El ejército de los Hombres resistía estoicamente al envite del de Sauron. Luchaban sin razonar, sin permitirles a sus mentes un atisbo de cordura. En aquel escenario no había un papel para ella.
Debían olvidar todo lo que habían aprendido en cuanto a la justicia y el honor. La vida iba unida a los rápidos reflejos, al instinto de supervivencia y al aprovechamiento de cualquier oportunidad posible por rebanar cuellos enemigos.
Ambos bandos recibían de vez en cuando andanadas de flechas que mermaban a los combatientes, y, rápidamente, los arqueros eran localizados y masacrados.
El enorme espacio que ocupaba la Puerta Negra se hallaba abierto, conectando directamente el llano de Gorgoroth con el valle de Udûn, y los orcos, hombres orientales y haradrim salían a mares de las tierras negras.
Pese a que resistían y que las estrategias de los capitanes estaban funcionando, Legolas veía, preocupado, cómo las bajas iban mermando su ejército poco a poco. El de Sauron, en cambio, parecía no disminuir, ya que cuando un orco caía, otro ocupaba su lugar, casi instantáneamente. Y no sabían cuál era el número exacto de enemigos que el Señor Oscuro había reclutado para luchar.
Blandiendo sus dagas con increíble agilidad, Legolas era uno de los combatientes que más enemigos había tumbado ya, y comenzaba a estar en el punto de mira de los capitanes haradrim. Cuando conseguía quitarse de encima a un par de enemigos, empuñaba su arco y se deshacía de dos o tres más a distancia.
- ¡Cincuenta y cuatro! ¡Cincuenta y cinco! - Resoplaba Gimli, no muy lejos de él. Un orco soltó un desgarrador grito cuando Legolas arrancó de su estómago una de sus dagas. Tras él, otros dos se arrojaron sobre el elfo, y él les esquivó con un rápido movimiento, para darles el golpe de gracia en el costado.
- ¡No paran de llegar en masa! ¡Cada vez son más! - Exclamó Legolas. Adelantó el pie derecho en un paso largo para darse impulso, giró sobre sí mismo y de una sola estocada cortó la cabeza de un oriental.
Y seguían llegando más.
De un rápido vistazo, Legolas vio que había perdido al menos cuarenta de sus hombres en las dos horas que llevaban luchando. A ese ritmo no llegarían a la noche. Y eso era lo que Sauron estaba esperando.
Como su estrategia de asedio le había fallado en el Pelennor, Sauron se había querido asegurar de que conseguiría la victoria aquella vez. Superarles masivamente en número parecía una opción muy acertada. Y comenzaba a funcionarle.
Contra aquel flujo continuo y masivo de enemigos, hacía falta un milagro.
Legolas no recordaba la última vez que rezó a Elbereth. Pero el hijo del más orgulloso de los reyes elfos vivos no estaba dispuesto aún a dejar su destino en manos de la Dama de las Estrellas.
Le quedaban aún muchas cosas por hacer, mucho por descubrir.
El rostro de Érewyn no abandonaba su mente en ningún momento. Le daba fuerzas, le devolvía la razón, le animaba a continuar. El recuerdo de su risa era como un soplo de aire fresco, el del sabor de sus labios le armaba de valor para continuar avanzando, sin ceder un ápice de terreno al enemigo.
Gracias a ella Legolas había entendido el significado que tenía la vida para los humanos. Algo hermoso, efímero e irrepetible. Y así era la vida para él ahora. Sólo podía entenderla con Érewyn a su lado. De modo que por ella empuñaba sus dagas y lanzaba sus flechas, hallando siempre un objetivo.
Pero el torrente de soldados de Sauron no cesaba, y los pasos del elfo le llevaron hacia un lugar más al este, más cerca de la base de una de las enormes puertas.
