Y(la historia no pertenecees propiedad de Sarah J. Maas, la traducciónpersonaje no me pertenece, le pertenece a traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi) (Y las antiguos libros publicados en esta página son de Cellita G)

Capitulo 28

Ella temblaba de la cabeza a los pies y no podía dejar de llorar, no cuando todo el peso de Graham se estrelló contra ella, el peso de estas semanas solas.

—¿Cómo llegaste aquí? ¿Cómo me encontraste? —Aelin se retiró lo bastante lejos para estudiar el áspero rostro sombreado por la capucha, echando una ojeada al tatuaje a un lado de él y la sombría línea de su sonrisa.

Estaba aquí, estaba aquí, él estaba aquí.

—Se ha dejado en claro que mi clase no sería bienvenida en el continente —dijo. Incluso el sonido de su voz era un bálsamo y una bendición—. Así que me metí de polizón en un barco. Habías mencionado un hogar en los barrios pobres, así que cuando llegué esta tarde, vague hasta que cogí tu olor —la había analizado con la evaluación inquebrantable de un guerrero, su boca apretada—. Tienes mucho que decirme —dijo, y ella asintió. Todo –quería decirle todo. Le agarró más fuerte, saboreando el músculo de sus antebrazos, la fuerza eterna de él. Él cepilló hacia atrás una hebra de su cabello, sus dedos callosos raspando contra su mejilla. La dulzura de aquello le hizo soltar otro sollozo—. Pero no estás herida —dijo suavemente—. ¿Estás segura?

Asintió con la cabeza otra vez y enterró su cara en su pecho.

—Pensé que te di la orden de permanecer en Wendlyn.

—Tuve mis razones, mejor hablemos en algún sitio seguro —dijo bajo su capucha—. Tus amigos de la fortaleza dicen hola, por cierto. Creo que echan en falta una criada extra del fregadero. Especialmente Luca –sobre todo por las mañanas.

Ella se rió, y lo apretó. Estaba aquí, y no era algo que había hecho, algún sueño salvaje de los que había tenido y–

— ¿Por qué estás llorando? —preguntó, tratando de empujar su espalda lo suficiente como para ver su rostro.

Pero ella lo sostuvo, tan ferozmente que podía sentir las armas debajo de sus ropas. Todo estaría bien, incluso si iba a Infierno, mientras estuviera aquí con ella.

—Estoy llorando —se sorbió los mocos—, porque hueles tan terriblemente mal que mis ojos lloran.

Graham dejó escapar un rugido de risa haciendo que las alimañas en el callejón quedaran en silencio. Por fin ella lo alejó, destellando una sonrisa.

—Bañarse no es una opción para un polizón —dijo, liberándola para pellizcar su nariz. Ella le dio un empujón juguetón, pero él miró por el callejón, donde esperaban Alicia y Aedion. Es probable que había estado vigilando cada movimiento que hacían. Y si los hubiera considerado una verdadera amenaza a su seguridad, habrían muerto hace minutos—. ¿Te vas a quedar allí de pie toda la noche?

—¿Desde cuando eres un perfeccionista de modales? —lanzó un brazo alrededor de su cintura, poco dispuesta a desprenderse de él para que no se convirtiera en viento y desapareciera. Su brazo casual alrededor de sus hombros era un glorioso, sólido peso mientras se acercaban a los demás.

Si Graham luchaba contra Alicia, o incluso Albert, no habría competición. Pero Aedion... Ella no lo había luchar todavía –y por la mirada que su primo le daba a Graham, a pesar de su profesada admiración, se preguntó si Aedion también quisiera saber quién saldría de esa lucha con vida. Graham se tensó un poco bajo su apretón.

Ningún varón rompió su mirada cuando se acercaron.

Sentido territorial.

Aelin apretó el lado de Graham lo bastante fuerte como para que silbara y pellizcara su lado derecho. Guerreros Hada: inestimable en una lucha –y estragos en su culo en todo momento.

—Vamos a entrar —dijo.

Alicia se había retirado un poco para observar lo que seguro sería una batalla de arrogancia guerrera de todas las épocas.

—Nos vemos más tarde —dijo la rebelde a ninguno de ellos en particular, las comisuras de su boca crispándose hacia arriba antes de dirigirse a los barrios pobres.

