Capítulo —M—.

ROBB

— ¿Qué piensas de la decisión de Daenerys? —quiso saber Robb, sentado sobre la cama, las piernas estiradas al frente, una sobre la otra, y la cabeza de Jaime descansando sobre su pecho. Sus dedos peinaban el largo cabello oro ahora rozando su media espalda, acariciándolo despacio, permitiendo que los sedosos mechones se deslizaran como agua entre sus dedos.

— Que no me hace feliz, aunque admito que tiene mucha razón —Jaime respondió con los ojos cerrados y una sonrisa complacida. Le encantaba que acariciara su cabeza, hasta podría aprender a ronronear si continuaba tocándolo así—. ¿Tú no estás de acuerdo?

— No es eso, es como dices, no me hace gracia tener que esperar hasta que dé a luz para partir a Westeros, pero la entiendo. Antes de la llegada de Victarion estaba lista para zarpar y ahora, después de lo ocurrido con el Dragonbinder, prefiere aguardar para hallarse más preparada.

— Y tiene razón. Piensa como ella, ponte en su lugar y olvidémonos un momento de lo que nos ha hecho —Jaime habló práctico y frío, como solía hacer últimamente cuando se refería a ella—. Hasta hace unos días no había un alma que cuestionara el poder de los dragones, todos la creímos invencible, tú, Tyrion y yo incluidos, y el maldito cuerno de Victarion nos demostró lo vulnerables que pueden ser, sin mencionar que Tyrion hizo el favor de recordarle el destino de Rhaenys, la segunda esposa, reina y hermana de Aegon el Conquistador, quien murió en Dorne después de que un arpón se le clavara a su dragón Meraxes en el ojo y lo matara al instante. Gracias a Victarion ahora sabemos que en Westeros ya se están preparando para el regreso de los dragones, y lo que Tyrion le propuso, de esperar y reunir información reciente y confiable acerca de lo que está ocurriendo en los Seven Kingdoms, es una gran idea… por más que signifique seguir esperando en este agujero.

Robb sacó aire de sus mejillas—. ¡Estoy harto de esperar! Mientras yo estoy aquí perdiendo el tiempo el destino de mis hermanas es incierto, los asesinos de mi padre continúan sin castigo y mis enemigos ríen impunemente.

— Lo sé —admitió al fin a regañadientes—, y sé que su decisión de aguardar es la mejor, pero me molesta. Esto retrasa aún más nuestros planes.

Jaime se enderezó sobre su codo para verlo, el cabello derramándosele deliciosamente desordenado de lado, cubriéndole parcialmente el rostro.

— Amor mío, nuestros planes dependen del éxito de ella, y si llegando a Westeros acaban con sus dragones, eso no nos ayuda en nada, al contrario, complicaría bastante nuestra situación. No olvides el plan.

— Tienes razón —admitió de mala gana. Cada día que pasaban con ella, cada día viendo su vientre crecer, sabiendo que esperaba un hijo de Jaime, lo llenaba de una furia que tenía sorprendido al mismo Robb. No sé cuánto tiempo pueda soportar, pero debo hacerlo. Lo mejor será que deje de pensar en esto, no me hace bien—. La idea de Tyrion me sorprendió, pero es excelente, escribirle a Illyrio Mopatis para pedirle información sobre los Seven Kingdoms, no se me habría ocurrido a mí.

— Tyrion es un genio —Jaime dijo con una sonrisa de orgullo—. Si hay alguien que puede decirnos hasta lo que están soñando en King's Landing ése es Varys, e indudablemente es él quien le da la información a Illyrio. Además, nos ayuda a ver en qué están metidos esos dos —Jaime abrió la camisa de lino de Robb, sus hambrientos ojos fijos en el pálido pezón como botón de rosas.

— Si Illyrio y Varys en verdad están buscando poner a un Targaryen en el trono casi podríamos asegurar que van a ayudar a Daenerys en todo lo que puedan, pero aun así no podemos confiar plenamente en la información que nos brinden —Robb alcanzó a decir aún cuando sus mejillas se encendieron, sintiendo el pulgar de Jaime frotar su pezón con insistencia.

— Amor, si hay alguien que sabe distinguir mentiras a tres millas, oler conspiraciones y descifrar mensajes entre líneas, ése es Tyrion —le aseguró Jaime, sonriendo al verlo con los labios ligeramente separados y la respiración acelerada.

— Le propuse a Daenerys entrenar a sus hombres para luchar en el frío —Robb apretó la mandíbula tratando de ahogar un gemido cuando lo vio acomodarse en cuatro sobre él—, temo que están demasiado acostumbrados al clima de Slaver's Bay. Grey Worm estuvo de acuerdo, pero no creo que los dothraki accedan…Mmm… Jai…Mmme… —cerró los ojos y dejó caer su cabeza hacia atrás cuando su León lo lamió antes de succionarlo con ansias, meciendo la cadera contra él.

