Notas: varias personas me han comentado que ya es una exageración lo que continúo escribiendo y que sólo estoy alargando la historia por capricho. Quiero decirles que bajo ninguna circunstancia seguir escribiendo a este nivel, con esta cantidad de información, con todos los personajes y sus tramas y personalidades y arcos dramáticos, es un capricho. En realidad, ¡yo ya quiero terminar este fanfic! Deseo ponerle punto final. Pero no lo haré mal. Planteé una historia muy larga, llena de recobecos y giros dramáticos, pienso darle un final digno, uno que además está planeado y, desde mi perspectiva, es lo único que se merece Hermione Granger–Berkley, quien es la verdadera protagonista de este fic, pese al título. Es por su reencarnación que todo el fic tiene inicio, nudo y descenlace, y no habrá manera en este mundo en que no le otorgue un cierre digno. Así que, si ya te aburrió el fic, si ya no lo quieres leer, lo entiendo por completo, pero no me importa. Amo esta historia y la cerraré cuando esté conforme con el resultado.

La partida del Maestro de la Muerte

Lessa Dragonlady

"El lago negro sin fin"

La inauguración sólo consta de los ochenta magos y brujas que participan en el caso del Alquimista Insurgente. Conozco a la mayoría, muchos están directo bajo mi cargo en el nuevo laboratorio, los teóricos, mientras que el resto se trata de gente de "acción", bajo las órdenes de Potter. Hoy nos presentarán al resto del equipo que permanecía aislado: los Inefables del Milenio, la primera generación graduada del último programa del Departamento de Misterios para tener control de la magia dentro de nuestro país. Los rumores dicen que los mejores Aurores del DSM tendrían problemas de enfrentar a uno solo de ellos. Por suerte, para el ego de los Aurores, apenas cuatro personas lograron completar el programa. Francis, mi adorado hermano, es uno de ellos.

—¿A quién busca, señorita Berkley?

Dejo de usar a Potter como poste para intentar ver por encima de la pequeña multitud. La gente parece extasiada con esta tontería de la gala, ¡no veo a mi hermano!

—Francis —respondo, desesperada. Vuelvo a jalar a Potter hacia otro lado del laboratorio—. Se supone que estaría aquí. Parson me lo prometió.

—¿Creí que el Capitán Parson y usted no tenían una buena relación?

—Larga historia.

—¿Resumen?

—¿Qué dijiste? —me freno de golpe, mirándolo asustada. Sus ojos verdes relucen por encima de la corbata que le hice. Se ve formal, guapo y travieso por su cabello negro revuelto. ¿Por qué tenía que ser tan atractivo? Pudo ser un tipo común, alguien más incómodo de ver, por lo menos. Pero no, tenía que nacer con esa mirada y esa sonrisa y esa estructura facial...

Me sonríe —Un resumen de la larga historia.

Harry, mi Harry, me decía eso a veces en Hogwarts. Cuando yo volvía de una clase especialmente pesada, me sentaba a su lado en la Sala Común, bufando por el cansancio. Él me preguntaba qué tenía. Yo respondía larga historia. Y él decía eso. Luego yo le contaba rápido de qué trató la clase. Sabía que a él realmente no le interesaba, pero era su manera de ayudarme. Harry era un encanto de niño. Cuando entró en la adolescencia se volvió un poco insoportable, la verdad, ¿pero quién no?

Agarro valor, decidida a que esto no me deshaga la vida, de nuevo —Thomas y yo nos hicimos amigos muy pronto cuando estuvimos juntos en un caso. Teníamos que decodificar el diario de un mago oscuro. Fue divertido.

Una charola flotante pasa junto a nosotros y yo agarro de inmediato una copa de champaña. Potter me levanta una ceja. Lo ignoro.

—La verdad es que él y yo somos parecidos —confieso, recordando con cariño al Capitán de Aurores—. Supongo que en esa época fundamentamos una amistad real y hermosa. Luego… —giro los ojos, resignada— Parson creyó que soy una especie de bruja tenebrosa o algo así.

—¿Cómo cayó en esa sospecha?

Seguimos del brazo, caminando por el laboratorio —Oh, esto es sólo un resumen de la historia, no puedo darte tantos detalles. El punto es que, desde entonces, tenemos esta extraña relación de amigos/enemigos.

—Por eso Parson le dijo que Francis estaría aquí.

—Por eso y porque así me convenció de trabajar contigo —le respondo, sonriente. Al ver su indignación, suelto una carcajada—. ¿Qué? ¿En serio creíste que tú eras el único que no quería trabajar con el otro?

—¿Se puede saber por qué usted no quería trabajar conmigo?

—¡Granger! Joder, hasta que te encuentro —dice Susan, apareciendo frente a nosotros. Trae una túnica borgoña muy entallada y el cabello rubio recogido en un moño negro. Se ve espectacular. Sigue hablando sin quitar la vista de su bolso, donde tiene el brazo metido hasta el hombro, buscando algo—. ¿Qué te parece la inauguración? Fue mi idea.

Le doy otro trago a la champaña —Por lo menos hay alcohol. ¿Por qué no me avisaste que sería de gala?

Sue maldice y vuelve a revolver su brazo dentro del pequeño bolso —¿De qué hablas? Se supone que Hans notificó a cada integrante del caso… —mira hacia mí y se congela al ver a Potter de mi brazo— ¿Qué está pasando?

Potter se tensa aún más, no está alegre de ver a su amiga —Buenas noches, Bones.

Le doy un codazo —No le hables así. Ha sido tu amiga años.

—Y la tuya también, al parecer.

Susan parpadea de nuevo, sin dejar de ver nuestra cercanía —¿Qué está pasando?

—Nada —respondo, quitándole el bolso—. ¿Qué buscas? ¿Y quién es Hans?

—Mi pipa, por supuesto. Hans es mi nuevo asistente. Un pelmazo, si me permites decirlo.

Un hombre de mi edad se nos acerca. Tiene el rostro grueso y una postura extraña. Me recuerda a Percy en sus peores momentos de soberbia.

—Madam Bones —dice con voz gangosa—, aquí está su pipa.

Susan se sonroja, sabiendo que lo escuchó —Ah, Granger, Potter, él es Hans, mi asistente.

Él no nos voltea a ver —Tiene más invitados que saludar, Madam, no sólo a sus amiguitos.

—Ya lo sé. Ve a conseguirme algo más fuerte, odio la champaña. ¡Ve, ve! —cuando por fin puede correrlo, Susan sigue hablando conmigo, ignorando a Harry— ¿No te gustó la idea de la inauguración?

