¡Sorpresa! ¡Feliz Navidad! Espero que estéis pasando un día genial con vuestras familias, que comáis platos muy ricos de vuestros países y que el día de hoy os entregue lo que más deseáis. Mi pequeña colaboración es el penúltimo capítulo de este fic. ¡Solo queda el epílogo, así que disfrutadlo!
Este capítulo se lo dedico a Tati, porque hoy es su cumpleaños. ¡Felicidades!
LO QUE LA MEMORIA ESCONDE
Capítulo 28
...
No había duda de por qué los magos rusos habían elegido el nombre de Chernaya dyra para su cárcel, pues en verdad hacía honor a su traducción: «agujero negro». Draco llevaba casi quince minutos en un ascensor que se había adentrado en la tierra, y todavía no había llegado a su destino. Si Azkaban ya era un lugar horrible, no había adjetivo que pudiera describir la sensación de terror que te invadía cuando entrabas en Chernaya. Al principio, ya solo la oscuridad era agobiante, pero desde que se habían adentrado en los niveles más bajos, aquellos reservados para los peores criminales, los gritos constantes de agonía te hacía tener puros escalofríos.
Draco, a pesar de todo, conseguía mantener el tipo gracias a permanecer muy recto y a apretar las manos que llevaba en la espalda. El guardia que lo guiaría no hablaba; no parecía que la gente que trabajaba allí tuviera muchos motivos para mostrarse alegre, pero al menos no eran dementores que te chupaban el alma. De todas formas, movido por el instinto, se palpó la chaqueta: llevaba su varita en el bolsillo derecho y el puñal en el izquierdo.
Finalmente, después de casi una eternidad, el ascensor se detuvo en un pasillo estrecho y angosto, negro como la boca de un dementor. El guardia salió, se hizo a un lado y le señaló el final del pasillo. Draco avanzó con paso dudoso, pero al ver que el guardia no le seguía, se resignó; le tocaría ir solo.
Avanzó con cautela, mirando a ambos lados, pero lo único que lo rodeaban eran paredes, techo y suelo de un negro que apenas reflejaba la luz de las antorchas eternas que iluminaban el camino.
A diferencia de los niveles superiores, en este reinaba el más absoluto e inquietante silencio. Tal vez allí no había nadie, o sus ocupantes estaban demasiado derrotados como para gritar.
A medida que caminaba, iba distinguiendo los contornos de lo que debían de ser puertas, apenas un rectángulo en la pared, sin agujero para ver dentro. Miró atrás, pero el guardia, que permanecía allí parado, le hizo una seña con el mentón para que siguiera avanzando.
Entornó los ojos y vio que al fondo había otra puerta. Esa debía de ser la de Goyle.
Se plantó a un metro de esa puerta, que se entreabrió sola. Inspiró hondo y apoyó la palma de la mano para abrirla. No sabía que metal era, pero estaba frío como un muerto.
Cuando entró, la puerta se cerró a sus espaldas, pero no se preocupó demasiado: sabía que no iban a dejarlo encerrado allí dentro.
No como a la sombra de lo que un día fue Gregory Goyle, que permanecía encadenado a la pared contraria.
Draco lo miró no sin cierta repugnancia: llevaba la misma ropa que el último día que lo vio, y no parecía que se hubiera duchado desde entonces. La barba de varios meses le cubría media cara, y menos mal, porque parecía delgadísimo. En Chernaya, al parecer, sabían cómo hacer sufrir a sus presos.
―Perdona que no me levante ―dijo Goyle. Su voz salió como un gruñido; era la primera vez en meses que hablaba con un ser vivo.
Draco miró a su alrededor. Prefería no saber qué era lo que ensuciaba el suelo; con el olor tenía bastante.
―Perdona tú que yo no me siente.
En lugar de eso, se recostó en la puerta y miró a Greg con los ojos entornados. Él le devolvió una mirada recargada de odio. Lo único que se oía era su respiración pesada.
―¿Vas a volver a castigarme con tu silencio hasta que consigas hacerme hablar? ―preguntó Goyle.
Draco enarcó una ceja mientras se miraba las uñas.
―¿Acaso tienes algo que decir? ―Levantó las manos, abarcando aquella estrecha celda, apenas iluminada por una antorcha―. No creo que hayas tenido muchas oportunidades de hacer amigos aquí dentro.
