¿Jugamos? (parte XXIX)


Siempre fui una persona resolutiva. Aunque a veces me costase llegar a la conclusión adecuada, y encontrar una razón que me empujase a seguir adelante, cuando lo hacía, las cosas iban a mejor. Me movía la fuerza de voluntad, el plan, la idea de que lo que hacía era lo correcto. Pero a veces también me movían impulsos. Tengo que dar gracias a que el impulso fuera lo suficientemente rápido cuando me ofrecí voluntaria para sustituir a Prim en la cosecha; sé que si no lo hubiera hecho, ella no estaría aquí. Pero no fue un impulso lo que me llevó a querer mantener con vida a Peeta en esos mismos Juegos; o después, en el Vasallaje, en aquella segunda ocasión, con la certeza de que perdería la mía en el proceso. Lo hice de manera premeditada, consciente de que era lo que tenía que hacer. No había opción.

Todo es más sencillo cuando tengo un plan al que aferrarme. Igual que cuando decidí que el pan que me había lanzado Peeta y ese diente de león representaban la esperanza, la fuerza necesaria para seguir con vida, y que por esa razón desde siempre le debería algo al chico que me tiró el pan. Ese fue un tipo de resolución definitiva que, lo supe desde el principio, sería imposible sacarme de la cabeza. Lo mismo que cuando pensé que mi único objetivo en la vida iba a ser matar a Snow, o morir intentándolo. No es que la venganza fuera una idea demasiado noble, pero me ayudó a reunir lo que necesitaba para no hundirme del todo: odio.

Sin embargo, lo que siempre fue fácil e instintivo: decidir, elaborar un plan de emergencia y actuar en consecuencia, ahora no lo es. No sé bien se debe a que he perdido las agallas, el espíritu, o las ganas de seguir luchando, tras tener que lidiar con un fracaso tras otro. No obstante, hay algo que sí que sé, y es tal y como ha afirmado Gale, que no puedo continuar así. Fuera de mí misma; más muerta que viva, y permitiendo que los demás carguen con mi ausencia, que se preocupen por mi poco probable recuperación. No quiero permanecer en este limbo, así que me quedan dos opciones: o morirme del todo, o seguir viviendo y matar a Coin con mis propias manos.

El instinto de supervivencia que desarrolle en el 12 y perfeccioné en la arena me grita que me deje la piel en la segunda tarea. Que mate a Coin y muera en el proceso si es necesario, porque de esa manera al menos moriré satisfecha. Moriré siendo Katniss Everdeen, la chica que lucha, la que no perdona, la Chica en Llamas.

Por esa razón, al salir de la bañera, me siento una persona diferente, una persona con un nuevo objetivo: hacer que Coin pague por lo que me ha hecho, por lo que me ha quitado. Hacer de su muerte algo lento y espantoso, igual que deseaba haber hecho con Snow antes de que Johanna Mason me arrebatase el privilegio.

Gale me observa extrañado mientras subo las escaleras hacia la habitación sin necesidad de ayuda, intentando seguirme el paso.

"¿Katniss…?", me pregunta. "¿Te encuentras bien? ¿Qué demonios te pasa ahora?".

"Yo mato a Coin", le contesto en voz alta, con un tono que me sale entre firme y solemne, unos cuantos escalones por encima de él y girando el cuerpo para mirarle.

Gale me analiza, como si intentara averiguar si sigo siendo la misma persona de hace un rato, o de pronto me ha poseído un muto. Después curva las comisuras de la boca para sonreír abiertamente.

"Está bien, Catnip. Tú la matas. Me alegra que hayas vuelto".

Los días siguientes, y ante un desconcierto generalizado, me dedico a comer como una lima, intentando recuperar las energías perdidas. Repito las veces que sea posible dentro del almacén comedor. Lo hago sobre todo porque algunos, como Gale o mi madre, me ceden sus raciones al contemplar mi hambre voraz, no porque haya comida sobrante en los contenedores. Después voy a cazar, y lo hago como si me fuera la vida en ello, poniendo el alma en cada disparo, imaginando que la flecha va directa a incrustarse en uno de los pálidos ojos de Coin.