Tenía tiempo que Robb había notado lo mucho que le gustaba hacer esto, lamerlo como gatito, y si bien al principio lo incomodaba tanto como lo abochornaba, ¡por lo Otros, él no era una chica! Pronto dejó de quejarse al ver lo mucho que excitaba a Jaime—. Y a mí me encanta verlo así. Es un dios y saber que soy yo quien puede hacerlo gemir y retorcerse, es mejor que cualquiera de mis sueños más locos—. Robb lo rodeó con sus brazos y lo dejó ser, le permitió hacer con él lo que deseara, que lo mordiera y pellizcara, aunque su enrojecida piel doliera, tampoco podía negar que lo disfrutaba—. ¿Por qué no podemos quedarnos así para siempre? Solos Jaime y yo, lejos de todo, sin conspiraciones ni problemas, sin Reyes ni Reinas, sin dragones—. En cuanto llegaran a Westeros sería peor, él tendría que marchar al Norte y Jaime a Casterly Rock, y por primera vez en años se verían obligados a separarse—. Tal vez no sea tan malo tener que esperar, así puedo disfrutar más de ti.

Enterró los dedos en el cabello de Jaime en cuanto lo sintió mecer su cadera contra la suya con más fuerza, tenerlo sobre él era maravilloso, y se rindió a sus deseos abriendo las piernas para permitirle acomodarse—. Esperaré lo que sea necesario, soportaré cualquier cosa mientras pueda tenerte a mi lado—. Lanzó la cabeza hacia atrás, olvidándose de todo para sentir, sumiéndose en una danza que conocía tan bien y de la que no podría hartarse nunca mientras fuera con él, sólo él, el primero y el último. Aspiró el varonil aroma de Jaime y apretó los ojos al sentirse cerca de su liberación, gritando con todas sus fuerzas el nombre del dueño de su Destino.

-o-o-o-

— ¿Alguno de ustedes conoce a algún Maester de confianza? ¿O a alguien en Old Town? —preguntó Tyrion una mañana.

— Samwell Tarly está estudiando en Old Town para convertirse en Maester —respondió Robb y Jaime refunfuñó

— ¿Ser Piggy? —su mirada entornada le dijo a Jaime que era mejor si se guardaba sus comentarios al respecto del mejor amigo de su amadísimo hermano.

— ¿Quién es Ser Piggy? —preguntó Tyrion sin ninguna vergüenza.

Samwell Tarly —lo corrigió Robb con énfasis—, es un miembro de la Night's Watch y el mejor amigo de mi hermano Jon Snow. Jaime y yo lo conocimos cuando Jon nos ayudó a escapar hacia Essos.

— ¿Es de confianza? —quiso saber Tyrion.

— Sí —Robb no lo dudó ni por un instante.

— Bien, necesito que le escribas y le pidas toda la información que pueda encontrar sobre dragones y sobre Azor Ahai. Tenías razón, estuve hablando con Moqorro y es lo mismo que el Último Héroe del que te habló tu anciana cuenta cuentos —dijo Tyrion—. Ya sabes que ni una palabra a nadie, y si puedes preguntarle a Jon Snow sobre la situación en el Norte ayudaría mucho también.

Robb asintió, una vez más, gratamente sorprendido con la inteligencia de su cuñado—. Es una suerte que ahora estemos en el mismo bando. Tyrion es un aliado invaluable y un enemigo formidable. No sé cómo es que Cersei no pudo verlo, él la habría ayudado a conseguir grandes cosas si ella lo hubiera tratado mejor. Claro que es una suerte para mí que Cersei no sea tan lista como ella cree que es.

— Lo haré.

— Tyrion, ¿de qué hablabas esta mañana con Daenerys? —quiso saber Jaime—. Ni Barristan parecía saber.

Tyrion sonrió con la autosuficiencia de quien conoce algo que tú no.

— Le propuse un plan, enviar una expedición a la antigua Valkyria para investigar las ruinas —explicó—. Si lo que Euron dijo es verdad y él halló ahí el cuerno, debemos saber qué más podemos encontrar.

— Creí que ya habíamos concluido que el lugar está maldito —Robb arrugó la frente sin comprender.

— Sí, pero no tenemos ninguna prueba real de que sea así, sólo conjeturas nacidas del miedo y la ignorancia —respondió Tyrion—. No podemos descartar que Euron haya dicho la verdad, y de ser así es necesario saber qué más hay ahí o siquiera si es posible acercarse a la isla. Valyria no está lejos de aquí, se encuentra hacia el sur, cruzando el Smoking Sea; de hecho, para llegar a Slaver's Bay desde Volantis los barcos pasan cerca de ahí y en un día despejado es posible ver a lo lejos el cielo rojo de Valyria.