—Innecesaria —respondo—. No me siento cómoda de que tanta gente sin la preparación adecuada esté en mi nuevo laboratorio.

—Pero el Ministerio inglés queda muy bien ante la C.I.M. —dice, prendiendo la pipa. Le echa una mirada a mi vestido y luego al traje de Potter— ¿Sabes que Viktor Krum está aquí?

Intento no sonreír tanto —¿En serio? ¿Por qué?

—Viene como diplomático de Bulgaria. Seguro te está buscando.

—No puedo creer que se haya dedicado a la política, después de su carrera como buscador.

—La gente cambia —dice con resentimiento, mirando a Potter—, puedes estar toda la vida cerca de ellos, apoyarlos, cuidarlos, quererlos, y al final por cualquier cosa te desechan.

—¿Cualquier cosa? Susan, abusaste de mi confianza. Contaste lo más íntimo y doloroso de mi vida. Ahora ya todos lo saben. Apareció en periódicos, revistas, en programas de radio. Con una mierda, hasta quieren escribir un libro sin mi autorización sobre Ausencia. ¿Qué demonios esperabas que hiciera?

Susan se ve completamente arrepentida. Su labio inferior tiembla unos segundos. Estoy por gritarle a Potter que jamás vuelva a hablarle de ese modo, cuando ella me gana.

—¡Si tras años de conoceme crees que fui capaz de eso sin ninguna razón, entonces me da gusto que ya no me quieras en tu vida, Potter! —vuelve a mirar nuestros brazos unidos— Y no me arrepiento. No me arrepiento.

Se marcha, azotando el bastón cada dos pasos. Varias personas aprecian el espectáculo.

—Sue… —Potter por fin parece comprender lo que hizo, pero no va detrás de su amiga— Quizá sí es lo mejor.

Me suelto de su brazo —Qué terco eres, ¿te lo han dicho?

—Por favor, no se meta en lo que no le incumbe, señorita Berkley.

—No me incumbe por ti, pero sí por ella. Susan es una excelente amiga. Deberías pedirle una disculpa.

—¿Cuándo se volvieron ustedes dos tan cercanas?

Cambio mi copa vacía por otra que convenientemente pasaba flotando.

—Seguiré por mi cuenta —le digo, indispuesta a acompañarlo después de su actitud—. Nos vemos después.

El resto de la noche la paso del brazo de Viktor. Fue maravilloso encontrarlo ahí después de años de sólo escribirnos. Me mostró fotografías de su familia: esposa y cinco hijos varones. Él no podría ser más feliz.

—Ruvanka sigue sin creerme que te conocí desde que eras sólo Granger —dice en un perfecto inglés—. Menos que fui contigo al baile de los Tres Magos. Siempre me dice: ¡Vik, si no me dejas de bromear, te daré shkembe chorba de cenar! Y uff, no me gusta esa terrible sopa.

Me río a su lado, disfrutando de la textura de su capa —Oh, Viktor, ¿pero qué tiene de especial que me hubieras conocido antes?

—Ruvanka te adora, Hermione. Ha leído tus artículos sobre la equidad e igualdad de los seres mágicos.

—¿En serio?

Viktor de pronto se pone serio —Sé que te lo he dicho en repetidas cartas, querida amiga, pero debo hacerlo también ahora que te tengo enfrente. Es una suerte para el mundo que hayas renacido. Cuando supe de tu muerte… Por favor, no me malinterpretes, amo profundamente a Ruvanka, le debo mi vida y es la madre más perfecta que pude desear para mis hijos…, pero no sé si nuestra historia hubiera sucedido sin tu fallecimiento. En esa época seguía amándote. Puede sonar como una tontería, yo era un adolescente muy torpe. Lamento si te incomodé.

Lo miro con cariño. Viktor envejeció de forma extraña, con las arrugas en los lugares no indicados y la nariz un poco más grande de lo que recuerdo de mi primera vida. Acaricio su rostro, teniendo extraños flashes de cómo era él hace veinticinco años. El contraste entre su piel seca y mi mano tersa me sorprende.

—No me incomodaste —susurro—. La verdad… es un alivio poder hablar de esto con mis viejos conocidos. Yo recuerdo a cada uno como si los hubiera dejado de ver un par de años. En cambio, ustedes, estuvieron muchos más lejos de mí. Recordándome como un espíritu, no como alguien vivo con quien podrían convivir. Los extraño a todos. Pese a ser amiga aún de la mayoría, hay algo que no termina de cuadrar… algo que me separa de ustedes.

Viktor me abraza. Lloro en su precioso abrigo de piel, de pronto muy consciente de mi segunda vida y sus consecuencias.

—¿Hermione, eres tú?

Me separo de Viktor. Es Rolf Scamander, con todo y gabardina de color verde limón y una flor naranja en el bolsillo del pecho. Su largo cabello miel está amarrado en una trenza, y su precioso rostro de labios gruesos se ve preocupado.

—¿Qué te hizo llorar, dulzura?

—Recordar, querido Rolf —respondo antes de besar sus mejillas. Me limpio el rostro con el pañuelo amarillo que me ofrece—. Te presento a Viktor Krum, diplomático de Bulgaria —ambos estrechan la mano—. Qué alivio tenerte en el equipo. Serás muy útil en el campo. ¿Cómo está Luna?

Rolf se ve muy incómodo y nervioso al responder —Fantástica. Ya sólo estornuda fuego de vez en cuando.

Viktor lo mira incrédulo.

—Lun está embarazada de gemelos —explico a mi amigo.

—¿Y por qué estornuda fuego?

Rolf sonrió, ahora enamorado —Porque Luna —pesca una de las copas flotantes—. Es una lástima que me hayan llamado para el caso del Alquimista Insurgente. Luna y yo planeábamos ir Galápagos.

—Pero está a punto de dar a luz —le digo.

—Precisamente. También los gummens de cola amarilla están a punto de poner sus huevos en el archipiélago. Luna quería hacerlo con ellos.

Viktor se ve más confundido.

Otros amigos se unen a nuestra plática. Por unos momentos olvido la triste conversación que tuve con Viktor. La fiesta está por terminar y no vi a Francis. ¡Qué decepción! Comienzo a despedirme de todos.

—Oh, dice Luna que sí podrá verlas el domingo, como siempre —me dice Rolf al despedirnos. Lo miro confundida.

—¿El domingo, como siempre? ¿De qué hablas?

Rolf se sonroja —Oh, ¿tú no…? Disculpa, Herm, creí otra cosa. Olvídalo.