No intento ocultar a nadie cual es el motivo de mi inesperada rehabilitación, ni de mi renovada fuerza. Se lo digo a aquel que pregunta de la misma manera que se lo dije a Gale.

"Voy a cargarme a Coin personalmente", exclamo con determinación cada vez que inquieren, y eso, normalmente, le cierra la boca a todo el mundo. Nadie se atreve a replicar, o a apostillar mi sentencia con algo.

Es fácil darse cuenta de a quienes hace feliz y a quienes no mi regreso. Quien me juzga en silencio y quien está conmigo en la venganza. Gale está conmigo, Johanna y Haymitch me apoyan, Beetee me entiende. Pero por alguna extraña razón, el Incauto no lo hace. Probablemente sea debido a que él también desea matar a Coin con sus propias manos, y no quiere cederme el honor. Pero no voy a negociar, no vamos a echarlo a suertes. Mi hermana, y mi madre, o la madre y los hermanos de Gale, no acaban de entender mi mentalidad asesina. Les excuso pensando que ellos no han vivido los Juegos, que no han experimentado la muerte con la misma cercanía, ni han perdido a gente realmente importante. Tal vez piensen que he agotado la pizca de humanidad que me quedaba de tanto llorar a Peeta, pero eso me da igual. No existe otra forma de continuar más que ajustando cuentas con la mujer que me convirtió en Sinsajo para después destrozarme la vida. No la hay, así que no me molestaré en buscarla.

Durante los preparativos para nuestra salida me voy informando acerca de motivo por cual hemos decidido ir al Distrito 3. La razón es que quedamos pocos rebeldes con verdadera capacidad de lucha, y necesitamos de forma imperiosa poseer más efectivos. No hay manera de encontrar más soldados humanos propiamente dichos que luchen de nuestra parte, pero podemos usar a los soldados sintéticos que Coin ha mandado fabricar con ese fin. El 3 es el lugar donde les programan. Necesitamos que Beetee invierta el comando para que los robots estén de nuestro lado, y si eso no es posible, por lo menos que no estén. Coin dio la orden para que los fabricasen, pero seremos nosotros quienes nos aprovechemos de su ingeniosa idea. Si hay suerte.

La parte difícil de asumir de un plan por todo lo demás brillante —elaborado por las cabezas privilegiadas de nuestro grupo— es que habrá gente a la que dejemos aquí. No llevar a parte de las personas que aún conservo hacia una nueva masacre, es en cierta medida. un alivio. Prim se quedaría en el Distrito 8, junto a Hazelle y sus tres hijos pequeños, Plutarch y también el bebé huérfano de Annie y Finnick, puesto que Johanna confía en Hazelle lo suficiente para que se haga cargo de él. Mi madre nos acompaña, por si necesitamos asistencia médica; Paylor también viene, junto con el Incauto, Haymitch, Beetee, los gemelos del 8, y por supuesto, Gale.

Otro punto discutible es la forma en que pretenden que nos movamos por el territorio de Panem. El principal medio de transporte siempre ha sido la red viaria que conecta los Distritos, que es rápida y moderna. A través de ella se han transportado tanto pasajeros como mercancías de manera eficaz desde los Días oscuros. Sin embargo, también existe un entramado de carreteras que une cada región. Beetee dice que se han estado usando menos porque su estado de conservación es peor; el mantenimiento de las mismas quedó un poco descuidado después de la primera Guerra Civil, y el tren era una forma más rápida y segura de hacer llegar las cosas a su destino, y también más fácil de controlar por parte del Gobierno. La cuestión es que los cerebros han decidido que nos desplacemos al 3 escondidos en uno de los camiones que transportan sintéticos a ese Distrito, ocultos en un bajo fondo del vehículo, por debajo de los robots, ya que suponen que Coin tendrá el ojo puesto en los trenes después de varios secuestros por parte de los Saboteadores.

