SAN LORENZO.
Día Anterior.

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La lluvia de sangre paró de caer justo a la llegada del atardecer. El juego de luces y sombras que se elevó por el cielo y por encima de las hojas de los árboles fue realmente perturbador y hermoso. Stella, que observaba el espectáculo por una larga grieta en las telas gruesas de la Tienda que le servía tanto de morada como de cárcel, pensó que si existía alguna clase de belleza en el infierno, esa debía ser esta.

Sus músculos se encontraban tiesos, le dolían las articulaciones además de la boca del estómago por la falta de alimento pero aún y con eso creía que podía soportar todo esto. Su boca estaba seca, tenía un sabor amargo en la lengua y los dedos, tanto de las manos como de los pies hace poco que dejo de sentirlos. Sus compañeros Aitor y Antha, tenían los mismos amarres tortuosos que ella, los ojos cerrados y el cuerpo tan recto que por algunos instantes temía estar compartiendo sentencia junto a un par de cuerpos muertos. Sin embargo respiraban. Sus pechos subían y bajaban y de tanto en tanto percibía actividad en sus párpados.

¿A caso meditaban en lo más profundo y estricto de la palabra? ¿Conseguían llevar sus mentes a algún otro lugar? Como científica que era, le costaba verdadero trabajo hacerlo. Lo suyo eran los datos exactos, la evidencia y estando en medio de una posible guerra, creía imposible pensar en lo que fuera.

La lluvia sanguina, trajo consigo humores óxidos y salados que combinados con la tierra fértil de la Selva, se transformaron en una peste que creía propia de alguna fosa común o escena excesivamente violenta.

¿Cómo terminó aquí? Si en sus comicios, lo único que quería era descubrir alguna cura para el cáncer o el sida, quizás encontrar algo con lo que luchar contra el deterioro de la mente, la mutación celular, la contaminación de la sangre. Sabía, que muchos de sus colegas científicos se adentraban en expediciones como parte del personal médico pero también de investigación. Recolectaban muestras de lo que fuera: tierra, tejidos, fluidos. En la más diminuta partícula, en alguna célula o enzima estaba la respuesta a todas esas preguntas y entonces ella, como botánica y médico que era recibió la invitación a explorar la flora de una Selva mítica y ancestral.

San Lorenzo, se tenía etiquetado como un lugar de mal agüero. Su padre se lo dijo horas antes de permitirle marchar y su abuelo muchos años atrás, antes de morir. "La curiosidad mató al gato, mi querida Estela"

Sonrió al recordar cómo la refería el anciano. Su nombre provenía del rastro que dejan las estrellas en el firmamento. Según su padre, nació en una noche demasiado oscura y junto con su llanto, se apagó el de su madre. Jamás la hizo sentir culpable, tan solo lo refirió así: Una estrella muere, pero su "estela" permanece.

Esa luz que ves, noche con noche en el firmamento, eres tú, mi querida Stella.

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Admiró el suave degradar de tonos anaranjados y rojizos en el cielo de San Lorenzo pensando ya no en el dolor de su cuerpo, sino en ellos.

Su abuelo falleció cuando apenas era una niña, su padre lo acompañó a las dos semanas de embarcarse ella en ésta expedición. La noticia de su muerte le llegó en una carta que no tuvo oportunidad de leer hasta que volvió con su esposo e hijo.

Se adentraron en una casona vacía, las capas de polvo en los muebles, el correo amontonado en la puerta debieron decirle lo que le esperaría pero aún así, quiso creer que lo encontraría. Cuarto tras cuarto lo llamó a voz en grito, su pequeño Arnold dormía en los amorosos brazos de su padre. Miles, se tomó el tiempo de levantar el correo y comenzar a leer las misivas. No fue hasta que ella se desesperó que él, le colocó una mano en el hombro y le pasó la carta ignorada por casi dos años en la puerta.

Lloró, como no volvió a permitirse llorar y se odió como jamás creyó que se llegaría a odiar evocando su rostro, sus manos y por supuesto, el parsimonioso y elegante sonido de su voz.

"No lo olvides, la estela más brillante en el firmamento, eres tú"

Miles la confortó, incluso Arnold lo logró. Era un niño tan pequeño que aún necesitaba beber de su pecho, sentir su corazón latiendo junto al propio le hizo recordar que su papel en la vida, siempre había sido el de acompañar cual sombra a alguna resplandeciente luz.

Ya no tenía a su madre, abuelo o padre pero los tenía a ellos. Sus queridos esposo e hijo. Su "milagro" la luz de una nueva estrella y si para protegerlo debía hacer lo imposible, entonces que así fuera.

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El paisaje se oscureció en el lugar de su encierro.

Las estrellas solían brillar como nunca en la transparencia de ese cielo, pero de las ultimas semanas hacia acá. Del "despertar" de su hijo hasta hoy, pocas estrellas eran las que se mostraban. Miles, siempre le hablaba de una, la más diminuta y apartada de todas.

"Esa eres tú. No importa dónde estemos, mientras brille en el cielo sabré que te encuentras bien"

El romanticismo de ese momento se sentía como una puñalada ahora. Sabía que Anthea pretendía asesinarla, se lo dijo a Helga cuando las arrastró a ese grotesco sueño, pero también existía la posibilidad de que planeara algo mucho más funesto. ¿Qué había más irremplazable que el amor entre dos amantes? ¿Se atrevería a matar a la mujer de su hijo? ¿O a su propio niño?

Gustosa entregaría su vida, quiso dársela a Arnold en el momento que lo vio nacer. Le pareció un trato justo allá en el templo de la vida. Recordaba haber ofrecido una plegaria al cielo y dicho que ella era una estela, entendía que su vida era efímera, pero la de su hijo debía ser fuerte y longeva como la de cualquiera. Escucharlo llorar, fue lo más maravilloso que había oído jamás, sentir su peso, su calor y movimiento. Saberlo vivo, aún si con ello se le acababa el aliento.

No murió. Los Dioses se apiadaron de sus almas pero ahora. Una jovencita de dieciocho años que masacraba a su raza, asesinó a sus padres y golpeó a su abuela quería poseer a su hijo, robarle la virtud a fin de alumbrar a sus niños. Y ella no podía permitirlo. ¿Cómo podría?

"Los hombres cometen locuras en el nombre del amor"

Recordó las palabras de su Suegra, Gertrude las enuncio para convencer a su esposo de que el matrimonio entre ella y su hijo era un vínculo único, verdadero y eterno. No tenían un acta de matrimonio como tal, intercambiaron votos en la selva, a los pies del río y frente a una pequeña y esplendorosa cascada. Su cabello suelto, decorado con una corona de flores, el vestido sencillo y percudido pues aquí no había manera de conseguir un blanco perfecto. Él, estaba guapísimo con sus ropas en tonos ocre, roídas y sucias, la barba de muchos días, la piel tostada por el sol, los cabellos…idénticos a los de su hijo. Se casaron meses después de alumbrar a su niño, lo bendijeron en las aguas transparentes entregándole todo su amor.

Y por ese amor, es que lo salvaría.

