XXIX. Ya veremos si tiene razón.

«Un verdadero espíritu de rebeldía es aquel que busca la felicidad en esta vida.»

Henrik Ibsen.

Febrero de 2025.

Astrid fue la primera en darse cuenta de que las cosas no iban como deberían.

El alboroto de la Plaza del Ángel casi se terminaba cuando ella se reunió con los de la puerta principal del Salón de los Acuerdos. Alphonse le dedicó una mirada rápida, mientras que Rafael y Perenelle, a la vez, arquearon las cejas al verla llegar. Tras callarse y hacer un acelerado movimiento de mano, con el cual saltaron chispas de color azul violáceo, el brujo dio media vuelta y también la notó, pero se limitó a arquear una ceja y recorrer a los otros con la mirada, siendo Alphonse quien se encargara de presentarlos.

Pronto, Astrid supo que su percepción de Maxwell Lightwood–Bane estaba errada, iniciando con su edad. Él era más joven que ella, de hecho, pero al hablar, apenas se le notaba. Hallaron temas en común, increíblemente, así que sin darse cuenta, se quedaron a solas delante de las puertas y se lanzaban preguntas sin descanso, alegrándose de las respuestas que obtenían.

La última de esas preguntas, antes de notar lo que no andaba bien, la hizo Astrid.

—¿Por qué no vamos a algún sitio? Aunque tendría que ser en Londres, por mi aprendizaje.

El joven azul (Max, se recordó, aunque a ella le gustara más Maxwell) aprobó la idea, porque asintió con una sonrisa, aunque su encogimiento de hombros y el que alzara una ceja le daba a entender que, por alguna razón, no estaba seguro de lo que fuera a resultar.

Ella solo asintió a su vez, queriendo que entendiera que por su parte, todo estaba bien.

Claro, eso pensó antes de que llegara aquel infame mensaje de fuego sobre Sigfrid. Casi quiso zarandear a Alphonse por obligarlas, a ella y a Brunhild, a quedarse en Alacante, pero el chico tenía razón: los cazadores de sombras eran heridos todo el tiempo y Sigfrid nunca les perdonaría que descuidaran sus deberes solo por él.

Fue solo cuando el grupo se dividió que se desahogó con su parabatai.

—¡A veces quisiera no ser tan responsable! —Exclamó, impaciente.

—Por más responsable que seas, nunca le vas a ganar a Fridden —acotó Brunhild, quien por lógica, no se veía tan alegre como minutos antes, aunque logró sonreír al añadir—, y menos si te pones a ligar como hace un momento.

—¿Ligar? ¿Yo? ¿Tú estás loca, Hildie?

—Astrid, en ciertos temas podré ser la más despistada del mundo, pero te conozco como a mí misma, incluso más. Somos parabatai. Y hace un momento, estabas ligando.

—¿En serio crees eso?

Brunhild asintió con convicción, lo cual hizo que Astrid desviara la vista, intentando por todos los medios que el cabello le ocultara la sonrojada cara.

—¿Tendría algo de malo? —Inquirió finalmente.

—¡Claro que no! Solo me sorprende. No esperaba que alguien como Maxwell te interesara.

—Estoy dudando seriamente de mis facultades, porque lo primero que le pregunté fue que si no le molestaba que mirara de cerca su piel. ¡Es azul, Hildie!

La rubia se echó a reír, mientras Astrid sentía que se sonrojaba todavía más.

—Habrá que agradecer que hicieras las paces con Rafael, supongo —señaló Brunhild.

—Eso fue estúpido —se apresuró a aclarar Astrid, frunciendo el ceño—. El muy idiota creía que todo lo que decía de perder el tiempo en las lecciones y los entrenamientos, era una crítica contra Tiberius. Y sí, admito que dije un par de cosas contra los subterráneos que quizá debí callarme, ¿pero cómo iba yo a saber que Lightwood y Alphonse se lo tomarían mal?

—Lightwood–Bane.