Imaginarme oculta en la trampilla minúscula de un camión de mercancía, con el peso de la chatarra sintética amenazando con caer sobre mi cabeza, hace que se me ponga el pelo de punta y que un escalofrío me recorra el cuerpo. Pero como no quiero quedarme fuera de la misión, no expreso en voz alta mis temores. Aunque no hace falta, aquellos que me conocen huelen el miedo en mí (o me lo ven en la cara).

"Si crees que no serás capaz de aguantarlo, es tan sencillo como que te quedes aquí", me dice Haymitch, sentado a mi lado en el transcurso de una de las reuniones.

"No. Voy a ir", respondo de inmediato

"Tú verás", apostilla él. "Asegúrate de que tu madre lleva un cargamento de esas pastillas azules que usas para calmarte. No podemos permitirnos un ataque de histeria de nadie durante la misión".

Estoy a punto de protestar y de decirle a Haymitch que ya no necesito drogas, cuando Gale se me adelanta.

"Katniss ya no las necesita más", le dice a mi mentor, saltándome con los ojos y posándolos en él. Que Gale esté de mi parte me hace sentir orgullosa y muy agradecida. No es nada fácil convencer a Gale.

"Lo que tú digas, chico", replica éste. "Sigo pensando que es muy pronto para llevarla a ninguna parte, pero si tú te empeñas, tú tendrás que encargarte de cuidarla".

"Así lo haré", sentencia Gale, y la conversación se da por finalizada, sin que ninguno de los dos haya tenido en cuenta que yo me encontraba presente.


Para hacerlo más sencillo y llevadero, comienzo a despedirme de mi hermana unos cuantos días antes de la fecha para la que está prevista nuestra salida. Me convierto en la sombra de Prim, acompañándola a cada lugar al que va, junto a Rory, quien no tiene la decencia de dejarnos un tiempo de hermanas a solas. Prim se está encargando ahora de todos los casos médicos que surgen en el Distrito. Lleva la medicación a los críos enfermos por la epidemia, y se hace cargo de la vacunación preventiva de todos los demás.

En una de esas visitas para pinchar vacunas, un par de soldados de Coin nos prohíben el paso a la casa comunitaria del 8 a Rory y a mí. No es porque me hayan reconocido, ya que seguimos saliendo al exterior convenientemente tapados, sobre todo yo; me he acostumbrado incluso a dejar mi pelo suelto en lugar de trenzarlo, para que me ayude a pasar desapercibida.

Estamos apoyados contra una pared lateral del orfanato, cuando decido empezar una ineludible conversación con el hermano pequeño de Gale.

"Tienes que cuidar de ella", le digo, y sé que mi voz suena demasiado severa para un crio de sólo quince años.

"Prim sabe cuidar muy bien de sí misma", contesta Rory, y noto el tono de reproche en su voz. No me deja dudas sobre que eso es lo que pretende cuando añade:

"Ella supo hacerlo perfectamente mientras tú te consumías en la cama. No sabes las veces que la vi llorar, pero siempre se secaba las lágrimas e intentaba ser fuerte para ti. Para que no vieras lo mal que se lo hacías pasar".

Sus palabras me envían un inmediato latigazo de culpabilidad del que trato de recomponerme.

"Sé que sabe cuidar de sí misma, pero necesito que te asegures de que está bien. Confió en ti para eso", digo suavizando la voz.

El chico agacha la cabeza. "Sabes perfectamente que eso es lo que haré. No dejaré que pase nada malo a ninguno de los que se quedan".

Escucharle hablar de esa forma me tranquiliza. A pesar de las reticencias que pueda tener a cerca de su relación con mi hermana, es fácil darse cuenta de que el chico está loco por ella. Y tengo la sensación de que esta misma conversación ya la ha mantenido con Gale, a quién me consta, le está costando un infierno aceptar que tendrá que perder de vista a toda su familia hasta que estemos de vuelta del 3..

Pero esa es la principal razón por la que confío en Rory: que se trate del hermano de Gale. Son casi clones. Si no fuera porque Gale todavía le supera en unos cuantos centímetros, sería complicado distinguir quién es quién. Rory tiene sus mismos ojos, su misma estructura corporal y es igual de parco en palabras que él; igual de obstinado y con las mismas agallas que Gale. Sé que no dejará que les ocurra nada malo ni a su familia ni a Prim, aunque le cueste la vida.