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—¿Están seguros de que la "Deidad" es tan mortal como ustedes y yo?—preguntó en perfecto inglés pues a ellos (los líderes de la tribu) les enseñó su lengua natal, pero al resto de la tribu, no. Esperaba que los carceleros no entendieran una palabra y cuando la aporrearon por la espalda gritando en "español" que se callara, supo que era verdad. Resistió los golpes, Aitor y Antha abrieron los ojos y con un parpadeo le dijeron que sí.

—¿Creen en mi?—un nuevo golpe en sus espaldas y ella siseó de dolor, más no grito.

—Creemos que todo está escrito. Stella Shortman, si te complace "traicionarnos" ahora ve y hazlo. Esperemos que tu vida, se prolongue en algo. —eso lo pronunció Aitor en la lengua nativa más sus ojos no desvelaban condena. Eran serenos y calmos. "le creían" Sus captores volvieron a aporrearla, tiraron de sus ataduras hasta derribarla, ella se quejó finalmente de dolor y segundos después entró la autonombrada "Diosa"

El cuerpo mal oliente y sucio por la sangre derramada, los cabellos enmarañados y una herida (que constituiría su As) en el puño de la mano diestra.

—¿Qué está pasando aquí?—preguntó furiosa, seductora y letal a sus esbirros.

—Aitor acusó a la extranjera de querer traicionarlos para prolongar su vida.

—¿Tres días sin comer, ni beber y ya quieres tenderte a mis pies? —preguntó mirándola como basura. A sus pies estaba porque la patearon y tiraron pero servía la posición sumisa para lo que quería. Se acomodó lo mejor que pudo, perdiendo todo atisbo de dignidad y se atrevió a implorar sin mirarla a los ojos.

—¿Convencerás a tu hijo?—preguntó ansiosa.

—Pensaba mas bien en ofrecer mis servicios. ¿No te agradaría conservar tus "dones" para ellos, en lugar de gastarlos sanando tu cuerpo?—levantó la cara a medida que hablaba y Anthea enarcó una ceja. —Sé de donde obtienes tu magia, escuché claramente que necesitas más sangre derramada pero también quieres adeptos y para obtenerlos deberías dejar de meterles miedo. Deja que te sane, sabes que mi "medicina" puede hacerlo. También te hablaré de ellos para que puedas vencerlos.

Anthea se tomó algunos minutos en responder, finalmente ordenó que la levantaran y liberaran de sus ataduras.

—Voy a suponer que no te atreverás a traicionarme. Después de todo, sabes de lo que soy capaz. —Stella asintió, aliviando el dolor de sus muñecas e ignorando el de los tobillos y el resto de articulaciones. La botánica era lo suyo, el estudio de las plantas y la medicina poco convencional. Había descubierto venenos silenciosos y muy letales de los que no habló con nadie. Tan solo se limitó a decir, qué plantas servían para la comida, medicina y cuales no.

El que pretendía, era un movimiento temerario, del que no habría marcha atrás y por el cual abandonó su ejercicio de medicina a temprana edad. El poder de decidir entre "la vida y la muerte" le parecía excesivo. ¿Se atrevería? ¿Ultimar una vida para proteger otra? ¿A caso no es, lo que sus suegros hicieron durante la guerra?

—El "destino" no puede alterarse, Stella Shortman. —anunció Antha, antes de que saliera de la Tienda junto con su nieta.

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—¡Anciana estúpida! —se quejó la menor y ella sintió un escozor. Su "oscuridad" la perturbaba más no intimidaba. Convivió con la "muerte" desde el día de su nacimiento, entendía su naturaleza y no había nada de eso en ella. Sólo era una niña temerosa y angustiada, atrapada en un juego mucho más grande de lo que podía comprender. Sintió lástima por ella, más no lo demostró. —Ven conmigo, serás mi nuevo sirviente. Me ayudarás a lavarme, vestirme y después vas a curarme.

—Como ordenes…—La profeta tenía razón. No alteraría el destino. No correspondía a ella acabar con su vida, pero por lo menos evitaría otra lluvia de sangre.

—Háblame de él…—solicitó mientras caminaban en dirección del río. El lugar que fue testigo de sus más sagrados momentos. Ahora estaría contaminado, maldito.

—¿Quién…?—preguntó distraída con amargas cavilaciones.

—Tu hijo…

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SUNSET ARMS.
Tiempo actual.

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—¿Papá…? —Miles parpadeó dos veces antes de girar el rostro y contemplar a su hijo. Tenía una expresión preocupada, demasiado adulta y que definitivamente, no le gustaba ver en él.

—¿Regresaron tan pronto?—preguntó buscando a Helga detrás de su cuerpo pero no la halló.

—Son las tres de la mañana. Volvimos a la una y te busqué en tu cuarto pero hete aquí.

—¿Alguna razón en particular?

—Si continuas así, enfermarás.

—Lo sé, pero justo ahora. Acabo de recibir una señal. —el antropólogo regresó a su posición original recargado contra la herrería del techo de vidrio, Arnold lo imitó colocándose a su lado. Debía reconocer que su padre era un poco "extraño" pero siendo hijo de Phillip y Gertrude, ¿Qué otra cosa se podía esperar? —¿Ves esa estrella de ahí?—preguntó extendiendo el brazo diestro y señalando con el dedo índice el firmamento.

—¿La pequeña?—cuestionó esforzándose por ver lo mismo que él.

—Si, representa a tu madre y está brillando de nuevo.

—¿Qué…?—preguntó buscando con la mirada a su padre. Su expresión volvía a ser cálida y fraternal. En absoluto temerosa y desesperada. Miles sonrió para él y se atrevió a desacomodarle el cabello.

—Bueno, no sé si esto tendría que decírtelo yo, pero tu abuela materna falleció dando a luz a Stella. La nombraron así por el halo que dejan las estrellas al pasar por el firmamento y cuando me lo contó, allá en San Lorenzo se me ocurrió decirle que esa de ahí era ella. La más pequeña, distante y brillante. —Arnold miró el astro celeste y sonrió enternecido. Su padre continuó explicando que no la eligió porque le pareciera insignificante, sino porque era la que él siempre veía y la que más le gustaba.

—Desde entonces, cada que nos separamos me basta con ver esa estrella para saber que está bien.

—Es un hermoso relato papá, pero los astros…

—¿No se prenden y se apagan? Ya lo sé Arnold, pero te juro que en los días anteriores, no brillaba tanto. Llámalo como quieras, locura temporal, supersticiones de un viejo que ha pasado casi veinte años de su vida en la selva pero la parte importante no es esa, sino que lo creo. Y eso es todo lo que necesito para volver a conciliar el sueño.

—Me alegro.—comentó sincero.

—Hablando de eso, ¿Te fuiste a dormir vestido?—preguntó señalándolo de arriba a abajo con un dedo.

—E…en realidad, yo esperé a que se durmiera Helga y salí de nuevo.

—¿Tú solo…?—inquirió evaluándolo como si fuera un tramposo.

—Necesitaba encontrar algo.

—¿Algo o alguien? —preguntó, pues en su valoración se percató de que estaba algo sucio y maltrecho. El menor se encogió de hombros restándole importancia al asunto.