Como si yo pudiera olvidar algo.

Por educación me despido especialmente de Anthon Tremblay. Potter está a su lado, con cara de aburrición absoluta. Qué bueno.

—Señorita Berkley —me llama cuando estoy por desaparecer—, permita que la escolte a su casa. No queremos que el atentado de hoy se repita.

Me cruzo de brazos, un poco harta y con frío. Extraño mi bata —No, gracias. Apareceré directo en mi habitación, así que es innecesaria tu preocupación.

Él detiene los ojos verdes en mi brazalete —Es una linda pieza de joyería, señorita Berkley. Está encantada, ¿verdad? Puedo sentir magia en cada piedra de la cadena. Supongo que lo registró al Ministerio de Magia, como dice la ley.

Suelto un bufido —Claro, con las otras ochenta cosas que escondo en mi laboratorio personal…

Me sonríe —Como Auror debo exigirle que registre su brazalete.

—No quiero.

—Y como Harry debo decirle que la acusaré con Parson si no me permite acompañarla.

Eso me hace reír —¿Me estás chantajeando?

—Negociando —tuerce los labios en una preciosa sonrisa.

Oh, no esa sonrisa…

—No será necesario, yo la escoltaré hoy y todos los días hasta que termine el caso y encerremos al Alquimista Insurgente.

Reconozco esa voz. Sé que estoy llorando mucho antes de que él termine de hablar. Me giro, echándome a sus brazos y exclamando su nombre. Siento su magia pegada a mi pecho y por fin mi parte Berkley está completa.

—Francis, Francis, Francis, Francis —no puedo parar de decir su nombre, con mi nariz clavada en su hombro.

—Hola, nutria.

Desde mi absurdo ángulo puedo ver su túnica: es una armadura de piel de dragón, que se pega a su cuerpo como una estampa. Su cabello está muy corto, más de lo que jamás lo ha traído. Su complexión es musculosa y dura. Se parece tan poco a mi Francis y, a la vez, es él. Huele a miel y almendras en el molino.

—Espero que no estés muy cansada —me dice sin soltarme— porque tengo un maldito antojo de la comida de mamá…

—¡Vamos ahora mismo a St. Otterpott! —le digo, separándome lo suficiente para ver su rostro. Tiene un par de cicatrices nuevas, nada preocupante, pero su ojo izquierdo tiene una coloración un poco extraña— ¿Qué tienes…

—Luego te cuento. Vamos con la familia.

Asiento, demasiado feliz para pensar en algo más, pero Francis mira detrás de mí una vez más.

—Gusto en verlo de nuevo, profesor Potter.

Escucho la risa humilde a mi espalda —Ya no soy su profesor, señor Berkley.

—Tiene razón. Ahora es mi jefe. Espero verlo después, por ahora, quiero ir con mi familia.

—Pasen una velada inolvidable.

No miro de nuevo a Potter, temerosa de que siga con esa sonrisa que me mata. Me abrazo más a Francis y espero a que nos desaparezca.

. . .

El escándalo en la casa de los Berkley seguro lo escuchó todo el pueblo. Mamá gritó de emoción, corriendo hacia Francis, que la levantó del suelo con facilidad, riendo. Michael aguantó lo suficiente para que Francis dejara a mamá en el suelo, antes de echarse sobre él, en un abrazo. Me uní enseguida, extrañando esos momentos donde sólo éramos los tres.

—¡Creciste tanto! —dice Michael, midiéndose junto a Francis— Qué buen uniforme, también. ¡Tienes que contarme todo el entrenamiento! Debo saber cada detalle.

Francis se sonroja por el halago del uniforme —Intentaré contar lo que pueda sin violar los estatutos del Departamento de Misterios. Oh, ¿quién es ella?

Prim le sonríe desde su silla en el comedor —Tu cuñada. Mucho gusto.

Michael corre a presentarla —Primrose Berkley. Me casé con ella hace un par de años. La conocí en una feria de granjas mágicas en Riverdale.

Francis abraza con el mismo ímpetu a Prim —¡Mucho gusto!

—Tu hermano llegó justo a tiempo, Mike —dice Prim, jugueteando con su overol de mezclilla.

—¿Ah, sí? ¿Por qué lo dices?

—Porque será tío.

Mamá volvió a chillar de emoción. Parecía no saber si abrazar a Primrose o de nuevo a Francis. Era una noche muy agitada para ella. Yo le gané, abrazando a mi cuñada, disimulando mi preocupación. ¿De verdad era buena idea que Prim se embarazara? Por Merlín, cada par de meses ella y mi hermano están a punto de separarse. No me parece buena idea…

Francis, ignorante de todo el drama familiar, toma la noticia con infinita alegría y pide que abramos el vino para celebrar.

Yo me niego a tomar vino, aún con la cruda del lunes pasado haciendo estragos mi estómago, además de las cinco copas de champaña que ya bebí hoy. Acompaño a Prim con jugo de zanahoria.

—¿Y papá? —dice Francis.

Quedamos callados. Michael, al final, responde.

—Escuchó a Hermione, así que se encerró en su cuarto, como siempre.

—¿Sigue ignorándola? —dice Francis, sin entender el dolor que esa expresión me provoca— ¡Han pasado años! Ya que lo supere. Hermione es nuestra hermana, es su hija, una Berkley!

Mamá agita las manos, intentando cambiar el tema —¿Quién quiere pato asado?

Francis brinca de la indignación a la sorpresa —¿Pato asado? Esa cena es cara, mamá, ¿tenías planeado algo especial hoy?

Michael sonríe —Oh, hermanito. Los Berkley ya no somos unos pobres granjeros. Entre los sembradíos que Prim y yo mantenemos y el trabajo de Hermione, estamos mejor que nunca. Pato asado ahora es una cena común aquí.

—Creo que me he perdido de muchas cosas —masculla Francis, tomando asiento—. Tendrán que contarme todo mientras como ese delicioso pato asado.

Mamá se encarga de poner la mesa y tener todo listo en segundos. La cena fluye entre conversaciones y chismes que ponen al día a Francis. La información es tanta que ni yo puedo creer que han pasado sólo tres años desde que entró al Departamento de Misterios.

—¿Estás saliendo con Wyatt Lawrie? —se ríe sin dejar de comer— ¡Creí que estarías con Scor! Estaba seguro de que entre ustedes había algo.

—No. Wyatt —aclaro, abochornada por pensar en el rubio.

Seguimos platicando de miles de temas. Prim se va a dormir temprano. Mamá no aguanta el desvelo y finalmente se marcha también de la cocina. Cuando quedamos los tres me siento llena de energía y felicidad.