Legolas miró hacia arriba, a la parte superior de una de ellas. El mecanismo que las abría era sencillo, casi rústico. Cada puerta se abría y cerraba empujando un travesaño enorme que tenían clavado en toda su anchura, y ese travesaño era accionado por la fuerza brutal de dos trolls que se movían por una pasarela fijada a la pared montañosa y circular.
Esquivó el ataque de un haradrim y le clavó una de sus dagas en el pescuezo antes de seguir observando. Aunque era difícil divisarlos desde allí abajo debido a la distancia y el caos de la batalla, los ojos de Legolas no le engañaban y vio algo en el comportamiento de los trolls que encendió la chispa de su ingenio.
En un breve lapso de tiempo en el que pudo zafarse de varios ataques, Legolas miró a su alrededor. Gimli se hallaba apenas a diez metros de él. Éomer, con dos de sus Éored, estaba también muy cerca, y él mismo contaba con sus hombres para intentar una estrategia. Una locura que se le acababa de ocurrir.
- ¡Oghalir, conduce a tus arqueros hasta el resguardo de aquella roca! ¡Disparad a la pared a mi señal! ¡Gimli! ¡Éomer! ¡Cubridme! - Exclamó el elfo, justo antes de comenzar a avanzar a grandes zancadas hacia la pared pedregosa y oscura de las Ered Lithui. El soldado al que había dado las órdenes comenzó a moverse rápidamente. - ¡Éomer, asume el mando de mis hombres!
- ¡Orejas Picudas! - Le llamó Gimli, a gritos. El elfo no se giró, siguió corriendo por entre el mar de orcos. El de Rohan y el enano le siguieron, junto a buena parte de los rohirrim y los de Dol Amroth, sin entender qué clase de locura se le había ocurrido a Legolas.
Gimli detuvo con su hacha la espada de otro enemigo, dándose cuenta de que no era un orco. Era un hombre del Este.
Sin pararse a pensar, Gimli dio cuenta de él y de otros dos más que se le echaron encima. Ocultos en la sombra de las Ered Lithui y esperando que el ejército del Oeste avanzara hacia allí, había un gran batallón de hombres de Rhûn. Su piel era oscura, sus ojos oblicuos y llevaban túnicas negras y turbantes que les tapaban la mitad del rostro. Sus espadas era curvas y ligeras. Éomer tuvo que esquivar "in extremis" el espadazo de uno de ellos, perdiendo un buen mechón de cabello al hacerlo, antes de atravesarle con su propia espada.
Legolas ya había llegado al pie de las Ered Lithui, y, para asombro del enano y el rohirrim, el elfo comenzó a trepar por las piedras de la montaña, escapando milagrosamente a las flechas que los orientales le lanzaban.
- ¡Arqueros! - Gritó Éomer. Su propia hueste de tiradores preparó los proyectiles y envió a los de Rhûn una andanada de flechas de la que tuvieron que protegerse como pudieron. Muchos perecieron al no portar escudos. Legolas pudo así continuar con su escalada. Éomer asumió el mando de los hombres de Legolas, y junto a los rohirrim comenzaron a despejar el área de orientales.
- ¡Se ha vuelto completamente loco! - Exclamó Gimli, en un momento de inactividad.
- … ¡¿Qué diantres se traerá en mente?! - Masculló Éomer.
El elfo saltó en aquel momento desde la pared rocosa hasta la superficie casi lisa de la puerta junto a las enormes bisagras, y, como una araña, comenzó a trepar, en dirección a la parte superior de la puerta Negra.
Al mismo tiempo, Alheim aguantaba en su posición comandando un pequeño destacamento en la parte trasera del ejército de Rohan, controlando el acceso al Morannon de los Orientales. Los enemigos permanecían ocultos en la parte más externa de las Ered Lithui, atacando en grupos de veinte o treinta de vez en cuando.
Eran rápidos, pequeños de tamaño y escurridizos. Sus armas eran espadas cortas y sus flechas llevaban plumas negras en los extremos.
