Francia se encontraba solo. Solo y aburrido.
—Tengo que irme a trabajar—le había dicho España.
Había ido a visitar a su buen amigo español, pero al parecer éste estaba tapado de trabajo, y tuvo que dejarlo solo para irse a terminar el papeleo que su jefe le encargaba.
Lo único que podía hacer el francés era quedarse fumando hasta gastar todos sus cigarros e intentar leer los libros en español que tenía el castaño.
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Cuando España regresó a su casa (más tarde en la noche de lo que había supuesto en un principio), tuvo que mirar dos veces su sofá: ahí estaba Francia durmiendo, con una expresión en su cara bastante pacífica, y no su usualmente cara de amargura.
El ibérico se preguntó porque el rubio no se había marchado a su propio hogar. También arrugó la nariz a causa del olor a cigarro que su amigo había dejado en la casa. Abrió las ventanas, pensando en si debería despertar o no al francés.
"Al carajo, le tienes confianza, es tu amigo. Que le den. No le des tantas vueltas al asunto" se dijo a sí mismo. Fue hacia dónde estaba el galo, y quitándole el libro que tenía en sus manos lo zarandeó para despertarlo.
El rubio gruñó, dándole un manotazo al español. Éste último permaneció impasible ante el golpe unos segundos, y luego se lo devolvió al más alto, con más fuerza.
—¿¡Porqué fue eso!? —exclamó Francia, furioso y dolorido.
—Ojo por ojo... —gruñó España—Tú empezaste con la violencia.
—Joder... ¿qué hora es? No pude evitar quedarme dormido. Este sofá es condenadamente cómodo—murmuró.
Su amigo de habla hispana no dijo nada, pero permaneció observándolo en silencio.
Francia suspiró ante eso. A veces el otro se quedaba mirándolo así sin razón alguna, aparentemente. Aunque en realidad sí había una, que sólo ellos dos sabían... y tenía que ver con sus encuentros íntimos, que se daban de vez en cuando. Habían comenzado con eso hacía unos cuántos años. El francés nunca fue muy abierto en cuanto a lo que a las relaciones sexuales se refería, y España consideraba muy problemático conseguir a alguien para quitarse las ganas. Pero una tarde como cualquier otra, en la casa del galo, sus tranquilas conversaciones habían derivado en el escabroso tema del sexo. El rubio le había confesado que hacía demasiado tiempo que no experimentaba algo así, pero que le gustaría volver a repetir la experiencia, aunque no sabía cómo hacer exactamente para lograrlo. España, que no encontraba para nada desagradable al otro europeo, le preguntó directamente y sin preámbulos, si quería "follar con él".
Y una cosa llevó a la otra.
El acontecimiento se repitió a lo largo de muchos años. Nada cambió en su amistad. Simplemente tenían sexo de vez en cuando, y a los dos les gustaba, ya que se sentían cómodos y en confianza con el otro, además de que no debían dar explicaciones en el caso de pasar mucho tiempo sin verse o sí estaban con otra persona. No había que explicar las ganas o falta de ellas de tener sexo. Era simplemente sexo soso sin compromiso ni sentimientos de por medio.
Y Francia sabía que esa mirada significaba que el español andaba con ganas.
—Mucho estrés en el trabajo—adivinó el francés, y el castaño asintió con la cabeza.
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Mientras España lo embestía en el sillón donde un rato antes había estado durmiendo, Francia se preguntó si de verdad era sexo sin sentimiento alguno. Es decir, llevaban mucho tiempo realizando eso, y prácticamente conocían el cuerpo del otro tanto o más que el de cada uno. Y las únicas dos veces en 30 años que el rubio había estado con otra persona que fuera el español, no podía evitar recordarlo esporádicamente y reconocer que prefería a su amigo. Al principio lo atribuyó a la cómoda simplicidad de su relación, la amistad en sí y a la costumbre. Se preguntó qué pasaría si sus encuentros íntimos cesaran. ¿Cómo se sentirían? ¿Lo extrañaría demasiado? ¿El que la abstinencia lo matara significaría que sí tiene sentimientos por el español?
Sus pensamientos fueron interrumpidos por algo completamente inesperado: España lo había besado.
Insólitamente, era la primera vez que lo hacía. Tenían un acuerdo mutuo de "nada de besos, sólo mordidas en el cuello y ya".
El pulso del galo se aceleró más de lo normal en esa situación. El tener los labios del español sobre los suyos no le hacía sentir incómodo. Era una sensación extraña, pero no tan horrible como había creído. De hecho, en ese momento sintió, más que nunca, que era verdaderamente especial para el hispano.
Y dudó más que antes sobre si no había algo más que deseo entre ellos.
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—Creí que habíamos dicho "nada de besos"—le recordó el francés una vez que ambos terminaron. España no le respondió—¿Se puede saber que ha pasado?
—Me dieron ganas de hacerlo—contestó el ibérico, incómodo por tener que explicarse por primera vez.
—Es decir, que sentiste deseos de hacerlo—el hispano asintió—Puedo vivir con eso.
Permanecieron en silencio, hasta que (extrañamente) el español decidió romperlo.
—¿Sabes, Francia? Lo nuestro sigue siendo sólo deseo—confirmó—... Pero, a veces no siento necesariamente deseo sexual. A veces... a veces sucede que simplemente te deseo a ti.
Su amigo suspiró, enterrando los dedos en el cabello castaño ondulado del ibérico. No sabía cómo ni cuánto, pero eso definitivamente cambiaba las cosas.
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Otro drabble terminado ;) Esto iba a ser un LetoniaxSealand... pero no pude D: Sealand es niño, joder, y no me va el shota. Lo intenté Dx Pero sólo los veo como amigos, incluso en la versión 2P! (Letonia es un adolescente casi joven adulto ._. no, no puedo, Entschuldigung).
¡Hasta el próximo~!
