¡Hola a todos! Siento la tardanza en actualizar. Tenía mucho que estudiar y muchas cosas por hacer.

¡A veces me gustaría tener un giratiempo! ;)

¡Disfrutad del capítulo! ¡Y no olvidéis dejarme reviews!

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A casi 3500 kilómetros al sur de la Capital del Oeste existía una cordillera de escarpados montes llamados las Montañas de Hierro. Con las cumbres eternamente cubiertas de nieve y violentas ventiscas azotando continuamente sus valles, la zona estaba prácticamente inhabitada. Sólo un antiguo caserón utilizado ahora de refugio albergaba vida humana en aquellos parajes. El caserón representaba el último reducto donde poder descansar antes de adentrarse en las laderas y senderos cubiertos de nieve que conducían a las cimas. Pocos eran los valientes que se habían atrevido a subir, y menos aún los que habían regresado, casi muertos, con varios miembros congelados.

Las laderas de aquellas peligrosas montañas estaban cubiertas de frondosos bosques, con miles de árboles altísimos de hoja perenne, como abetos o pinos.

Desde la copa de uno de aquellos gigantescos árboles, unos ojos de color ámbar oteaban el horizonte, quizás en búsqueda de indicios que mostraran la existencia de más vidas aparte de las pocas que se encontraban en la base de aquella monstruosa montaña.

Aquellos fabulosos ojos parpadeaban sin notar el cansancio de varios días sin dormir. Miró abajo. El bosque era denso, frondoso y sus árboles apenas permitían el paso de una lúgubre luz solar, suficiente sin embargo para la fantástica explosión de vida que se habría paso en el suelo del bosque.

Narik se pasó la mano por los cabellos y adoptó una posición desgarbada, sentado en una gruesa rama alta y apoyando la espalda y la cabeza en el tronco del árbol, las manos en la nuca, a modo de almohadón. Movía los pies, cruzados uno sobre otro, como al compás de una música silenciosa, imposible de detectar por otros oídos que no fueran los del elfo. Suspiró, y cerró los ojos.

A sus agudos oídos llegó el sonido de unas alas revoloteando en la parte inferior del árbol y subiendo hacia su posición.

- ¿Les has visto ya? – dijo una vocecilla muy cerca de su oído derecho.

- No. Aún nada. – respondió él, fastidiado. Abrió los ojos y miró a su pequeña compañera, inmóvil junto a él y agitando sus alas graciosamente.

- ¿Estás seguro de que saben dónde estamos? – preguntó de nuevo Ellyon.

- Sí. Les dije que nos encontraríamos hoy en la base de las Montañas de Hierro. Pero aún no veo ninguna nave acercándose en el cielo. – respondió el elfo, volviendo a dirigir la mirada hacia el norte.

- No les habrá dado por venir caminando… - dijo Ellyon.

- ¿Caminando? Trunks podría hacerlo, pero… ¿Arien? – consideró Narik, con una sonrisa socarrona y una ceja levantada. Miró a Ellyon y esta recapacitó.

- No, tienes razón, Arien acabaría muerta de cansancio, o quizás la matara directamente Trunks por no parar de quejarse… El bosque es demasiado grande.

El hada se sentó en el hombro de Narik y guardó silencio. Rodeó sus rodillas con los brazos y observó el perfil del elfo. De una belleza singular, el rostro de Narik era agresivo en apariencia, pero Ellyon conocía bien la calma y la mente fría que poseía el elfo. Las conocía muy bien.

A pesar de todos los años que habían pasado, recordaba perfectamente su primer encuentro. Fue poco tiempo después de su nacimiento.

Ellyon recordaba que un día abrió los ojos y se encontraba agazapada dentro de una Narcissus Desdemona. Antes de aquel momento no había nada en su mente, como si su vida no hubiera existido para ella hasta entonces. Era de noche, y todo estaba en silencio. Ellyon emergió lentamente de aquella flor, extrañada y atemorizada, y vio a su alrededor cientos de criaturas luminiscentes como ella, despertando de su letargo y asomándose a aquel enorme mundo por primera vez. Aquel fue el nacimiento de las hadas, hacía ya más de 20.000 años, en la Llanura de las Brumas, un lugar siniestro, eternamente cubierto por una fantasmagórica niebla. Aquel lugar fantasmal era el hogar de las hadas, las hermanas de Ellyon, de las cuales se separó cuando encontró a Narik.