—Sabes que puedo cuidarme solo.

—Si, pero el resto del pueblo cree que eres tan manso como un gatito.

—¿Gato normal porque Mantecado…?—se burló, señalando la parte interna de su habitación.

La rubia no se veía por la lona que él puso pero aún así. Cuando salió en busca de su padre la encontró abrazada a su irascible gato. Los dos se veían tan pacíficos y tiernos que dudaría de sus habilidades para lanzarse a la cara de alguien o arrancar los dedos de alguna pretenciosa fémina.

—¿Me dirás lo que pasó? —preguntó Miles encendiendo un cigarro. Viejo hábito del que podía disfrutar únicamente cuando venía de visita.

—Helga, perdió esto el otro día…—comentó sacándose un juego de placas metálicas de la parte interna del pantalón. Su padre las miró a contra luz; ya antes las había visto decorando el pecho de su futura nuera pero hasta ahora es que lograba leer la inscripción. Sonrió enternecido.

—¿Fue idea tuya o de tu abuelo?—indagó devolviéndole la pieza.

—En realidad, diría que de ella…—respondió colgándoselas al cuello. —Helga tiene un relicario de oro muy parecido al de mi abuela y por eso se me ocurrió dárselas.

—Es un gran detalle, acorde a la ocasión. Sin lugar a dudas. —caló su cigarrillo a conciencia y volvió al escrutinio del firmamento.

—¿Ya pensaste en como vas a entrenarnos?—comentó acomodándose a su lado.

La luna se veía bella, hermosa, enigmática y etérea.

—Tendríamos que dejar el centro de Hillwood para no llamar la atención. Si mal no recuerdo, hay una zona amplia cerca del lago, ahí acamparemos y practicaremos. Por lo que sé, ella se ha mantenido en forma por el béisbol, ¿No es cierto?

—Claro que lo está…—concedió él con una sonrisa tonta, su padre atinó a descargarle un golpe en la cabeza.

—¡Auch! ¡No lo dije por el sexo!

—Te creería pero resulta que eres hijo mío. —Arnold se abochornó un poco y su padre continuó explicando. —Mañana compraré los boletos de avión. Si no les molesta, quisiera salir el viernes por la noche y estar allá con las primeras luces del alba. Sé que tu madre estará bien, pero necesita saber que tú lo estás también.

—De acuerdo. E…espera, tú…—Miles asintió antes de que terminara la oración. Si iban a dedicarse "a esto" tendrían que hacerlo de tiempo completo, lo que quería decir que al igual que muchos de sus compañeros de clase. "Anticiparían" sus vacaciones.

Él se sintió mal porque apenas si comenzaban a pasar tiempo como pareja con sus amigos. De hecho, le parecía genial que casi todos tuvieran pareja. El ambiente era más divertido e íntimo. Aunque tan pronto y como lo pensó, sintió un ligero desasosiego.

Jamás se imagino que muy en el fondo, Lila lo quisiera.

—Tendrás que decírselo mañana. Después de que haga su examen y le devuelvas las placas.

—Lo haré…—prometió acariciando la superficie de las mismas.

—También podrías pensar una manera coherente de demostrar tus "habilidades" sin que crea que te metimos en alguna especie de campo de concentración o circo. —él sonrió porque en realidad quería conocer su reacción.

En su momento, le comentó que durante su visita a San Lorenzo fue entrenado como "soldado" y puesto a prueba para demostrar su capacidad de líder. Lo que omitió decir fue que se seguía entrenando y que el fútbol soccer le ayudaba a "disimular" los resultados. Los músculos bien trabajados, los rápidos reflejos, la velocidad al correr y la fuerza con que más de una vez había cargado a su novia. La sonrisa de idiota volvió a decorar su cara, recordando como Helga, había aprobado lo duro de su pecho y ni que decir de su…

Miles volvió a golpearlo en la nuca y lo mandó a ducharse con agua fría.

—Te lo advierto, Arnold. ¡Soy demasiado joven para ser abuelo!

—¡Deja de golpearme! ¡Ya te dijimos que no lo serás!

—¡Aún así, los estaré observando! —hizo el clásico ademán de tener los dos ojos en él y su hijo contraatacó.

—¿Para qué crees que es esa lona?

—¡DÉJEN DORMIR PAR DE ANORMALES! —gritó la rubia y a su voz se unió un maullido feroz de Mantecado. —guardaron silencio, tapándose los labios pero segundos después se destornillaron de risa. Los nuevos gritos ya no eran de Helga, sino de sus abuelos amenazando con mandarlos a dormir en la calle.

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La mañana llegó con normalidad, si omitías el hecho de que Arnold terminó durmiendo en el sillón desplegable porque Mantecado no quiso desalojar "su lado"

Compartieron un beso de buenos días y se prepararon para ir a la escuela.

Los exámenes no la ponían nerviosa, estaba segura de su capacidad y orgullosa de su potencial, pero por alguna razón, se sentía inquieta. Peinó su cabello en un par de coletas altas (como en los viejos tiempos) aunque se inclinó más por un estilo "Princesa de la Luna"

Mantecado la había observado en ceremonioso silencio ocupándose de lo propio: su baño a la luz de una rendija solar que se filtraba por la lona, afilar las garras en las patas del escritorio de Arnold y la base de su cama, practicó algo de reflejos peleando con un calcetín olvidado y para cuando subió al escritorio y su dueña disparó un poco de perfume en su cuello, muñecas y pecho, él estornudó con desconcierto.

—Lo siento, amor. No estás acostumbrado a que me embadurne esto pero es una ocasión especial.

—¿Miau…?—preguntó observándola de lleno, restregándose a lo largo de la madera pulida para oler a "él" y no a ella. La rubia lo atrapó entre sus manos, él se resistió un poco porque tú sabes, eso de darse a desear también es parte del juego. Cuando se aplacó, aquella lo presionó contra su pecho y enunció.

—Presiento que será un día de despedidas y sabes bien que soy fatal para eso. —lo sabía y ronroneó a manera de confirmación pegándose a su cuerpo, sintiéndose seguro en la firmeza de sus manos. Percibió su temperatura, además de latidos de corazón desbocados. Su dueña estaba intranquila. ¿Sería ese otro humano que detestaba? ¡Le saltaría a la cara tan pronto como entrara! pero olvidaba la mención a la palabra "despedida" ¿Se iría de nuevo? ¡No lo permitiría! —sacó sus garras y las enterró donde fuera. No sabía si atrapó su bonito suéter de lana o un pedazo de piel pálida. Por el siseo que escapó a sus labios se inclinaría más por lo segundo y aún así, no lo soltó.

Le gustaba su "ama" no era "delicada" y en general lo dejaba hacer lo que le viniera en gana.

Lo miró a los ojos pretendiendo que se calmara. Claro que lo haría cuando le explicara ¿A dónde se iba y por cuantos días? Su tazón de comida siempre estaba vacío, tenía que buscar agua en la pileta del cuarto de lavado, sus juguetes los creía perdidos y los canaritos. Esos gorditos, deliciosos y pachoncitos, hacía siglos que no se retorcían entre sus colmillos. —Maulló— en una entonación que sabía comprendería a la perfección. No iba a dejar que se fuera, no después de luchar contra esa cosa negra.