Una parte de Aelin se debatió en llamarla –la misma parte que la hizo invitar a Alicia a pasear. La mujer parecía solitaria y un poco perdida. Pero Faliq no tenía alguna razón para quedarse. No ahora.

Aedion dio un paso delante de ella y Graham, silenciosamente caminando de vuelta al almacén.

Incluso a través de sus capas de ropa y armas, los músculos de Graham se tensaban bajo sus dedos, supervisando Rifthold. Se debatió para preguntarle qué, exactamente, recogía con aquellos sentidos aumentados, qué capas de la ciudad ella nunca podría saber que existían. No le envidió su excelente sentido del olfato, no en los barrios pobres, por lo menos. Pero no era el tiempo o el lugar para preguntar –no hasta que estuvieran seguros. Hasta que hablara con él. Sola.

Graham examinó el almacén sin que se formularan observaciones antes de apartarse para dejarla ir por delante. Había olvidado cómo maravillosamente se movía ese potente cuerpo a su lado –una tormenta dando carne.

Tirándole la mano, le condujo por las escaleras y a la gran sala. Ella sabía que había tomado cada detalle, cada entrada y salida y método de escape, en el momento en que se encontraban a medio camino a través de ella.

Aedion estuvo de pie frente a la chimenea, la capucha todavía puesta, sus manos todavía muy cerca de sus armas. Dijo por encima del hombro a su primo cuando entraron:

—Aedion, conoce a Graham. Graham, conoce a Aedion. Su Alteza Real necesita de un baño o voy a vomitar si tengo que sentarme junto a él durante más de un minuto.

No ofreció otra explicación antes de arrastrar a Graham a la habitación y cerrar la puerta detrás de ellos.

Aelin se apoyó contra la puerta mientras Graham se detuvo en el centro de la habitación, su rostro oscurecido por la sombras de la pesada capucha gris. El espacio entre ellos era tenso, cada pulgada un crujido.

Mordió su labio inferior cuando lo atrajo: la ropa familiar; el surtido de pérfidas armas; la quietud sobrenatural, inmortal. Su sola presencia robó el aire de la habitación, de sus pulmones.

—Quítate la capucha —dijo con un suave gruñido, sus ojos fijos en la boca.

Ella se cruzó de brazos.

—Muéstrame lo tuyo y te mostraré lo mío, Príncipe.

—De lágrimas a réplicas en unos minutos. Me alegro de que el mes lejos no ha atenuado tu habitual buen —tiró atrás su capucha, y ella comenzó:

—¡Tu cabello! ¡Lo cortaste todo! —sacó su propia capucha cuando cruzó la distancia entre ellos. En efecto, el cabello blanco plateado era ahora corto. Le hacía parecer más joven, hacía que su tatuaje destacara más y... bien, lo hacía más guapo, también. O tal vez era solo que lo extrañaba.

—Puesto que pareces pensar que haríamos una buena cantidad de combates aquí, el pelo más corto es más útil. Aunque no puedo decir lo mismo de tu cabello. Podrías también teñírtelo de azul.

—Silencio. Tu pelo era tan bonito. Esperaba que me hubieras dejado trenzarlo un día. Supongo que tendré que comprar un poni en cambio —ladeó la cabeza—. ¿Cuándo cambies, tu forma de halcón estará desplumada, entonces?

Sus fosas nasales llamearon, y apretó sus labios para evitar reír.

Recorrió la habitación: la enorme cama que no se molestó en hacer esa mañana, la chimenea de mármol embellecida con baratijas y libros, la puerta abierta del armario gigante.

—No estabas mintiendo acerca de tu gusto por el lujo.

—No a todos nos gusta vivir en la miseria, guerrero —dijo, agarrando su mano otra vez. Recordaba estos callos, fuerza y el tamaño de sus manos. Sus dedos se cerraron alrededor de ella.

Aunque fuera una cara que había memorizado, una cara que había frecuentado sus sueños estas pocas semanas pasadas... era nuevo, de alguna manera. Y sólo la miró, como si pensara la misma cosa.

Abrió su boca, pero ella lo tiró al cuarto de baño, encendiendo unas velas por el fregadero y en la cornisa por encima de la bañera.

