.
El Diario de una Máscara
.
26.- Una promesa.
Apareció en aquella mansión como un torbellino y se dirigió a su habitación en grandes trancos, evitando el mar de mortífagos que lo rodeaban y que se movían de allá para acá. Se encerró de un portazo en el baño e intempestivamente golpeó en repetidas ocasiones el espejo que se posaba sobre el lavamanos, rompiéndolo en pedacitos, quedando algunos incrustados en sus nudillos.
Aulló. Aulló hasta que la garganta se le desgarró. Pero no por el dolor del vidrio enterrándose en su piel, sino por la impotencia, la rabia y la desesperación.
No podía creerlo y no había sido capaz de comprobarlo con sus propios ojos. Ver como las rocas se precipitaban sobre Hermione Granger, aniquilándola, había sido un golpe duro, demasiado duro para él. Una cosa era proclamar a los cuatro vientos que la destruiría y otra muy distinta era llevarlo a cabo por accidente. Una cosa era asegurar que la odiaba y otra muy diferente era realmente sentirlo. Y todo lo que creía sentir era una cruel mentira que se contaba a sí mismo, ya que tan pronto la montaña de piedras quedó inmóvil frente a sus ojos, supo que una parte de él se moría también. Esperó unos segundos con el alma en un hilo, y al ver que nada cambiaba, se largó de allí tras una cortina de humo negro.
Estaba enloquecido y no sabía cómo sacarse ese sufrimiento de adentro, que lo desgarraba como el peor de los cruciatus. Lo peor era que tenía consciencia del error que era el haberse marchado así como así. Lo lógico, el protocolo indicaba que tenía que acercarse a verificar que ambos estaban muertos. Sin embargo, de solo imaginar el cuerpo de Granger destrozado, aplastado y desfigurado, no pudo acercarse. No tuvo las tripas para sacarla de entre las rocas. Además, vio claramente cómo le caían encima. Haber sobrevivido a eso habría sido un milagro y Theodore Nott no creía en ellos. Su vida estaba teñida de tragedias y esa no sería la excepción.
Todo comenzó a darle vueltas. Trastabilló y quedó apoyado en la cerámica de la pared opuesta, comenzando a deslizarse hasta el piso, derrotado. Derrotado porque en un segundo, no solo había perdido la oportunidad de destruir con sus propias manos a su rival, Draco Malfoy, sino también porque en ese mismo segundo, Hermione Granger, la mujer que tenía tan encajada en el corazón, había dejado de existir, dejándolo solo. Esta vez para siempre.
.
.
Sucedió todo tan rápido que le costó entender lo que había ocurrido. En un instante creyó, o mejor dicho, estaba segura que moriría, y luego, de la nada, había aparecido Draco Malfoy, tomándola entre sus brazos para correrla hasta la pared de la cueva que estaba a sus espaldas. Los estruendos de las rocas desprendiéndose del techo y estrellándose contra el suelo eran ensordecedores y ella sólo atinó a cerrar los ojos, esperando lo peor, totalmente entregada a sentirse asfixiada en cualquier instante. Sin embargo, a pesar del ruido, misteriosamente aún nada la aplastaba.
Una vez que todo paró, tanto el movimiento como el ruido, y mientras tiritaba como una hoja al viento del más auténtico terror, decidió abrir los párpados y enfrentarse a los hechos. Quizás, el golpe había sido tan certero que en realidad estaba muerta. Tal vez, alguna roca afilada había cercenado sus nervios y por eso no sentía nada sofocándola.
Le costó acostumbrar la vista, pero cuando lo logró, la situación era impensada. Malfoy la tenía contra la pared con ambas manos a los costados de su cabeza, mientras que sus brazos servían de rejas de protección. Tenía los ojos cerrados y las cejas apretadas, casi formando una sola. Alrededor de ambos, él había formado un campo de energía que los resguardaba, uno que apenas se despegaba un par de centímetros de ellos, pero que sostenía las piedras que estaban por sobre su cabeza y cayendo por los costados, evitando que los aplastaran. Se notaba que estaba realizando un esfuerzo sobrehumano, pues al tener aún las mangas de la camisa recogidas, Hermione podía observar las venas de sus brazos sobresaliendo.