—Sí, ya sé. Lo peor es que se lo tomó personal porque le afectaba más a Alphonse. Repito, ¿cómo iba a saberlo? Si me lo hubieran explicado…

—Quizá no es algo que le expliquen a todo el mundo —indicó Brunhild con suavidad.

—Eso me ha quedado claro. No es que Lightwood… Rafael… Bueno, no es que él fuera muy específico cuando salimos a comer. Solo me pidió que comprendiera que, cualquier cosa que dijera sobre Tiberius, Kit o Livia, le iba a afectar a Alphonse. Y al final, como de pasada, soltó que si llegaba a gustarme Alphonse, quizá perdería mi tiempo. ¿Puedes creerlo?

—¿Por qué perderías tu tiempo? Alphonse es guapo, tú también, se llevan bien…

—Se lo pregunté. Lo que me contestó fue que su parabatai no tenía cabeza para amoríos. Siendo sincera, no me gustó escuchar eso, pero si lo piensas, Alphonse no parece preocuparse por tener citas, ¿verdad? Y casi todos los chicos de diecisiete que conozco se preocupan por eso.

—Pues no, la verdad. ¿Tendrá algo que ver con su vida anterior?

Astrid se encogió de hombros, pero reflexionó en silencio ese punto. Era poco lo que sabía de Alphonse Montclaire, al menos de su etapa anterior a Londres. Sabía que había llegado con los Blackthorn y Kit más de dos años atrás, casi recién salido de la Academia y que Tiberius decidió declarar que él y Kit serían sus tutores legales, lo que prácticamente equivalía a adoptarlo. Sabía también, debido a su trascendencia, del incidente de París del pasado mes de diciembre, en el que Alphonse y Rafael estuvieron involucrados, pero hasta ese momento se le ocurrió pensar que esos dos apoyaron en la captura de los Verlac por razones más personales, si se tomaba en cuenta que Alphonse debió conocerlos, ya que era de París.

Sí, quizá lo que debía hacer sería interesarse por la vida de Alphonse en París. Astrid sospechaba que Rafael sabía bastante, pero obviamente no ventilaría con cualquiera el pasado de su parabatai. Lo que la intrigaba era que, si juzgaba bien ciertas actitudes de Alphonse, juraría que en París no le había ido precisamente bien, porque en caso contrario, ¿por qué abandonar una ciudad como París? Sin desdeñar a su natal Oslo, Astrid moriría por pasar unos días allí.

—Oye, ella debe saber algo —soltó Brunhild, señalando delante de ellas.

Astrid pensó que su parabatai estaba más que en lo cierto, pues tenía enfrente a Suzette Longford, quien precisamente, era sobrina de los Verlac de París. Apuntó mentalmente el charlar con ella en la primera oportunidad, pero lo olvidó momentáneamente cuando, estando por llegar al cruce de calles donde debían separarse, les llegaron mensajes de fuego de que volvieran al Gard.

—Seguro ya se enteraron de lo de Londres —indicó Suzette con ironía.

Meine liebe, dice que atacaron varios Mercados de Sombras —dijo Günther Longford.

—¡¿Qué?!

Astrid dejó de prestarle atención a la pareja cuando ella y Brunhild leyeron sus respectivos mensajes. Quizá a eso se refería el misterioso autor del mensaje para la rubia, respecto a dónde buscar a Sigfrid si no estaba en el Instituto.

—Ojalá Alphonse y Rafael hayan conseguido saber más —musitó Brunhild.

Apenas Astrid asentía, cuando otro mensaje de fuego destelló sobre su parabatai.

—Debe ser la respuesta de Emily —dijo la rubia, pescando el papel al vuelo.

—Más vale que diga que todo está bien o…

—¡Por el Ángel! Astrid, ella no sabe nada.

—¡¿Qué?!

De reojo, Astrid notó que Suzette y Günther se le quedaban mirando, pero se centró en la nota que Brunhild sostenía, escrita con una caligrafía inclinada que daba una sensación inequívoca de apuro.

