XXIX
En el pueblo de Urnieta, en pleno corazón de Guipúzcoa, los lugareños no tenían la menor duda de que allí vivía una sorguiña, y, siguiendo escrupulosamente la tradición popular, la temían. Y mucho. Y colgaban ristras de cardos en las puertas de los caseríos, en el convencimiento de que, por las noches, si se acercaba hasta allí, no resistiría la tentación de contar los pelos, y así estaría hasta que amaneciera, que es cuando, como todo el mundo sabe, las brujas ya no pueden hacer daño. Y es que allí era de dominio público que las brujas eran capaces de cualquier mal, como convocar las tormentas y acabar con las cosechas, robar recién nacidos y descuartizarlos para usarlos de ingredientes en las pociones que cocían en sus calderos, o celebrar orgías en las noches de sabbat.
Por supuesto, Katalintxe sabía muy bien que todo eso eran supercherías. En los aquelarres, en vez de sexo desenfrenado, lo que realmente había era tertulias de brujas intercambiando hechizos domésticos, ancianas conjurando aguas termales para mejorar el reuma o la artrosis y, sobre todo, mucho chismorreo. En alguna ocasión habían discutido algún tema de política, pero habían sido las menos, y en realidad, con escaso apasionamiento. El verdadero poder del aquelarre residía en la capacidad de abrir las cuevas, de contemplar las maravillas que el Creador había puesto allí por obra de la naturaleza y sentirse en simbiosis con el mundo.
En cuanto a lo de los niños, Graciana, por su parte, tenía fama de excelente partera, tras haber traído al mundo a varias generaciones de pueblos y caseríos de Navarra y Guipúzcoa, siempre buscando el bienestar de madre y niño, aunque, por prudencia, había hecho correr la voz de que en los partos más antiguos la que había atendido había sido su madre.
Y estaba por ver que alguien fuera capaz de provocar una galerna en el Cantábrico con un sortilegio.
Pero, a pesar de todo, Katalintxe reconocía que la sorguiña de Urnieta producía escalofríos en el espinazo. No era cuestión de apariencia, que ya de por sí era bastante brujil, ni tampoco de que se expresara en un vascuence muy distinto al suyo, no solo por la zona, sino también por ancestral, ni tampoco porque olía a ajo hasta marear. Era, sobre todo, por las dotes adivinatorias, que eran ampliamente reconocidas en toda la comunidad mágica desde Fuenterrabía hasta el valle del Roncal. En opinión de Aisone, la sorguiña de Urnieta impresionaba a los más jóvenes en buena medida por lo que, en sus palabras un tanto irreverentes, era la "puesta en escena". Hasta cierto punto, Aisone tenía razón. La sorguiña hechizaba las paredes de su casucha, provocando un juego de luces y sonidos que producía como resultado un ambiente estremecedor, y a eso añadía que las profecías las expresaba en términos arcanos, incomprensibles, con lo cual uno salía aterrorizado, sin entender lo que le había dicho, y casi peor que como había entrado.
La sorguiña de Urnieta era además mal educada. Siempre se refería a la madre de Sara como "la extranjera", por el hecho de que era valenciana, y, en consecuencia, a Sara, sin que Aisone la oyera, la llamaba " la princesita que no es de por aquí", y la miraba con un gesto extraño, como lamentando la elección de Martín, su padre. Pero nadie se libraba, y a Katalintxe la llamaba "huerfanita" en un tono que no tenía nada de compasión y mucho de burlesco.
Cuando llegó el mago inglés, Estefanía insistió en que tenían que ir a ver a la sorguiña, y Estefanía era alguien cuya opinión Aisone escuchaba. El mago inglés era alto y delgado, con la nariz torcida, como si se la hubieran partido, y gafas de media luna. Tenía el pelo largo y mayormente canoso, aunque alguna hebra pelirroja quedaba aquí y allá, y una barba luenga que le llegaba al cinturón. Vestía una túnica de terciopelo marrón salpicada de una cosmogonía que había atraído las miradas de hombres y mujeres. Ellas habían pensado que era pura excentricidad británica, ellos habían pensado otra cosa.