Fue en aquellos mismos bosques, habitados por el clan de elfos de Narik y que se extendían desde las Montañas de Hierro hacia el sudoeste, hasta el extremo norte de la Llanura de las Brumas, donde le vio por primera vez.

Nunca le preguntó a Narik cómo fue su nacimiento. Nunca habían hablado de ello. Los elfos siempre le habían parecido criaturas extraordinarias, más incluso que las hadas. Narik era un excelente arquero y un valiente guerrero, con unos sentidos extraordinariamente desarrollados, extremadamente inteligente, conocedor de varias lenguas humanas y animales, y con un conocimiento fuera de lo normal sobre la vida de los humanos. Algo que ella no entendía y creía no entender jamás.

Pocas veces habían tenido las hadas contacto con los humanos. Eran temerosas de su reacción, y desconfiaban de ellos. Los elfos en cambio, aunque permanecían ocultos, podían dejarse ver y jamás temían a los hombres. Al contrario, se mostraban amables, siempre sonreían y trataban de ayudarles en lo que podían.

Desde hacía miles de años, los elfos habían vivido en la Tierra, ocultos de los hombres, como meros espectadores de la vida a su alrededor, nutriéndose y disfrutando de la madre naturaleza, aprovechando cada recurso que esta les ofrecía, e ilustrando a los pocos humanos con los que se habían relacionado en la obtención y el uso de los metales, la forja, la madera y el desarrollo de la construcción sin perjudicar a la naturaleza.

Pero de cada uno de aquellos privilegiados contactos con los elfos, los hombres sólo tomaron lo que les interesó. Así, llevaron la obtención de metales hasta la explotación de minas enteras, acabando con las reservas naturales. La carpintería, hasta la destrucción de bosques, y la construcción de útiles mediante metales a la construcción de armas.

Los elfos se retiraron a los bosques de las Montañas de Hierro hacía muchos años. Ya no querían tener contacto con los humanos. Sentían pena por ellos. Pena por su egoísmo y por su crueldad.

Pero a pesar de querer separarse de los humanos no podían hacerlo, porque Valas les encomendó una tarea que no podían rehusar. Unos pocos elegidos de entre los elfos debían proteger a los Dewin, los dioses de la antigüedad, que se encontraban entre los humanos y que estaban asediados por los Mörk, que pretendían acabar con ellos y con la raza humana.

Cuatro eran los elfos encargados de cumplir con aquella misión, igual que cuatro eran las hadas escogidas para el mismo fin.

Valas les tocó con su dedo, y les dotó de poderes aún más maravillosos que los de sus hermanos. El poder para destruir Moradores y enviarlos de vuelta al infierno fue para los elfos, y la habilidad de utilizar la Esencia de Limbo para crear poderosos conjuros, para las hadas.

20000 años junto a él.

Y jamás se atrevió a decirle nada. No lo comprendería.

Ella no debería sentir algo así, no estaba en su naturaleza ni en su destino.

Los grandes ojos color violeta de Ellyon se posaron sobre las manos de Narik, ahora sobre su regazo. Inconscientemente levantó una de sus pequeñas manitas y la miró. Apenas tenía el tamaño de una de las uñas de Narik. Ellyon suspiró, dejó caer sus manos y rodeó sus piernas con los brazos, apoyando la barbilla sobre sus rodillas, con tristeza.

Eran muy diferentes. Eran razas totalmente distintas. Razas que no habían sido creadas para sentir amor ni para ser amadas.

Si embargo ella sí que lo sentía.

Varias horas pasaron cuando la vista de águila de Narik detectó un objeto en la lejanía. Su cuerpo reaccionó como un resorte y se incorporó hacia delante en la rama, adoptando una posición de alerta.

Ellyon revoloteó sobre su cabeza, y dirigió la mirada hacia el punto en el que Narik tenía los ojos clavados. Protegió sus propios ojos del sol con la mano, a modo de visera, pero no logró ver nada.

- ¡Ellyon, rápido, ve a buscar a las chicas! – le apremió Narik. - Ya están aquí.