—Dije lo que pienso sobre el baño —dijo, girando los grifos y tapando el desagüe—. Apestas.

Graham miró cuando se inclinó para recoger una toalla del pequeño gabinete al lado del inodoro.

—Dímelo todo.

Sacó un frasco verde de sales de baño y otra de aceite de baño y vertió cantidades generosas de cada una, convirtiendo el agua que corría en lechosa y opaca.

—Lo haré, cuando estés tomando un baño y no huelas como un vagabundo.

—Si no me falla la memoria, olías peor aun cuando nos conocimos. Y no te empujé en la pila más cercana en Varese.

Lo fulminó con la mirada.

—Gracioso.

—Mis ojos lloraron por todo el maldito viaje a Mistward.

—Solo entra —riéndose entre dientes, obedeció. Ella se quitó su propia capa, comenzando luego a desatar varias de sus armas en la correa cuando se dirigía fuera del baño.

Le pudo haber tomado más tiempo de lo normal para quitarse sus armas, desprenderse del traje y cambiarse por pantalones y una camisa blanca suelta. Cuando terminó, Graham estaba en el baño, el agua nublando tanto que no pudo ver nada de la parte inferior del cuerpo.

Los poderosos músculos de su espalda que tenía cicatrices se movieron cuando fregó bien su rostro con sus manos, su cuello, su pecho. Su piel se tornó de un color dorado –debe haber pasado un tiempo al aire libre estas semanas. Sin ropa, al parecer. Salpicó agua en su cara una vez más y ella empezó a moverse, alcanzando la toalla que había puesto en el fregadero.

—Aquí —dijo un poco con la voz ronca.

Dioses, él ocupaba la bañera entera. En silencio le dio su jabón perfumado de lavanda favorito, que olió, suspirando con resignación, y entonces lo comenzó a usar.

Ella tomó asiento en el borde curvado de la tina y le dijo todo lo que había sucedido desde que se habían separado. Bueno, la mayor parte de todo. Se lavaba mientras ella hablaba, fregando hacia abajo con brutal eficacia. Él levantó el jabón de lavanda a su pelo y ella chilló.

—No uses eso para el cabello —silbó, dando tumbos a su percha para alcanzar uno de los muchos tónicos para el cabello alineados en el pequeño estante encima de la bañera—. Rosa, verbena de limón, o... —olió la botella de vidrio— Jazmín —entrecerró los ojos hacia él.

Mirando hacia arriba, sus ojos verdes llenos de las palabras que sabía que no tenía que decir. ¿Pareciera que me preocupo de la que elijas?

Chasqueó la lengua.

—Será jazmín, buitre.

Él no se opuso cuando ella tomó lugar a la cabeza de la bañera y vertió un poco del tónico en su pelo corto. El dulce, lleno de noche olor de jazmín flotó, acariciándola y besándola. Rowan incluso lo respiró cuando fregó el tónico en su cuero cabelludo.

—Todavía probablemente pueda trenzar esto —meditó—. Trenzas muy diminutas –pequeñitas, por lo tanto– —él gruñó, pero se inclinó hacia atrás contra la bañera, sus ojos cerrados—. No eres mejor que un gato de casa —dijo ella, masajeando la cabeza. Él dejó escapar un ruido bajo de su garganta que muy bien podría haber sido un ronroneo.

Lavar su cabello era íntimo –un privilegio que dudaba que nunca le hubiera permitido a muchas personas; algo que nunca había hecho por nadie. Pero las líneas siempre habían sido borrosas para ellos, y ninguno se había preocupado particularmente. Había visto cada pulgada de su cuerpo desnudo varias veces, y había visto a la mayor parte de él. Habían compartido una cama durante meses. Además de eso, eran carranam. Él dejó su poder, más allá de las barreras interiores, donde medio pensamiento sobre ella podrían haber roto su mente. Por lavar su cabello, tocándole... era una intimidad, pero era esencial, también.

—Tú no has dicho nada tu magia —murmuró, sus dedos todavía trabajando en su cuero cabelludo.

Él se tensó.

—¿Qué pasa?

Con los dedos en su cabello, ella se inclinó hacia abajo para mirar su rostro. —Supongo que se fue. ¿Qué se siente el ser tan impotente como un mortal? Abrió los ojos a la luz deslumbrante.