Erkenbrand se acercó a su hijo en un momento de calma. La situación se estaba poniendo cada vez más complicada. Perdían terreno, y los Orientales no dejaban de asediarles.
El Mariscal estaba dispuesto a cambiar la estrategia que Alheim y Éomer habían diseñado.
- Aprovechemos ahora, hijo. Ordena que aguanten la posición y que repitan la estrategia de nuevo. Retirémonos antes de que la situación nos lo impida.
Los ojos de Alheim se abrieron como platos. No podía creer lo que su padre le estaba diciendo.
- ¿Retirarme? ¿Abandonar a mis hombres a una muerte segura? - Dijo a media voz.
- Eres el capitán. Mejor ellos que tú. Si te retiras ahora tendrás la oportunidad de conducir a otro grupo e intentar la victoria la próxima vez. - Explicó Erkenbrand.
- ¿Qué próxima vez padre? Estamos ante la Puerta Negra. ¡Si fallamos ahora no habrá una próxima vez! ¡Jamás abandonaré a mis hombres!
- ¡No tienes experiencia suficiente para continuar! ¡Si no me obedeces, morirás! - Le gritó su padre, visiblemente enojado.
- ¡Que así sea! - Respondió Alheim.
Por primera vez en su vida desafiaba el control que su padre ejercía sobre él. No era capaz de creer lo que su padre le acababa de sugerir. ¿Salvar su vida a costa de abandonar a sus hombres? ¿A sus hermanos? ¡Jamás!
Erkenbrand sujetó el brazo de su hijo y le miró de forma amenazadora. Y Alheim se sacudió el agarre de su padre con violencia, y de un empujón lo arrojó al suelo. Erkenbrand cayó sin remedio, aparatosamente. Se levantó gruñendo, completamente encolerizado por la falta de respeto que su hijo acababa de dedicarle.
- ¡¿Cómo te atreves a desafiarme?! ¡Te arrepentirás de hab-! - Las palabras murieron en su boca.
Alheim acababa de atravesar con su espada a un enorme Oriental que, de no haber sido por el empujón, habría dado muerte a Erkenbrand. Acababa de salvarle la vida.
- Quien no tiene experiencia para afrontar esta situación sois vos, padre. Los años pesan en vuestros hombros. - Dijo Alheim, casi avergonzado. - Si queréis vivir, quedaos cerca de mí y no intentéis huir por donde no hay escapatoria.
Tras decir estas palabras, Alheim detuvo el golpe que un orco le lanzaba y partió con su propia espada el negro acero de la criatura. Sin detenerse en rematarlo, Alheim le propinó un puñetazo brutal que lo lanzó al suelo sin sentido, probablemente muerto.
Erkenbrand casi no tenía fuerzas para contestarle con una frase mordaz, se limitaba a defenderse y a tratar de que los enemigos no superaran su línea defensiva. Y cada vez que tenía una ocasión, observaba a su hijo.
Nunca lo había hecho. El talento de Alheim en la batalla siempre había pasado desapercibido para su padre en su afán por mantenerle sano y salvo. Tenía un concepto completamente erróneo de su hijo y de sus capacidades, y claramente, Alheim le había superado con creces.
Alheim tenía una fuerza brutal. Bajo la mirada cansada de Erkenbrand Alheim daba muerte a dos enemigos de un solo espadazo y parecía no fatigarse.
Erkenbrand ya había olvidado qué se sentía cuando el fuego de la juventud ardía en el interior de un guerrero. Erkenbrand fue así, muchos años atrás. Su portentosa fuerza y su resistencia hicieron de él un guerrero temible y fue gracias a su esfuerzo como soldado que consiguió llegar a Mariscal. Pero fue el paso de los años y el acostumbrarse a una posición acomodada lo que le cambió.
Pero tal y como Alheim le había dicho, los años pesaban sobre él, y hasta aquel momento no había tenido fé en su hijo. Nunca había confiado en la capacidad y la valía de Alheim. Siempre le había menospreciado. Nunca le creyó capaz de llegar lejos en su vida, por méritos propios.