—Así que ya eres un gran Inefable del Milenio —dice Michael, frente a su plato vacío y el vaso de vino lleno—, ¿qué se siente?

Francis lo piensa unos segundos —Como un peso muy grande. La responsabilidad de ser un Inefable del Milenio… son muchos juramentos, promesas… Espero cumplir mi deber.

Me sirvo más jugo de zanahoria, viéndolos. Francis parece perdido en sus pensamientos, Michael, en cambio, lo observa con algo parecido a la envidia. Eso es nuevo.

—Papá está orgulloso de ti —dice.

Francis se encoge de hombros —No lo estaba hace tres años, cuando me negué a seguir el negocio familiar. Por suerte, tú te hiciste cargo.

—Sí. Por suerte.

—Quizá ya no debes tomar otro vaso —le digo a Michael, quitándole la botella de vino—. ¿No crees que Prim te necesita? Ve a verla, yo me quedaré otro rato con Francis.

Michael reconoce la advertencia en mi voz, no por nada crecimos juntos. Deja su vaso y se marcha de la cocina.

—¿Qué fue eso?

—Nada —respondo cansada antes de sonreírle—. Me da gusto que ya estés de nuevo con nosotros.

—Yo más. Tengo miles de planes. Con lo que cobro por ser Inefable del Milenio puedo comprarme una casa en un par de años. Será fantástico. ¿Tú dónde estás viviendo? ¿Con Wyatt?

—Merlín, no. En Londres.

—Genial, cerca del Ministerio, supongo. Podría comprar algo por ahí, así seríamos vecinos, ¿te imaginas?

—Suena como un plan perfecto —le digo entre bostezos.

—Y así podrías ver todos los días a Abbie.

Eso me despierta de golpe —¿Qué? ¿Qué tiene que ver?

Francis me sonríe muy seguro —Es obvio. Me voy a casar con ella.

. . .

Vuelvo a esperar a la señorita Berkley en el mismo lugar que la última vez. Escucho la canción que suena en este momento: I've been waiting for a guide to come and take me by the hand. Could these sensations make me feel the pleasures of a normal man? Decido adelantar a la siguiente canción. No tengo ánimos de Joy Division.

Siento mi magia vibrar. Pongo pausa en el ipod. Frente a mí, una sombra extraña se crea en el aire. Saco mi varita, alterado. ¿Qué es eso? Al siguiente segundo, la señorita Berkley y su hermano aparecen ahí. Vienen discutiendo.

—...de verdad no me importa.

—Nutria, eso es lo más falso del mundo. Sé que lo de papá te tiene mal.

—¡No! Ay, qué irritante, Francis.

—¿Desde cuándo me mientes? Sé que escondes cosas. Tampoco fuiste honesta con Mike en la mañana, ¿cuál es tu problema con él?

La señorita Berkley le gira los ojos —¿No es obvio? ¡Va a ser padre!

—¿Qué tiene de malo? Yo ya quiero conocer a mi sobrino o sobrinita.

—Ya, claro. El problema es Prim. Quiero decir —se ve desesperada—, ella no tiene nada de malo, pero su relación con Mike… No va a funcionar, Francis. No quiero que mi sobrino o sobrina crezca en ese ambiente familiar.

—¡Los Berkley tenemos el mejor ambiente familiar!

—¿En serio? —chista ella, azotando las manos en su bata verde— Porque papá lleva diez años sin hablarme, demasiado decepcionado de que no soy su hija biológica; tú traes algo metido en el cuerpo que no está bien; mamá está deprimida porque todos tenemos una vida menos ella; y yo… ¡bueno ya sabes todo lo mío!

El señor Berkley va bajando los hombros conforme su hermana grita. Es gracioso ver a alguien tan grande y poderoso encogerse frente a su hermanita.

—¿Cómo sabes que tengo algo metido en el cuerpo?

—Ah, sin olvidar que llevas tres años fantaseando con mi mejor amiga, mientras permanecías encerrado en el Departamento de Misterios.

—¡Hey! Ese es otro tema.

—¡Sólo tuvieron sexo una vez! No puedes amarla…

—¿Cómo sabes que tuvimos sexo? —se veía impactado por eso.

La señorita Berkley suelta un enorme bufido —Es mi mejor amiga, ¡obvio me contó!

—¿Te contó que tuvimos sexo? ¡Ugh!

—Lo sé. ¡Ugh! Para mí tampoco fue agradable y… oh, buen día, Potter.

Ambos me miran avergonzados de su comportamiento. Supongo que no les gusta hablar de sus problemas familiares frente a extraños.

—Buen día. ¿Cómo aparecieron aquí?

El señor Berkley abre la boca, pero su hermana le gana —¡Eso quiero saber! Francis está haciendo magia extraña, Potter. Se siente raro, ¡dile algo!

Le sonrío, paciente —¿Qué podría decirle yo?

—¡Que me explique ahora mismo qué le hicieron en el Departamento de Misterios!

Su hermano responde algo no muy amable y ella le vuelve a contestar. Continúan la discusión mientras yo toco la puerta de Felicity Diamond. Ella nos deja pasar, muy divertida con el espectáculo de los hermanos. Después de un rato, la señorita Berkley le pide que pasen a otra habitación para examinarla. Me quedo a solas con el señor Berkley.

—Así que… —digo, aburrido— ¿Qué le hicieron en el Departamento de Misterios?

El rubio me mira incrédulo —¿En serio le harás caso a mi hermana en esto? ¡Lo que me faltaba! ¿Y qué, ustedes por fin son amigos de nuevo o seguirás maltratándola por su pequeño enamoramiento adolescente?

—Yo no la maltraté —digo entre dientes—. Y no somos amigos, tampoco. Somos colegas de trabajo.

—Qué mierda.

Quedamos en silencio. Su comentario me hace recordar la última época de la señorita Berkley en Hogwarts. Qué joven y problemática era, siempre con preguntas que hacían temblar la estructura completa de nuestro sistema político y social, siempre con la magia en la punta de los dedos y esa pequeña sonrisa de buena alumna… Era bellísima en ese tiempo, y ahora más.

La verdadera razón por la que no acepté casarme con Scorpius es porque amo a alguien más…

Ella se refería a mí. Luego me besó.

Fue incorrecto. Sigo sosteniendo que abusó de mi confianza. Pero…

—Quería comentarle, Auror Potter —dice mi acompañante, de pronto—, que los Inefables del Milenio llevamos más tiempo en este caso que usted. Sería interesante que conversemos al respecto, para comparar teorías.