Brunhild:

No sé de qué estás hablando. Llegó un mensaje de fuego hace un rato a casa, de Martin, sobre ir al Mercado de Sombras, pero indicó que si no podíamos estar allí, no había problema. En casa sabes que odian el Mercado, así que ninguno salió. Yo habría ido, pero mi padre me dirigió una de sus famosas miradas de «haz lo que digo o te pesará», por eso me quedé. ¿Me juras que el llamado fue por un ataque?

Por favor, contesta en cuanto puedas. Preguntaré por Sigfrid enseguida.

Emily.

P. D. No olvides también avisarme cómo termina la reunión de la Clave.

—¡Esto no puede ser! —Masculló Astrid, estupefacta.

—¿Tu hermano está bien?

El interés de Günther, se percató Astrid, era genuino. Tal vez porque hablaba del hijo adoptivo de su tía paterna o simplemente, porque el rubio era buena persona.

—Aún no sabemos nada de él. Tendremos que decírselo a Tiberius.

—Bueno, pues si de algo estoy segura, es que no le gustará nada lo que dice Emily.

Cuando llegaron al Gard, se confirmaron las palabras de Astrid, pues el alboroto fue enorme cuando algunos cazadores de sombras se encontraban y empezaban los reclamos. Aquello se convirtió en un hervidero de quejas y afrentas como la joven Trueblood no recordaba haber visto, no fuera de sitios como un par de mercados pesqueros de Oslo.

Al final, se debió contar con la firmeza del Cónsul y las detalladas explicaciones del Emisario para que todo quedara dicho y asentado. Los ataques habían sido, en su totalidad, a Mercados de Sombras, pero los ejecutores resultaron ser unas extrañas criaturas similares a las encontradas en París, en manos de los traidores Verlac. No quería imaginar qué tan horripilantes eran esas criaturas si, a pocos sitios del que ocupaba, Tiberius y Kit hacían muecas de repulsión.

En esa ocasión, a Astrid le tocó ser la atenta, ya que Brunhild primero se entretuvo en enviar mensajes de fuego para Alphonse y Emily, antes de entrar a la sala de reuniones, luego de lo cual se le quedó mirando demasiado a un trozo de papel que, por un momento, creyó que era la nota de Emily hasta que distinguió una caligrafía curiosamente elegante.

—¿Eso de quién es? —Inquirió en voz baja, aprovechando un sermón que estaba soltando el cónsul sobre las inspecciones a los Mercados de Sombras.

Su parabatai le tendió la nota, con expresión de indecible alivio que Astrid no supo explicar hasta leer lo que le mandaran a su amiga.

Brunhild:

Por favor, ya no te preocupes. Estamos ahora mismo con Sigfrid.

El ataque lo dejó un poco maltrecho, pero lo han atendido a tiempo. Su vida no peligra. Eso sí, no creo que deba esforzarse demasiado en un par de días. Le pediría que te escribiera en persona, pero se ve muy cansado y no quisiera molestarlo.

Estaremos en el Instituto para cuando vuelvan. Cualquier novedad de los ataques, por favor avísennos.

Atentamente:

Alphonse.

—¡Ese chico es estupendo! —Musitó Astrid, maravillada.

—Recuérdame darle un buen abrazo cuando volvamos —musitó Brunhild.

—¡Pobrecillo!

Brunhild logró sonreír con tal alivio, que Astrid no pudo más que tomarle una mano. Su amiga, aunque no lo demostrara, seguramente había estado pensando todo ese tiempo en su hermano y no la culpaba en absoluto.

Solo el deber de estar informada, logró que Astrid no se perdiera el final de la reunión. Al despachar el Cónsul a todos, le hizo señas a Brunhild para levantarse y acudir a donde distinguía a Tiberius, Livia y Kit.

—¿Qué sucede? —Inquirió Tiberius, muy serio, al verla llegar.

Tras inhalar hondo, Astrid le contó cuando sabía, aunque se guardó el que Alphonse y Rafael ya no estaban en Idris. No había necesidad de preocuparlo antes de tiempo, aunque algo le decía que acabaría enterándose de su participación en el asunto y no sería agradable.