—Tranquilo, amor.

—Miau, miau…—respondió él, con diplomacia y sin dejar de enterrarle sus garras. Sintió algo húmedo y cálido entre las mismas. Tal vez se le fue la pata pero era su humana y él tenía que "cuidarla"

—No te dejaré de nuevo. Allá a donde vaya te llevaré a mi espalda. —la miró con recelo. Sus ojos transparentes, seguros y bellos. No creyó advertir mentira en ellos, sólo temor y un ligero toque de desasosiego.

—Hel…

Ese otro humano apareció y él saltó de su regazo para poder amenazarlo. Le siseó todo lo mortífero y fatal que era, el chico con cabeza extraña tembló como una hoja, dudando sobre terminar de entrar en la alcoba o retirarse. Le gustó que lo hiciera. No obstante, seguía conociendo a su ama y sabía que requería un momento a solas con él. Salió por la puerta grande buscando a la mujer regordeta, ella siempre tenía comida chatarra y mimos para él.

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—Por favor, dime que no fue a buscar algo con qué asesinarme. —preguntó Arnold una vez Mantecado se hubiera esfumado.

Helga sobaba sus antebrazos, tenía cortes diminutos y espaciados sobre la piel. Tan pronto como los vio, él se alarmó y tomo una de sus manos. —¿Te lastimó?—preguntó dispuesto a desollar al gato, pero ella negó con el rostro.

—Sólo está molesto porque sabe, que me iré de nuevo.

—¿Se lo contaste al gato? ¿Es en serio…?—enarcó una ceja porque no creía posible eso. Helga lo miró con su habitual intensidad. La que no admitía réplicas y hablaba de su total honestidad.

—De acuerdo, el engendro peludo de Satanás, merece saberlo. —enunció a manera de disculpa y ella no se inmutó. Seguía mirándolo como si atravesara su alma, conociera sus secretos o supiera que no se levantó al baño y se quedó platicando durante horas con su padre. Tendría que confesarse. No que hubiera hecho algo excesivamente arriesgado o malvado. No se reunió con alguna otra chica, de hecho fueron cinco bravucones que ella bien conocía.

—Arnold…

—¿Si…?—preguntó preparándose para lo peor. Había presenciado peleas histriónicas entre Phill y Gertrude porque aquel solía escaparse sin su consentimiento a jugar Poker con sus "amigotes" Siempre que lo hacía volvía hecho una cuba y sin un céntimo.

Las placas metálicas bailaron en el interior de su mano, las presionó con fuerza.

Eran su salvamento.

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Anoche salió a buscarlas porque de camino a casa Helga comentó que quería sus placas. Eugene no entendía de lo que hablaban, ella insistió en que jamás debió soltarlas, tirarlas, despreciarlas. Eran un obsequio suyo, un símbolo de su amor y lo quería, si es que iban a participar en la guerra.

"¿Cual guerra?" —preguntó el pelirrojo. Él le dijo que ninguna. Su "madre" estaba ebria y evidentemente, era de esos alcohólicos que dicen una y mil incoherencias.

"¿Seguro, porque ya antes me pareció escuchar algo sobre un viaje?" —perspicaz. ¿Por qué otra razón lo habría adoptado, Helga? Se empeñó en negar los cargos, aunque en un impulso "fraterno" terminó por decirle que planeaba llevarla a la playa para celebrar su cumpleaños.

"Es un gran detalle, pero por favor. No insultes mi inteligencia. Sé que ocultan algo y respetaré su silencio, sólo porque ella respetó mi secreto"

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Dejó a Eugene en su casa, para entonces Helga ya dormitaba y tuvo que despertarla cuando llegaron a Sunset Arms. Subieron las escaleras dando tumbos, de tanto en tanto ella repetía el tema de las placas. "No debió hacerlo" Siempre era impulsiva y desprendida de cualquier cosa, pero ese juego de placas era especial. ¿Cómo llegó tan lejos? ¿Cómo permitió que Anthea, le nublara la mente de una manera tan cruel?

Ambos conocían la respuesta.

Thea jugó con la debilidad de su corazón y acostumbrada a la soledad como estaba, a autodestruirse (como su pasado señalaba) Helga se arrancó lo único que le permitiría aferrarse a este mundo. "El símbolo de su amor" la promesa que le ofrendó y por ello, una vez se durmió. Salió a buscarlas en los linderos del Anemone.

El chaperón de la entrada lo reconoció y le dijo que sí, había encontrado unas placas, las tenía en una caja de objetos perdidos y en lo que fue por ellas otros fueron por él.

Los mismos tipos de la otra vez. Preguntaron por su chica, él les dijo que no venía y les pareció perfecto porque iban a cobrarse los "desperfectos" Su auto continuaba visiblemente chocado. No hubo denuncias en el Departamento de Justicia y sucedió así porque consumían drogas y no querían que sus padres intervinieran.

Como fuera, el más grande de todos descargó un primer golpe y él lo esquivo. Tenía buenos reflejos, además de estar motivado por su futura visita a San Lorenzo.

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Su padre, además de otros nativos le enseñaron a defenderse. Era esencial que aprendiera a hacerlo si es que algún día pretendía liderar la tribu. Según dijeron, la mejor manera de inspirar a su pueblo y conseguir que lo siguieran era demostrando ser el mejor.

Extrañamente, descubrió que poseía habilidad y talento casi natural.

El ser "abusado" en la escuela, le daba una buena idea del dónde es que podría provenir el siguiente golpe, además de que sabía escapar como el mejor porque más de una vez se escurrió entre los brazos de una colérica e impaciente rubia.

Las artes marciales las practicó cuando niño, así que reafirmó este conocimiento combinando su estilo de pelea con el que acostumbraban en la tribu. No obstante; eso de "lastimar" no era lo suyo y en sus ataques, concedía piedad. Nunca asestaba el golpe "fatal" y eso era interpretado por algunos como debilidad, pero su padre, el líder de la tribu (Aitor) y él, lo consideraban sabiduría.

Ya habían perdido muchos hombres con el pasar de los años. La idea era sumar, no restar.

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Y volviendo a lo que hacía.

Tres de los cinco bravucones habían caído al piso tropezándose con su propia ira y él ni siquiera los había tocado.

—¡Vamos a acabar contigo y después nos divertiremos con esa putita tuya, Shortman! —¿Conocían su nombre? ¡Claro! Pero qué estúpido había sido. El chaperón no encontró sus placas, lo hicieron ellos y aguardaron a que volviera.

Sonrió con petulancia. Era malo pecar de soberbia y lo reconoció cuando unieron fuerzas para golpearlo en conjunto y no, uno por uno. Recibió algunos golpes que respondió gustoso.

De manera "formal" tenía prohibido usar sus habilidades fuera de San Lorenzo, hizo un juramento de que sus puños y bla, bla, bla. Sólo los usaría para defender a los "ojos verdes" de extranjeros como él, pero en teoría. Si Helga sería su futura esposa, eso la convertía en la líder y era su deber (por no decir que obligación) honrarla, respetarla y patear el trasero de cualquiera que quisiera tocarla.