Todo aquel asunto del casamiento había sido fruto de su afán por asegurarse de que su hijo conseguiría un estatus más allá del que le pudiera brindar el ejército, siendo el soldado mediocre que creía que era. Y con sólo veintidós años, Alheim ya había superado a Erkenbrand cuando tenía esa edad. Y lo más importante, Alheim era un guerrero leal a Rohan y a su rey.
Ahora, a cubierto gracias a su hijo, Erkenbrand sentía vergüenza de sí mismo.
Alheim consiguió abrir un hueco en las filas del enemigo, sacando ventaja desde su posición, y vio ante sí uno de los batallones del rey de Gondor. Aragorn luchaba junto a ellos codo con codo, como un soldado raso. Alheim sonrió. El rey de Gondor le recordaba a Éomer y a Théodred, pero además tenía el porte de los antiguos reyes de los que tanto había leído en los libros de historia.
Pero Aragorn luchaba completamente ajeno a lo que se le acercaba por la espalda.
Alheim abrió los ojos, aterrorizado, y salió corriendo hacia el rey de Gondor, ignorando su puesto en las filas de Éomer y dejando a su padre atrás, llamándole.
Cuando ya casi estaba arriba, Legolas comprobó que, como había pensado, podría llegar hasta la pasarela fija de los trolls saltando desde la parte superior de la puerta. Sólo debía mantenerse fuera del alcance de las flechas de los orientales y de la vista de los guardias que vigilaban el lugar.
Legolas llegó silenciosamente a la plataforma superior de la Puerta Negra y se sujetó aguantando todo su peso con ambas manos, descolgandose del borde. Se hallaba suspendido entre la misma puerta y la pared rocosa, de modo que quedaba oculto a la vista de la mayoría de los combatientes que luchaban en el suelo. Incluso se hallaba al resguardo de la visión desde la Torre de los Dientes más cercana. Se asomó por encima de las estructuras dentadas que cubrían los bordes de la plataforma, lo justo para echar un vistazo y contar los posibles enemigos. Sauron no había previsto ningún ataque por allí arriba, de modo que sólo había ocho guardias. Uno de ellos tenía un cuerno colgado del cinturón. Aquel debía morir el primero, para evitar que diera la alarma a los demás.
El elfo respiró hondo, y recordó cuál fue la última vez que cometió una locura improvisada de ese modo. No fue hace tanto, la del mumak resultó una gran hazaña, después de todo. Pero lo de hoy también merecería ser contado en el futuro… Si le salía bien.
Oxigenó sus pulmones y soltó la mano izquierda para asir su arco, que llevaba cruzado a la espalda.
Lentamente se impulsó hacia arriba con la fuerza únicamente de su brazo derecho, alzándose en silencio hasta situar los pies en el pequeño saliente, y oculto tras la protección de las formas dentadas de la plataforma, esperó, como un lobo al acecho, el momento oportuno.
Los guardias de la puerta hacían su ronda cruzándose entre ellos contínuamente, escuchando, impertérritos los gritos y lamentos que subían desde el Morannon. Cada uno de ellos tenía una función, y el más alto, un hombre oriental con los brazos fornidos y la cara cubierta por un turbante a excepción de sus ojos, llevaba un cuerno de hueso, aquel que hacían sonar como señal para abrir la puerta cuando se acercaba un aliado, o como aviso en caso de ataque.
Sus pasos le llevaban por la superficie superior de la puerta en dirección a los gigantescos goznes. Ya sólo le separaban un par de metros del final, y de nuevo daría la vuelta, como tantas veces había hecho desde que abrieron la puerta.
Sus ojos se detuvieron un momento en el lugar donde faltaban algunas piezas dentadas que usaban de parapeto. Debían tener especial cuidado ya que cuando pasaban por aquel lugar estaban desprotegidos.