—No es gracioso.

—¿Pareciera que me río?

—Pasé los primeros días enfermo de mi estómago y apenas podía moverme. Era como tener una manta sobre mis sentidos.

—¿Y ahora?

—Y ahora estoy lidiando con ello.

Le empujó en el hombro. Pareciera tocar acero forrado en terciopelo. —Gruñón, gruñón.

Le dio un gruñido suave de irritación, y ella frunció los labios para guardar la sonrisa. Apretó en sus hombros y le metió bajo el agua. Obedeció, y cuando surgió, pasó por las baldosas y agarró la toalla que había dejado en el fregadero.

—Voy a encontrarte algo de ropa. —Tengo–

—Ah, no. Esos se van derecho a la lavandera. Y los recuperarás solo si ella puede hacer que huelan decente. Hasta entonces, usarás todo lo que te dé.

Ella le entregó la toalla, pero no la dejó ir cuando su mano se cerró en torno a ella. —Te has convertido en un tirano, Princesa —dijo.

Ella rodó sus ojos y soltó la toalla, mientras que él se levantó en un poderoso movimiento, agua salpicando en todas partes. Era un esfuerzo no echar una ojeada sobre su hombro.

No te atrevas, siseó una voz en su cabeza.

Claro. Llamaría a esa voz Sentido Común –y lo escucharía de aquí en adelante.

Andando a zancadas en su armario, fue a la cómoda en la parte de atrás y se arrodilló ante la caja inferior, abriéndolo para mostrar calzoncillos, camisas y pantalones de hombre doblados.

Durante un momento, contempló la ropa vieja de Anthony, aspirando el olor débil de él agarrándose a la tela. No había logrado reunir fuerzas para ir a la tumba, pero–

—No me tienes que dar aquellos —dijo Graham a sus espaldas. Ella comenzó a levantarse y se giró para enfrentarlo. Él era tan malditamente sigiloso.

Aelin trató de no mirar demasiado a la toalla envuelta alrededor de sus caderas, en el bronceado y musculoso cuerpo que brillaba con los aceites de la bañera, en las cicatrices que se entrecruzaban como las rayas de un gran gato. Incluso el Sentido Común estaba con una pérdida de palabras.

Su boca estaba un poco seca cuando dijo:

—La ropa limpia es escasa en la casa en este momento, y estas sirven de nada aquí —sacó una camisa y la sostuvo—. Espero que se adapte —Anthony había tenido dieciocho años cuando murió; Graham era un guerrero entrenado por tres siglos de entrenamiento y batalla.

Ella sacó los calzoncillos y pantalones.

—Te conseguiré ropa adecuada mañana. Estoy bastante segura de que comenzarás un disturbio si las mujeres de Rifthold te ven andar por las calles sin nada más que una toalla.

Graham resolló una risa y anduvo a zancadas a la ropa que colgaba a lo largo de una pared del armario: vestidos, túnicas, chaquetas, camisas...

— ¿Usaste todo esto? —ella asintió con la cabeza y extendió sus pies. Hojeó algunos vestidos bordados y túnicas—. Estás son... muy bonitos —admitió.

—Habría dicho que eras un miembro orgulloso de la muchedumbre de anti-galas.

—La ropa es armas, también —dijo, haciendo una pausa en un vestido de terciopelo negro. Sus mangas apretadas y el frente eran sin adorno, el escote rozando solo justo debajo de la clavícula, sin tener nada especial salvo los zarcillos de bordados brillante oro arrastrándose sobre los hombros. Rowan movió el vestido para ver la parte posterior –la verdadera obra maestra. Los bordados en oro continuaban desde los hombros, barriendo para formar un dragón serpentino, sus fauces rugientes hacia el cuello, el cuerpo curvándose hacia abajo hasta que la cola estrecha formaba un tren alargado. Graham soltó una bocanada—. Me gusta éste mejor.

Manoseó la manga aterciopelada negra sólida.

—Lo vi en una tienda cuando tenía dieciséis años y lo compré inmediatamente. Pero cuando el traje fue entregado a las pocas semanas, parecía demasiado... viejo. Dominó a la muchacha que era. Por lo tanto nunca lo llevé, y está colgado aquí durante tres años.