—¿Emily dijo que el mensaje que llegó a su casa era de Martin? —Indagó Kit, cuando Astrid terminó. Acto seguido, vio el asentimiento de Brunhild e hizo una mueca—. Y aquí, Ellen sacando esas preguntas absurdas, como si no supiéramos lo que pretendía…

—¿Y qué pretendía Ellen exactamente?

—Desacreditar a Ty, obviamente —soltó Livia, indignada.

Astrid, que también había encontrado absurda la intervención de Ellen Highsmith en la reunión, al principio no creyó que Livia tuviera razón, pero analizó el asunto más a fondo. Si se basaba en la suposición de Livia, Ellen había hecho preguntas básicas al líder de su propio Enclave, como si éste no hubiera sido capaz de informarle en tiempo y forma acerca de las inspecciones al Mercado de Sombras. En caso de que alguien se creyera lo que Ellen insinuaba, perjudicaría la imagen de Tiberius ante la Clave, ya de por sí un tanto frágil, por lo cual podrían incluso solicitar que se cambiara de director.

Astrid sintió arder la rabia dentro de sí, cosa que solo la sorprendió unos segundos. Aunque ella no había decidido hacer el aprendizaje en Londres, ahora no se imaginaba el haber ido a otro Instituto y que quisieran dañar lo que encontró allí, le dolió y le indignó a partes iguales.

—Regresen a Londres, chicas —indicó Tiberius—. Hagan todo lo que esté en sus manos para apoyar a los afectados por el ataque y hágannos saber si Sigfrid necesita algo.

—Cualquier cosa que haya que pagar, el Instituto se hará cargo —añadió Kit, apretando los labios por un segundo antes de indicar—. Tal vez Hypatia quiera…

—Ella no nos quiere mucho, ¿recuerdas? —Intervino Livia, ceñuda—. Será mejor llamar a Gauthier, si es que Sigfrid requiere los cuidados de un brujo. ¿Lo harían?

Brunhild frunció el ceño, pensativa, mientras Astrid asintió. Ella tenía mejor memoria para los nombres, así que sabía quién era Gauthier.

—Entonces vamos —indicó Brunhild, de pronto muy firme—. Quiero ver a Fridden.

Como Astrid sentía lo mismo, asintió y abandonaron el lugar.

—&—

La estancia del Portal permanente del Gard estaba saturada, así que Astrid dudó solo unos minutos antes de enviar un mensaje de fuego.

—¿Qué pasa? —Le preguntó Brunhild.

Astrid meneó la cabeza, aunque sintió que se sonrojaba.

—Pedí un poco de ayuda para volver a Londres —explicó.

—¿A quién le…? Espera, ¿le escribiste a Maxwell? —Brunhild esbozó una sonrisa pícara.

—Hildie, te quiero, pero por el Ángel, ¡no me mires así!

—¡Ay, Astrid! ¡Hacía años que no te ponías así! ¡Eres adorable!

Ignorando el bochorno causado por aquellas palabras, Astrid desvió la vista de su parabatai. Le parecía increíble que, siendo tan buena en combate, la mayoría del tiempo Brunhild se comportara como lo que aparentaba: una joven delicada, alegre y tierna que no tenía demasiadas preocupaciones en la vida. La quería por ello, era una de las tantas cosas que hacían valiosa su amistad y su unión de parabatai, pero a veces no la comprendía.

—Oye, si no estoy mal, Maxwell es menor de edad aún, ¿no?

—No me lo recuerdes. Barb me matará si se entera.

—¡Tonterías! Si vas en serio, seguro que no le importará.

—Ese es el problema.

Cuando Astrid miró a Brunhild, la encontró con expresión pasmada.

—¿Qué quieres decir? —Inquirió la rubia.

—Sabes que… No me siento cómoda con esto —Astrid indicó su persona con un gesto de mano, haciendo un mohín antes de intentar dejar en claro lo que pensaba—. Tú lo dijiste, hace años que no… Es que he intentado no fijarme en nadie.

—Astrid —Brunhild sonó increíblemente seria, cosa que hizo a la otra tragar saliva con nerviosismo—, por favor, no me digas que no querías salir con nadie por lo de…

—¿Tú querrías salir con alguien después de algo así?