— ¿Y Daenerys accedió? —quiso saber Jaime.

— Sí. La condición es que si el grupo expedicionario encuentra la más mínima dificultad para acercarse, deberán volver enseguida. Incluso si no pueden llegar esa información nos es útil, comprobar que es imposible poner un pie en la isla nos daría la prueba que necesitamos para desenmascarar las mentiras de Euron. Lo que no le dije a Daenerys, y es de lo que pensaba hablarles más tarde, es que nosotros elegiremos al grupo que marche a las ruinas de Valyria —dijo Tyrion—. Quiero únicamente gente de nuestra entera confianza que nos reporte primero a nosotros sus hallazgos, gente difícil de impresionar, poco creyente en los dioses, gente que no guste de mitos y leyendas y descarte magos y adivinos como charlatanes.

— Déjamelo a mí —Jaime dijo, sonriendo sin mostrar los dientes—. Tengo en mente a quienes podemos encargar esta misión.

-o-o-o-

Los planes se pusieron en marcha y esperaron cuatro meses más. Samwell le respondió a Robb lo más pronto que le fue posible, y junto con su carta le envió textos copiados por él mismo donde se hablaba del Último Héroe y de Azor Ahai. Sam se mostró sumamente entusiasmado y sorprendido con el hallazgo de Robb, acerca de la conexión que había entre los Otros (también llamados White Walkers) con religiones en Essos, y le prometió que se entregaría de lleno a la tarea de investigar y le haría llegar toda la información relevante que encontrara.

Si logramos establecer una conexión entre los Otros y distintas creencias alrededor del mundo, probablemente podamos encontrar una mejor forma de combatirlos. No sé si Jon te lo ha dicho, pero los White Walkersse están acercando al Muro, yo acabé con uno de ellos, y estoy buscando en Old Towncualquier pista que nos ayude a sobrevivir cuando llegue el invierno.

Aún hay mucho por revisar, pero por lo que he leído, este dios, R'hllor, tiene un enemigo, que no es otro que el Great Other, el padre de los White Walkers. R'hllor tiene un campeón, Azor Ahai (o el Último Héroe) pero el Great Othertambién tiene un campeón, y ésta es la parte que me preocupa. De acuerdo a lo poco que he encontrado hasta el momento, el campeón del Great Otherguiará a los White Walkershacia el reino de los vivos trayendo con él la noche larga. No quiero sonar alarmista, pero el invierno ya está por llegar a Westeros y temo lo que pueda traer consigo.

Respecto a tus preguntas sobre la antigua Valyria, encontré una vieja leyenda que dice que los dragonlordseran gente degenerada, entregada a placeres prohibidos, siempre en la búsqueda continua de nuevas emociones para combatir su aburrimiento, llegando a cometer todo tipo de aberraciones y blasfemias. Ésta búsqueda fue la que los llevó a adentrarse cada vez más bajo la tierra, donde los hijos del Great Otherhabitan. De acuerdo a esta historia, la catástrofe de los catorce volcanes que explotaron destruyendo a Valyria y a sus dragones fue causada por los hijos del Great Other, los demonios de las profundidades. Aquí también puedo ver una conexión entre los diferentes mitos, sólo que la religión de R'hllor clama que fue él quien destruyó a los dragonlordscon fuego por sus transgresiones.

No sé qué pensar, pero si tomamos como ciertas las leyendas, significaría que los Otros (quienes son los hijos del Great Other) atacaron Valyria y la destruyeron, y que los Otros viven bajo la tierra. Si esto llegara a ser verdad, entonces a la Night's Watcha todo Westeros, nos espera un terrible desafío.

Samwell Tarly

Ser Piggy es un exagerado —opinó Jaime tan pronto Robb terminó de leerles su carta.

— Tal vez, pero lo que dice es muy serio —dijo Robb—. Si el invierno está cerca, eso significa que no tenemos mucho tiempo para volver a Westeros, porque si crees que luchar en el Norte es difícil mientras fue verano, no puedes ni imaginarte lo que será durante el invierno… sin mencionar a los Otros.

— ¿Y tú le crees estas patrañas de los White Walkers? —Jaime lo interrogó con una incrédula ceja levantada.

— Sí.

— ¡Robb, por favor! Son cuentos para asustar niños.

— Tal vez, pero eso no es lo que nos importa ahora —intervino Tyrion, dando por terminada la discusión y regresándolos a lo que era del interés común—. Lo más relevante es que sí hay una conexión entre estos mitos y que estos mitos están afectando la política en Westeros.

— ¿Cómo sabes eso? —quiso saber Jaime.