- ¡De acuerdo! – exclamó el hada.

Como un rayo, Ellyon voló a través de ramas y hojas hacia el suelo del bosque, y luego recorrió unos cuantos centenares de metros entre la espesa vegetación hasta llegar a una zona donde se levantaba un antiguo caserón de piedra junto al que se encontraba un grupo de personas.

- ¡Didi, Fan Fan, Uka! ¡Narik ya les ha visto! – exclamó Ellyon, entrando en el circulo de personas como un cohete.

- ¡Vamos allá! – le respondió una vocecilla, entre los árboles.

Y Ellyon se dirigió de nuevo hasta Narik, seguida de tres hadas idénticas a ella, excepto en la longitud del cabello y el color de los ojos. Didi, tenía el pelo corto y los ojos rasgados y negros. Fan Fan, llevaba el cabello por encima de los hombros, completamente liso, y sus ojos eran de color azul claro. Y por último Uka, tenía el pelo rizado y alborotado, y los ojos marrones. Las tres tenían el cabello negro como Ellyon.

Pasaron de largo junto a Narik y volaron a toda velocidad hacia la dirección que el elfo señalaba con el dedo.

Trunks pilotaba la nave que les llevaba hacia el punto de encuentro. No habían vuelto a hablar con Narik y Ellyon desde que estos se fueron a buscar a los Dewin. No había forma de comunicarse con ellos. El muchacho esperaba poder encontrarles entre aquellas montañas.

Creía que podría reconocer el ki de Narik una vez estuvieran más cerca, y si no era el caso, recurriría al plan B. Llamar la atención del elfo con rayos de energía… Pero si podía evitarlo, lo haría.

Bostezó y se despeinó el cabello con la mano. Llevaban varias horas de viaje y aún no llegaban. Pero ya no debía quedar mucho para comenzar a ver las Montañas de Hierro. Según el navegador GPS, se encontraban a sólo 50 millas de allí.

En el asiento contiguo, un bulto se movió bajo una manta. Trunks dirigió la vista allí y sonrió. Arien se había quedado dormida prácticamente desde que salieron y no se había enterado de nada. La chica estaba acurrucada bajo las cálidas mantas, hecha un ovillo en el asiento, en una posición que no aparentaba muy cómoda. Pero aquello no parecía ser un problema para ella.

El muchacho miró su reflejo un instante en el cristal de su izquierda. Sus ojos volvían a ser de color zafiro, como siempre, y el dolor de cabeza había desaparecido por completo. Los efectos de los rayos Blutz se habían mitigado en el momento en que habían comenzado el viaje hacia el sur, y ahora ya no quedaba ni rastro.

A Trunks le había parecido un efecto sobrecogedor e interesante y pensaba regresar a aquel extraño lugar para poner a prueba su resistencia. Debía lograr dominar del todo aquel estado "pre-Ōzaru". Quizás era el modo de llegar al nivel 2 de un Supersaiyajin.

Se inclinó hacia el tablero y tocó varios botones. El ordenador de a bordo confirmaba la distancia hasta el destino e informaba que no había ninguna tormenta de nieve.

Un gemido le llamó la atención. Miró a Arien, que comenzaba a despertarse. La muchacha emergió de debajo de aquella manta con el cabello alborotado y los ojos vidriosos. Adormilada, miró a su alrededor, al exterior de la nave y por último a Trunks.

- ¿Aún no hemos llegado? – preguntó con la voz ronca.

- No, pero ya no queda mucho para llegar. – le informó el muchacho, devolviendo su atención a los mandos de la nave.

- Menos mal, ya comienzo a estar cansada del viaje…

- ¿Cansada? – preguntó Trunks, asombrado. - ¡Pero si has venido todo el tiempo durmiendo! ¡Cansado estoy yo, que llevo 6 horas pilotando sin parar! – Arien sacó la lengua y guiñó un ojo.

- Lo siento… Pero es que se estaba tan a gusto debajo de la mantita que… - No terminó la frase. Trunks le señalaba un punto en el horizonte.

- ¿Lo ves? – preguntó.

- ¿El qué? – dijo ella.

- Allí comienza la cordillera de las Montañas de Hierro.