—Tal vez no, pero…

—Sé lo que quieres decir, Hildie. En serio. Lo he dudado mucho, por todo. Porque es repentino, porque es menor de edad, porque su adorado hermano hasta hace poco parecía odiarme, por estos malditos ataques…

—¡Los ataques no tienen nada qué ver!

—Lo tendrán, si hacen que los subterráneos nos declaren la guerra. A mí no me importa que sea subterráneo, pero a los demás sí y no me gustaría meter en líos a nadie por… Bueno, sé que quisiera que saliéramos, pero ¿y si no es nada serio y los dos acabamos mal?

—Para no saber si será serio, lo has pensado mucho. Aunque no me sorprende, así eres tú.

Astrid dejó escapar un bufido.

—¡Chicas! —La voz de Barbara Longford Sølvtorden las llamó desde un punto a su derecha, apareciendo su dueña poco después—. Quiero despedirme antes de irme. Harald dice que Heimdall tiene las manos llenas de reclamaciones, en cualquier momento va a enloquecer.

—¿Qué hizo el abuelo allá? —Quiso saber Brunhild, ceñuda.

—Lo normal, verificar la señal de alarma y mandar a un dúo a verificar los hechos, antes de desplazar a todo un grupo. Lo malo es que los primeros dos llegaron cuando esas criaturas raras estaban atacando, así que pusieron manos a la obra y apenas tuvieron tiempo de avisar a Heimdall que necesitaban los refuerzos. Para cuando llegó Harald con unos cuantos, todo había terminado.

—¿Mi padre fue al Mercado de Sombras?

—Sí, lo hizo. Hildie, comprendo que estés enfadada con tu padre, yo misma lo estoy, pero eso no significa que olvide las cosas buenas que tiene Harald. Si sabía de problemas, iba a acudir, aunque fuera en un sitio que no le gusta.

Mientras Brunhild asentía de mala gana, Astrid se permitió un incrédulo arquear de cejas. Harald Sølvtorden no era precisamente el cazador de sombras más cordial y tolerante del mundo, al menos respecto a ciertos temas, por eso le costaba imaginarlo ayudando a detener un mal desatado en territorio subterráneo.

—¿Saben quién fue el herido de Londres?

Por la cara que puso Brunhild, Astrid supuso atinadamente que no quería pronunciar el nombre de su hermano, por lo que se apresuró a contestar.

—Tiberius nos pidió regresar lo más pronto posible para averiguar eso, Barb.

—¿Fridden no se los dijo a ustedes?

—No, quizá está demasiado ocupado como para enviarnos un mensaje de fuego.

Barbara asintió lentamente, no muy convencida, antes de escuchar a alguien gritar «¡Oslo!»

—Por favor, si necesitan algo, no duden en decirme. Nos vemos pronto, espero.

—Sí, claro, Barb.

—Hasta luego.

La mujer asintió y aceleró el paso, perdiéndose de vista.

—Nos querrá asesinar cuando sepa que el herido fue Fridden —masculló Brunhild.

—Muy cierto.

—Hola.

El saludo fue hecho tan cerca, que las dos muchachas dieron un respingo.

—¡Lo siento, Maxwell! No pensamos que te veríamos aquí.

—No hay cuidado. ¿Brunhild, verdad?

—Sí, sí.

—Astrid, puedo echarles una mano, pero tendrá que ser ahora, antes de que mis padres me busquen. Me va a caer un buen sermón cuando sepan que también ayudé a Rafael y a Alphonse a irse sin decirle a nadie.

—Me lo imagino. ¿Nos vamos?

Maxwell asintió, haciendo una seña para que lo siguieran fuera de aquella abarrotada habitación. Astrid echó un rápido vistazo a su espalda, asegurándose que nadie los notara.

—Eres joven para saber hacer Portales, ¿no? —Preguntó Brunhild, cordial.

—Eso dicen, pero me enseñó el Gran Brujo de Brooklyn, el representante de los brujos en el Consejo, ¿eso no impresiona?