Goyle intentó incorporarse, pero tantos meses en aquella celda le habían atrofiado los músculos. Por la longitud de las cadenas, apenas alcanzaría a ponerse en pie. Nada de pasearse.
―¿Has venido a restregarme por la cara que estoy hundido hasta la mierda? ―espetó―. ¿O a matarme? ―Si Draco no hubiera convivido durante muchos años con su carácter hosco, no hubiera percibido esa pequeñísima fracción de esperanza en su voz.
Sonrió con cinismo.
―Te gustaría mucho que te hiciera el favor, ¿verdad? Ahorrarte cualquiera que sea la condena que te han impuesto en este agujero en medio de la nada. ―Después de un silencio largo, se metió una mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó el puñal que Nadia le había dado―. Podría hacerlo. De hecho, he venido a eso.
Goyle tragó saliva al ver el arma; no era tan valiente como se hacía ver. Sin embargo, Draco tuvo que reconocerle la determinación con la que se levantó y se enfrentó a él.
―Adelante. Haz lo que tengas que hacer.
Draco se permitió una mirada de lástima antes de bajar el arma y negar con la cabeza.
―Si por mí hubiera sido, te habría cortado cada extremidad con una cuchara si eso le hubiera devuelto los recuerdos a Hermione, pero has tenido la suerte o la desgracia de que mi esposa es una mujer extraordinaria y no quiere que te mate. ―Sonrió―. Pensabas que me destrozarías al quitarme lo único verdaderamente bueno que me ha pasado en la vida, pero resulta que da igual, porque no la he perdido. Me ama. Otra vez ―añadió.
Le había costado, pero la visita a aquella prisión le había hecho ver que le daba igual que Hermione no recordara los últimos ocho años, porque seguirían amándose durante los próximos ocho u ochenta años. Hasta el último aliento, eso Draco lo tenía claro. Había intentado tan desesperadamente que ella lo mirara con los mismos ojos de antes que no se había dado cuenta de que el amor, como la materia, no se había destruido, solo se había transformado un poco.
Mientras ella lo amara, no le importaba nada más.
Goyle frunció el ceño; no entendía por qué Draco le decía todo aquello.
―¿Has venido a darme una lección de moral?
Draco esbozó una sonrisa ladeada.
―De cara al mundo, así es. Pero ―volvió a levantar la mano con que sostenía el puñal y lo admiró― la verdad es que he venido a quitarte lo que más deseas justo delante de tus narices ―confesó.
Acto seguido, se giró hacia la pared y la golpeó con el arma. El puñal se hizo añicos, como si fuera de cristal. Nadia le había dicho que aquel objeto ahora les pertenecía a los Malfoy y que podía hacer lo que quisiera con él. Romperlo en mil pedazos le parecía a Draco la mayor satisfacción que podía obtener aquel día. Después de volver junto a Hermione, por supuesto. Nada superaría nunca eso.
―Que te aproveche lo que te quede de tu mísera existencia ―se despidió.
Salió de allí, ignorando las maldiciones y súplicas de Gregory Goyle. Aquel sería el último pensamiento que le dedicaría en mucho tiempo.
...
Hermione llevaba media hora mirando por la ventana. Draco se había marchado a primeras horas de la tarde y todavía no había vuelto, pese a que ya había empezado a anochecer.
Suspiró, observando a las personas que pasaban por delante de su cabaña. Para ser una aldea, estaba llena de vida. Un grupo de niños la saludaron efusivamente cuando pasaron por delante; Hermione sonrió y les dijo adiós con la mano. Un niño rubio llamó su atención. Se acarició la barriga, preguntándose si Scorpius se parecería más a su padre o a ella. Frunció los labios con diversión: seguro que se parecía a Draco; no había genética que venciera a ese pelo. Además, si saliera a ella, al abuelo Lucius le daría algo.
Cuando se cansó de estar allí de pie, esperando, fue hacia la chimenea y se sentó en el suelo, delante del fuego. Llevaba horas en tensión. ¿Dolería cuando recuperara la memoria? De momento, se sentía igual; que ella supiera, su mente estaba igual. Nada de recuerdos que antes no estuvieran ahí.
Observó el crepitar de las llamas y suspiró de nuevo. No tenía frío, pero el calor era reconfortante. Se sentía mal por no querer recuperar su memoria, pero al mismo tiempo deseaba que Draco entendiera que ella lo quería ahora, sin importar el pasado.
