Capítulo 28.- La Fuente (II)
Algún lugar de la península Ibérica, el futuro apocalíptico.
Y mañana de sábado de Junio de 2017.
Lo cierto es que puede haber un poco de lío al respecto.
"But most of all we 'members the man who finded us, him that came a-salvage.
And we lights the city, not just for him, but for all of 'em that are still out there.
'Cause we knows there'll come a night
when they sees the distant light
and they'll be comin' home."
Mad Max: Beyond the Thunderdome (1985)
Alonso de Entrerríos recuperó el libro de las Puertas del cadáver del bandido que habíaselo intentado robar. Envainó la espada. Respiró la noche.
El jadeo, el cansancio y los nuevos cortes en la piel le recordaron que no podría, durante mucho más, seguir saltando portales atrás en el tiempo.
Pero aun podía. Aun debía, sí.
Bajó entonces las escaleras que llevaban a la nueva gruta. No se había apostado la vida para lamentarse: Amelia había detectado que el Tiempo volvía a llamarle, para hablar con él y no debía perder la oportunidad.
- Me hago viejo, amiga mía -susurró, al bajar los polvorientos y abandonados escalones, antorcha en mano-. Supongo que mi destino será morir como el infeliz Argamasilla. Espero que Victoria pueda continuar el viaje. También que la ayudéis, como me ayudásteis a mi.
Sólo el silencio obtuvo como respuesta.
"Viejo estúpido", se dijo entonces, y sintió la boca torcérsele tras el bigote lleno de canas.
Había querido dejar a Amelia, en el campamento, tras saber por ella dónde encontrar aquel lugar. Victoria dormía, a salvo ambas. Lejos de allí.
Estaba solo. Hablaba solo. Nadie le oía.
Suspiró.
Ya podría hablar con ellas a la vuelta; bien le valdría a Amelia la información que encontrara allí y bien querría reñirle Victoria por escaparse sin nada decirle.
Se adentró en la gruta que atrás en el tiempo habría sido una estación de ferrocarril metropolitano; encontró de nuevo el Árbol de luz un poco más adelante, al final unas vías muertas.
Parecían existir allí menos fantasmas de tiempos pasados, menos imágenes, menos información. Y por algún motivo que no entendía, pensó que quizás la edad se lo hacía recordar mal, el árbol de luz partido en dos se veía más vivo y brillante que nunca.
Llegaron a la entrada de la habitación de la Fuente sin tiempo para fliparlo, porque llovían balas por un tubo.
Julián imitó Alonso y buscó escondite en el suelo tras la primera línea de eclécticas columnas. Una ráfaga les pasó cerquita, agujereando la pared donde habían estado un instante antes.
En la audiometría, pensó Julián, la de riesgos laborales iba a flipar.
Eso si salían con vida.
Una fila más allá y del otro lado del pasillo que formaban los pilares, Pacino y la rapada respondían al fuego parapetados también tras columnas.
- ¡Necesito supresión para avanzar! -chilló Victoria por encima del jaleo.
- ¡Y yo necesito pantalones nuevos! -contestó Julián-. ¡Pacino! ¡Tírame tu pulserita, anda!
Pacino se la tiró tras un gesto que decía "¡por qué, vaya momento!". ¡No preguntes!, chilló como respuesta Julián.
Tenían un punto de smarwatch, los chismes aquellos.
En todo caso esperaba no haberla cagado con el inglés y los menús y habérsela programado a todos correctamente para no acabar en el Pleistoceno, el espacio exterior o en los oscuros y tenebrosos tiempos de "Médico de Familia". Con tanto tiro y tanto cacho de columna y pared volando por los aires, bastante suerte veía en no haberse teleportado ya por error con la suya.
Julián se la lanzó de vuelta a Pacino cuando la hubo programado.
La agarró Victoria, porque al idiota del madero le rebotó en la cabeza; bueno, quizás se la había tirado demasiado fuerte. Y un poquito a mala hostia.
- ¡No puedo daros supresión! -chilló Alonso-. ¡Andan desplegados! ¡Nos falta gente!
Julián no tenía ni papa de darse tiros, pero por lo que entendía, al estar los cuatro gringos chingando desde sitios muy separados, órale, tirarle a uno para que se escondiera no valía de nada al quedar los otros tres libres para seguir rifando. Güey. Y si no podían avanzar...
