29. ¿Dónde estás?

Un sin fin de sentimientos se agolpaban en el pecho de las jóvenes colonias, aun sentían el llanto de su padre y aquello les oprimía el corazón. Pero ya era demasiado tarde para echarse para atrás, si el ser libre significaba perder lo que se tenía, aceptaban aquel sacrificio. El frio viento de la tercera noche de caminaba los hizo acurrucarse a la débil llama de una fogata, no habían salido preparados para un largo viaje por lo que no contaban con lo necesario para resistir las inclemencias del tiempo. Todos guardaban silencio observando el suave movimiento de la fogata. Solo Arthur acostado y con los ojos cerrados parecía ajeno a ellos. Tres días de fiebre, tres días en que no abría sus ojos solo para pedir agua. Hubiera sido mejor ir en dirección al mar, pero Antonio esperando que así lo hicieran tenía todos los puertos cerrados. Ahora se trasladaban rumbo hacia la cordillera, en busca de Diego, quien pudiera ayudarles en aquella situación.

Manuel limpia la transpiración del rostro de Arthur con expresión preocupada ¿Cuanto más podría resistir alguien en esas condiciones? Había intentado quitar el veneno de su cuerpo, chupando la herida, pero aun así no había logrado nada. Lo observo mientras el inglés respiraba con esfuerzo.

— Manu come algo — indicó Francisco lanzándole una manzana.

La mordió sin ganas, estaba acida y seca. Bebió un sorbo de agua que había sacado de un riachuelo cercano. La expresión de todos no era la mejor. Rafa observaba al vacio como tratando de ordenar las miles de ideas que daban vueltas en su cabeza, Francisco se acercó colocándole una manta sobre su espalda, como respuesta el chico de ojos claros le sonrió suavemente.

— ¿Crees que resistirá hasta que lleguemos donde Diego? — preguntó Francisco acercándose a Manuel, quien sin dejar de mirar la manzana que sostenía en su mano le respondió.

— No lo sé — tragó saliva — incluso no se... si pueda pasar esta noche...

Francisco lo miró con tristeza, Manuel estaba demasiado angustiado, por lo que no quiso ahondar más en el tema. Levantó la cabeza fijando su atención en la enorme Luna llena que había sobre sus cabezas.

— Pero no me puedo quedar así — agregó Manu mirando fijamente a Francisco, en su rostro claramente reflejaba la desesperación que sentía por el estado del inglés. — Todo esto fue mi culpa, si yo hubiera estado más atento o hubiera impedido que Antonio enterrara su espada en el closet o...

— No vale la pena culparse, no puedes vivir culpándote, sino vivir en buscar soluciones —, observó a Rafa que parecía dormir un poco.

— Es por eso que he decidido salir a buscar a Diego solo — notó la expresión de sorpresa de Francisco, se supone que todos se habían puesto de acuerdo en buscar juntos a Diego, claro que esperaban llegar al barco de Arthur y dejarlo al cuidado de Francis y luego ellos subir a los cerros en busca de Diego. — Arthur no podrá seguir en esas condiciones, soy hábil cabalgando, si voy solo podre encontrar a Diego con más rapidez.

— Si estás seguro de ellos entonces no te detendré, pero no me hagas arrepentirme de haberte dejado ir solo — Francisco habló con seriedad — si te pasa algo sabes que Diego no me lo perdonara...

Manuel desvió su mirada hacia el piso levemente sonrojada. No agregó más palabras y fue en busca de su morral. Se preocupo de llevar lo necesario, agua y comida. Luego se detuvo frente a Arthur, se arrodillo a su lado.

— Si te mueres antes de que regrese no te lo perdonare, te iré a buscar hasta el mismo infierno si es necesario.

Antes de saliera el Sol tomo rumbo hacia las montañas. En su cabeza solo mantenía la esperanza de encontrar a Diego antes de que Arthur pereciera. Pero a pesar de su habilidad para cabalgar, se dio cuenta que subir una montaña no era tan fácil, tal vez no lograría avanzar tan rápido como esperaba.