Sin embargo, no podía culparlo por querer recuperar a su esposa.
Cerró los ojos. Al menos, todos los vaivenes de los últimos meses terminarían pronto, para bien o para mal.
Unos pasos en el exterior la pusieron alerta. Se dio media vuelta justo en el momento en que Draco abría la puerta y entraba, sacudiéndose la nieve de encima.
Lo miró con expectación.
―¿Y bien? ¡Has tardado una eternidad! ¿Qué ha pasado? ―intentó levantarse, pero Draco se lo impidió.
Se sentó a su lado, de cara a ella.
―No lo he hecho. No lo he matado ―anunció.
Hermione contuvo el aliento, asombrada.
―¿Por qué? ―preguntó.
Draco se acercó más a ella; entrelazaron las manos.
―Siento haberte hecho creer que no te apreciaba igual porque no recuerdas nuestra vida anterior. ―Hermione negó con la cabeza e intentó contradecirlo, pero él se lo impidió―.No, déjame terminar. Te amo, Hermione. Me da igual si tengo que recordártelo cada día del resto de mi vida, porque eso significará que nos queda toda una vida por delante. Lo único que deseo es que estemos los tres juntos ―miró su vientre― desde hoy hasta cuando tú me lo permitas.
Hermione sonrió. Las lágrimas le empañaban la visión, pero le daba igual: en aquellos momentos, era completamente feliz.
―No sé cuánto te amaría antes, pero quiero que sepas que mi corazón es tuyo. Hoy, mañana y siempre. Con o sin maldición ―dijo.
Era cierto: se había enamorado de ese hombre. Ahora, viéndolo en retrospectiva, se daba cuenta de qué tonta y testaruda había sido por rechazarlo cuando perdió la memoria, pero unas pocas semanas había sido todo lo que había necesitado para entender que Draco no era el mismo que recordaba. Era infinitamente mejor. Y había caído ―no, se había lanzado de pleno― a los sentimientos que había desarrollado por él.
La sonrisa de Draco podría haber iluminado al mundo. Soltó una de sus manos y la metió en el bolsillo del pantalón.
―Es increíble la rapidez con la que esta gente puede fabricar lo que sea ―masculló mientras sacaba un objeto pequeño y redondo del bolsillo. Lo levantó, dejándolo a la vista. Era un anillo de un blanco purísimo―. ¿Te gustaría volver a casarte conmigo? ―preguntó, mirándola a los ojos con una sinceridad y un amor abrumadores.
Ella se mordió el labio inferior en medio de una sonrisa. Asintió varias veces, incapaz de expresar con palabras cuán feliz era.
Draco deslizó el anillo por su dedo anular de la mano izquierda, justo por encima de la alianza que ya llevaba.
―Tendrás que devolvérmelo luego ―dijo―. Lo necesitaremos para la ceremonia.
Hermione no pudo evitar fulminarlo con la mirada, pero soltó una carcajada.
―¿Vas a besarme o piensas pasarte toda la noche haciendo planes de boda?
Draco se incorporó y tomó el rostro de ella entre las manos. La miró a los ojos un segundo antes de besarla tiernamente.
―No, desde luego no es eso lo que tengo pensado para esta noche ―dijo.
...
¿Qué pensáis? ¿Ha hecho Draco bien en no matar a Goyle? ¿O creéis que tendría que haberlo hecho y ya lidiaría después con Hermione? Por mi parte, solo puedo decir que esto es lo que yo sentía que era lo correcto. En mi opinión, debes aceptar el amor de una persona como venga, no como tú quisieras que fuera.
No olvidéis que hoy también actualizo Diario de un romance accidentado y Venganza espumosa. Pasaos a leer :) Sé que dije que también actualizaría otros fics, entre ellos Prescindible, pero estoy mala y no he podido escribir nada. Lo siento :(
Me cuesta creer que solo falte el epílogo para finalizar esta etapa de nuestras vidas. Gracias por acompañarme en el camino.
Off-topic: 1. El plazo de nominaciones para los Amortentia Awards ya está abierto, así que si podéis pasaros y nominar a vuestros fics favoritos, sería genial. 2. Este fic ha ganado Mejor Portada, Mejor Antagonista, Mejor Drama Angustiante y Mejor Fanfic 2017 en los Fanfics Awards. ¡Muchas gracias por vuestro apoyo!
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MrsDarfoy