Siguió avanzando observando con precaución el vacío a través de aquel hueco y dejó de vigilar el final de la puerta.
De repente, sus pies se detuvieron.
Echó mano al cuerno. La correa que lo sujetaba a su cintura se enganchó con las presillas de la armadura y antes de que pudiera desengancharlo, una flecha élfica se clavó en su garganta.
El guardia cayó de rodillas. Un intenso dolor le recorrió el cuello, mientras sentía el ardor inconfundible de la muerte invadir su boca, y su visión volverse borrosa.
Y mientras pudo mantenerse consciente, vio a un elfo de los bosques disparando flechas de tres en tres, acabando en meros segundos con el resto de sus compañeros.
Luego, todo se volvió blanco. La voz no salió más de su garganta herida y su cuerpo cayó inerte sobre la enorme puerta.
Legolas caminó sigilosamente, recogiendo sus flechas.
Gracias a los Valar había desarrollado aquella habilidad de disparar flechas de tres en tres (que su hermano tantas veces tildó de "fanfarronada para las damas", en el pasado), y sus flechas mataron a la totalidad de los guardias antes de que pudieran dar la alarma.
Se quedó sólo sobre la Puerta Negra, y enseguida pudo comprobar que, tal como había previsto, desde allí podía llegar a la parte interior de las puertas, donde se hallaba la pasarela sobre la que estaban los trolls que abrían y cerraban las puertas.
Tenía vía libre y no contaba con mucho tiempo más. Pronto llegarían más guardias para sustituir a los que él había matado.
Legolas saltó hasta la pasarela y caminó a paso vivo hasta las enormes criaturas, casi carentes de cerebro, que permanecían encadenadas al gigantesco travesaño que usaban para su tarea.
Sin dilación, Legolas disparó una flecha en el cogote de uno de los trolls que cayó al suelo de la pasarela, fulminado. Sin la fuerza de su compañero, el peso de la puerta comenzó a ceder ante un atónito troll que, sin esperarlo, se encontró ante un elfo que le apuntaba con su arco. La criatura rugió y caminó hacia él, en parte por iniciativa propia, y por otro lado, porque sin el apoyo del otro troll, la puerta se estaba cerrando, cediendo a su peso y desplazando el travesaño al que se hallaba encadenado, obligándole a caminar por la pasarela.
Éomer y Gimli aún protegían el lugar por el que Legolas había ascendido. El rohirrim le vio en la pasarela del troll, y de repente la puerta comenzó a cerrarse.
- ¡Todo el mundo fuera de aquí! - Ordenó Éomer. - ¡Replegaos y retroceded!
- ¡Por mis barbas! - Exclamó Gimli. - ¡¿Qué diantres está haciendo ahí arriba ese condenado loco?! - La risa enloquecida de Éomer llamó su atención, y Gimli le miró, sorprendido. Parecía que todos a su alrededor estaban perdiendo la razón. La proximidad con Sauron les hacía perder la cabeza, sin duda.
- ¡Está cumpliendo su promesa, maestro enano! - Respondió Éomer. El rohirrim se apresuraba a salir de la zona que pronto quedaría oculta tras la puerta Negra, en zona enemiga. Agarró su pesada espada con firmeza y rió. - ¡Está cerrando la Puerta Negra! ¡No le dejará salir de Mordor!
Gimli miró incrédulo al jinete de Rohan, mientras éste no podía reprimir la risa y propinaba a un oriental un grotesco cabezazo con su brillante yelmo que hundió el hueso del cráneo del hombre y le dejó en el suelo sin vida.
De repente, el peso del troll muerto frenó el avance de la puerta. Y Legolas abrió los ojos de sorpresa. No había contado con aquel detalle.
Miró al enfurecido troll que le rugía desde su posición. No le quedaba otra.
Saltó hasta el travesaño, esquivó un torpe y lento pero brutal puñetazo, y le asestó uno de su propia cosecha que giró la cara al horrendo ser. Legolas retrocedió entonces hasta una distancia segura y esperó.