No pudo evitarlo. Una expresión de pánico se dibujó en el rostro de Hermione y se sintió claustrofóbica por primera vez en su vida. Ese campo de energía no parecía lo suficientemente amplio y potente como para resistir mucho más, lo cual era lógico, ya que un hechizo no verbal como aquel, sumado a que el rubio no se encontraba en sus mejores condiciones, no podía dar otro resultado. Adicionalmente, ella no tenía idea como generar un campo similar para poder ayudarlo, y con la tacleada que le hizo para rescatarla, en algún momento se le resbaló la varita entre los dedos.
.
Todo indicaba que pronto llegaría a su fin, y Hermione Granger se dio cuenta en ese momento que no estaba preparada morir.
.
Sin embargo, como si Draco Malfoy hubiera olido su desesperación, abrió los párpados y la miró con sus ojos grises de una manera decidida y segura, irradiando un extraño y fascinante destello de determinación.
–Tranquila –le susurró, para pasar desapercibido del enemigo–. Estarás a salvo. Confía en mí. Puedo aguantar hasta que llegue la comadreja.
Ella lo miró de regreso percibiendo como un molesto calorcillo se le instalaba en el pecho, mientras su corazón comenzaba a latir sin ton ni son. Jamás en su existencia se imaginó que Draco Malfoy algún día sería empático con ella o que la protegería de ese modo, arriesgando su propia vida. Lo único que recordaba con lo que podía comparar, fue aquella ocasión en que se hizo pasar por Parkinson y él no la había entregado a Chaos y Chronos, a pesar de que eso podía haber implicado su salvación. Pero esa fue una situación que se dio prácticamente a la fuerza. Jamás pensó que algún día él, conscientemente, se lanzaría a protegerla con tanto ahínco.
Y eso, a pesar de las circunstancias, logró tranquilizarla. La seguridad que emanaba de sus orbes era tan arrebatadora que no le quedaba más que confiar en él y tener esperanzas de que podrían resistir hasta la llegada de Ron.
.
Solo esperaba no estar equivocada y que efectivamente su amigo fuera a su encuentro.
.
Por otra parte, no quiso cuestionarse los motivos de él para actuar de ese modo. No le importaba si era solo para mantener a la "moneda de cambio" a salvo o si sus acciones tenían otro significado. No era relevante y no iba a permitir que aquello la confundiera, llevándola a pensar cosas que no son… cosas que nunca fueron.
Así que, como toda respuesta, la muchacha se limitó a asentir y se pegó más a él, para que no tuviera que gastar energías de sobra ampliando el campo de fuerza. Al principio, notó como Draco se tensaba con dicho movimiento, pero luego fue él quien redujo aún más las distancias y la envolvió en un extraño abrazo.
Sin concertarlo, ambos comenzaron a agacharse para quedar sentados en el piso, sin romper esa conexión que habían acordado en silencio. Los brazos de Malfoy estaban por encima de los de Hermione, cercándola. Ella, inconscientemente, apoyó la cabeza en su pecho y al ver que él no chistaba, se quedó ahí, con la nariz pegada en el hueco de su clavícula, preguntándose qué pasaría una vez que llegara Ron.
Las rocas que tenían encima y a los costados, solo frenadas por el campo, se veían amenazadoras. Pero Hermione confiaba en él. Confiaba en Draco Malfoy.
–Háblame –ordenó él de pronto en un murmullo.
.
¿Cuánto tiempo había transcurrido? ¿Una hora?
.
–¿De qué? –preguntó confundida, también bajito.
–De lo que sea –le respondió, confiando en que las rocas que los rodeaban aplacarían sus intercambios y no serían escuchados en el improbable evento en que Nott aún no se hubiera marchado–. Conservar este campo me está gastado muchas fuerzas y no quiero dormirme de agotamiento. Necesito que me mantengas despierto. Cuéntame lo que sea. Yo solo escucharé.