— Por la carta que envió el comandante Snow, la que arribó la semana pasada —dijo Tyrion. La enorme carta que Robb le había escrito a su hermano no había recibido respuesta hacía unos días, y Jon también le había llenado numerosas cuartillas con letra minúscula, relatándole no sólo sus asuntos personales, pensamientos y preocupaciones, si no también lo acontecido en el Norte, así como interesantes y alarmantes rumores que Robb no dudó en compartirles—. Stannis aún está ayudando a la Night's Watch en contra de los wildlings, está reconstruyendo sus bastiones a lo largo del Muro y su mujer roja le metió la idea en la cabeza de que él es Azor Ahai y que debe luchar en contra de los White Walkers, por eso es que continúa en el Norte y no ha marchado en contra de King's Landing.

Robb y Jaime guardaron silencio.

— Deberíamos marchar ya hacia Westeros —opinó Jaime—, antes de que la situación se complique aún más.

— O marchar más tarde y esperar a que se maten entre ellos —opinó Robb, dejando a ambos Lannister sin palabras.

— Crecen tan rápido —Tyrion dijo, fingiendo retirarse una lágrima y haciéndolos reír.

-o-o-o-

Los nueve meses transcurrieron más lento de lo que Robb hubiera deseado y demasiado rápido para gusto de Jaime. Una muy embarazada Daenerys subió a la pequeña embarcación con Robb para ver las últimas remodelaciones que se habían hecho en Meereen, pues había sido necesaria la ampliación del muelle para albergar a la flota más grande que Slaver's Bay hubiera visto en su historia, una que cada día crecía más y aún así, siempre resultaba ser insuficiente. Las nuevas embarcaciones que habían comprado meses atrás acababan de llegar y Dany insistió en marchar sola con Robb para supervisar todo, aunque eso significó que Lord Stark tuvo que remar en algunos tramos, cuando el viento fallaba en inflar la vela.

Pasearon frente al muelle, desde la barca, durante una hora, en la que Robb le explicó todos los pormenores de los avances con la flota, así como los contratiempos que tendrían. El principal problema al que se enfrentarían en cuanto marcharan sería el de conseguir provisiones, pues tenían demasiados barcos y demasiada gente. Daenerys había anunciado públicamente que se llevaría con ella no sólo a los soldados y guerreros, sino también a todo aquél que deseara seguirla hasta Westeros, lo que significaba que irían cargando con mujeres, ancianos y niños.

— Es imposible llevar con nosotros tantas provisiones —le explicó Robb, sentado frente a ella, la barca meciéndose perezosamente en el agua en aquel día tranquilo de sol y brisa refrescante, un día que invitaba a disfrutarse—, a lo mucho aconsejo cargar lo suficiente para alimentarnos a todos por dos semanas. Forzosamente, tendremos que hacer paradas constantes en nuestro viaje, ya que a diferencia de la Iron Fleet, nosotros llevaremos civiles, caballos y tres dragones y eso hará lento nuestro avance. He marcado en el mapa que le lleve esta mañana a su Majestad Real los sitios en donde deberemos detenernos a descansar.

Daenerys asintió, ambas manos sobre su inmenso vientre.

— Háblame con franqueza, Robb, por eso pedí quedarme a solas contigo. ¿Qué piensas de nuestra marcha de regreso a Westeros?

Robb no le respondió enseguida, meditó su respuesta cuidadosamente y eligió con tiento sus palabras.

— Va a ser difícil y complicada y es un hecho que no todos los barcos van a llegar intactos a nuestro destino —dijo, al fin—. He estado conversando largas horas con Asha y de lo que he aprendido de ella es que el mar no tiene palabra de honor y con una flota tan grande como la de su Majestad Real los problemas se multiplican. Las tormentas son un obstáculo, pero no el único, todos nuestros barcos son diferentes, unos Pentoshi, otros de la Iron Fleet, otros más construidos por los ghiscari, unos son más veloces que otros, unos más resistentes que otros, grandes y pequeños y al momento de movernos juntos es inevitable que tengamos retrasos.

— ¿Dividir nuestra flota ayudaría?

— No, su Majestad Real, si bien facilitaría el abastecernos de provisiones, e incluso hasta podríamos movernos con mayor rapidez, no podemos descartar que nuestros enemigos nos ataquen en el camino —explicó Robb con paciencia—. Y si esto ocurre, dividir nuestras fuerzas nos debilitará.

— Entiendo.

— Majestad Real, entre otras muchas cosas, los dragones también son un problema.

— ¿Por qué? —Daenerys no comprendió, en su opinión, los dragones eran su arma más poderosa y principal ventaja.

— Son veloces y este viaje lo pueden realizar en mucho menos tiempo que nosotros yendo en barco —explicó Robb—, pero deberán esperarnos para que marchemos juntos y eso los hará cansarse más rápido. No tenemos barcos lo suficientemente fuertes y grandes para que ellos puedan descansar sobre la marcha y eso nos obliga a buscar tierra al menos una vez al día para que duerman.