Lo disfrutó.

Cosa que también estaba mal, pero ¿No iban a patear muchos traseros próximamente? Recuperar a su madre, enfrentar a la "muerte"

El Chaperón que observó la pelea estaba sumamente pálido cuando le devolvió sus placas. Le juró que no tuvo nada que ver con esto, lo amenazaron con romperle la cara si no participaba. Él le aseguró que no tenía importancia pero asumía que algo de la oscuridad propia del calor de una buena querella debía advertirse en sus ojos puesto que, no le creyó e insistió en decir que pagaría la cuenta la próxima vez que asistieran.

—No te preocupes, dudo que volvamos a cenar aquí.

—¡Pero la Señora Allaneau…!

No se molestó en contestar. Regresó a su auto, volvió a casa, platicó con su padre y ahora aquí es dónde estaba.

Observando a su novia luchar por encontrar las palabras adecuadas.

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—¿De verdad crees que tenga algún sentido hacerlo? —¿Mentir, correr o esconderse? Él iba a comenzar con el discurso más largo y errático del mundo pero advirtió tortura, más allá de la resaca en su gesto y supo, que no hablarían sobre eso.

—¿Te refieres al viaje a San Lorenzo?

—El examen. ¿Vale de algo el esfuerzo?

—¿Ya no quieres hacerlo?

—¿No piensas que sería peor? ¿Qué sucede si no volvemos? ¿Si salimos airosos de nuestra batalla pero resulta que no te dejarán volver a casa? Si todo el tiempo estoy pensando que dejé una posibilidad de éxito profesional en Hillwood, no podría relajarme jamás.

—No te relajarías jamás porque no estarías dejando solo eso. Dejarías a Phoebs, Eugene, tu familia y por más que me ames. No podría competir contra todo eso.

—¿¡Que dices…!? —¿A caso pensaba quedarse allá, sin ella? No podría, vivir sin él (o los demás) jamás lo toleraría.

—Digo, que no vamos a quedarnos allá porque yo tampoco pienso renunciar a todo eso. Quiero un futuro aquí contigo. Así estudiemos en polos opuestos del mundo, existen las videollamadas por Skype, WhatsApp y Messenger. No te desharás de mi tan fácilmente, Helga Geraldine Pataki. —y tan pronto como lo enunció, procedió a sacar su juego de placas del pantalón. Se las colocó al cuello, como si de una gargantilla con diamantes se tratara y ella se quedó más quieta que una estatua.

—Las encontraste…

—¿Qué clase de príncipe sería si no cumplo los caprichos de mi enamorada eterna? —besó su cuello, ella cerró los ojos y él continuó diciendo. —Me encanta que volvieras a peinarte así. Diría que te ves adorable, pero ya no eres una niña y te creería capaz de asesinarme. —ella acarició por instinto el grabado sobre las placas. Eran sus nombres y su promesa, estremeció al sentir su aliento soplándole al cuello, subiendo por la barbilla acercándose demasiado a dónde quería sentirlo.

—Bésame. —le ordenó y lo hizo, recostándola de espaldas a la cama, enlazando sus manos y gimiendo con hambre en el interior de sus labios. Ella se aferró a él, quedaba claro que le tenía sin cuidado cómo recuperó el símbolo de su amor.

Un carraspeo por parte de su padre los hizo refrenar en la acción de seguirse besando a satisfacción.

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—Lamento interrumpir pero el desayuno está servido y no quisiera que llegaras tarde a tu examen, Helga. —se separó de ella y disfrutó con la imagen de sus labios húmedos y enrojecidos por sus ávidos besos. Luego la vio recomponer su peinado, las coletas que ató con su propio cabello. Se olvidaba de lo detallista y femenina que era. Bajaron uno detrás del otro, saludaron a sus abuelos y compartieron los alimentos.

Esto era lo que quería: cotidianidad, familiaridad. Y lo tendría, tan pronto terminaran con su misiva. Le habló de los planes de su padre, los entrenamientos en el bosque y la partida el viernes por la noche. Ella dijo que estaba bien pero si era así.

Quería un momento con sus "amigos"

—Te veré en la cena, melenudo. Supongo que también querrás arreglar las cosas con Lila.

—¿Qué tendría que arreglar con ella?—preguntó tratando de esquivar el tema.

—Por favor, estuviste enamorado de la Señorita Perfección durante buena parte de tu vida y aunque "por temor" te rechazó, saber que sentía lo mismo debió causar algún efecto en tu corazón.

—¡No…! —mintió. Pero aún así, sintió un escalofrío en su interior.

—Te conozco mejor que tú mismo, Arnold. Sé que sientes algo y si no hablas con ella, un día despertarás cansado de estar a mi lado y te preguntarás, ¿Qué se habrá sentido besar sus labios?

—¿¡Quieres que bese a Lila!?

—Sólo si te apetece. Sé que has besado a otras chicas y tu novia selvática no dudará en poner a prueba la fuerza de nuestro amor.

—¡NO ES MI NOVIA!

—Y me encanta que lo digas, pero seamos honestos. Tener dudas, nos pone en desventaja, así que sugiero usar este día para atar cabos sueltos.

—¿Besarás a Alan?

—Mmmmh….mucho mejor, planeo una orgía con los tres, invitaría a Eugene pero sería incómodo ya que es nuestro autonombrado hijo. —Arnold, roló los ojos por su maldito uso del sarcasmo. Ella decidió concederle piedad y le aclaró que no tendía dudas respecto a Alan. Sí lo quería más que a un amigo pero jamás intentaría algo serio.

—Contrario de Lila, él ha intentado besarme decenas de veces. En una ocasión casi lo logró pero desvié el rostro porque no lo sentía correcto en mi corazón. No es sólo que no lo ame, es que sé lo mucho que me ama. Concederle un beso sería darle esperanza.

—Y la esperanza lo orillaría a hacer lo que hacías.

—Morirse de amor y lo quiero demasiado como para matarlo. Confía en mi. No besaré otros labios, pero si existe la más mínima posibilidad de que no volvamos, creo que deberían saberlo.

—A Phoebe le prometiste que volveríamos.

—Porque es mi hermana y de no hacerlo, jamás nos dejaría partir.

—¿Él si…?

—¿Te parece que sigo en París? —Arnold le concedió ese punto y accedió a hablar con Lila. Como parte de su "entrenamiento" Helga dijo que se iría a la escuela sola, era muy probable que tan pronto pisaran la Selva quisieran separarlos y como estratega que era, él se mostró de acuerdo.

Tenían que aprender a confiar en sus instintos, defenderse del mundo en ausencia del otro.

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ESCUELA PREPARATORIA No. 221

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Tres horas de examen (como si hubiera repetido la prueba de admisión general) y Helga sentía que ya podía morir en paz. Estiró los músculos de todo el cuerpo sin importarle estar a medio pasillo, su estómago gruñó con hambre, lo mandó a callar en lo que se tronaba la espalda y proseguía con estiramientos de sus piernas, alguien le silbó por detrás y ella cerró el puño izquierdo dispuesta a romperle los huesos. El aludido levantó ambas manos en son de paz, era Brainy.