El elfo obtuvo el resultado que esperaba. El troll rugió enloquecido y trató de llegar hasta él de forma desesperada. No dudó en agarrarse al travesaño y empujar con todas sus fuerzas, arrastrando el cadáver de su compañero de trabajo y ayudando así a que la puerta volviera a desplazarse.
- ¡Continúa estúpido! ¡Ya casi me tienes! - Le provocó Legolas, recibiendo otro gutural rugido por parte del troll.
Elfo y troll llegaron a la parte más cercana a las jambas de la puerta, casi el final de la pasarela. De un salto, Legolas volvió a la parte superior de la puerta, y desde allí, preparó una flecha en su arco.
Miró su obra y sonrió, antes de dispararle una certera flecha que se clavó en el entrecejo del troll, matándolo casi instantáneamente. El cuerpo de la enorme criatura quedó apoyado, inerte, sobre el travesaño de apertura. Otro punto a su favor. Iban a tener que esforzarse mucho para volver a abrir esa puerta.
Pero ahora ya no pasaba desapercibido. La muerte de los guardias ya había sido detectada, y debía actuar deprisa si quería cerrar la otra puerta a tiempo.
Legolas escuchó la voz de alarma en la Torre de los Dientes del este, y se apresuró a continuar con su maniobra.
Se dispuso a saltar de nuevo hacia la pasarela y alcanzar desde su extremo la de la otra puerta. Pero algo le detuvo antes de saltar.
- … Thranduilion.
La piel de Legolas se erizó al oír aquella voz. Miró en todas direcciones. Podía escuchar los pasos apresurados de los guardias en la Torre de los Dientes que se disponían a irrumpir sobre la puerta, en el lugar en el que él estaba apostado, en cualquier momento. Pero aquella voz no había salido de allí.
- … Thranduilion.
Alheim corrió lo más deprisa que pudo, saltando por encima de aliados y enemigos, heridos y muertos.
- ¡Aragorn! - Gritó el joven.
El rey de Gondor no se había percatado aún del peligro que se acercaba a él, más y más deprisa, planeando por encima del Morannon silenciosamente, ocultando el terrorífico grito que Alheim ya había oído antes, cuando Éowyn mató a otra criatura como esa.
La Bestia Alada y el Nâzgul tenían en Aragorn fijado su objetivo, guiados, sin duda, por el Ojo de Sauron, que desde su Torre controlaba los movimientos de su ejército.
Alheim arrancó del cuerpo de un compatriota una lanza orca mientras corría, y cuando la Bestia descendía en su vuelo, alzando amenazadoramente sus afiladas y enormes garras hacia la espalda desprotegida del rey de Gondor, el joven rohirrim lanzó el pesado proyectil con toda la fuerza de la que fue capaz. La lanza se clavó en la garra de la Bestia, y ésta lanzó un desgarrador grito de dolor que, por fin, puso sobre alerta a Aragorn.
El rey de Gondor se arrojó velozmente al suelo, al oír a la Bestia tan cerca, y la garra sana pasó muy cerca de su cabeza. El Nâzgul exclamó algo en una lengua gutural, y obligó a su montura a levantar el vuelo.
Aragorn se colocó en posición de defensa, empuñando con firmeza su espada, y miró a su alrededor al ver la pata herida de la criatura, buscando a quién le debía la vida.
Alheim recorrió a la carrera la distancia que le quedaba para llegar hasta él, y, con gesto preocupado y casi sin aliento, le preguntó:
- ¿Estáis bien, mi Señor?
Aragorn levantó las cejas. Era un joven rohirrim con aspecto de no llegar casi a la veintena, pese a su considerable musculatura y altura. El montaraz asintió en silencio, dedicándole una sonrisa de agradecimiento, y el joven suspiró aliviado.
Pero la tranquilidad duró muy poco y el grito de otra de las criaturas desgarró el aire en aquel momento.
