la mano al bolsillo y palpé el iPod. No había vuelto a escucharlo desde aquellas dos confesiones. Me avergonzaban por igual, porque en ambas traicionaba a Ichigo. En una ponía en peligro nuestro amor. ¿Y si llegaba a sus oídos la conversación en la que afirmaba estar enamorándome de Grimmjow? En la otra, algo todavía más importante: su secreto y su propia vida. Pensé en mi ángel y en las palabras que meses atrás había pronunciado Senna en ese mismo bosque: «No eres digna de él». Tal vez estuviera en lo cierto y fuera más digna de un ser oscuro como Grimmjow.

Dejé de torturarme con aquellos pensamientos y me concentré de nuevo en la ruta. Me movía con rapidez pero con sigilo. El bosque estaba despejado. O, al menos, eso parecía a simple vista.

Estaba cerca de la Dehesa. El lugar donde me había reencontrado con mi madre y con su gran amor: mi padre.

¿Qué haría si lo veía en el viejo torreón haciendo sus mermeladas? Había acordado con Senna que no era prudente dejarnos caer por Colmenar. Nadie en el pueblo debía saber que estábamos allí. Era demasiado peligroso para nuestras familias y para nosotras mismas…

Pero ¿sería capaz de verle a pocos metros y no correr a su encuentro? Me había pasado diecisiete años sin un padre, no estaba segura de poder renunciar al deseo de abrazarlo teniéndolo tan cerca.

Una luz, a lo lejos, me avisó de que tendría que enfrentarme a ese dilema. Había alguien en la Dehesa. Tras calarme bien la capucha, apreté el paso. Me moría por ver de nuevo mi hogar, aunque fuera desde lejos.

Rodeé el torreón por la parte de atrás, la que daba a la antigua caballeriza, para observar mejor la casa sin ser vista. Una luz brillaba en la planta baja.

Intrigada, me aproximé unos metros más y pude percibir un movimiento de siluetas. Conté al menos siete, pero no estaba muy segura de haber repetido alguna. Las sombras entraban y salían del salón con trajín de platos y tazas; parecían estar preparando la mesa para el desayuno. Desde mi escondite, pude percibir incluso un aroma a café recién hecho y risas joviales.

Pero ¿quién era toda esa gente?, me pregunté asombrada. Y, sobre todo, ¿qué hacían en la Dehesa?

To Be Continued...