Daenerys no había pensado en esto y al cabo de un instante de meditación asintió, complacida de ver que Robb consideraba cada detalle.

— Tan pronto volvamos, revisaré el mapa que me enviaste para ver las paradas que aconsejas.

— Gracias, Majestad Real. Si me permite una opinión, le recomiendo que lo discuta con Asha, ella es la verdadera experta.

Daenerys sonrió.

— Lo tomaré en cuenta, así como… —pero no terminó de hablar, un dolor la había asaltado obligándola apretar los puños y cuando bajó la vista, se encontró con un charco de agua que la hizo abrir los ojos grandes y redondos como monedas—. ¡Dioses! —exclamó asustada, desconcertando a Robb.

— ¿Ocurre algo…?

— Voy a dar a luz —levantó la vista, clavando sus aterrados ojos violetas en él y Robb le sostuvo la mirada en perfecta calma. Por un instante, miedo fue lo único que se reflejó en el rostro de la Reina, miedo al caer en cuenta de que se hallaba sola con el amante de Jaime quien tendría todas las razones para no ayudarla, incluso para fingir un accidente y deshacerse de ella. Instintivamente, se llevó ambas manos al vientre y se tensó, como si esperara un golpe.

Robb pensó muchas cosas en ese instante, su rostro una máscara inexpresiva, su cuerpo tenso, pero ni por un momento jugó con la idea de dejarla ahí o de dañarla, como ella temía—. Carga al hijo de Jaime y yo sería incapaz de dañar algo suyo—. Lo que no podía creer era que los dioses continuaran jugando con él de esta forma, que le arrojaran una vez más en su cara el hecho de que era incapaz de darle a Jaime algo tan simple como un hijo, haciéndole sentir que jamás sería suficiente para él—. Es una broma muy cruel, dejarme a mí, justamente a mí solo con ella cuando está a punto de parir al hijo del amor de mi vida, después de meses en los que fingí que no pasaba nada—. Con fría calma se puso de pie y desplegó la vela, dirigiendo la barca de regreso a la gran pirámide.

— Pronto estaremos de regreso, su Majestad Real —dijo sin verla, y Daenerys respiró más tranquila al ver que no tenía nada que temer.

-o-o-o-

Como la madre primeriza que era, a Daenerys le esperaban horas, si no era que días, de labor de parto, horas en las que médicos y parteras entraron y salieron de su habitación, horas de dolor. Grey Worm y Ser Barristan montaban guardia en la entrada, los bloodriders en el pasillo y los jardines, y Missandei no se apartaba de su lado para servirla en todo momento. Pero Jaime prefirió aguardar en sus habitaciones a hacerlo frente a las puertas de Daenerys como todos los cortesanos, nobles y asesores hacían, deseosos de ser los primeros en escuchar las noticias del alumbramiento del heredero de aquel pequeño imperio. Durante nueve meses tanto él como Robb habían fingido que el abultado vientre de la Reina Dragón era una ilusión, era lo más sano o ambos corrían el riesgo de morir de un ataque de ira, pero teniendo a todos sus allegados amontonados y esperando ansiosos las noticias de su alumbramiento, era más de lo que el León de Lannister podía soportar.

— ¿Estás seguro que no te importa? —le preguntó el Lobo al amanecer del siguiente día, tomando asiento a su lado en el diván.

— ¿Por qué debería? —respondió, y el olor a alcohol golpeó a Robb como cachetada.

— ¿Cuántas copas te tomaste?

— No las conté —sonrió sin humor, y dejó con torpeza la copa vacía sobre la mesa de al lado, pero no alcanzó a colocarla bien y ésta rodó hasta caer al piso cubierto de alfombras finas.

— Jaime, mírame —esto estaba resultando ser tan difícil para él como para su León—. Es tu hijo, no importa cómo haya sido concebido, es tu sangre.

— No Robb, tengo experiencia con Reinas caprichosas y créeme cuando te digo que este hijo será lo que Daenerys quiera que sea —Jaime sonrió sin humor—. Si se le antoja, hasta puede inventar que el padre es su difunto marido, la gente de este maldito continente se creería cualquier cosa, desde un dios que bajó a preñarla hasta un muerto que regresa para yacer con su viuda.

Robb odiaba verlo así, pero no encontraba palabras para consolarlo—. ¿Qué puedo saber yo? Jamás he estado en una situación como ésta, y hubiera dado mi vida porque Jaime jamás tuviera que pasar por algo así de nuevo—. Grey Wind llegó entonces, tomó asiento en sus cuartos traseros y acomodó su enorme cabeza en las piernas de Jaime, observándolo.