Con Prim tengo la oportunidad de hablar una noche en la que ella no se queda dormida inmediatamente después de meterse en la cama. Ahora que me estoy recuperando, he vuelto a dormir en el almacén junto al resto, y ella duerme conmigo para evitar que chile demasiado cuando me despierto

"Me está costando mucho asumir que vas a quedarte aquí, patito", le digo al oído.

Ella se gira para mirarme.

"Entonces dejadme ir".

Por un momento se me corta la respiración. No me da tiempo a negarme antes de que mi hermana vuelva a hablar.

"No me llames patito nunca más", dice enfadada.

Prim no ha estado muy cariñosa conmigo desde que decidí que tenía que volver a ser persona. Aunque tampoco puedo culparla. Es lo mismo que le hice yo a mi madre cuando se ausentó tras el accidente minero, y en mi caso particular, el cabreo duró años, por no haber estado para nosotras en aquellos momentos, y por dejar que prácticamente sus hijas muriesen de hambre.

Recordar los meses posteriores a la muerte de mi padre me trae de inmediato recuerdos de Peeta, y los panes quemados que sirvieron para que recuperara la esperanza. Eso hace que me abstraiga de la conversación que quería mantener con Prim, y me pierda en el mundo de mis pensamientos una vez más. Mi hermana lo nota.

"¿Qué es lo que te pasa ahora, Katniss?", me pregunta.

"Es por el pan", digo en voz muy baja.

"¿De qué pan estás hablando?".

Le cuento toda la historia: cómo nosotras estábamos a punto de morir de inanición cuando Peeta quemó adrede aquel día los dos panes para dármelos, y el modo en que eso me dio fuerzas para seguir, y que nunca fui capaz de agradecérselo lo suficiente.

Mi hermana no parece estar de acuerdo con la última parte.

"¿Crees que salvarle la vida no es suficiente pago por el favor de los panes?", dice, todavía con irritación en la voz y el ceño fruncido.

"No", respondo junto a un sollozo.

Quiero explicarle por qué no es suficiente, pero ya no puedo decir nada más. Si hablo, fijo que desencadeno un ataque de llanto o algo peor, todavía sigo inestable para abordar el tema Peeta.

"Pues creo que va siendo hora de que olvides de esa historia. Ha pasado mucho tiempo, Katniss, y muchas cosas. Tienes que asumir que él ya no está aquí", me dice Prim. "Y sobre todo tienes que asumir que el tema de los panes ya se lo compensaste con creces, después de lo que hiciste por él en la arena. No puedes pasarte la vida pensando en deudas mal pagadas. Eso no te va a ayudar".

Prim, para variar, tiene toda la razón. Debería de ser capaz de pasar página con esa historia, pero como no puedo, estoy decidida a centrarme en mis deseos de venganza. No me quedaré tranquila hasta que le clave a Coin una flecha en un ojo. Lo que suceda después me da igual. Que me detengan por magnicidio y me encierren para siempre, o que uno de sus soldados me dispare inmediatamente después de su asesinato. Merecerá la pena si he conseguido ajustar cuentas con ella.


Pensaba que íbamos a hacinarnos todos en un mismo camión, y es una sorpresa agradable cuando me comunican que nos dividiremos en dos grupos para llegar hasta el Distrito 3. El objetivo principal es que Beetee llegue al 3 de una pieza, y darle acceso al edificio en el que se programa a los sintéticos. En teoría, los tienen a todos en una enorme sala de máquinas en la que los operarios les hacen girar sobre una cinta rotatoria que les mejora y coloca un chip programado en su cabeza. Beetee conoce bien cómo funciona el chip, ya que fue él quien lo diseñó hace algunos años. También sabemos por Plutarch que el lugar va a estar plagado de soldados de Coin, aunque creemos que no habrá mutos. Confiamos en que no los haya.