—¿Qué haces tan temprano en la escuela?

—Usando el taller de arte para terminar mi "promesa" —le ofreció una ilustración elaborada con pinturas acrílicas. En ella aparecía HELL-GA con su uniforme sensual, pose heroica y un simpático felino a los pies. El rubio pelaje de su amiguito se parecía al de Mantecado, pero en un tono más claro como el de Arnold, su cabeza también era ovalada y en un estudio más detallado se destornilló de risa cuando recordó que le pidió a Brainy que incluyera a su novio en el cómic.

—Por favor dime que no es él. —Brainy compartió las risas y le dijo que sí.

—Mis palabras fueron que "podría" incluirlo, más no especifiqué el como.

—Vas a hacer que te odie.

—Lo llamarás "mantecado" así que a menos que se lo digas, pasará desapercibido el pecado.

—Eres malo.

—Aprendí de la mejor. Ahora dime, ¿Dónde está tu sombra?

—¿Dónde está tu chica gótica?

—Violette trabaja medio turno todas las mañanas, llega a la escuela como en otras tres horas.

—¿Significa que podemos ir al "Guilty Pleasures" y divertirnos un rato?

—¿Como en los viejos tiempos o por qué el cambio de peinado?

—Porque me dio la gana, además de que tengo que confesarles algo.

—¿Entonces, no será una cita privada?

—Lo siento guapo, perdiste tu oportunidad hace años.

—Tú la perdiste primero, Pataki —caminaron como si fueran novios, es decir: con ella colgada del brazo de él, en dirección de la salida más próxima. El lugar a que referían era un Bar bastante popular y cercano a la escuela. Servían la mejor cerveza artesanal del poblado en enormes tarros de vidrio, además de costillas a la BBQ, carne asada y todo lo que mandara tus papilas gustativas al Nirvana.

Para el momento en que los otros dos los alcanzaron Brainy estaba ocupado pintando una obra de arte en el yeso de Helga. Según Lorenzo, era como un bosque o un parque, ¡Espera! ese árbol se parecía demasiado a…

—¿Le estás pintando al Viejo Pete?—preguntó sin creerlo.

—Es una fusión de escenarios, —respondió ella. —El campo Gerald está por acá, además del teatro circular y el lugar dónde nos conocimos, que es representado por esa puerta azul del jardín de infancia. La roja es de la primaria y secundaria.

—¿De todas las cosas que le podrías pedir al mejor artista visual de nuestra era, te inclinas por un collage de Hillwood?—criticó Alan.

—¿Qué puedo decir? Soy una mujer caprichosa, además de que pongo a prueba su memoria y la mía.

Lorenzo y Alan se sintieron un poco ofendidos, ya que a ambos los conocieron mucho después. Sin embargo, no hubo momento para la reflexión. Un camarero de cortos cabellos negros, camisa blanca y mandil color vino apareció con libreta en manos dispuesto a tomar su orden, pidieron cerveza oscura, además de las acostumbradas costillas.

—Nostalgia, melancolía o no, la Amazona dice tener un jugoso secreto. —anunció Brainy para aligerar la tensión.

—¿No…estarás embarazada, cierto? —preguntó Lorenzo señalando su vientre plano y después su inmenso tarro de cerveza. Helga roló los ojos, aferró el tarro por el asa y bebió hasta secarlo.

—¡NO LO ESTOY, GRANDÍSIMO IDIOTA! ¡Y por la insolencia, tú pagas la cuenta!

—O.k…—respondió él, levantando las manos en son de paz.

Una vez Brainy terminara la obra de arte y cada quien tuviera su comida y bebida, la rubia se atrevió a comentar.

—Trabajo en un nuevo proyecto. Una novela fantástica inspirada en HELL-GA y necesito su ayuda porque el personaje principal está por ir a la guerra pero tiene mi mismo problema.

—¿Demencia selectiva?—ofreció Lorenzo.

—¿Está enamorada de un tarado?—secundó Alan.

—¿Pierde el hilo entre la fantasía y la realidad?—ultimó Brainy. —ella los fulminó con la mirada y aunque hubiera querido refutar, sabía que lo que decían era verdad.

—Se rompió la muñeca diestra y por tanto sería complicado que enarbolara algún arma.

—¿Armas? ¿En que universo lo estás ubicando?—preguntaron ya, más interesados.

—Selva amazónica, de hecho tendría que agradecerle a Geraldo por darme la idea. Es una "Guerrera Amazona" que pretende patear el trasero de una falsa "Deidad" ella, dice ser la Diosa de la muerte y amenaza con diezmar a un pequeño y olvidado poblado. También desea arrebatarle todo lo que ha amado, empezando por su "gusano"

—Pff… déjame adivinar. —comentó Alan. —¿Como no incluimos a Arnold en el cómic te inventaste uno propio? —ella resopló entre ofendida y a la defensiva. Él le dio un largo trago a su tarro y concedió que siempre había querido saber ¿Qué era de lo que escribía? Y que se los dijera y pidiera su ayuda, debía significar mucho.

—No peleen niños, acabo de incluir a Arnold y lo que pregunta Hell, es en serio. —medió Brainy mostrando la ilustración de HELL-GA con su gato. Lorenzo la aprobó con notable sonrisa, Alan ni se inmutó pero por dentro, le gustó. —¿Creen que sea posible pelear con una mano enyesada?

—En el mundo de los cómics todo es posible, pero imagino que pretendes apegarte lo máximo a la realidad. —comentó Alan olvidando sus dramas y la rubia asintió.

—Podría hacerlo con un diseño especial. —acotó Lorenzo. —Las amazonas solían usar arco, lanza y espada. Se defendían con un escudo y por tanto, el puño enyesado quedaría protegido con este ultimo.

—¡No podría sostenerlo!—se quejó Alan.

—Por eso utilicé la palabra "diseño especial" genio. Si fuera posible crear una especie de brazalete para fijarlo a su antebrazo, no tendría que esforzarse en sostenerlo. Sería para protección y defensa, además de que no lo perdería a la primera.

—Aún así, la "Deidad" intentaría arrebatárselo. —replicó.

—Para eso están las otras armas. ¿Cuál usa tu Amazona?—preguntó Lorenzo en lo que Brainy trataba de dibujar lo que mencionaban.

—No lo he decidido. La Deidad usa una lanza, es letal con ella. En un encuentro previo, alcanzó a atravesar su pecho y la Amazona apenas si consiguió golpear un par de veces su cuerpo.

—Con armas de largo alcance la mejor ofensiva es la cercanía.—comentó Alan y una vez más se mostró de acuerdo.

—Eso mismo pensé y lo hizo pero la Deidad, tenía secuestrada a una mujer y en su afán de recuperarla, logró asesinarla.

—¿¡Cómo…!? ¿Resucitó…?—preguntaron los tres.

—La atacó en un sueño y la batalla definitiva será esta. Por eso necesito ideas. ¡No puedo permitir que vuelva a matarla! No es solo ella, es la Selva, su gente, todo lo que alguna vez halla amado.

—WOW, parece que tu villano se te salió de las manos. —aplaudió Brainy

—¡Debe existir una manera! —insistió golpeando en la mesa con su tarro.