Arien se inclinó hacia delante y observó con toda su atención. Muy lejos, justo delante de ellos, el terreno parecía cambiar la inclinación y unas montañas se elevaban abruptamente, cubiertas de nieve en la cima. Algunas nubes ocultaban los picos más altos y probablemente eran la prueba de que no debía hacer buen tiempo allí arriba.

- ¡Sí! ¡Ahora lo veo! – gritó, entusiasmada.

- Deben quedar sólo unas 40 millas, así que, si puedes, podrías quedarte ya despierta. – le propuso Trunks, sonriendo socarronamente.

- ¡Oye! ¡No tenía intención de volver a dormirme! ¡No te rías de mí! Ya no tengo sueño… - dijo, antes de bostezar ampliamente sin poder remediarlo.

Cuando recorrieron la mitad de la distancia ya pudieron ver la magnificencia de los montes que tenían ante ellos. No se trataba de las montañas más altas del mundo pero ya desde la nave se notaba que su ascensión no iba a ser fácil. Arien suspiró, menos mal que ella contaba con Trunks para llegar arriba sin más problemas. Lo difícil sería que el resto de los Dewin llegaran hasta allí. Pero ya verían cómo lo resolvían.

La nave sobrevolaba las imponentes montañas y desde aquella altura podían verse los frondosos bosques que rodeaban su base, cubriendo los accesos a la cima.

Algo llamó su atención. Cuatro pequeños puntos de luz situados en línea parpadeaban abajo, justo sobre el bosque. Trunks sonrió y varió el rumbo, dirigiéndose hacia ellos.

- Creo que no nos tendremos de preocupar de encontrarles. – dijo. – Ya nos han encontrado ellos a nosotros.

La nave se acercó aún más a aquellos destellos, que ahora se asemejaban a las luces de una pista de aterrizaje, señalando una zona abierta en la vegetación del bosque, donde Trunks aterrizó la nave sin problemas.

Cuando el motor hubo parado, se abrió la escotilla y un objeto se introdujo velozmente por la rendija apenas abierta del cristal delantero, dirigiéndose directamente a una sorprendida Arien.

La muchacha cerró los verdes ojos, esperando un impacto directo contra su cabeza, y cuando no notó nada, los abrió con cuidado, encontrando ante sí una pequeña figurita alada que la miraba sonriente con sus grandes ojos violetas.

- ¡Ellyon! – exclamó la chica, contenta. Trunks sonrió, había reconocido desde el cielo que las cuatro luces que les habían guiado eran hadas, y una de ellas era Ellyon.

Junto al hada, una fuerte corriente de aire helado se introdujo en la nave, haciendo que Arien se estremeciera en el acto. Rápidamente, buscó su grueso anorak en la parte trasera de la nave y se lo puso.

Miró afuera, donde esperaba una figura de pie. Poseía una cara conocida y una sonrisa familiar que dejaba entrever unos colmillos. Arien saltó tras Trunks, la altura de aquella nave no era tan grande como la de la máquina del tiempo, y pudo aterrizar fácilmente sobre sus pies, con Ellyon en su hombro.

- ¡Bienvenidos! – les recibió Narik. – Espero que hayáis tenido un buen viaje, chicos.

Tras guardar la nave en la cápsula, se dirigieron hacia el refugio comentando lo que habían hecho los pasados días. Arien explicó a Narik y a Ellyon la aventura que habían pasado cuando Trunks se vio afectado por los rayos Blutz.

- ¡Teníais que haberle visto! ¡Daba mucho miedo! – explicó la muchacha.

- Ya me parecía a mí que los saiyajins no eran muy normales. – comentó Ellyon.

- ¿Qué esperabas? No todo iban a ser ventajas. Después de todo, soy uno de los últimos descendientes de la raza más sanguinaria de la galaxia. – Se defendió Trunks, sin darle mayor importancia al tema.

- Si, no hace falta que lo jures. Conozco a tu padre… - argumentó Ellyon, con lo que el resto se echó a reír.

- ¿Y tú Arien? ¿has podido entrenar un poco tu poder? – Preguntó Narik.

- Bueno, un poco. – respondió ella. - Pero no puedo decir que haya mejorado mucho. A decir verdad, diría que estoy casi como al principio. – Continuó, algo desanimada.