La americana se la liaba...
Echó un ojo a ver si la veía... Pero no. Solo cables y máquinas alrededor de la cosa de luz en plan Tron al fondo de la cueva y que debía de ser la puta Fuente. Y tiros. Y más tiros. Taca-taca-taca. Ratatatatá. Y pitidos en los oídos.
De eso tampoco faltaba.
- ¡Disparad a los ordenadores! ¡A los cables! -se le ocurrió a Julián.
- ¡Vaya! ¡No se nos había ocurrido! -respondió Pacino, entre histérico y sarcástico-. ¡No sirve de nada, enfermera!
- ¡Pues intentadlo mejor, coño!
Julián iba a pedirle la pipa a Alonso por aquello de echar una mano, pero antes de poder decir esta boquita es mía, el otro le pasó su fusil.
- Tapaos los oídos -recomendó Alonso sacándose varias granadas de los bolsillos de la casaca.
Miró al Árbol de la Vida en el Libro y luego lo comparó con la vibrante forma de luz que tenía ante sí, sin comprender.
"Debo estar imaginando...", pensó Alonso.
El Tiempo nunca le había hablado así. Los sonidos, las vivencias, las palabras siempre habían resonado en su cabeza, al tocar la luz, al sentir el Tiempo correr en él.
Sin embargo, aquel tiroteo se sentía cercano y la cueva se lo devolvía a los oídos y no a la mente. Tan súbito y real había sido, que se habíase apresurado a cubrirse, creyendo que los ecos de las balas venían por él.
Pero no lo habían hehco.
Aquella batalla parecía suceder dentro del Árbol de luz...
Se acercó, y echándose a la mochila el libro, metió las manos en el torrente de Tiempo frente a él, esperando volver a sentir y ver.
Mas no lo hacía.
El esperado cálido tacto, en frío convertido se había; percibió al cabo una corriente de aire del otro lado, los tiros y ráfagas y los gritos en inglesa lengua perdidos de significado.
Y creyó oír su propia voz.
Creyó oírla y luego la explosión que vino desde el Árbol le lanzó por el aire de vuelta a las vías.
El humo de la explosión se disipó poco y mal, añadiendo lío.
- ¡Tírales otra! ¡Tira otra Alonso por tus muertos! ¡Tienen una bola de discoteca! -chilló Pacino-. ¡Nos van a joder! ¡Nos van a joder vivos!
Pacino vació el cargador de la Llama contra esa cosa, pero no acertó: la tenían bien cubierta. La enfermera hizo lo que pudo con el fusil de Alonso, cagándola, así que Pacino cambió todo lo deprisa que pudo el cargador, la Detective sin balas ya, y trató de apuntar.
Si la activaban estaban fritos.
Por algún motivo no la habían activado antes, pero si la activaban ahora, supo, estaban fritos.
Victoria gritó algo, pero no la oyó. No oía nada, el "¡piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!" interminable en los oídos tras las granadas, el aire lleno de humo picante y la piel de la cara quemada de tanto pegar tiros.
Pacino apuntó en busca de línea de fuego.
Victoria le golpeó en el hombro. Le avisaba. ¿De qué? ¡Hijaputa! ¡De que salía!
Y salió.
En ese momento, Alonso tiró otras dos granadas, sin asomarse.
Y Pacino disparó como pudo al cacho que veía de la puñetera bola de discoteca.
Se levantó aturdido.
Nunca perdió la consciencia del todo, pero el mareo le duró hasta ponerse en pie. Revisó por heridas, mas solo la nariz le sangraba al haberle golpeado algo... ¿El qué? Buscó con la mirada. Al hacerlo, vio a su alrededor lo que parecían fragmentos de metal y piedras. Y polvo. Polvo amarillo y blanco, muy diferente al gris que llenaba la gruta del Árbol.
Alonso se volvió a acercar a él, confuso, mas solo oyó silencio entre la luz. Volvió a poner las manos dentro, sin sentir en él al Tiempo hablarle.
De nuevo el frío y aquella corriente de aire.
Aquellos escombros habían salido de allí.
Allí había algo.