Hermione se vio en problemas, ya que estaba acostumbrada a responder. Era siempre la primera en levantar la mano cuando se le planteaba un problema, pero nunca se le había dado fácil comenzar una charla cuando no existía un detonante de la misma. ¿De qué podía hablar? ¿De lo cómodo que le resultaba estar nuevamente entre sus brazos? ¿De que tenía susto de que sus amigos se negaran a recibirlo y considerarlo dentro de sus filas?
–Es para hoy Granger... –apuró el rubio–. No tienes que darme una clase. Háblame de lo que quieras.
–Sí, sí, claro –musitó ella.
Necesitaba distraerlo del esfuerzo que le implicaba ese hechizo. Solo eso le estaba pidiendo y ella estaba en blanco.
.
Entonces, una revelación se abrió paso en su cabeza y supo de qué le hablaría.
Era su oportunidad de enmendar el rumbo, así que aclaró la garganta y comenzó.
.
–Mis padres, ambos, son dentistas, y usualmente me quedaba en su consulta durante las tardes después de la escuela, antes de entrar a Hogwarts y de saber que podía hacer magia. Para entretenerme, una vez que terminaba la tarea, pasaba las horas leyendo lo que encontrara en la oficina de mi madre. Ella tenía un poco de todo y claramente leí en aquella época muchos libros no apropiados para mi edad, pero en eso me distraía, ya que las páginas me transportaban a muchos lugares a falta de tener con quien jugar en la vida real... La verdad, siempre fui muy inadecuada para el resto. No tenía muchas opciones de entretención porque nadie quería pasar el tiempo con un repositorio parlante. Estaba sola.
Tomó un respiro antes de continuar.
–Cuando llegó mi carta, fui feliz, sentí que era la oportunidad de cambiar eso. Si bien amo a mis padres, ya no quería estar sola o aislada de la gente de mi edad. Así que tomé el tren llena de esperanzas, pero a la vez, aterrorizada. A pesar de que parecía segura de mi misma y quizás soberbia, en verdad estaba muerta de miedo de fracasar y volver a lo mismo pero con otras personas. Así que me leí adelantadamente todo lo que pude sobre las materias, ya que pensaba que siempre estaría en desventaja respecto de aquellos que crecieron en un hogar con magia.
Aún cobijada en el pecho de Malfoy, acomodó su cabeza y cerró los ojos.
–No quería que me rechazaran –confesó–, pero al nunca haber tenido amigos, tampoco estaba segura de que iba a encajar aunque pudiera recitarles libros completos. Era un desastre por dentro y no podía evitar sobre compensar mi inseguridad con una actitud arrogante. Por eso, al notar que podía desenvolverme con Harry y Ron con naturalidad, quise ser su amiga de inmediato.
Era extraño regresar a primer año y a todas sus incertidumbres. Casi podía sentir revoloteando en su estómago las mariposas que la invadieron la primera vez que vio el techo encantado del Gran Comedor.
–Cuando el sombrero seleccionador se posó sobre mí, su primera opción fue enviarme a Ravenclaw –reveló–, pero en mi cabeza le rogué que me designara a Gryffindor, ya que después de hablar con Harry y Ron en el expreso, veía muy improbable que los mandaran a Ravenclaw, así que hice una apuesta para quedar con ellos y acerté. Quedamos de compañeros de casa y logré tener los amigos que tanto deseaba… eso sí, cuando lo pienso, a veces creo que hice trampa. Quizás forcé el destino.
Percibió como Malfoy se removía incómodo ante sus palabras.
–¿Por qué decidiste hablar de eso ahora? –inquirió en voz baja y profunda.
.
Su aliento fresco chocó contra la oreja de la muchacha, erizando esa porción de piel. Era como si cada poro de su cuerpo estuviera atento a sus acciones. Predeterminado a reaccionar y alterar sus pensamientos. Odiaba sentirse tan vulnerable frente a él.
.
–No sé, solo quise contártelo –declaró–. Pensé que sería justo mostrarte algunas partes de mí que no he confesado en voz alta, que no le he contado a nadie. Así como yo leí sin tu permiso cosas que no querías enseñarle a nadie.