- Bueno, no te preocupes. Dices que algo sí que has mejorado, y eso ya es un avance. Cuando menos te lo esperes, aprenderás a hacerlo, y entonces no podrás explicarte porqué no pudiste hacerlo antes. Siempre pasa. – La consoló Narik.

Arien pensó un momento en la última frase del elfo. "Siempre pasa", ¿A cuantos Dewin había sobrevivido Narik? ¿Cuantas personas había visto morir después de acompañarles durante toda la vida?

Aquellos pensamientos ensombrecieron su rostro y la mantuvieron en silencio el resto de la caminata.

Los muchachos caminaron unos cuantos centenares de metros a través del frondoso bosque, hasta llegar a una construcción algo destartalada pero que parecía aguantar estoicamente las duras condiciones ambientales de aquellos parajes.

Frente a aquel viejo edificio de piedra, un grupo de personas parecía charlar tranquilamente. Narik se acercó a ellos, seguido de Trunks y Arien, que les observaban con curiosidad.

Eran seis personas, tres de ellos eran elfos como Narik. Uno tenía el cabello blanco y largo y completamente peinado hacia atrás, con la frente descubierta, otro era rubio y llevaba el cabello muy corto, y unos pendientes en las orejas parecidos a los de Narik. El último, era moreno, y tenía el cabello peinado con un estilo similar al primero. Los tres les miraban en silencio, con ojos inquisidores. Los otros tres integrantes del grupo eran humanos. Un anciano con barba blanca que se apoyaba en un bastón, una mujer de mediana edad y algo regordeta, y una niña de apenas siete u ocho años, que vestía extrañas ropas de alguna tribu aborigen y que permanecía agarrada de la mano del elfo rubio.

Trunks y Arien se miraron entre ellos antes de que Narik comenzara a hablar.

- ¡Bueno! ¡Hagamos las presentaciones! – Caminó hasta el elfo del cabello blanco y posó una mano sobre su hombro. – Este es mi hermano Gowen. Es el encargado de proteger a Dart, el Dewin de Tierra, que es ella. – dijo, señalando a la mujer, quien les dirigió un simpático saludo con la mano. Arien le sonrió y le devolvió el saludo. Narik continuó, acercándose al del cabello oscuro. – Este, es Stol. – Stol inclinó la cabeza levemente hacia ellos. – Stol es el protector de Brann, el Dewin de Fuego. – informó Narik, señalando al ermitaño de la barba blanca, que dio un par de golpes en el suelo con el bastón. – Y aquel, es mi hermano Jack. – Dijo el pelirrojo, mirando al elfo rubio, que sujetaba la mano de la niña. – Jack es el guardián de la pequeña Iskald, el Dewin de Hielo. – al oír su nombre, la niña enterró el rostro en la cintura de Jack, escondiéndose. – Bien, y eso es todo. Les encontré muy deprisa. No tendría que decirlo, pero soy bastante eficiente. – dijo Narik con una sonrisa autosuficiente en el rostro.

- ¿Ah sí? ¿con que eso es todo eh? ¿Y mis hermanas qué, señor eficiente? – dijo una vocecilla cargada de odio sobre la cabeza del elfo, que se apresuró a rectificar.

- ¡Lo siento! Aún no habíamos acabado, ¡me faltaban las pequeñas!

Arien se sentía mareada, ya no recordaba los nombres de aquellos que parecían ser sus compañeros en aquel embrollo y aún quedaba más gente por presentar. Se llevó una mano a la frente y miró de reojo a Trunks, en búsqueda de auxilio. No se sintió mejor cuando vio que la cara del muchacho no mostraba más tranquilidad que la suya.

- ¿Chicas? – preguntó Narik, al aire. – me lo ponéis más fácil si aparecéis. – al momento, tres personitas se plantaron junto a Ellyon, las tres, con idéntica expresión de enfado en el rostro. - … Eh, bien. Esta es Uka, ella va con Dart y Goden. Aquella de allí, la del pelo corto, es Didi, y protege a Brann, junto a Stol, y la última es Fan Fan, la guardiana de Iskald. Chicos, ella es Orkan, y él es Trunks, su tercer guardián. – Narik dijo esto último con una sonrisa pícara en los labios.