Él corrió un dedo marcado con una cicatriz por la columna de oro del dragón.

—No eres más esa muchacha —dijo suavemente—. Algún día, me gustaría verte llevar esto.

Se atrevió a alzar la vista a él, su codo cepillando su antebrazo.

—Te eché de menos.

Su boca se apretó.

—No estuvimos separados por mucho tiempo.

Claro. Era inmortal, varias semanas no eran nada.

— ¿Y? ¿No me permites echarte de menos?

—Una vez te dije que la gente que te importa son las que se utilizan en tu contra. Mi ausencia era una distracción tonta.

—Eres un verdadero encanto, ¿lo sabías? —no esperaba lágrimas o emociones, pero hubiera sido bueno saber que la extrañó una fracción de lo mal que había estado. Tragó, enderezando su columna vertebral, y empujó la ropa de Anthony en sus brazos—. Puedes vestirte aquí.

Ella lo dejó en el armario y fue derecho al baño, donde salpicó agua fría sobre su cara y cuello.

Volvió a su dormitorio para encontrarle con su ceño fruncido. Bueno, los pantalones le entra- ban –apenas. Eran demasiado cortos, y hacían maravillas para mostrar su trasero, pero–

—La camisa es demasiado pequeña —dijo—. No quise rasgarlo.

Se la entregó, y miró un poco impotente a la camisa, luego a su torso desnudo.

—Saldré primero —suspiró fuertemente a través de su nariz—. Bueno, si no te importa encontrarte sin camisa con Aedion, supongo que debemos ir a decir hola.

—Tenemos que hablar. —¿Hablar bien o hablar mal?

—La clase que me pone contente de que no tienes acceso a tu poder por lo que no podrás vomitar llamas por todas partes.

Su estómago se apretó, pero dijo:

—Eso fue un incidente, y si me preguntas, tu antigua amante absoluta y maravillosamente se lo merecía.

Más de lo que merecía. El encuentro con el grupo de visitantes de casta superior de Hada en Mistward había sido lamentable, por decir lo menos. Y cuando la ex amante de Graham se había negado a dejar de tocarlo, a pesar de su petición para hacerlo, cuando ella había amenazado a Aelin con hacerla azotar por intervenir... Bien, el nuevo apodo favorito de Aelin –la reina zorra escupe-fuego– había sido preciso durante la cena.1

Un tirón de sus labios, pero las sombras oscilaron en los ojos de Graham. Aelin suspiró una vez más y miró al techo.

—¿Ahora o más tarde?

—Más tarde. Puede esperar un poco.

Estaba medio tentada a exigir que le diga lo que sea, pero se volvió hacia la puerta.

oooooooooooo

Aedion se levantó de su asiento en la mesa de la cocina mientras Aelin y Graham entraban. Su primo miró a Graham con una mirada apreciativa y dijo:

—Nunca te molestaste en decirme lo guapo qué es tu príncipe hada, Aelin —Aelin frunció el ceño. Aedion solo sacudió su barbilla a Graham—. Mañana por la mañana, tú y yo vamos a entrenar en el techo. Quiero saber todo lo que sabes.

Aelin chasqueó su lengua.

—Todo lo que he escuchado de tu boca en los últimos días es el Príncipe Graham esto y el Príncipe Graham que, y, sin embargo ¿esto es lo que decides decir de él? ¿No hay inclinación y ponerte de rodillas?

Aedion se deslizó hacia atrás en su silla.

—Si el Príncipe Graham quiere formalidades, yo puedo postrarme, pero no parece alguien que se preocupe particularmente.

Con un parpadeo de diversión en sus ojos verdes, el Príncipe Hada dijo: —Todo lo que mi reina quiera.

Oh, por favor.

Aedion capturó las palabras, también. Mi reina.

Los dos príncipes se contemplaron el uno al otro, uno de oro y otro de plata, uno su gemelo y uno su alma. No había nada amable en las miradas, nada humano –dos varones Hada bloqueados en alguna batalla de dominio tácito.

Ella se inclinó contra el fregadero.

—Si van a tener un concurso de meado, ¿pueden al menos hacerlo en la azotea?

Graham la miró, las cejas altas. Pero fue Aedion quién dijo:

—Ella dice que no somos mejores que perros, así que no me sorprendería si realmente cree que nos mearemos en sus muebles.