Percibió sus músculos tensarse.
–Lo siento tanto –se apresuró a decir–. Nunca debí leer tu diario y esta es la única oportunidad que tengo para que me permitas disculparme. Lo que hice fue horrible, lo sé. Usualmente yo no habría caído en algo como eso, pero tus palabras me atraparon, y no pude dejarlo de lado. Pero no tengo excusa, así que no me resta más que esperar que me perdones algún día.
Escuchó como la garganta de él se aclaraba para protestar severamente.
–Juegas con fuego, Granger –farfulló molesto, separándola de él por los hombros para mirarla a los ojos–. Te pedí algo muy sencillo y aprovechaste la instancia para recordarme un hecho que me hace detestarte. ¿Por qué harías algo como eso?
El campo de energía comenzó a tener pequeños espasmos, pero a Hermione ni le importó.
–Porque, como te dije, creo que no tendré otra oportunidad de pedirte disculpas –explicó compungida–. Y porque si te quedas con nosotros en La Resistencia, te quiero prometer algo en compensación por mi agravio. No es mucho, pero es lo único que puedo ofrecerte.
.
Él enarcó una ceja.
Ella ni parpadeó.
.
–De ahora en adelante, prometo que cada vez que me preguntes algo, sobre lo que he hecho, sobre lo que pienso, siento o lo que sea, te diré la verdad.
.
Él resopló.
Ella siguió sin parpadear.
.
–¿Y cómo me compensa eso? –refutó él–. ¿Quién te dijo que quiero saber algo de ti?
Ella movió la cabeza con resignación.
–Es lo único que puedo ofrecerte. Yo pude leer la verdad sobre ti. Tú podrás acceder a mis verdades cuando quieras.
Un ruido interrumpió su conversación. Y ese ruido fue creciendo y creciendo cada vez más.
Por inercia, y sin pensarlo mucho, Draco Malfoy volvió a apresarla contra si en un acto protector y amplificó el campo de fuerza un par de centímetros más. Las rocas comenzaron a vibrar antes de volar en todas direcciones, despejando el radio de ambos.
Una nube de polvo los cegó momentáneamente.
–¿Qué mier...? –dijo de pronto cierto pelirrojo al verlos, apareciendo súbitamente por detrás.
.
.
No sabía por qué volvía una y otra vez a ese lugar. Todo el mundo le insistía en que debía aceptar la realidad, pero él se negaba a hacerlo. Mientras no encontrara el cuerpo de su amiga, para él seguía viva y podía encontrarla allí. Fin de la discusión. Él único que lo entendía era Harry, pero no siempre podía acompañarlo por las misiones y otras vainas. Así que esa noche, se dirigía solo una vez más a dicha cueva, sin ninguna expectativa, pero tampoco sin perder las esperanzas.
Se apareció donde siempre mas quedó de una pieza cuando se dio cuenta que la cueva se había derrumbado parcialmente. Sus ojos azules se abrieron de par en par y comenzaron a moverse en todas direcciones, tratando de encontrar la causa de aquello, registrando el lugar. Que supiera, no había ocurrido un terremoto y una estructura como aquella no colapsaría porque sí.
–Será posible... –soltó ilusionado, ya que pocos conocían la existencia de ese lugar–. ¡Hermione! ¡Hermione!
Gritaba a todo pulmón, avanzando entre las rocas, pero a simple vista no había otra alma ahí. Súbitamente, su mirada se posó en una montaña de piedras que estaba al fondo y su respiración se entrecortó. Tomó su varita y pronunció el hechizo que tan habitual se le había hecho para encontrar sobrevivientes luego de una batalla.
–Findaus Vitae...
De la punta de su varita, emergió un esplendor dorado que comenzó a inspeccionar lo que quedaba del lugar. Se movía con la rapidez de una snitch, hasta que paró, justo encima de aquel cerro de rocas. En ese instante, Ron aguantó el aliento. Existían dos opciones. O ese esplendor se tornaba blanco, indicando que había vida, o se iba a negro, anunciando lo peor.