Mientras que en la casona de Antonio las cosas parecían igual de graves, un ambiente muy denso se levantaba en el lugar, los soldados armados corrían de un lugar a otros a través de los pasillos de la casa.

— Esta noche iremos detrás de ellos — murmuró Juanca a Gustavo mientras se encontraban solos en la pieza de este último.

— ¿Has venido a mi pieza solo para hablarme de tu absurda idea? — reclamó de inmediato Gustavo cruzando los brazos molesto. — Además ¿dices nosotros?

— No es absurdo, ese abusador de Francisco se llevo a Rafa, y de seguro lo está acosando con sus perversiones raras — murmuró Juanca con rabia.

— Sabes que si Antonio escucha lo que me estás diciendo te castigara severamente.

— Lo sé, lo sé, por eso estoy hablándote tan bajamente — señalo molesto.

— Como si con eso pudieras evitar que te escuche — Gustavo suspiro cansado — ahora vete, quiero dormir.

— Si duerme bien, porque esta noche, tu, chiquita y yo nos vamos — agregó Juanca seguro que Gustavo estaba con su idea.

— ¿chiquita? ¿Acaso no se fue con Francisco? — le extrañaba que Pancho no se hubiera llevado a su perrita, de seguro si no lo hizo fue porque le fue imposible.

— Si, ahora es de mi bando, Francisco la traiciono al dejarla botada, así que se unirá a nuestra causa y nos ayudara a encontrarlos.

— Dudo que Chiquita quiera vengarse — se tapó con las brazadas hasta la cabeza — y deja de incluirme en tus planes.

— Muy bien nos vemos en la noche.

Manuel se levantó temprano, desayuno rápido dándose cuenta que casi no le quedaba ni agua ni comida. Llevaba tres días de cabalgata, y a pesar de haber racionado sus víveres, sus fuerzas se estaban acabando por la poca o casi nula alimentación.
Se subió al caballo y fijo su atención en lo alto de la montaña. Comenzó su lento subir, su caballo tampoco parecía estar en buenas condiciones ya que se movía con torpeza y no parecía responder con rapidez a las ordenes de Manu. Finalmente el animal se desplomo al suelo con su jinete. La caída fue muy fuerte, pero Manu rápidamente se levantó acercándose a su caballo.

— Perdóname por haberte exigido tanto — señalo con tristeza acariciando la cabeza del caballo, quien hizo el intento de levantarse.

Al tercer intento el animal se pudo levantar, el joven de cabellos oscuros pareció emocionarse por el esfuerzo de su caballo. Pero acariciándole la cabeza agregó.

— Seguiré solo, vete de regreso al campamento — No se sentía capaz de seguir esforzando a aquel animal.

El caballo se quedo observándolo por un rato, parecía apenado por no poder seguir con él.

— Vete ya, yo estaré bien — le sonrió con tristeza, no estaba seguro de que eso fuera así. El animal lo siguió mirando y luego dio la vuelta y se alejo lentamente.

— Bien, ahora señor escurridizo, te encontrare — se animó tomando sus cosas para seguir el camino.

Cuando llego la noche se dio cuenta que tal vez estaba equivocado, que ya no había esperanzas, el que a esas alturas Arthur siguiera con vida sería imposible, imaginaba a Francisco y a Rafa solos casi sin alimentos, preocupados por él y más encima con la muerte del pirata. Movió la cabeza desechando esas ideas deprimentes. Observó el fuego de la fogata que había encendido. Sintió a su estomago reclamarle por comida, pero ya no le quedaba nada, más que un poco de agua, por más que había buscado alimento por los alrededores no encontró nada. Se molesto consigo mismo, si recordara las enseñanzas de abuela Mapu, recordaría como podía vivir cuando niño perfectamente al aire libre sin sufrir de hambre o de sed.

— Mañana debo tener suerte si o si — se dijo a si mismo mientras se quedaba dormido.