El día estaba muy, muy cerrado. La niebla había descendido hasta casi tocar la hierba verde esmeralda, y la comitiva de brujos avanzaba por la senda silenciosamente hacia el sorginzulo, como llamaban a la casucha. Todo el mundo sabía que no había otra manera de ir hasta allí, porque la sorguiña se había encargado de plantar las barreras anti aparición más potentes que se conocían. Katalintxe pensó que los habitantes del lugar tenían mucha suerte de no encontrarse con ellos, porque realmente parecían lo que eran, una procesión de brujos y brujas.
Cuando llegaron a Sorguinzulo todo estaba tranquilo. Como era de esperar, la sorguiña no había salido a recibirles, aunque era imposible que no hubiera sabido que se aproximaban. Aisone golpeó la puerta con los nudillos y ésta se abrió sola. La bruja les esperaba sentada frente a una mesa desvencijada, con sus chismes de adivinación ya listos. Como siempre, el juego de luces y sonidos estaba a punto, aunque a Katalintxe le dio la impresión de que no eran tan impresionantes como otras veces.
Cuando se aproximaron más, Katalintxe observó que la bruja tenía un tablero del juego de la oca sobre la mesa desvencijada, y encima, justo en el centro, en lo que sería la casilla 64, una gran bola de cristal en la que se veía moverse un humo negro. Katalintxe nunca había visto usar el tablero de la oca, aunque alguna vez había oído a Amparo algo sobre su contenido mágico. La bruja tendió unos dados desgastados al mago inglés, que los tomó sin decir palabra y los arrojó sobre el tablero. Entonces el humo de la bola empezó a girar vertiginosamente y la sorguiña habló. Para asombro de Katalintxe, lo hizo en un castellano tan perfecto que cualquiera hubiera dicho que era de Valladolid.
"Albus Dumbledore. Estás dejando pasar el tiempo para no enfrentarte a ti mismo."- dijo en tono confidencial. "Pero no podrás seguir así mucho más. Sabes, aunque no quieras reconocerlo, que has implicado a mucha gente en esto, y que los necesitarás para concluir esta historia."
El mago inglés no dijo nada. Simplemente juntó las yemas de los dedos y adoptó actitud reflexiva. De repente, la sorguiña se volvió hacia Aisone y le entregó los dados Aisone suspiró, como con resignación, los agitó en la mano y los arrojó sobre el tablero. Katalintxe admiró la entereza de Aisone.
"Tu princesita está en pleno proceso alquímico. Eso la hará más fuerte, pero no la dejará al margen." Aisone no dijo nada. Entonces la sorguiña se volvió hacia Katalintxe, que permanecía en un lado, procurando pasar desapercibida. Instintivamente, Katalintxe echó para atrás la silla y bajó los brazos, muy poco dispuesta a tomar los dados.
"En cuanto a ti..." – la bruja alzó los brazos dejando caer unos huesos de taba de cordero y la casa retumbó. Un vapor negro, como salido de la bola, envolvió a Katalintxe, que se levantó de la silla de un salto, y comenzó a oír gritos y gemidos, como si almas en pena la rodearan. Sintió frío y empezó a temblar.
Cuando el humo se disipó, sudaba copiosamente. Le sobresaltó encontrar la cara de la sorguiña mirándola fijamente, muy cerca de la suya. Entonces la bruja le tomó una mano. Katalintxe temblaba. "Esto perteneció a Mari Katalin, tu madre. Me pidió que te lo diera cuando llegara el momento." Dejó en la palma de la mano de Katalintxe una cadenita de oro de la que colgaba una medalla de Santa Catalina de Siena, con la particularidad de que, en lugar de redonda, era triangular.
"Tus padres eran buenas personas"- dijo la sorguiña en tono amable – "no estuve de acuerdo con algunas de sus decisiones, pero desde luego eran muy buena gente" – La sorguiña sonrió, aunque su sonrisa desdentada en lugar de aliviar a Katalintxe casi le provocó más terror. Entonces se volvió de repente hacia el mago inglés, mirándolo fijamente con una expresión que Katalintxe no supo si era de advertencia o de amenaza.