–Por favor, por favor, por favor –repitió como mantra.
La luz dorada centelleó un par de veces como una ampolleta a punto de fallar, y luego se apagó por completo, para volver con un intenso brillo blanco. Desesperado por dentro, aunque cauteloso por fuera, Ron comenzó a retirar las piedras, una por una, haciéndolas levitar, optimista por primera vez en mucho tiempo. Estaba en esas faenas cuando un campo de energía apareció debajo de una de las rocas, y no pudo aguantar más. Retiró el resto con la mayor velocidad que pudo, encontrando debajo una escena que no tenía pies ni cabeza.
–¿Qué mier...? –soltó en voz alta al ver que su amiga se encontraba atrapada entre los brazos del hurón que tanto detestaba.
Ellos lo miraron de vuelta y el campo de fuerza se desvaneció frente a sus narices, por lo que no dudó en acercarse, agarrar al rubio por el cuello de la camisa y tirarlo hacia atrás para separarlo de Hermione.
–¡Sácale tus garras de encima antes que te mate! –le vociferó rojo de ira, amenazándolo con el puño.
–¡Ron no! –gritó ella, tomándolo del brazo para retenerlo–. Él me ayudó, no es nuestro enemigo. ¡Deja que te explique!
Ron Weasley se volteó para observarla y al verla frente a él, con su pelo revuelto y ese rostro que podía ilustrar de memoria, no pudo evitar quebrarse, liberándose de todos sus miedos. Estaba viva. Por todos los magos, estaba viva.
Soltó al ex mortífago y la atrajo para fundirse en un sentido abrazo. Sus ojos azules se volvieron vidriosos y Hermione tan pronto se vio apretada, se sintió en casa y a salvo.
–Siempre supe que estabas viva –le dijo entonces al oído–. Siempre lo supe.
Ella reprimió un hipido.
–Siempre supe que vendrías. Gracias por no perder la fe en que lograría volver.
Ella sonrió y lo apretó aun más. Dentro de su cuerpo no cabía de felicidad, y podía notar como todas sus energías volvían de súbito, extendiéndose por cada extremidad. Sin embargo, al mirar por encima del hombro de su amigo, vio el semblante de Malfoy, cuyo rostro se notaba ausente y demacrado, como si hubiera llevado el peso del mundo en los hombros por décadas.
.
Y entonces, ella entendió que aquel hechizo que los había salvado, caló hondo en él, que había pagado un precio por realizarlo y que solo aparentaba que era algo sencillo.
Ahora entendía que al pedirle que le hablara, no era para ayudarlo a no dormirse, sino para ayudarla a ella, para distraerla.
.
Algo en su interior se removió, pero quiso descartar todo pensamiento al respecto.
Ron se demoró unos segundos en separarse de ella y cuando lo hizo, tomó su rostro con ambas manos. De no ser porque estaban acompañados, habría demostrado todas las emociones que le provocaba aquél reencuentro. Pero tendría que guardárselas para cuando tuvieran un espacio de privacidad.
–¿Vamos a casa? –le preguntó con una ternura que la desarticuló.
Ella cerró los ojos y dejó escapar un par de lágrimas de alivio. Volvió a abrazarlo brevemente y luego se afirmó de él para ayudarse a caminar. Al parecer, su pierna derecha se había lastimado y su espalda estaba hecha añicos.
–¿Estas segura que él te ayudó? –gruñó él, apuntando a Malfoy–. ¿Seguro que no lo imaginaste?
Ella asintió.
–Él quiere lo mismo que nosotros, Ron. Quiere destruir a Voldemort y en ese sentido, estamos del mismo bando. Además, a pesar de sus acciones en rigor aun no es mortífago. No lleva la marca así que no podrán rastrearlo hasta nosotros.
Draco los miraba de regreso en silencio. Sus orbes grises aún denotaban un fuerte cansancio y al parecer, no tenía intenciones de explicarse ante el recién llegado. Para Hermione, era claro que ninguno de los dos se agradaba pero al menos no se estaban trenzando a golpes. Uno porque el agotamiento no lo dejaba y el otro porque se reprimía a duras penas para no molestarla.