Graham no sonrió, sin embargo, inclinó su cabeza hacia el lado y olió.

—Aedion necesita un baño también, lo sé —dijo ella—. Insistió en fumar una pipa en la cantina. Dijo que le dio aire de dignidad.

Graham ladeó la cabeza en un ángulo, cuando preguntó:

—Sus madres eran primera, Príncipe, pero ¿quién lo engendró? Aedion se relajó en su silla.

—¿Importa?

—¿Lo sabes? —presionó Rowan.

Aedion se encogió de hombros.

—Ella nunca me lo dijo –o a cualquier persona.

—¿Me imagino que tienes alguna idea? —preguntó Aelin.

Graham dijo:

—¿Él no te parece familiar para ti?

—Se parece a mí.

—Sí, pero– —él suspiró—. Conociste a su padre. Hace unas semanas. Gavriel.

oooooooo

Aedion contempló al guerrero sin camisa, preguntándose si había expuesto sus heridas demasiado esta noche y tenía alucinaciones ahora.

Las palabras del príncipe se hundieron. Aedion seguía mirando. Un tatuaje en la Antigua Lengua estirada por el lado de la cara de Graham y a lo largo de su cuello, hombro y brazo musculoso. La mayor parte de personas echarían un vistazo a ese tatuaje y correrían en la otra dirección.

Aedion había visto a un montón de guerreros en su día, pero éste varón era un Guerrero –ley para sí mismo.

Al igual que Gavriel. O las leyendas.

Gavriel, amigo de Graham, uno de sus compañeros, cuya otra forma era un león.

—Me preguntó —murmuró Aelin—, me preguntó qué edad tenía y parecía aliviado cuando dije que diecinueve.

Diecinueve años era demasiado joven, al parecer, para ser la hija de Gavriel, aunque ella parecía tan similar a la mujer en la que se había jado una vez. Aedion no recordaba bien a su madre; sus últimas memorias eran de una cara demacrada, gris cuando suspiró su aliento final. Cuando se negó a los curanderos Hada que podrían curar su enfermedad en ella. Pero había oído que parecía idéntica a Aelin y su madre, Evalin.

La voz de Aedion era ronca cuando preguntó: —¿El León es mi padre?

Una cabezada de Graham.

—¿Lo sabe?

—Apuesto que ver a Aelin la primera vez le hizo preguntarse si hubiera engendrado un hijo con su madre. Probablemente, él todavía no tiene idea, a menos que eso lo llevara empezar a buscar.

Su madre nunca le había dicho a nadie –a nadie, pero Evalin– quién era su padre. Incluso cuando ella murió, se lo guardó para sí mismo. Había rechazado a esos curanderos Hada debido a él.

Porque lo podían identificar, y si Gavriel sabía que tenía un hijo... Si Maeve sabía...

Un dolor viejo rasgó a través de él. Se lo había guardado muy seguro –había muerto para mantenerlo fuera de las manos de Maeve.

Calientes dedos se deslizaron alrededor de su mano y lo apretaron. No se dio cuenta de lo frío que estaba.

Los ojos de Aelin –sus ojos, los ojos de sus madres– eran suaves.

—Esto no cambia nada —dijo—. Sobre quién eres, lo que signi cas para mí. Nada.

Pero lo hacía. Cambiaba todo. Explicaba todo: la fuerza, la velocidad, los sentidos; los instintos depredadores y letales que siempre habían luchado para mantenerlo a raya. Por qué Rhoe había sido tan duro con él durante su entrenamiento.

Porque si Evalin sabía quién era su padre, Rhoe ciertamente lo sabía, también. Y los machos Hada, incluso los machos medio-Hada, eran mortales. Sin el control de Rhoe y sus señores se habían aferrado a él desde una edad temprana, sin centrarse... Lo sabían. Y se mantenían con él.

Junto con el hecho de que después de que le jurara a Aelin el juramento de sangre un día... muy bien podría permanecer joven mientras que ella envejecía y moría.

Aelin cepilló su pulgar contra la palma de su mano y luego se giró hacia Graham.

—¿Qué significa esto en cuando a Maeve se refiere? Gavriel está obligado por el juramento de sangre, así que ¿ella tendría una demanda en su descendencia?