—De acuerdo, si me lo preguntas a mi. —ofreció Lorenzo. —Todo está en la velocidad y una buena estrategia de pelea. Su primer instinto debe ser quitarle la lanza, bloquear con el escudo y atacar quizás con una espada.

—¿Qué sugieres para anular su magia? —preguntó pues algo de eso ya lo había pensado, pero le faltaba considerar sus "artimañas"

—¿¡POSEE MAGIA!?—gritaron los tres al unísono.

—Pactó con un espíritu maligno que le concedió poderes y así puede sentirse, Deidad.

—¿Y tu Guerrera Amazona que tiene?—preguntó Alan.

—¿El poder el amor…?—comentó recordando el final de la película de Wonder Woman y todos resoplaron indignados.

—A menos que sea un amor tangible en forma de rayos láser, tu Amazona está frita.—sentenció Lorenzo.

—¡NO! ¡Sí sirve de algo! Hace poco logró reducir sus fuerzas, rompió un maleficio pero concentrada en la batalla, quizás le cueste trabajo "enfocarse en su amor"

—¡¿BROMEAS?!—se metió Brainy. —Acabas de decir que no es solo su vida. Lucha por un pueblo, la Selva Lacandona y su amado. ¡Claro que cada golpe lo dará con pasión! —Y cuando lo comentó les mostró su trabajo.

Se enfocó en el diseño de HELL-GA pero con ropas más al estilo "tribal" un top y una falda corta, las largas piernas al descubierto, al igual que su vientre y los brazos. En el diestro estaba el escudo y en el izquierdo una espada de estilo europeo. La posición de su cuerpo era tanto defensiva como ofensiva, su expresión furiosa, determinada y sin embargo la rodeaba un aura cálida. Esa, explicó. Era su magia, su amor por lo que estaba defendiendo.

Helga se sintió invadida por la fuerza que irradiaba la imagen, además de agradecida en lo más profundo de la palabra que no dudó en acercarse al artista y besarlo como antes hacía. En la frente y con mucho pero mucho encanto. Los otros dos se quedaron helados. ¿Su Amazona obsequiando contacto humano? ¿Repartiendo besos? ¿¡Dónde se formaban o a que Santo le Rezaban!? Brainy tuvo un impulso involuntario, tanto de escurrirse bajo la mesa cual gelatina, como de cerrar su puño diestro y romperse los lentes contra la cara por que ahora, él "era papa casada"

Helga separó sus labios de la cálida frente del menor y antes de que pudieran procesarlo, él ya se estaba golpeando.

—¡BRAINY! —reprendieron a voz en grito, pero les dijo que estaba bien.

—Este día si que es como en los viejos tiempos, Hell…—brindó por eso, levantando en alto su tarro una vez los latidos de su corazón se hubieran normalizado.

—Siempre y cuando no vuelvas a pedirme matrimonio...

—¿¡QUÉ…!? ¿¡CUANDO SUCEDIÓ ESO!? —gritaron Lorenzo y Alan, ellos se partieron de risa al recordar el anillo de plástico obtenido en una máquina de chicles, además de la declaración a plena luz del día. Para compartirles la idea y a sabiendas de que su chica volvió a perderse buscando Valaquia, él se levantó de su asiento y repitió la "propuesta"

Helga estaba encantada de la vida, indicando que tan patético y desesperado debía lucir su gesto. En contraposición él le comentaba que tan furioso y cerrado debía estar su puño.

Pasadas unas horas en las que la rubia se convenció de que ninguno de los tres pretendía volver a la escuela o entrar a su salón de clase. Les anunció su partida.

—La madre de Arnold está en una especie de "situación delicada" y debemos ir a ayudarla. Probablemente nos tome un par de semanas, pero también existe la posibilidad de que las cosas se compliquen y si es así, no podremos volver.

—¿Qué…?—preguntaron sin dar crédito, pues aún no estaban tan ebrios.

—Ya saben, el calor de la selva, los animales, las plantas. ¿Qué sería más romántico que vivir la experiencia totalmente Tarzan? —sus amigos, obviamente no le creyeron.

—Odias el sol, peleas con cualquier animal que sea mínimamente "territorial" y la única planta que ha sobrevivido a tus "cuidados" es un cactus que por "gracia divina" se aferra a la vida. Sobre la experiencia Tarzan, reconocemos que eres una sucia pervertida, mordelona de lo peor, pero no renunciarías a la civilización por muy "ardiente" que luzca tu novio con un maldito trapo envolviendo sus "encantos" Queremos saber la verdadera razón, ahora.

¿Por eso le pediste a Brainy que te dibujara medio pueblo en el yeso?

—Y porque tiene talento…—admitió.

—Geraldine, —la llamó Alan cruzando los brazos a la altura del pecho. Ella se removió incomoda sobre su asiento y balbuceó.

—E…es que...es complicado.

—Complicado del tipo "van a abandonar la escuela, casarse e iniciar una vida promiscua en la Selva" o complicado del tipo "Si estás embarazada y su hijo nacerá ebrio a la cima de un templo" —declaró Lorenzo.

—¡No estoy embarazada! ¿¡Qué tengo que hacer para que superen el tema, sacarme el tampón!? —se levantó de su asiento y la vieron con toda la intención de meterse las manos dentro del pantalón. Los tres gritaron aterrados.

—¡NO...! —Brainy ahora sí terminó debajo de la mesa. La rubia se sentó de nuevo y resopló furiosa.

—Es complicado del tipo "Todo lo que les dije no es invento, sino realidad" La falsa Deidad intentó asesinarme mientras dormía, secuestró a su madre y nos envío la lluvia torrencial de hace unos días para obligarnos a pelear.

La trae contra mi al puro estilo de la "Señorita Perfección" porque se obsesionó con Arnold y ahora que soy su novia quiere sacarme la espina dorsal por la boca. Sé que suena a locura pero pregúntenle a Gerald, Eugene, Phoebs, Sheena, Stinky, tu preciosa Rhonda. Ellos estaban ahí. "Paré la lluvia" y ahora necesito detenerla a ella.

La tribu de los "ojos verdes" es sumamente tradicional. Según sus costumbres, el melenudo nacido ahí debería guiarlos ahora que posee la mayoría de edad. Lo han "preparado" durante toda su vida para eso y si volvemos, es bastante probable que ya no le permitan salir.

Acepto que tienen razón al decir que estoy peleada con buena parte de la "madre naturaleza" adoro la civilización con su tecnología y acceso infinito a la información pero también estoy "casada" con él. No de manera formal, paren los dramas. Pero entienden a lo que me refiero.

Si no lo dejan partir, me quedaré ahí.

Y…—hizo una pausa dramática para tomar aire y continuar. —Si su "novia" me atraviesa en la "vida real" con su estúpida lanza, bueno. Mi espíritu errante podrá venir en las noches a jalarles las sábanas.

—¿Bromeas, cierto? —articuló Alan pues los otros dos seguían en un notable estado de shock.

