Disclaimer: Los personajes pertenecen a J. K. Rowling y la trama a camnz.


Se quedaron en el departamento de ella todo el domingo. De hecho, se quedaron en la cama el día entero. En realidad no hablaron mucho, había mucho por explorar, y la sola idea de que estaban juntos y que efectivamente así lo habían decidido era suficiente.

Ella no podía decidir si estar con él había sido una decisión sensata. Una parte de ella la obligaba porque lo deseaba demasiado, pero la otra parte estaba alerta por todas las reservas que tenía. Y ahora él estaba aquí en su cama, desnudo. Si Blaise había sido un centavo, entonces él era la libra esterlina entera.

Pero había una gran diferencia. Blaise nunca podría herirla de verdad. Por otro lado, Malfoy siempre había tenido ese don, a ella siempre se había ofendido fácilmente con lo que él le decía o hacía. Quizá porque él parecía ver lo que había debajo, ver lo que ella trataba de esconder. En la escuela cuando ella daba un paso en falso, nadie lo notaba, con excepción de él. Él siempre lo notaba. Se las había arreglado para sacar a relucir todas y cada una de sus inseguridades para que todos las vieran.

Quizá por eso se había aferrado a Ron en la escuela, porque él no la veía en absoluto. Por lo que a él se refería, ella era una pared de ladrillos. Completamente recia. Harry en realidad tampoco veía sus inseguridades, pero al menos podía decir que ella tenía emociones. Malfoy lo veía todo.

Y ahora aquí estaban, acostados viéndose el uno al otro. Ella sabía que en realidad no tenía ninguna defensa efectiva contra él, de ahí la insidiosa necesidad de poner distancia entre ellos. Él le pidió no hacerlo y ella había aceptado. Ahora estaba completamente vulnerable. Era escalofriante y excitante. Especialmente porque ella sabía que él era alguien que tenía la capacidad de ser sádico y cruel, al menos cuando niño.

Él estiró la mano y le puso un mechón de cabello detrás de la oreja. También tenía la capacidad de ser dulce. Honesto. Y sexy, no hay que olvidarse de sexy. Ella sólo quería tocarlo, dejar que sus cuerpos se amoldaran como por arte de magia.

Ella nunca habría dejado que esto pasara si él no lo hubiera provocado descaradamente. Ella se habría escabullido cuando él mirara hacia otro lado, pero la había acorralado y la había hecho prometer. Ahora estaba atada a esta montaña rusa. ¿Cómo iba a ser posible que no se saliera del camino?

A la mañana siguiente ella fue a trabajar. Él se quedó en cama y la miró vestirse, tentándola. Quería que se quedara. Sí tuvo éxito en hacerla llegar muy tarde, pero se negó a quedarse en la cama. Era lunes y la necesitaban, más importante, ella necesitaba algo de normalidad en su vida. Era tan fácil quedarse y dejarse absorber por esto que tenían, pero necesitaba algo de perspectiva.

El corazón literalmente le dolía mientras estaba en el trabajo. No había duda, estaba enamorada. Las viejecitas de la boda habían estado en lo cierto, simplemente ella no lo había visto. Sabía que era un estado químico del cerebro. La estaba volviendo ligeramente loca. Como un accidente que le hubiera ocurrido. Nunca había creído que era algo que sólo te sucedía, lo quisieras o no.

El día transcurrió como lenta agonía. Durante todo el día sintió que la adrenalina le recorría el cuerpo. Era agotador. Por fin la jornada laboral llegó a su fin, se salió lo más rápido que pudo.

Se apareció a su casa y la invadió el pánico cuando vio que él no estaba ahí. Se sentía espantoso y odiaba esa sensación. Luego, el miedo absurdo de que algo le hubiera pasado. Necesitaba un trago. Decidió que estaba completamente loca.

Alguien llamó a la puerta unos minutos después y algo dentro de ella supo que era él. Corrió hacia la puerta y la abrió de un tirón. Se puso ridículamente feliz cuando lo vio.

–No estabas aquí –dijo ella.

Él entró y la besó, envolviéndola con sus brazos y levantándola. La llevó hacia la cama.

–¿Tienes algo en mente? –preguntó coquetamente.

–Sí –dijo él y la aventó a la cama. Se trepó y se sentó a horcajadas sobre ella, empezando a abrir los botones de su blusa de trabajo. Ella trató de ayudar pero él le sacudió las manos.

–Te vistes como una bibliotecaria traviesa –dijo él.

–Es ropa de oficina –se defendió.

–Increíblemente sexy –dijo él y sonrió. Eso mandó una oleada de calor a través de ella.

Le quitó rápidamente la blusa y la falda y ella quedó en su ropa interior debajo de él. Él la provocaba acariciando su piel hasta que se contorsionó con las sensaciones. Ella ansiaba sus manos, pero aún no había terminado de jugar con ella.

–Te extrañé hoy –dijo él. Sus manos le recorrían el cuello y con el pulgar acariciaba sus labios. Ella aprovechó la oportunidad para capturarlo en su boca. Acariciando la yema de su pulgar con la lengua. El cambio en él fue instantáneo. El jugueteo había terminado, lo había logrado. Lo cual era grandioso porque pronto se le cortaría la circulación en las piernas. Él no luchó cuando ella se sentó y lo besó, pero fue extraño porque era mucho más alto.