—Me parece excelente idea, Inefable del Milenio Berkley.

Se sonroja al escucharme —Oh, aún no me acostumbro a eso. ¿Podemos hablarnos por nuestros nombres? Es incómodo así.

—Bien, Francis.

—Bien, Harry —se echa a reír—. Cuando era niño te admiraba, ¿sabes?

—¿Ya no? Quiero decir, no es porque espere que lo sigas haciendo, pero ¿qué cambió?

—Principalmente, le rompiste el corazón a mi hermana.

Borro mi sonrisa —Ya veo.

Felicity Diamond regresa a la habitación. Se ve pálida y su ropa aún más desaliñada. Puedo ver la grasa en su cabello y los poros de su rostro abiertos y sucios. Me preocupa su falta de higiene, podría significar una depresión, lo cual, en su caso, no sería difícil de entender.

—Hermione va a tardar un poco más. Está guardando mi sangre y… otras cosas —explica, tomando asiento frente a nosotros.

—Señorita Diamond, soy el Inefable del Milenio Francis Berkley, líder de mi equipo en el Departamento de Misterios para resolver su caso —se presenta con una actitud firme y segura—. Mis colegas Inefables tienen una teoría que tal vez podría ayudarnos a localizar al Alquimista Insurgente, pero necesitaríamos de su ayuda.

Felicity lo mira expectante —Cualquier cosa, con gusto lo haré. Yo… —sus manos vuelven a temblar. Su anillo de compromiso reluce bajo la luz de la mañana que entra por el tragaluz de la casa— Aún no es demasiado tarde, ¿verdad?

Francis la mira confundido —¿Para qué, señorita?

—Para… ver a Joey, mi prometida —explica, tartamudeando—. Se suponía que ese día nos veríamos para comer. Nunca habíamos fallado una cita, pero Joey tuvo que quedarse un par de horas más en la oficina. Por eso fui a almorzar con Mary, otra amiga. Ella y yo estábamos en el puente Harbour, viendo directo al Ópera de Sydney cuando… fuimos atacadas. No sentí dolor, ni vi algo fuera de lo normal. Todo ocurrió en un parpadeo. Pero al siguiente instante supe que yo estaba quebrada. El vacío en mi cuerpo fue aterrador. Lo primero que hice fue abrazarme al barandal del puente, creyendo que mis piernas fallarían. Mi cuerpo, sin embargo, estaba bien. Nada me dolía. Sólo era eso: el vacío absoluto de algo que siempre estuvo en mí y ya no. ¡Mi magia! —empezó a llorar, recordando ese maldito día— Creí que era una idiota por pensar eso. ¿Cómo podría faltar mi magia? Qué ridículo. Pero Mary ya estaba gritando lo mismo que pasaba por mi cabeza: ¡mi magia!

Felicity deja de hablar, cortando su respiración. Vuelve a apretar sus manos, justo en su anillo de compromiso.

—Si localizan al Alquimista Insurgente —continúa—, Hermione podrá recuperar mi magia. Confío en ella. Por eso, Inefable Berkley, pídame lo que sea. Ya quiero ver a Joey de nuevo. Por favor.

Miro con advertencia al rubio. No quiero que Felicity de nuevo ponga sus esperanzas en un supuesto.

—Confío en las capacidades de mi hermana, señorita Diamond —responde con la misma seguridad—. Dejemos que ella demuestre al mundo, de nuevo, que es capaz de lo imposible. Mientras, ayudémosle a llegar ahí, ¿le parece?

Me da un poco de arrepentimiento mi actitud con la señorita Berkley tras escuchar las palabras de Francis. Yo no tengo el mismo nivel de confianza en ella, a pesar de conocer su inteligencia y poder. Quizá sí me he vuelto un poco incrédulo. Amargado, corrige una voz en mi cabeza. Bien, ¡amargado!

—Sí. ¿Qué debo hacer? —responde Felicity.

Francis se levanta y le extiende algo que no veo bien en su mano —Sólo debe ponerse esto y…

Felicity grita fuera de control. Enseguida, la señorita Berkley entra corriendo al cuarto, con la varita apuntándonos.

—¡¿Qué sucedió?!

Alejo a Francis de Felicity. Ella se echa a los brazos de la señorita Berkley.

—¿Qué está pasando?

Francis la mira, avergonzado —Le pedí que se pusiera esto.

Nos enseña un reloj de plástico negro, Casio.

Veo la furia en los ojos mieles de la señorita Berkley y sé que esto no acabará bien.

. . .

Horas después, cuando por fin pudimos calmar a Felicity y dejarla a cargo de su elfo, regresamos al DSM.

—Se te ocurrió darle a la sobreviviente de uno de los ataques mágicos más terroríficos del último siglo, el maldito reloj que es culpable de que ya no tenga magia —dice la señorita Berkley, temblando de ira.

Francis, sentado en el sillón de Susan, la mira arrepentido —No es el reloj. Es una copia…

—¡¿Cómo pudiste ser tan inconsciente?! ¿En qué pensabas? —insistió, furiosa— ¡Felicity apenas puede comer y dormir! Sigue traumatizada, y tú, una persona de aparente confianza, una persona que se supone que la ayudará a recuperarse, le ofreces lo más temible para ella.

Francis baja el rostro —Lo lamento.

—Bueno, el chico ya se disculpó… de nuevo —dice Susan, poniéndose entre ellos—. Tienes que calmarte, Hermione.

—Sí, eso haré. Me largo a mi nuevo laboratorio. Ya quiero terminar con este caso. Pero, sobre todo, no quiero ver a ninguno de ustedes por ahora.

—¿Yo qué hice? —pregunta Susan.

—¿Y yo? —agrego.

La señorita Berkley nos echa una mirada igual de indignada. Casi brinco.

—Tú debiste detener a Francis —me dice—. Y tú, Susan… luego hablamos.

Sale dando un portazo.

Francis suelta un suspiro —Era así de temible a los tres años, y lo sigue siendo.

. . .

Frente a nosotros, la sangre de Felicity Diamond se mantiene suspendida en burbujas plateadas. El equipo está en silencio, tras alcanzar una conclusión bastante esperanzadora.

—Se puede revertir —dice madam Hyong, sus pálidos ojos dilatados por la emoción—. Sólo debemos rastrear dónde está la magia.

—Lo que quiere decir, rastrear al Alquimista Insurgente —responde el Maestro de Pociones Saenz—. ¿Alguien aquí es especialista en hechizos de rastreo?