—Como el infierno que lo hace —dijo Aedion. Si Maeve intentaba reclamarle, le rasgaría la garganta. Su madre había muerto por miedo a la Reina Hada. Lo sabía en sus huesos.

Graham dijo:

—No lo sé. Incluso si ella pensara así, sería un acto de guerra el robar a Aedion de ti.

—Ésta información no dejara este cuarto —dijo Aelin. Calmada. Calculadora –ya ordenando a través de cada plan. El otro lado de la moneda—. En última instancia es tu opción, Aedion, si quieres acercarte a Gavriel. Pero tenemos bastantes enemigos a nuestro alrededor para ello. No tengo necesidad de iniciar una guerra con Maeve.

Pero lo haría. Iría a la guerra por él. Lo vio en sus ojos.

Casi cortó su respiración. Junto con el pensamiento de la carnicería que sería si ambos lados, si la Reina Oscura y la heredera de Mala Fire-Bringer2 chocaban.

—Me quedo con ustedes —consiguió decir Aedion. Podía sentir la evaluación de Graham y el peso y soltó un gruñido. Despacio, Aedion levantó su mirada para encontrar la del príncipe.

La dominación pura de esa mirada era como estar golpeando en la cara con una piedra.

Aedion la sostuvo. Como el infierno se echaría atrás; como el infierno cedería. Y habría un rendimiento –en algún lugar, en algún momento. Probablemente cuando Aedion tomara ese juramento de sangre.

Aelin chasqueó la lengua.

—Dejen de hacer esa tontería del hombre-alfa. Una vez es suficiente.

Graham no parpadeó tanto.

—No estoy haciendo nada —pero la boca del príncipe se levantó en una sonrisa, como diciendo a Aedion, ¿Crees que puedes tomarme, cachorro?

Aedion sonrió abiertamente. En cualquier lugar, en cualquier momento, príncipe.

Aelin murmuró:

—Insoportable —y le dio a Graham un empujón juguetón en el brazo. Él no se movió—. ¿Realmente vas a entrar en un concurso de meado con cada persona que conocemos? Porque si es el caso, entonces no llevará una hora para hacerlo en una cuadra de ésta ciudad, y dudo que los residentes estarán especialmente felices.

Aedion luchó contra el impulso de tomar una respiración profunda cuando Graham rompió su mirar jamente para darle a su reina una mirada incrédula.

Ella cruzó sus brazos, esperando.

—Nos va a llevar tiempo para adaptarnos a una nueva dinámica —admitió Graham. No una disculpa, pero por lo que Aelin le había dicho, Graham no suele preocuparse por estas cosas. Se veía francamente consternada por la pequeña concesión, realmente.

Aedion trató de relajarse en su silla, pero sus músculos estaban tensos, su sangre rasgueando en sus venas. Se encontró diciéndole al príncipe:

—Aelin nunca dijo nada sobre buscarte.

—¿Ella responde a usted, General? —una peligrosa, tranquila pregunta. Aedion sabía que cuando los hombres como Graham hablaban suavemente, por lo general signi can que la vio- lencia y la muerte estaban en su camino.

Aelin rodó sus ojos.

—Sabes que no lo quiso decir así, así que no escojas luchar, aguijón.

Aedion se puso rígido. Podía luchar sus propias batallas. Si Aelin creía que necesitaba protección, si ella pensaba que Graham era mejor guerrero–

Graham dijo:

—Soy tu juramento de sangre –lo que significa varias cosas, una de las cuales es que no me importa especialmente el interrogar a los demás, incluso a tu primo.

Las palabras hicieron eco en su cabeza, su corazón.

Juramento de sangre.

Aelin estaba pálida.

Aedion le preguntó:

—¿Qué dijiste?

Graham había tomado el juramento de sangre de Aelin. Su juramento de sangre. Aelin cuadró sus hombros, y dijo claramente, constante:

—Graham tomó el juramento de sangre antes de que abandonara Wendlyn. Un sonido rugiente pasó por él.

—¿Lo dejaste hacer qué?

Aelin expuso sus palmas con cicatrices.

—Por lo que sabía, Aedion, eras leal al servicio del rey. Por lo que sabía, nunca iba a verte otra vez.