Decidido por la curiosidad entró, sin saber qué esperar, sin saber si era la correcto, y se envolvió en una luz que por un momento le cegó.
Al dar otro paso se encontró en una nueva estancia, el Árbol tras él.
Cuando los ojos se le acostumbraron vio cómo, en el Tiempo detenido a su alrededor y de imposible forma, una mujer con naturalidad se movía, ajustando botones en una máquina.
Balas en el aire, flotando, a lo lejos, como en un cuadro.
Estruendo interrumpido, estático, en un zumbido grave.
De su lado, dos inmóviles soldados mantenían sus posiciones, parapetados tras columnas.
Del otro, a lo lejos, pudo ver a Victoria en una carrera detenida como por magia, con un fusil a punto de disparar.
La zozobra y la confusión hizo chocar a Alonso contra una máquina cercana a la puerta de luz.
La mujer se volvió al oírlo, un cuchillo militar en la mano y una expresión sorprendida en el rostro al verle allí.
El viejo Alonso de Enterríos la vio contenerse, el instinto inicial de irse a por él en sus ojos, una ciega rabia, calmada a duras penas por una mueca de fastidio y cautela.
- ¿Quién eres? -le dijo con fuerte acento, cuchillo en una mano y la otra a la espalda.
¿Dónde estaba? ¿Era posible? ¿Dónde le había llevado el Árbol? ¿Estaba ante...?
¿... El mismísimo ataque... ?
La mujer mantuvo distancias, un círculo con él en el centro, despacio, un gato acechante. Madura y alta; mismas ropas que los soldados inmóviles. Fuerte acento indiano. La mano en el cinto, a la espalda. Un arma de fuego, sin duda.
La cautela pronto se le acabaría, comprendió, y luego le intentaría matar.
Trató de pensar Alonso, ¡piensa viejo!, ¡piensa!. Victoria estaba allá y más hombres había con ella. Ya no estaba en su fecha. ¡No podía estarlo! Aguzó la vista y creyó ver, en el Tiempo detenido, el bigote de Pacino tras una pistola, por donde Victoria salía.
Un Pacino muerto hacía mucho tiempo.
Victoria, comprendió, lo había conseguido.
- Debeis ser sueño... -pudo decir mientras tomaba en su mano el Libro y posaba la otra sobre el pomo de su espada.
- Soy tan real como tú -respondió ella-. ¿Por qué puedes moverte como yo? ¿Trabajas para el Ministerio?
Apenas segundos quedaban, comprendió Alonso. Era el ataque. Ella era la responsable.
Le mostró el Libro de las Puertas, abierto.
- Creed si no sois un sueño, señora -contestó Alonso de Entrerríos-, que en el infierno también deben dar licencias.
Luego le tiró a la cara el Libro de las Puertas y desenvainó, al tiempo que oía un disparo.
Alonso se llevó varios cortes de cuchillo en el brazo, pero logró en forcejeo tirarle la pistola lejos.
La otra despachó tajos, uno, otro, hasta que Alonso logró poner distancia.
Reculó tomando espacio y lanzó varias puntadas y vueltas de espada. Vio a través de los rotos del camuflaje la forma de un chaleco antibalas.
Por el pecho, comprendió, no podría.
- Nada de esto importará -jadeó ella-. I'll come back and I'll fix it! And I will kill you all before this even happens! (*1)
Alonso concentró los estoques al cuello y la cara, sorprendiéndola.
Abrió su mejilla, tajó un labio. A poco le sacó un ojo, la otra esquivando con el cuchillo como pudo.
Rugió la mujer, inhumana, empapado su rostro en sangre.
Se echó hacia él y cortose el brazo sin importarle apartándole la espada.
Alonso intentó recular, mas tropezó con un cable, cayendo de espaldas.
Se le echó encima ella, el puñal en la mano.
Pudo pararla por la muñeca, lejos la espada en el golpe, el puñal indiano a una pulgada del rostro. Se desesperó sobre él al ver que no cedía, su desfigurada faz chorreando sangre y furia.
- You will die today, old man! (*2)
(*1) ¡Volveré y lo arreglaré. ¡Y os mataré a todos antes de que nada de esto suceda!
(*2) ¡Morirás hoy, viejo!