—¿Te parece que me estoy riendo? —refutó tomando la ilustración recién elaborada con plumillas y tinta china entre sus dedos. La Guerrera Amazona lucía fenomenal en ella. Se la mostraría a Arnold. ¡Es más se la llevaría a San Lorenzo como un recuerdo de todos ellos! —Pueden creerlo o no. El punto es, que quería avisarles que mañana me voy y sería agradable, si de vez en cuando le invitan un trago a Eugene. No es del tipo que quiera ligarse a cualquiera, les juro que desde antes le había echado el ojo a Larry. Se cruzan varias veces al día en los pasillos de la escuela y supongo que con el alcohol y la reacción de Lila por mi relación con Arnold, los ánimos de los dos se calentaron.

Es muy alegre, amable y social. Tiene un corazón inmenso y por eso no me atreví a despedirme de él.

—¿¡Hablas en serio!? —gritó Lorenzo. —¿¡Abandonas la escuela!? ¿¡Tus sueños e ideales, todo por lo que has luchado!?

—¡No estoy abandonando nada! —se defendió. —¡Hice el estúpido examen! Y tengo toda la intención de resultar airosa en la batalla. Sin embargo, yo no decido su destino. Dos veces le han permitido volver, sería demasiado pedir que sucediera una tercera.

—¿Tus padres saben esto?—insistió él, que era el más metódico y formal de todos ellos.

—¿Bob y Miriam? ¡Ja! Apenas si recuerdan que existo. Phoebs y Geraldo están al tanto, también los abuelos de Arnold y su padre. Él va a llevarnos de hecho.

—Hell…—interrumpió Brainy en un segundo aire. —¿A caso olvidaste que a penas si pudiste romperle la cara a Jake? ¡Estuvo a nada de asesinarte! Te visitamos en el hospital e hicimos una promesa ese día.

—Que me esconderían y encerrarían en el lugar mas apartado del mundo para que nunca más me hicieran daño. —los tres asintieron con ceremonioso respeto. —No necesito aislamiento, ni protección. Lo de Jake sucedió así porque estaba desprevenida, fuera de práctica y sumamente deprimida. Aún y con eso lo atrapé, haciendo acopio de toda mi fortaleza e inteligencia.

Arnold fue mi motivación entonces. Ahora lo son ustedes. —enfatizó acariciando el diseño en su yeso. —Quiero volver, les juro que lo haré. Y a pesar de conocer el riesgo, esto lo tengo que hacer. No permitiré que asesinen a su madre. ¡Jamás podría perdonármelo!

—¿Y si te asesinan a ti?—preguntó Alan con voz ronca.

—No lo harán. En el sueño estaba desarmada, ahora usaré su diseño, el escudo y la espada. Arnold me enseñará a defenderme, los dos estaremos bien.

—¿Shortman…?—desestimó de inmediato. —¿Él que podría saber sobre defenderte? Si lo hiciera, ni siquiera te pondría al frente.

—Alan…

—¡NO! —golpeó en la mesa con el puño cerrado. —Puedo con tus desplantes de chica enamorada. Con que escribas novelas, poemas y le dediques sonetos. Con que suspires de la noche al alba e inclusive acepté el que miraras tu reflejo cada noche en París en el agua de un lago sopesando si valía la pena continuar o terminar con tu vida. Puedo con que justo ahora decidieras amar plenamente y a libertad. Pero, no voy a permitir que por causa suya alguien que parece sacado de una novela gráfica, te vaya a asesinar.

—¡Es que no sucederá así!

—¿Segura? Porque si yo fuera oportunista enamoraría a la chica más temeraria de todas para que librara mis batallas.

—¡Arnold jamás...!

—Exacto, —interrumpió. —Arnold jamás se ha metido en una pelea. Que conveniente que secuestren a su madre y seas tú quien la tenga que rescatar.

—¡No lo hago por eso! —insistió la rubia. Lorenzo y Brainy no sabían a cual de los dos secundar pero no fue necesario pensarlo. El rubio en cuestión venía llegando junto con Rhonda, Violette y Scarlet, con cara de pocos amigos y no dudó en tirar de su camisa para apartarlo de su chica.

Con el calor de las palabras, ambos estaban prácticamente encima del otro.

—¿Quieres comprobar mi habilidad para defenderla? —preguntó escueto y varios comensales atinaron a jalar sus sillas y mesas a los costados.

—Arnold…—lo llamó Helga y apenas si le dedicó una mirada discreta.

Había escuchado poco, pero suficiente. Desde la parte en que refería su nula participación en alguna pelea y desde ayer se metía en ellas. Violette, apiadándose de un compañero camarero, les habló con dureza y los instó a salir del Bar si es que verdaderamente se querían pelear.

Hubo silencio sepulcral por parte de todos los involucrados, miradas oscuras, directas y quizá un poco crueles entre Arnold y Alan, quien dijo que sí fue el fotógrafo. Podía con todo lo previamente dicho pero no con la idea de que él, la estuviera utilizando.

Lorenzo sacó un fajo de billetes (que debían cubrir poco más de la cuenta) y los dejó en la mesa, Brainy levantó sus instrumentos de arte: las plumillas, acrílicos, tintas, pinceles y los metió en su mochila. Helga pasó saliva por la garganta y se llevó una mano al corazón tan pronto como los dos salieron pasando de largo a las féminas que no entendían la causa de su pelea.

Escucharon los mismos reclamos, ¿Que la madre Arnold fue secuestrada? ¿Y entonces por qué…? —Lorenzo le puso una mano en el hombro a Rhonda. Necesitaba platicar con ella, preguntar si era verdad que de alguna manera su "Amazona" detuvo la lluvia. Brainy también se reunió con Violette y la que estaba un poco confusa a la par de Helga, era Scarlet.

—¿Qué se supone que es esto, la secuela de tu bofetada en la fiesta? —preguntó sin temor. Helga pensó la respuesta, sabía por parte de Brainy que ella era la hermana menor de su novia y que además se había entendido de las mil maravillas con Alan. ¿A caso guardaba esperanzas? ¿Por qué no hacerlo? Si él era un chico encantador, apasionado y apuesto. Tomó sus mano diestra en el interior de la suya y la miró con toda la sinceridad que (pese al temor de la pelea) fue capaz de otorgar.

—Es un malentendido, Alan está furioso porque piensa que Arnold me está utilizando pero no es así. Si te inquieta nuestra "relación" te diré que los dos guardamos sentimientos que rebasan los límites de la amistad, pero te aseguro que tampoco llegan a rozar los de los amantes. Queremos lo mejor para el otro, así signifique provocar una pelea de lo más ridícula.

—¿Estás segura de que él…?

—Armaría el mismo escándalo por cualquiera de ellos y no tiene otra amiga más que yo. —Scarlet se tranquilizó al escuchar sus palabras, sin embargo la "distracción" evitó que detuvieran a los contrincantes.

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Continuará...
N/A: Capítulo un poco revuelto para no variar ni perder la costumbre. Si les quedan dudas ya saben que pueden hacerlas. Les mando un besote y un abrazote especialmente a: Eggplant Gypsy Moon, Serenitymoon20 y Shiroi Kimiko. Chicas lindas, esto fue para ustedes. Por lo demás se me cuidan.