—¿Lo dejaste tomar el juramento de sangre? —rugió Aedion.

Ella le había mentido a su rostro ese día en la azotea.

Tenía que salir, de su piel, de ese departamento, de esta ciudad condenada por los dioses. Aedion arremetió contra una de las estatuillas de porcelana encima de la repisa del hogar, con la necesidad de romper algo que acabara con ese rugido de su sistema.

Ella lo señaló con un dedo malvado, avanzando a él.

—Rompes una cosa, rompes solo una de mis posesiones, y empujaré los fragmentos por tu garganta berrea.

Una orden –de una reina a su general.

Aedion escupió en el suelo, pero obedeció. Aunque solo sea porque ignorando esa orden podría muy bien hacer trizas algo mucho más precioso.

En cambio dijo:

—¿Cómo te atreviste? ¿Cómo te atreviste a dejar que lo tome?

—Me atrevo porque es mi sangre para regalar; me atrevo porque no existías para mí entonces. ¡Incluso si alguno de ustedes lo hubiera tomado aún, todavía se lo daría porque es mi carranam, y ha ganado mi lealtad incondicional!

Aedion quedó rígido.

—Y ¿qué pasa con nuestra lealtad incondicional? ¿Qué ha hecho para ganar esto? ¿Qué han hecho para salvar a nuestra gente ya que has vuelto? Nunca iban a decirme sobre el juramento de sangre, ¿o es simplemente una de las muchas mentiras?

Aelin gruñía con una intensidad animal que le recordaba que ella también tenía sangre de Hada en sus venas.

—Anda a hacer tu rabieta a algún otro lugar. No vuelvas hasta que puedas actuar como un ser humano. O la mitad de uno, por lo menos.

Aedion juró a ella, una maldición sucia, asquerosa que lamentó inmediatamente. Graham arremetió contra él, golpeando hacia atrás su silla con fuerza para tirarla, pero Aelin lanzó una mano. El príncipe se retiró.

Qué facilidad, ella ordenaba a su guerrero poderoso, inmortal.

Aedion se rió, el sonido frágil y frío, y se rió de Graham de un modo en que los hombres por lo general tiraban el primer golpe.

Pero Graham solo puso su silla e vertical, se sentó, y se inclinó hacia atrás, como si ya supiera donde sería el golpe de muerte de Aedion.

Aelin señaló la puerta.

—Lárgate. No quiero volver a verte por un buen tiempo.

El sentimiento era mutuo.

Todos sus proyectos, todo lo que había trabajado para... Sin el juramento de sangre era solo un general; solo un príncipe sin tierra de la línea Ashryver.

Aedion anduvo con paso majestuoso a la puerta y salió sin despedida tan fuertemente que casi la arranca de las bisagras.

Aelin no lo llamó después.


1 Supongo que hace referencia a un episodio no narrado antes de que llegaran a hablar con Maeve, con las castas más altas de Mistward, como dice el texto.

2 Mala Fire-Bringer signi ca Mala Portadora de Fuego

*Como había dicho en los anteriores capítulos hija hacer unas preguntas el lune pero como verán el capítulo es extremadamente largo y hasta ahora pude terminarlo y he visto que algunas no jugaron con las preguntas de la primera vez fue por no tener buena memoria haci que voy hacer algo más fácil y es que Pondre 5 preguntas de este cáp que comenzara así "-" y las otras 5 que son de los libros anteriores o lo que yallevamos de cáp y comenzarán así "#" para que dos o una persona puedan ganar y así cumplir con 1 hasta 10 que avía dicho comencemos:

-¿di todas las fragancias que le dijo Aelin que podía usar Graham?

-¿de qué olor es el jabón favorito de Aelin?

-¿describe el vestido que le gusto a Graham?

-¿qué juramento se refiere Aedion?

-¿Qué se corto Graham y porque estaba triste y feliz Aelin por ese hecho?

#¿Como le decía Aelin a una de los amigos de Graham?

#¿Cómo se llama las minas a donde Candy pasó un año de su vida?

#¿Cómo se llama la reina que le dio el color a Aelin?

#¿quiénes vigilan la torre de reloj?

#¿Qué hizo Candy cuando estuvo al frente de la tumba de Annie, que le puso y por qué ?