Ambos levantaron sus espadas para defenderse cuando vieron de nuevo la inconfundible silueta negra descendiendo con agilidad desde los cielos.
Gandalf luchaba con la fuerza incansable de su verdadera naturaleza, permaneciendo muy cerca de Merry y Pippin, que hacían lo que podían cuando tenían la ocasión y encontraban un orco de su tamaño.
El grito de las monturas de los Nâzgul alertó a Gandalf, que miró al cielo, temeroso.
Y la sangre se detuvo en sus venas al contemplar a los ocho Espectros del Anillo que quedaban acudiendo al campo de batalla. Descendían en picado causando estragos en el ya mermado ejército de los Hombres, y Gandalf sabía que si continuaban atacando así, sin que nadie les detuviera, la batalla terminaría muy pronto.
No había posibilidad de combatir en igualdad de fuerzas a los Sirvientes de Sauron, y Gandalf se sintió como el viejo que aparentaba ser. Las edades pesaron de repente sobre él, mientras veía el último vestigio de los hombres a punto de perecer bajo la fuerza de Sauron.
Pero un antiguo conocido se presentó entonces ante él, sin que nadie le hubiera llamado, y pronunció palabras al oído de Gandalf que devolvieron la esperanza a su corazón.
Gandalf contempló al rey de Gondor encararse valientemente a uno de los Nâzgul que se dirigía directo hacia él, obedeciendo órdenes directas de Sauron. Y cuando todo parecía perdido, Gwaigir apareció como un vendaval, y clavó sus garras en el cuello de la criatura alada, obligándole a remontar el vuelo.
Su hermano Landroval y el resto de las águilas de las Montañas Nubladas se enfrentaron entonces al resto de los Nâzgul, y, si existían criaturas capaces de hacerles frente, esas eran las Águilas. Los alejaron, atacándoles en sus vuelos y los obligaron a replegarse tras las Ered Lithui.
Y entonces Gandalf suspiró, aliviado. Las Águilas habían acudido en su ayuda, implicándose en las guerras de los Hombres. ¿Significaba eso que Manwë había vuelto a poner su mirada en la Tierra Media, y que la valentía de los hombres había ablandado su corazón?
La peluda mariposa aleteó alrededor de la cabeza del mago antes de retirarse, acariciando sus ancianas sienes con sus alas.
"No pierdas la esperanza jamás", le dijo, y desapareció del campo de batalla igual que había aparecido.
Legolas miró hacia el sur. Vio el resplandor naranja en lo alto de Barad-dur. El elfo distinguió perfectamente el ojo de Sauron. Y entre el griterío y el alboroto de la batalla y los gritos de las monturas de los Nâzgul, Legolas escuchó claramente su voz de nuevo.
- Thranduilion...
Era un sonido horrible. Era un eco de ultratumba aún más terrorífico que las voces de los muertos del Sagrario, y le hablaba a él. Legolas sabía que Sauron le miraba fijamente ahora, igual que él miraba el Ojo. La lengua prohibida de Mordor traspasó su alma y se sintió herido, de repente, como si le acabaran de atravesar con una espada de parte a parte. Las fuerzas comenzaron a abandonarlo. La Luz de los primeros nacidos se vio ensombrecida de repente y Legolas se sintió minúsculo, insignificante. Sus dientes rechinaron al sentir de repente un frío inexplicable inundándole, y tembló.
Pero aún así, el elfo no apartó la vista del Ojo. El duelo entre el Señor Oscuro y Legolas se hizo eterno.
El Ojo le observaba, ardiendo en deseos de destruirle, de acabar con él como se acaba con un insignificante insecto.
Eso era lo que Legolas era para él, un elemento minúsculo que formaba parte de aquella batalla. Un ser despreciable y diminuto que, sin embargo, acababa de cerrar una de sus puertas, mermando la capacidad de ataque de sus hordas desde el valle de Udûn. Y que ahora tenía la desfachatez de plantarle cara.