—¡Claro que sí!

Aunque Maxwell sonrió al ver que Brunhild reía, Astrid no pudo evitar fruncir el ceño.

—¿Te molesta usar el nombre de tu padre? —Inquirió con voz suave, antes de darse cuenta de lo que estaba diciendo.

—No exactamente. Quisiera que me dieran la oportunidad de realizar los conjuros sin tener que recordarles quién es mi padre, ¿entienden?

Las dos jóvenes asintieron con la cabeza al instante.

Duraron un buen rato en silencio, andando por pasillos vacíos del edificio, hasta salir de éste y luego, ir a un punto de los muros exteriores, donde Maxwell enseguida se puso a trabajar, mostrando esa magia suya, azul y tan oscura, que recordaba al cielo al anochecer.

—Cuando lleguen a Londres, ¿podrían decirle a mi hermano que me escriba?

—Sí, claro. Se lo diré yo, o Astrid podría acabar con un shuriken en la frente.

—¡Hildie!

—¿Eso por qué?

—Lamento decirlo, Maxwell…

—Max está bien, Brunhild.

—¡Ah, gracias! Verás, Max, hasta hace unas semanas, Rafael y Astrid no se llevaban bien. Era por un malentendido, de hecho. Ya lo arreglaron, pero si Rafael se entera que nos hiciste un Portal porque Astrid te lo pidió…

—¡Hildie, por el Ángel!

—Mi hermano no tiene por qué reclamar a quién le hago favores. Él no nos dijo que se hizo novio de un hada hasta que fue a Nueva York el mes pasado. Siempre es así, Rafael decide cosas sin pedirle opinión a nadie, pero cuando lo hago yo, todos se alteran como si estuviera invocando demonios a la mitad de Times Square.

—¿En serio?

—Sí. Lamento eso, es que a veces Rafael me exaspera.

—Te «exaspera»… Suena muy educado. Más o menos así habla Alphonse.

—A veces creo que padre dejó que Rafael tuviera de parabatai a Alphonse para ver si podía moderar un poco su carácter, pero estoy convencido de que falló. Solo hay que mirar en casa para saber que eso nunca funciona: no es como si tío Jace fuera la paciencia andante, eso se lo ha dejado siempre a padre.

Brunhild se echó a reír y Astrid estuvo a punto de seguirla. Estaba dándose cuenta de que, si bien Maxwell era más serio y tranquilo que Rafael, ambos contaban con sentido del humor si la ocasión lo permitía, además de tener bien claras sus prioridades a la hora de actuar.

Estaba confirmando que para ser hermanos, la sangre no siempre hacía falta.

El Portal quedó listo en ese momento, mostrando una nebulosa imagen de Londres; específicamente, de la cripta que antaño fuera un laboratorio. Recordaba cuando había llegado por allí, en diciembre, sintiendo de pronto la nostalgia y el deseo irrefrenable de constatar que Sigfrid estuviera bien. Si no hubiera oído a Brunhid agradecer en voz alta la ayuda, Astrid se habría quedado sumida en sus pensamientos.

—Gracias, Maxwell —dijo, sonriendo apenas.

—No hay de qué. Y Max está bien, Astrid, de verdad.

—Lo sé, pero me gusta más… ¿Sabes qué? Olvídalo.

—No, no te preocupes.

—¡Por el Ángel, Astrid! —Brunhild, por alguna razón, estaba más que impaciente—. Max, ¿tienes nuestros números de teléfono?

—Yo… Bueno, Astrid me dio el suyo, ¿por qué…?

—¡Excelente! Te diría que la llames cuando quieras porque no le molestará, pero si estamos en una patrulla nocturna, podría ser malo. Ella esperará tus mensajes, entonces.

—¡Hildie!

Astrid no tuvo oportunidad de reclamar en forma, porque la rubia la empujó al Portal.

Conociendo a la joven Sølvtorden, a saber qué le estaría diciendo al brujo, pero Astrid temió no tanto por su integridad física, sino por su salud mental.

De verdad, amaba a su parabatai, pero en ocasiones como esa, no la comprendía.