El Sol lo despertó, y sin esperar nada continuó su caminata. Pero no avanzó mucho, ya se había bebido toda el agua que le quedaba, y su cuerpo no resistía más, cayó de rodillas en el suelo, y apretó los dientes con ganas de llorar. No podían las cosas terminar de esta manera, no era justo que todo se acabara así. Sintió rabia por su debilidad, por Antonio de haber envenenado a Arthur, por cerrar los puertos, por Diego que no aparecía.

— ¡¿Donde te has metido maldito Diego?! — gritó molesto con todas sus fuerzas sintiendo que su cuerpo ya no podía más, cerró los ojos.

— ¿A quién llamas maldito, tu Chileno Boludo? — exclamó una voz conocida.

Manuel abrió los ojos viendo frente de si a Diego, este se encontraba sobre su caballo, vestido de una forma distinta. Vestía pantalones blancos, con una chaqueta azul marino, botas largas y oscuras que casi le llegaban a las rodillas, además cubría su cuerpo con una larga capa oscura. Pero no solo su forma de vestir era distinta, en su mirada se notaba que había madurado bastante, altivo y orgulloso sonrió ante la expresión de sorpresa de Manu.

— Sabia que seguías vivo — señalo Diego sonriendo mientras que desmontaba su caballo.

— Diego... — murmuró Manu un poco incomodo con su nueva presencia, le parecía que Diego había cambiado mucho, desvió la mirada sonrojado y se levanto a duras penas del suelo, ayudado por el joven trasandino.

Pero apenas se puso de pie, Diego lo abrazó fuertemente, en ese momento se dio cuenta que aunque se viera muy distinto, por dentro seguía siendo el de siempre, claro que se notaba que había madurado bastante.

— ¿Tanto te demoraste en venir conmigo? me tenias muy preocupado — exclamó Diego sin dejar de abrazarlo.

— Las cosas se han complicado bastante, te explicare todo en el camino, necesitamos tu ayuda, Arthur se...

— Arthur — repitió soltando bruscamente el abrazó, y tomando a Manu de los hombros lo miró fijamente. — ¿Por qué apenas nos vemos vienes a hablarme de ese maldito pirata?

Manuel se quedó en silencio, no se esperaba ver a Diego tan molesto por el hecho de escucharle hablar de Arthur.

— Diego es que...

— No Manuel, no quiero saber en qué están metidos tu y ese inglés juntos, pero a mí no me involucres en tus juegos, si quieres irte con él vete entonces — lo interrumpió molesto dándole la espalda.

— Arthur se está muriendo — señaló Manu bajando la cabeza.

Diego se detuvo sorprendido, pero aun dándole la espalda. Pero el recordar a ese pirata, lo malvado que había sido, no entendía porque Manu se arriesgaba tanto por él, ¿es que acaso todo esto no fue porque lo extrañaba sino solo por salvarle la vida a ese tipo?. Se subió a su caballo molesto.

— Ese no es mi problema — indicó secamente mirando a Manu con frialdad y notando un dejó de tristeza en su rostro, inmediatamente tomo las riendas de su caballo dándole la espalda nuevamente, no podía mantenerse tan frió ante aquella triste expresión.

— ¡Si te vas ahora y Arthur muere por eso, te juro Diego que nunca lo olvidare! ¡¿Me oíste?, NUNCA!... ¡y te odiare por el resto que quede de mi vida! Y cada vez que te vea recordare ¡Que lo dejaste morir!

Diego volteo de inmediato, fijándose en Manuel que con el rostro enrojecido y respirando agitado, empuñaba sus manos, molesto. Suspiró, le daba rabia saber que todo esto lo hacía por ese inglés, pero tampoco quería ganarse su odio, sobretodo no quería verlo así, hablándole con tanta rabia, sabía que hablaba en serio, se notaba en su mirada que lo que acababa de decir si sería capaz de cumplirlo.

— Esta bien, llamare a mis hombres para que te traigan comida, agua y un caballo e iremos con una comitiva a donde nos indiques. — habló con seriedad notando como Manu afirmaba con la cabeza sin mirarlo, aun molesto con él. — Me gustaría que por lo menos trataras de entenderme.

— Diego — lo miró fijamente con expresión tranquila — Arthur no debe morir, le debo la vida.