El cabello de Legolas se meció por la acción de un viento inexistente, mientras aguantaba la mirada ardiente de Sauron, ahora completamente clavada en él.
Era digno de mención, el Señor Oscuro acababa de dedicarle toda su atención. Sin duda, esta hazaña tendría más renombre que la del mumak...
El elfo era incapaz de moverse. Sentía sus pies clavados al suelo irremediablemente, con una fuerza titánica. Tampoco era capaz de mover los brazos, ni de retirar la mirada de Barad-dûr.
El miedo que Legolas sólo había experimentado ante el Balrog, volvía a aparecer, petrificándole en aquel peligroso lugar, a merced de sus enemigos, sin el apoyo de sus amigos.
Y entonces, la voz volvió a resonar en sus oídos.
- Talaan-u rûk-ir tor urûk nauru-ir agh kragoru nûrsu grishûrz. Nork-ulu furtun agh goth Mordor-ob bot-tuk.
Incrédulo, Legolas comenzó a ver ante sí un espectáculo dantesco. Udûn desapareció ante sus ojos y en su lugar apareció una batalla sangrienta que se llevaba a cabo en un lugar lejano, muy familiar para él.
Y sus pies comenzaron a moverse, por fin, retrocediendo paso a paso bajo el influjo de las palabras de Sauron.
- Ghaash agh akûl, Nazgûl skoiz. Mirdautas vras! Karn ghaamp agh nût. Shaut Thranduïl quiinubat gukh.
Legolas comenzó a respirar entrecortadamente. De nuevo el chillido de Sauron resonó en su cabeza y esta vez sí, el elfo cerró los ojos y apartó la mirada. No quería seguir contemplando lo que el Señor Oscuro disfrutaba enseñándole. No quería creer nada de lo que le mostrara.
- ¡NO! - Gritó el elfo, aterrorizado.
La visión que Sauron le regalaba era el cadáver de su hermano, y su padre arrodillado frente a él, llorándole, antes de perecer bajo la espada de un Nâzgul.
Los pasos del elfo llegaron al borde de la puerta.
Y la mala suerte quiso que la espalda de Legolas no hallara soporte en aquel lugar, ya que era la zona donde faltaban algunas piezas dentadas que hacían de parapeto.
Y Legolas cayó al vacío, de espaldas. Aún bloqueado por la horrible visión de la derrota de su padre, de la muerte de su hermano, del fin de su pueblo.
...
...
...
Continuará
.:: *Traducciones ::.
"Talaan-u rûk-ir tor urûk nauru-ir agh kragoru nûrsu grishûrz. Nork-ulu furtun agh goth Mordor-ob bot-tuk.
Ghaash agh akûl, Nazgûl skoiz. Mirdautas vras! Karn ghaamp agh nût. Shaut Thranduïl quiinubat gukh."
"Al Norte cabalgan un millar de orcos sobre lobos con gigantescos colmillos sangrientos. Llevan la tormenta y el poder de Mordor a través del mundo.
Fuego y Hielo, los Nazgûl vuelan. ¡Es un buen día para matar! Roja está la tierra y el cielo. Incluso Thranduïl tendrá que arrodillarse."
De nuevo nos vemos al final de este capítulo. Ha sido intenso, ¿no creéis? ¡Me encanta describir batallas! Se puede jugar mucho con los sentimientos porque la vida pende de un hilo todo el tiempo.
Permitidme saber vuestra opinión. No sé si el fic está siendo demasiado largo, pero a medida que he ido escribiendo, la historia ha ido creciendo y los personajes también.
No creo que tarde mucho en actualizar, el próximo capítulo quizá esté subido en una semana y media o dos, como mucho.
Como siempre agradezco vuestro apoyo, vuestros votos y mensajes de ánimo. Le llenan a una de fuerzas y ayudan a encontrar un hueco para escribir.
¡Nos vemos en el próximo capítulo!
Syad
