Me levanto con fuerzas renovadas, aunque no sé qué porcentaje de realidad hay en esa sensación; soy consciente de que podría derrumbarme en cualquier momento, por lo que procuro mantener la calma al máximo. Me ducho con agua fría y encuentro algunas dificultades en peinar mi nuevo cabello, pero decido que el aire exterior será el que lo moldee como guste. Me siento torpe al intentar descifrar cómo maquillarme…, ¿por dónde empiezo?, ¿qué es cada cosa? No quiero parecer un payaso. Me rasco la frente, intentando recordar los consejos de mis estilistas. Lo primero que me viene a la cabeza es el diminuto brillo de labios transparente, así que lo saco y lo extiendo sobre mis labios. No es muy transgresor (creo que es más un protector labial que un pintalabios), pero da más iluminación a mi rostro (ya no parezco una enferma terminal). Sigo rebuscando y encuentro esa cosa que servía para alargar las pestañas. Lo examino y extraigo el rizador en el que puede leerse "Día" (supongo que "Noche" será diferente), y me elevo las pestañas con él. Descubro que es muy discreto, no tiene ese tono negro oscuro que recordaba, y se limita a elevar un poco mis pestañas y a alegrar mi mirada. Me veo extraña pero estoy conforme con el resultado.

Tras maquillarme, me dirijo a mi habitación y me visto con unos pantalones ajustados negros y una camiseta ancha de manga corta, sin olvidar mis botas. Voy a salir a cazar, así que debo llevarlas aunque mis pies parezcan brasas. ¿Las cazadoras se maquillarán? No creo que queden muchas en estos tiempos de paz.

Paro en seco mis pasos cuando distingo la figura de Peeta alejándose de mi puerta a través de la ventana del salón. Desciendo los escalones que me faltan y abro bruscamente la puerta. No pienso permitir que piense que podemos ser amigos o vecinos cordiales. El sol golpea mi rostro cuando salgo y Peeta se gira con sorpresa.

- ¿Qué hacías en mi puerta?- escupo las palabras.

- Buenos días.- necesita unos segundos para responderme, supongo que no esperaba que fuera a descubrirlo. Clava sus ojos azules en mi rostro. ¿Cómo es posible que se haya dado cuenta tan rápido de que he usado ciertos cosméticos?

Voy a acusarle de acoso cuando extiendo los pies para caminar hacia él y algo me hace tropezar. Bajo la vista y veo una cesta llena de pan, casi aplastada por mis botas, junto con una nota. Mi nombre está dibujado con el mismo trazo que dos atrás y le dirijo la mirada más hostil que conozco.

- ¿Qué pretendes?- ya estoy elevando el tono.

- Pensé que sería un buen modo de empezar.- no se acerca.

- ¿De empezar qué?- ya estoy chillando.

- Son tuyos, haz lo que quieras con ellos.

¿De verdad está intentando ser diplomático? Nunca pensé que pudiera ser tan hipócrita. Hirviendo de rabia por todos los poros de mi piel, le lanzo la cesta con una patada y cae justo sobre sus pies. Dedica una lenta mirada al estropicio y vuelve a clavar sus ojos en mí. No veo rencor, ni siquiera enfado…, ¿pena? Los panes están llenos de barro y polvo.

- Ya los tienes de vuelta.- me siento la peor persona del mundo, pero le decido una sonrisa satisfecha.- Y, por si no lo has entendido, como vuelva a verte cerca de mi casa te clavaré una flecha en el cuello.

- Eso va a ser un poco difícil, somos vecinos.- no está alterado en absoluto.

- No te hagas el gracioso, sabes a lo que me estoy refiriendo. Solo son un par de reglas para que la convivencia, para mí desgracia, sea lo más normal posible. No te acerques a mi casa, no me dirijas la palabra y olvídate de enviarme cartitas.- le señalo la nota, arrugada sobre sus pies.

- Pensé que había que aclarar algunas cosas.

- No hace falta que pienses por mí. En cualquier caso, no tenemos nada de lo que hablar y, en el caso de que quisieras decirme algo, que lo dudo, dímelo a la cara.

- ¿Hablas en serio? Estaría muerto antes de decir "hola".- se ríe con algo de rabia, pero mantiene la calma.

No tengo respuesta para eso, tiene razón.

- Yo no tengo nada que decirte, preferiría no tener que verte a no ser que sea estrictamente necesario.- sigo expulsando todo el veneno que llevo dentro, pero no se acaba.

Espero que diga algo, pero sigue mirándome fijamente sin mover los labios. Intento descifrar qué está pensando, pero sus pupilas están tan vacías como las mías. Quizás me he pasado.

- ¿Quieres dejar de mirarme?- no quiero cerrar la puerta yo primero. Es un comportamiento infantil, pero me niego.

- Te has cortado el pelo, ¿y tu trenza?

El tiempo parece detenerse cuando pronuncia esas palabras. ¿Qué busca con todo esto? De todas las cosas que podría haber dicho…, ¿mi pelo? Es como si quisiera mostrar que le da exactamente igual todo el veneno que yo pueda echarle, que él seguirá dedicándome la más cálida de sus sonrisas a pesar de todo. El íntegro Peeta, ¡cómo no!

- Haz como si no existiera.- añado antes de propinarle una última mirada hostil y entrar en mi casa con un portazo.