Aquellas nueve extrañas personas observaban con curiosidad y expectación a quien se suponía que era el Dewin del Aire. Arien les miró a todos en silencio y dio un paso adelante, acercándose a ellos.

- Hola a todos. En primer lugar, me llamo Arien, no Orkan. – Dijo, enviándole una mirada inquisidora a Narik, que simplemente se encogió de hombros. – Supongo que Narik y Ellyon os han explicado por qué estáis aquí. Os necesito para contactar con Valas. Necesito que Orkan se separe de mí para poder regresar a casa…

- Narik nos ha explicado todo – La interrumpió el elfo rubio. – No hace falta que expliques todo de nuevo si no quieres.

Arien miró a Jack y asintió con la cabeza, agradecida.

- ¡Bueno! Y ahora si os parece, ¿por qué no entramos en la casa? Aquí fuera comienza a hacer frío. – Propuso Narik.

- Creo que tantos años lejos de casa te han ablandado un poco. – dijo Jack, el rubio, para molestar a Narik. El resto comenzó a reír mientras entraba en la casa.

- ¡Eh! ¿Acaso te digo yo a ti en qué sentido te has ablandado? – respondió Narik, a lo que Jack respondió con una inquisidora mirada que parecía querer decir "Ni una palabra más".

Todos habían entrado ya en el refugio y afuera, Arien parecía dudar si hacerlo o no. Se sentía diferente, entre gente extraña. Se suponía que aquella gente era igual de extraña que ella misma, pero todos parecían tan habituados a aquella siguación. Arien no podía concebirlo, se sentía nerviosa y algo deprimida. Deseaba que todo pasara deprisa y poder volver a casa cuanto antes. Le hubiera gustado que todo aquello hubiese sido un sueño. De pronto, inmersa en sus cavilaciones, notó unos brazos rodeándola por completo.

- Ánimo. No tengas miedo, Arien. Yo estoy contigo, y lo estaré siempre.

Las palabras de Trunks parecieron hacer el efecto deseado. La muchacha se sintió reconfortada y esbozó una tímida sonrisa. Antes de suspirar y echar a caminar, abrazada a él, hacia el refugio de la montaña.

- Así que sólo hace unas semanas que eres Orkan, - dijo la mujer de mediana edad, acercándose a Arien.

Habían compartido la cena todos juntos, hablando de lo que hasta aquel día habían sido sus vidas, y escuchando a los elfos gastarse bromas entre ellos. Arien se sentía algo más tranquila, y entablaba conversación con los Dewin más mayores.

- Sí, bueno, sucedió repentinamente. – contestó la castaña.

- De modo que aún no debes conocer la manera de controlar tu poder. – completó la mujer.

- No, aún no sé hacerlo.

- ¿Sabéis qué es lo que me parece más extraño? – preguntó Gowen, el elfo de cabello blanco. Todos los presentes le miraron y guardaron silencio, esperando su explicación. – Que esta muchacha tiene plena conciencia de quien es. Los recuerdos de Orkan no han ocupado el lugar que les corresponde en su memoria y en su conciencia. – el elfo, clavó sus ojos azules en los verdes de la muchacha y continuó. - Aún cuando todos podemos presentir al Dewin del Aire en ella, quien predomina por completo en su pensamiento y sus acciones es ella misma.

- A lo mejor esa es la causa por la que no puede controlar su poder. – dijo una vocecilla tímidamente. Arien dirigió la mirada hacia la procedencia de aquella voz. Iskald, la niña pequeña que permanecía perpetuamente pegada a Jack, buscaba la aprobación del elfo a su teoría, estirando ligeramente de las mangas de su gruesa casaca. El rubio le sonreía cálidamente y asentía con la cabeza.

- Podría ser. – le dijo Jack.

- Un momento, - dijo Trunks – ¿queréis decir que vosotros tres habéis perdido la conciencia de quienes erais antes?

- No exactamente. – respondió Brann, el ermitaño. – Nosotros fuimos Dewins prácticamente desde nuestro nacimiento, y nuestra conciencia como tales creció junto a nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Siempre supimos que éramos Dewins, y a la vez los recuerdos de nuestra vida actual permanecen con nosotros, los adquirimos como Dewins y los compartimos con el espíritu que habitaba el cuerpo justo antes de nuestra llegada y que lo sigue habitando, al igual que los recuerdos que poseemos de todas nuestras vidas anteriores.