Los dieciséis genios, sentados frente a mí, niegan, lo cual no me sorprende. Somos un equipo de lo que en el mundo muggle se comprendería como médicos, físicos, ingenieros, fármacos, químicos y biólogos. Los hechizos de rastreo no entran en esas categorías.

—Conozco a alguien que sí. Alguien que ya localizó a un Alquimista, antes —digo, dando por terminada la sesión.

Entonces me doy cuenta de lo extenuados que se ven todos. Reviso la hora: 4:53 AM. Otra noche sin dormir.

—Gracias por haber permanecido conmigo toda la noche —les digo.

El sanador Abreu me sonríe amable —Es un caso extraordinario para estudiar. Me atrevo a decir que ninguno de nosotros quiere ir a dormir sin saber la resolución del problema. ¿Realmente la magia de la señorita Diamond sigue existiendo? ¡Me mata la intriga!

Varios colegas apoyan su comentario. Nos vamos levantando, recogiendo el desorden de pergaminos, libretas y computadoras. La superficie plateada de la mesa refleja cada uno de los rostros desvelados y pálidos. Los escucho, sin atención, continuar la discusión sobre las probabilidades de recuperar la magia de Felicity y los motivos que pudo tener el Alquimista Insurgente para haberla robado en primer lugar.

—Usted no parece tener nada de sueño —me dice de pronto sorcière Lanusse—. En cambio, yo no puedo con el cansancio. A los ochenta y seis, ya no es fácil pasar una noche sin dormir.

Le sonrío a pesar de su terrible perfume —La juventud sirve por lo menos para aguantar desvelos.

Ella me levanta una ceja pintada. Sus grandes ojos, enmarcados por las sombras violetas, se deslizan hacia mi muñeca izquierda —Por supuesto, dulce criatura. El pretexto de la juventud le ayudará estos años. Después, deberá pensar en algo mejor o ese brazalete suyo comenzará a ser notorio para la gente indeseada.

—No sé de qué habla…

Me palmea con suavidad una mejilla —Sí lo sabes. Eres una lumbrera. ¡Cuántos cambios traerás al mundo! Espero ver algunos antes de morir. No temas por mis insinuaciones. Quedamos muchos magos y brujas de la antigua escuela que no estamos de acuerdo con las medidas de la C.I.M. sobre el uso de la alquimia. Pero no hablemos de esto aquí o en la tierra. Hasta luego.

Se marcha con todo y su abrigo lleno de lentejuelas chispeantes.

—¿A dónde vamos, entonces? —dice Francis, de pronto a mi lado. Se ve aburridísimo.

—Seguro no pensabas que escoltarme incluiría noches enteras en el laboratorio, ¿verdad?

—Ni en mis peores pesadillas.

—Te lo mereces. Sigo molesta contigo por lo de Felicity.

—Ya prometí que no volveré a hacer algo así sin discutirlo contigo antes…

—Bien. Vamos, no hay tiempo que perder.

—¿A dónde? ¿A casa de Abbie?

Le echo una mirada cortante —¡No! Vamos con Potter. Aparécenos en su casa.

—No se puede aparecer en los terrenos de Hogwarts...

—En la tienda de George y Padma, por supuesto. Está viviendo en el cuarto de la bodega. Tuvo que dejar el castillo cuando renunció al puesto de profesor para liderar este caso.

—Debió ser difícil para él.

Intento no pensar en eso. Me agarro de Francis y espero que la magia nos lleve a Diagon.

La madrugada en el callejón es húmeda y fría. El cielo empieza a entintarse de gris por el próximo amanecer. Todas las tiendas están cerradas, con un par de farolas prendidas en las vitrinas, como almas en pena. Es una hora poco recomendable para caminar por aquí. Se siente la magia residual de la actividad diurna y una extraña amenaza entre los huecos que forman las tiendas sobre el adoquín.

—Tengo la teoría —le digo a Francis en un susurro— de que los lugares con altas cargas mágicas generan poco a poco una especie de aura identitaria. Algo así como la presencia de los fundadores en Hogwarts, que le da ese aire de vida al castillo. Lo mismo sucede aquí, por ejemplo. Pero en vez de cuatro magos y brujas, son centenas de personas las que alimentan esa aura. Diagon aún está ajustándose a su identidad, pero parece que no será tan positiva en unos cuantos siglos.

—Eso suena espeluznante, sobre todo en este momento en particular —responde mi hermano, yendo directo hacia la tienda de George. Está por tocar la puerta cuando lo detengo— ¿Qué pasa? ¿Por fin te diste cuenta que despertarás a los Weasley a una hora terrible?

—No. Pero ya no será necesario.

Señalo hacia una de las direcciones del callejón. La neblina se mueve como una concentración de luces opacas entre la oscuridad. El goteo de los letreros de cada tienda, producto de la lluvia nocturna, envuelve el paso marcado de alguien que viene corriendo hacia nosotros.

Francis saca su varita. Su ojo izquierdo brilla durante un segundo.

—Quédate detrás de mí —dice con una voz extraña.

—No es peligroso —respondo, agarrando su brazo para frenar cualquier ataque.

Por fin, la figura lejana pasa por debajo de un farol agonizante. El brillo dorado resalta el verde detrás de los lentes. El resto de su cuerpo sigue moviéndose, como una pantera negra. Trae pantalones de algodón, sueltos, y una sudadera con gorra y sin mangas. Distingo los músculos de sus brazos y deseo no tener tan buena vista.

Se detiene frente a nosotros, con la respiración apenas agitada y el sudor bajando por su rostro. El cabello permanece oculto bajo la gorra de la sudadera.

—¿Se encuentra bien, señorita Berkley?

—Sí. Necesito un hechizo muy potente de localización.

—¿Qué puede ser tan urgente?

—Estoy convencida de que la magia de Felicity está siendo utilizada en este momento. Supongo que por el Alquimista Insurgente. Logré aislar un rastro de la magia de Felicity de su sangre. Con eso podrás hacer el hechizo, ¿cierto?

Potter me mira incrédulo —¿Cómo lograste hacer eso?

—No lo hice sola. Rápido, Potter, no tenemos mucho tiempo. Temo que el rastro desaparezca.

—Debo cambiarme. Por favor, espere cinco minutos.

Entra corriendo a la tienda, prendiendo las farolas a su paso, sin magia.

Francis lo observa curioso —Eso fue raro. La manera en cómo nos "saludó", quiero decir. Preguntó directo si tú necesitabas algo. Ni siquiera reparó en mí.

—¿Celoso? —le digo de broma.