— ¿Tan mal luzco que hasta tú viniste a consolarme? —Jaime acarició su cabeza— Sobreviviré, no soy tan frágil. ¿Sabes? Éste será mi cuarto hijo, y ninguno ha llevado mi nombre —dijo con tristeza mal disimulada, aunque Robb no habría sabido decir si le hablaba a él o a Grey Wind—. Dos de mis hijos están muertos y jamás supieron que yo era su padre.

— Jaime…

— No digas nada y no se te ocurra tenerme lástima —se obligó a endurecer su voz—. No quiero un hijo, jamás pensé en tenerlos, pero si los Siete me los dieron… no sé… al menos hubiera deseado poder sostenerlos al nacer…

Robb lo abrazó y Jaime recargó la cabeza sobre la suya. Esto era lo que necesitaba, que alguien lo abrazara, que alguien estuviera con él, y su Lobo lo interpretó de la forma correcta sin necesidad de palabras, consolándolo con su calor, con su inmenso amor. Y así los halló Tyrion al llegar, abrazados, en silencio, con Grey Wind sobre las piernas de su hermano mayor. No quería interrumpirlos, pero tenía que hacerlo, así que carraspeó para llamar su atención.

— Lamento mucho llegar así, pero Daenerys nos llama.

— ¿Ya nació? —preguntó Robb, pues sabía que Jaime no estaba en condiciones de hacer esa pregunta.

— Sí —respondió Tyrion, suspirando cansado—. Son gemelos, varones.

Ahora sí que Jaime levantó el rostro, y vio a su hermano como si acabara de brotarle una segunda cabeza.

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— Sus nombres serán Daeron y Baelor, en honor a grandes reyes Targaryen que supieron llevar a los Seven Kingdoms a la prosperidad —anunció Daenerys tan pronto Ser Barristan, Grey Worm, Asha, Tyrion, Jaime, Robb y su gente de confianza llegaron a sus habitaciones. La Reina Dragón resplandecía, más feliz de lo que alguna vez la hubieran visto a pesar de la palidez y el cansancio; aún después de horas de ardua labor de parto estaba radiante, sosteniendo a sus bebés en brazos con un orgullo inmenso. Missandei, de pie a su lado, se hallaba lista para atenderla, adelantándose a sus deseos, como siempre—. Daeron y Baelor Targaryen.

Robb le dirigió una mirada de soslayo a Jaime y se lo encontró en perfecta calma y fría indiferencia, como si esta situación no tuviera nada que ver con él—. Tiene razón, cinco hijos y ninguno lleva su nombre—. Y Robb odió no haber nacido como Sansa o Arya, para darle lo que obviamente deseaba: un hijo al que pudiera clamar como propio y darle su apellido—. Los dioses parecen burlarse al haberle dado dos en esta ocasión.

El grupo se deshizo en halagos y felicitaciones, incluso Robb tuvo que sacar la hipocresía que jamás había tenido para felicitarla por el nacimiento de sus hijos, aunque a Tyrion poco le faltó para patearlo pues más parecía estar pronunciando maldiciones en vez de buenos deseos. Daenerys le entregó los pequeños Daeron y Baelor a Missandei y ante la sorpresa de todos, su sirvienta caminó con los pequeños para detenerse enfrente de Jaime.

— Lord Jaime, como lo prometí, no voy a ocultarles a mis hijos quién es su padre —dijo la Reina, dejándolos a todos tan asombrados como si los dragones hubieran comenzado a hablar. Nadie sabía quién era el padre de su hijo, sus hijos, ella no le había confiado este secreto a nadie más que a Missandei y ahora lo hacía público frente a su gente de confianza, dejando muy en claro que le daba un lugar privilegiado a Jaime, a pesar de que no lo tomaría como su esposo.

Ser Barristan no hubiera estado más sorprendido así Aerys se hubiera levantado de su tumba y abrió y cerró la boca varias veces pero simplemente no encontró nada qué decir. A Robb la ira y los celos le quemaron por dentro, pero era el digno hijo de su padre y nadie sabría lo que sentía. A Tyrion lo tomó por sorpresa el que hubiera elegido este momento para hacer pública la paternidad de los pequeños, y gracias a su genuino azoro, nadie sospechó que ya conociera la noticia desde hacía meses.

Jaime no dijo nada, permaneció inmóvil con la vista fija en los gemelos, ni una sola emoción en su rostro. Daeron, para extrañeza de propios y extraños, había nacido con los ojos abiertos, violetas, un color vivo y magnífico, fijos en Jaime como si se preguntara quién era. Baelor dormía plácidamente, sin una preocupación, con sus labios ligeramente separados y las manitas cerradas contra su boca. Missandei le acercó los bebés y por un instante Robb pudo ver que su León no tenía ni idea de qué pretendía.