- Lo que nunca antes había pasado es lo que le ha ocurrido a ella. – dijo Dart, la Dewin de Tierra, mirando a Arien. – Los Dewin siempre buscan criaturas recién nacidas, nunca humanos adultos. Es por eso que desconocemos el efecto que puede tener en ti con el tiempo. – concluyó, mirando a Arien a los ojos.

Trunks se inclinó hacia Arien que se mostraba visiblemente preocupada y puso una mano sobre su hombro.

- Narik, creo que se está haciendo tarde. Deberíamos ir a dormir ya para poder salir mañana temprano hacia la Cima del Hielo. – propuso Trunks. No permitiría de ninguna manera que Arien se preocupara o tuviera miedo. Él no permitiría que nada malo le ocurriese.

- Tienes razón, Trunks. ¡En marcha chicos, a dormir todo el mundo! – Narik se levantó de su butaca enérgicamente y su movimiento animó al resto de elfos a seguirle.

Arien observada inmóvil en su butaca cómo algunos integrantes de aquel grupo se retiraban a las numerosas habitaciones del refugio para descansar. Los dos elfos de los cabellos largos bromeaban junto a Narik mientras se dirigían juntos a diferentes habitaciones, mientras que el elfo rubio recogía con sumo cuidado a la pequeña Iskald, que finalmente había sucumbido al sueño en su silla, y la llevaba a un dormitorio. Hacía rato que no había ni rastro de las hadas, y cuando todo hubo quedado en calma, Arien se percató que frente a ella permanecían Brann y Dart, el anciano y la mujer regordeta.

- No estés preocupada hija. No debes tener miedo. – le dijo suavemente Dart, la Dewin de Tierra. – Todo se solucionará. Valas es muy poderoso, y seguro que tendrá la solución para tu caso.

Arien se mordió los labios para no derramar lágrimas, fruto de los nervios y la impotencia.

- Es que… vosotros estáis tan habituados… Esto es muy extraño para mí. Nada de esto debía haberme pasado… Yo no soy de aquí… - Arien, inclinó la cabeza y se tapó la boca con la mano, tratando de no llorar. Trunks, sentado junto a ella, le pasó un brazo sobre los hombros y frotó su brazo para reconfortarla. Dart sonrió.

- No ha sido un camino de rosas para nadie, pequeña. Antes, todos teníamos un nombre, una familia, unos amigos. Fuimos al colegio, nos enamoramos, sufrimos y fuimos felices, como cualquier otra persona normal. – explicó la mujer. Hizo una pausa y frotó sus manos una con otra, nerviosamente. – Pero nuestro poder crecía. Y a medida que lo hacía también aumentaban las posibilidades de ser encontrados por los Mörk. Sus moradores están en todas partes.

Arien levantó la cabeza y observó a la mujer. En los marrones ojos de aquella simpática señora parecía concentrarse toda la sabiduría de miles de años. Pero también mucho dolor.

- Todos debimos separarnos de nuestros seres queridos para siempre si no queríamos que algo malo les pasara. Yo me separé de mis padres y mis hermanos hace ya muchos años. Brann… Brann llegó a casarse, y tuvo que simular su propia muerte porque amaba demasiado a su esposa como para separarse de ella sin darle explicaciones. - Arien miró asombrada al anciano del cabello blanco que en aquel momento parecía absorto en un punto en la madera de la mesa. – La pequeña Iskald… Ella no tuvo tanta suerte como nosotros. Los moradores la encontraron demasiado deprisa y una noche acabaron con su familia y con todos los miembros de su tribu. Desde entonces Jack no se ha separado de ella y se ha convertido en un padre para la pequeña.

Arien, asombrada, pensó en la pequeña Iskald, la Dewin de Hielo, eternamente aferrada a su rubio guardián, y sintió una rabia y una impotencia enormes.