Él me da un suave empujón —Ja–ja. Claro que no, nutria.

—Recuerdo que de niños, tú tenías un crush muy fuerte por Potter…

—¡Claro que no!

—"Oh, papá, quiero ser un Gryffindor para estar con mi héroe" te la pasabas diciendo.

Francis volvió a empujarme, como cuando éramos niños, y yo me le colgué, usando mi peso para intentar ganarle. Ahora menos funcionó, ya que mi hermano tenía el físico bastante firme. Casi me cargó, aún jugando pesado conmigo. Me jaló un poco el cabello y yo giré el codo para darle en las costillas.

—¡Confiesa que aún amas a Potter! —le dije entre risas.

—¡Pequeña insoportable…

De pronto usé magia para torcer su brazo, subiendo mi mano por su rostro, hasta cubrir su ojo izquierdo. La punta de mi varita se clavó en su garganta.

—¿Qué te hicieron en el Departamento de Misterios, Francis?

Ya no hay risas en el callejón.

—Nada que yo no haya aceptado.

—¿Qué es?

—Quita tu mano de mi ojo, Hermione.

—No hasta que me digas qué…

Algo frío me lame la palma de la mano. Brinco lejos de mi hermano, asustada.

—Francis…

Su mirada es bicolor: azul y roja.

—Hice un juramento, no puedo contarte.

Parpadea dos veces y de nuevo sus ojos son del azul precioso que tanto amo, el mismo color que alguna vez tuvo a Victoire suspirando y que Ted copió en la adolescencia, para atraer la atención de su ahora prometida.

¿Qué significa el rojo?

—Listo —dice Potter, saliendo de la tienda. Se ve recién bañado y con ropa casual: pantalones de mezclilla oscuros, camiseta azul rey.

Se percata de que algo no está bien entre nosotros. Observa mi posición: encogida, con la varita casi apuntando a Francis. Eso lo hace avanzar hacia mí, como un escudo entre mi hermano y yo.

—Regresemos al laboratorio —digo, un poco ronca.

Francis da un paso hacia nosotros.

—Tú no —decimos Potter y yo a unísono.

—Debes dormir —le digo a Francis, intentando sonar más como su hermana y menos como la bruja aterrada que me siento—. Te ves cansado.

—Haré de escolta hasta que sea necesario —dice Potter—. Sabe que no dejaré que algo malo le suceda a su hermana.

Francis no se puede negar. Nos ve desaparecer justo cuando el primer rayo del sol cae sobre Diagon.

. . .

Agradezco de nuevo que Potter aún es maestro de la varita de saúco, ya que el hechizo de rastreo nos lanzó una ubicación en Armenia, así que necesitamos de un tralador, pero haberlo pedido por la vía legal nos habría quitado mucho tiempo. Mientras caemos en tierras armenias, me pregunto qué ocurrió con la piedra de la resurrección, puesto que sé que Teddy tiene la capa de invisibilidad. Las reliquias ya no están juntos. Potter ya no es el Maestro de la Muerte. Pero la maldición sigue.

Armenia es una república soviética, un punto medio entre Europa y Asia, lo cual ha generado infinidad de problemas políticos para su gente. El traslador nos deja en Aragatsotn, una de las diez provincias de Armenia. La ciudad es una preciosa construcción medieval, rodeada por montañas verdes y atravesada por un río cristalino.

—¿Hacia dónde? —pregunto, acostumbrándome a la luz natural de la meseta.

Potter avanza por el pastizal, concentrado en la brújula dorada que invocó para rastrear la magia de Felicity. Lo sigo un par de pasos atrás, admirando la quietud del lugar. ¿Realmente aquí se encuentra el Alquimista Insurgente? Y si sí, ¿qué rayos planea Potter? Puede que entre su experiencia en combate y mi alquimia podamos dominarlo, ¿pero y si se trata de una trampa, como la última vez? Miro aprensiva la ciudad de Aragatsotn, ¿desaparecerá igual que sucedió con Uagadugú tras el ataque de Đæknû?

Caminamos por las calles empedradas. Cada lugar es una perfecta postal turística. El sueño de cualquier persona que desee aislarse del mundo, sin dejar las comodidades de la civilización.

Sigo pensando en aquel día que Đæknû activó el círculo de transmutación mundial. El calor. La alquimia roja. Los espíritus que se alzaban de las arenas. El terremoto. Abbie. Harry…

Me impacto contra el pecho de Potter, quien se detuvo en algún momento y giró para decirme algo. Sus manos sueltan la brújula, agarrando mis brazos para evitar que el rebote me aviente al suelo. La brújula queda atrapada entre nuestros cuerpos. Su rostro está a centímetros del mío.

—¿Está bien?

Aquel día, con el Ouroboros titánico dando vueltas en el cielo, fue la única oportunidad que tuvimos Harry y yo de hablar sin barreras. Yo tenía todos mis recuerdos. Él también. Y nos dijimos que cada uno era el amor de la vida del otro. Tú lo eres de mis dos vidas fue exactamente lo que le dije. Y recuerdo su voz llena de frustración cuando, conteniendo el llanto, fue honesto conmigo…

Por fin juntos… No tienes idea… cuando moriste en mis brazos… El primer año, mi amor, fue horrible. Te deseé cada noche. Te odié cada día. ¿Cuándo te enamoraste de mí? ¿Cuándo decidiste morir por mí?

Esas preguntas lo habían atormentado quince años. Ahora, en cambio, yo llevo diez años preguntándome lo mismo. ¿Cuándo se enamoró de mí? ¿Cuándo decidió destruir sus memorias por mí?

—Harry… —susurro, agarrándome de su camiseta. Él contiene la respiración y yo sigo mirando sus ojos verdes.

Pero no fue lo único que me dijo ese día.

Debes redescubrirte. Debes crear tu propia historia. Nuestro tiempo… nuestra oportunidad ya no es hoy. Lo lamento… yo no te amaré.

Y tenía tanta razón. Harry me advirtió que esto pasaría, que un día volvería a estar a centímetros de él y ya no significaría algo. Me pidió que siguiera sin él, que creara mi propia historia, y por Merlín que lo he hecho, llevo años intentándolo.

No tengo opción.

—Nada —digo, separándome.

Potter alcanza a agarrar la brújula para que no se estrelle en el suelo. Me mira confundido.

—El rastro llega hasta aquí —dice, sin dejar de hacer obvia su confusión—. ¿Quiere volver al laboratorio? ¿Se encuentra bien?

—Perfectamente.