— ¿Mi señor no desea sostenerlos? —Jaime parecía no comprender las palabras de Missandei, y la ira de Robb quedó olvidada y sus celos descartados al ver el cambio en su rostro. Era justamente lo que siempre había deseado y casi con miedo, cargó a Daeron y Baelor, el primero no le apartaba la mirada.

Tanto clamé que no sería como mi madre, que yo no me haría cargo del hijo bastardo del hombre que amo y comienzo a sospechar que es justamente lo que terminaré haciendo —pero al ver la mirada de Jaime se dijo que no importaba.

Fueron declarados siete días de celebraciones en la ciudad, se regaló comida y bebida a todos los habitantes de Meereen, y se corrió la voz de que la Reina Dragón ya no era más la Última de los Targaryen.

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Tyrion había temido que a Robb lo fueran a consumir los celos ahora que Jaime no sólo era padre, si no que era padre de gemelos, a los que por más que se resistiera a ver como a sus propios hijos, era claro que les tenía un cierto aprecio. Pero eso no ocurrió, tal y como el mismo Robb le confesó a su cuñado, se hallaba extrañamente en paz.

— No sé cómo explicártelo, pero estaba más molesto cuando Daenerys se hallaba esperando que ahora —le dijo Robb un día—. Es como si antes los gemelos le hubieran pertenecido únicamente a ella, pero ahora, al ver la expresión en el rostro de Jaime el día que nacieron y que pudo sostenerlos en brazos… Eso es lo único que importa para mí, que él sea feliz.

Tyrion sacudió la cabeza.

— Jamás voy a lograr comprenderte, para mí eso de "me importas más tú que mi bienestar" me es imposible de entender, supongo que soy demasiado egoísta —sonrió—, pero para ustedes funciona así que no diré nada. Sólo espero que no sea contagioso —Robb rio divertido. Tyrion se había vuelto famoso en los ya de por sí famosos burdeles de Meereen, dándoles tantos detalles de por qué las putas aquí eran mejores que en Westeros que Robb no había sabido en dónde esconderse, pero a Jaime lo divertían a sobremanera las aventuras de su hermano menor, por lo que más seguido de lo que le gustaría, lo tenía ahí relatando sus grandes hazañas.

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Una vez más, Daenerys no buscó a Jaime, de hecho, esos días pareció no tener tiempo para nadie más que no fueran sus gemelos, absorta totalmente en lo que necesitaban y cada gesto que hacían. Lo que sí dejó en claro, tanto a Jaime como a todos sus sirvientes, Unsullied, bloodriders y Ser Barristan, fue que, si le placía, el León de Lannister podía visitar a sus hijos cuando lo deseara, lo único que no podía hacer era sacarlos fuera de sus habitaciones a menos que ella hubiera sido notificada primero. Pero Jaime no lo hizo, no fue a verlos, únicamente si los llegaba a encontrar en los pasillos en los brazos de sus nodrizas se detenía a admirarlos, pero eso era todo.

A los cuarenta días de su nacimiento, Daenerys tomó a sus hijos, y al igual que mucho tiempo atrás lo hiciera Alyssa Targaryen, los amarró contra su pecho y los llevó a volar sobre Drogon, recorriendo todo Meereen con ellos. A Ser Barristan casi le había dado un infarto, pero cuando bajó de su dragón, tanto ella como sus bebés reían contentos.

— Jaime, ¿estás seguro de que no quieres ver a tus hijos? Tiene dos meses de que nacieron —Robb le dijo un día, mientras revisaban los mapas con las anotaciones de Asha, alistándose para el día en que partirían, marcado y anunciado oficialmente para dentro de dos meses más.

Jaime levantó la vista, sentado frente a él, y recargó los codos sobre la mesa.

— ¿Para qué?

— Los quieres, lo sé, no puedes ocultarme estas cosas a mí.

— ¿Y de qué me sirve encariñarme con ellos? Son los Príncipes "Targaryen," tú mismo la escuchaste —Jaime regresó su atención a los mapas, pero Robb no se dio por vencido.

— Yo voy contigo.

— ¿Qué? —una vez más clavó su mirada esmeralda en Robb.

— No quieres ir solo, está bien. Yo voy contigo.

Jaime deslizó la mano por su rostro.

— ¿Por qué insistes tanto con este tema?

— Porque tengo la esperanza de que estos hijos te ayuden a sanar las heridas que te dejaron los hijos de Cersei —Robb habló con intensidad y sentimiento, y tal vez fuera porque Jaime sabía que su preocupación por él era sincera que le dio una explicación, una a la que jamás le había dado voz antes.