–Marca o no, todo este tiempo estuvo luchando para la serpiente –apuntó, mirándolo con desconfianza–. Pero... Pero si tú me dices que crees en el hurón, aunque deteste la idea, no me opondré a que venga con nosotros. Eso sí, desarmado y vendado.
Ella miró nuevamente a Draco Malfoy, quien la observaba de vuelta en silencio pero con una intensidad demoledora.
–Creo en él –sentenció–. Llévanos hasta Dumbledore, por favor. Él será quien decida en definitiva.
Ron suspiró resignado y estiró su mano izquierda en dirección al rubio.
–Entrégame tu varita.
El rubio levantó el mentón en un ademán altanero.
–Por favor –completó, repleto de sarcasmo–. Y no. No puedo porque no la tengo. Tu amiga la tenía pero asumo que la perdió bajo esa montaña de rocas.
El pelirrojo miró a la muchacha, quien le confirmó con la cabeza que lo que él decía era cierto. Y lo peor era que, en el fondo, Hermione se sentía culpable por el hecho ya que sabía lo importante que era para el muchacho su varita.
Ron suspiró nuevamente. Estaba feliz, dichoso, extasiado con recuperar a su amiga. Pero la situación con Malfoy le incomodaba más que vomitar babosas. Soltó a Hermione para sacarse el chaleco que llevaba encima, apretándolo entre las manos.
–No tengo otra cosa con la que vendarte, hurón –le dijo acercándose–. Esto tendrá que servir.
Draco retrocedió arisco. Su expresión a Hermione le recordó a Crookshanks cuando quería darle un baño. Ese maldito gato podía desaparecer por días para evitarlo.
–No me toques, Weasley. Puedo hacerlo solo. No acerques esa basura a mí.
Ron respingó y apretó los puños.
–¿Seguro que confías en este canalla? –volvió a preguntar a la muchacha, apuntándolo, esta vez, con mayor ahínco–. Sigue siendo un completo idiota.
Hermione puso cara de resignación. Si en algún momento creyó que ambos podrían llevar la fiesta en paz, ese pensamiento rápidamente se desechó de su cabeza.
–Malfoy, compórtate por favor –le pidió con voz cansina–. No tienes por qué ser hostil. Además, Ron es el único que puede llevarte. Yo no sé dónde se encuentra La Resistencia ahora.
El rubio rodó los ojos y extrajo nuevamente la bolsita de terciopelo, buscando dentro de ella algo con lo que vendarse los ojos. Pasaron unos segundos y sus movimientos se hicieron cada vez más impacientes.
–Parece que vas a tener que usar esta basura después de todo –soltó Ron con una expresión satisfecha, estirándole otra vez el chaleco–. Llevo usándolo un par de días así que podrás regocijar tu nariz con el.
Malfoy lo miró con desprecio, guardó la bolsita y comenzó a desabotonarse la camisa. Hermione despegó los labios sorprendida y Ron parpadeaba estupefacto al entender lo que pretendía hacer. La arrogancia era más fuerte y no dejaría que la comadreja tuviera el placer de humillarlo. Por mucho que fuera su medio de transporte.
–¿En serio, Malfoy? ¿En serio? –le espetó Ron moviendo los brazos, colérico, mirando intercaladamente a su amiga y a su rival.
Hermione no pudo evitar sonreír. Era extraño. Hace unos minutos estaba aterrorizada con la idea de morir, y ahora presenciaba una escena totalmente absurda, casi de colegio. Los dos peleaban como unos críos y solo les faltaban los respectivos uniformes verde esmeralda y rojo escarlata. "Ciertas cosas nunca cambiarían", pensó, y dejó escapar una carcajada.
Ambos se callaron y la miraron irritados.
–No es necesario recurrir al exhibicionismo, Malfoy –señaló, acercándose a él cojeando.
Él la miraba avanzar hasta su encuentro y quedó absolutamente descolocado cuando ella estiró los brazos y con sus manos rasgó una de las mangas de su camisa, para luego proceder con la otra. La ojeaba incrédulo mientras ataba ambos pedazos y se los entregaba.