Toco tres veces la puerta amarilla de madera, donde la brújula sigue apuntando.

Una mujer abre, de mediana edad, vestido rojo de algodón y zapatos negros. Trae envuelto en el pecho a un bebé. Nos saluda en armenio. Veo a Harry, a mi lado, tensarse por la obvia falta de dominio en el idioma.

—¿Habla inglés, disculpe? —le digo, intentando sonreír. Sé que esta mujer no es una bruja. En realidad, toda la ciudad parece ausente de cualquier tipo de magia.

—Un poco —responde—. ¿Están perdidos? ¿Turistas?

No sé cómo proceder. Eso pasa por no tener un plan. Aunque era necesario venir en cuanto antes a Armenia, debimos pensar esto mejor. Debimos…

Harry hechiza a la mujer y entra a la casa, jalándome dentro. Sus movimientos son tan rápidos y elegantes que nadie en la calle podría sospechar de nosotros. Fue tan cuidadoso que su magia ni siquiera creó luz. Levitó a la mujer hacia una silla, asegurando que no se cayera, antes de iniciar un reconocimiento de la casa. El bebé comienza a llorar. Potter, sin voltear a verlo, lanza una estrella que cambia de color, para que se distraiga. El bebé suelta una risotada llena de saliva, admirando los colores que flotan frente a él. Cuando apenas me voy recuperando de la intempestiva acción de Potter, él ya tiene las ventanas aseguradas, el piso de arriba hechizado y el perímetro cubierto por un encantamiento de protección.

—No hay magos ni alquimistas aquí —dice, seguro.

Observo la casa. Un hogar común y corriente. Es obvia la adoración al nuevo integrante de la familia: hay juguetes por doquier, fotografías enmarcadas del bebé recién nacido, los muebles cubiertos de hule—espuma para que las esquinas no sean peligrosas.

—¿Hiciste bien el hechizo de rastreo?

Potter me mira ligeramente ofendido. Me muerdo el labio, pidiendo perdón sin decirlo. Él asiente, medio aceptando mis disculpas. Le muestro el frasco donde permanece el último rastro de sangre de Felicity. Potter entiende mi verdadera preocupación, así que por fin me perdona y sonríe. Yo también le sonrío.

Oh, no. Ya estamos hablando sin palabras. Mala señal.

—¿Entonces qué significa esto? —digo, rompiendo el silencio cómplice.

—La magia de Diamond debe estar aquí. No hay opción.

—Invoquemos su magia.

—Podría ser una trampa. No me parece sensato hacerlo sin tener un plan de emergencia.

—Ah, ahora sí quieres planear.

Alza las manos en señal de paz —¿No estás de acuerdo?

—Claro que estoy de acuerdo.

Señalo con mi varita el techo de la casa. Pronuncio un largo encantamiento, tres veces.

—Así sabremos cuando la magia de Felicity se vuelva a activar —le explico a Potter.

—Bien pensado. Sólo falta… —repite mi movimiento y dice otro encantamiento. Puedo ver nuestra magia entretejerse a lo largo de los tablones del techo. Verde y violeta, fundidos en un extraño abrazo de poder.

—¿Qué hiciste?

—Cuando su encantamiento se active, el mío nos traerá aquí enseguida. Así no perderemos tiempo.

—Ingenioso.

—No funcionaría sin su primer encantamiento. Utilicé la base de su magia para moldear el traslador.

—¿Cómo sabías qué tipo de base utilicé?

Potter parece entre divertido y avergonzado —Leí todos sus ensayos en el colegio, señorita Berkley. Conozco su método.

—He cambiado, ¿sabes? Ya no soy esa adolescente, ¡ni mi magia tampoco!

Me mira largo tiempo el rostro, cada parte de él —Comienzo a entenderlo.

—Volvamos a Londres, por favor.

Potter hechiza a la muggle para que despierte en cuanto nos vayamos. Me toma del brazo y activa el nuevo traslador. Antes de irnos, veo la encantadora sonrisa del bebé.

. . .

En cuanto llegamos al Ministerio inglés, el Auror Darren nos pidió seguirlo al Congo. Parecía nervioso y apurado.

—Estuve buscándolos —explica mientras lo seguimos hacia el DSM—. Francis no sabía dónde estaban. La gente comenzó a preocuparse. Creo que no es buena idea que desaparezcan juntos. Alguno siempre debe estar disponible.

Asiento —No volverá a pasar, Auror Darren.

—¿Qué sucede, Matt? —pregunta Potter con la mayor naturalidad.

El Auror no se puede explicar —Mejor lo ven ustedes mismos. Madam Bones ya tiene el traslador preparado.

—¿Por fin pudieron extraer el agua del lago? —insisto— Parson me juró que no pasaba de esta semana, y honestamente…

—Hermione —interrumpe Susan, abriendo la puerta de su oficina—, por Merlín, gracias por aparecer. Pronto, toma el traslador.

Francis también se encuentra listo para irse con nosotros. Potter se pone a mi lado, su mano casi rozando la mía sobre el horrible trofeo de bádminton de Susan.

—Conjuren sus cascos burbuja —ordena Sue al activar el traslador.

Hay una ley que prohíbe el uso de más de dos trasladores internacionales en menos de 42 horas. Es una cuestión de salud, no de política. Recuerdo dicha ley cuando llegamos al cielo del Congo. Lo primero que se me contrae es el estómago. Aprieto los dientes por el dolor y la náusea. Pataleo para caer con alguna dignidad, pero el mareo me supera.

En cuanto tocamos piso, Potter y yo empezamos a vomitar. Es un poco gracioso, la verdad, porque el dolor desaparece con cada arcada, pero el vómito es brillante y en forma de cadenas. Un efecto secundario mágico. A nuestro alrededor, Susan comienza a regañarnos por obviamente usar trasladores ilegales y quiere saber cómo rayos lo logramos. Francis no deja de reír.

Cruzo miradas con Potter y decidimos que él se encargue del asunto, inventándose un pretexto barato. Me río más fuerte cuando lo escucho intentar decir "inocentes" pero el vómito lo vuelve a interrumpir. Entonces volteo hacia donde sé que está el lago maldito, y toda la alegría se borra de mi cuerpo.

La última vez que estuve aquí, puse una marca en la tierra para verificar que la exposición alquímica no siguiera creciendo. Ahora me parece que ese esfuerzo fue inútil. No es necesario buscar la marca que dejé: la tierra quemada se extendía por lo menos un kilómetro a la redonda del lago, y a simple vista era posible apreciar que el crecimiento continuaba su marcha, sin freno.