— Robb, ¿tú sabes lo que fue para mí saber de todas las atrocidades que cometió Joffrey? —dijo Jaime, despacio— Yo no me hallaba en King's Landing cuando subió al trono, estaba luchando contra ti y después fui tu prisionero por un año. Tardé mucho en regresar y cuando lo hice, fue únicamente para asistir a la boda y muerte de Joffrey, pero escuché de su crueldad, y no podía creer que sangre de mi sangre se hubiera comportado igual que Aerys —habló molesto sobre algo que jamás había admitido—. Estos gemelos son sangre de la sangre del mismo hombre que pretendió e insultó a mi madre, trató de violarme a mí, intentó quemar King's Landing con toda su población y me ordenó cortar la cabeza de mi propio padre. Yo no podría soportar tener otro Joffrey.

Robb lo escuchó en completo silencio y cuando juzgó que se hallaba más tranquilo, respondió:

— Tú no criaste a Joffrey, tú no pudiste nunca decirle que eras su padre, pero ahora sí tienes esa oportunidad, y tú puedes asegurarte de que ninguno de tus dos hijos termine como Aerys II o Joffrey.

Jaime no le respondió, guardó silencio y eventualmente regresó a trabajar sobre los mapas. Robb ya no le insistió, sabía cuando no tenía caso hacerlo y presionarlo ahora sería contraproducente, así que lo dejó a que considerara sus palabras y pensara en lo que en verdad deseaba hacer, en lo que sentía. Les llevaron de comer, y continuaron trazando la ruta a seguir para volver a Westeros. Asha llegó y revisó lo que habían hecho, dando sus comentarios y señalando algunos errores y se marchó cuando vio que pronto anochecería. Dieron por concluida la tarea de ese día y entonces, de la nada, Jaime le pidió que fuera con él a la habitación de los gemelos. Robb sonrió contento pero no comentó nada.

Por suerte, Daenerys no se encontraba ahí, pero pudieron ver que la hermosa habitación de los pequeños, al lado de la de la Reina Dragón, se hallaba fuertemente vigilada y resguardada—. Esto debe estar más protegido que el Iron Bank—, se dijo Robb, contando a los numerosos guardias. Había ahí dos nodrizas, dos nanas, cuatro sirvientas y una mujer anciana, experimentada y enérgica que las dirigía a todas—. Daenerys se está tomando muy enserio el cuidado de sus hijos.

La anciana, de nombre Esfir, se inclinó ante ellos y no les preguntó nada. Sabía quién era Jaime, así que únicamente lo guió a donde las nanas entretenían a los pequeños con dulces canciones. Las nanas callaron al verlos y se levantaron e inclinaron, con la vista en el piso. Ambas eran libertas, apenas de siete y diez años, pero habían tenido amos crueles que las habían hecho temer el incurrir en la furia de sus superiores. Jaime no les prestó tanta atención como Robb, quien vio que ambas tenían marcas en la piel, viejas cicatrices que hacía mucho habían sanado y se veían nerviosas e inquietas ante la presencia del arrogante Lannister—. Jaime posee un físico excepcional y tiene un corazón más noble de lo que está dispuesto a admitir, pero siempre da la primera impresión incorrecta; da la apariencia de ser cruel y arrogante al punto de aplastar a los más débiles, así que puedo entender que estas chicas le teman.

Jaime se acercó a la cama donde ambos bebés descansaban boca arriba y Daeron, una vez más, fijó su vista en él, Baelor lo hizo cuando tomó asiento a su lado, pero con mucha menos atención e intensidad que su hermano cinco minutos mayor.

— Son idénticos —comentó Robb, acercándose a su lado.

— Eso parece. Tienen los ojos de Rhaegar, violeta luminoso, los ojos de Valyria los llamaban en la corte cuando vivía Aerys —Jaime comentó, observándolos con curiosidad y a Robb le dio la impresión de que se preguntaba ¿qué eran? Casi como si nunca hubiera visto un bebé en su vida. Pasó la mano por la cabeza casi pelona de Baelor—. Su poco cabello es dorado-plateado. Su madre debe estar feliz, son verdaderos dragones.

— Pero se parecen a ti.

— Robb, no se parecen a nadie, tienen dos meses de edad —Jaime le sonrió divertido antes de regresar su atención a los pequeños.

Ninguno de los dos tenía mucha idea de qué hacer con dos bebés, así que Robb tomó asiento en un sillón y se entretuvo observando a Jaime. Su León no sabía qué hacer, así que sólo siguió sus impulsos y los tocó ya que era lo que más curiosidad le daba, lo que jamás había podido hacer con los hijos de Cersei. Acarició sus cabezas y tomó sus manos y pies, era casi como si se estuviera convenciendo de que eran reales, que existían; y ambos bebés rieron pues les hacía cosquillas, robándole una tierna sonrisa que hizo muy feliz a Robb—. No era mi destino ser su esposa, los dioses tienen otros planes para mí, pero está bien, viéndolo ahora así, por fin estoy tranquilo y puedo concentrarme en lo que nos depara el futuro.

Continuará