Él movió sus piernas para que quedaran entre las de ella y la levantó para ponerla en su regazo, una mejora sustancial para poder besarse. Ella le enredó las piernas alrededor del torso acercándolo más, mientras sus dedos trabajaban en liberarlo de su camisa. Se sentía como desenvolver un regalo.

Era una especie única de intimidad estar sentados viéndose el uno al otro, con espacio suficiente para abrazar, acariciar y besar. Él la levantó y se unieron. Ella sintió cada pulgada cuando la penetró y lo aceptó lentamente. Se movieron juntos mientras ella lo tomaba. Le gustaba esta posición, sentía que ambos participaban por igual ya que se movían juntos.

El sentido de urgencia era abrumador. Ella necesitaba más. Lo besaba en medio de su irregular respiración. No pudo evitar jadear cuando su necesidad se tornó más desesperada. Se aferró a él cuando comenzaron sus explosiones. Los gemidos como de dolor de él sólo hicieron sus propias explosiones más intensas.

Acalorados y sudorosos rodaron por la cama mientras trataban de recuperar el aliento.

–Tenemos que cocinar esta noche –dijo ella entre jadeos–. No puedo soportar otro tazón de cereal.

–¿Vas a cocinar para mí?

–Si eres travieso, cocinaré para mí y te dejaré observar.

–Sigue diciendo cosas como esa y nunca te dejaré salir de esta cama.

Ahora le estaba besando el cuello, provocándola. Habían pasado como dos segundos desde que habían terminado.

–No –dijo ella y lo empujó–. Necesito comer y no me vas a distraer. Me voy a morir.

Logró salir rápido de la cama, lejos de su agarre ya que podía atraerla de nuevo. Él no se levantó cuando ella se puso una bata y caminó hacia la cocina de su pequeño departamento. Se rodó sobre el estómago y la observó mientras cocinaba. Ella podía ver sus oscuros ojos brillar bajo el pálido flequillo, sin despegarse de ella cuando se movía por la cocina. No pudo evitar sonreír. Él no saldría de la cama, sólo esperaba su regreso.

Así pasó más o menos una semana. Se sentía raro no tener alguna parte de su cuerpo tocándola, algunas veces no se daba cuenta cuales partes eran de él y cuales de ella. El trabajo era una tortura pero ella se negaba a quedarse en casa a pesar de que él se lo pedía cada mañana.

Cada vez que su mente divagaba en el trabajo, era sobre sexo. Algunas veces tenía que ir al baño y echarse agua fría en la cara. ¿Cómo sobrevivía la gente a estar enamorado? Se preguntaba ella.

Antes de que se diera cuenta, Ginny estaba ahí a la hora del almuerzo.

–¡Ya regresaste! –dijo asombrada Hermione. ¿Ya había pasado una semana?

–Fue fantástico –dijo ella–. El hotel era divino. Yo no estaba segura de que disfrutaría una semana en la playa, pero me encantó. Vayamos a comer, me muero de hambre.

Fueron a una de las tabernas del Callejón Diagon.

–Así que desapareciste, no creas que no me di cuenta –dijo Ginny.

–Se podría decir que hablamos –dijo Hermione tratando de controlar el rubor de sus mejillas.

–¿Hablaron eh? –dijo Ginny nada convencida; Hermione jugaba con los cubiertos–. ¡Por Merlín, no me digas!

Hermione hizo un gesto con los dedos que indicaba un poquito.

–¿Entonces? ¿Es una relación falsa con derechos? –dijo Ginny–. ¿O simplemente se olvidaron de la parte falsa?

–Se podría decir que ya olvidamos la parte falsa –dijo Hermione–. Creo.

Ginny la estudió con aspecto serio. –¡Por Circe! ¡Estás enamorada de él!

Hermione indicó otra vez que un poquito.

–Es Malfoy, ¿qué te pasa? –dijo Ginny–. ¿Si te acuerdas que es Malfoy? ¿Acaso te ha confundido completamente el cerebro?

–No lo puedo evitar, sólo sucedió.

–Blaise…podía entenderlo, pero ¿Malfoy? –dijo Ginny–. ¿Ya no te acuerdas de toda la historia que tienen juntos?

–Es complicado.

–No me digas.

–No es tan malo –dijo Hermione.

–¿Por cuánto tiempo? –dijo Ginny no muy convencida–. ¿Hasta que decida romperte en dos? Pensé que lo detestabas. Más que a nadie en el planeta. Por Merlín, espero que sepas lo que haces.

Hermione arregló sus cubiertos de nuevo. Entendía por completo de donde venía lo que Ginny le decía. Si los roles estuvieran invertidos ella haría exactamente lo mismo.

–Sólo diviértete con él un rato –dijo Ginny con una sonrisa–. No te hará mal ¿cierto? ¿Es bueno en la cama?

Hermione no pudo evitar sonreír.

–Bueno, entonces brindemos por jugar con fuego –dijo Ginny con una amplia sonrisa levantando su bebida–. ¿Qué es la vida sin un poco de riesgo? Esperemos que Lucius Malfoy nunca se entere.

–Dios, eso sería incómodo ¿no? –dijo Hermione con una sonrisa; el concepto era divertido.

–Le daría una apoplejía –dijo Ginny–. Podría incluso darle un ataque cardiaco. Ciertamente lamentaríamos la pérdida –dijo Ginny sarcásticamente.


Gracias por leer, agregar a favoritos y dejar reviews.