El primer vehículo parte poco después de la medianoche del día programado. En él van Paylor, el Incauto, Haymitch, Johanna y el inventor del 3, encogidos en la trampilla falsa del camión. Al siguiente subimos mi madre, Gale, dos de los hermanos Thomson y yo.

En cuanto me coloco en la posición que tendré que mantener durante varias horas me doy cuenta de que tal vez no debería de haber decidido tan alegremente participar en la misión. Somos cinco personas y el espacio disponible es poco más de un metro cúbico. Es necesario apretar los cuerpos para ser capaces de entrar allí. Y a pesar de que hay varias rendijas de aire, la sensación inmediata es que no será el suficiente.

Una vez que el vehículo se pone en marcha empiezo buscar cosas susceptibles de ser contadas dentro del minúsculo habitáculo, pero solo encuentro nuestros cuerpos apretados unos contra otros, y ya sé de sobra que somos cinco. Lo mejor será centrarme en mi respiración, me digo, y comienzo a inhalar profundamente y a exhalar muy despacio, con los ojos cerrados y las manos apretadas en puños.

"Katniss", dice mi madre, colocando su mano sobre mi rodilla. "¿Te encuentras bien? Estamos a tiempo de dar media vuelta".

Me obligo a abrir los ojos para mirarla, pero es por la noche, y los orificios verticales por los que nos entra el aire son demasiado pequeños para dejar que pase la luz. No veo nada, así que coloco mi mano sobre la suya.

"Sí", contesto a media voz. "Puedo hacerlo".

Esto último es más para convencerme a mí misma que a cualquier otro de los presentes. En ese momento noto el brazo de Gale, sentado al otro lado, rodearme la espalda. Con lo delgada que estoy ahora podría abarcar a dos personas de mi tamaño. No lo dudo antes de dejar caer la cabeza sobre su hombro; sé que el cuerpo de Gale tiene la capacidad de calmarme, y esta vez él no se puede alejar —ni parece querer— pues me besa en la frente y deja que permanezca así durante el resto del viaje.

El vehículo se detiene pasado un número indeterminado de horas. Las personas que conducían el camión abren la trampilla para que bajemos y nos indican el lugar en el que podemos escondernos. Se trata un depósito de almacenaje, entre columnas y columnas de sintéticos colocados en fila de uno, dispuestos para ser ubicados en la cinta transportadora. Al parecer, hemos atravesado con éxito varios controles durante el trayecto, en los que soldados de Coin han examinado el remolque de nuestro camión y su carga, pero no han visto nada sospechoso, y nos han permitido seguir.

Según lo acordado, una ráfaga de luz nos indica dónde se encuentran los demás. Avanzamos de uno en uno, usando los cuerpos de metal para ocultarnos hasta llegar a ellos. Los militares de uniforme gris que vigilan las cuatro esquinas de la habitación no se percatan de nuestra presencia. Por suerte, el ruido mecánico que emite la cinta transportadora cubre el de nuestros pasos, y cubrirá el de nuestras palabras.

"Lo haremos de la siguiente manera", empieza a hablar Haymitch, mostrándonos un plano del edificio. "Katniss y Gale, armad el suficiente follón en esta zona como para abrirnos camino a la sala de programación sin que se nos interpongan muchos guardias. Los Thomson se quedan con vosotros. Tendréis que cubrirnos hasta que alcancemos la puerta. Johanna, Dauphin, Paylor y yo llevaremos a Beetee a ese lugar. ¿Entendido?", pregunta.

"Sí", responden Gale y los Thomson al unísono. Yo no digo nada.

"Bien", confirma Haymitch. "Usaremos los mismos camiones de carga en los que llegamos para salir de aquí. Katniss, recuerda que en el que os ha traído a vosotros todavía se encuentra tu madre. Ella tiene un intercomunicador, y Gale lleva otro. Ante cualquier emergencia, o si os roza una bala, poneos en contacto con los dos, con ella y conmigo. ¿Entendido?".

Gale vuelve a contestar afirmativamente, esta vez con la cabeza.

"Bien. Y por favor", concluye mi antiguo mentor, "no dejéis que os maten".