- Incluso para nosotros es difícil. – Los cuatro se giraron para mirar en dirección a la puerta del pasillo, de donde había provenido aquella voz. Desde el dintel, el pelirrojo Narik se dirigía a ellos con expresión afectada. – Los elfos llevamos más de 20000 años dando vueltas en este mundo. No nos afecta el tiempo ni la enfermedad como a vosotros. Somos inmortales, aunque podemos perecer bajo las armas en una batalla o incluso morir de pena. Pero ya estamos cansados de este tipo de vida. Estamos cansados de vivir eternamente velando por la seguridad de otros seres. – Narik rodeó la mesa lentamente. Sus botas resonaban en las desvencijadas tablas del suelo con un chirriar seco y triste. - Además, no puedo tener hijos, Arien. – Dijo, posando sus ardientes ojos color ámbar sobre los de ella. - No puedo experimentar el amor, no puedo tener una pareja junto a la cual ser feliz y criar una familia. Yo no. – Narik inclinó la cabeza un momento, apesadumbrado, antes de continuar hablando. - No fui enviado a la Tierra para amar o para vivir una vida feliz, incluso si lo hiciera, debería soportar el hecho de sobrevivir a la persona amada, y eso no sería capaz de soportarlo. – Trunks, no dijo nada, pero observó al elfo mientras se sentaba en una silla junto a Dart y sonreía melancólicamente. – Tiene gracia. Vosotros, los humanos, soñáis con la inmortalidad, muchos hombres han luchado y han perecido en la búsqueda de la piedra filosofal, aquella que dicen que da la vida eterna. Y quien posee este don, no lo quiere. No lo desea, porque ya está cansado de una vida sin fin. Si he de vivir una vida eterna sin poder experimentar todo aquello por lo que merece la pena vivir, entonces preferiría no vivir. Si pudiera elegir, elegiría una vida mortal. Ese es mi deseo, lo ha sido siempre. Pero no soy yo quien puede decidir sobre el transcurso de mi vida, o sobre cuándo acabar con ella. Es a Valas a quien estoy sometido también, como todos vosotros. Y es él quien decide sobre mi futuro y sobre el vuestro, y es capaz de cambiarlo.

Tras la exposición del elfo el silencio reinó en el pequeño salón con las paredes de piedra. Arien miraba a su alrededor, todo eran caras largas. En cada una de aquellas personas existía una profunda huella de dolor, y antes no la había sabido ver. Todos estaban afectados del mismo modo por aquel terrible "don" de los Dewin.

- Pero, si tan horrible es para vosotros, igual que para mí, ¿porqué no hacéis algo? Lleváis 20000 años huyendo de los Mörk, escondiéndoos en cuerpos que no os pertenecen, apoderándoos de conciencias que no son las vuestras, y obligando a personas a vivir unas vidas que no deberían vivir, separándose de sus familias e incluso poniéndolas en peligro. ¡Debe haber un modo de acabar con esto! – explotó la muchacha, con el ceño fruncido.

- Si existe un modo de acabar con esto, únicamente Valas lo conoce. – contestó Brann. – Todos estamos cansados de esta situación.

- Entonces lo sabremos mañana. – dijo Trunks, que hasta aquel momento había permanecido en silencio. – Ese tal Valas nos dirá mañana lo que hay que hacer para liberaros de esta carga, y os juro que no descansaré hasta que seáis libres. – Trunks miró a Arien, que le observaba curiosa. – Mañana comienza el principio del fin de esta maldita historia, Arien. Te lo prometo. – Levantó la vista, con el ceño fruncido y un brillo amenazador en los azules ojos, fríos como el hielo. Y con una diabólica sonrisa en los labios, continuó hablando, dirigiéndose a los Dewin y al elfo - Valas no contó con una cosa el día que os condenó a vivir eternamente de esta manera, y es que algún día os cruzaríais con los Saiyajin.


Los pobres Dewin llevan viviendo una vida dramática, y lo peor, es que no tiene pinta de cambiar lo más mínimo. ¿Alguien más cree que ya es hora de que tomen las riendas de sus vidas?

El próximo capítulo desvelará muchos secretos y será el inicio del desenlace de esta historia. ¡Pero no os preocupéis! Aún quedarán varios capítulos para el final :D

¡Espero vuestras golosinas! ;)

¡Hasta el próximo capítulo!