"Juegas al ajedrez con los demás, y lo harás toda tu vida, porque es algo superior a ti. Pero no a todo el mundo le gusta que le manipulen, Albus Dumbledore. Tenlo presente."
El mago inglés siguió en silencio.
"Y juegas a ese juego para no enfrentarte a ti mismo. ¿Lo superarás alguna vez?" Entonces la bruja se echó a reir con una risa como de ultratumba, y la casa se llenó de nuevo de un humo espeso y negro que, de repente, formó finas hebras que después se juntaron en un extraño símbolo: un triángulo, un círculo y una raya vertical. El humo se desvaneció y todos vieron en el aire una imagen del brazalete, girando lentamente, hasta que se detuvo frente a ellos, mostrando el mismo símbolo grabado en su superficie.
"No hallarás el camino de la paz de tu alma hasta que no hagas lo que tienes que hacer, y para eso, tendrás que contar con la ayuda de quienes pueden liberar ese artefacto."
"¿Quiénes son?" – el mago inglés habló por primera vez, y Katalintxe creyó percibir un ligerísimo temblor en su voz.
"La bruja que lo robó, la que le ayudó a huir, y la que tienes delante" – contestó señalando a Katalintxe. "Tu paz está en sus manos, Albus Dumbledore".
Abandonaron el lugar muy pálidos. Afortunadamente, tampoco encontraron a nadie en el camino que iba hasta el pueblo.
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"¡Tabas! Si llego a estar yo allí, le mando las tabas al fondo de la bahía de Cádiz. Y a ella le sacudo una patada en el ipurdi y la mando a la cima del Auñamendi". – dijo Graciana indignada cuando, de vuelta en el caserío, Katalintxe le contó su experiencia.
"Pero tiene razón en una cosa"- Graciana siguió hablando – "El que nos ha liado la vida ha sido ese inglés."
"Es una persona compleja"- terció Estefanía – "No será capaz de encontrar consuelo por sus errores en toda su vida."
"¿Y eso justifica que nos embarque a los demás en ésto?"
"Si no hubiera sido de una manera, hubiera sido de otra. Los males salpican." - Estefanía sonrió aliviando algo la tensión que crecía en Graciana. "Por otra parte, es significativo que Gotzone haya usado un tablero de la oca. Representa un camino personal...Nuestra amiga extranjera, por ejemplo, es muy astuta, pero no caigamos en el error de pensar que su alma es oscura, porque posiblemente no es así, y tu, Katalintxe, tu alma añora encontrar algo que perdió injustamente..."
"A mi me echó las tabas..." – dijo débilmente Katalintxe, asombrada de oír el nombre de pila de la sorguiña por primera vez y de que, encima, fuera precisamente un nombre tan celestial como Ángela.
"Sí, pero sobre el tablero. Las usó como si fueran dados porque sabía que no los aceptarías"
"¿Y Sara? También la ha metido en esto"
"Sara tiene una sensibilidad distinta..."
"Debería haber vuelto ya"- dijo Katalintxe, inquieta.
"Yo no la esperaría hasta la noche. ¿No ves que anda ennoviada?" – terció Graciana.
"Yo no emplearía esa palabra, Graciana. Creo que esto es más serio."
"Oh, vamos¿cuánto hace que tontea con ese chico¿un mes¿menos incluso?"
Estefanía volvió a sonreir. "Es hora de que dejemos de pensar en ellas como un par de niñas. Son mujeres hechas y derechas, y señoras de sus vidas. El futuro es suyo."
"Si te oyera Amparo hablar así de su niña..."
"Amparo, Dios la bendiga, es capaz de leer un tratado de alquimia escrito en cábala, pero lleva en su corazón una gran pena." – Estefanía frunció el ceño. – "Ahí en cambio está la diferencia con Sara, ella percibe..."
Ajena a todo aquello, mirando al mar en el finisterre gallego, rodeada por los brazos de Santi, Sara se deleitaba en la belleza del paisaje que tenía ante sus ojos y saboreaba una extraña sensación. Miró hacia el norte y de repente le vino Eleanor a la cabeza. En Escocia, otra bruja, Casssiopeia Black, descansaba con la cabeza apoyada en el pecho de su amante, completamente ignorante de lo que se les venía encima.