–Esto será suficiente –dijo ella, con esa actitud de sabelotodo que hace tiempo no desplegaba.
Una vez que pudo reaccionar, Malfoy primero volvió a abotonar lo que quedaba de su camisa y luego le arrebató de las manos a Hermione el pedazo de tela que le ofrecía. Sus movimientos denotaban indignación.
–Cierra el hocico, comadreja –soltó mordazmente al ver la estupefacción del otro, mientras se colocaba la venda en los ojos.
Ron mutó su rostro nuevamente a odio y luego miró a la muchacha con una expresión suplicante.
–¿En serio, Hermione? ¿En serio? –insistió con un tono resignado–. ¿No podemos dejarlo acá?
Ella se encogió de hombros y luego se acercó para darle unas palmadas en el omóplato derecho a modo de consuelo.
–Vamos Ron. Volvamos a casa.
.
.
Malfoy ni se enteró cómo llegaron. Al parecer, su rival escolar había generado un portal y bastó con atravesarlo para hacer el noventa por ciento del viaje. Luego, caminó a tientas siendo llevado por el brazo.
Sin embargo, tan pronto pusieron un pie en la nueva guarida de La Resistencia, todo se alborotó de una manera esquizofrénica. Al ver a Hermione llegar, Harry se le lanzó encima y la apresó en un fuerte abrazo, separándola de sus acompañantes.
Por su parte, un montón de aurores se abalanzaron sobre Malfoy al reconocerlo luego de quitarse la venda de los ojos, tratando de reducirlo y apresarlo. Ron se cruzó de brazos admirando el panorama divertido mientras Hermione se separaba de Harry y gritaba que pararan, que todo estaba bien, que venía con ellos.
Justo en medio de ese desastre, un viejo de cabellos blancos y sombrero roñoso se abrió paso entre la multitud a grandes zancadas.
–¡Silencioooooo! –vociferó con una voz profunda, la misma que utilizaba cuando necesitaba dar un anuncio en el Gran Comedor.
Todo se paralizó. Albus Dumbledore había llegado para ordenar el chiquero y cada persona en ese lugar lo miraba con expectación, registrando cada movimiento. Primero, él se acercó hasta Hermione y depositó en su frente un paternal beso.
–Señorita Granger –habló con un tono completamente distinto, amable y cariñoso–. No quepo de alegría al verla sana y salva. Espero reunirme pronto con usted para charlar sobre su ausencia mientras tomamos un rico té de jazmín. Sin embargo, primero debo conversar con la visita que me trajo, así que disculpe mi falta de educación en este rápido y atolondrado recibimiento. El joven Weasley le enseñará su habitación para que pueda descansar.
Dumbledore no esperó respuesta. Con una rapidez curiosa para alguien de su edad, avanzó hasta Draco Malfoy y lo liberó del agarre de los aurores mágicamente.
–Joven Malfoy, tanto tiempo –dijo con un extraño afecto–. Sígame por favor. Tenemos mucho de qué hablar.
El ex mortifago, desconcertado, siguió los pasos del viejo no sin antes dedicarle una mirada asesina a cada uno de los que lo habían atacado, especialmente a Ron Weasley, que aún tenía dibujada una expresión socarrona en el rostro, levantándole las cejas burlonamente.
Por su lado, Hermione siguió atentamente con la mirada cómo el anciano y la serpiente desaparecían detrás de una amplia puerta. Percibió el preciso instante en que su pecho se llenó de ansiedad ante la incertidumbre. Anhelaba saber a la brevedad posible cómo se desarrollarían los acontecimientos. "Pronto lo sabrás, relájate" se dijo a sí misma.
.
Sin embargo, no se imaginaba que pasarían dos días completos antes de tener noticias al respecto.
Y poco sabía ella que las cosas iban a empezar cambiar radicalmente entre los dos...
…Y que todo partiría una noche cualquiera en la cocina, en donde el rubio decidiría cobrar su promesa con intereses.
.
